Una espiritualidad para la Misión ad Gentes


José Manuel Madruga, IEME

 

 

1º.- Introducción

 

            Aunque es cierto que la expresión “espiritualidad misionera” se encuentra ya en el decreto conciliar Ad Gentes (1965) (AG 29), sin embargo es a partir de la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi de Pablo VI que se dedica todo un capítulo al “espíritu de la evangelización” (cap. VII). La palabra “espíritu” queda explicada en la misma Exhortación Apostólica como “actitudes interiores que deben animar a los obreros de la evangelización” (EN 74).

         Tendremos aún que esperar quince años más para encontrar en la encíclica Reddemptoris Missio (1990) el último capítulo dedicado a la “Espiritualidad misionera”. En él se afirma “que la actividad misionera exige una espiritualidad específica, que concierne particularmente a quienes Dios ha llamado a ser misioneros” (RMi 87).

         El tema de la espiritualidad ha cobrado un inusitado interés en la actualidad. Hay como una necesidad de “vivir según el Espíritu”. Es una necesidad que se hace más urgente en momentos de búsqueda, de cambios profundos, cuando se está gestando una sociedad más multicultural y plurireligiosa. Y si alguien vive dentro de la dinámica de los cambios, ese es el misionero por su misma vocación de frontera, por estar siempre cruzando orillas y saliendo hacia los otros.

         Es normal que frente a la dinámica que generan los cambios, el ritmo acelerado de la vida, la fragmentación a que estamos expuestos, haya como una necesidad de recomponer la identidad personal, de buscar sentido a lo que se está haciendo. Hoy más que nunca la persona humana necesita construirse una interioridad que le mantenga, sostenga y alimente en su caminar.

         El misionero necesita de una contextura interior, de un andamiaje que le permita llevar adelante con garantía la tarea misionera. Por eso hablamos de la espiritualidad misionera, pero no de cualquier espiritualidad misionera. Se trata de una espiritualidad en consonancia con un marco determinado de la misión. De ahí que hagamos referencia a este marco, aunque sea de manera sucinta. Lo mismo hago con respecto al nuevo contexto de la espiritualidad.

         Referirme a todos los rasgos que configuran el rostro de la espiritualidad misionera sería muy pretencioso por mi parte, de ahí que me fije tan sólo en algunos que en estos momentos me parecen más importante resaltar. Termino mi exposición presentando algunas dificultades que puede vivir el misionero y aportando algunas líneas de trabajo y de futuro en el campo de la espiritualidad.

 

2º.- Hablamos de espiritualidad misionera

 

         Siempre que se habla de espiritualidad misionera tenemos que relacionar estos dos términos: “espiritualidad” y “misión”. La evangelización, según Esquerda Bifet, tiene una dimensión “espiritual” de sintonía con los planes salvíficos del Padre, de relación personal con Cristo y de fidelidad a la acción del Espíritu Santo.[1] 

         La espiritualidad del evangelizador se concreta en “actitudes interiores” (EN 74), todas ellas impregnadas de relación personal con Cristo. Son actitudes de relación familiar con Dios, de confianza filial en sintonía con los planes salvíficos de Dios, de amistad con Cristo, de fidelidad a la acción y presencia del Espíritu Santo, de escucha contemplativa de la palabra de Dios, de sensibilidad respecto a los problemas de los hermanos redimidos por Cristo.  No hay espiritualidad posible sin una experiencia de Dios. 

         La espiritualidad misionera es el estilo de vida que corresponde al mandato misionero de anunciar el evangelio a todos los pueblos. La espiritualidad misionera equivale a la vivencia de la misión como fidelidad generosa al mismo Espíritu. 

         No basta con estudiar la naturaleza de la misión y los modos concretos de la acción pastoral. Es necesario estudiar también su estilo de vida, su espiritualidad o vida según el Espíritu. Por lo tanto, aparte de reflexionar sobre la naturaleza de la misión (teología) y sobre su práctica (pastoral) hay que prestar atención a la vivencia y al espíritu con que se realiza la misión en sí misma, como mandato misionero de Cristo según los designios salvíficos de Dios. 

         El mandato misionero que la Iglesia ha recibido de Jesús (Cfr, Mat 28,19-20) tiene que vivirse como Jesús vivió el mandato recibido del Padre, bajo la acción del Espíritu Santo. Nuestra misión es continuación actualizada de la misma misión que vivió y enseñó Jesús, de ahí que el misionero vuelva una y otra vez a contemplar el rostro de Cristo y anhelar su Espíritu para adentrarse en su secreto, para captar e imitar sus actitudes y acercarse a su comportamiento.

         Siempre el encuentro y la amistad profunda con Cristo fueron el  secreto de todo misionero y los hombres de hoy lo exigen más transparente y auténtico que nunca (Cfr. Novo Millennio Ineunte 16 y 29). En esa relación con el Señor el misionero va descubriendo el contenido de su misión, su enfoque fundamental, sus acentos inconfundibles. Ante todo, advierte su pasión por el Reino de Dios, un Reino orientado a hacer presente el amor universal del Padre y que se manifiesta en sanar a los enfermos, salvar lo que estaba perdido y ofrecer vida y felicidad a todos los que abren el corazón en actitud de acogida. 

         Contemplando la actuación misionera de Jesús, el misionero va descubriendo su actitud de amor compasivo, gratuito, liberador, orientado a hacer palpable la cercanía misericordiosa de un Dios amor, que quiere recrear a los hombres y mujeres desde su interior respetando su libertad, enfrentándose a la raíz del mal, ayudando a todos a liberarse del pecado y a reconciliarse con Dios, a vencer todo lo que deshumaniza, toda marginación y discriminación, toda enfermedad y dolencia, invitando a todos los excluidos a la mesa del banquete del Reino de Dios. 

         Los elementos fundamentales de la espiritualidad misionera los podemos encontrar a partir de la figura del Buen Pastor que se transparenta a través de las figuras misioneras de todas las épocas, desde Pablo hasta nuestros días. Una verdadera espiritualidad no puede prescindir de los elementos transmitidos por los grandes misioneros que nos han precedido. Estos, a su vez, se enraizan en toda la tradición de la Iglesia y, en último término, en el Evangelio. Sin embargo, los matices, los acentos, la forma de sentir y de vivir los motivos  de siempre, sí pueden cambiar. 

         Las líneas básicas de la espiritualidad del apóstol y de las comunidades eclesiales se pueden deducir de los tres elementos que componen la “vida apostólica” de todas las épocas históricas: seguimiento evangélico de Cristo, fraternidad o vida comunitaria del grupo, disponibilidad misionera. En realidad, es este último elemento el que matiza la generosidad evangélica y la vida fraterna del misionero en general  y en particular. 

         A partir de las diversas épocas históricas es posible concretar los rasgos fundamentales de la espiritualidad que han acompañado la actividad misionera teniendo en cuenta a las figuras misioneras, a los documentos eclesiales y a la praxis misionera. En todos los casos habrá que discernir lo que hay de valor permanente y distinguirlo de lo pasajero y a cada época habrá que juzgarla dentro de su misma perspectiva histórica.

 

3º.- ¿Desde qué marco teológico de la misión ad gentes?

 

          Toda espiritualidad, toda vivencia cristiana está inserta en una cosmovisión teológica, en una estructura de pensamiento, en una determinada lectura del cristianismo.

