Misión y Eucaristía de Juan Pablo II a Benedicto XVI


Roberto Calvo
Facultad de Teología de Burgos

 

 

“No sabíamos si estábamos en el cielo o en la tierra...”

Existe una vieja leyenda sobre el origen del cristianismo en Rusia que puede ayudarnos a perfilar el tema que nos toca presentar, misión y eucaristía: de Juan Pablo II a Benedicto XXI. Según esta narración, al príncipe Vladimiro de Kiev, que andaba buscando la religión más adecuada para su pueblo, se le acercaron representantes del islam, del judaísmo y enviados del Papa desde Alemania. Cada uno presentaba su fe como la auténtica y mejor. Pero el príncipe quedó desilusionado e insatisfecho ante todos estos enviados. La decisión estaba tomada, cuando sus emisarios regresaron de una liturgia solemne celebrada en la basílica de Santa Sofía (Constantinopla), en la que habían participado. Con un gran entusiasmo informaron al príncipe: “llegamos a los griegos y nos condujeron al lugar en que honran a su Dios... No sabíamos si estábamos en el cielo o en la tierra... Experimentamos que Dios habita allí entre los hombres”[1].

Esta leyenda, recogida en el año 2002 por el entonces cardenal J. Ratzinger y hoy Benedicto XVI, muestra cómo la fuerza interna de la liturgia ha jugado, sin duda, un papel esencial en la expansión del cristianismo; pero, igualmente, indica la conexión profunda que existe entre liturgia y misión, ya que ésta última no pretende una interpretación propagandística de la fe sino que necesita estar anclada en lo más íntimo del misterio de nuestra fe: la eucaristía[2]. Ahora bien, también es preciso mostrar la conexión profunda que se da (o debería darse) dinámicamente desde eucaristía a la labor misionera.

Nuestro propósito se centra en desarrollar este tema principalmente en Juan Pablo II[3]. Para ello aludimos, en un doble y complementario momento, a su herencia misionera –analizando su pontificado como misión y recogiendo en síntesis su legado sobre la reflexión misionera–. Después pasamos a recordar, desde su magisterio, que la Iglesia vive de la eucaristía. En un cuarto apartado señalamos, en expresión del Papa, que la eucaristía es principio y proyecto de la misión. Finalizamos esta reflexión aportando las principales ideas que el nuevo Papa, Benedicto XVI, ha expresado respecto a esta temática en las intervenciones realizadas durante este breve plazo.

 

1. El pontificado de Juan Pablo ii como misiÓn

Antes de nada, conviene ver que Juan Pablo II comprendió su ministerio papal como misión. Por ello, recordamos su vida como “misionariedad”, sus viajes, testimonio y escritos, y cómo siempre ha situado a la persona, en su contexto y cultura, como el camino misionero a seguir[4].

 

1.1. La “misionariedad” de Juan Pablo II

Durante la solemne celebración en la Plaza de San Pedro, al inicio de su ministerio papal, Juan Pablo II lanzaba, fuerte e incisiva, su consigna misionera: “No tengáis miedo; abrid de par en par las puertas a Cristo”. El mismo coraje mostraba, algunos años más tarde, en su encíclica misionera, Redemptoris missio: “Pueblos todos, abrid las puertas a Cristo” (RMi 3 y 39).

Posteriormente, con menos fortaleza física, pero incluso con mayor vigor, realizaba un signo elocuente para iniciar el Jubileo del año 2000: el Papa atraviesa la Puerta Santa alzando el evangelio. Él mismo, en la exhortación Ecclesia in Europa nos ofrece la interpretación: “este gesto, realizado por cada Obispo en las diversas catedrales del mundo, debe indicar el compromiso que la Iglesia tiene hoy y siempre. ¡Tomemos este Libro en nuestras manos! Recibámoslo del Señor que lo ofrece continuamente por medio de su Iglesia (cf. Ap 10,9). Devorémoslo (Ap 10,9) para que se convierta en vida de nuestra vida. Gustémoslo hasta el fondo: nos costará, pero nos proporcionará alegría porque es dulce como la miel (cf. Ap 10,9s.). Estaremos así rebosantes de esperanza y capaces de comunicarla a cada hombre y mujer que encontremos en nuestro camino” (EE 65).

Cuando comentaba su viaje misionero número cien, decía con toda franqueza: “de hecho, desde el día en que fui elegido obispo de Roma, el 16 de octubre de 1978, el mandato de Jesús, «Id a todo el mundo y anunciad el evangelio a todas las criaturas» (Mc 16,15), ha resonado en mi corazón con una particular intensidad y urgencia”[5]. A los veinticinco años de su pontificado, Juan Pablo II –débil y sufriente en el físico, pero atento e incansable en el espíritu apostólico– daba nuevos ánimos a todos los misioneros: “las transformaciones profundas sobrevenidas en los últimos veinticinco años interpelan nuestro ministerio de pastores... El coraje en proclamar el evangelio nunca debe venir a menos, sino que hasta nuestro último respiro debe ser el principal empeño, afrontándolo con decisiones siempre renovadas”[6].

Este estilo misionero nos hace percibir que la mayor contribución de este Papa a la misión universal fue precisamente el tener asumido, desde el principio y claramente, su pontificado como misión de servicio a la humanidad a través del anuncio del evangelio de Jesucristo más allá del estricto gobierno de la Iglesia y del servicio apostólico propio de Pedro como instancia de comunión y unidad en la caridad de la comunidad eclesial.

 

1.2. Viajes, testimonio y escritos

Dicho convencimiento le llevó a adquirir un talante itinerante / misionero. Así lo certifican sus 104 viajes apostólicos fuera de Italia, en los que ha visitado 130 países de todos los continentes, algunos de ellos en varias ocasiones. Es muy significativo que la mayor parte de sus viajes tuvieran como destino las naciones del Sur del mundo, empobrecidas y orilladas del desarrollo. Un ejemplo elocuente se halla en el cariño y preocupación especiales que ha mostrado por África, el continente más expoliado y empobrecido. Allí viajó en 14 ocasiones y visitó 42 de sus 53 países. Ya en el lejano 1980, durante el transcurso de su visita a Burkina Faso, uno de los países más pobres de África y del mundo, proclamó solemnemente: “me hago aquí voz de los que no tienen voz, la voz de los inocentes que mueren porque les falta el agua y el pan”. Sus palabras no fueron un simple recurso para arrancar los aplausos de la multitud, sino la expresión de un compromiso personal con los más desfavorecidos del mundo, que mantuvo hasta el final.

Además del testimonio de su empeño personal por llevar el evangelio a todos los rincones del mundo, Juan Pablo II ha enriquecido a la Iglesia con sus reflexiones sobre la misión y la animación misionera. La exhortación a todos y cada uno de los miembros de la Iglesia ha sido uno de los temas recurrentes en la mayor parte de sus encuentros, homilías y escritos de diverso rango. En el plano doctrinal, su gran aportación a la causa misionera ha sido la encíclica Redemptoris missio, merecidamente calificada como la carta magna de la misión del tercer milenio. Escrita en 1990 para conmemorar el XXV aniversario del decreto conciliar Ad gentes ha supuesto un aldabonazo para retomar con seriedad esta dimensión nuclear y vitalizadora de la Iglesia desde un planteamiento profético: a los dos mil años del inicio del cristianismo, “la misión se halla todavía en sus comienzos y debemos comprometernos con todas nuestras energías en sus servicio” (RMi 1). Desde un gran realismo y con una profunda riqueza teológica el Papa señala las nuevas fronteras a la Iglesia para la misión universal: el continte asiático, las periferias de las ciudades, las víctimas de la exclusión social, el mundo de la inmigración, la juventud, la promoción de la justicia y la paz, etc. (cf. RMi 37-40).

A nuestro juicio existe otra encíclica –desgraciadamente poco conocida– que adquiere una gran importancia para la misión: Slavorum apostoli. Con ocasión del centenario de la muerte de San Cirilo (ocurrida en 885), Juan Pablo II nombra a éste y a su hermano Metodio copatronos, junto con San Benito, de Europa. Los santos hermanos fueron lazo de unión entre Oriente y Occidente, por medio del uso del latín, griego y eslavo. La importancia misionera de este documento se halla en un doble y complementario aspecto: por un lado, ya que aborda desde una perspectiva eclesiogenética el tema de la inculturación; y, por otro, porque aparecen las iglesias locales como sujetos y protagonistas de la misión desde unas adecuadas claves inculturadoras.

Ahora bien, la grandeza de Juan Pablo II está, desde nuestra forma de comprender las cosas, en que ha sabido integrar en toda su producción magisterial el tema de la misión ad gentes de forma adecuada y urgente. Así se puede ver en las diversas exhortaciones postsinodales continentales desde donde resulta interesante comprobar cómo en las diversas iglesias se va adquiriendo una clara conciencia respecto a que cada una de ellas está llamada no sólo a la misión en su territorio o desde la solidaridad con iglesias cercanas, sino que necesita activar el dinamismo misionero y salir hacia otros lugares[7]. Y lo mismo, en las dedicadas a los diversos modos de existencia, como veremos más adelante. Más aún, de cara al Jubileo, tanto en los preparativos como en su convocatoria o desarrollo posterior, la Iglesia –en y desde sus iglesias locales y a través de todos los bautizados y organismos– está invitada a insertarse en la lógica evangelizadora desde la misión: la Iglesia “no puede sustraerse a la actividad misionera hacia los pueblos, y una tarea prioritaria de la missio ad gentes sigue siendo anunciar a Cristo «Camino, Verdad y Vida» (Jn 14,6), en el cual los hombres encuentran la salvación” (NMI 56).

