Desafíos y retos de la Evangelización en China


Antonio Bravo
Delegado Episcopal de Cáritas Española


 

 

Se me ha pedido hablar de los desafíos y retos de la evangelización en China. Lo haré bajo la forma de un testimonio, esto es, a partir de la experiencia vivida durante mis viajes -siete u ocho- a ese gran país. En el marco de la formación permanente del clero de la llamada Iglesia oficial o patriótica, he dirigido algunos cursos sobre pastoral, espiritualidad y teología bíblica.

Quiero dejar constancia desde el principio que no soy un experto o especialista de la Iglesia en China. Mi conocimiento de la realidad es muy limitado, también puede ser un tanto sesgado, pues mis contactos se limitan a una de las Iglesias. Esto no quiere decir, sin embargo, que los desafíos y retos de una Iglesia no sean válidos también para la otra Iglesia, incluso pueden serlo de forma más aguda.

Una segunda constatación: la situación de las Iglesias católicas y protestantes, así como de las otras religiones en China, es, a mi juicio, de una gran complejidad. La Administración pública tiene de la religión en general, y por los mismo de la fe cristiana, la visión propia de la sociolo­gía marxista, esto es, una visión funcional de acuerdo con los intereses y presupuestos políticos. A esto se añade la existencia de sectas marciales y opuestas al régimen, con las cuales tiende a equipararse los diferentes credos religiosos en la medida que se oponen abierta o de forma sola­pada al poder. Para unos, la posible represión que surge de esta situación es vista como persecución religiosa, pero ¿no sería más ajustado a  la realidad interpretarla como falta de libertad de expresión y de crítica, la propia de todo régimen autoritario que no acepta la posibilidad de disentir públicamente?

En este marco, complejo y tenso, presento mi testimonio, nacido, no de los libros y revistas, sino de la experiencia reflexionada y orada. Lo hago partiendo del encuentro con sacerdotes, obispos, mujeres consagradas y unos pocos laicos.

I  ¿POR QUÉ VOY A CHINA?

Como Responsable General de “la Asociación de los Sacerdotes del Prado” viajé, con  alguna frecuencia, entre 1983 y 2001, a Corea del Sur. En uno de los viajes, allá por el año 1993, plan­teé a mis compañeros la necesidad de estar atentos a la evolución económica, cultural y religiosa del pueblo chino, en particular de la Iglesia. Habían recibido la fe a través de China y era lle­gado el momento, a mi juicio, de contribuir a la evangelización de aquella inmensa población. Convenía colaborar para que la Iglesia presente en China se abriera a los horizontes del Concilio Vati­cano II. Por las circunstancias de todos conocidas, en particular desde la llamada revolución cul­tural, los seminarios se habían cerrado y la expresión religiosa había sido seriamente limitada a la esfera privada.

Tres años después de aquel encuentro, uno de los compañeros surcoreanos, que había tomado en serio nuestro encuentro, era invitado a dar unas clases al Seminario nacional de la Iglesia oficial sobre el Concilio Vaticano II. Los responsables de esta Iglesia pidieron venir a Francia. Querían conocer sobre el terreno cómo los sacerdotes del Prado vivían el ministerio entre los pobres. Una delegación reducida, compuesta de sacerdotes, un laico y una religiosa como traductora, pasó unos días entre nosotros. Al finalizar la visita me propusieron devolverles la visita. Unos meses después pude desplazarme a Pekín. De ahí nació una colaboración que se mantiene du­rante casi diez años. La petición se centró, ante todo, en la formación de los sacerdotes y, más en particular, de los responsables de la formación en los seminarios. También hemos trabajado, aun cuando de forma más reducida en la formación de las religiosas. Esta cooperación se ha concretado de esta forma: los veranos son enviados a Francia un grupo de formadores de dife­rentes seminarios de la Iglesia oficial para seguir una sesión de espiritualidad sacerdotal durante unos veinte días, el tiempo fijado por la administración para los que salen del país. Por otra parte, hemos viajado por diferentes diócesis de China para animar retiros y ejercicios. Han enviado también religiosas y sacerdotes a formarse en el marco de la espiritualidad del Prado. Por mi parte, aseguro todos los años un mes de clases de teología bíblica y de pastoral para sacer­dotes de parroquias, de los servicios diocesanos y de la propia Conferencia Episcopal. Estos contactos y colaboraciones se han desarrollado, en todo momento, con el conocimiento y consentimiento de las autoridades vaticanas, así como de los obispos afectados directamente. En alguna ocasión tuve la posibilidad de informar personalmente al Papa Juan Pablo II, quien me animó a continuar el servicio.

