La Eucaristía: Pascua de la Nueva Alianza


Eloy Bueno
Facultad de Teología de Burgos

 

 

Ha habido muchos intentos para comprender teológicamente la eucaristía: como banquete o asamblea, como sacrificio y oblación, como ritual simbólico en base al pan y al vino, como ejemplo protípico de sacramento, como ofrenda y acción de gracias...  Cada uno de estos aspectos encierra un importante componente de verdad, por lo que ninguno de ellos debe quedar relegado. Pero tampoco absolutizado de modo unilateral. Todos y cada uno de ellos, podríamos llegar a decir, la contemplan desde fuera.  El punto de partida más adecuado debe ser el misterio del que ella es expresión y sacramento.  Es la mirada que brota desde dentro, desde su interioridad más auténtica: el acontecimiento salvador que en ella se hace presente, la Pascua de Jesús en cuanto Pascua de la nueva alianza.  Ese misterio –el acontecimiento salvífico protagonizado por Jesucristo- es el que hace ser a  la eucaristía, a  la Iglesia y a  la misión. Es por ello por lo que este tema forma parte imprescindible de esta Semana Misional.

El sentido más genuino de la eucaristía se capta por tanto  a la luz del misterio pascual: es  celebración y actualización del misterio pascual. Y desde esa raíz se puede captar a la vez la dimensión misionera de la eucaristía, el proyecto de misión que de ella brota. Este proyecto de misión queda inserto de este modo en el corazón mismo de la Iglesia. Porque no sólo la Iglesia es eucarística (en cuanto que la Iglesia “hace” y “realiza” la eucaristía) sino porque es la eucaristía –en cuanto celebración de la Pascua- la que “hace” a la Iglesia. La Iglesia vive de la eucaristía, recordaba Juan Pablo II en Ecclesia de eucharistia, en cuanto que la Iglesia nace del misterio pascual.

Para comprender esta lógica profunda que une Iglesia, eucaristía y misión debemos arrancar de la comprensión de la Pascua.  La Pascua jugaba un papel central en el Antiguo Testamento, como acontecimiento central de la antigua alianza. El sentido de esta Pascua nos permitirá acercarnos a una comprensión más adecuada del papel de la Pascua de la nueva alianza, protagonizada por el Dios Trinitario. Nuestra Pascua, insiste san Pablo, es Cristo (21Cor 5,7).  Lo que significó la Pascua para el pueblo judío es lo que la Pascua de Cristo (la Pascua que es Cristo) significa para el Pueblo de Dios que es la  Iglesia. Se han transformado los presupuestos, se ha realizado la revelación trinitaria de Dios en la muerte y resurrección de Jesús, se ha confirmado la fragilidad de las expectativas humanas apoyadas en su búsqueda de auto-redención. Por eso se hace patente la necesidad de una nueva alianza que se levanta sobre un acontecimiento fundador de carácter único y singular.  El significado y el alcance de un acontecimiento fundador  nos abrirá el camino para  introducirnos en la lógica que estamos buscando.

El cristianismo (la fe vivida comunitariamente como respuesta a la interpelación del Dios que se revela) es un hecho histórico. No habla de otro mundo distinto de aquel en el que viven, sufren, ríen y esperan los hombres y mujeres de carne y hueso.  Habla ciertamente de un mundo que puede ser otro (ahí radica el aliento de la misión y del compromiso), pero en el seno de la historia real de los individuos y de los grupos sociales.  El cristianismo se instaura en la realidad con la pretensión de asumir una responsabilidad entre los pueblos y ante los pueblos, en la historia y ante la historia. Por ello se remite y se apoya en un acontecimiento singular que, por lo dicho, puede ser considerado acontecimiento fundador. Para descubrir todo el horizonte que abre conviene perfilar las características principales de un acontecimiento fundador.

El acontecimiento fundador es una realidad compleja. No puede quedar reducido a un instante cronológico, ya que se trata siempre de un proceso y de un dinamismo histórico en el que sus protagonistas  van viéndose como implicados y como responsables. No obstante permite identificar un suceso o una serie de sucesos que constituyen el detonante o el punto de referencia de ese dinamismo histórico.. Para que merezca el rango de fundador se requieren las siguientes características:  a) ha de introducir una novedad sustancial respecto al pasado: sin anular radicalmente lo anterior, lo introduce en una perspectiva y en una dirección  cualitativamente distinta, imprevista y no planificable;  b)  ha de tener una relevancia pública, es decir, acontecer en el escenario de la historia, allí donde las colectividades y los pueblos se encuentran y proyectan su futuro; c) ha de aportar a sus protagonistas una identidad nueva, acorde con esa nueva perspectiva, en virtud de la cual asumen una responsabilidad como sujeto histórico, sujeto  portador de historia;  d)  en cuanto creador de historia  reclama su actualización y reactualización por las generaciones sucesivas, de modo que no queda clausurado en el depósito del pasado sino que aporta potencialidades para el porvenir;  e)  encierra un componente de experiencia salvífica en cuanto que ofrece respuesta a los anhelos y a las expectativas de sus protagonistas, por lo que mantiene su fuerza convocante y se ofrece como posibilidad y promesa a quienes lo contemplan.

Estas características las encontramos de un modo claro en la Pascua judía y –con unas potencialidades aún mayores- en la Pascua de Jesucristo.   El hecho histórico salvíficxo y su actualización es lo que permite captar el sentido de eucaristía e Iglesia (en su mutua implicación). Pero a la vez nos permite captar la exigencia de responsabilidad histórica, de testimonio explícito, de apertura universal, incluso de envío en el seno de las relaciones históricas.