 

1.3. La persona como camino misionero desde la inculturación

Durante sus viajes apostólicos, en sus discursos y documentos, en sus audiencias Juan Pablo II no tenía miedo de anunciar con vigor el evangelio de Jesucristo a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Y lo hacía sin distinciones: a jóvenes y ancianos, responsables políticos y gentes sencillas del pueblo, cristianos y no cristianos, gente del norte y del sur, del este y del oeste. Buscaba a la persona en su carácter único e irrepetible.

El camino seguido por Jesús aparece como paradigma para la Iglesia: en el corazón de su misión está la persona concreta. Al inicio de su pontificado el Papa ya recordaba que el hombre “es el primer camino que debe recorrer en el cumplimiento de su misión” (RH 7). “Sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral, que abarca al hombre entero y a todos los hombres, abriéndoles a los admirables horizontes de la filiación divina” (RMi 11). Para él, la verdad sobre el hombre está en el Hijo de Dios, “que revela al hombre su sentido” (RH 10; cf. RMi 2; EAs 13, etc.), pues aparece como “respuesta definitiva a las preguntas sobre el sentido de la vida, a los interrogantes fundamentales que tenemos tantos hombres y mujeres” (EAm 10), puesto que “abrirse al amor de Dios es la verdadera liberación” ya que en Cristo “somos liberados de toda forma de alineación y extravío, de la esclavitud del pecado y de la muerte... dando sentido y alegría a nuestra vida” (RMi 11).

No extraña, por tanto, que la enseñanza de Juan Pablo II guarde una amplia atención al tema de la liberación humana y a la defensa de los derechos de la persona, a la libertad, la justicia y la paz, y muestre la opción preferencial por los pobres[8]. Así, el Reino aparece en reciprocidad con la misión dirigida a las personas. Redemptoris missio aborda el tema en su capítulo II. La misión de la Iglesia, entendida como servicio del Reino, se abre a un nuevo dinamismo y a unos horizontes más amplios (cf. RMi 20) que han de vivir desde la lógica testimonial de la denominada doctrina social de la Iglesia[9].

Sin mentarlo expresamente, está aludiendo de hecho a una misión que ha de realizarse desde los contextos concretos en los que viven las personas individuales y los colectivos y desde una dinámica de inculturación. Respecto a la inculturación, cabe destacar que, aunque ya lo había tratado en Redemptor hominis 12 siguiendo la línea de EN 53-54, lo aborda más existencialmente en su encíclica Slavorum apostoli. De cara al nuevo siglo, se invita a todas las iglesias: “el cristianismo del tercer milenio debe responder cada vez mejor a esta exigencia de inculturación. Permaneciendo plenamente uno mismo, en total fidelidad al anuncio evangélico y a la tradición eclesial, llevará consigo también el rostro de tantas culturas y de tantos pueblos en que ha sido acogido y arraigado. De la belleza de este rostro pluriforme de la Iglesia hemos gozado particularmente en este año jubilar. Quizás es sólo el comienzo, un icono apenas esbozado del futuro que el Espíritu de Dios nos prepara” (NMI 40; cf. 12). A este tema “se ha prestado mucha atención durante los sínodos continentales, que han dado valiosas indicaciones. Yo mismo me he referido a él en varias ocasiones” (PGr 30)[10].

 

2. Su legado sobre la reflexión misionera

Con su carisma personal, Juan Pablo II llamó a toda la Iglesia para esta misión global. Según su herencia, la misión universal pertenece a toda la Iglesia: la Iglesia en el orbe (en el mundo) y no sólo en la urbe (en Roma, y por delegación suya, en otras Iglesias). Gracias a él, el protagonismo de la misión pertenece, de hecho, a toda la Iglesia –desde las iglesias locales– y a todos es la Iglesia, conforme a su modo de existencia y a la responsabilidad de cada uno.

 

2.1. La misión (ad gentes) de la Iglesia en el dinamismo evangelizador

Dado que éste es un tema más desarrollado y conocido, sintéticamente se puede decir que la misión de la Iglesia –desde los escritos de Juan Pablo II– está enraizada en la economía salvífica de Dios, que tiene su centro en el misterio redentor de Jesucristo crucificado y glorioso y que halla su cumplimiento en la acción pentecostal del Espíritu, que sopla donde quiere y actúa en la Iglesia, en el hombre y en los pueblos.

Puede parecer algo evidente, pero a nivel de desarrollo teológico y de praxis concretas, estos criterios son los que mantienen la “eclesialidad” de la misión y en su dinámica con el Reino aseguran unas actuaciones adecuadas. Del designio trinitario surge la Iglesia porque hay una misión que realizar; y la propia Iglesia encuentra su identidad misionera no tanto «para» llevar adelante unas tareas, sino «porque» ésta misma se descubre misionera por naturaleza y abraza cordialmente su tarea inculturadora (cf. RMi 33; EAs 5 y 42). Además, dado el desarrollo eclesiológico, desde la mentalidad del Papa ya no se puede hablar adecuadamente de la misión de la Iglesia en abstracto sino de la misión en y desde las iglesias locales. Éstas, allí donde se encuentren geográficamente, renovarán en el dinamismo evangelizador su identidad: porque cada una ha surgido del acto misionero de algunos que han vendido de fuera, están convocadas a llevar adelante nuevas salidas para comunicar en otros lugares y ámbitos la alegría de la fe.

La evangelización, hoy, ha de entenderse como el dinamismo global del todo el quehacer de la única misión de la Iglesia. Sin embargo, dada la complejidad y evolución de las circunstancias actuales, RMi 33 ofrece una clasificación que sirve como criterio que permite un notable grado de claridad: a) La pastoral engloba las actividades realizadas por “comunidades eclesiales adecuadas y sólidas; tienen un gran fervor de fe y vida; irradian el testimonio del evangelio en su ambiente y sienten el compromiso de la misión universal”. b) La nueva evangelización designa las actividades realizadas “donde grupos enteros de bautizados han perdido el sentido vivo de la fe o incluso no se reconocen ya como miembros de la Iglesia, llevando una existencia alejada de Cristo y su evangelio”[11]. c) La misión ad gentes se dirige propiamente hacia “pueblos, grupos humanos, contextos socio-culturales donde Cristo y su evangelio no son conocidos suficientemente o donde faltan comunidades cristianas suficientemente maduras como para poder encarnar la fe en el propio ambiente y anunciarla a otros grupos”.

Es importante observar que es ésta última la que conserva la fuerza profética o interpeladora de la universalidad, y que, por ello, es la que imprime un dinamismo propio a las otras actividades de cara a la instauración del Reino y a la reconciliación de toda la creación. Las tres actividades han de ser vistas en su dinamismo unitario. Pero no pueden ser confundidas; es decir, deben ser distinguidas aunque no separadas. La misión ad gentes es la que recoge de modo más explícito la idea de universalidad, y por ello la experiencia de salida y éxodo, de cruzar orillas, de rebasar fronteras y de llegar a confines cada vez más lejanos, sin ningún tipo de limitaciones.  

2.2. Una realidad unitaria, pero compleja

“La misión es una realidad unitaria, pero compleja, y se desarrolla de diversas maneras, entre las cuales algunas son de particular importancia en la presente situación de la Iglesia y del mundo” (RMi 41). La urgencia de la primera evangelización va calando entre las diversas iglesias –según se puede comprobar en las exhortaciones continentales (cf. EAm 66 y 77; EA 56 y 74; EAs 2; EE 45s.)–, actitud que ayuda a perfilar, al menos teóricamente, las principales maneras de realizarla.  

· El testimonio. En vistas a la primera evangelización, el testimonio forma parte integral y primaria. Éste adquiere matices enriquecedores para el “pléroma” de la catolicidad eclesial desde las diversas realidades. Ciertamente, es preciso reconocer que “Iglesia anuncia la buena nueva no sólo a través de la proclamación de la palabra que ha recibido del Señor, sino también mediante el testimonio de vida, gracias al cual los discípulos de Cristo dan razón de la fe, de la esperanza y del amor que hay en ellos (cf. 1Pe 3,15)” (EA 55), llegando hasta el martirio. Sin embargo, el aspecto testimonial adquiere un predominante realce para las iglesias en África[12]. Europa reclama evangelizadores creíbles con un testimonio de vida por el que resplandezca la “belleza del evangelio”; así pues, necesita –como “uno de los retos más grandes que tiene la Iglesia en Europa al principio del nuevo milenio”– “una conciencia misionera en todo cristiano...: testimonios fuertes, personales y comunitarios, de vida nueva en Cristo”(EE 49).  

