Fidei Donum: contexto sociológico y eclesial


Eloy Bueno
Director del Instituto de Misionología
Facultad de Teología de Burgos

 

 

La conmemoración de la encíclica Fidei Donum en el contexto de la encrucijada de la evangelización en África nos permitirá valorarla en toda su significación histórica.  Es una ocasión para que desde su pasado siga interpelando nuestras opciones del presente. Aún en sus limitaciones, propias de la época de su redacción, debemos captar lo que en ella hay de aliento profético, de “intuición profética” en expresión de Juan Pablo II.  Gracias a iniciativas semejantes la apertura misionera aporta su auténtica contribución en la Iglesia: es fuerza de rejuvenecimiento y  manantial de futuro. Como decía Georg Steiner hablando de los clásicos, la lectura que hagamos de ella es a la vez un lectura de nuestra presente en virtud de su capacidad de provocación y de innovación.

El Papa Pío XII  había publicado ya en 1951 una encíclica dedicada al tema misionero: Evangelii Praecones. Pocos años después, el 21 de abril de 1957, publica Fidei Donum. Su autor es consciente  de la importancia que tiene el documento: la firma en la solemnidad de Pascua;  la califica como “Litterae Encyclicae” (y no “epistula enciclica”) para expresar que se trata de una encíclica de mayor importancia magisterial, ya que estaba inspirada por circunstancias particularmente graves que afectaban a todo el mundo católico.

El  relieve del texto papal queda suficientemente manifiesto por tres aspectos que marcan un notable avance dentro de las líneas que venía estableciendo el magisterio pontificio a lo largo del siglo XX: a) la interpelación urgente dirigida a todas las iglesias del orbe católico (y más directamente a los obispos); la solicitud dirigida directamente a los presbíteros del mundo entero;  la percepción de las necesidades sociales y culturales que exigen una preparación especializada en los misioneros (de modo especial en los laicos). Aún siendo esto realmente importante, su transcendencia procede del hecho de ser una  reacción ante un cambio de carácter histórico: la transformación histórica que estaba experimentando África introducía una novedad en la historia del mundo, ante lo cual no puede dejar de manifestarse la vitalidad eclesial mediante un renovado compromiso evangelizador. Podemos hablar en este sentido de un ejemplo de que lo que significa la  lectura profética de los signos de los tiempos.

Ya desde esta primera constatación se percibe la gran pregunta que deja planteada la encíclica: dado que es necesario interpretar los signos de los tiempos, en su intrínseca ambivalencia, ¿puede la Iglesia tomar postura de otro modo que haciéndose protagonista por medio de la evangelización?, ¿asumiendo con más  pasión el horizonte de la misión universal? Estas preguntas deben permanecer como la provocación dirigida a nuestro presente.

Para descubrir Fidei Donum como punto  de referencia vamos a arrancar del contexto misionero de los siglos precedentes, porque así podremos valorar hasta qué punto la evolución de las circunstancias (el cambio en el escenario africano) ayuda a desarrollar posibilidades que estaban aleteando e insinuándose en la vida eclesial; engarzada en su situación histórica,   la reflexión doctrinal pierde su tenor teórico para cargarse de vida y de llamada a la conversión; el mismo Papa señala algunas líneas por las cuales debe avanzar el compromiso eclesial. Comprendida de este modo la encíclica,  podremos mencionar algunas limitaciones que han  sido superadas por la evolución posterior de la experiencia eclesial y misionera, sin que ello debilite su enorme significado histórico.

 

1.- Una herencia en evolución

La Fidei Donum se inserta en el proceso, continuamente cambiante, de las diversas figuras que va adoptando la actividad misionera de la Iglesia.  Vamos a mencionar las líneas dominantes que se prolongan desde los inicios de la edad moderna (cuando comienza el período de las “misiones extranjeras”), que  no deja de repercutir en  los avatares de la Iglesia y de la sociedad, y que  provoca a la Iglesia a que vaya  tanteando nuevas respuestas a través de las encíclicas misioneras del siglo XX.

 

a.- La eclesiología post-tridentina y belarminiana

El período misionero de la edad moderna se despliega en el marco de una eclesiología centralista, jerárquica y piramidal que caracterizó los siglos XVI-XIX.  Es la teología que  encuentra una magnífica expresión en Roberto Bellarmino: como reacción anti-protestante destaca los aspectos visibles de la Iglesia como signo de unidad y garantía de identidad.