 

1.-  La Pascua de la antigua alianza

 

La lectura del Antiguo Testamento impone como evidencia la centralidad de los acontecimientos de la salida de Egipto, el camino a través del desierto tras pasar el mar Rojo, la teofanía del Sinaí y la promesa de la Tierra prometida, como  eje en torno al cual gira toda la serie de textos diversos que constituye una literatura tan compleja como la Biblia. Yahvé tu Dios te hizo salir de Egipto aparece 124 veces en la Biblia hebrea, lo cual indica que fue un hecho vivido como el acontecimiento fundador de la identidad y de la biografía del pueblo judío.  Nos interesa comprobar cómo aquí se dan todas las características mencionadas anteriormente, pero de modo especial hacer ver que ese acontecimiento reclama su celebración y actualización por parte de un pueblo que así encuentra su identidad y su misión.

La Pascua designaba para los judíos el paso histórico de Yahvé que salva a los judíos de una situación de sufrimiento y desventura (cf. Ex 12, 12-13.23.27). Es una iniciativa de gracia que libera de una situación de opresión para  abrir el camino de la libertad.   Esa experiencia histórica y salvífica es atribuída siempre a Yahvé que realiza  teofanías que son una interpelación a los hombres a fin de que asuman una responsabilidad histórica y un proyecto de alianza. Ese contexto sirve para la constitución de un sujeto histórico nuevo y para la apertura de una historia nueva. Yahvé, que revela su nombre como expresión de su propio compromiso histórico, es un actor real, pero no pretende difuminar la participación de los seres humanos. La perspectiva es radicalmente opuesta:  los mediadores humanos  son interpelados y convocados (recreados) para que asuman como propia –desde la experiencia de su  desventura- el gozo de la libertad para todos los hombres (el Yahvé que salva a un pueblo es a la vez el creador de la familia humana).

El grupo liberado de Egipto  estaba formado por gentes procedentes de orígenes étnicos diversos, alguno de los cuales portaban ya de antiguo la herencia de Abraham, Isaac y Jacob.   Fue la experiencia salvífica la que hizo que aquel conglomerado heterogéneo (que eran no-pueblo) se redescubrieran como Pueblo de Dios, en virtud de un acontecimiento único. Todos ellos se integraron en la teofanía del Dios de los padres que ahora hacía conocer su nombre como Yahvé, como el que garantizaba su presencia en el momento actual y en el futuro. Ahí radica su identidad como  pueblo elegido (Dt 7,6) y propiedad exclusiva suya (Ex 19,5).

El acontecimiento que funda un pueblo funda a la vez  una historia. Pascua, en su sentido etimológico, deja ver todo el alcance y el significado de esta perspectiva. Originariamente  la pascua era un rito celebrado por pueblos de pastores y agricultores. Pasah designaba el paso (salto de danza) realizado en un rito festivo; el cordero inmolado era el sacrificio propiciatorio (Ex 12.6) con el que pedían la ayuda de la divinidad cuando iniciaban la emigración de primavera para buscar nuevos pastos; los panes ácimos y las hierbas amargas (Ex 12,8) eran las ofrendas de los primeros frutos de la tierra. Inicialmente por tanto aquellos grupos  celebraban  el ciclo de las estaciones y los ritmos de la fertilidad (como expresión religiosa de la sensibilidad pagana).

Ahora –y es un paso decisivo en la historia religiosa de la humanidad- aquel pueblo unificado por la experiencia de salvación elevan estos gestos al nivel de un proyecto histórico. Yahvé no es una divinidad cósmica o biológica sino un ser personal que se revela en la historia: los panes ácimos  y las hierbas amargas  simbolizan  el sufrimiento de la opresión y la prisa con la que hubo que salir de Egipto, el cordero el sacrificio ofrecido  para que Yahvé pasara de largo por las casas de los judíos (cf. Ex 12, 11.22.39).  Su fe y su culto van a hacer referencia a la historia y a la responsabilidad en la peregrinación de la propia vida. La alianza no empuja a la estabilidad, a la resignación o al anquilosamiento.  Es un paso en peregrinación histórica. La alianza es la respuesta a la interpelación y la convocatoria, la asunción de una misión y de una tarea. El Señor de la historia, que los ha rescatado del sufrimiento, les despliega el horizonte de una novedad, de una convivencia nueva centrada en la regulación de la Ley (que tendía a garantizar la comunión armoniosa de bienes y la paz  en las relaciones recíprocas).

La elección por tanto no debe ser vivida con actitud nacionalista o narcisista, como privilegio propio e indiferencia ante los demás.  Su llamada, que los constituye como pueblo, les otorga la identidad de reino de sacerdotes y  nación santa (Ex 19,6).  Ello significa que existen entre los pueblos y ante los pueblos (Dt 4,34) como testigos de las acciones memorables de Yahvé hasta la venida definitiva del Mesías, viviendo la comunión y fraternidad  en el  país de la abundancia y de la felicidad. La mirada al futuro no excluye la exigencia proveniente de la creación entera: aquella alianza primera con toda la humanidad conserva aún su validez y su responsabilidad, como se muestra en la celebración del sábado (Dt 5,15) y del jubileo, que recuerdan permanentemente la hermosura de una creación que puede ser celebrada en el hogar del Padre común en situación paradisíaca. La progresiva celebración de la Pascua  no aminorará esta exigencia, sino que la irá acentuando, de modo especial en el momento del exilio en Babilonia: cuando Israel vive su identidad apoyándose solamente en el Dios de la Pascua es cuando su horizonte universalista se hará más maduro y más sereno.

La Pascua, como acontecimiento fundador, despliega su vocación de continuidad, y por ello reclama un pueblo que haga memorial de ella a fin de que el proyecto histórico  (que se remonta, no lo olvidemos, al horizonte universal de la mañana de la creación) conserve su validez y su capacidad de convocatoria.  La ley de la Pascua (Ex 12,43) consiste en que todos ellos, en cuanto pueblo, deben comer la pascua (Ex 12,47).  Hay que seguir recordando ese día (Ex 13,3) y contárselo a los niños (Ex 13,14), ya que serán los protagonistas de las generaciones siguientes, los que asumirán la alianza, los que deberán  seguir mirando al proyecto salvífico del Dios creador y liberador. El qehal, la asamblea cultual, quedará en la memoria del pueblo (Dt 18,16) como punto de referencia permanente.