         Es cierto que la espiritualidad no brota de una simple reflexión teológica ni de una argumentación racional, sino del Espíritu de Dios, de su libertad que irrumpe en el centro de la existencia humana. Pero sería peligroso separar la espiritualidad de la misma teología de la misión. “La espiritualidad misionera no puede ser más que manifestación de los contenidos teológicos de la misión: es la apropiación y la vivencia existencial y personal de lo que es el designio salvífico del Dios trinitario”[2] 

         Hoy todos somos conscientes de que a raíz del Concilio Vaticano II y de su reflexión posterior se ha ido configurando y consolidando una concepción de la misión que ha puesto de relieve la amplitud universal del campo misionero, la integridad de las dimensiones de la salvación y la totalidad de los sujetos que han de asumir la responsabilidad en la acción misionera.[3] 

         Los aspectos esenciales de esta concepción de la misión y que son los soportes teológicos de una espiritualidad misionera para los tiempos actuales, serían los siguientes: 

 

         3.1. La misión como comunión de iglesias.- Todos admitimos ya que la segunda mitad del siglo XX ha representado para la Iglesia Católica la clausura de una época eurocéntrica (occidental, latina, monocultural) y la emergencia de una Iglesia mundial, por ello pluricéntrica y multicultural. 

         Esta Iglesia mundial se realiza en la pluralidad de las iglesias locales, cada una de las cuales se encuentra anraizada en la carne de su cultura y se alimenta de la savia de la tradición de los diversos pueblos de la tierra. La teología de la iglesia local va adquiriendo un gran desarrollo y conlleva consecuencias notables para el ejercicio de la misión universal, en cuanto que las iglesias jóvenes se sienten también llamadas y comprometidas con la misión universal.

         La Iglesia ha pasado a ser comprendida y vivida como comunión de iglesias, lo cual conlleva toda una espiritualidad del encuentro a la que más tarde haré referencia.

 

         3.2.- Misión en contexto.- El descubrimiento del sentido y de la importancia del contexto, y, por ello, la necesidad de la contextualización se han convertido también en clave de la misión. Son muchos los factores que actúan sobre la sociedad de hoy y que están provocando una transformación en sus condiciones sociales.

         El contexto concreto es marco de referencia y clave hermenéutica para anunciar y recibir la revelación de Dios en Jesucristo. Son muchos los retos y desafíos a los que tiene que responder la misión. La espiritualidad es también una experiencia, vivencia situada. 

 

         3.3.- La misión desde la pobreza y el reverso de la historia.- El desplazamiento de la soteriología que se concretó en el Vaticano II se explicita aún más a partir del protagonismo de las iglesias de países pobres que no pueden dejar de escuchar y de asumir los lamentos de sus miembros. Las exigencias del contexto no podían ser descuidadas en el proceso de evangelización.

         La misión había sido acusada de prácticas asistencialistas al no afrontar las causas que están en el origen de la situación en la que viven tantos millones de seres humanos.

         La Evangelii Nuntiandi (1974) acepta como obvio y evidente que la evangelización es un proceso complejo y dinámico del que no puede quedar aislada la preocupación por la pobreza, y que toda praxis misionera debe comprender la realidad desde el reverso de la historia, desde los más desfavorecidos.

         A partir de estos desplazamientos pasan a cobrar fuerza en la teología de la misión la categoría Reino de Dios y la teología de la creación. La creación como hogar del hombre amenazado y en peligro.

 

         3.4.- El anuncio del diálogo interreligioso.- Las iglesias que viven en un contexto de pluralismo religioso reclaman la necesidad de una actitud dialogante con los otros grupos religiosos de su entorno. La misma situación mundial nos hace ver la necesidad de una actitud de diálogo entre todas las religiones a fin de que se conviertan en factores de paz y de encuentro entre los pueblos.

         La teología de la misión ha ido avanzando sobre una doble línea: por un lado, el optimismo salvífico y por otro, la valoración de las otras religiones. Esta readaptación de la teología encontró al principio resistencias e incluso llegó a generar frustraciones en muchos ambientes misioneros.

         Sigue abierto, no obstante, el debate en torno al valor de las religiones que conduce al papel mediador de Jesucristo y al carácter singular y universal de su misión salvífica. De ahí que en el Simposio de Pesaro (2001) se insistiera en afirmar y explicitar la referencia cristológica.[4]

         “La teología cristiana, dice el profesor Eloy Bueno, ha ido conjugando un reconocimiento progresivo del valor de las religiones y la posibilidad de mediaciones participadas sin que por ello quede en peligro la verdad cristológica establecida en los concilios de Nicea, Éfeso y Calcedonia”[5]

         La teología ha tenido que hilar fino también para ir conjugando, a la vez, la exacta relación entre diálogo y anuncio, entre el respeto a la diferencia de los otros y la oferta de conversión que brota del acto evangelizador.

         Es verdad que el encuentro con las otras religiones ha producido indiscutiblemente nuevas adquisiciones espirituales para la vivencia y la comprensión de la fe. Incluso la vivencia espiritual permite percibir aquello que no es posible a través de la confrontación doctrinal. Pero no menos cierto es el hecho de que se abren algunas cuestiones que van más allá de la espiritualidad.

         En efecto, no se puede decir que el diálogo remplace al anuncio, y que por ello éste pertenezca a una metodología del pasado. Diálogo y anuncio van íntimamente ligados, pero no son intercambiables. Son momentos internos de una misma realidad, la evangelización. El anuncio es un servicio que no se impone, pero que tampoco se malvende o se devalúa en aras de un fácil consenso.

         El diálogo no es tal por parte de un cristiano si éste no pronuncia el nombre de su salvador, pero a su vez la pronunciación del nombre de Cristo no puede ser auténticamente cristiano si no se realiza en el encuentro dialogal con el otro.[6] 

         Estos cuatro aspectos a los que he hecho referencia: la relevancia y el protagonismo de las iglesias locales, la atención al contexto, la defensa de la justicia y la hermenéutica desde los pobres, la actitud del diálogo, constituyen los pilares sobre los que se asienta el marco de la misión a la que yo me quiero referir al hablar de espiritualidad misionera.

         No se trata de un marco cerrado, dado que vivimos momentos de transición en los que la historia y la evolución de los dinamismos de nuestra civilización nos sigue planteando nuevas encrucijadas donde el ejercicio de la misión debe hacerse presente.

         La misma Redemptoris Missio reconocía, apenas hace quince años, que se estaba produciendo un trastocamiento tal de situaciones que ponían en cuestión la validez de los esquemas y conceptos tradicionales.

         Si queremos percibir cuáles son las fronteras y orillas que hay rebasar, habrá que tomar conciencia de la nueva universalidad que ha comenzado a vivir la humanidad entera  y de la nueva estructura del fenómeno religioso.

         A estas alturas, no podemos pasar de largo ante el fenómeno de la globalización y sin detenernos a examinar la nueva reestructuración del mapa religioso de la humanidad en el Norte y en el Sur donde la movilidad y los movimientos migratorios han puesto en contacto a las culturas y las religiones.  

 

4º.- El nuevo contexto de la espiritualidad

 

          La Iglesia entera, junto con la creación y la historia humana, y remontándose en su raíces al amor fontal trinitario e impulsada por el Espíritu continúa la misión universal de Jesús a favor de la reconciliación y comunión gozosa con el Padre de todos los seres humanos en le Reino de Dios.