¿Qué me movió a desarrollar esta colaboración, primero a nivel institucional y luego a titulo más personal? En primer lugar el hecho de que no se pedía dinero, sino ayuda para formar un poco mejor las abundantes vocaciones provenientes, ante todo, del mundo rural. Puesto que durante varios años los seminarios habían permanecido cerrados, era normal que la formación fuera bastante deficiente. Habían carecido de libros de referencia y, ante todo, de profesores competentes. La evolución de la Iglesia, tal como se plasmó en el Concilio Vaticano II, no era conocida por una comunidad que había permanecido al margen de este acontecimiento del Espí­ritu Santo. Valía la pena implicarse y complicarse en esta tarea. Más determinante aún fue cómo for­mularon y concretaron la petición: «Necesitamos ayuda para conocer y saborear el Evangelio y, por otra parte, para vivir y compartir con amor la vida de los pobres». No se olvide que la mayor parte de los católicos se hallan en zonas rurales. Antes esta petición, los posibles riesgos y ambigüedades, me parecieron insignificantes. Mucho medite en esos días la visión de  Pablo cuando un macedonio le rogaba: «Pasa a Macedonia y ayúdanos». Y comenta el narrador: «En cuanto tuvo la visión, inmediatamente intentamos pasar a Macedonia, persuadidos que Dios nos había llamado para evangelizarles» (Hch 16, 9-10). Había que mover voluntades, consultar, persuadir, buscar medios, dedicar tiempo y arriesgarse ante posibles incomprensiones. Bueno, hoy doy gracias a Dios por el camino recorrido, sin negar las dificultades y ambigüedades del camino. La misión incluye siempre sus dificultades, incomprensiones y contrariedades. Es gran ingenuidad querer evangelizar al margen del dolor y de los tanteos.

En estos momentos, mi trabajo principal, siempre en el marco de la formación permanente (cada año se reúnen unos cuarenta sacerdotes), se centra en desarrollar una teología bíblica que sirva de soporte para una lectura de los signos de los tiempos, para una proyección pastoral y espi­ritual de los sacerdotes, así como para una relectura de los temas mayores desarrollados por el Concilio Vaticano II sobre la Iglesia y sus relaciones con el mundo. Como es fácil adivinar no se trata de un estudio escolar, menos aún de tipo universitario, sino de aprovechar los avances en el campo de la exégesis para ayudar a una lectura del palabra de Dios que incida en la vida y en el hacer del ministro del evangelio. 

He querido contar brevemente mi pequeña experiencia para situar los desafíos y retos que percibo desde este observatorio, tan reducido por otra parte, para la evangelización de China.

II  PRINCIPALES DESAFÍOS Y RETOS

1.- FORMAR COMUNIDADES EVANGELIZADAS

Pablo VI, después de afirmar, «evangelizar constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda», añadía: «Evangelizadora, la Iglesia comienza pro evangelizarse a sí misma». Y explicitaba luego la dinámica de una comunidad en proceso de evangelización. «Comu­nidad de creyentes, comunidad de esperanza vivida y comunicada, comunidad de amor fra­terno, tiene necesidad de escuchar sin cesar lo que debe creer, las razones para esperar, el mandamiento nuevo del amor. Pueblo de Dios inmerso en el mundo y, con frecuencia, tentado por los ídolos, necesita saber proclamar la ‘grandezas de Dios’, que le han convertido al Señor, y ser nuevamente convocada y reunida por él. En una palabra esto quiere decir que la Iglesia tiene siempre necesidad de ser evangelizada, si quiere conservar su frescor, su impulso y su fuerza para anunciar el Evangelio» (EN 14-15). Tal es la condición para evangelizar el mundo de manera creíble.

Este texto me parece explicitar bien el gran desafío y reto para una verdadera evangelización de China. La Iglesia, aun cuando sea insignificante por su número en medio de los más de 1400 millones de la población, no lo olvidemos se halla ya implantada. Una evangelización, promo­vida directa y principalmente desde fuera, sería sentida, así lo he escuchado a un buen número de obispos, sacerdotes y laicos, bien dispuestos por otra parte a acoger la ayuda exterior, como una falta de respeto, como un intento de colonización.

Por otra parte, y me parece que no se pone bastante de relieve este punto, la Iglesia existente en China vive en su inconsciente colectivo la añoranza de la cristiandad, pues a través de ella reci­bió la fe. ¿Qué quiero decir con una afirmación un tanto desconcertante? ¿Se puede hablar de cristiandad cuando la Iglesia vive en una situación de minoría e insignificancia? La añoranza de la cristiandad, a mi entender, se expresa de muchas formas. En ella prevalecen la dimensión religiosa e institucional sobre el dinamismo profundo de la fe. El gran reto es este: ¿cómo ayu­darle a pasar a ser una comunidad de fe, de esperanza y de amor? Los otros desafíos dependen en buena parte de éste.