En América, “Cristo ha de ser anunciado con gozo y con fuerza, pero principalmente con el testimonio de la propia vida” (EAm 67). Para este continente, dada su impronta social y teológica del siglo XX, resulta coherente que se asuma una prioridad: anunciar la buena noticia del Reino a los pobres como los “primeros destinatarios de la evangelización”, pero sin descuidar su incidencia en los dirigentes político-sociales, mediante la doctrina social de la Iglesia (EAm 4). Las iglesias en Oceanía asumen que “la Iglesia considera el apostolado social como parte integrante de su misión evangelizadora con vistas a decir al mundo una palabra de esperanza; su compromiso en esta dirección puede reconocerse en la aportación que brinda al desarrollo humano, en la promoción de los derechos humanos, en la defensa de la vida humana y de su dignidad, en la justicia social y en la tutela del medio ambiente” (EO 26; aspectos que aparecen desarrollados cf. 27-31).  

Ahora bien, es en Asia donde debe ofrecerse una “vida cristiana como anuncio”, y puesto que allí “personas y pueblos enteros tienen sed de lo divino, la Iglesia está llamada a ser una Iglesia de oración, profundamente espiritual, aunque esté implicada en preocupaciones humanas y sociales inmediatas: cada cristiano necesita una auténtica espiritualidad misionera, hecha de oración y contemplación... La Iglesia sabe que el testimonio silencioso de vida sigue siendo hoy el único modo de proclamar el Reino de Dios en muchos lugares de Asia, donde la proclamación explícita está prohibida, y no existe, o es muy reducida, la libertad religiosa” (EAs 23). Por ello, también se insiste en la necesidad de ir edificando “una Iglesia que testimonia” desde sus diversos modos de existencia (pastores, vida consagrada y sociedades misioneras, laicos, familia, jóvenes, comunicaciones sociales y mártires) (cf. EAs 42-49).  

· El anuncio explícito. Junto al testimonio, de manera co-implicada y manteniendo cada uno su identidad, la primera evangelización requiere un anuncio explícito del Dios Cristiano. Es justo reconocer que, normalmente, las exhortaciones postsinodales descompensan la integralidad pues, a la hora de la verdad, insisten más en el anuncio que en el testimonio, desequilibrando la especificidad y urgencia de ambas dimensiones evangelizadoras. Cada exhortación presenta unos matices muy sugerentes, pero en su conjunto se van abriendo a una perspectiva que nos parece evidente: desde el anuncio de Jesucristo y su Reino hay que acudir a Pascua / Pentecostés y, desde ahí, mostrar al Dios cristiano que es Trinidad.  

Las iglesias en Asia reconocen que “no puede haber auténtica evangelización sin la proclamación explícita de que Jesús es Señor” (EAs 19)[13]. Ahora bien, “la obra salvífica de Jesús tiene su origen en la comunión de la naturaleza divina, y a cuantos creen en él les abre el camino para entrar en íntima comunión con la Trinidad y entre ellos mismos en la Trinidad” (EAs 12). Dado el contexto religioso asiático, habrá que ofrecer “la verdad sobre Cristo como único Mediador entre Dios y los hombres y único Redentor del mundo, distinguiéndolo claramente de los fundadores de otras religiones” (EAs 2); en él se da la unicidad y universalidad de la salvación (EAs 14). Así, se necesita activar “la proclamación de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre”, “el hombre-Dios que salva” (EAs 10s.).  

En África también adquiere relevancia: frente a una realidad apremiada por guerras y conflictos, por gérmenes de odio y violencia, es urgente “proclamar la esperanza de la vida fundamentada en el misterio pascual” y, por ello, “el primer anuncio debe tender, por tanto, a hacer que todos vivan esa experiencia transformadora y entusiasmante de Jesucristo, que llama a seguirlo en una aventura de fe” (EA 57). En Oceanía, se subraya la “primacía del anuncio de Cristo resucitado desde una vertiente personal en vistas a la conversión: “anuncio que debe proponerse en un encuentro personal capaz de llevar al interlocutor a la conversión del corazón y a la solicitud del bautismo” (EO 20).  

Para la Iglesia en América el núcleo vital “ha de ser el anuncio claro e inequívoco de la persona de Jesucristo, es decir, el anuncio de su nombre, de su doctrina, de su vida, de sus promesas y del Reino que él nos ha conquistado a través de su misterio pascual” (EAm 66). Mientras que para Europa, de cara a este anuncio de Jesucristo, se insiste en la fidelidad al único mensaje que se “ha de centrar siempre en la persona de Jesús y debe conducir cada vez más a él”, y, si bien “el evangelio que se ha de anunciar es siempre el mismo, los modos en que dicho anuncio puede hacerse son diferentes” (EE 48), aunque él siempre “es nuestra esperanza porque revela el misterio de la Trinidad” (EE 19).  

· Una misión en diálogo. Cabe reconocer que anuncio y diálogo no se identifican, pero en la lógica de la misión están llamados a complementarse; es más, el diálogo “tiene vínculos especiales con ella [misión] y es una de sus expresiones” (RMi 55). Para llevar adelante el anuncio explícito son diversos los círculos de diálogo que la Iglesia debe testimoniar (cf. Pablo VI, Ecclesian suam): cultivar la sinodalidad entre todos los miembros del pueblo de Dios en las iglesias locales, desde la sinodalidad-colegialidad a escala de Iglesia católica, con una perspectiva ecuménica entre las Iglesias, con el mundo concreto, etc.  

Sin embargo, cabe resaltar la importancia que adquiere actualmente para la misión del tercer milenio el diálogo interreligioso. Pablo VI había situado la evangelización de cara a las religiones no cristianas (EN 53); pero será Juan Pablo II quien exprese claramente que “el diálogo interreligioso forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia” (RMi 55). De cara al nuevo milenio se especifica “el gran desafío del diálogo interreligioso, en el cual estaremos todavía comprometidos durante el nuevo siglo, en la línea indicada por el concilio Vaticano II” (NMI 55). Por ello, es una dimensión esencial para todos los continentes[14].

2.3. Tarea de algunos / tarea de todos

El compromiso misionero brota del bautismo. Pero “afirmar que toda la Iglesia es misionera no excluye que haya una específica misión ad gentes; al igual que decir que todos los católicos deben ser misioneros no excluye que haya «misioneros ad gentes y de por vida», por vocación específica” (RMi 32). Estos misioneros, autóctonos o no, pueden ser religiosos, sacerdotes seculares, miembros de institutos de vida consagrada y de sociedades de vida apostólica, pertenecientes a asociaciones y movimientos eclesiales y laicos. Se trata de personas que, por una vocación especial, se dedican totalmente al servicio de la misión y empeñan toda su vida con disponibilidad para anunciar la buena nueva del evangelio en todo el mundo (cf. RMi 65; EAs 44). Un ministerio destacado en la misma línea es el del animador misionero (cf. RMi 66) y su tarea desde los diversos ámbitos y organismos.  

Sin embargo, todos han de vivir la misión desde sus situaciones concretas. Así, los laicos cada día son más necesarios en esta labor desde las “nuevas fronteras de la historia” o desde los “areópagos modernos”. Dado que no se puede “permanecer indiferente ante el hecho de que muchos de ellos [hombres y mujeres] no conocen la plena manifestación del amor de Dios en Cristo... en virtud de su más íntima consagración a Dios y permaneciendo dinámicamente fieles a su carisma”, las personas consagradas “no pueden dejar de sentirse implicadas en una singular colaboración en la actividad misionera de la Iglesia” o primera evangelización (VC 77). Así pues, están urgidos a desarrollar “la máxima aportación posible”, esto es, “una aportación apostólica particularmente incisiva”, desarrollando “una preciosa labor de evangelización” (VC 78) donde “el anuncio de Cristo tiene una prioridad permanente en la misión de la Iglesia” (VC 79).  

La inserción vital del presbítero (con raíces sacramentales desde un dinamismo espiritual y pastoral) se centra en su pertenencia y dedicación a la iglesia local (cf. PdV 31). Ahora bien, al contemplar a la Iglesia como «comunión misionera», los candidatos al presbiterado han de “amar y vivir la dimensión misionera esencial de la Iglesia y de las diversas actividades pastorales; a estar abierto y disponible para todas las posibilidades ofrecidas hoy para el anuncio del evangelio [... desde] la disponibilidad concreta al Espíritu Santo y al obispo para ser enviado a predicar el evangelio fuera de su país” (PdV 59). Los obispos, como miembros del colegio episcopal, no sólo son consagrados para una iglesia local, sino para la salvación de todos los hombres (cf. AG 38); por eso, “cada obispo ha de ser consciente de la índole misionera del propio ministerio pastoral”, suscitando, promoviendo y dirigiendo actividades misioneras ad extra y ad intra de su propia diócesis en colaboración con las congregaciones religiosas misioneras (PGr 65).

 

3. Una Iglesia que vive de la eucaristía

La Iglesia, misionera por naturaleza, “vive de la eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de la fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta de múltiples formas, la promesa del Señor: «He aquí que estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza” (EEu 1).