         La iglesia local se reconoce, con agradecimiento, habitada por el mismo Espíritu, enviada por él a una misión que es suya y le transciende. Los cristianos se sienten así invitados a vivirla y testimoniarla como discípulos de Jesús y con sus mismas actitudes. 

         La espiritualidad misionera está llamada a responder a los grandes desafíos de la misión y a insertarse en las corrientes espirituales que el Espíritu regala a la humanidad.

          Cuando miramos a la realidad en la que acontece la venida del Espíritu la descubrimos llena de gozosa esperanza por el hoy del cumplimiento, pero también llena de posibles amenazas que se desprenden de las resistencias con que el pecado de la humanidad en general y el nuestro en particular impiden su plena realización. 

 

         4.1. Espiritualidad en un cambio de época.- Se ha repetido hasta la saciedad que no solamente estamos en una época de cambios, sino que nos encontramos en un cambio de época. A esta situación corresponde también una peculiar experiencia de Dios, una nueva espiritualidad. Este cambio de época se manifiesta en algunos fenómenos: 

·         Las nuevas tecnologías.- Nos encontramos en la sociedad de la comunicación y del conocimiento y esto afecta profundamente a nuestra forma de ser. Vivimos en medio de una red impresionante de relaciones. Las nuevas tecnologías, nacidas de la capacidad creadora del ser humano, nos transforman también a nosotros. No es fácil integrar tanta complejidad en la unidad de la persona. Por eso nos sentimos más fragmentados, desorientados, enfrentados, que en otros tiempos. El ansia de una espiritualidad integradora es muy fuerte, el deseo de intimidad choca contra la superficialidad que se nos vende, No es de extrañar que nos sintamos fuertemente globalizados, pero al mismo tiempo anhelamos cultivar nuestra individualidad.

La globalización.- El fenómeno de la globalización es un hecho irreversible y tiene muchos aspectos y rostros, unos negativos y otros positivos a la vez. En sus aspectos negativos, la globalización del mercado distorsiona la posibilidad del intercambio y comunión de los bienes de la tierra. La ideología neoliberal que le sirve de sustrato y que le inspira, condena al desamparo, a la miseria y a la muerte a la mayor parte de la población mundial y modela un tipo de ser humano marcado por el hedonismo egoísta y por la fiebre de consumo.

Este tipo de globalización y su ideología bloquea la espiritualidad del compartir, de la solidaridad y del amor efectivo. Tienta con un estilo de vida conformista y aburguesado. Aleja del mundo de los pobres y de la espiritualidad de la pobreza evangélica y nos vuelve exigentes ante las que consideramos necesidades. Hay también otra forma perversa de globalización que se manifiesta en forma de violencia exterior e interior (excesiva agresividad, crítica sistemática...) que nos hace vivir en seguridad y cerrados a la esperanza.

En sus aspectos positivos, vemos cómo el Espíritu impulsa a individuos y grupos a integrarse, sumar esfuerzos y asumir compromisos concretos a favor de la paz, de la justicia, de la integridad de la creación, del diálogo en todas sus formas. De aquí emergen nuevas formas de espiritualidad comprometida.

La interculturalidad.- El contexto de interculturalidad que se vive en estos momentos, debido a las comunicaciones y a los desplazamientos de la población, lleva también en sus entrañas un deseo profundo de espiritualidad. Hablamos de una interculturalidad no exenta de tensiones.  

Habrá que estar muy atentos para que en este encuentro, las culturas dominantes no produzcan el aniquilamiento y la desaparición de las diversidades y, con ello, una uniformidad  producto del empobrecimiento cultural.

Por otro lado, la interculturalidad está ya presente en las congregaciones y plantea nuevos desafíos y tensiones a la vez que ofrece nuevas oportunidades para el mutuo enriquecimiento en la comunión y en la misión.

 

 

4.2.- Un nuevo contexto para la experiencia de Dios.- La sed espiritual es algo connatural al ser humano. “El Espíritu está en el origen de la pregunta existencial y religiosa del hombre, la cual surge no sólo de situaciones contingentes, sino de la estructura misma de su ser” (RMi 28).

Por otro lado, toda persona vive inserta en una historia y en un mundo de valores, desafíos y lazos relacionales con las demás personas y con toda la creación. Podemos decir que nada de ello es ajeno al Espíritu y que todo entra en la trama de la espiritualidad.   

La experiencia de Dios tiene hoy nuevas características. Los ateísmos occidentales han purificado notablemente sus actitudes religiosas, las mismas concepciones de lo divino  y de la experiencia de Dios.   

Además hoy se está dando una singular globalización de las creencias y una interconexión entre ellas a través del diálogo interreligioso, que se ha convertido en un instrumento imprescindible para saber descubrir los vientos y susurros del Espíritu en la humanidad.   

Hay todo un movimiento, que renunciando al culto excesivo, a la razón instrumental, se abre a una razón más emocional, más comunicativa, más estética y más simbólica. Frente a los sistemas dogmáticos fuertes de otros tiempos, hoy se prefiere un acercamiento mucho más modesto y complexivo a la realidad. Como consecuencia hay una mayor apertura al pluralismo de valores, se adopta una “ética para el camino” y se hace un uso más humilde y maleable del pensamiento. En todo esto se percibe un anhelo fuerte de espiritualidad sin saber cómo configurarla y sin que por ello desaparezcan las tentaciones fundamentalistas e integristas.   

A pesar de la tendencia de secularización y de materialismo consumista, el mundo contemporáneo es rico en expresiones de espiritualidad en general, y de oración en particular, tanto que se puede hablar de un despertar espiritual o, como dice  la Redemptoris Missio un “retorno religioso” (RMi 38). Estas expresiones de espiritualidad y de oración, sin embargo, no siempre están carentes de ambigüedad y contradicciones y, por ello, se constituyen verdaderamente  en “un nuevo areópago a evangelizar” (RMi 38)

Expresiones de esta espiritualidad son los revívales de magia, el interés por los temas esotéricos y la búsqueda de silencio e interioridad, caminos ambiguos y muchas veces agnósticos, pero que, analizados en profundidad, no están del todo privados de significado espiritual. Habría que hablar también del movimiento de meditación con su avalancha de escuelas y cursos a la carta.  

 El fenómeno revela el movimiento interior del hombre que es incapaz de soportar el vacío espiritual causado por las situaciones deshumanizantes y secularizantes de la vida e insatisfecho, en el primer mundo, con las riquezas materiales. De ahí que se vaya a la búsqueda del sentido último y del mundo sobrenatural.

 

5º.- Rasgos de la espiritualidad misionera

 

             Podemos decir que la vida del misionero es toda ella una biografía al servicio del Reino, en cuyo interior hay diferentes etapas dinamizadas todas ellas por la fuerza del Espíritu a través de los consiguientes procesos de purificación, iluminación y unión. 

         La escucha de la Palabra, la oración, la contemplación, el estudio, la inserción en la realidad y su lectura y comprensión en clave de fe iluminan la vida del misionero y le dan nuevas fuerzas para avanzar en el servicio a la misión. 

         La evangelización es la fuente principal de la espiritualidad misionera. No sólo porque a través de ella se evangeliza a los demás sino porque el misionero mismo es evangelizado, en la medida en que esté dispuesto a escuchar y acoger y no sólo a hablar y actuar. 