Las comunidades cristianas tienen la necesidad de escuchar sin cesar lo que deben creer, pues en oca­siones, como se deja traslucir por la piedad y expresión de los propios sacerdotes, el interés se centra en lo que hay que hacer, en la moral y menos en la búsqueda de las raíces de la fe, esto es, en el encuentro y adhesión a la persona de Jesús, principio y fundamento de una vida moral de acuerdo con la identidad cristiana. La afirmación de Benedicto XVI: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (DCE 1), expresa bien lo que he percibido en tantos hermanos y hermanas. Falta la experiencia del encuentro personal con Jesucristo muerto y resucitado. Lo explicitaba así un sacerdote: «Me interesa mucho la moral del Evangelio y hago con cierta facilidad la experiencia de la divinidad, pero me cuesta tener experiencia de Jesucristo como alguien vivo y presente en mi vida». De hecho, la relación con Dios está marcada por un cierto miedo; las homilías tienen poco conte­nido cristológico y sí una gran carga de moral, agudizan los complejos de culpabilidad y abundan en propuestas de prácticas religiosas; el sacerdote es visto, ante todo, como un maestro de moral y un hombre de lo sagrado.

Conviene tener en cuenta que los sacerdotes, en no pocas ocasiones, son el único cristiano en la familia. La mayoría de ellos no tienen una larga tradición de vida cristiana. Un cierto senti­miento religioso les llevó a pedir el bautismo; y una vida de piedad les condujo al ministerio, pero no aparece en ellos, al menos de forma espontánea, la experiencia de ser amado por Dios, de haberse sentido atraído por la persona de Jesucristo muerto y resucitado. La cuestión es deli­cada, pues ante el fracaso moral tienden a dejar todo o bien a replegarse en una disciplina donde no hay cabida prácticamente para la libertad. La tentación del fundamentalismo aparece en el horizonte como un verdadero riesgo. Los sacramentos pierden su verdadera perspectiva y tien­den a ser vistos como ritos religiosos. Evangelizar la comunidad es, por tanto, el mayor reto.

Si falta la experiencia del encuentro con Cristo, la esperanza de la gloria, difícilmente la Iglesia será una comunidad de esperanza vivida y compartida. Se verá tentada, como sucede, por los nuevos ídolos del tener y del prestigio social, los propios de una sociedad que se abre al confort y al consumo. La mera esperanza religiosa no tiene fuerza para resistir los atractivos de la nueva so­ciedad. Sólo una verdadera esperanza teologal capacita par vivir el dinamismo propio de las biena­venturanzas. Sólo ella hace posible un compromiso en favor de quienes tratan de cercenar tu propia libertad.

Por otra parte, cuando falta la experiencia del acontecimiento de un Dios que nos ama hasta el don de su propio Hijo, la comunidad cristiana se diluye en una institución religiosa, cayendo en las luchas propias por el poder. Entre sacerdotes y laicos, entre la comunidad y la asociación patriótica aparece la rivalidad, sobre todo en el momento de la elección y nombramiento de los obispos o bien de la gestión de los bienes económicos. Al reproducirse de algún modo la lógica de una Iglesia de cristiandad, se corre el peligro de desvirtuar la dinámica fraterna.

China, que vive un momento de apertura y búsqueda religiosa, necesita para su evangelización de comunidades evangelizadas; y para ello es preciso trabajar en la reconciliación de las dos Iglesias como algo prioritario. La ayuda que puede prestarse desde fuera, debe ir, a mi entender, en este sentido. Insisto: la misión ha de tener en cuenta la realidad existente, de otra forma será vista por muchos como una agresión, como el intento de una nueva colonización, aun cuando no sea esta la intención de quienes desean llevar el Evangelio de la gracia a ese inmenso pueblo.

En resumen, la evangelización de China, es mi convicción, exige de nosotros un servicio desintere­sado y gratuito, para ayudar a las comunidades a centrarse más y más en la persona de Jesucristo; a peregrinar con esperanza en medio de las dificultades y tribulaciones; a amar con pasión al pueblo, evitando confrontaciones inútiles. La misión, como recuerda la historia, se llevo a cabo en medio de las más variadas situaciones y regímenes políticos. La evangelización, desde los Hechos de los Apóstoles hasta nuestros días, ha sido fecunda ahí donde brotan comuni­dades que irradian el amor de Dios por la humanidad; sólo ellas tienen la fuerza de atraer y contagiar la alegría de la Buena Nueva del Evangelio. La transmisión de la fe pasa, ante todo, por el compromiso de amor hacia el hombre, en particular hacia los más necesitados y excluidos del progreso.