 Desde nuestro ángulo de vista  hay tres factores que sostienen esta tendencia: a) desde la ruptura con el cristianismo oriental la Iglesia Católica acentúa su imagen no sólo europea y latina sino también romana y curial; b) la reacción contra las ingerencias políticas (especialmente de España y Portugal) se funda Propaganda Fide para coordinar y unificar las acciones misioneras  de una Iglesia que aspira a liberarse de los condicionamientos políticos; c) la reacción anti-protestante destaca las dimensiones visibles y societarias de la Iglesia.

En el campo misionero estos presupuestos  producen unas manifestaciones claras: la actividad misionera  es competencia exclusiva de la Santa Sede, es decir, del Romano Pontífice, que la ejerce a través de la Cogregación competente. Así lo expresa con rotundidad el Código de Derecho Canónico de 1917. Los obispos, en consecuencia, son pastores ordinarios de sus diócesis, sin que ello implique una responsabilidad sobre el resto de las iglesias. De hecho  el ejercicio concreto de la actividad misionera era atribuído a congregaciones religiosas (ius commissionis), sin que las diócesis en cuanto tales, y por tanto los presbíteros seculares y los laicos, tuvieran un papel relevante.

Las encíclicas misioneras del siglo XX  comienzan a desplegar  otro horizonte. Paulatinamente, pero con claridad, los Papas van solicitando la colaboración de los obispos, y por tanto de sus diócesis. La Fidei Donum representa un paso decisivo en esta dirección, que encontrará su eclosión en el Vaticano II.

 

b.- Fundación de misiones más que de iglesias

El término “misiones” designa durante esta época  los centros o comunidades cristianas establecidas  en territorios lejanos (incluso, en lenguaje popular, el recinto geográfico en el que radicaban los edificios de la presencia eclesial).  Posteriormente, en razón de su crecimiento, quedaban constituídas como vicariatos apostólicos, en dependencia directa de la Santa Sede; los vicarios  eran  habitualmente extranjeros, pertenecientes  a Congregaciones o Institutos misioneros.  La perspectiva eclesiológica  no exigía en sentido propio fundar iglesias, parecía suficiente establecer misiones. La acción de los misioneros son contemplados desde estos presupuestos, no tanto como enviados de las comunidades eclesiales en cuanto tales.

Progresivamente se va constatando la insuficiencia de tales presupuestos. La necesidad de formar un clero nativo, y en consecuencia la constitución de la jerarquía nativa, se va imponiendo como una obviedad. Los documentos oficiales lo repiten cada vez con mayor insistencia, a la vez que denuncian las insuficiencias del ius commisionis. La experiencia de iglesias locales que nacen y se desarrollan se hace real y por eso deja ver sus exigencias: la experiencia de eclesiogénesis enriquecerá la experiencia eclesial y la acción misionera.

 

c.-  De la adaptación a la inculturación

Una Iglesia con mentalidad latina y romana vivía como una evidencia la costumbre de transplantar el modelo occidental de Iglesia a otros continentes. La liturgia, la disciplina, los usos, los cantos, la teología…no se diferenciaban de los países de origen de los misioneros. Además de la inercia propia de mentalidades apegadas a la tradición, influía con fuerza la valoración negativa tanto de la cultura como de la religión de los nativos.

En este campo sin embargo resultaban inevitables adaptaciones y recursos a elementos tradicionales y folklóricos para facilitar la evangelización y la catequización. Paulatinamente se produciendo una mayor valoración de los usos locales, y sobre todo se reconoció que los mejores evangelizadores eran los propios nativos.  La pretensión de consolidar  las iglesias concretas  debía pasar por el reconocimiento de su cultura e idiosincrasia. La adaptación se fue imponiendo como una necesaria estrategia pastoral. Era el primer paso hacia el descubrimiento de todo el sentido de la inculturación.

 

d.-  La presencia de nuevos sujetos misioneros

Los protagonistas de la acción misionera habían sido fundamentalmente religiosos.  Las grandes órdenes mendicantes y las nuevas congregaciones fundadas en el siglo XVI asumieron la responsabilidad y el riesgo de la misión de ultramar.  El ideal y el esfuerzo se cultivaba fundamentalmente en sus propios ambientes. Los presbíteros diocesanos se consideraban fuera de tales proyectos. Los laicos podían apoyar como soldados o comerciantes pero no como misioneros en sentido estricto (tanto el transfondo clerical de la Iglesia como las circunstancias históricas bloqueaban  otras posibilidades).