         En el contacto con la realidad, el misionero oye gritos y susurros de “gozos y esperanzas, de tristeza y angustias” de los hombres y mujeres a los que el Señor le envía y trata de dar una respuesta evangélica que ilumine esas realidades y ayude a trascenderlas. Esos gritos tienen innumerables acentos según épocas y lugares, pero hay algunos más agudos para nuestra sensibilidad de hombres y mujeres de frontera que el Espíritu del Señor nos hace vivir con mayor intensidad. Estos gritos van configurando la espiritualidad del misionero y se convierten así en rasgos específicos de su espiritualidad y son rasgos que le vienen exigidos por el contexto y la situación en que encuentra a sus hermanos cuando intenta mirarlos con los ojos de Cristo y desde su Espíritu.[7] 

Por supuesto que no pretendo agotar todo el tema, pero sí presentar algunos de los rasgos, que bajo mi punto de vista, pueden caracterizar mejor la espiritualidad misionera que hoy podemos estar necesitando. 

Es evidente que la espiritualidad misionera actual y, particularmente, la específica de las instituciones misioneras surgidas en los siglos XIX y XX se alimenta aún, en parte, de los grandes motivos que impulsaron a sus inspiradores sin que ello haya sido un obstáculo para avanzar en el descubrimiento de nuevas motivaciones y ejes vertebradores de la espiritualidad. Aquella fue una espiritualidad nacida en un contexto europeo que alimentó a muchos misioneros pero que entró en crisis a las puertas del concilio y sobre todo en el postconcilio. Era una espiritualidad decididamente teocéntrica, cristocéntrica y eclesiocéntrica. Todo partía de quien envía (Dios, Cristo, la Iglesia, la institución, la diócesis) e iba hacia el destinatario. El misionero hacía un viaje desde Dios hacia el otro, desde su iglesia hacia las otras iglesias. Llevaba para ellos un mensaje de salvación. Se trataba de un movimiento unidireccional. 

Es una direccionalidad que se percibe, incluso, en documentos como el Ad gentes del Vaticano II. Es verdad que se afirma que la formación del misionero debe tener presente la diversidad de los pueblos, su religión, su lengua, su cultura... (AG 26). Pero creo que esa atención va más bien orientada a la mente y al corazón del destinatario para “anunciar, dar a conocer, hablar...con más eficacia”. Nada parece indicar que el misionero pueda recibir o aprender algo del destinatario. 

Instalada la crisis en la espiritualidad misionera, SEDOS promovió en el año 1981 en Roma una amplia consulta mundial y organizó una semana de estudios para buscar elementos que ayudaran a reconstruir una espiritualidad que había saltado, hecha pedazos. En mayo de año 1997, la Unión de Superiores mayores en su 51 Asamblea abordó también el tema de la Espiritualidad. También en España, la Comisión del Clero... 

         Al presentar algunos de los rasgos de la espiritualidad misionera tengo que hablar de algunos rasgos clásicos, que siguen vigentes, y de otros que se están afirmando y que son fruto de las nuevas coordenadas, nuevos caminos, nuevas fronteras y orillas, confines que deben ser superados y alcanzados por la misión. 

 

5.1. Desde los rasgos más clásicos.

 

  5.1.1. Fuerte sentido de la vocación y conciencia de sentirse llamado. En esta espiritualidad hay un fuerte sentido de la vocación, es decir, la convicción de haber sido llamado personalmente, de que la historia de cada misionero no comienza en él mismo, sino en Dios.

         En el punto de partida de toda vocación misionera está siempre, de alguna forma, la experiencia de fe y de encuentro con Cristo, la escucha de su llamada, de su envío a la misión, y la respuesta confiada de quien se ha sentido llamado y se pone en camino: “Sal de tu tierra y de tu parentela..” (Gen 12,1); “aquí estoy, envíame..” (Is 6,1-8); “venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres...” (Mc 10,7); “id y curad..” (Lc 10,8-9); “id y anunciad el Reino de Dios...” (Mt 10,7); “id por todo el mundo y haced discípulos...” (Mt 28,19); “os envío a segar un campo que vosotros no sembrasteis...” (Jn 4,38). 

        En ese encuentro contemplativo con el Señor va creciendo la experiencia gozosa que uno no puede ocultar ni guardar para él solo: “Lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos...” ( 1 Jn 1,1-4); “id y contad lo que habéis visto y oído...” (Lc 7,22); “vuelve a tu casa y cuenta lo que el Señor ha hecho contigo” (Lc 8,39). 

         Quien ha sentido la llamada tiene conciencia de haber sido llamado con un objetivo muy concreto: la pasión por la salvación de los demás que se basa en el descubrimiento de que Dios se preocupa antes por las personas que nosotros. Dios está apasionado por la salvación del género humano. El deseo de ir al encuentro del otro, diferente en cultura y religión, nace de la acción del Espíritu en nosotros que nos invita a realizar la voluntad del Padre manifestada en el Hijo que vino para servir y dar su vida para que todos vivamos en abundancia. La misión es fruto de la contemplación de la obra y voluntad del Padre, de la venida de su Reino. La misión es colaboración humilde y confiada con la obra de Dios, con la misión de Cristo, con la misión de la Iglesia. 

         La máxima expresión de la pasión de Dios por la humanidad se condensa en el crucifijo. El llegar a descubrir que Dios llegó a dejarse clavar en la cruz por amor al hombre es un resorte que empuja a los misioneros a salir. 

 

         5.1.2. La frontera y las consiguientes rupturas.- El amor de Dios manifestado en Cristo crucificado se contagia al misionero con tal intensidad, que no cabe en las estrechas fronteras del propio pueblo o nación y se desborda hacia los que están lejos, hacia las fronteras de todo tipo, sean éstas geográficas, religiosas o sociológicas. 

         Con frecuencia, estas tres fronteras coinciden: los lejanos geográficamente son también los más pobres y abandonados sociológicamente y los más alejados de la salvación. De esta forma, ciertos mapas de algunas naciones y continentes se convierten en símbolos de la misión que llama.[8] Hoy día, debido al trastocamiento que se ha dado en las situaciones misioneras, ya las fronteras geográficas no son tan determinantes.

        La salida hacia los lejanos supone rupturas importantes en la propia vida del misionero: ruptura con los seres queridos, con la patria, la lengua materna, la cultura...

         Hasta bien entrado el siglo XX fueron muchos los misioneros que cayeron en la brecha apenas recién llegados debido a la dureza del clima. No es de extrañar, por tanto, el dramatismo que entrañaba esta ruptura y la necesidad que se tenía de profundizar en disposiciones como la donación de sí, la disponibilidad total, el martirio... renovadas constantemente a través de la contemplación del crucificado. 