Juan Pablo II ya en los primeros años de su ministerio petrino publicó la carta apostólica Dominicae cenae (1980) donde trataba de forma breve algunos aspectos del misterio eucarístico, pero dirigidos prioritariamente a la vida de quienes son sus ministros, los presbíteros. Ahora bien, los desarrollos más amplios se centran en torno al Jubileo. Detengámonos un poco para recordar los principales hitos “eucarísticos” del legado del Papa anterior.  

3.1. En el horizonte del nuevo milenio

En vistas a la preparación del Jubileo del año 2000, Juan Pablo II adelantaba que “el dos mil será un año intensamente eucarístico: en el sacramento de la eucaristía el Salvador, encarnado en el seno de María hace veinte siglos, continúa ofreciéndose a la humanidad como fuente de vida divina” (TMA 55). Pero, a la vez, el nuevo milenio “alienta a la comunidad cristiana a extender su mirada de fe hacia nuevos horizontes en el anuncio del Reino de Dios. Es obligado, en esta circunstancia especial, volver con una renovada fidelidad a las enseñanzas del Concilio Vaticano II, que ha dado nueva luz a la tarea misionera de la Iglesia ante las exigencias actuales de la evangelización” (Bula de convocación del gran Jubileo del 2000, 2).  

Las iglesias en los diversos continentes también han sido invitadas a reavivar el don de la eucaristía en todo su actuar evangelizador. Así, la eucaristía aparece como el centro de la comunión con Dios y con los hermanos y es el ámbito de encuentro privilegiado, aunque no exclusivo, con Cristo (EAm 35, 12 y 31; EA 87; EO 40; EE 75). Además, desde la raigambre eucarística, cada obispo “debe promover en los sacerdotes y en los fieles la conciencia de que la diócesis es la expresión visible de la comunión eclesial, que se forma en la mesa de la Palabra y de la eucaristía en torno al obispo, unido con el colegio episcopal y bajo su cabeza, el Romano Pontífice (EAm 36). Analógicamente se puede decir de las parroquias, pues éstas siguen siendo primariamente una “comunidad eucarística (ChL 26; EAm 41). Y dada la intrínseca identidad católica de la comunión, ésta ha de mostrarse como “comunión de iglesias”; comunión basada “en la unidad de la fe, del bautismo y de la eucaristía; pero también en la unidad del episcopado” (EO 11; cf. 19; EAm 36; EE 53).  

Una vez terminado el Jubileo, las iglesias locales son convocadas a asumir de nuevo las tareas ordinarias de la evangelización (cf. NMI 3) desde la contemplación del rostro de Cristo. Entre otros aspectos, es preciso insistir en dar “un realce particular a la Eucaristía dominical y al domingo mismo, sentido como un día especial de la fe, día del Señor resucitado y del don del Espíritu, verdadera Pascua de la semana” (NMI 35, en referencia a DD 19).    

3.2. El domingo, día del Señor

El domingo o «día del Señor» –como ha sido llamado desde los tiempos apostólicos (cf. Ap 1,10; SC 10 y 88s.)– siempre ha tenido en la historia de la Iglesia una estrecha relación con el núcleo del misterio cristiano. En efecto, el domingo recuerda, en la sucesión semanal del tiempo, el día de la resurrección de Cristo; es la Pascua de la semana. Ahora bien, la situación actual se presenta confusa. Está, por una parte, el ejemplo de algunas iglesias jóvenes que muestran un gran fervor en la animación de la celebración dominical, tanto en las ciudades como en los pueblos alejados. Pero, por otra, en otras regiones se da un porcentaje singularmente bajo de participantes en la liturgia dominical. Son diversas las razones, aunque cabe reseñar algunas: las condiciones socioculturales han modificado los comportamientos sociales y, por tanto, la fisonomía del domingo, convirtiéndolo simplemente en un día de ocio; entonces, el hombre, aunque «vestido de fiesta», interiormente es incapaz de «hacer fiesta». Además, se puede comprender esta situación por la falta de fuertes motivaciones de fe. A ello hay que añadir, no sólo en los países de misión sino también en los de antigua evangelización, el hecho de la escasez de sacerdotes, aspecto que conlleva que en ocasiones no se pueda garantizar la celebración eucarística dominical en cada comunidad.  

“Este panorama de nuevas situaciones y sus consiguientes interrogantes” lleva a Juan Pablo II a tratar el tema del Domingo o día del Señor, (1998) pues “parece necesario más que nunca recuperar las motivaciones doctrinales profundas que son la base del precepto eclesial, para que todos los fieles vean muy claro el valor irrenunciable del domingo en la vida cristiana [cf. SC 106]” (DD 6). “La proximidad del tercer milenio, al apremiar a los creyentes a reflexionar a la luz de Cristo sobre el camino de la historia, los invita también a descubrir con nueva fuerza el sentido del domingo: su «misterio», el valor de su celebración, su significado para la existencia cristiana y humana” (DD 3). Desde esta perspectiva, la carta apostólica se vertebra en cinco capítulos. El Iº está referido al Día del Señor como celebración de la obra del Creador, mientras que el IIº contempla el Día del Señor resucitado y el don del Espíritu. El IIIº presenta el domingo en su relación con la Iglesia en cuanto que la asamblea eucarística es el centro del domingo, el IVº lo refiere al día del hombre como momento de alegría, descanso y solidaridad y el Vº como anticipo de la parusía y, por ello, fiesta primordial reveladora del sentido del tiempo en clave cristiana.  

3.3. Iglesia de Eucaristía

El día 17 de abril de 2003 –fiesta de Jueves Santo– Juan Pablo II presentaba su carta encíclica Ecclesia de Eucharistia. Su deseo era “suscitar este «asombro» eucarístico, en continuidad con la herencia jubilar que he querido dejar a la Iglesia... Contemplar el rostro de Cristo, y contemplarlo con María, es el «programa» que he indicado a la Iglesia en el alba del tercer milenio, invitándola a remar mar adentro en las aguas de la historia con el entusiasmo de la nueva evangelización. Contemplar a Cristo implica saber reconocerle dondequiera que Él se manifieste, en sus múltiples presencias, pero, sobre todo, en el Sacramento vivo de su cuerpo y de su sangre. La Iglesia vive del Cristo eucarístico, de Él se alimenta y por Él es iluminada” (EEu 6).

La eucaristía es el acontecimiento pascual que abre a la universalidad de la fe vivida sobre el «altar del mundo». El hecho de celebrar la eucaristía conlleva “experimentar intensamente su carácter universal y, por así decir, cósmico. ¡Sí cósmico! Porque también cuando se celebra sobre el pequeño altar de una iglesia en el campo, la eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo. Ella une cielo y tierra. Ella une el cielo y la tierra” (EEu 8).

Dado que la eucaristía es un “don demasiado grande para admitir ambigüedades y reducciones”, la encíclica pretende aportar criterios teológicos para que este sacramento “siga resplandeciendo con todo el esplendor de su misterio” (EEu 10). Está distribuida en seis capítulos cuyos títulos ya nos dan una idea certera de los contenidos nucleares: Iº. Misterio de la fe; IIº. La eucaristía edifica la Iglesia; IIIº. Apostolicidad de la Eucaristía y de la Iglesia; IVº. Eucaristía y comunión eclesial; Vª. Decoro de la celebración eucarística; y VIº. En la escuela de María, mujer «eucarística». En definitiva, la lógica de fondo es que “todo compromiso de santidad, toda acción orientada a realizar la misión de la Iglesia, toda puesta en práctica de planes pastorales, ha de sacar del Misterio eucarístico la fuerza necesaria y ha de ordenar a él como a su culmen” (EEu 60).  

3.4. Quédate con nosotros, Señor (el año de la eucaristía)

El día 7 de octubre de 2004 Juan Pablo II publicaba la carta apostólica Mane nobiscum Domine (Quédate con nosotros, Señor) invitando a toda la Iglesia a celebrar hasta octubre de 2005 el «año de la eucaristía». Con ello, “no pido, por tanto, que se interrumpan los «caminos pastorales» que las Iglesias individuales están recorriendo, sino que se acentúe en ellos la dimensión eucarística, que es propia de toda la vida cristiana” (MND 5). Los motivos son principalmente dos: el Congreso Eucarístico Internacional celebrado en Guadalajara (México) y la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que se celebrará del 2 al 29 de octubre de 2005 en el Vaticano, y que tendrá como tema «La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia».  

El hilo conductor de toda ella se halla en el sugerente icono de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24). “Por el camino de nuestros interrogantes y de nuestras inquietudes –a veces de nuestras amargas desilusiones–, el divino Viandante sigue haciéndose compañero nuestro para introducirnos, con la interpretación de las Escrituras, en la comprensión de los misterios de Dios. Cuando el encuentro llega a su plenitud, a la luz de la Palabra le sucede la que dimana del «Pan de vida», con el que Cristo cumple de forma suprema su promesa de «estar con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (cf. Mt 28,20)” (MND 2).  

Esta breve carta está estructurada en cuatro partes. La Iª muestra el hilo conductor con el concilio y el Jubileo; la IIª nos presenta la eucaristía como misterio de luz; la IIIª hace lo propio como “fuente y epifanía de comunión”; y la IVª, habla de ella como “principio y proyecto de misión”, aspecto que abordaremos en el siguiente capítulo. El Papa no entra en cuestiones concretas sino que invita a ello a la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, aspecto que realizaron con el documento Año de la Eucaristía: sugerencias y propuestas (15 de octubre de 2004). 

