Misión y contemplación de la Eucaristía
en el diálogo interreligioso en Asia


Jose Antonio Izco, IEME

 

 

I. “MISTERIO”  Y  “CONTEMPLACIÓN”  EN  ASIA 

      En el ambiente espiritual de Asia, en sus tradiciones religiosas y filosóficas, en sus maneras de orar y de ver la vida, las palabras “misterio”, “contemplación” y otras asociadas a ellas, aunque sean en Occidente igualmente importantes, densas y familiares, tienen sin embargo en Oriente unas características peculiares. Intentemos describirlo brevemente.

 

1. “Misterio”, “contemplación”, “paz”,  armonía”...Resonancias asiáticas 

La palabra “misterio” evoca en todas partes, en el terreno religioso, una realidad penetrada últimamente por la presencia de Dios, de la Realidad última y que, por ello es de tal naturaleza que admite siempre nuevas y más profundas investigaciones. En nuestro mundo occidental, la palabra (traducida al latín por “sacramentum”) adquirió peso y matizaciones variadas a partir, sobre todo, del mundo griego y del mundo bíblico. Pero tiene que ver, en última instancia (y así se entiende en el lenguaje general de Asia) con el Misterio escondido, con el Innombrable, un misterio que nunca se manifiesta del todo y que podemos sólo vislumbrarlo y buscarlo a tientas y en fragmentos.  

“Contemplación” significa considerar algo con atención, sosegadamente, por largo tiempo. Ser contemplativo es estar en calma, darse cuenta de cuanto ocurre alrededor. Es fijar los ojos amorosamente y por largo tiempo en algo. Es el acto natural de mirarlo y admirarlo con cariño. Requiere cierta sensibilidad a todos los niveles de nuestro ser. Se necesita una cierta conciencia, una manera de percibir lo que ocurre dentro y alrededor de nosotros, un cierto estilo de escuchar, de tocar, de probar. La contemplación va muy unida al sentido de asombro y admiración, a la capacidad de conmoverse ante la belleza y las maravillas de la creación, ante los intrincados vericuetos  que la vida va tejiendo en nosotros y a nuestro alrededor...Escuchar y contemplar son prerrequisitos de toda teología y búsqueda de Dios. Necesitamos contemplar el misterio de Dios, porque al contemplarlo se vuelve vivo para nosotros, se libera el poder salvador escondido en el misterio. Mirando al sol naciente o poniente, nuestros semblantes brillan. El resplandor del sol se refleja por algún tiempo en nuestro rostro, como se refleja en la luna. Necesitamos contemplar largo tiempo, con regularidad, para que la luz reflejada en nosotros no languidezca en seguida. El rostro de Moisés al bajar del monte de estar con Dios irradiaba luminosidad (Ex 34,29-30). Si realmente reflejásemos nosotros el rostro de Jesús, las gentes verían en nuestro rostro el rostro de Dios, lo mismo que los israelitas “quedaron admirados ante el resplandor que despedía la cara de Moisés” (Ex 34,35) (1). 

Asia habla también mucho de “paz” interior y “armonía”. En el lenguaje ordinario de los asiáticos ambas palabras se refuerzan mutuamente y parecen ser intercambiables. Hay personas inquietas, descontentas, desasosegadas, siempre quejándose. Y hay personas serenas, que no pierden la calma ante los mismos acontecimientos que a otros desconciertan. La paz no va, pues, ligada a unos acontecimientos sino que es una actitud interior humana. Y sólo quienes la viven pueden contagiar paz a otros. Y esta paz interior, del corazón, no es un don natural: hay que conquistarla pacientemente. Alguien que la buscó y la encontró, alguien que la contagia y la enseña desde su postura amable sobre una flor de loto es Buda. Su doctrina nos dice que no podemos confiar en que vamos a  cambiar al mundo ni a los demás, aunque lo debamos intentar. Sólo ellos pueden cambiarse a sí mismos. No podemos cambiar al mundo, pero podemos cambiar nuestra manera de mirar al mundo y ajustar nuestras expectativas. Podemos dejar a un lado nuestro apego al “yo”, nuestro egoísmo y nuestro apego a personas y cosas. Este es un buen camino para alcanzar paz interior. Desapego y  “resignación” (en cristiano, aceptación de la voluntad de Dios) son rasgos característicos de la espiritualidad budista y también de la cristiana. Los trasfondos y justificaciones teóricas son diferentes, pero rendir nuestra voluntad egoísta y aceptar la voluntad de Dios, incluso cuando no sabemos dónde nos lleva, confluye en unas mismas actitudes. Los cristianos apelaremos al misterio de la resurrección que transformará al mundo, pero antes hemos de vivir el misterio de la cruz. Y encontraremos la paz de la resurrección sólo cuando hayamos clavado en la cruz nuestro “ego” y todos sus apegos (2). 

La “armonía” nos remite al mundo de la música. Cuando varios instrumentos musicales o varias voces suenan juntas creando una rica asonancia con un impacto global auditivo y emocional, hablamos de armonía. Es un símbolo de concordia. Se le utiliza para describir la manera suave que tienen las diferentes estrellas y planetas de moverse en el universo. Es la música armoniosa de las esferas celestes... “Armonía” es una imagen importante en la espiritualidad oriental. Se la mira como un objetivo al que tiende la vida. Las palabras con las que se expresa (“Tao” en chino, “Dharma” en el hinduismo, etc.) son tan importantes que pueden designar a la religión respectiva. Esas palabras simbolizan la naturaleza armoniosa del universo.  Y viviendo en armonía con ese orden del universo es como los seres humanos encontrarán bienestar y plenitud. La armonía del universo es dinámica y se expresa bien en esos dos principios complementarios del “yin”  y “yang” (soleado-sombrío, día-noche, positivo-negativo, masculino-femenino...) en mutua combinación e influencia. El pensamiento oriental trata de ver los opuestos no tanto como conflictivos sino como partes de un todo más grande. Como el “yin” y el “yang” se pliegan el uno sobre el otro formando un todo (3). 