 

5.2.- Nuevas coordenadas, ejes vertebradores de la espiritualidad misionera Lo que la espiritualidad misionera de hoy acentúa es, sobre todo, la atención al otro pero no como el simple destinatario de una oferta, sino en lo que él es como persona. Podríamos hablar de la ampliación de lo humano. Es una espiritualidad más centrada en los aspectos más humanos de la vida: la importancia de la acogida, de las relaciones humanas, la sensibilidad hacia lo débil. El descubrimiento de un Dios con connotaciones más humanas. Si hubiera una palabra clave que pudiera expresar la nueva percepción sería la palabra ENCUENTRO. Encuentro con el otro, con el hermano, con los otros, con el pueblo, con el Otro....[9]

Las formas en las que se manifiestan estas nuevas dimensiones de la espiritualidad son múltiples y muy variadas y algunas, apenas, son perceptibles dado que se trata simplemente de actitudes nuevas a la hora de hacer lo mismo que se hizo en la misión, aunque con un mayor aprecio por los valores de la cultura, de su historia y de su religión y, sobre todo, a la luz de un nuevo marco teológico de la misión que es, en definitiva, fuente y reserva para dinamizar el proceso misionero.

 

5.2.1. Caminando con la humanidad.- El misionero forma parte de un pueblo y participa también de su espiritualidad. La humanidad forma una gran comunidad guiada por el Espíritu y en la cual el Espíritu actúa en la diversidad de pueblos y culturas generando una admirable comunión.

La espiritualidad del misionero debe alimentarse del caminar espiritual de los pueblos en los que se inserta, de la realidad histórica que le desafía y que le estimula, a la vez. El lugar de su vida y misión es el pueblo que Dios ha elegido como destinatario de su Reino. Ser misionero es, ante todo, dejarse evangelizar y participar de la experiencia que ese pueblo va teniendo con Dios. El misionero se hace compañero de camino de ese pueblo.

 

 5.2.2. La opción por los pobres.- La década de los setenta presenció la irrupción del pobre en la Iglesia y su posterior protagonismo. La presencia del pobre fue en extremo purificadora. El misionero, solidario con la vida y causa del pobre se inserta en contextos de marginación y exclusión y experimenta en su misma vida lo que es el hambre, la disciplina del clima, el cilicio de una vivienda precaria, el silencio de la pobreza cultural, la penitencia y el dolor de ver cómo se va deteriorando por las condiciones de vida el tejido social y humano del pueblo. 

La convivencia con el pobre despierta a un nuevo tipo de experiencia de Dios, a una nueva experiencia de oración que arranca de la tibieza y de la mediocridad para experimentar a Dios en la dura cotidianeidad de la vida. Otra experiencia importante es aprender a rezar en el conflicto y con él. Habituados al Dios de la armonía preestablecida, el misionero se encuentra muchas veces inserto en la conflictividad. 

Muchas veces, la misma experiencia de Dios exige por parte del misionero, rupturas y tomar partido. De esta forma la experiencia de Jesús en la cruz se convierte en el eje central de la espiritualidad misionera. Fracaso y esperanza son dos dimensiones permanentes de la vida misionera en medios pobres. ¡Cuántas veces sólo la esperanza de la fe del pueblo en Dios ha sido quien ha sustentado la continuidad del trabajo! 

En medio de las continuas luchas, el misionero, como Jesús en la cruz, no puede perder la perspectiva de la fe. El misionero sabe que en el gesto de entregar su espíritu, de ponerse en las manos del Padre, Jesús muere y entrega también al mundo el Espíritu que continua la obra de Dios. 

La opción por los pobres es un aspecto particularmente crucial de la evangelización como respuesta a los desafíos de la globalización. Desde los países ricos hay que comenzar a plantearse una serie de preguntas éticas que ayuden a dilucidar su responsabilidad, no única por cierto, frente al empobrecimiento, la injusticia. Y el misionero debe tomar conciencia de su responsabilidad, sobre todo, con respecto al mundo de donde procede. 

 

5.2.3.- Conciencia del envío eclesial.- El misionero es un enviado de cada una de las iglesias locales, por lo tanto su espiritualidad ha de ser profunda y radicalmente eclesial. Vive su vocación dentro y desde la Iglesia, aunque los límites de su acción no coincidan plenamente con los horizontes de la misma Iglesia. 

Podrá haber tensiones o dificultades pero éstas nunca podrán provocar distancia o desafección respecto a la Iglesia. A veces cuando el misionero se desentiende de la Iglesia, de las líneas pastorales de una diócesis, del caminar de una comunidad, predica su propia misión, lleva adelante su proyecto excesivamente personalizado y condenado tarde o temprano al más estrepitoso fracaso.

El misionero debe confrontar continuamente sus actitudes y tomar posición para evaluar su eclesialidad, siendo consciente de que siempre es un enviado que actúa en nombre de una comunidad, como testigo de una experiencia que le antecede. Nunca el misionero podrá inventar el Evangelio sino servir al Evangelio que le ha sido transmitido con el sabor de la tradición. 

La eclesialidad se tiene que traducir en una serie de actitudes concretas como espíritu de comunión eclesial, fraternidad, aceptación de una iglesia concreta con sus luces y sombras, alegría de pertenencia a esa iglesia, espíritu de catolicidad...[10]

 

5.2.4.- Hombres y mujeres de encuentro y de comunión.- El misionero es la expresión de una Iglesia itinerante, en movimiento permanente que sale al encuentro de nuevas gentes, que va descubriendo lo desconocido. Si la Iglesia es una casa, el misionero está a la puerta, siempre dispuesto al encuentro.[11]La iglesia anhela ser “una casa y escuela de comunión” (NMI 43) 

El misionero ayuda a la iglesia a vivir en lo provisional, a abandonar posiciones ocupadas, sedentarias, unidas a un espacio determinado y a personas conocidas. Su ministerio no consiste en conservar sino en suscitar respuestas al Evangelio. 

La vida misionera es un servicio de comunión, un intercambio de dones, de fe, de perspectivas diferentes y complementarias entre las iglesias, las religiones y las culturas. 

Como expresiones más visibles y llamativas de esta espiritualidad de encuentro y de comunión hay que destacar el énfasis que en estos últimos años se ha dado a la inculturación, al diálogo interreligioso, a la inserción, sobre todo de la vida consagrada, a las experiencias orientadas a enriquecer la vida contemplativa cristiana con las aportaciones de otras religiones, a la presencia misionera “obstinada” en ambientes totalmente islamizados y refractarios al cristianismo. En algunas de estas expresiones es inequívoca la influencia de la presencia testimonial de Carlos de Foucauld, el “hermano universal” que ha dejado una impronta indeleble en toda la espiritualidad del siglo XX.[12] 

Esta espiritualidad de encuentro y de comunión no sólo ha tenido repercusiones en la relación con los no cristianos sino también en la relación entre las Iglesias jóvenes y las de antigua fundación. A medida que las iglesias jóvenes han ido asumiendo más protagonismo por su dinamismo y vitalidad ha ido también cambiando el lenguaje. Hoy se habla más de “cooperación misionera entre Iglesias” y el envío ad extra se entiende como un vivir la comunión entre Iglesias hermanas. 

Como consecuencia de estos cambios, el misionero se ve menos como un protagonista o un pionero. La nueva realidad le exige actitudes espirituales nuevas como la simplicidad evangélica, la humildad, la sencillez, la reciprocidad... 

Sin duda alguna que a más de uno se le hará difícil vivir estas virtudes, especialmente si proviene de los países ricos del Norte y se siente todavía como aquel que “dona” a los países “pobres”. De ahí que tenga por delante la tarea de desarrollar su capacidad de admiración, de aprender a mirar para descubrir, de aprender a escuchar para poder ofrecer una buena noticia y no sólo una doctrina,  ser capaz de apreciar los dones que puede recibir de los demás. 