Las convulsiones políticas y sociales provocaron incertidumbre en Europa, lo que trajo consigo una notable disminución del personal misionero.  A partir del siglo XIX sin embargo, tras la estabilización posterior a la revolución francesa,  se revitalizó el aliento misionero  a todos los niveles. El clero encabezó un renacimiento religioso y el pueblo cristiano se entusiasmó con la obra misionera. Del clero diocesano fructificaron iniciativas misioneras, si bien en la mayoría de los casos desembocaron en instituciones equiparables a la vida consagrada. El pueblo cristiano dio origen a  proyectos de ayuda  que acabarían siendo las Obras Misionales Pontificias. También hubo laicos que se dedicaron al servicio misionero, si bien las categorías teológicas no los contemplaban más que como “misioneros auxiliares”. Los primeros decenios del siglo pasado  sin embargo  ven multiplicarse por parte de los Papas  las intervenciones  no sólo  a favor de la utilidad de las Obras Misionales Pontificas sino en pro del  reconocimiento de la aportación de los laicos y  de  la enorme contribución del clero diocesano para mantener el fervor misionero.

 

e.- El contexto colonial

La gran expansión misionera de la época moderna se desarrolló en un contexto colonial. Fue el marco histórico que hizo posible la mundialización de la Iglesia. La ampliación del horizonte geográfico por parte de las grandes empresas de navegación que se iniciaron a finales del siglo XV se tradujo  de modo espontáneo en el domnio de las poblaciones indígenas por parte de unas potencias europeas más fuertes en el campo militar y comercial. Resultaba inevitable, por parte de los cristianos, hacerse presentes precisamente en aquellas relaciones tan cargadas de voluntad de dominio y de explotación.

Por parte de la mayoría de los protagonistas aquella vinculación resultaba normal e incuestionable.  Hubo muchos profetas que denunciaron las injusticias cometidas contra los nativos e intelectuales que cuestionaron el derecho de conquista. Pero la inercia y los intereses mantuvieron el marco histórico que iba a determinar el futuro de la humanidad durante siglos. En ocasiones (España y Portugal) las mismas autoridades asumieron como tarea propia la evangelización de los nuevos pueblos. En otros países de Europa la vinculación fue más débil en los primeros momentos. Pero paulatinamente fueron aceptando la conveniencia de que los nuevos súbditos aceptaran la religión de la nación colonizadora (para lo que se podía recurrir en ocasiones a la imposición o la violencia).

La superioridad europea se hacía sentir a todos los niveles. La superioridad de la civilización iba unida a la conciencia de superioridad de la propia religión. Incluso quienes no estaban de acuerdo con la explotación compartían la convicción de la inferioridad cultural de los pueblos indígenas. Por eso en el ámbito inglés se impuso como lema la triple c: comercio, civilización, cristianización. En ámbito francés se tradujo como triple m: militares blancos, mercenarios blancos, misioneros blancos.

De este modo el carácter extranjero del cristianismo quedó modulado como colaboración con el dominio colonial.  Paradójicamente en esta conclusión confluían dos mentalidades contrapuestas: no sólo  los defensores del Antiguo Régimen que unían Trono y Altar,  sino que  igualmente los que se movían desde presupuestos liberales y económicos asumían unos presupuestos que iban a condicionar la figura de la misión: la expansión colonial europea y la plantación de la Iglesia en aquellos países sometidos y “civilizados”.

Esta conexión iba a entrar en crisis cuando aquella forma de colonialismo resultara imposible o insostenible. Este cambio no podía dejar de repercutir en el estilo de misión y en la figura misma de las comunidades cristianas. En esta transformación África iba a jugar un papel especial. Ese será el contexto inmediato de la Fidei Donum. Por eso debemos  prestarle especial atención, porque respecto a él realiza su interpretación profética.