El anhelo de armonía está anclado en el alma de las culturas de Asia. Se descubre en la finura, cortesía y tacto de su trato, en su afán por estar en buenas relaciones con familiares y vecinos, en la humildad con que se sitúan en su entorno. (También cabe en ello un lado negativo: posible represión de sentimientos con peligro de que exploten un día sin control). Aparece también ese afán de armonía en la medicina oriental que busca un sano equilibrio entre el cuerpo, la mente y el espíritu. El anhelo de armonía de los asiáticos se traduce también en el respeto a la naturaleza. Para entender la diferente sensibilidad de orientales y occidentales en este punto basta visitar un museo y comparar las obras de los grandes pintores europeos y asiáticos. En los cuadros de los europeos es casi siempre central la figura humana. En el arte oriental, casi nunca. Y cuando aparece, no acapara la escena. Lo importante es que el cuadro evoque un aura de paz y tranquilidad, reflejando la armonía de toda la naturaleza, el equilibrio de mente, cuerpo y alma, subrayando la importancia de los valores espirituales. No es sólo respeto. Es reconocer y ser consciente de la interconexión e interdependencia de todos los fenómenos naturales y el enraizamiento de los individuos y comunidades en el proceso cíclico de la naturaleza. Es una espiritualidad que, además de querer respetar profundamente la tierra y todo lo creado, detecta hondas relaciones entre la materia y el espíritu, entre los seres humanos y el resto de la creación. Los asiáticos se acercan a la naturaleza con actitud religiosa. Y ese contacto con la naturaleza les educa el corazón. Cuidar la tierra, la hierba, las flores, los árboles...”Cuida la naturaleza y la naturaleza te cuidará a ti”.

 Tal vez esta necesidad imperiosa de armonía tenga no poco que ver con la enorme diversidad del mapa geográfico, histórico y cultural de Asia. Ante los desafíos que presenta, por ejemplo, una nación como Indonesia con 13.000 islas, 300 grupos étnicos y 250 lenguas diferentes ¿cómo subsistir sin comprometerse todos a buscar paz y armonía en torno a algunos principios aceptados por todos, tales como los cinco de la “Pancasila” (fe en Dios, sociedad justa, unidad nacional, democracia y justicia social)? Occidente tiende a confiar sin límites en la razón, se entrega a analizar y clarificar. Oriente tiende a unificar, a sintetizar, a globalizar.  Los criterios de conducta, Oriente los busca no tanto en la razón cuanto en su historia, en sus culturas y tradiciones, y los transmite en su folklore, poesía, teatro y narraciones. Su moral se asienta en el honor y la vergüenza. Se les llama “culturas de la vergüenza”, por contraposición a las “culturas de la culpa” occidentales (4). 

 La Exhortación apostólica “Ecclesia in Asia” de Juan Pablo II rindió tributo a los valores religiosos y culturales típicos de Asia, ponderando “el amor al silencio y a la contemplación, la sencillez, la armonía, el desapego, la no-violencia, el espíritu de trabajo duro, de disciplina y de vida frugal y la sed de conocimiento e investigación filosófica”. “Hay en el alma asiática, dice en resumen, una intuición espiritual innata y una sabiduría moral típica que se manifiesta en su tendencia a la complementariedad y a la armonía y no a la contraposición y confrontación”. “Los asiáticos que quieran seguir a Cristo, dice concluyendo, no deben desgajarse de sus propias raíces asiáticas” (EA, n.20). 

 

2. Una manera de orar “asiática” 

No es fácil afirmar que haya una manera “asiática” de orar. Pero seguramente podríamos decir que una gran mayoría de los asiáticos (también entre los cristianos) se sienten más a gusto orando en silencio, contemplando y ayudándose a veces de sencillas técnicas de meditación. En las reuniones de obispos asiáticos no faltan recitaciones ni cantos pausados ni ratos de silencio delante de algún símbolo sagrado (5).

Al orar, los asiáticos buscan como instintivamente la unidad total. Se inclinan a componer y unir más que a distinguir y separar. Más que hablar de exámen de conciencia (para discernir con claridad lo bueno de lo malo), se ponen a orar para “caer en la cuenta”, para despertar la conciencia de estar “viviendo, moviéndose y existiendo” (Hech 17,28) en la presencia de Dios, de estar inmersos en la totalidad. A esa conciencia se llega mejor apaciguando la mente y los sentidos. Y este proceso de integración y de paz con uno mismo y con el mundo circundante nos lleva (así lo creen y experimentan infinidad de asiáticos) a un comportamiento más acorde con la conciencia. El énfasis recae siempre en alcanzar esa unión misteriosa con el Todo, en entrar en esa armonía que siempre estuvo y está ahí como esperándonos a que nos esforcemos en hacerla  nuestra. 

Un buen periodista norteamericano casado con una vietnamita y que lleva 35 años viviendo en Asia, Thomas C. Fox, cuenta que un día fue con su mujer a visitar a una religiosa agustina vietnamita, To Thi Anh, . Hablando con ella en el jardín de su casa, salió el tema de la oración y le preguntaron a la Hermana cómo hacía ella la oración. La Hermana se echó a reír y les dijo: “¿Qué cómo hago oración? En cada flor veo el rostro sonriente de Dios y cada flor me hace sonreír a mí también” (6). También Juan de la Cruz preguntó un día en Beas a la carmelita Francisca de la Madre de Dios “en qué traía la oración” y ella le contestó: “en mirar la hermosura de Dios y holgarme de que la tenga” (7). El santo quedó tan contento de la respuesta que sacó de ahí inspiración para algunas de las más bellas estrofas de su Cántico Espiritual: “Gocémonos, Amado y vámonos a ver en tu hermosura al monte y al collado do mana el agua pura: entremos más adentro en la espesura...”. Montes, collados, aguas, bosques...En el hermoso rostro del Amado es capaz Juan de la Cruz de contemplar toda la hermosura de la creación. Y en la hermosura de lo creado contemplan como por instinto los orientales el rostro sonriente de Dios. Los místicos, los de un lado y de otro, buscan la totalidad, se sumergen en ella, vislumbrando y anhelando aquella unidad total de “un Dios Padre de todos, que está sobre todos, actúa en todos y habita en todos” (Ef 4,6). 