4. La eucaristía, principio y proyecto de la misión

Hasta ahora hemos presentado por un lado –en los dos primeros apartados– la concepción que Juan Pablo II tenía y nos ha dejado sobre la misión; por otro, los principales hitos documentales sobre la eucaristía. Sin embargo, llega el momento de comprobar qué relación existe entre ambas. Podemos decir, por un lado, que la eucaristía es la cumbre hacia la que debe tender la acción misionera; y por otro, que es la fuente de donde dimana la misión de la Iglesia; y ambas dimensiones correlacionadas estrechamente. En palabras del Papa: “la Iglesia recibe la fuerza espiritual necesaria para cumplir su misión perpetuando en la Eucaristía el sacrificio de la cruz y comulgando el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Así, la Eucaristía es la fuente y, al mismo tiempo, la cumbre de toda la evangelización, puesto que su objetivo es la comunión de los hombres con Cristo y, en él, con el Padre y con el Espíritu Santo” (EEu 22).  

Ahora bien, resulta curioso comprobar cómo la carta magna de Juan Pablo II sobre la misión, Redemptoris missio, sólo alude en una ocasión –salvo error nuestro– a la eucaristía. Lo hace refiriéndose a que todos los laicos son misioneros en virtud del bautismo y afirma que “la misión es de todo el pueblo de Dios: aunque la fundación de una nueva Iglesia requiere la eucaristía y, consiguientemente, el ministerio sacerdotal, sin embargo, la misión, que se desarrolla de diversas formas, es tarea de todos los fieles” (RMi 71). Hubiera sido de esperar que el horizonte eucarístico apareciera al menos en su capítulo VIIIº –dedicado a la espiritualidad misionera–, pero no es así. La única explicación que se nos presenta es comprenderlo desde la necesaria evolución magisterial, pues no debe olvidarse que esta encíclica es del año 1990 y que los frutos más desarrollados sobre la eucaristía son en torno al año 2000.  

Bien es cierto que los planteamientos teológico-magisteriales logrados en Juan Pablo II, tanto de la misión como de la eucaristía, constituyen el necesario entronque para hallar el punto de encuentro entre ambas realidades constitutivas de la Iglesia; sin embargo, dadas ambas realidades, el punto de madurez teológica –y siempre a nuestro juicio– no se ha logrado totalmente. Sin embargo, sí existen algunos aspectos que merecen ser destacados desde este enfoque, según pasamos a resaltar.  

4.1. De la misión a la misa

Cabe recordar que –al celebrar su primer año de pontificado (16 de octubre de1979)– Juan Pablo II publicó una exhortación postsinodal sobre la catequesis (Catechesi tradendae). No es el momento de analizarla detenidamente, aunque sí nos interesa resaltar que en ella aparece claramente la lógica evangelizadora que ha de conducir de la misión a la misa, del anuncio misionero a la integración en la comunidad eclesial por medio de los sacramentos de la iniciación cristiana.  

La catequesis es situada como una etapa de la evangelización que articula diversos elementos de la misión pastoral de la Iglesia, sin confundirse con ellos. Entre otros, están el “primer anuncio del evangelio o predicación misional por medio del kerigma para suscitar la apologética o búsqueda de las razones de creer, experiencia de vida cristiana, celebración de los sacramentos, integración en la comunidad eclesial, testimonio apostólico y misional” (18). Dado que, a veces, la primera evangelización no ha tenido lugar (tanto en niños bautizados, adolescentes y adultos), “la catequesis debe a menudo preocuparse no sólo de alimentar y enseñar la fe, sino de suscitarla continuamente con la ayuda de la gracia, de abrir el corazón, de convertir, de preparar una adhesión global a Jesucristo en aquellos que están aún en el umbral de la fe” (19).  

En efecto, la catequesis necesita previamente (y enlaza) con la acción misionera. Pero la misión, por la catequesis, apunta necesariamente a la participación plena en la Iglesia a través de la eucaristía: “en la Iglesia primitiva, catecumenado e iniciación a los sacramentos del bautismo y de la eucaristía, se identificaban”, ahora esto ha cambiado; sin embargo “la catequesis está siempre en relación con los sacramentos. Por una parte, una forma eminente de la catequesis es la que prepara a los sacramentos, y toda catequesis conduce necesariamente a los sacramentos de la fe. Por otra, la práctica auténtica de los sacramentos tiene forzosamente un aspecto catequético” (23)[15].   

4.2. De la misa a la misión

La eucaristía reclama una pastoral específica que haga de ella verdadero encuentro pascual, pues si imprescindible es caminar de la misión a la misa, no lo es menos adoptar una actitud existencial que va de la misa a la misión. Ahora bien, “cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva” (1Cor 11,26). Con este texto, según afirma Juan Pablo II, “el apóstol pone en estrecha relación recíproca banquete y anuncio: entrar en comunión con Cristo en el memorial de la Pascua significa, al mismo tiempo, experimentar el deber de hacerse misionero del acontecimiento que aquel rito actualiza. La despedida al final de cada Misa constituye una consigna que impulsa al cristiano a comprometerse en la propagación del evangelio y en la animación cristiana de la sociedad” (MND 24).  

Por ello, la pastoral eucarística ha de propiciar la actitud que conduce “de la Misa a la misión”: “la celebración eucarística no termina sólo dentro del templo. Como los primeros testigos de la resurrección, los cristianos convocados cada domingo para vivir y confesar la presencia del Resucitado están llamados a ser evangelizadores y testigos en su vida cotidiana”; pues tras los ritos conclusivos de la misa “el discípulo de Cristo vuelve a su ambiente habitual con el compromiso de hacer de toda su vida un don, un sacrificio espiritual agradable a Dios (cf. Rom 12,1). Se siente deudor para con los hermanos de lo que ha recibido, como los discípulos de Emaús que, tras haber reconocido a Cristo resucitado «en la fracción del pan» (cf. Lc 24,30-32), experimentaron la exigencia de ir inmediatamente a compartir con sus hermanos la alegría del encuentro con el Señor (cf. Lc 24,33-35)” (DD 45).

 

4.3. Líneas del proyecto eucarístico-misionero

Ahora bien, ¿en qué consiste que la eucaristía sea principio y proyecto de la misión para Juan Pablo II? Nos lo aclara en su carta apostólica Quédate con nosotros, Señor (cf. MND 25-28). Con vistas a dicha misión, la eucaristía “no proporciona tan sólo la fuerza interior, sino también –en cierto sentido– el proyecto. Y es que la Eucaristía es una forma de ser que de Jesús pasa al cristiano y, a través de su testimonio, aspira a irradiarse en la sociedad y en la cultura” (25). Las líneas que resalta, más desde la dimensión del testimonio que del anuncio, son las siguientes:  

 · Un elemento fundamental de este proyecto se desprende del mismo nombre de la eucaristía: acción de gracias, pues la misión ha de brotar con cordialidad de la actitud agradecida de quien experimenta en su vida las maravillas de la salvación, testimoniando con mayor aliento la presencia amorosa de Dios en el mundo; desde ahí surgirá “una cultura de diálogo” evitando la intolerancia ya que “quien aprende a decir «gracias» a la manera de Cristo crucificado, podrá ser un mártir, pero jamás será un verdugo” (26).  

· La eucaristía no es sólo el signo de la comunión en la vida de la Iglesia sino que también es proyecto de solidaridad para toda la humanidad. “El cristiano que participa en la Eucaristía aprende de ella a hacerse promotor de comunión, de paz y de solidaridad en todas las circunstancias de la vida”, frente al drama del terrorismo y la tragedia de la guerra. Así, los cristianos han de ver en la eucaristía “una gran escuela de paz en la que se forman hombres y mujeres que, en diferentes niveles de responsabilidad en la vida social, cultural y política, se hacen artífices de diálogo y de comunión” (27).  

· Existe un punto clave donde se juega en gran medida la autenticidad de la participación eucarística: éste es el compromiso activo por la edificación de una sociedad más justa y fraterna al servicio de los últimos. No es casual que el evangelio de San Juan no incluya el relato de la institución eucarística, sino el de el «lavatorio de los pies» (cf. Jn 13,1-20): inclinándose para lavar los pies a sus discípulos, Jesús explica de forma inequívoca el sentido de la eucaristía. Como tampoco es casual que San Pablo reitere con vigor que no es lícita una celebración eucarística en la que no resplandezca la caridad, atestiguada por la compartición concreta con los más pobres (cf. 1Cor 11,17-22. 27-34). Por ello, Juan Pablo II invita a las diferentes comunidades eclesiales a buscar algún compromiso concreto de cara al hambre, las enfermedades, los ancianos, los desempleados o inmigrantes, pues “no podemos engañarnos: por el amor recíproco y, en especial, por el desvelo por el necesitado seremos reconocidos como discípulos auténticos de Cristo (cf. Jn 11,35; Mt 25,31-46). Éste es el criterio básico con arreglo al cual se comprobará la autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas” (28)[16].  