 

2.-  África en el proceso de descolonización

Los observadores de la situación misionera  señalaban ya  su preocupación  por las situaciones imprevisibles en las que iba entrando el continente africano. Algunos, con optimismo, veían que estaba sonando la hora de África. Otros constataban las carencias de aquellos países ante los desafíos del momento presente. El Papa se inserta en este  proceso  de reflexión y repite frecuentemente en la encíclica que aquella situación afecta a Europa y al conjunto de la Iglesia. Era muy reciente la experiencia de lo sucedido en China.  En 1954 ya había intervenido con dolor ante la crisis del cristianismo en aquel gran país y ante  el patente declive de la acción misionera.  La penumbra envolvía las expectativas en Asia y por ello había que reaccionar manteniendo la esperanza y el compromiso en Africa.  Para ello la Iglesia debía reajustar su presencia en unas circunstancias insólitas y desacostumbradas. Los misioneros, hasta entonces,  aún en medio de tensiones, podían  contar con la cobertura (o al menos la pacífica coexistencia) de las potencias coloniales.

Pero ahora había sonado la hora de la descolonización.  Después de la segunda guerra mundial, en medio de la guerra fría y de conflictos  bélicos localizados, en la efervescencia de ideologías revolucionarias, se abría un escenario en el que los países africanos irrumpían como protagonistas. Como  gigantes dormidos, muchos países se despertaban alzando sus reivindicaciones frente a los poderes coloniales.

En la década de los cincuenta algunos países africanos van alcanzando la independencia política.  Comenzaron el proceso los países del norte: Libia, Egipto, Marruecos, Túnez, Sudán. En 1957 Ghana, y el año siguiente las colonias francesas: Guinea, Congo, Gabón, Tchad. En 1960 el resto de las colonias francesas de África occidental y el Congo belga.  Esta dinámica  provoca un reequilibrio del poder en el mundo.  El mismo Pío XII en Evangelii Praecones  había tomado nota de la nueva situación: algunas grandes naciones, que habían recuperado recientemente la independencia, como India, Indonesia, Egipto, Etiopía, Yugoslavia, intentaban alcanzar un espacio propio entre las grandes potencias mundiales. En la histórica reunión de Bandung (Indonesia), en 1955, los pueblos afroasiáticos habían proclamado su voluntad de luchar contra todo tipo de dominación colonial y de buscar la autosuficiencia en los sectores políticos, sociales, económicos y culturales.

Este proceso presupone, y a la vez fomenta, una nueva autoconciencia que no puede dejar de repercutir en el campo de la religión.  Las conclusiones de Bandung, por ejemplo, mencionaban el deseo de resucitar las religiones y las culturas antiguas.   En 1956 se expresaba en el mismo sentido la primera conferencia mundial de los escritores, artistas e intelectuales negros. El cristianismo caía bajo sospecha por la historia que había unido evangelización y colonización. Como señalaba en 1956 A. Diop, la expansión europea realizada por el colonialismo quedaba asociada a la Iglesia; los no cristianos, mayoría en África, no distinguían entre la Iglesia universal y la aventura de la historia de Occidente.   La prestigiosa revista “Présence Africaine”, fundada una década antes, servía de apoyo a la “resistencia africana al colonialismo”.

En el seno de la Iglesia se reflejaba la conciencia de la nueva situación y de los nuevos desafíos. En 1955 los obispos cameruneses publicaban una pastoral en la que rechazaban las acusaciones contra la empresa misionera a la vez  que reconocían la necesidad de reconocer la libertad y dignidad de los países de África. En 1956 se publicaba en París Prêtres noirs s´interrogent, como reflejo de la conciencia de africanidad y de la nueva experiencia de  emancipación  política.

La intensidad y la aceleración de los acontecicmientos fueron  motivando una intervención cada vez más comprometida del Papa. Todavía en 1953 hablaba de las aspiraciones a la independencia de los “pueblos jóvenes” como de “pretensiones impacientes”.  En el radiomensaje de Navidad de 1955  reconocía con más claridad el sentido de una libertad política justa y progresiva, para lo cual apelaba a la responsabilidad constructiva de los países europeos. La gravedad de los desafíos  explica la publicación de la Fidei Donum, que se mueve sobre el transfondo de peligros reales.  Son fundamentalmente tres los que parecen influir en la toma de postura de Pío XII.