Desde que los Obispos de Asia, a partir del año 1970, comenzaron a buscar juntos caminos de comunión y evangelización, se hicieron preguntas sobre cómo habría de ser una espiritualidad cristiana auténticamente asiática. ¿Qué rasgos debería acentuar? ¿En qué se habría de distinguir de la espiritualidad heredada del Occidente cristiano? Su segunda Asamblea Plenaria (Calcuta, 1978) abordó ese tema bajo el título “La oración: vida de la Iglesia en Asia”. Ahí los obispos asiáticos reconocieron que, en su vida espiritual, habían recibido energías no sólo a través de los estilos de orar occidentales sino también de los orientales. No dudaron en señalar al mismo Espíritu de Dios como fuente de toda auténtica espiritualidad y, conscientes de lo mucho que la oración y espiritualidad cristianas podían aportar a los asiáticos,  declaraban asimismo que: “También la oración asiática tiene mucho que ofrecer a una espiritualidad cristiana auténtica: por ejemplo, una oración de toda la persona en unidad de cuerpo, mente y espíritu; una contemplación de honda interioridad e inmanencia; unos libros sagrados y otras escrituras venerables; tradiciones ricas en ascetismo y renuncia a lo mundano; técnicas de contemplación provenientes de antiguas religiones; maneras de orar simples, así como expresiones populares de fe y piedad asequibles al pueblo sencillo...La espiritualidad característica de las religiones de nuestro Continente enfatiza una más profunda conciencia de la presencia de Dios y de todo nuestro ser en recogimiento, silencio y oración; en frutos de apertura a los demás, frutos de compasión, de no-violencia, de generosidad... Un diálogo asiduo y reflexivo con estas religiones puede enriquecer nuestra espiritualidad cristiana y puede mostrarnos lo que el Espíritu Santo les enseñó a expresar en tan maravillosa variedad de modos” (8). 

 

II. COMPARTIR  LA  EXPERIENCIA  DE  DIOS:  OBJETIVO PRIMORDIAL  DEL  DIÁLOGO  INTERRELIGIOSO   

1. El campo de la experiencia mística, cita privilegiada del diálogo interreligioso.                                                                                                  

El diálogo interreligioso nos introduce en el corazón de otras culturas y religiones. Es como descubrir la presencia de Dios en las otras religiones. En todas ellas rastreamos sus huellas y se nos aparece en su origen y en muchos recodos del camino. Es nuestro punto de encuentro. Este diálogo entre creyentes de diversas religiones consiste ante todo en el deseo de compartir con otros lo que es más valioso para uno mismo. “Así, es muy natural que un budista quiera hablar conmigo de su profunda experiencia ‘religiosa’ budista y yo estoy muy interesado en escucharle. Y es también normal que este budista me pida que le hable yo de lo que es más querido para mí: mi fe cristiana”  (P. Franco Sottocornola, en el vídeo “Diálogo de peregrinos”). 

Es corriente distinguir varias formas de diálogo interreligioso. Una de ellas se refiere a “los intercambios académicos entre expertos en las diversas tradiciones religiosas o representantes de éstas” y suele tener lugar en reuniones, parlamentos de religiones y publicaciones de eruditos.  Otra forma de diálogo consiste en “la acción común a favor del desarrollo humano integral y en defensa de los valores humanos y religiosos”y se abre a numerosas iniciativas de justicia y solidaridad. Pero no cabe duda de que el diálogo interreligioso en Asia tiene su cita privilegiada en el campo de la experiencia mística, en compartir el cómo cada uno saca de sus convicciones religiosas luces y fuerzas para vivir en presencia de Dios y dar frutos de paz, de compasión, de justicia y santidad. Ello se debe a que la experiencia mística y la vida contemplativa son el objetivo más alto de las religiones y no son algo exclusivo del cristianismo. Y un encuentro a este nivel, un diálogo de vida en el que se comparte lo más precioso del interior de cada uno, resulta siempre importante y provechoso, mientras muchos encuentros a nivel puramente doctrinal han resultado estériles.  

Las religiones orientales son religiones de meditación, entendida ésta como un camino de interiorización radical y, por eso, sólo pueden sentirse aludidas e interesadas en un diálogo con cristianos en que éstos ofertan su propia experiencia espiritual. Una reunión de obispos, sacerdotes y seglares católicos reunida en Pattaya en Julio de 2004 concluía: “El diálogo interreligioso en Asia sólo progresará  desde la experiencia contemplativa que continuamente nos recuerda que lo divino ‘está siempre más allá’ (Deus semper major). La colaboración creativa con los creyentes de otras religiones nos ayuda a descubrir el rostro de Dios vuelto hacia la humanidad en el Cristo crucificado hoy, en los rostros de tantas personas rotas y en las heridas de una tierra explotada. Necesitamos compartir experiencias de fe con otros creyentes y trenzar con ellos lazos de amistad. Y para eso hemos de ahondar en nuestra experiencia contemplativa y vivir una espiritualidad genuinamente cristiana y asiática”. 

La búsqueda de Dios ha apasionado siempre al corazón humano y esa búsqueda apasionada es particularmente visible en las diversas formas de espiritualidad y ascetismo de Asia. Los hombres y mujeres que se han dedicado en Asia a la vida contemplativa y ascética gozan de gran respeto en la sociedad y su testimonio tiene gran fuerza de persuasión. El ejemplo de pobreza y abnegación, pureza y sinceridad de los verdaderos contemplativos es capaz de conmover a las personas de buena voluntad y llevar a un diálogo fructuoso con las culturas y religiones del entorno y con los pobres y desvalidos (Cfr. “Ecclesia in Asia, n. 44). Por ejemplo, desde muy antiguo han florecido en la India los “ashrams”. Sus estilos, sin apenas estructuras, pueden ser muy variados, pero quienes los fundan y habitan van buscando alguna forma de vida contemplativa con la mira puesta en encontrar y experimentar a Dios. No quiere decir que la búsqueda de Dios esté reservada a los “religiosos” y que no se pueda experimentar la presencia de Dios en la vida ordinaria, sin entrar en un “ashram”. Pero Dios guía a los humanos por diversos caminos y los “ashramitas”, como los “religiosos” cristianos, están llamados a ser símbolos visibles y destacados de una búsqueda de Dios que es tarea de todos. Nos alertan del desorden de nuestras vidas, volcadas a preocupaciones fútiles. Con sus vidas nos van gritando: “¡Dios es lo único absoluto!”. En respuesta a esa sed espiritual de tantas gentes de la India han nacido también “ashrams” cristianos. Hoy son unos sesenta y sería de desear que floreciesen. Son significativos y necesarios. Son presencias proféticas que ofrecen experiencias de “lo único necesario” y contrarrestan la impresión de activistas y “mundanos” que los misioneros cristianos han dado a menudo a través de sus obras de educación y sanidad (9). Lo recalcaba también la “Ecclesia in Asia” refiriéndolo a toda la obra evangelizadora y, en particular, al diálogo interreligioso: “Las personas de vida consagrada pueden contribuir de un modo significativo al diálogo interreligioso testimoniando la vitalidad de su fe” (n.31). Y recuerda  a este respecto el memorable encuentro de 1986 en Asís como “una muestra de cómo los hombres y mujeres de religión, sin abandonar sus respectivas tradiciones, pueden comprometerse en la oración y trabajar por la paz y el bien de la humanidad”. 