Es sobre todo la celebración de la cena pascual realizada en familia la que conservará esa memoria y por ello la fuerza del acontecimiento fundador. Al inicio de la reunión el más joven de los asistentes pregunta: ¿por qué esta noche es distinta de las demás? Quien preside la mesa responde contando una historia, tal como se condensa en el credo de Israel: “nuestro padre fue un arameo errante, los egipcios nos persiguieron, el Señor nos escuchó en nuestro desvalimiento, nos sacó de Egipto, nos entregó la tierra” (cf. Dt 26, 5-9). 

La historia que se cuenta es la que se ofrece a las nuevas generaciones para que se descubran iniciados en su proyecto y sus objetivos. Porque ese relato no quedó perdido en la erudición sino que se actualiza como proyecto común:  el mismo Dios que actuó en el pasado es el que actualmente es invocado,  los celebrantes actuales no se consideran desvinculados de la intervención inicial,  todos siguen mirando hacia el futuro a la espera del mesías y de los bienes mesiánicos,  así se reafirma la identidad y la misión del pueblo... El acontecimiento fundador sigue  de modo real fundando identidad y misión, vocación y responsabilidad.  Desde este punto de vista no celebra Israel la Pascua como un rito impuesto o una norma extraña sino como exigencia de la lianza, del proyecto salvífico que se abrió en la creación y que los llamó como portadores de una esperanza y de un aliento para todos los pueblos de la tierra.

No obstante esta misión había recaído sobre libertades frágiles y sobre corazones egoístas, que sólo con dificultad –y en casos muy escogidos- estaban a la altura del don que habían recibido y de la tarea que se les había encargado. Por eso los profetas, que contrastarán la vocación primera con la dura experiencia de las circunstancias reales, denunciarán las infidelidades del pueblo y vaticinarán la necesidad de una alianza distinta, nueva, que transforme las libertades y los corazones. Jer 31,31-33 y Ez 36, 16-28 serán los portavoces de ese desencanto y a la vez los heraldos de unas posibilidades nuevas, cuando Yahvé actúe de un modo definitivo, distinto e insospechado, para introducir un espíritu nuevo que  haga vibrar a los pobres y sencillos  por la seducción de la alianza: “Entonces por fin sereis mi pueblo y yo seré vuestro Dios”. Un nuevo pueblo, una nueva alianza, una nueva Pascua, que deberán levantarse sobre un acontecimiento fundador en el que Dios se desvele y se comprometa de un modo insospechado. La novedad asume la historia pasada, pero la radicaliza para entroncarla con las relaciones más genuinas entre el Dios creador y el adán creado (como  varón  y mujer) a su imagen.

 

2.- La Pascua de la nueva alianza

 

La Pascua atraviesa todo el Nuevo Testamento como la luz que lo ilumina y el perfume que irradia. Todos los escritos  neotestamentarios son, de un modo u otro, testimonios de la alegría pascual. El kerygma pascual (el Padre resucitó al Hijo en el Espíritu) constituye el credo o relato fundador de una nueva alianza, de un nuevo pueblo, de una nueva historia y hasta de una nueva creación.

La espiritualidad cristiana no ha mantenido sin embargo  la misma convicción.  La acción salvífica de Dios ha sido focalizada en su pasión y en su muerte, en el acto expiatorio de la cruz. Ello ha generado notables desequilibrios, hasta el punto de marginar el hecho de la resurrección como un milagro especialmente relevante o como la confirmación de la validez de la entrega sacrificial de Jesús. En cualquier caso, la resurrección y la acción del Espíritu venían después, una vez realizada la redención.  La cristología (y de hecho la espiritualidad cristiana) podían plantearse y concebirse sin levantarse sobre la resurrección.

Recientemente, no obstante, se ha intentado corregir estos desplazamientos, con logros notables aunque todavía insuficientes. Se ha reconocido que la resurrección es el contenido central del evangelio y que el Señor resucitado es el protagonista de la vida cristiana y de la acción litírgica. Hay que seguir avanzando por este camino a fin de que la novedad cristiana brille en todo su esplendor y para que la existencia eclesial y la acción evangelizadora broten de modo espontáneo y natural del misterio pascual como acontecimiento fundador de una alianza que no puede sin más concebirse como prolongación –aunque mejorada- de la antigua.  Sólo desde esta perspectiva se podrá rejuvenecer la vida eclesial como parábola de una originalidad que aporta esperanza y dignidad a la historia humana en su conjunto.

 La centralidad de la Pascua debe conservar el equilibrio conjugando la importancia de la muerte y de la resurrección. La Pascua designa precisamente el paso de Jesús al Padre desde las crueldades inmisericordes de la existencia mundana. Este paso, además, no debe ser contemplado tan sólo en el instante en el que quien agoniza es acogido en la gloria del Padre. Se debe ampliar la perspectiva: el paso de Jesús se desarrolla a lo largo de todo su ministerio público, se condensa en la entrega de la propia vida, y se consuma cuando recibe el nombre sobre todo nombre y queda transformado así en redención y reconciliación (cf. 1Cor 1,30).   El mismo Jesús sintetiza esta dinámica: “Salí del Padre y vine al mundo; de nuevo dejo el mundo y me voy al Padre”. El Hijo preexistente, tras haber traducido en la historia  su preexistencia como proexistencia, antecede a sus hermanos en el hogar del Padre para abrirles el camino y prepararles una estancia.   El mismo evangelista recoge esta perspectiva cuando se inicia la escena de la pasión: “Antes de la fiesta de Pascua, viendo Jesús que llegaba la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1).  En este paso la muerte y la glorificación constituyen los polos de la tensión en que se desenvuelve la historia. Y por ello el Dios que actúa como Trinidad establece el acontecimiento fundador de un nuevo inicio, de la anticipación de la nueva creación.