En primer lugar un nacionalismo apresurado e inconsistente que, por falta de bases adecuadas, pudiera conducir al caos o a la inestabilidad. Por un lado faltaban cuadros suficientemente preparados que pudieran asumir las tareas del gobierno. Por otro lado podían imponerse grupos ávidos de poder o dominados por intereses ideológicos que dificultaran el progreso y el desarrollo y en último término la paz. Desde el punto de vista del Papa la eclosión de un nacionalismo ciego tendría consecuencias deletéreas en la obra de evangelización

En segundo lugar el comunismo, denominado en la encíclica “materialismo ateo”.  Los países comunistas estaban deseosos de asumir y orientar las aspiraciones políticas de los pueblos africanos. La Unión Soviética estrechaba vínculos de amistad con los movimientos de emancipación y apoyaba a las fuerzas anticolonialistas en las Naciones Unidas.  Los estudiantes africanos en el extranjero se situaban en el ámbito de estas corrientes de izquierda.  Los sindicatos actuantes en África  mostraban una clara influencia del comunismo. En ese ámbito intelectual se movían prestigiosos líderes como K. N´Krumah y J. Kenyatta.  El marxismo llevaba consigo gérmenes de secularización. De hecho los políticos de la clase dirigente  iban mostrando una mayor distancia respecto a la fe.  Ello no podía dejar de repercutir en el sistema de educación y formación de las nuevas generaciones.

En tercer lugar, y aunque no se haga ninguna mención explícita en la encíclica,  se puede pensar también la expansión del Islam en África. Por un lado el Islam podía ser considerado como freno frente a las posturas materialistas o ateas. Pero por otro lado podía apoyarse en el marxismo de cara a la crítica contra el cristianismo y la civilización occidental y capitalista.  En aquellos años de hecho se había producido un fuerte avance de los musulmanes (entre 1931 y 1951 había pasado de 44 millones a 80 millones, prácticamente el 40% de la población total del continente; en el mismo período los católicos habían pasado de 5 a 16 millones).

La transformación del contexto provoca una mirada más atenta a la situación interna de la Iglesia, considerada especialmente a la luz del entorno histórico concreto.  Ante todo el Papa tiene interés en poner de relieve la escasez de recursos (especialmente desde el punto de vista personal) ante la inmensidad de la tarea que se debe llevar adelante. La insuficiencia de las fuerzas a disposición puede poner en peligro el magnífico desarrollo experimentado por el cristianismo. En definitiva es el futuro del cristianismo en África lo que está en juego. Hay que ofrecer una respuesta a las necesidades religiosas y culturales de una generación que, carente de suficiente alimento, buscaría fuera de la Iglesia lo que necesita.  Hay que afrontar el desarrollo  de obras e iniciativas indispensables para la expansión e irradiación del catolicismo: colegios y centros de formación, instituciones de acción social, prensa y medios de comunicación… La tarea que se abre a la misión no puede reducirse al simple anuncio del evangelio ni puede hacerse al margen del contexto social y cultural. Se habían realizado avances llamativos y dignos de alabanza para hacer presente el evangelio en el  continente. Lo que de verdad se requiere es enraizarlo en aquel suelo cultural, es decir, desarrollar iglesias dignas de tal nombre.

Con estos rasgos quedan dibujadas las coordenadas del horizonte ante el que se sitúa Pío XII. Como podemos percibir, se trata de una verdadera encrucijada histórica para África, pero asimismo para el mundo y para el cristianismo.  De ahí arranca el aliento profético y la interpelación de la encíclica. Tanto las razones de carácter teológico como las sugerencias de carácter práctico reciben una altura especial porque brotan de una urgencia provocada por la historia.

 

3.- Coordenadas teológicas

A la luz de lo indicado, hay razones suficientes para “orientar hoy nuestras miradas hacia el África, en este momento en que se abre a la vida del mundo moderno y atraviesa los años tal vez más graves de su milenario destino” (n. 2). Quiere invitar a todos los católicos a asumir como propia la responsabilidad histórica ante el futuro de África, del mundo y de la Iglesia. Antes de señalar algunos modos concretos de colaboración es necesario descubrir cuáles son los fundamentos o motivos últimos de tal compromiso. Sólo entonces se podrá comprender el sentido de los canales concretos a través de los cuales cada bautizado puede realizar su propia aportación.

 

a.- La respuesta agradecida al don de la fe

El don de la fe no sólo sirve para ofrecer un título a la encíclica. Como suele ser habitual, el título marca el horizonte o la idea motriz del documento. Desde este punto de vista resulta evidente que el Papa señala la experiencia de la fe como manantial radical del compromiso misionero. Desde este ángulo de consideración, podríamos decir, resultan secundarias las razones que intenten justificar teológicamente la actividad misionera.