Cada religión va experimentando y balbuceando el misterio. Y a Dios se le alcanza sólo saliendo de nuestra concentración egoísta, abriéndonos contemplativamente a la verdad, al misterio que envuelve nuestra existencia. El pluralismo religioso se va convirtiendo en el ambiente cotidiano, exigente y cuestionante en que vivir y testimoniar nuestra fe. Y el énfasis contemplativo de muchos asiáticos nos está interpelando. Quienes más hondamente viven la experiencia de Dios en sus vidas, los místicos, son los llamados a animar el diálogo interreligioso.

 

2.  Los místicos, animadores del encuentro interreligioso: testimonios de S. Juan de la Cruz, de teólogos actuales, de los obispos asiáticos y de la “Novo Millenio Ineunte 

Para S. Juan de la Cruz, las criaturas, a pesar de haber sido “plantadas por la mano del Amado”, aparecen en un principio como obstáculos y lazos que el alma ha de superar y romper. Pero, una vez encontrada la libertad del corazón, las criaturas todas terminan por convertirse en el mismo Amado o, si se prefiere, en la infinitud y hermosura del Amado que se desborda en ellas:  “Por haberse el alma querido quedar a solas de todas las cosas, por cuanto estaba herida de amor de él, y así él no quiso dejarla sola sino que, herido de ella por la soledad que por él tiene, viendo que no se contenta con otra cosa, él solo la guía a sí mismo, atrayéndola y absorbiéndola en sí, lo cual no hiciera él en ella si no la hubiera hallado en soledad espiritual” (C 35,7). La soledad en que el alma se puso voluntariamente, despegándose de todo por puro amor de Cristo, ha sido la causa por la que Cristo se ha prendado de ella. No hay aquí misticismos abstractos ni vacíos absolutos. Hay, sí, despego de todas las cosas en búsqueda del Amado. Pero Cristo, el Amado, invade y plenifica al alma tanto más cuanto más vacía de apegos la encuentra. Y entonces surge un gran descubrimiento: “Que, por cuanto en este caso se une el alma con Dios, siente ser todas las cosas Dios” (C 14,5), escribe San Juan sin miedo a que le tachen de panteísta. Todas las criaturas aparecen ahora como un conjunto armónico en el que se transparenta y se expresa el Amado. Desde ahora, desde esta recreación del corazón que las ama y las contempla, las criaturas se revelan como amor y hermosura de Cristo (C 36,6). Y el alma quiere conocerlas a todas en profundidad, no ya sólo para ascender por ellas a su Creador sino para conocerlas y amarlas en el mismo Dios: “Este es el gran deleite de este recuerdo: conocer por Dios las criaturas y no por las criaturas a Dios” (Ll 4,5). Las cosas se han convertido así en la gran presencia cósmica del Amado, son parábolas y símbolos vivos de su omnipotencia y sabiduría. Juan de la Cruz no fue partidario del vacío absoluto. Si predica la soledad, el desapego es porque primero se ha llenado de otra cosa, o sea, del Amado. La negación, el vacío se sustentan en última instancia en un amor mayor (10). 

No pocos teólogos actuales han incidido recientemente en la urgencia de creyentes contemplativos para llevar adelante un fructífero encuentro interreligioso y aún para la supervivencia de la fe. Hace casi cuarenta años (en 1966) alertaba ya Karl Rahner sobre la necesidad de la dimensión mística de los cristianos con aquellas palabras tantas veces citadas: “El cristiano del futuro o será un místico, es decir, una persona que ha experimentado algo o no será cristiano” (11). Y el 1 de Abril de este año 2005, el actual Papa Benedicto XVI, en una conferencia conmemorativa de San Benito, afirmaba: “Lo que más necesitamos en este momento de la historia son hombres que, a través de una fe iluminada y viva, hagan que Dios sea creíble en este mundo...Necesitamos hombres que tengan la mirada fija en Dios, aprendiendo ahí la verdadera humanidad. Necesitamos hombres cuyo intelecto sea iluminado por la luz de Dios y a quienes Dios abra el corazón, de manera que su entendimiento pueda hablar al entendimiento de los demás y su corazón pueda abrir el corazón de los demás. Sólo a través de hombres que hayan sido tocados por Dios, puede volver Dios a estar vivo entre los hombres. Necesitamos hombres (contemplativos) como Benito de Nursia...”. Y mirando desde este ángulo al mundo de las diversas religiones de la humanidad, no las ve el Cardenal Ratzinger como un peligro para la fe cristiana sino más bien como aliadas y cómplices para hacer frente al verdadero peligro para la fe en nuestro tiempo: el alejamiento de Dios, la indiferencia ante él. Y también ante este reto, la respuesta decisiva habrá de ser la vivencia profunda de la presencia de Dios. Estas son sus palabras: “La auténtica contraposición que caracteriza al mundo de hoy no es la que se produce entre las diferentes culturas religiosas sino entre, por una parte, la radical emancipación del hombre con respecto a Dios, a las raíces de la vida, y, por otra, las grandes culturas religiosas. Si se llegase a un choque de culturas, no sería por un choque de las grandes religiones (que siempre han luchado entre sí, pero que también han sabido convivir siempre juntas). Será más bien a causa del choque entre esta radical emancipación del hombre y las grandes culturas religiosas”. Este gran reto que atañe a todas las religiones “es también una gran oportunidad para descubrir con más claridad los rasgos de cada una, sin dejarse ahogar en un ‘tsunami’ que todo lo allana reduciéndolo a un común denominador de desolación. Hay dos lugares claves de la fe cristiana que se ven más zarandeados en el presente ambiente relativizador: la figura de Cristo y el mismo concepto de Dios. Si estos dos pilares cambiasen tan radicalmente como algunos pretenden, quedaría vaciado el cristianismo y privaríamos a los otros de la mejor riqueza que podemos aportar al diálogo religioso en curso”. 

La Federación de Conferencias Episcopales de Asia (FABC) organiza a menudo experiencias de diversas formas de contemplación y oración para Obispos asiáticos. Por ejemplo, del 11 al 19 de Mayo de 2004, obispos de seis países asiáticos, bajo la guía de un antiguo budista, ahora religioso dominico, el P. Shigeto Vicente Oshida vivieron  con una pequeña comunidad en medio de la naturaleza (en Takamori) la experiencia de una vida sencilla, de silencio, oración y frugalidad, en presencia de Dios: cinco horas diarias de “zazen” centradas en Dios y en Cristo, tres horas de trabajo manual,  dos horas dedicadas a la liturgia, dos días y medio de ayuno con sólo té caliente...La evaluación de los participantes es siempre positiva: “Experimentamos y probamos una comprensión nueva de la oración. Ojalá muchas personas pudieran hacer la misma experiencia”. 