Los últimos días de Jesús se desarrollaron en Jerusalén en el contexto de las fiestas pascuales. No puede ser considerado irrelevante el hecho de que Jesús muriera y resucitara precisamente en la ciudad santa y en el contexto de la fiesta judía por antonomasia.   Se debe reconocer en la intencionalidad de Jesús una referencia a las circunstancias de su llegada a Jerusalén. El cuarto evangelio sintetiza este propósito de Jesús en la expresión “la hora”.  Es el momento de la muerte y de la glorificación. La cena de despedida con sus discípulos está penetrada de este espíritu. Más allá de la discusión acerca del  exacto contenido pascual de aquella comida, algunos elementos innegables  entroncan la situación existencial de Jesús con la profunda lógica de la alianza judía: la referencia al banquete del Reino, las oraciones de alabanza, la mención del cuerpo destruido y de la sangre derramada, la alusión a la alianza... Todo esto pone de relieve que Jesús no pudo dejar de confrontar el destino de su misión con lo que había venido siendo  el destino de las relaciones de Dios con los hombres en el seno de la alianza sellada en el Sinaí.

Jesús desde el inicio de su ministerio  había radicalizado   el sentido de la alianza en orden a abrir el espacio para un modo nuevo de comprender a Dios y sus acciones en el mundo y en la historia de los hombres.  Por un lado Jesús no está interesado de modo central en las prerrogativas del pueblo, pero por otro lado su mensaje apunta a conseguir que sus conciudadanos reencuentren el sentido originario y genuino de la vocación que les había aportado una identidad teológica. El Dios del éxodo y de la Pascua es presentado explícitamente como el Dios creador, el protagonista del proyecto del paraíso y del sábado eterno. Por ello su intención de fondo se mueve desde lo originario y  apunta a lo universal. En consecuencia su anuncio del Reino de Dios y del Dios del Reino pretende crear un espacio nuevo de relaciones que recree sobre nuevas bases la alianza definitiva entre Dios y los hombres.

Jesús rezuma la novedad de una alegría que se alimenta de una experiencia nueva de Dios y de una visión nueva del ser humano.  El Dios del Reino es el abba que ofrece una experiencia de filiación que convierte realmente a los seres humanos en familia sin exclusiones y marginaciones. Por ello todo  privilegio presuntuoso queda rechazado de raíz. En consecuencia su ministerio  es una reivindicación radical de la libertad del Dios que no puede someterse a los estrechamientos de los hombres,  de la libertad del Jesús que no quiere avanzar por los caminos mesiánicos previstos por sus contemporáneos,  de la libertad de la persona humana que debe  reencontrar la dignidad de su imagen divina en una relación íntima y familiar con el Padre. Jesús, consciente de la fragilidad de las libertades que habían acogido la alianza del Sinaí,  intenta seducir a quienes le escuchan con el exceso de un don que desborda todas las expectativas y con una alegría que abre posibilidades nuevas desde las experiencias cotidianas más sencillas (como lo muestra de modo palpable en las parábolas).  La fuerza de su perdón, que restituye en su inocencia original al pecador, y su mandato de amor al enemigo, que impide ver a nadie como adversario ya que todos son hijos del mismo Padre, pueden servir como  coordenadas fundamentales que despliegan el horizonte de lo que  ha de  ser una alianza nueva, la del hombre restaurado, que vuelve a encarnar el lujo de la bondad salida de las manos de Dios la mañana de la creación.

Este evangelio de Jesús, sin embargo, esconde una dialéctica que sigue haciéndolo insoportable para la débil libertad humana.  También este espacio, más amplio, de la alianza, encuentra oposición y rechazo por parte de la lógica de la violencia y del egoísmo que anida en el corazón humano. Sus destinatarios no consiguen situarse al nivel del don y de la posibilidad que se les ofrece. Por eso, paulatina pero progresivamente, todos se van volviendo contra Jesús: la incomprensión  de todos provoca su  aislamiento, y los deseos de venganza van convirtiéndolo en perseguido, en objeto de desprecio y de burla. Al final Jesús van quedándose prácticamente solo y la perspectiva de la muerte se hace de hecho inevitable. Todos vuelcan su resentimiento contra Jesús. La proexistencia que había caracterizado todas sus actitudes y comportamientos ha de integrar también el odio y la crueldad con que se envuelve al último de los enviados de Dios, al Hijo de su amor. El hecho mismo de que Jesús carga con el mal (negándose a transmitirlo a otros, es decir, a caer en la dinámica de la vengfnza) es signo evidente de la dimensión salvífica con la que él se encamina hacia la muerte. El perdón y el amor a los enemigos se convierten en la mirada con la que contempla a quienes actúan contra él sin saber lo que hacen.

La última cena, por ello, debe ser entendida como el momento en el que Jesús, en el seno de sus discípulos más íntimos, sitúa su propio destino sobre el transfondo de lo que venían siendo las relaciones del Padre con la humanidad. Jesús no podía en aquellos momentos finales evitar una interpretación de su vida y de su destino desde la perspectiva de su misión, de su identidad y del designio salvífico del Padre que le había enviado. Este contrapunto es el que permite captar en toda su grandeza y magnificencia la nueva alianza  que va a surgir de la Pascua como acontecimiento fundador.