En esta ocasión el Papa explicita un aspecto que no siempre es tenido en cuenta: la fe, como don de Dios,  reclama un gesto de agradecimiento. El don, aún siendo gratuito, se abre siempre a la espera de reconocimiento, pues en caso contrario difícilmente podríamos hablar de relación personal.  ¿Puede haber, es la pregunta retórica,  una mejor expresión de gratitud que “el celo en difundir cada vez más…el esplendor de la verdad divina”?,       ¿puede haber otra “respuesta de nuestra gratitud” que comunicar a los hermanos lo mismo que se ha recibido? (n.1).

La fe, por otra parte, no es una experiencia individual, sino eclesial. Ello significa que no pueden dejar de sentirse como propios los problemas y las alegrías, las dificultades y los logros de la Iglesia. Aquí hace resonar Pío XII lo que había enseñado solemnemente en la encíclica Mystici Corporis (n. 10).  Esta espiritualidad eclesiológica es desglosada en una doble dirección: a) por un lado hay que sentir como experiencia  propia la alegría y el orgullo que provocan tantos misioneros que han realizado una tarea tan extraordinaria; b) por otro lado los problemas eclesiales –como el que es motivo de la encíclica- no son restringidos y locales, sino que rebasan todas las fronteras y entran a formar parte del “intercambio de vida y energías”  entre todos los bautizados.

Una vez establecido el principio fundamental  (el dinamismo personal de la fe y las exigencias del ser eclesial) Pío XII explicita las consecuencias para los diversos protagonistas de la vida de la Iglesia: las iglesias locales, los obispos, los laicos.

 

b.- El protagonismo de las iglesias

La Fidei Donum es un testigo cualificado de la emergencia de las iglesias locales en toda su significación teológica y pastoral: todas ellas (las iglesias jóvenes y las iglesias de vieja cristiandad) tienen su propia responsabilidad en la encrucijada histórica del momento. La “solicitud de todas las iglesias” (n. 3) abre el camino a una forma nueva de entender las vida de la Iglesia y la acción misionera.

Como expresión del progreso del evangelio en África se han ido multiplicando las circunscripciones eclesiásticas y ha aumentado el número de cristianos Se ha ido dando el gran paso de instituir la jerarquía eclesiástica, contando cada vez más con obispos africanos.  Ya queda atrás, por tanto, el estadio de las “misiones” o de los vicariatos apostólicos. Estamos en el momento de establecer  de modo sólido y definitivo la Iglesia en los nuevos pueblos. El objetivo es más que la simple plantación de la Iglesia. La Iglesia no puede ser extranjera en ningún lugar (n. 12).  Las jóvenes iglesias han de estar enraizadas en su contexto y de este modo ocupar el lugar que les corresponde en el conjunto de la Iglesia (n. 3, que remite a Evangelii Praecones).

Las iglesias más antiguas deben vivir su catolicidad  dejándose interpelar por las necesidades y las expectativas de las nuevas iglesias (n. 12). Nada en la Iglesia puede  vivir de modo aislado, preocupándose sólo de los propios problemas y proyectos (n. 11). Esta apertura católica viene a continuación explicitada respecto a los distintos miembros del Pueblo de Dios.

 

c.- Los obispos y la solicitud por todas las iglesias

Ya había habido iniciativas de obispos para que sus diócesis asumieran  responsabilidades misioneras concretas.  A comienzos de 1957 el cardenal Frings, arzobispo de Colonia, había invitado a las diócesis a elegir una zona de misión a la que prestar ayuda, sin excluir el envío de sacerdotes.  En España los metropolitanos habían creado en 1948 la Obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana, a través de la cual habían partido 500 sacerdotes en una década;  y en 1950 las diócesis vascas habían creado la Obra de las diócesis vascas.  En Bélgica el cardenal de Lovaina Van Roey había fundado el Collegium pro America Latina.  También en Italia diversos obispos habían fomentado hermanamientos con diócesis de misión.