En este campo de la fraternidad entre iglesias se sitúa también la figura del sacerdote Fidei Donum. La Redemptoris Missio señala como característica específica de su espiritualidad “poner en evidencia de manera singular el vínculo de comunión entre las Iglesias, ofrecer una aportación valiosa al crecimiento de las comunidades eclesiales necesitadas, mientras encuentran en ellas frescor y vitalidad de fe” (RMi 68). Estas formas de colaboración temporal nunca deben vivirse como una especie de turismo sino que deben forjarse como solidaridades que duren y persistan. 

 

5.2.5.- La calidad de la presencia.- En la vida misionera no habría que estar tan preocupados del hacer como del ser: ser una presencia del amor de Dios que, como la sal, da sabor, construye una comunidad con los pobres. 

Hoy la postmodernidad critica las utopías (de derechas o de izquierdas) y los grandes relatos de la modernidad (razón, progreso, revolución, libertad, historia) y prefiere gozar de lo inmediato, prescindiendo de valores y centrándose, sobre todo, en el presente, valorando y saboreando la cotidianeidad. 

De ahí que los criterios para evaluar nuestra misión no estén tanto en dar cuentas sobre nuestras realizaciones, en presentar fotografías de construcciones, montajes de proyectos sino en evaluar, por un lado, los lazos, los frutos de comunión entre la gente y, por otra parte la calidad en nuestra manera de “estar con”, de nuestra fraternidad, de nuestra ternura, de nuestra comprensión, de nuestra compasión. 

 

5.2.6.-Testigos de la reconciliación.- La experiencia de tener que enfrentarse con un pasado violento, la necesidad de poner fin a la hostilidad y el largo trabajo de reconstrucción de sociedades rotas ha sido lo que ha llevado a muchos misioneros a poner en primer plano el ministerio de la reconciliación y de la sanación. 

La idea de reconciliación nos revela el corazón del mismo Evangelio. La misma Biblia está repleta de historias de reconciliación hasta encontrarnos con las parábolas de Jesús, especialmente la del hijo pródigo. 

El misionero se está consagrando, en estos últimos años, a trabajar en la acción sanadora de Dios en aquellas sociedades que han quedado arrasadas y deshechas por la opresión, la injusticia, la discriminación, las guerras y cuyas heridas aun no han sido curadas y, en otros casos, les cuesta cicatrizar. Cuando surgen las primeras dificultades y conflictos son muchos los que se van por temor, mientras que el misionero se queda acompañando al pueblo, por eso es testigo cualificado y creíble para los momentos y los procesos de reconciliación. 

La sanación que el misionero ofrece tiene que comenzar por decir la verdad, por romper los códigos de silencio que ocultan el pecado contra los miembros pobres y vulnerables de la sociedad. Decir la verdad significa superar y corregir las mentiras y distorsiones con que se avergüenza inmerecidamente a los inocentes y se enfrenta y aísla a las personas para tenerlas siempre dominadas. La proclamación de la verdad tiene que ser un esfuerzo  constante por decir toda la verdad, tanto sobre las víctimas como  sobre los pecadores.[13] 

Para un cristiano, decir la verdad es algo más que relatar los hechos de manera creíble. Está en juego también Dios, que es el autor de toda verdad. Verdad en su sentido hebreo es parte de la naturaleza de Dios que es fiable, es perdurable, es firme y es fiel. El decir la verdad a este nivel profundo, teológico, está en la base de la sanación de una sociedad deshecha. Esto significa que la Iglesia tiene que crear espacios seguros, hospitalarios, acogedores donde la verdad pueda decirse y escucharse, donde pueda romperse el silencio y puedan desenmascararse las mentiras. 

Sólo cuando se ha dicho la verdad es posible buscar la justicia. Cuando se busca la justicia sin esforzarse por establecer la verdad se corre el riesgo de incurrir en la venganza en lugar de la verdadera justicia. La lucha por la justicia tiene muchos aspectos. 

La reconciliación tiene que abordar también la reconstrucción de las relaciones humanas. Sin relaciones de equidad y de confianza, una sociedad recae rápidamente en la violencia. La reconciliación exige  hacer un trabajo a muchos niveles. Para las víctimas, supone la sanación de memorias para no quedar presas y rehenes del pasado. Para quienes han causado el mal supone arrepentimiento y conversión, lo cual significa reconocimiento del pecado y pasos de aproximación a la víctima para pedir perdón y ofrecer reparación. Perdonar no significa olvidar, sino recordar de manera diferente: es recordar el pasado, pero recordarlo de manera que haga posible un tipo diferente de futuro tanto para la víctima como para el pecador.[14] 

La Iglesia es una comunidad de memoria pero ante todo es una comunidad de esperanza. Vivir en la memoria de lo que Cristo ha atravesado –sufrimiento y muerte, pero no olvidado sino elevado por Dios- es la fuente de la esperanza. 

El misionero sabe que la reconciliación es obra de Dios y él se siente como instrumento y testigo de la reconciliación en medio de un pueblo a quien se ha entregado. Sólo desde la experiencia profunda de sentirse sanado en su propia vida y reconciliado con Dios, con los seres humanos y con las cosas será posible que el misionero ejerza este ministerio al que le convoca la misión.

 

5.2.7.- Una espiritualidad abierta al diálogo interreligioso.- El diálogo interreligioso es una de las actividades características de la misión en el mundo contemporáneo, particularmente en el contexto de Asia donde viven la mayoría de los no cristianos, con la presencia de las grandes religiones. 

El diálogo interreligioso es un diálogo de salvación, por eso debe abrazar todos los aspectos de la vida. El diálogo interreligioso se realiza en diversos niveles: arte, música, liturgia, teología, mística, etc. Y bajo diversas formas: el diálogo de vida, diálogo de colaboración, diálogo entre representantes de religiones, diálogo doctrinal, diálogo como compartir experiencias espirituales. En la situación actual, el diálogo interreligioso requiere particularmente el espíritu de oración y de contemplación y esto por dos motivos: Por un lado, el diálogo doctrinal está encontrando muchas dificultades a causa de las diferentes visiones y debido a la falta de un vocabulario común. Por otro lado, permanece abierta la posibilidad del diálogo a nivel místico a través del compartir las experiencias espirituales en clima de oración y contemplación. 

La espiritualidad característica de las religiones de Asia pone el acento en un muy profundo conocimiento de Dios y todo el yo en el recogimiento, en el silencio y en la plegaria que se desborda en la apertura hacia los otros, en la compasión, no-violencia, generosidad y que se manifiesta de modo particularmente claro en la realidad del monacato. Son muchos los monasterios y monjes budistas que nos encontramos en Asia. Es particularmente en el nivel de la mística, de la experiencia de Dios, de la contemplación donde la Iglesia debe ir al encuentro de las grandes religiones de Asia.

 

5.2.8.- Una espiritualidad atenta al Espíritu.- Los misioneros tienen que estar muy atentos  ante la acción del Espíritu, protagonista de la misión, que siempre nos sorprende y nos descoloca. Si abrimos los ojos quedaremos admirados por todo lo que es obra del Espíritu y que abarca todo lo que es o ha sido auténticamente humano y está implícito en valores y compromisos de las personas de todas las épocas, culturas y religiones. 