Jesús, ya lo hemos dicho, entrega su vida como oblación sacerdotal y como gesto de fidelidad. Era su modo de seguir dando testimonio a favor de la misión que le había encomendado el Padre. ¿Cuál será sin embargo la reacción y la respuesta del Padre? El, en definitiva, es el que había quedado interpelado por el asesinato del viernes santo. La peculiaridad (la “extravagancia”) de la reacción del Padre resulta en  toda su desmesura  cuando se compara  con lo que puede ser previsible desde las ideologías filosóficas y desde las religiones conocidas (que son las que han venido modulando las expectativas humanas). El Padre reacciona resucitando al Hijo en el poder del Espíritu. Y lo realiza no contra nadie sino a favor de todos. Porque el mismo Hijo había entregado su vida teniendo en los labios a sus hermanos los hombres y al Dios del Reino, a los hijos y al Padre.

El acontecimiento pascual es por ello un acontecimiento de alegría:  realiza la superación de la lógica del mal que corrompe la libertad, provoca un reencuentro de perdón y de promesa, hace experimentable  un amor originario que no se deja vencer por la crueldad y por el odio, otorga un perdón capaz de dar origen a una historia nueva, regala una esperanza  que no se deja atrapar por las estreches de la existencia terrena... El paso que es la Pascua representa el triunfo de lo nuevo sobre lo caduco, permite experimentar los sueños que la humanidad no se atreve a soñar: que es posible un modo nuevo de existencia conforme a lo que venía siendo el misterio de Dios desde la creación y que ahora se despliega históricamente, en medio de los dramas reales, gracias a la acción del Padre, del Hijo y del Espíritu.

Como acontecimiento personal,  no es mero producto de las leyes de la naturaleza o del capricho del  azar, sino opción libre y compromiso activo frente a los obstáculos y dificultades que provienen de la finitud y del pecado. Por ello se debe mencionar a los protagonistas de un acontecimiento de alegría capaz de fundar una historia nueva.

El Padre, interpelado por el odio de los asesinos del viernes santo, deja ver en qué consiste la paternidad en Dios: gozo de comunicación y capacidad de recrear permanentemente su voluntad de acogida y de hospitalidad. El Padre  realiza su paternidad en la medida en que da origen al Hijo y en cuanto se ve reflejado en la imagen del Hijo impresa en sus hermanos los hombres. Al resucitar al Hijo expresa históricamente lo que ha sido su engendramiento eterno:  el júbilo de reconocer al otro a la vez como diferente y como gracia para él mismo. Por ello confirma que en el origen de la realidad se encuentra no un mecanismo cósmico sino un amor personal que regala vida y la alegría de la comunicación.

El Hijo, que todo lo ha recibido eternamente del Padre, muestra en la historia qué significa dar gratis lo que se ha recibido gratis, viviendo exclusivamente de la alegría de la acogida del don recibido y del gozo de la comunicación a favor de los otros. Preexistencia y proexistencia, como decíamos, se  corresponden armónicamente. Por ello su ser-resucitado no es simplemente un premio o una confirmación de su identidad, sino la consumación de su propia filiación: aún asesinado  por  hombres ofuscados  en su  ignorancia o  en sus deseos de  venganza,  no puede contemplarlos  desde la gloria del Padre más que como hermanos y compañeros.

El Espíritu debe ser visto como  el júbilo y la la alegría  de la comunicación del Padre y de la aceptación del Hijo. Gracias al Espíritu sabemos que Alegría es nombre de Dios, que la alegría constituye el corazón mismo de Dios, la fuerza y el esplendor de su generosidad, el seno fecundo del que brotan posibilidades insospechadas: la creación, la encarnación, la entrega de la propia  vida hasta  la muerte en la cruz, la resurrección, la esperanza de la historia. El Espíritu no es simplemente el tercero, el que actúa al final, sino el que va acompañando la lógica personal del misterio de Dios. Por ello Jesús es glorificado  en la medida en que es hecho espíritu vivificante y cada uno de los seres humanos recibe del Espíritu la adopción filial y  el gozo de existir a un nivel superior a las pulsiones de la carne o de las apetencias del deseo.

La humanidad entera, cada uno de los hombres y mujeres concretos, queda constituída como protagonista del acontecimiento trinitario. Es la humanidad entera, con su mundo y su historia, la que queda instalada ante la oferta de la vida divina, ante la posibilidad de incorporarse al dinamismo de alegría y de comunicación que hace presente el Dios trinitario.  El duro peregrinar de la humanidad se ve así acogido en la hospitalidad trinitaria, que se deja ver como el hogar en el que   celebrar la fiesta convocada desde el alborear de la creación. El sueño no soñado (porque se considera inalcanzable e imposible)  está en condiciones de recrear la humanidad entera.

Este acontecimiento es fundador porque cumple todos los requisitos mencionados anteriormente. Pero sobre todo porque, con más fuerza aún que la Pascua del Antiguo Testamento, encierra vocación de continuidad, de seguir siendo celebrado, de hacer que siga siendo real a lo largo de las generaciones y en medio de todos los pueblos. Representa   realmente una novedad en la experiencia humana porque da origen a un tipo peculiar de ser humano: el que se siente adoptado  por el Padre como hijo en el Hijo por el Espíritu. Sin lo que esto  significa y sin lo que ha realizado,  el horizonte del futuro sería más gris y más oscuro, quedaría dañada la dignidad humana, merecerían menos respeto la generosidad y la solidaridad, se debilitaría la esperanza, se estrecharían los marcos del espacio y del tiempo, se harían más reducidos  los márgenes del mundo. Por ello, podríamos decir, la Pascua necesita seguir haciéndose memorial en el seno del devenir mundano,  y a su vez  el mundo mismo necesita que ese memorial le rescate de su caducidad y de su  fragilidad.

En estas reflexiones, procedentes de la lógica pascual, se encuentra el fundamento de la Iglesia y de la eucaristía, que por ello nacen a la par. Nace la Iglesia como grupo de la humanidad que, de modo representativo, sigue haciendo presente en favor de todos el significado de la Pascua. Nace la eucaristía, como celebración de un acontecimiento que no se pierde en las brumas del pasado. Y por ello adquiere asimismo sentido y contenido la misión que es la savia misma de la Iglesia y de la eucaristía: ese acontecimiento celebrado es para todos y debe hacerse presente a todos. La Iglesia es mediadora y servidora a favor de un dinamismo que la desborda y la empuja. Ahora bien, Iglesia, eucaristía, misión, conservan su vitalidad y su fuerza porque la misión del Hijo y del Espíritu, consumadas en la Pascua, siguen siendo un envío a la historia y a favor de todos los hombres.