En otro extremo del Japón, en Tamana (Kyushu) funciona desde 1987 un centro de encuentro interreligioso llamado “Seimeizan” donde confluyen especialmente budistas y cristianos. Para el misionero católico P. Franco Sottocornola, fundador del Centro a una con su gran amigo el bonzo y maestro budista Furukawa Tairyu, compartir la experiencia religiosa de cada uno, hacerlo con respeto, con sinceridad, con interés genuino, convencidos de que en la búsqueda de la verdad Dios está siempre actuando en el corazón humano, es lo mejor y más decisivo del diálogo interreligioso. Precisamente porque nuestras experiencias religiosas son diferentes, ese encuentro se vuelve más importante y enriquecedor. Partir de presupuestos tales como “poco importan los caminos: todos nos llevan a la misma cima” o pensar que, para dialogar, hay que dejar a un lado las convicciones  y los contenidos “absolutos” de la fe de cada uno es privar al diálogo de su motivación más profunda y estimulante (12).  

De las alrededor de 200 intervenciones de obispos que se oyeron en Roma durante el Sínodo de Asia en Abril-Mayo 1998, muchas fueron las que se levantaron  para urgir evangelizadores capaces de compartir ante todo su experiencia de Dios, lamentando que, mientras Asia es tierra de contemplación, ascetismo y profunda espiritualidad, pocos son los asiáticos que ven a los cristianos como hombres y mujeres de Dios: “El evangelizador cristiano en Asia ha de ser un contemplativo, un orante, profundamente enraizado en la experiencia contemplativa de la divinidad, encarnando la compasión redentora de Jesús hacia los que sufren y son explotados, virtud ésta bien conocida en las tradiciones del Budismo y del Hinduismo”. Y esos mismos obispos, al motivar y estimular el diálogo y encuentro con los fieles de otras religiones, lo veían ante todo como un intercambio, en respeto y amistad, de la fe y experiencia religiosa de unos y otros (13). 

Un buen resumen de todo ello nos ofrece la respuesta que dio el arzobispo de Bangalore (India) al ser preguntado por las prioridades de la Iglesia en Asia: “La primera prioridad es fomentar en todos los países de Asia la vida contemplativa. Hemos sido demasiado activistas en copiar el activismo de Occidente. Pero, como asiáticos, nuestro aporte específico es introducir la dimensión espiritual  - y particularmente la dimensión contemplativa -  no a un grupo particular sino al conjunto de la Iglesia. Para ello tenemos que optar por la simplicidad, por la impotencia de la cruz. Nos vemos urgidos a mostrar que la Iglesia puede seguir adelante sin necesidad de poder, ya sea en el campo de los medios de comunicación, en el de la educación o en cualquier otro. Nos apoyamos demasiado en nosotros, en nuestro dinero, en nuestros centros educativos...Tenemos que mostrar que somos un pueblo que depende más del poder de Dios y de su gracia salvadora...Debemos ofrecer al país nuestra propia aportación y yo diría que esa aportación se hace a través de la contemplación..En el diálogo con los hindúes y los musulmanes creo que debemos ir a su encuentro y aceptarlos tal como son y compartir con ellos sin temor lo que pensamos. No temamos ofenderles. Necesitan y quieren escucharnos. No hay que tener miedo de presentar a Cristo plenamente, sin ofenderles. Todos tenemos que movernos hacia Dios. Eso es lo más esencial...”. 

Bueno será, para terminar este apartado, recoger las invitaciones a contemplar el rostro de Cristo que nos dejó escritas Juan Pablo II en la “Novo Millenio Ineunte”: “Lo importante es que lo que nos propongamos (como programación para el siglo XXI) esté fundado en la contemplación y en la oración, huyendo del activismo, buscando el ‘ser’ más que el ‘hacer’ (n.15). “Los hombres de nuestro tiempo piden a los creyentes de hoy no sólo ‘hablar’ de Cristo sino en cierto modo hacérselo ‘ver’. Y ¿no es cometido de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio? Nuestro testimonio sería enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro...”(n.16). Pero no es cosa fácil. En realidad “sólo la fe puede franquear el misterio de ese rostro...Y sólo la fe llega realmente al corazón, yendo a la profundidad del misterio...A la contemplación plena del rostro del Señor no llegamos sólo con nuestras propias fuerzas sino dejándonos guiar por la gracia. Sólo la experiencia del silencio y de la oración ofrece el horizonte adecuado en el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento más auténtico, fiel y coherente de aquel misterio...”(n. 19-20). “Estamos entrando en un milenio que se presenta caracterizado por un profundo entramado de culturas y religiones...Esto nos pone ante el reto de testimoniar con mayor fuerza, a menudo en condiciones de soledad y dificultad, los aspectos específicos de nuestra propia identidad...”(n. 36). “En la situación de un marcado pluralismo cultural y religioso...el diálogo interreligioso es también importante para proponer una firme base de paz y alejar el espectro funesto de las guerras de religión...Ese diálogo no debe basarse en la indiferencia religiosa. Será anuncio gozoso propuesto a todos con el mayor respeto a la libertad de cada uno...Un diálogo íntimamente dispuesto a la escucha ante el misterio de gracia infinitamente rico por sus dimensiones e implicaciones para la vida y la historia del hombre...La Iglesia nunca dejará de escudriñar ese misterio...con la ayuda del Espíritu que la guiará a la plenitud de la verdad..En actitud de apertura y atento discernimiento...,la Iglesia reconoce que no sólo ha dado sino que también ha recibido de la historia y del desarrollo del género humano” (n.56).  