 

5. Benedicto XVI: la Iglesia es joven...

Al comenzar su pontificado (el 24 de abril de 2005), Benedicto XVI desvelaba una confesión: “en este momento mi recuerdo vuelve al 22 de octubre de 1978, cuando el Papa Juan Pablo II inició su ministerio aquí en la Plaza de San Pedro. Todavía, y continuamente, resuenan en mis oídos sus palabras de entonces: «¡No temáis! Abrid más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!»” (Homilía en la Misa y entrega del Palio petrino y del anillo del Pescador –24-4-2005–). Tras ello, el nuevo Papa, frente a diversas concepciones y análisis, sorprendía a propios y extraños lanzando un motivo de esperanza: “Sí, la Iglesia está viva; ésta es la maravillosa experiencia de estos días... Y la Iglesia es joven. Ella lleva en sí misma el futuro del mundo y, por tanto, indica también a cada uno de nosotros la vía hacia el futuro. La Iglesia está viva y nosotros lo vemos: experimentamos la alegría que el Resucitado ha prometido a los suyos. La Iglesia está viva; está viva porque Cristo está vivo, porque ha resucitado verdaderamente” (Ibid.).  

Casi hasta con ingenuidad –tal vez producida por la timidez de quien no se espera una tarea tan grande, pero que debe asumirla– Benedicto XVI ofrecía un mensaje de entusiasmo. Y, en el fondo, al manifestar la vitalidad de esta Iglesia con más de veinte siglos, estaba llamándonos a asumir con renovada alegría la tarea de anunciar la vitalidad, la juventud y el futuro de la Iglesia en los inicios del tercer milenio. ¡Qué mejor perspectiva misionera!: “también hoy se dice a la Iglesia y a los sucesores de los apóstoles que se adentren en el mar de la historia y que echen las redes para conquistar a los hombres para el Evangelio, para Dios, para Cristo, para la vida verdadera” (Ibid.).  

El nuevo Papa se reconoce en la comunión eclesial desde la colegialidad y así lo expresa en su Primer mensaje leído al final de la concelebración en la Capilla Sixtina (20-4-2005). Mantiene que “sobre este sendero en que han avanzado mis venerados predecesores, quiero proseguir preocupado únicamente de proclamar al mundo entero la presencia viva de Cristo”. De manera significativa su pontificado se inicia mientras la Iglesia vive el año de la Eucaristía, y él lo asume como una “coincidencia providencial”, pues “la Eucaristía, corazón de la vida cristiana y fuente de la misión evangelizadora de la Iglesia, no puede dejar de constituir el centro permanente y la fuente del servicio petrino que me ha sido confiado”. Ya que “la Iglesia de hoy debe reavivar en sí la misma conciencia de la tarea de proponer ante el mundo la voz de Aquél que ha dicho: «Yo soy la luz del mundo»... Al emprender su ministerio, el nuevo Papa sabe que su deber es que resplandezca ante los hombres y mujeres de hoy la luz de Cristo: no la propia luz, sino la de Cristo”. Veamos algunas de estas perspectivas desde la misión y la eucaristía.  

5.1. La Iglesia lleva en sí misma el futuro del mundo

La misión de la Iglesia depende en gran medida de la comprensión que ella misma tenga de sí y del mundo. Cuando se sitúa en medio del mundo sin identificarse con él es cuando mejor puede asumir su misión reconciliadora. Benedicto XVI, en la misa de entrega del Palio, ya decía que la Iglesia lleva en sí misma el futuro del mundo, haciéndonos ver que si falta la misión evangelizadora al mundo le faltará algo importante y que el Reino tendrá mayores resistencias para ir creciendo.  

Comentando su experiencia vital durante la guerra mundial, exponía en un Discurso al cuerpo Diplomático: “comprended, pues, que soy particularmente sensible al diálogo entre todos los hombres, para superar toda forma de conflicto y de tensión, y para hacer de nuestra tierra una tierra de paz y fraternidad”; por ello la Iglesia está llamada a defender y proclamar los derechos fundamentales del hombre, pues ésta “no pide ningún privilegio para ella misma, sino únicamente las condiciones legítimas de libertad y acción para cumplir su misión” (12-5-2005).  

Durante la primera Audiencia General que tuvo, al comentar por qué había elegido el nombre de Benedicto XVI, mantenía lo siguiente: “deseo poner mi ministerio al servicio de la reconciliación y la armonía entre los hombres y pueblos, convencido de que el gran bien de la paz es ante todo don de Dios –por desgracia frágil y precioso– que es preciso invocar, conservar y construir día a día con la aportación de todos” (27-5-2005). La Iglesia en misión, al ejemplo de la labor que hicieron Cirilo y Metodio, tiene como “tarea primordial” el hecho de “proyectar la luz ennoblecedora de la Revelación sobre todo lo que es bueno, verdadero y bello. De esta forma, los pueblos y las naciones se verán atraídos hacia esa paz y libertad que el Dios creador quiere” (Discurso en la presentación del embajador de la ex República Yugoslava de Macedonia –19-5-2005–).  

Se trata de asumir que “existe la posibilidad de reconocer la acción divina oculta en la historia”, como ya señaló el concilio en su constitución Gaudium et spes, invitando “a los creyentes a escrutar, a la luz del Evangelio, los signos de los tiempos para encontrar en ellos la manifestación de la acción misma de Dios. Esta actitud de fe lleva al hombre a descubrir la fuerza de Dios que actúa en la historia y a abrirse así al temor del nombre del Señor” (Audiencia general –11-5-2005–).  

Es el discernimiento de la cultura y de las exigencias de la inculturación. Cultura que, al menos en Europa, está basada “en una racionalidad puramente funcional que, contradice y tiende a excluir al cristianismo y, en general, a las tradiciones religiosas y morales de la humanidad”. Por ello se hace más apremiante asumir que “la cultura es un terreno decisivo para el futuro de la fe... la voz de los católicos ha de estar constantemente presente en el debate cultural italiano y, más aún, para que se refuerce la capacidad de elaborar racionalmente, a la luz de la fe, los múltiples interrogantes que se plantean en los diversos ámbitos del saber y en las grandes opciones de la vida”. Así, los medios de comunicación social deben convertirse en “una adecuada capacidad de expresión para proporcionar a todos una interpretación cristiana de los acontecimientos y de los problemas” (Discurso a los participantes en la LIV Asamblea General de la CEI –30-5-2005–).  

5.2. El mandato misionero de Cristo es más actual que nunca

El 25 de abril, al día siguiente del inicio solemne de su pontificado, el Papa Benedicto XVI realizó un signo elocuente para la misión: visitar la basílica de San Pablo Extramuros para venerar la tumba del apóstol misionero por antonomasia. Durante la Homilía en la Liturgia de la Palabra insistió en la urgencia de la labor misionera de la Iglesia. Recordó que “la Iglesia es por naturaleza misionera” y que “su principal tarea es la evangelización. Por eso, “al inicio del tercer milenio, la Iglesia siente con renovado impulso que el mandato misionero de Cristo es más actual que nunca”. Recordó que el siglo XX ha sido “un tiempo de martirio” y que, por tanto, “al inicio del tercer milenio es lícito esperar una renovada floración de la Iglesia, especialmente allí donde ha sufrido principalmente por la fe y el testimonio del Evangelio”. Rememoró el ejemplo de Juan Pablo II, “amado y venerado predecesor”, al que calificó como “un Papa misionero” cuya intensa actividad evangelizadora ha quedado testimoniada por sus más de cien viajes apostólicos fuera de Italia, algo “realmente inimitable”. Asimismo pidió para sí mismo un amor similar “para que no tenga paz frente a las urgencias del anuncio evangélico en el mundo de hoy”[17].  

Además, podemos encontrar en este breve periodo de tiempo múltiples referencias al tema que nos ocupa. Resulta fundamental subrayar la importancia que para el nuevo Papa tiene Pascua / Pentecostés, por la acción dinámica del Espíritu: “el Espíritu Santo rebasa las fronteras, conduce los unos a los otros superando la ruptura inicial de Babel (la confusión de los corazones que nos lleva unos contra los otros). El Espíritu abre las fronteras... El Pueblo de Dios, que había encontrado en el Sinaí su forma primera, es ampliado hasta el punto de no conocer ya ninguna frontera”. Por tanto, el nuevo Pueblo de Dios ha de romper las barreras y fronteras, ya que la Iglesia “es un pueblo que proviene de todos los pueblos... desde el inicio es católica, ésta es su esencia” (Homilía en la Misa de Ordenaciones Sacerdotales –15-5-2005–). Es justamente Pentecostés el “momento en el que bajo el impulso del Espíritu Santo, los discípulos de Jesús se lanzaron sin temor a proclamar por doquier y públicamente la enseñanza del Maestro. Desde entonces otros han cogido el mandato misionero poniendo sus energías al servicio del Evangelio” (Discurso a los peregrinos en la beatificación de Ascensión Nicol –16-5-2005–).  