2.- LA FORMACIÓN DE LOS MINISTROS DEL EVANGELIO

En estrecha relación con el desafío anterior se encuentra el de la formación de los ministros del Evangelio, de los que presiden la comunidad en el nombre del Señor. Las vocaciones en China son numerosas, tanto para el sacerdocio como para la vida consagrada femenina. Pero faltan, sin duda alguna, un buen plantel de formadores, capaces de discernir esa vocaciones y de encauzar ciertas ambigüedades. Existe, como entre nosotros en otro tiempo, la tentación de ver el sacer­docio como una promoción social, sobre todo en los seminaristas provenientes del mundo rural. Por otra parte, la formación se sitúa más en la lógica del buen funcionario religioso. Todo esto condiciona, como puede comprenderse sin dificultad, el futuro evangelizador de la Iglesia en China.

La formación, por lo que conozco, se basa en una cierta lógica colectivista y funcional. La disci­plina y la repetición tienen un espacio central. Hay que forjar personas para que ejerzan sus funciones sin crear problemas. Ahora bien, al reinsertarse en la vida, no saben qué hacer con su libertad ni cómo responder a las nuevas situaciones de una población que vive los grandes cam­bios de la globalización. No se forman personas para la libertad responsable, sino más bien para un ejercicio preciso de las funciones religiosas.

Pero existe una cuestión más de fondo. La formación espiritual no conduce necesariamente a una existencia dialogal. El ejercicio del ministerio, en última instancia, podría vivirse al margen de un diálogo con aquel que llama y envía. Falta la conciencia de la necesidad de discernir los signos del Espíritu para ser sus colaboradores en lo concreto de la existencia. Esto induce, cons­ciente o inconscientemente, a una lectura un tanto fundamentalista y moralizante de las Escri­turas; y también a un cierto miedo o complejo de inferioridad ante la complejidad de la vida. Este miedo se traduce, por ejemplo, en una cierta incapacidad para dialogar entre las Iglesias católicas, con las protestantes y, por tanto, con las otras religiones.

Cuando falta la experiencia del verdadero diálogo de la fe, uno se incapacita para reconocer en los otros el rostro de ese tú divino. El que no piensa o cree como nosotros aparece como un ene­migo potencial. Se pierde de vista que la evangelización es llevar adelante el diálogo de la salva­ción tal como lo hiciera el propio Jesús, el cual dio la vida por la muchedumbre.

La Iglesia en China, si quiere prepararse para la evangelización tiene la ingente tarea de repen­sar los presupuestos de su formación. Ni el colectivismo ni el individualismo, y son las dos tenden­cias predominantes entre los educadores, capacitan a los pastores para conducir a la comu­nidad a la libertad del amor y del servicio al mundo. Ante el hecho de ser una minoría acosada, como se ve en la comunidad del cenáculo antes de Pentecostés, existe la tentación real de formar para la resistencia y el gueto.

Los verdaderos testigos de la fe se han caracterizado, ante todo, por el amor y la confianza inau­dita ante quienes eran hostiles a su vida y mensaje. El verdadero mártir, en comunión con el Señor, entrega su vida en favor de todos. Cree en el poder del Señor y confía en la libertad del hombre. ¿Cómo ayudar en la dinámica de una formación en la que la persona es vista en la comu­nidad y el yo en diálogo con el tú? Esto no es fácil y supone una verdadera revolución, pues el inconsciente de las personas y del pueblo chino, por lo general, se ha configurado desde  una perspectiva colectivista o de tipo individualista-gregaria. Tengo la firme convicción de que nuestra mejor manera de ayudar a la evangelización de China es contribuir a la formación de ministros capaces de dialogar con el mundo. No es una tarea fácil y exige recorrer el lento y oscuro proceso del grano de trigo. Los resultado rápidos y fáciles no son la mejor garantía de una misión realizada de acuerdo con el proyecto del Padre, como lo hiciera el Hijo venido en la condición de siervo. La fe se enraíza en un pueblo a través de testigos y confesores. La propa­ganda y el proselitismo es relativamente fácil; la misión presupone personas probadas y capaces de trabajar a largo plazo.

3.- LA INCULTURACIÓN DEL EVANGELIO DE LA GRACIA

Mucho se escribe y habla de la inculturación del Evangelio en Asia como en otros continentes. Hace unos años se hablaba más de la evangelización de las culturas. La cuestión es decisiva, pues tanto la evangelización de las culturas como la inculturación del Evangelio necesita tes­tigos y confesores, hombres y mujeres que viven lo cotidiano desde una profunda comunión con el Señor y al servicio del mundo. La inculturación es obra de personas carismáticas y no de funcio­narios. Sólo las personas animadas por el Espíritu Santo tienen la capacidad de hacer carne de su carne la verdad del evangelio, esto es, el amor apasionado por Dios por los hombres.