 

3.- El envío pascual del Hijo y del Espíritu

 

La Pascua, como respuesta del Dios trinitario, muestra que ni los sufrimientos ni la crucifixión de Jesús constituyen la última palabra del Dios que revela su misterio. Dios no actúa como los hombres, según la lógica de la naturaleza o de la  sicología humana. El Amor originario mantiene abierta la esperanza del mundo.  La Pascua es la victoria y el triunfo de Dios sobre las máscaras diabólicas del adversario: en el Hijo son acogidos todos los hombres y se muestra la gloria de la nueva creación. El Hijo y el Espíritu siguen actuando dando vida a la historia, porque  la redención –rescate victorioso- de los hombres   debe seguir haciéndose presente en la historia.

Jesús, “el que murió, más aún, el que resucitó” (Rom 8,34), es la causa de nuestra justificación y de nuestra constitución como hombres nuevos: no resucitó para él sólo sino como primicias de todos lo que duermen (1Cor 15, 20), para vivificar a los debilitados por el pecado (1Cor 15, 22), para quitar el poder a la muerte, el último de los enemigos (1Cor 15,26). Como sacerdote de la nueva alianza sigue manteniendo la comunicación entre el Padre y los hombres, pues su entrada en los cielos la hace en nombre de todos los hombres, que no quedan olvidados o abandonados.

La glorificación de Jesús, por tanto, no lo aparta del mundo, sino que lo envía de nuevo, como espíritu vivificante, que da vida, pues murió y resucitó “por nosotros” (2Cor 5,15).  Este envío permanente puede ser contemplado desde una doble perspectiva: es un envío a favor de la humanidad entera y es –de cara a ello- un envío a la comunidad eclesial para que conserve y mantenga la vocación para la que ha sido llamada a la existencia (celebrar la Pascua y convertirse en parábola de la Pascua).

Ya desde los momentos iniciales este dinamismo se instala en la autoconciencia eclesial. Pedro se dirige a los residentes en Jerusalén recordándoles la historia de infidelidades que ha acompañado la historia del pueblo desde la llamada de Abraham de cara a la bendición de todos los pueblos. Pide la conversión para que vengan los tiempos del descanso y del refrigerio y envíe definitivamente a Jesús para la restauración de todas las cosas. A la luz de la resurrección se abre ya desde ahora esta posibilidad: “Vosotros sois los hijos de los profetas y de la alianza que Dios estableció con vuestros padres cuando dijo a Abraham: ‘En tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra’. Dios, resucitando a su siervo, os lo envía a vosotros primero para que os bendiga al convertirse cada uno de sus maldades” (Hech 3, 25-26). El objetivo de la revelación histórica (reunir a los pueblos dispersos en Babel a través de Abraham) se hace ya presente: el Resucitado es enviado a los judíos para que éstos asuman la tarea de proclamar esta bendición a todos los pueblos y entre todos los pueblos. También, por tanto, el Resucitado sigue ejerciendo su misión por medio de quienes sean llamados para colaborar en este proyecto salvífico.

Este envío se hace presente en la comunidad eclesial como convocatoria y garantía de su presencia: “Yo estoy con vosotros” (Mt 28, 18.20).  Las primeras asambleas cristianas  rebosan del gozo de la presencia del Señor. La alegría de aquellas reuniones constituye el aliento y la atmósfera de la vida eclesial.  Jesús sigue siendo “el que viene” (cf. Mt 11,3) desde el futuro de Dios para recrear y refundar continuamente su comunidad de cara a la misión. El misterio pascual es resurrección, pero es también presencia, y en consecuencia dinámica de eclesiogénesis y de dinamismo comunicativo. La buena nueva proclamada por los apóstoles no es en primer lugar la de un perdón concedido sino la de Jesús resucitado y enviado por Dios (Hech 3,26; 13,32; 1Cor 1,30).

Así podemos comprender el verdadero sentido de la eucaristía: es el sacramento de Cristo en su Pascua, la forma permanente  de la aparición pascual. El misterio pascual es resurrección y presencia. Presencia (parousía) del que viene desde la plenitud futura que se asoma a la historia y que se integra sensiblemente en el entramado de las realidades mundanas: toma unas realidades sensibles y las convierte en símbolos reales  de sí mismo. La capacidad transformadora de la nueva creación  aporta  el valor ontológico del pan y del vino como lugares de presencia de la realidad misma del Resucitado.  Y en ese modo de presencia invita a comulgar en su nueva realidad y en el proyecto salvífico que aún sigue abierto.  De este modo –por la participación eucarística- la Iglesia en cuanto tal es el Cuerpo de Cristo, la corporeidad permanente del Hijo resucitado que sigue enviado al mundo hasta el momento de la restauración de todas las cosas.

El Espíritu, como protagonista del acontecimiento pascual, sigue realizando su misión tanto de cara a la comunicación del misterio pascual a la humanidad entera como para  suscitar una comunidad o pueblo que, sobre la base de la eucaristía,  asuma su vocación y su tarea.  Destacaremos los tres aspectos que nos parecen fundamentales en este contexto.