III. EL  MISTERIO  Y  CONTEMPLACIÓN  DE LA  EUCARISTÍA  EN  EL  CORAZÓN  DE  LA  MISIÓN  Y  DEL  DIÁLOGO INTERRELIGIOSO  DE  ASIA

1. Algunos ejemplos de “contemplación” de la Eucaristía por parte de asiáticos no cristianos 

Hemos hablado arriba de los “ashrams” de la India. Hasta su muerte en Abril del año 2000, una religiosa  agustina, Sara Grant,  hacía de “gurú” del “ashram” llamado “Christa Prema Seva” de Pune,  formado por católicos, anglicanos e hindúes. Este es el testimonio que dejó escrito la Hna. Sara:  

“Nuestro único “Gurú” es el Señor Resucitado, presente entre nosotros en la Palabra y en el Sacramento y presente por su Espíritu en cada miembro de nuestra comunidad. El otro “gurú” o cabeza visible de la comunidad tiene sólo el cometido de facilitar la obra del Espíritu...Sentarse en presencia de la Eucaristía reservada en el sagrario, sin palabras, sin conceptos, encaja muy bien tanto con la tradición hindú como con la teología del Concilio Vaticano II...Según la más antigua tradición hindú, el papel de un “gurú” no es el atraer hacia sí la atención del discípulo sino el despertarle a tomar conciencia de la presencia, en su interior, de aquel Misterio del que el mismo “gurú” vive. Esto parece resonar maravillosamente si lo referimos al Cristo resucitado que sigue sacramentalmente presente ahí para intensificar en nosotros el don del Espíritu, el “agua que salta hasta la vida eterna”... Es una maravilla constatar cómo, en la manera hindú de ver las cosas, encaja perfectamente la Eucaristía como Presencia y como Camino hacia el Padre...Lo venimos comprobando cada vez que nuestros amigos hindúes comparten nuestra Eucaristía y nuestro culto ante el Santo Sacramento” (14)..

Este respeto y asombro ante el misterio eucarístico que oculta a la divinidad en los elementos humildes de la naturaleza como divinizándolos, haciéndolos signos sacramentales de su presencia misteriosa entra con naturalidad en la sensibilidad religiosa de los asiáticos. Me vienen a la memoria algunas pequeñas experiencias que lo ilustran. Sucedió que un día, debido a unas fuertes dolencias del nervio ciático, me llevaron en busca de remedio a un médico japonés de medicina natural en Mino, cerca de Osaka. Era ciego, me tomó el pulso, me hizo preguntas. Al enterarse de que yo era sacerdote cristiano, me dio este consejo: “Ustedes los cristianos tienen el sacramento de la Eucaristía y comulgan el cuerpo y la sangre de Cristo. Pues bien,  cada vez que usted se siente a la mesa y coma o beba algo, piense también que a través de esa comida o bebida está uniéndose a la naturaleza, está comulgando con ella y, en definitiva, con Dios mismo. Por eso, coma y beba todo despacio, masticando bien, agradeciéndolo, disfrutándolo. Es como una comunión”. 

Cité más arriba al P. Franco Sottocornola y al maestro budista Furukawa Tairyu, empeñados ambos en compartir sus experiencias religiosas más hondas. Un momento privilegiado de ese empeño era el momento de la Eucaristía. Cuenta así el P. Sottocornola: “Durante el año en el que estuvimos viviendo juntos en el Templo Schweitzer tuvimos los dos muchos momentos de encuentro y de compartir. Sin embargo, el momento más importante y más significativo era, sin lugar a dudas, el de la ‘oración’ de la mañana...Furukawa Tairyu declamaba el texto del ‘Tannisho’ y daba luego comienzo a la letanía que invoca el nombre de Amida...Acabada la declamación del ‘Nenbutsu’, el mismo maestro Furukawa cogía el gran candelero que sostenía el cirio que había iluminado la penumbra y lo desplazaba en el centro del salón del templo. Aquí, después de haber preparado con sencillez y, al mismo tiempo, con dignidad todo lo necesario, yo empezaba la celebración de la Eucaristía, agachándome y apoyándome sobre los talones, según el estilo japonés, sobre el ‘tatami’ hecho de paja de arroz. Era el acto supremo de mi fe: el sacramento de la muerte y la resurrección de Cristo, de la Pascua del mundo. Era lo mejor y lo más importante que yo tuviera y que pudiera ofrecer...Era la razón por la que yo había dejado mi país y mi cultura. Era en la Eucaristía que yo encontraba el sentido de mi existencia y de mi presencia en ese templo budista. La Eucaristía era para mí la motivación profunda para el encuentro y diálogo religioso.  Apartado un poco, sentado dignamente sobre un almohadón y con las piernas cruzadas según el estilo japonés, el maestro Furukawa asistía a la Eucaristía con una actitud silenciosa, atenta y respetuosa. Cerca de él estaban muy a menudo también los otros miembros de su familia. Eran los únicos presentes en la celebración del gran Misterio. Todos nos dábamos cuenta de que estábamos cumpliendo un acto muy importante, más de lo que nosotros mismos hubiéramos podido comprender: ofrecernos los unos a los otros, con sinceridad, la expresión suprema de nuestra propia fe, como acto de amor recíproco y de esperanza compartida” (15). 

Tuve la suerte de encontrar a este maestro budista y conversar con él unos años antes de su muerte. Recuerdo bien sus comentarios sobre la Eucaristía: “Yo me siento profundamente conmovido por la atmósfera religiosa de la Misa y me sirve de punto de referencia para reflexionar sobre mi religión”. Al evocar la figura venerable de este maestro budista, pienso también en muchos no cristianos que asisten regularmente en Japón a las Eucaristías dominicales de los cristianos. También ellos compartirían sin duda su experiencia con esas o parecidas expresiones. Por encima de las palabras y las definiciones (a menudo incomprensibles o misteriosas, aunque las recitemos en su lengua), están los símbolos con su gran poder de comunicación: pan, vino, luz, flores, colores... Toda la naturaleza es terreno común de experiencias religiosas. Los asiáticos se acercan a ella con una actitud religiosa común y saben disfrutarla y compartirla. 

Entre las grandes figuras religiosas que la India ha proporcionado al mundo, quiero traer a la memoria a un gran apasionado por la verdad, un hindú que encontró a Cristo y se entregó a él con toda sinceridad, a la vez que su percepción de las Iglesias cristianas que conoció le impidió entrar en ellas por el bautismo. Vivió hace más de un siglo, pero no por eso deja de ser representativo de otros muchos, antiguos y modernos, asiáticos buscadores de la verdad. Su nombre es Keshab Chandra Sen y vivió entre 1838 y 1884. Estuvo cada vez más convencido de que no sólo la India sino el Asia entera sólo podría encontrar la realización de sus más nobles ideales en Jesucristo. Si traemos aquí a este hindú que en su tiempo influyó enormemente entre los hindúes, es por recoger su manera de asimilar y expresar el misterio cristiano de la Eucaristía. En la última de sus cuatro famosas conferencias, el año 1883, interpretaba así el bautismo y la Eucaristía: 