Habla de una misión multisecular realizada por una multitud de testigos que reclama también hoy el compromiso misionero de todos: “la Iglesia, la familia de Cristo, ha crecido desde «Jerusalén... hasta los confines de la tierra»... A través de los testigos se ha construido la Iglesia, comenzando por Pedro y Pablo, y por los Doce, hasta todos los hombres y mujeres que, llenos de Cristo, a lo largo de los siglos han encendido y encenderán de modo siempre nuevo la llama de la fe. Todo cristiano, a su modo puede y debe ser testigo del Señor Resucitado” (Homilía en la basílica de San Juan de Letrán –7-5-2005–).  

Por todo ello, tiene que existir entre los creyentes una «santa inquietud»: “la inquietud por llevar a todos el don de la fe, por ofrecer a todos la salvación, la única que permanece eternamente... debemos estar animados por esta inquietud por llevar esta alegría, este centro de la vida que le da sentido y orientación (Discurso al Clero de Roma –13-5-2005–)[18]. Así pues, se trata de la dinámica “de conocerle [a Jesucristo] y comunicar a los otros la amistad con él. La tarea del pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo” (Homilía en la Misa y entrega del Palio petrino y del anillo del Pescador –24-4-2005–).  

Las iglesias en Italia han asumido para este primer decenio del dos mil la opción de “dar forma permanente a la misión, caracterizando en sentido más resueltamente misionero la vida y las actividades de las parroquias y de cada una de las demás realidades eclesiales”; pues bien el nuevo Papa afirma: “quiero deciros ante todo que tengo la intención de confirmar plenamente esta opción” (Discurso en el Congreso de la diócesis de Roma sobre la familia y la comunidad cristiana –6-6-2005–).  

Igualmente, en alusión a una nota pastoral de la Conferencia Episcopal Italiana (El rostro misionero de las parroquias en un mundo que cambia), Benedicto XVI, tras afirmar el valor y la función de la parroquia, mantiene: “pero también habéis destacado la necesidad de que las parroquias asuman una actitud más misionera en la pastoral diaria y, por tanto, una colaboración más intensa con todas las fuerzas vivas de que la Iglesia dispone. Es muy importante, a este respecto, que se refuerce la comunión entre las estructuras parroquiales y las diferentes realidades «carismáticas», surgidas en las últimas décadas... para que la misión pueda llegar a todos los ambientes de la vida. Con el mismo fin, ciertamente da una contribución valiosa la presencia de las comunidades religiosas” (Discurso a los participantes en la LIV Asamblea General de la CEI –30-5-2005–).    

5.3. Sin el domingo no podemos vivir: alegría y dinamismo

El papa actual, durante la Homilía de la clausura del XXIV Congreso Eucarístico Italiano (Bari, 29-5-2005) y en alusión al lema escogido para tal acontecimiento, decía: “el tema escogido –«Sin el domingo no podemos vivir»– nos retrotrae al año 304, cuando el emperador Diocleciano prohibió a los cristianos, so pena de muerte, poseer las Escrituras, reunirse los domingos para celebrar la Eucaristía y construir locales para sus asambleas. En Abitene, pequeña localidad en el actual Túnez, 49 cristianos fueron sorprendidos un domingo, cuando reunidos en casa de Octavio Félix, celebraban la Eucaristía, desafiando con ello las prohibiciones imperiales. Arrestados fueron llevados a Cartago para que los interrogara el procónsul Anulino. Fue significativa, entre otras, la respuesta que un tal Emérito dio al procónsul, que le preguntaba por qué razón habían inflingido la severa orden del Emperador. Respondió él: «Sine dominico non possumus»; es decir, sin reunirnos en asamblea los domingos para celebrar la Eucaristía no podemos vivir”.  

Resulta interesante esta narración situada en los primeros años misioneros de la Iglesia. Dichos cristianos fueron torturados y martirizados; murieron, pero vencieron. Esta experiencia, a juicio de Benedicto XVI, debe llevar a reflexionar a los cristianos del siglo XXI. A vivir, según se dice en la misma ocasión, la eucaristía “como una necesidad para el cristiano, una alegría; de esta forma, el cristiano puede encontrar la energía necesaria para el camino que hemos de recorrer cada semana”. Por ello es preciso “redescubrir la alegría del domingo cristiano”, en cuanto que la eucaristía es el “sacramento del mundo renovado”, desde la resurrección de Cristo el primer día de la semana.  

Pero además, la eucaristía es la “presencia dinámica de Cristo”. Dinamismo para “asimilarnos a él”[19], para unirnos a los demás hermanos estén donde estén, para comunicarnos con ellos, y para trabajar “con todas energías por la reconstitución de la plena y visible unidad entre todos los seguidores de Cristo” desde el ecumenismo[20]. Por todo ello, los cristianos de hoy debemos retomar conciencia “de la importancia decisiva de la celebración dominical” y saber “hallar en la participación en la Eucaristía el impulso necesario para una nueva implicación en el anuncio al mundo de Cristo «nuestra paz» (Ef 2,14)”. 

5.4. Desde la eucaristía el Señor está siempre en camino hacia el mundo

Benedicto XVI, en la Homilía de la eucaristía del Corpus (26-5-2005), afirmaba que “en este sacramento, el Señor está siempre en camino hacia el mundo” y si la procesión eucarística del Jueves Santo acompaña a Jesús en su soledad, hacia el vía crucis, la del Corpus, por el contrario, “responde simbólicamente al mandato del Resucitado: os precedo en Galilea. Id hasta los confines del mundo, llevad el evangelio al mundo”.  

La eucaristía es “expresión de la identidad de la comunidad cristiana y centro de su vida y misión” (Bari, 26-5-2005). En ella, “aprendemos el amor de Cristo. Ha sido gracias a este centro y este corazón, gracias a la Eucaristía, como los santos han vivido el amor de Dios al mundo. Gracias a la Eucaristía la Iglesia renace siempre de nuevo. La Iglesia es la red, la comunidad eucarística en la que todos nosotros, al recibir al mismo Señor nos transformamos en un solo cuerpo y abrazamos a todo el mundo” (Homilía en San Juan de Letrán –7-5-2005–).  

En definitiva, “la Eucaristía hace presente constantemente a Cristo resucitado, que sigue entregándose a nosotros, llamándonos a participar en la mesa de su Cuerpo y su Sangre. De la comunión plena con él, brota cada uno de los elementos de la vida de la Iglesia, en primer lugar la comunión entre todos los fieles, el compromiso del anuncio y testimonio del Evangelio, el ardor de la caridad hacia todos, especialmente hacia los pobres y pequeños” (Primer mensaje leído al final de la concelebración en la Capilla Sixtina –20-4-2005–).  

A fin de cuentas, tras lo expuesto, podemos comprender la unidad que existe entre eucaristía y misión en Benedicto XVI: desde la celebración, el cristiano, como prolongación de Cristo, ha de estar siempre en camino hacia el mundo para comunicar la alegría pascual a todos, especialmente a los excluidos y orillados de la historia.

Conclusión: “LevÁntate y come... queda un camino muy largo”

Llega el momento de concluir. Y cabe decir que el pontificado de Juan Pablo II ha sido rico y profundo respecto a la reflexión sobre la misión. El tema de la eucaristía también ha sido ampliamente tratado. Y la relación entre ambas, sin ser amplia, aporta elementos de acción. Las primeras intervenciones de Benedicto XVI recalcan apuntan a todo ello; y de manera particular cabe destacar su insistencia en la prioridad de la misión, aspecto en el que esperamos que siga insistiendo.  

Bien es cierto que “así como el Señor resucitado confirió al colegio apostólico encabezado por Pedro el mandato universal, así esta responsabilidad incumbe al colegio episcopal encabezado por el sucesor de Pedro” (RMi 63; cf. AG 38). Sin embargo, el hecho de que la misión incumba al ministerio petrino, ello no ha de llevar a delegar u olvidar el compromiso misionero de todos los bautizados y de la necesidad de un ministerio específico. Por tanto, el testimonio y la reflexión del Papa, sea cual fuere, ha de convertirse en estímulo y aliento para todos los creyentes.  

Desde esos parámetros, dada la problemática de estos tiempos, a la vez difíciles y apasionantes, que vivimos en los albores del siglo XXI, tal vez venga bien recordar una experiencia profética que nos devuelva el entusiasmo a todos y a cada uno: Elías ha sido convocado a anunciar a Dios entre su pueblo; pero los falsos profetas cuentan con mayor admiración y aplauso entre los israelitas. Hasta tal punto que “se llenó de miedo y huyó para salvar su vida... –¡Basta Señor! Quítame la vida, que no soy mejor que mis antepasados. Se tumbó y se quedó dormido, pero un ángel lo tocó y le dijo: –Levántate y come. Elías miró, y vio a su cabecera una hogaza cocida, todavía caliente, y un vaso de agua. Comió, bebió y se volvió a dormir. De nuevo, el ángel del Señor lo tocó y le dijo: –Levántate y come, pues te queda un camino muy largo” (1Re 19,4-7).  

A todos nosotros, Iglesia en misión, aún nos queda un camino muy largo por andar. Por ello es preciso –más allá del cansancio, de la mediocridad, de la tristeza o del desaliento– levantarse y comer. Si no lo hacemos así, ¿cómo algunos de nuestros contemporáneos podrán exclamar llenos de gozo: “no sabíamos si estábamos en el cielo o en la tierra...”?