El Espíritu, en el que Jesús fue resucitado por el Padre, es el que hace posible el envío (la actualización y la universalización) del Resucitado.  Merced a la acción del Espíritu, Jesús glorificado es hecho persona en sentido pleno: des-individualizado (rebasando las limitaciones del tiempo y del espacio), queda constituido como el uno capaz de integrar e incorporar a los muchos.   Dos fórmulas de Pablo, no fáciles de entender en su sentido exacto, recogen esta convicción: “El Señor es Espíritu” (2Cor 3,17), “el último Adán (es hecho) espíritu vivificante” (1Cor 15, 45), es decir, está en condiciones de regalar la nueva vida y de hacer a los hombres partícipes de los bienes mesiánicos y escatológicos, como superación de las tensiones y tentaciones de la vieja creación, de la condición caduca de la historia real.  Cristología y neumatología encuentran su conjugación a la luz del acontecimiento trinitario que es el misterio pascual, pues tanto Cristo como el Espíritu pretenden la realización efectiva del designio salvífico del Padre, la transformación del corazón humano que haga posible una alianza nueva y definitiva.

El segundo aspecto del envío del Espíritu consiste por tanto en la  realización efectiva  de la antropología soñada en la creación y consumada en el Resucitado.  Sobre esta antropología será posible una eclesiología acorde con las exigencias y potencialidades del misterio pascual.   Rm 8 resume de modo admirable    la configuración por el Espíritu del ser humano  protagonista de la nueva alianza. En el capítulo anterior Pablo había relatado su propia experiencia personal, atravesada por una esquizofrenia insuperable desde  las meras fuerzas humanas:  debe reconocer en su interior la fuerza ajena del pecado, que le empuja a hacer el mal que no quiere y a evitar el bien que desea realizar. La liberación de ese encadenamiento a un poder extraño (análogo a la opresión de Egipto)  sólo es posible por la acción del “Espíritu de Cristo” (Rom 8,9) o de “aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos” (v. 11). El peso de la carne, la presión de las pasiones, la tendencia al egoísmo, la clausura en el propio interés, el oscurecimiento de la gloria de la imagen creatural, las tribulaciones y angustias, las seducciones de los poderes mundanos, la atracción de los falsos ídolos...  todo ello no puede ser superado más que desde la gloria del modo nuevo de ser hombre propio de los hijos de Dios. La existencia filial, imagen del Hijo Imagen,  construye y edifica la familia capaz de estar a la altura de la vocación de misión de la nueva alianza.

Desde esta antropología se entiende el sentido de la ekklesía que recoge la función del qehal de la antigua alianza.   El Espíritu se va edificando su templo en el seno de la humanidad en base a las “piedras vivas” que son las existencias de cada uno de los bautizados. Ese templo es el que ha de llevar adelante la obra para la que el Espíritu sigue siendo enviado (Hech 13,2).   Los llamados, en cuanto convocados, constituyen la ekklesía. Pero la ekklesía sigue existiendo como pueblo de los hombres nuevos más allá de la asamblea cultual, es decir,  en el seno  mismo de las actividades cotidianas, en su dispersión en el entramado del mundo. En cuanto animados por la fuerza del Espíritu los creyentes viven su existencia eclesial como mediadores y testigos de la novedad pascual, del Reino encarnado en el nuevo Adán, Jesús Resucitado.

El envío del Hijo y del Espíritu  permiten comprender el sentido tanto cristológico como neumatológico de la eucaristía. Jesús queda eternizado en la actualidad del acontecimiento gracias al símbolo del cuerpo entregado y glorificado (que se expresa en el pan y el vino). El se ha convertido personalmente en el misterio pascual  porque sigue presente de modo eucarístico.  Pero ello es posible  merced  al Espíritu:   es el Espíritu el que hace que cada creyente forme parte del único Cuerpo de Cristo gracias al bautismo, a la participación eucarística, a los dones y carismas que regala (cf. 1Cor 12, 11-13). La Iglesia celebra la eucaristía invocando al Espíritu para que las palabras de Jesús sigan siendo eficaces para ella en cada momento.  La Iglesia no celebra la eucaristía como actividad propia o como iniciativa humana. Su modo de celebración es la invocación y la acogida, la apertura para dejarse abrazar por la acción del Hijo y del Espíritu.

El misterio pascual no puede ser comprendido enteramente si no se menciona explícitamente Pentecostés. Más concretamente en su dialéctica con el cenáculo. Este puede ser visto como el momento imprescindible de la vida comunitaria, de la creación de unas relaciones fraternas, como la experiencia compartida del nuevo modo de existencia, como expresión gozosa del intercambio de bienes. Pero el cenáculo no es más que un momento del dinamismo pascual, del envío pascual del Hijo y del Espíritu. La comunidad eclesial convocada en el cenáculo sólo estará a la altura de su vocación cuando se abre y se entrega a las exigencias de Pentecostés. Este es el momento conclusivo de la Pascua (como se celebrará litúrgicamente durante siglos) porque explicita todo su horizonte y todas sus potencialidades.

Pentecostés desvela el horizonte de la misión y por ello la vocación que debe desplegar la Iglesia si quiere ser fiel a su llamada. El Espíritu sigue siendo en el período pascual el gozo de la comunicación y la anchura de la convocatoria y de la hospitalidad. Ahora bien: Pentecostés no es tan sólo un momento cronológico. Es una lógica, un dinamismo, una exigencia permanente de fidelidad. Tras el momento pentecostal inicial en Jerusalén, vendrá la apertura a los samaritanos, a los temerosos de Dios, a los gentiles, a los macedonios...a todos los pueblos que existen hasta los confines de la tierra. Esa lógica y ese horizonte son los que hacen existir a la Iglesia y a la eucaristía. Porque brotan del núcleo genuino y originario del misterio pascual.

 

4.- La eucaristía, memoria escatológica de la Iglesia parábola de la Pascua

 

Hablamos de “memoria escatológica” para conjugar un doble aspecto que puede parecer incoherente, pero que sin embargo nos descubre la riqueza interna de la eucaristía que la hace ser a la vez fundamento de la Iglesia y fundamento de una misión universal.