Para dar respuesta, en la buena dirección, al reto de la inculturación, juzgo de gran importancia inculcar en los ministros de la comunidad y en éstas un gran amor y una gran fe en la palabra viva y operante de Dios. El Espíritu Santo vivifica y fecunda la letra. Sin un contacto directo y existencial con la Palabra en la comunión eclesial, existe el riesgo de desviar a las personas de la ver­dadera fe. Urge formar en la lectio divina a la comunidad y a sus ministros, tal como lo recordó Juan pablo II: «Es necesario, en particular, que la escucha de la Palabra se convierta en un encuentro vital, en la antigua y siempre válida tradición de la lectio divina, que permite encon­trar en el texto bíblico la palabra viva que interpela, orienta y modela la existencia» (NMI 39). Sólo el Maestro interior, el Espíritu Santo, introduce en la verdad de Dios y en su práctica. Cuando la Palabra deja de interpelar, orientar y modelar la vida, el hombre, en lugar de dejarse conducir por la verdad, se sitúa como el que posee y determina la verdad. Así se arruina tanto la evangelización de la cultura como la inculturación del evangelio.

Junto a este amor y frecuentación de la Palabra, es imprescindible cultivar el amor y conoci­miento de la cultura y tradiciones del pueblo. En ellas, a la luz del misterio de la providencia divina, puede apreciarse el don de la pedagogía divina. Pero no pueden ser elevadas a la cate­goría de absoluto, pues al igual que la Ley, llegado el tiempo de la libertad y de la gracia, han de reco­nocer su carácter relativo a los tiempos definitivos. En efecto, como sabemos, Pablo vio en la Ley un pedagogo hacia Cristo. Cuando los judaizantes quisieron perpetuar el poder de ella sobre los conversos al Evangelio, el apóstol reaccionó con fuerza. He aquí lo que escribió a los Gálatas: «Mientras el heredero es menor de edad, en nada se diferencia de un esclavo, con ser dueño de todo; sino que está bajo tutores y administradores hasta el tiempo fijado por el padre. De igual manera, también nosotros, cuando éramos menores de edad, vivíamos como esclavos bajo los elementos del mundo. Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo al ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación divina. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama ¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios» (Gal 4, 1-7). El evangelio de la gracia se incultura, por tanto, en las personas y comunidades que viven en la dinámica de la libertad filial. Si esto no sucede, estamos ante un juego, nada más. En efecto, Cristo nos libertó para la libertad y la vocación del hombre es la libertad del amor, por la cual nos hacemos los unos siervos de los otros (cf. Gal 5, 1.13). Sólo así se produce un auténtico acontecimiento de gracia y verdad; enton­ces el evangelio hecha raíces en la cultura y la transforma desde dentro: no para eliminarla, sino para darle su máximo esplendor.

Amor al evangelio y a la cultura no se oponen, antes bien se postulan, como sucede con el amor a Dios y a los hombres. Pero esto supone una búsqueda y apertura incondicional al Espíritu de la verdad, un dejarse enseñar en la vida y por la vida, para mejor captar las riquezas de la Pala­bra de Dios y liberar las capacidades de la persona humana para recrear desde dentro su propia cultura. Ahora bien, una vez que hemos tratado de inducir el amor a la Palabra y a la cultura, es preciso dejar hacer al Espíritu Santo. Por ello es imprescindible un trabajo constante de discerni­miento y búsqueda. Educar en esta dirección es decisivo, pues el riesgo de repetición o de las novedades, como ha sucedido en la historia de la Iglesia, es una amenaza real ante la apertura que vive el pueblo y la cultura china en estos últimos decenios. La cultura no se reduce a algo folklórico, es una manera de vivir y situarse en el mundo que el propio hombre modela con el paso del tiempo.

 4.- LA RECONCILIACIÓN ENTRE LAS IGLESIAS

La evangelización de China exige la pronta reconciliación de las dos partes de la Iglesia católica en ese país. Entre ellas, según conozco y he escuchado en Roma, no existen diferencias en cuanto al dogma, la liturgia o la moral. La cuestión se sitúa, ante todo, en su manera de posicio­narse ante el régimen político. La llamada Iglesia clandestina se opone de forma frontal al poder co­munista. La Iglesia patriótica, por el contrario, trata de convivir con él. Se le acusa de estar sometida y, de alguna forma, controlada por el poder político. Por otra parte, la falta de rela­ciones diplomáticas entre la Santa Sede y el Estado chino, así como la dificultad para que las Congregaciones religiosas puedan instalarse allá, hace que el ambiente entre las Iglesias se halle bas­tante enrarecido, aun cuando se trate de tender puentes entre ellas.