La encíclica no hará más que profundizar y ampliar tales iniciativas. Los verdaderos destinatarios del documento son los obispos, a los que el Papa solicita su ayuda para sostener la causa de la evangelización en África.  Aunque no menciona la palabra, la colegialidad va implicada en la solicitud de las iglesias que corresponde a los obispos. Son solidariamente responsables de la misión apostólica de la Iglesia, son por excelencia los misioneros del Señor dado que han recibido la dignidad del apostolado, por lo que deben sentir, juntamente con el Papa, el imperioso deber de propagar el evangelio y de fundar  la Iglesia en todo el mundo; el Papa, para no sucumbir bajo la carga de su oficio pastoral tiene que llamarlos a participar de sus preocupaciones (n. 11).

 

d.- Los  presbíteros  y la misión universal

También los sacerdotes se venían convirtiendo en protagonistas de la acción misionera. Ellos habían sostenido el renacimiento religioso del siglo XIX que fue acompañado de un profundo fervor misionero. Pero progresivamente  se fue explicitando la apertura universal de su ministerio. El mismo siglo XIX fue testigo de realizaciones institucionales significativas.  En Milán se crea el Colegio para las misiones extranjeras. En su acta fundacional se expresa que es interés de toda iglesia local la dilatación de la iglesia universal, por lo que cada diócesis debe aportar un contingente de misioneros (los misioneros seguirían incardinados en sus diócesis de origen sin necesidad de hacerse religiosos).  Desde la diócesis de Verona se insistió en  el destino universal del ministerio presbiteral, dinámica de la que acabarían surgiendo los combonianos. Los Institutos de la Consolata y de los Javerianos nacen en este contexto. En 1916 el P. Manna fundaba  la Unión Misional del Clero, desde la convicción de que no había distinción entre vocación misionera y vocación sacerdotal. Su acogida fue abundante por parte de los sacerdotes, y en sus círculos se plantearon propuestas concretas de sacerdotes diocesanos dispuestos a servir como misioneros. En febrero de 1957 la revista oficial de la Unión Misional del Clero en Francia “Mission de l´Église” lanzaba una interpelación a los sacerdotes para que lograsen la autorización de sus obispos para prestar un servicio temporal.

Estas nuevas perspectivas sin embargo encontraban dificultades para su articulación canónica e institucional concreta. Costaba romper la tendencia o la costumbre de que los sujetos misioneros por antonomasia fueran los institutos de vida consagrada. De hecho algunas de las iniciativas señaladas condujeron a la transformación de los presbíteros diocesanos en sociedades de miembros con votos. En Propaganda Fide se mantenían vivos tales presupuestos. La evolución organizativa del Instituto Español de Misiones Extranjeras prueba con claridad la dificultad para conjugar la incardinación en la propia diócesis con el servicio misionero en diócesis lejanas.  Sólo el Vaticano II despejará con decisión las inercias del pasado para abrir un nuevo horizonte.

Fidei Donum, sin afrontar el fondo del problema, moviéndose en los límites de una situación de emergencia, lanza una invitación a los sacerdotes para que dejen, por períodos breves y limitados, sus puestos y partieran para las misiones, especialmente africanas. El acento se pone sin embargo en la apertura y generosidad  que deben mostrar los obispos.  En cualquier caso las diócesis y sus presbiterios son confrontados con la responsabilidad misionera, aunque sea tan sólo desde la necesidad de un “trabajo especializado” y por ello con objetivos determinados. Era un modo de avanzar hacia una lógica que buscaba irrumpir con toda su fuerza.

 

e.- Los laicos, sujetos misioneros         

La mención de los laicos como sujetos misioneros adquiere acentos particularmente intensos. Son mencionados los catequistas y colaboradores seglares entre los artífices del desarrollo cristiano en África. En la encrucijada del momento la participación de los laicos como protagonistas  se ve urgida por un doble factor y desde un doble punto de vista. Desde un doble punto de vista porque, aunque no merece un desarrollo expreso, se supone que los laicos nativos (y no sólo los venidos de fuera) deben contribuir a la consolidación de las iglesias africanas.  La encíclica, según decíamos, convoca a una tarea compartida no sólo a las iglesias de vieja cristiandad sino también a las iglesias nativas.

El doble factor procede  de la doble coordenada en la que se mueve el documento: por un lado, el agradecimiento de la fe y la experiencia eclesial exige que nadie pueda sentirse  aislado de las preocupaciones y de los proyectos de las otras iglesias; por otro lado –y es la peculiaridad de la intervención de Pío XII-  las circunstancias políticas, culturales, osciales y económicas reclaman un esfuerzo suplementario. Este es el aspecto que interesa destacar.