“Cristo es mi comida y mi bebida y es el agua que me purifica. Bautismo y Eucaristía simbolizan los dos grandes principios fundamentales del credo de Cristo. ‘Bautizaos en el agua santa y comed la carne y bebed la sangre del Hiho de Dios, dijo Cristo, y os salvaréis’. Alguien podría pensar que se trata tan sólo de una doctrina alegórica y simbólica. Pero...Cristo está diciendo sincera y seriamente a la gente que han de bautizarse como Él también se bautizó y que deben comer su carne y beber su sangre...El cuerpo tiene su baño y el alma su bautismo. El baño es algo natural, el bautismo es espiritual...Como el cuerpo queda limpio por su inmersión en el agua, así también el bautismo limpia las manchas del corazón... Y lo mismo pasa en la Eucaristía: la Eucaristía no es para vosotros, hindúes, ninguna costumbre extraña. La fiesta a la que Cristo os invita es auténticamente oriental. Poned arroz donde dice pan y agua donde dice vino, reconoced ahí la carne y la sangre de un santo antes de tomarlas y estaremos celebrando una santa Comunión nacional, tan hindú como cristiana...Todo un país, toda Asia estará compartiendo Su naturaleza divina e identificándose con Él. Europa y Asia, Oriente y Occidente se harán una carne y una sangre y de esta manera un cuerpo indivisible en Cristo Jesús. ¡Hermoso en verdad es este sacrificio del Dios-Hombre que nos ha traído la sangre de Cristo...!”(16). 

 

2. Cómo contemplan la Eucaristía los católicos de Asia:  algunos ejemplos 

Para los católicos asiáticos , como para todos los católicos de todo el mundo, la Eucaristía es fuente, centro y cumbre de su vida y misión. Pero esto, para un pequeño rebaño que quiere seguir a Cristo su Pastor en medio de un mundo a menudo hostil, presenta connotaciones especiales. Veamos algunas de ellas de la mano del arzobispo filipino Carmelo Morales resumiendo su intervención en el Congreso Eucarístico de México. 

“En el mundo asiático los cristianos somos una pequeña minoría, a menudo hostilizada. Estamos llamados a ser ahí testigos y mártires. La Eucaristía (“el regalo bueno”) viene  en nuestra ayuda a fortalecer nuestra vocación de testigos y nos hace agradecer a Dios esta gran oportunidad. Lo necesitamos. Porque no se requiere ser un gran cristiano para alabar a Dios una vez que la crisis ha pasado, pero hace falta fortaleza y valentía para alabar y agradecer a Dios cuando se está llevando la cruz. Nos viene a la memoria el ejemplo conmovedor del arzobispo de Ho Chi Min, Francisco Xavier Nguyen Van Thuan, cuando durante los trece años (1975-1988) de encarcelamiento se las arregló para celebrar a escondidas la Eucaristía y sacó de ahí fuerza y alegría abundantes para vivir su fe y dar un extraordinario testimonio de entusiasmo, servicio y amor a los demás prisioneros y guardianes...

En un mundo globalizado que se encamina hacia una economía única tal que quita al pobre lo poco que tiene y aumenta la riqueza acumulada del rico; un mundo que pone al descubierto, en la gran mayoría de las ciudades de Asia, el inmenso contraste de rascacielos, parques industriales y casas opulentas en un mar de miseria y barrios abandonados; un mundo que está haciendo de muchos países de Asia estaciones de vertidos de artículos defectuosos de un Primer Mundo que, a su vez, recibe sin límites productos baratos elaborados con el sudor del trabajo infantil; un mundo cuyo economía globalizada obliga a emigrar a innumerables familias (el 10% de los filipinos, es decir, más de siete millones) y no tiene escrúpulos en adoptar nuevos estilos de esclavitud moderna y de cotas cada vez más altas de violencia...En este mundo asiático, la Eucaristía empuja a los cristianos a encender siempre más su pasión por la justicia y solidaridad con los pobres y a compartir los dones recibidos a ejemplo de la primera comunidad cristiana (Hech 2,42-47; 4,32-35). De hecho, dondequiera que van los emigrantes cristianos, la fe les acompaña y la Eucaristía les sostiene. Y muchísimos de ellos se convierten en evangelizadores. Y pueden dar nuevo vigor a comunidades que se habían debilitado. En el sacramento de la Eucaristía aparece con claridad cómo se rompen las barreras: “ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre o mujer: porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3,28).

En un mundo, también el asiático, tan amenazado de secularización, en peligro no tanto de perder a Dios cuanto de sustituirlo por los ídolos del dinero o del placer; un mundo en el que también las sociedades asiáticas se enfrentan a enormes desafíos que socavan las tradiciones religiosas heredadas de incontables generaciones y hacen añorar a muchos los tiempos en que podían ser felices sin tanto ‘progreso’ moderno; un mundo en el que crece el número de familias rotas, se oscurece el sentido de la vida y muchos valores son sacrificados en el altar del consumismo...En este mundo la Eucaristía hace sentir a los cristianos que la creación está llena de sentido; pone ante nuestros ojos la presencia de Dios: Él está aquí y afecta a nuestras vidas, todos tenemos derechos y responsabilidades recíprocas, Él ha puesto por un tiempo la creación en nuestras manos y hemos de administrarla...  

La celebración de la Eucaristía puede parecer muy simple y muy pobre. Consiste en ofrecer un alimento ordinario, el pan y el vino. También la Iglesia asiática se reconoce débil. No tiene nada de qué jactarse. Por eso busca y encuentra su fuerza en la presencia de su Señor y experimenta continuamente la verdad de las palabras de Pablo: “Cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2 Cor 12,10).Despojados hasta de lo imprescindible, somos entonces capaces de encontrar el verdadero tesoro: Cristo mismo. No necesitamos otro viático para nuestro viaje de peregrinos. En la Eucaristía lo encontramos. En Él lo tenemos todo. En su pobreza, en su pequeñez la Iglesia asiática es capaz de identificarse con Jesús pobre y humilde. En unos países asiáticos de vibrantes religiones, la Eucaristía vivida y celebrada por la Iglesia es un testimonio del Evangelio de amor y de vida siempre que genere un compromiso de derribar fronteras de discriminaciones e injusticias. Contemplando el rostro de Cristo en una Eucaristía inculturada (tarea vital, pero aún en sus comienzos), los cristianos asiáticos son capaces de identificarse con su Maestro, enfrentarse a los atractivos de las riquezas materiales y de la comodidad, experimentar que el Misterio Eucarístico es fuente de paz y es también un desafío para todo creyente, profundizar nuestra comunión con Él y experimentar una tensión saludable al caer en la cuenta de la distancia que va de nuestras vidas a la vida del Reino de Dios. 