El Espíritu nos lleva a abrir más nuestra mirada para considerar su acción presente en todo tiempo y lugar, nos impulsa a ir cada vez más lejos, no sólo en sentido geográfico, sino también más allá de las barreras étnicas u religiosas, para una misión verdaderamente universal. El Espíritu que nos llama a la oración para llevar a  ella a los hermanos, nos lleva también a abrir los ojos y el corazón a la realidad, a los signos de los tiempos, para saber discernir la presencia activa y operante de Dios, hacia donde nos quiere la misión. 

La espiritualidad no es una realidad cerrada, más bien está siempre en trance de actualizarse debido a las diferentes experiencias y resonancias que los seres humanos experimentamos en nuestro encuentro con Dios, con las personas y con las cosas. La espiritualidad cristiana es esa experiencia personal de encuentro que llena de energía y motivación al ser humano. En la espiritualidad misionera se da una experiencia de reciprocidad en la que cuentan no sólo nuestras vivencias sino también las vivencias ya existentes en aquellos a los que somos enviados. Es como un camino, lleno de novedades y de retos que tiene una doble dimensión integrada en la unidad de vida de la existencia de la persona: la experiencia de encuentro con el Señor y las experiencias de la propia existencia que resulta transformada por el encuentro con las vivencias de aquellos a los que somos enviados. 

 

6º.- Dificultades y tentaciones que acechan a la misión

          La unción del Espíritu, que como misioneros hemos recibido para evangelizar, modela nuestras biografías como un camino espiritual cuyo objetivo es configurarnos con Cristo, el misionero del Padre.

Este camino, sugerido por el Espíritu, consta de diversas etapas y en ellas el misionero se encuentra con dificultades y tentaciones que, aunque no son sólo propias de la vida misionera, sin embargo sí tienen unas características y resonancias especiales.

El camino de la vida misionera es un camino no trazado previamente y sin reglas preestablecidas. Muchas veces es la misión con sus urgencias la que marca y define la agenda del misionero, sus días, meses y años. 

         El paradigma del camino misionero es el caminar de los primeros evangelizadores según nos narran los Hechos de los Apóstoles. El Espíritu Santo los guiaba y vivían movidos por su inspiración. 

         La vida en el Espíritu de un misionero es la de todo ser humano con sus diferentes etapas, en cada una de las cuales encuentra posibilidades y dificultades, tentaciones y obstáculos a su propio desarrollo y al desarrollo de su misión. 

         A nivel personal podríamos hablar del individualismo, de la inmadurez personal y de la falta de fe. El individualismo, fenómeno en alza en estos tiempos, crece también en el ámbito de la misión. Generalmente suele ir acompañado de una falta de comunicación entre quienes participan de un proyecto común. 

         En los pliegues ocultos de este individualismo se esconde la tentación del protagonismo que se pone de manifiesto en la tendencia a creerse insustituible, en la actitud del que no confía en nadie, del que no sabe escuchar, ni acoger, ni trabajar en equipo. 

         La espiritualidad tiene que ayudar al misionero a descubrir sus límites y su fragilidad y a sentir la necesidad y la compañía de los otros. El trabajo misionero implica una apertura al otro y también al Otro con mayúscula que es Dios. La misión es de Dios y no nuestra y el protagonista es el Espíritu y no nosotros. Ser misionero es participar en la misión de Dios, de ahí la necesidad de superar el individualismo y sentirse conectado con la Historia de la Salvación. 

         En la vida misionera acecha también la tentación del cansancio y del fatalismo. Es una tentación que se manifiesta en el conformismo, en el desánimo ante la rutina o ante la falta de resultados visibles. 

         La espiritualidad tiene que llevar al misionero al convencimiento de que uno es el que siembra y otro el que recoge, de que el Señor está siempre junto a los que trabajan en la construcción del Reino del que El es el titular y el protagonista. Sólo Dios puede convertir la crisis y los fracasos en situaciones de crecimiento. Para ello, es necesario esperar, ser paciente. La paciencia es una de las virtudes más misioneras. Hay que caminar con la gente, adaptarse a su ritmo. No tratar de imponer ni de imponerse por la fuerza. El misionero aprende (haciendo de la necesidad virtud) a esperar con paciencia, a no buscar resultados inmediatos. Poco a poco tiene que ir perdiendo la obsesión por la prisa para descubrir que la eficacia en la misión se mide con otros parámetros. 

         Otra tentación sutil en la vida del misionero es la tentación del narcisismo: creernos los mejores, los que mejor trabajamos, los más sacrificados y entregados, los que hemos dejado todo por el Evangelio, etc.. La gran tentación es llegar a creérnoslo olvidándonos de que somos de carne y hueso y por lo tanto puede también producirse en nosotros el cansancio espiritual y pueden llegar momentos en los que busquemos compensaciones u ocasiones en las que acomodarnos. 

         La espiritualidad tiene que mostrar la lógica redentora y liberadora de la cruz de Cristo, uniendo la felicidad personal al servicio misionero dentro de la construcción del plan salvífico de Dios. Misión, cruz y misionero forman un trío inseparable. Como en la vida de Jesús, no hay otro camino a recorrer. La misión nace y crece al pie de la cruz. 

         El misionero no está libre tampoco de la tentación del activismo, más bien es una de sus víctimas más frecuentes. Esta tentación se manifiesta en la tendencia a actuar sin una motivación de fe y sin conjugar la acción con la contemplación. Entendemos el activismo como una acción sin motivaciones enraizadas en la fe, como una acción no fecundada en la contemplación y como la transición de un proyecto a otro por razones puramente humanas y sin haber realizado un profundo discernimiento en el Espíritu. La eficacia de la misión no se mide tanto por el número y la cantidad de acciones llevadas a cabo sino por la calidad, la sencillez y la gratuidad de una presencia. 

Es evidente que las obras de caridad, de educación, de desarrollo han estado siempre presentes en la obra evangelizadora y, en algunos países, durante mucho tiempo, los misioneros fueron los únicos en hacerlo. Pero hoy día, estas obras son hechas también por diversos organismos que tienen, de hecho, más y mejores medios que la Iglesia. 

         Los misioneros tienen que huir de la tentación de querer suplantar a la sociedad civil y de poner la fuerza de su acción misionera en los medios y en las ayudas económicas llegadas de fuera. Muchos misioneros se muestran incapaces de marcar presencia evangelizadora sin tener que recurrir a obras de construcción, de educación, benéficas, asistenciales, de promoción humana y de desarrollo. Llama la atención cómo muchos misioneros, apenas llegados a los campos de trabajo y sin haber tenido tiempo para asomarse a aquella realidad, comienzan  a solicitar y reclamar ayudas. 

         La Iglesia está llamada a privilegiar mucho más la calidad de los servicios ofertados y esto no depende necesariamente de los medios y de las técnicas, sino del espíritu de las personas que prestan el servicio y usan los medios. 