La eucaristía, según hemos dicho, es memoria de un acontecimiento que tuvo lugar en nuestra historia y que establece una alianza nueva. Celebra por tanto lo que sucedió y lo que sigue siendo actual. Y desde este punto de vista la eucaristía es exigencia de fidelidad al dinamismo (universal) del misterio pascual.

Pero a la vez el misterio pascual, presente en nuestro historia, tiene sus raíces en la eternidad de Dios, más aún, en la plenitud futura. La eucaristía tiene como protagonistas al Hijo y al Espíritu que vienen a nuestro encuentro desde el futuro, desde la consumación, desde la nueva creación. Por ello la eucaristía es anticipación  de lo definitivo, de la situación a la que la humanidad entera está llamada en cuanto familia de Dios. Consiguientemente la iglesia celebrará sinceramente la eucaristía en la medida en que se sienta urgida y comprometida con el esfuerzo de introducir en esta historia los bienes mesiánicos y la felicidad escatológica.

Esta memoria escatológica es la que ha permanecido en la Iglesia vinculándola continuamente a la eucaristía.  Por eso desde el principio celebró la “Pascua de la semana”, el “Pentecostés de la semana”, como dice Juan Pablo II en Dies Domini 28.  Debía ser celebrada el primer día de la semana, como recuerdan los evangelios (Mt 28,1; Mc 16,2; Lc 24,1;  Jn 20,1), ya que es el día de la resurrección del Señor. El domingo es la “fiesta primordial” (SC 106) porque es “el día de la resurrección, el día de los cristianos, nuestro día” (San Jerónimo),  “el señor de los días” (Pseudo-Eusebio de Alejandría).   Posteriormente se fue instaurando la celebración anual de la Pascua, centrada en la vigilia del sábado santo pero prolongada hasta el día de Pentecostés (la cincuentena pascual). Es la misma fiesta la que se celebra en un período cronológico de cincuenta días.  Es el dies festus o spatium laetissimum de que hablaba Tertuliano. La referencia pascual nunca desaparece de la conciencia cristiana, como expresa san Atanasio ya en el siglo IV: “Cuando todos juntos comemos la carne del Señor y bebemos su sangre es su Pascua lo que celebramos”. Posteriormente la autonomización de los misterios hizo que se diluyera esta centralidad pascual. Pero nunca se debe olvidar que la liturgia de la Iglesia  tiene sentido a la luz  de la Pascua,  “el único acontecimiento de la historia que no pasa” (Catecismo de la Iglesia Católica 1085).

Conviene observar que desde su origen la celebración anual de la Pascua se vivía en una apertura ilimitada: perviven las resonancias creacionales de la liturgia pascual judía y se acentúa la expectación de la venida del Mesías. Mirando al inicio primordial y a la consumación escatológica, la Iglesia recupera a la luz de la eucaristía el horizonte entero de su misión. Es esa  tarea, que procede del designio salvífico de Dios, la que recae sobre la comunidad eucarística.

Es  la eucaristía la que hace  que la Iglesia y cada iglesia sea católica. La catolicidad puede ser comprendida de modo reduccionista desde un doble ángulo: si se identifica con universalidad y si se aplica sólo a la Iglesia en su globalidad. Ello oscurecería algunos datos irrenunciables de la experiencia cristiana y debilitaría el compromiso y la responsabilidad misionera. Es católica cada una de las asambleas eucarísticas (en cuanto vive en comunión apostólica con el resto de las iglesias) ya que en la eucaristía  posee ya la integralidad de la salvación, el acontecimiento escatológico de la Pascua. Es por ello cada comunidad eucarística la que, sin ningun mandato o reflexión posterior,  debe asumir como propia la lógica del acontecimiento fundador.

Cada eucaristía, en cuanto celebrada por una comunidad eclesial, escucha como dirigidas a ellas las palabras del relato de la Pascua del Jesús que se entrega a la muerte con la esperanza del Reino de Dios. Cada celebración eucarística es  momento refundador de la propia identidad eclesial. La acción sacramental del ministro ordenado que preside la celebración es el símbolo de que el mismo Jesús se encuentra frente a la comunidad para convocarla a la existencia y a la misión. No es la comunidad la que se genera a sí misma en virtud de los mecanismos y procesos sicológicos o sociológicos, sino que brota como iniciativa de gracia y como relato de una historia que invita al protagonismo. La nueva alianza, en definitiva, se prolonga en la medida en que las comunidades eucarísticas se insertan en el acontecimiento fundador de la Pascua.

La eucaristía, por su vinculación a la Iglesia y al misterio pascual, es a la vez motivación y contenido de la evangelización. Más aún, podríamos decir que la celebración de la eucaristía es finalidad de la actividad evangelizadora de la Iglesia.  Lo cual implica el nacimiento y la constitución de una comunidad eclesial. Pentecostés abrió ante la Iglesia naciente  la pluralidad de los pueblos. A ellos debe pasar la Iglesia para nacer entre ellos. El anuncio del kerygma pascual anuncia la novedad de la Pascua como convocatoria. Los llamados se constituyen como ek-klesía cuando  realizan el memorial del misterio pascual y en consecuencia se afirman como protagonistas de la nueva alianza.  Así se realiza la Iglesia como comunión de iglesias, cuya unidad  se da  precisamente porque en todas ellas se celebra la misma eucaristía.

Hablar de la Iglesia como parábola de la Pascua constituye el resumen más adecuado de lo que venimos diciendo. La Iglesia –cada iglesia- encuentra la raíz de su identidad y la savia de su misión en la Pascua. En la medida en que su modo de actuación y su presencia entre los pueblos  prolonga  las parábolas de Jesús conseguirá ofrecer a todas las personas y a todos los pueblos el advenimiento del Dios trinitario. Iglesia, eucaristía y misión encuentran de este modo  su armonía y su conjugación:  hacer experimentable el misterio pascual.

 

58ª Semana de Misionología, Burgos, julio 2005