58ª Semana de Misionología, Burgos, julio 2005

 



[1] Adaptación de lo presentado por J. Ratzinger, Weggemeinschaft des Glaubens. Kirche als Communio, Augsburgo 2002, 79 [Eucharistie und Mission]; quien, a su vez, remite a P. B I. Bilanink, The Apostolic Origin of the Ukrainians Church, Toronto 1988.

[2] Cf. J. Ratzinger, Weggemeinschaft des Glaubens. Kirche als Communio, Augsburgo 2002, 80.

[3] Aunque son conocidas, ofrecemos las siglas de los documentos a los que aludimos con mayor profusión: Christifideles laici (1988); [ChL]; Dies Domine (1998) [DD]; Ecclesia de Eucaristía (2003) [EEu]; Ecclesia in Africa (1995) [EA]; Ecclesia in America (1999) [EAm]; Ecclesia in Asia (1999) [EAs]; Ecclesia in Oceania (2001) [EO]; Ecclesia in Europa (2003) [EE]; Pastores dabo vobis (1992) [PdV]; Mane nobiscum Domine (2004) [MND]; Novo millennio ineunte (2001) [NMI]; Pastores gregis (2003) [PGr]; Redemptor hominis (1979 [1979]; Redemptoris missio (1990) [RMi]; Tertio millennio adveniente (1994) [TMA]; Vita consecrata (1996) [VC];

[4] Sobre ello existe una amplia documentación; el número 57 de «Euntes Docete» (2004) está todo él dedicado a Missione e Misssionarità in Giovanni Paolo II, donde se analiza el tema desde diversas perspectivas; al final del mismo (275-287) se ofrece un elenco bibliográfico amplio en torno a RMi. Desde esta Facultad de Teología de Burgos se han ido publicando los diversos Simposios de Misionología y algunas de las Semanas; destacamos entre otros: Por una pastoral nueva en misión, Burgos 2002; El primer anuncio en una sociedad postcristiana, Burgos 2004; La misión de la Iglesia está todavía en sus comienzos; Burgos 2001; La misión del año 2000. Interpelaciones de la encíclica Redemptoris missio, Burgos 1991; Los organismos de animación misionera, espacios de comunión, Burgos 2004. En algunos de nuestros trabajos aludimos a diversos aspectos tratados aquí: La liturgia, cumbre y fuente de la evangelización, «Burgense» 45 (2004) 243-265; De la misa a la misión –y viceversa– en la Europa de hoy, que aparecerá en «Misiones Extranjeras» 206-207 (2005); Hacia una pastoral nueva en misión, Monte Carmelo, Burgos 2004. Como material de consulta global, cf. E. Bueno - R. Calvo, Diccionario de Misionología y animación misionera, Monte Carmelo, Burgos 2003.

[5] Alocución tenida en la sala Clementina durante la audiencia especial para celebrar el viaje apostólico cien, 12 de junio de 2003, en «L’Osservatore Romano» (13 de junio de 2003) 5.

[6] Alocución al Colegio Cardenalicio al celebrar el XXV Aniversario del Pontificado, 18 de octubre de 2003, en «L’Osservatore Romano» (18 de octubre de 2003) 8.

[7] Así para Europa se reconoce que no pueden encerrarse en sí mismas sino que más allá de los problemas de faltas de ministros o vocaciones necesita recobrar la generosidad evangelizadora, pues sólo desde ahí se logrará la renovación y el rejuvenecimiento eclesial (EE 64). Por otro lado, parecida llamada se dirige a América, invitándole a que permanezca viva su conciencia misionera y no se justifique desde una idílica postura de que aún no está plenamente edifica la Iglesia en este continente (cf. EAm 74). Pablo VI había lanzado su voz profética a las iglesias africanas para que fueran misioneras de ellas mismas (“Africanos, sois misioneros de vosotros mismos”), pero Juan Pablo II y la Asamblea del Sínodo explicitan que han de ser “misioneros para el mundo entero”, no recluyéndose en sus iglesias sino manifestando una mayor disponibilidad en favor de otras iglesias, regiones y continentes (cf. EA 128-130), potenciando “una solidaridad pastoral orgánica en favor de la misión «hasta los confines de la tierra»” (EA 135). Incluso la Iglesia en Oceanía reconoce que las iglesias locales de allí, “fundadas por misioneros, están enviando a su vez misioneros, lo que constituye señal inequívoca de madurez” (EO 15).

[8] No es cuestión de recogerlo, pero en las sucesivas exhortaciones potsinodales continentales dedica un amplio espacio a estos temas.

[9] Baste recordar sus encíclicas Laborem exercens (1981), Sollicitudo rei socialis –(1987) y Centesimus annus (1991).

[10] Puede verse en EAm 70, EA 59-62 y 79, EE 58, EAs 21s. EO 17s. De igual modo cada una de las formas de existencia cristiana están llamadas a esta tarea desde su peculiaridad específica según se señala en ChL 44, VC 79s., PdV 55 y PGr 30.

[11] Desde ahí, el Papa invita, en nombre de la nueva evangelización, a repensar y renovar su presencia y acción misionera en los respectivos contextos: cf. TMA 21; NMI 40; EAs 2; EO 18ss.

[12] Así resulta lógico comprender que “un verdadero testimonio por parte de los creyentes es hoy esencial en África para proclamar de manera auténtica la fe” (EA 77). “En todas las reflexiones y recomendaciones hechas por la Asamblea especial se percibe el deseo predominante de testimoniar a Cristo” (EA 127). Por ello, se resalta la “dimensión eclesial del testimonio” y el “anuncio de la justicia y la paz como parte integrante de la tarea evangelizadora” en la línea de la edificación del Reino (EA 106s.).

[13] “Esta insistencia en la proclamación no deriva de impulso sectario ni de afán de proselitismo ni de complejo de superioridad..., responde a su profunda búsqueda del Absoluto [por parte de los asiáticos] y revela las verdades y los valores que les garantizan el desarrollo humano integral... Pero el respeto no elimina la necesidad de la proclamación explícita del evangelio en su integridad... Este respeto es doble: respeto por el hombre en su búsqueda de respuestas a las preguntas más profundas de su vida, y respeto por la acción del Espíritu en el hombre” (EAs 20).

[14] En América, con las comunidades judías y las religiones no cristianas (EAm 50s.); en África, con los musulmanes y las religiones tradicionales africanas (EA 66s.); para Europa, se insiste en ello (EE 57, aludiendo a RMi 55 y 36). Dado que Asia es la cuna de las mayores religiones del mundo (judaísmo, cristianismo, islamismo e hinduismo), “la Iglesia siente un respeto muy profundo hacia esas tradiciones, y trata de establecer un diálogo sincero con sus seguidores” (EAs 6), resaltando “la importancia del diálogo como estilo característico de la vida de la Iglesia” en este continente (EAs 3) y solicitando que se desarrolle “una misión en diálogo” (EAs 29-31). Igualmente se reclama para las iglesias en Oceanía, ante las grandes religiones no cristianas (judía, musulmana e hindú) y con las religiones tradicionales (EO 25). Pero no sólo en los continentes, sino también desde las diversas formas de existencia cristiana: ChL 35, VC 102 y PGr 68.

[15] Este planteamiento, que ya se va asumiendo como elemental y común, es el que también queda explicitado por la Congregación para el Clero, Directorio general para la catequesis (1997) en su primera parte: la catequesis en la misión evangelizadora de la Iglesia.

[16] Cf. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Año de la Eucaristía: sugerencias y propuestas, 31.

[17] Con motivo de la Asamblea de las Obras Misionales Pontificias celebradas en Lyon (Francia) del 4 al 13 de mayo, el Papa envió un mensaje en el que pedía un “reavivar del ardor misionero”, sobre todo en los jóvenes, para que sean capaces de “anunciar el Evangelio y la salvación que nos viene del único Salvador”.

[18] Siendo todavía decano del colegio cardenalicio, en la Homilía de la Misa de «Pro eligendo Pontifice» ya había aludido a la misma idea: “tenemos que estar animados por una santa inquietud: la inquietud de llevar a todos el don de la fe, de la amistad con Cristo. En verdad, el amor, la amistad de Dios, nos ha sido dada para que llegue también a los demás” (18-4-2005).

[19] “Sobre todo en el misterio de la Eucaristía nosotros mismos [obispos], nuestros sacerdotes y todos los fieles podemos vivir plenamente esta relación con Cristo: aquí él se hace presente en medio de nosotros, se entrega siempre de nuevo, se hace nuestro, para que nosotros seamos suyos y aprendamos su amor”: (Discurso a los participantes en la LIV Asamblea General de la CEI –30-5-2005–).

[20] La importancia de caminar hacia la plena comunión desde el diálogo, construido en el respeto de la dignidad de toda persona humana y desde la paz lo resaltó en el Discurso a los representantes de otras confesiones y de otras religiones (25-4-2005). “Alimentados y sostenidos por la Eucaristía, los católicos no pueden dejar de sentirse estimulados a tender a aquella plena unidad que Cristo deseó ardientemente en el Cenáculo” (Primer mensaje leído al final de la concelebración en la Capilla Sixtina –20-4-2005–).