En este punto, juega un papel decisivo para el futuro, la forma en que se desarrollará el nombra­miento de los obispos. La cuestión es compleja y los análisis simplistas entorpecen más que favorecen la unidad y reconciliación de la Iglesia católica en China. Las herencias históricas son com­plejas y están marcadas por la ambigüedad propia de la condición humana, como lo re­cuerda la historia del pueblo de Dios.

La reconciliación supone tiempo y tino, pues las personas, de una parte y otra, han sufrido mu­cho y debieron adoptar posturas muy arriesgadas. No creo justo el análisis de quienes ven sólo el sufrimiento en una de las dos partes. En las dos hay personas llenas de buena intención y que han tomado sus determinaciones con el ánimo sincero de ser fieles al Evangelio, aun cuando no todas las posturas puedan justificarse desde un punto de vista puramente objetivo. Por eso para facilitar la reconciliación, lo primero de todo es no situarse como jueces de la conciencia de los otros. Caminar en la verdad no es lo mismo que situarse como juez de las personas, de sus inten­ciones y actuaciones. La lucidez es un gran valor, el juicio suplanta al propio Dios.

¿Por qué es tan necesaria la reconciliación para la evangelización? Los motivos evangélicos son conocidos de todos. Jesús pidió al Padre que los suyos fueran uno para que el mundo creyera que había sido enviado por él. Las divisiones entre los discípulos arruina su fuerza testimonial y su capacidad para proponer el Evangelio de la reconciliación y de la comunión. Además se halla el hecho de que los católicos en China son una minoría numérica irrelevante. La confrontación desgasta a ambas partes.

Es verdad, hay signos de buena voluntad por una y otra parte. En diócesis rurales y apartadas de los centros de poder, existe una buena colaboración entre el clero y los cristianos de a pie. También a nivel de obispos he podido constatar intentos de diálogo. La paciencia y el saber hacer son importantes, así como la plegaria y la determinación para anteponer los intereses del pueblo de Dios a cualquier otro interés o proyecto personal. La reconciliación, como es sabido, reclama una buena dosis de humildad y de ese amor que se goza con la verdad, sin pretender dominar o ganar.

Este trabajo por la reconciliación sería un signo del verdadero ministerio de la alianza, tal como san Pablo lo presenta a las facciones de la comunidad de Corinto: «porque el amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron. Y murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos… Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación» (2Cor 5, 14-15.18). La comunión filial con Dios reclama la comunión fraterna entre los que han sido incorporados al Cuerpo único de Cristo.

Una convivencia fraterna tendría grandes beneficios en orden a la formación de los ministros del Evangelio y también para fortalecer la fe de las vocaciones consagradas y de las propias familias cristianas. Para facilitar este camino de reconciliación, además de los buenos servicios de la Santa Sede, es preciso que todos, y de modo particular las Congregaciones religiosas, cola­boren con su silencio, discreción y amplitud de miras para propiciar un diálogo fraterno.

Dentro de este marco es también muy importante desarrollar unas relaciones cálidas con las Iglesias protestantes. Existen profundas heridas del pasado lejano y reciente entre católicos y protestantes. El largo camino del ecumenismo, tal como cristalizó en el Concilio Vaticano II y ha sido vivido en estos últimos decenios, no ha penetrado todavía en la conciencia de las comuni­dades cristianas en China. Es necesaria una gran tarea educadora, pues el riesgo del funda­mentalismo, en las minorías acosadas e incapaces de interpretar la compleja realidad, es muy fuerte.

5.- DIÁLOGO, AMOR Y SERVICIO EN LA VERDAD

Las mentalidades y sensibilidades evolucionan de forma rápida en estos momentos. Ya no se puede vivir la misión como en los siglos de la conquista, de las cruzadas o aquellos en que los súbditos abrazaban la religión de su rey. La nota del pluralismo ideológico, cultural y religioso, gana cada día terreno en todas partes del mundo, incluida la China, aun cuando pueda existir una limitación en la expresión pública. La dinámica profunda de la globalización y de la secula­ridad, afecta también a «las religiones y cosmovisiones ateas» de ciertos regímenes totalitarios, pues también ellos tratan de religar a los individuos a un absoluto esbozado por los propios líderes y al que uno ha de estar pronto a sacrificar todo, incluido lo más precioso, la persona, la libertad. Pero la mayoría de la población, en la medida que accede a un cierto nivel de reflexión, quiere pensar por ella misma y busca el camino de su vida de acuerdo con un sentido último experimentado en la libertad.