         Cuenta un obispo de Vietnam que en una ocasión la autoridad comunista local le pidió a la Iglesia religiosas para un hospital especializado. A su demanda de por qué pidieron religiosas dado que tenían enfermeras capacitadas, respondieron: “Es fácil enseñar la técnica, bastarían algunas semanas. Pero no es esto de lo que tenemos necesidad. Tenemos necesidad del espíritu y del modo de servir que sólo las religiosas tienen”.[15] 

         Es evidente que en el contexto de pobreza, de guerra y de injusticia en el que tantas veces se desarrolla la misión, la gente es muy sensible a los gestos de caridad. Sin embargo, la caridad por sí sola no es siempre un lenguaje eficaz de evangelización porque no siempre es capaz de transmitir el misterio de Dios o porque las mismas obras de caridad pueden ser percibidas de forma diferente. A veces el cristianismo por esta impostación acentuada sobre las obras de caridad, puede aparecer como una religión mundana, superficial y exterior  en la que echan a faltar la dimensión contemplativa y mística.[16]

 

7º.- Líneas de futuro: acentos nuevos y caminos por recorrer

          La “vida en el Espíritu” está también sometida al tiempo y a la evolución. De ahí que hablemos de caminos o de diversas configuraciones históricas o culturales de la espiritualidad. Se da la espiritualidad cuando se integran las dinámicas básicas del conocer, del sentir y del querer (mente, corazón y voluntad). La espiritualidad asume medios diversos como el silencio, la meditación, la oración, la contemplación, la vivencia de los tiempos litúrgicos, el estudio, el trabajo apostólico, las grandes causas, la red solidaria. La articulación correcta y equilibrada de todos estos medios requieren en el misionero convicción, entrega y creatividad.  

Hoy como ayer, es desde el testimonio de hombres y mujeres que nos viene la fragancia del Evangelio. El misionero tiene que leer los signos de los tiempos y situarse de manera amistosa y gratuita en una sociedad multicultural, en silencio, en actitud de escucha y de servicio, con los pobres y desde los pobres.  

Juan Pablo II habló del paradigma de la santidad del misionero a partir de algunas claves de su espiritualidad.  

La primera es que el misionero debe dejarse guiar por el Espíritu, como Pablo que tenía sus planes de evangelización en Asia Menor, pero el Espíritu lo llevó a Macedonia ante la llamada del macedonio, “ven y ayúdame” (Hch 16,9). Pablo presta docilidad al Espíritu. La docilidad al Espíritu compromete además a acoger los dones de fortaleza y discernimiento, que son rasgos esenciales en la espiritualidad misionera.  

Por otra parte no hay evangelización si previamente no hay encuentro con Cristo, por eso el misionero debe vivir el misterio de Cristo “enviado” y amar a la Iglesia y a los hombres como Jesús los ha amado; es el hermano universal que lleva consigo el espíritu de la Iglesia, su apertura y atención a todos los pueblos, particularmente a los más pequeños y pobres.  

Para el misionero tiene también mucha importancia el acompañamiento espiritual no sólo en su juventud sino en todas las etapas de su vida. Las instituciones misioneras tienen que privilegiar el acompañamiento u otras formas de estar cerca del misionero. El servicio que estas instituciones ofrecen no se puede reducir a una sencilla preparación antes de salir a la misión. El envío es mucho más que una salida: el envío es una realidad que toma forma progresivamente en el corazón mismo de quien es enviado, toma forma en él.  

Hoy el envío no es tan geográfico. Los misioneros son enviados a los otros, distantes de ellos por su cultura, su religión o su historia. Lejos de nosotros pero no forzosamente de una forma física. La globalización está surcada de divisiones, de fracturas que nos hacen extranjeros, seres incomprendidos y a veces hasta enemigos.

El papel específico y primario de las instituciones misioneras es el acompañamiento del envío que implica a toda la persona. Se trata de acompañar, con los medios adecuados, esta llamada a salir de sí, de su contexto cultural, social e histórico, a arriesgar toda su vida en este ir hacia el otro. Este acompañamiento tiene que ser también aceptado y asumido por el misionero, para superar todo atisbo de protagonismo e individualismo que siempre está al acecho.

La espiritualidad misionera es esa vida en el Espíritu que se abre al reconocimiento de todas las irrupciones de la vida, a todos los nacimientos y alumbramientos, en cuento que son signos del poder de la resurrección. El misionero es el que enseña a ver lo que los otros no ven. Es el que está más apto para comprender lo que está naciendo, dado que el viene de otro lugar y es más capaz de descubrir la novedad.

Hay clave espiritual que el misionero tiene que trabajar como una línea de futuro y es la dimensión contemplativa. El misionero que trabaja para invitar al mundo a entrar en comunión con Dios si quiere ser creído, debe ser un contemplativo en la acción, con una profunda vida de oración. Lo que comunica, en definitiva, es la alegría y la experiencia de su encuentro con Dios.(RMi 91)

El contacto con las tradiciones espirituales no cristianas, nos lleva a pensar que el futuro de la misión dependerá en gran parte de la contemplación. El misionero al contemplar y sumergirse en la riqueza de las otras tradiciones espirituales, quedará enriquecido y fecundado, y el mismo efecto se producirá en sus compañeros de camino.

“El misionero ha de ser “un contemplativo en acción”. El halla respuesta a los problemas a la luz de la palabra de Dios y con la oración personal y comunitaria. El misionero, si no es contemplativo no puede anunciar a Cristo de modo creíble. El misionero es un testigo de la experiencia de Dios y debe poder decir con los apóstoles: “Lo que contemplamos...acerca de la palabra de vida... os lo anunciamos” (1 Jn 1,1-3) (RMi 91)         

 

58ª Semana de Misionología, Burgos, julio 2005

 

 

Notas

[1] Cfr. ESQUERDA BIFET, Juan, Significado y contenidos de la Espiritualidad Misionera. Revista Misiones Extranjeras, n. 195, (2003)

[2] BUENO DE LA FUENTE, Eloy, Corresponsables en la misión, Edit. Instituto Internacional de Teología a Distancia, Madrid, 1998, p. 180

[3] Cfr. BUENO DE LA FUENTE, Eloy, Líneas teológicas de la actual misionología. Separata de la revista Monte Carmelo, Burgos 110 (2002) p. 555-571

[4] VARIOS, Lasciarsi condurre dallo Spirito.La espiritualitá missionaria, Revista AD GENTES, n.1 (2002),Editrice Missionaria Italiana, Bologna 

[5] BUENO DE LA FUENTE, Eloy, Opus cit. p. 574

[6] Cfr. BUENO DE LA FUENTE, Eloy. Opus cit.p. 574

[7] Cfr. Material del Foro de Debate de Misiones Extranjeras

[8] Cfr. NÚÑEZ, Juan. “Una mirada a la espiritualidad misionera de hoy”, Revista Mundo Negro, n.461 (2002)

[9] Cfr. NÚÑEZ, Juan, ac,37

[10] Cfr. BUENO, Eloy, Corresponsables en la misión, Instituto Internacional de Teología a Distancia, Madrid, 1998, p.173

[11] MASSERDOTTI, Gianfranco, Misioneros por el Reino, Editorial Mundo Negro, Madrid, 1989, p. 16

[12] Cfr. NÚÑEZ, Juan, “Una mirada a la espiritualidad misionera de hoy”, Mundo Negro, n 461 (2002)

[13] Cfr. SCHREITER, Robert, “La reconciliación como nuevo paradigma de la misión”, Atenas, CMI, (20059 SEDOS

[14] Cfr. SCHREITER, Robert, op. cit.

[15] Testimonio de Mons. Nguyen Van Hoa, obispo de Nha Trang (Vietnam), Misiones Extranjeras, n. 195 (2003), p. 292

[16] Cfr. DINH DUC DAO, Joseph, Oración: fuente, camino y campo de la misión, Misiones Extranjeras, n. 195 (2003), p. 286