 

3. Aspectos de la Eucaristía que conectan especialmente con la sensibilidad asiática e inducen al diálogo interreligioso 

Juan de la Cruz plasmó bellamente su experiencia de Dios en el poema de “la fonte que mana y corre”, es decir, el misterio de Dios en continua actividad y movimiento. Pero es siempre una experiencia misteriosa, un conocimiento oscuro, “porque es de noche”. Se percibe la frescura del agua, se oye el murmullo del manantial, pero en la noche. Es una fuente sin origen, escondida, aunque toda la realidad surge de ella. Es Dios, principio de todo, infinito en su misterio eterno e inaccesible. El cosmos todo se nutre y sacia de esta fuente, es fuente sin fondo en cuyo interior bulle el misterio de la vida del Dios uno y trino, fuente de aguas cristalinas, de corrientes caudalosas, infinitas...Y sucede algo maravilloso: la fonte desciende y se esconde en el pan de la Eucaristía: “Aquella eterna fonte está escondida en este vivo pan por darnos vida”. Y la misma fonte invita a los humanos a anegarse en sus aguas y corrientes: “Aquí se está llamando a las criaturas y de esta agua se hartan, aunque a oscuras”. El Dios todo misterio, origen y fundamento de todo, el Dios Trinitario se acerca y se hace como visible casi y tangible en la Eucaristía, en unos humildes signos naturales de pan y de vino. Pero todo sucede de noche: el alma oye sólo como un susurro de una fuente que fluye, de una corriente que riega las venas del mundo. No es visión cara a cara, aunque tampoco se agota en los sentidos. Es experiencia de Dios en la noche.

Todo en este poema (los símbolos, el aura de misterio inefable, el anhelo insaciable de agua viva, lo inenarrable y fascinante del misterio último) resuena y penetra sin chirridos en los oídos del alma asiática. Nada de extraño que también la Eucaristía, en cuya humildad confluye toda la grandeza del misterio divino, suscite en Asia sentimientos profundos de veneración y agradecimiento. Y que esta experiencia de Dios en la noche de la Eucaristía pueda simbolizar todo el caudal de aguas vivas que los creyentes de diversas religiones quieren compartir en sus encuentros (17). 

Releyendo los muchos documentos publicados últimamente sobre la Eucaristía ¿qué aspectos del misterio eucarístico encontrarían una resonancia como natural en el alma asiática? Tratemos de descubrirlos al hilo de la encíclica “Ecclesia de Eucaristía” que publicó Juan Pablo II en Abril de 2003.  Sin duda, lo primero que cautiva a un asiático es el clima de misterio que envuelve a toda la celebración eucarística y que, de una forma o de otra, recogen todos los documentos. “Al actualizar el acontecimiento pascual a lo largo de los siglos,  la Eucaristía tiene una capacidad verdaderamente enorme de abarcar a toda la historia como destinataria de la gracia de la redención”(n.5). La Eucaristía tiene carácter cósmico, universal...Une cielo y tierra, abarca e impregna toda la creación: ahí el Hijo de Dios devuelve al Creador toda la creación redimida (n. 8). Misterio de fe que supera todos nuestros pensamientos, que solamente puede ser acogido en la fe (n.15) y que nos obliga por ello a abandonarnos como María a la Palabra de Dios (n.54).Junto a este misterio de la presencia divina, está el misterio de comunión con Cristo y con los hermanos: La Eucaristía se orienta de por sí a la íntima unión de nosotros con Cristo (n. 16), construye la Iglesia y crea  comunidad entre los hombres (n. 24).

Junto al misterio, leerán también los asiáticos con gusto la invitación a la adoración: “Es hermoso estar con Él y, reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto, palpar el amor infinito de su corazón. Si el Cristianismo ha de distinguirse en nuestro tiempo por el ‘arte de la oración’, ¿cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento?´... Ahí llegamos al manantial mismo de la gracia” (n. 25).

“En el humilde signo del pan y del vino transformados en Su cuerpo y en Su sangre, Cristo camina con nosotros como nuestra fuerza y nuestro viático y nos convierte en testigos de esperanza y transformadores del mundo...” (n.62). Todo corazón sediento de Dios lo intuye: “Aquí está el tesoro de la Iglesia, el corazón del mundo, la prenda del fin al que, aunque sea inconscientemente, aspira. Misterio grande que ciertamente nos supera y pone a dura prueba la capacidad de nuestra mente de ir más allá de las apariencias” (n.59). “En la Eucaristía tenemos a Jesús, tenemos su sacrificio redentor, tenemos el don del Espíritu Santo, tenemos la adoración, la obediencia y el amor al Padre. Si descuidáramos la Eucaristía, ¿cómo podríamos remediar nuestra indigencia?” (n. 60).  

 

58ª Semana de Misionología, Burgos, julio 2005

 

NOTAS 

(1)   Thomas D’Sa: Contemplating the Face of Christ, Vidyajyoti, Agost 2003, p.663-678; Jose Parappully: A mature Spirituality for today, Vidyajyoti, Febr. 2004, p.98-109.

(2)   M. Amaladoss: Inner Peace: the Buda, Vidyajyoti, May 2001, p. 381-383

(3)   M. Amaladoss: Peace and Harmony, Vidyajypti, Dic. 2002, p.1005-1007

(4)   Thomas C. Fox: Spirituality of Harmony, en Pentecost in Asia, New York, 2002, p.38-53

(5)   Benjamín Gómez Salas: La oración, base del diálogo interreligioso, Salamanca, 2002

(6)   Thomas C. Fox: o.c., p. 41-42

(7)   Vida y Obras de S. Juan de la Cruz, BAC, Madrid, p.182

(8)   Gaudencio B. Rosales, D.D., y C.G. Arévalo,eds.: For all Peoples of Asia: Federation of Asian Bishops Conference Documents from 1970 to 1991, Quezon City (Filipinas), p.40ss

(9)   M. Amaladoss: Do Ashrams have a Furure?, Vidyajyoti, Dic. 2003, p. 977-990

(10) Secundino Castro: Hacia Dios con S. Juan de la Cruz, Madrid, 1986,p.138-142         

(11) K. Rahner: Escritos de Teología, VII, Taurus, 1969, p. 25

(12) F. Sottocornola: La experiencia religiosa: el encuentro más allá del diálogo,   “Misiones Extranjeras”, Nov.-Dic. 1998, p. 503-516

(13) Cfr. “Misiones Extranjeras”, Nov.-Dic. 1998, p.544-569

(14) Sara Grant: The Eucharist, Ecumenism and Dialogue, Vidyajyoti, Mayo, 1985, p. 234-236

(15) F. Sottocornola: art. cit., p. 516

(16) Hans Staffner: The Significance of Christ in Asia, Anand (India),1985, p.29-71

(17) Cfr. Secundino Castro: o.c., p. 153-155