En este contexto, la Iglesia en China tiene el desafío de ahondar en el sentido del diálogo de la salvación, como un servicio al hombre en búsqueda de su propia verdad, más allá de la que le viene dictada por las instancias oficiales. No es misión de la Iglesia imponer o dictar su verdad sobre Dios, el hombre y la sociedad, sino de capacitar a sus fieles para un diálogo en todos los terreno, incluido el social y el político. Hoy, a mi entender, la caridad de las palabras, esto es, la evangelización pasa por el diálogo con una sociedad en búsqueda. Un pueblo que anhela la demo­cracia real y que se abre al ejercicio de la crítica no aceptará fácilmente el testimonio de la fe al margen de un contexto dialogal. La Iglesia, por tanto, no puede situarse en la dependencia del discurso oficial, pero tampoco en contra de una forma sistemática y a-racional.

El diálogo, por otra parte, se hará inviable si la comunidad eclesial no vive el olvido de sí en el servicio gratuito y universal del amor. Si su pretensión fuera defender su futuro, me temo que no será escuchada por un pueblo deseoso de promoción a todos los niveles. La Iglesia se ha de situar pobre y al servicio de los últimos de la sociedad. Sólo así será vista como la expresión actualizada del amor de Dios por el mundo. Es preciso ser signo e instrumento de que Dios está en favor del hombre y del pueblo chino.

Este diálogo conlleva una apertura para encontrar los caminos de colaborar en favor del hombre con las demás religiones presentes en ese pueblo, pero también con las fuerzas sociales, cultura­les y políticas. La fe auténtica no se presenta como una alternativa a los diferentes regímenes políticos, sino como el anuncio de la verdad de Dios sobre el hombre y la comunidad humana. Y esto la Iglesia puede vivirlo y proclamarlo en todo momento, aun cuando le resulte duro y difícil en ocasiones.

Cierto, el diálogo, como enseña la Escritura y el Magisterio, no se realiza con un sistema o doc­trina, sino con personas situadas y condicionadas por él. Por ello todo diálogo se inicia en el amor y encuentro interpersonal. Dios ni rechazó ni abandonó el mundo, antes bien lo amó y envió a su Hijo para que iniciase el diálogo de la salvación a través de personas concretas. Rechazó el farisaísmo, pero buscó a un fariseo, Saulo, para entablar el diálogo de la salvación con todo hombre. La Iglesia en China, a mi entender, necesita avanzar por este camino. Es un gran reto, pues no está suficientemente equipada para el diálogo, aun cuando desarrolle una cierta negociación para sobrevivir.

Algunos miembros de la Iglesia en China tienen miedo de ser absorbidos al abrirse al diálogo. Quizás le falte a ellos, como nos falta a todos un poco, descubrir que la comunión católica presu­pone la diversidad. La uniformidad, al igual que el repliegue étnico, se oponen al verda­dero dinamismo de la comunión eclesial. El Concilio Vaticano II afirma: «Todos los fieles dis­persos por el orbe comunican con los demás en el Espíritu Santo, y así, “quien habita en Roma sabe que los de la India son miembros suyos”. Y como el reino de Cristo no es de este mundo, la Iglesia o el pueblo de Dios, introduciendo este reino, no disminuye el bien temporal de nin­gún pueblo; antes, al contrario, fomenta y asume, y al asumirlas, las purifica, fortalece y eleva todas las capacidades y riquezas y costumbres de los pueblos en lo que tienen de bueno. […] Además dentro de la comunión eclesiástica, existen legítimamente Iglesia particulares, que gozan de tradiciones propias, permaneciendo inmutable el primado de la cátedra de Pedro, que preside la asamblea universal de la caridad, protege las divergencias legitimas y simultá­neamente vela para que las divergencias sirvan a la unidad en vez de dañarla. De aquí se derivan finalmente, entre la diversas partes de la Iglesia, unos vínculos de íntima comunión en lo que respecta a riquezas espirituales, obreros apostólicos y ayudas materiales» (LG 13).

El desafío del diálogo y de la comunión se plantea también en el seno de la propia comunidad. Ante todo el diálogo de generacional. Durante decenios de años apenas hubo ordenaciones al sacerdocio. La mentalidad entre los mayores y los jóvenes, sobre todo si han estudiado en los Estados Unidos, es muy diferente. Los Obispos, por otra parte, o son muy mayores o muy jóvenes, con lo cual existe la tensión propia entre generaciones de una sociedad que atraviesa una verdadera mutación. El diálogo entre clérigos y laicos tampoco es fácil, pues los sacerdotes más jóvenes reclaman mayor libertad y autonomía ante ciertas estructuras laicales. La relación entre laicos y sacerdotes no es siempre fácil. Las perspectiva y orientaciones desplegadas por el Concilio Vaticano II no han penetrado en la mentalidad de los sacerdotes ni de los propios laicos. A esto se añade el hecho de que la llamada Asociación Patriótica está condicionada de algún modo por el poder político.

6.- TESTIGOS DE LA PALABRA VIVA DE DIOS

De los chinos se me ha dicho, una y otra vez, a la hora de impartir las clases: son muy concretos y prácticos. Esperan una respuesta concreta a sus cuestiones, una orientación clara para su hacer. Esto, sin embargo, no resulta fácil verificarlo, pues al presentar las exigencias propias del encuentro personal con Jesucristo, invocan su cultura para decirte: esa manera de vivir el Evan­gelio es la vuestra, nosotros debemos encontrar la propia. Es una forma de autodefensa.

La cuestión tiene un gran calado. Intuyen el Evangelio como un camino religioso para alcanzar una meta trascendente. Pero tienen dificultad para captar a Jesucristo como el camino personal y sor­prendente hacia el Padre, hacia la fuente de la verdad y la vida. Tienen también dificultad para comprender la dimensión sacramental de la existencia eclesial, así como de descubrir la necesidad del Espíritu Santo para ser testigos de la Palabra viva y operante en la historia. El sacerdote es visto de manera espontánea, como ya indique, en la óptica del funcionario religioso. Ha de ser buena persona y ejemplar en sus costumbres, ha de representar de alguna forma la separación de lo sagrado, como sucede en el sacerdocio de las religiones.

La formación de los sacerdotes, consagrados y laicos como testigos de Jesucristo muerto y resuci­tado es un reto inmenso. Tiene mucho que ver con la comprensión y vivencia del Espíritu Santo enviado el día de Pentecostés para hacer de la comunidad apostólica signo y portavoz de las maravillas de Dios en el mundo. Falta, en buena parte, la conciencia de ser enviados al mundo por Dios, para dar testimonio de su amor, para anunciar a Jesucristo muerto y resucitado. Al faltar esta dimensión esencial, la tentación es presentar el cristianismo como la mejor de las morales. Pero luego aparece el drama, pues además de las limitaciones de la comunidad y de sus miembros, se produce una verdadera quiebra del Evangelio de la reconciliación y de la gracia. Se quiere conquistar el futuro por el propio esfuerzo y crecen así los complejos de culpabilidad.

El testigo de la Palabra viva ha hecho, ante todo, la experiencia de ser amado, de ser salvado por el Señor muerto y resucitado. San Pablo podía ser testigo del Evangelio de la gracia porque había experimentado el perdón y la confianza divina al ser asociado al ministerio (cf. 1Tm 1, 12ss). Después del encuentro de Damasco, experimentó la contradicción en sí del hombre viejo y del hombre nuevo, sentía la fuerza del pecado que le conducía donde no quería ir. Pero en esa situación escribe con emoción: «¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? ¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor! Así pues, soy yo mismo quien con la razón sirve a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado» (Rm 7, 14-25).

El testigo de la Palabra viva, de Jesucristo muerto y resucitado, no lo es por ser un hombre per­fecto, sino por vivir la experiencia de la salvación y de la liberación en medio de la lucha del hombre interior, del hombre nuevo, y del hombre viejo.

CONCLUSIÓN

Al término de estas reflexiones, me pregunto si muchos de los retos de la Iglesia en China no son los nuestros. En efecto, vivimos en un mundo globalizado no sólo desde el punto de vista económico, sino también cultural y religioso. La mentalidad pragmática, técnica y secular, así como el pluralismo cultural, se extiende como una mancha de aceite en el tejido social de la China moderna. Nada, pues, de extraño si aquella Iglesia se ve confrontada a los problemas de las Iglesias en la sociedad que va configurando la lógica de la globalización.

Lo que cambia realmente, es mi apreciación, son los acentos, por el hecho de que los ritmos de apertura y expresión no son los mismos, así como el recorrido de la propia Iglesia. Por otra parte el hecho de ser una comunidad tan minoritaria, habiendo estado al margen de la evolución vivida por las Iglesias de otros continentes, acentúa todavía la problemática.

Para terminar este testimonio quiero insistir en lo siguiente: el gran reto para ellos y para noso­tros es vivir la comunión con el Señor y con la Iglesia para irradiar el compromiso de amor de Dios por la humanidad, tal como se ha hecho historia en la persona y pascua del Hijo enviado en la debilidad de la carne.  Sólo la vivencia del dinamismo de la encarnación redentora es capaz de contagiar y comunicar la experiencia de la fe que obra por el amor.

 

59ª Semana de Misionología, Burgos, julio 2006