  Hace falta formar a los cristianos para que afronten con madurez los desafíos del presente.  Hay que mantener el ritmo de progreso y desarrollo que procede de Europa, sin rechazos unilaterales que puedan aumentar el caos y la pobreza.  La Iglesia apoya un justo desarrollo que garantice el progreso de todos. Ahora bien, éste debe realizarse de un modo ordenado, evitando las tentaciones que provienen de un materialismo ateo o de la seducción de la técnica. Los ámbitos de la enseñanza, de la prensa, de la acción social, de la cultura… requieren personas que se dediquen a ello (n. 8).

Los pastores necesitan por  tanto  colaboradores preparados para estas tareas más especializadas y por ello más difíciles. Por ello se requiere la cooperación eficaz que militantes seglares pueden realizar como servicio a las jóvenes iglesias. La interpelación va dirigida especialmente a laicos que actúan ordinariamente dentro de los cuadros de los movimientos católicos nacionales o internacionales (con mención directa a la Acción Católica). De este modo pueden contribuir a que las mismas organizaciones locales pueden insertarse en la red de las instituciones católicas internacionales (n. 18).

 

4.- Sugerencias concretas

La lectura de la realidad  a la luz de los criterios teológicos  se traduce  en propuestas precisas, algunas novedosas y otras  que continúan iniciativas más tradicionales.  Señalaremos cuatro de las primeras y cuatro de las segundas.

Comenzamos enumerando aquellas que, a nuestro juicio, significan pasos en dirección a un  escenario nuevo, que se irá levantando con elementos variados que confluirán en el Vaticano II.

a.- Solicita una responsabilidad por parte de los poderes políticos europeos para que no se desentiendan del destino de los países africanos; la cooperación a nivel internacional y económico no es, por tanto, algo indiferente o extrínseco respecto a la misión de la Iglesia.

b.- Cuidar la atención a estudiantes africanos y asiáticos que estudian en países occidentales. Constituyen  un potencial de gran transcendencia para el futuro de los nuevos países independientes. Por ello  adquiere una gran importancia no sólo la atención pastoral de los ya presentes en universidades europeas sino la creación de becas o bolsas de estudio orientadas al bien futuro de sus países de origen.

c.- La especialización forma parte de la preparación de la misión. Ello vale de modo especial para los laicos, pero la misma lógica se puede aplicar también a la tarea de los misioneros presbíteros. Ello implica no sólo una ampliación de la concepción del quehacer misionero sino también una mayor atención a los métodos y las estrategias que requiere la evangelización.

d.- Para los presbíteros se abren modalidades de acción misionera aún no suficientemente exploradas: su ámbito de acción no queda limitada por la zona geográfica en que tuvo lugar su ordenación; se  les reconoce la posibilidad de un servicio misionero ad tempus, lo cual significa que no se puede absolutizar de modo unilateral el compromiso ad vitam; las circunstancias y la especialización deben ser tenidas en cuenta a la hora de elaborar principios teológicos directamente traducibles en normativas canónicas (por eso pasó al lenguaje usual la expresión “sacerdotes Fidei Donum” como una peculiaridad o novedad en la experiencia eclesial).

Otras cuatro propuestas recogen iniciativas ya tradicionales, que adquieren todo su valor y potencialidad ante las nuevas situaciones:

a.- La oración debe acompañar la actividad misionera de la Iglesia; todos los cristianos deben apoyar y acompañar con su oración la acción directa de los misioneros. Esta oración debe ser cultivada y profundizada especialmente desde un doble perspectiva: la inserción en el año litúrgico,  sobre todo desde las celebraciones más significativas como Epifanía y Pentecostés; la eucaristía es la ocasión para que las peticiones particulares queden engarzadas en la oración que el Sumo Sacerdote dirige al Padre en cuanto Cabeza del Cuerpo Místico y que tiene siempre como objetivo la salvación del mundo entero.

b.- La cooperación económica es la expresión visible de la sintonía interior con la actividad misionera. Aún reconociendo las dificultades que atraviesan también las sociedades europeas, cada cristiano debe interrogarse sobre su propia contribución al desarrollo misionero, pues éste depende en numerosas ocasiones de las aportaciones de los fieles de todo el mundo.

c.- Las vocaciones misioneras son la respuesta imprescindible a las necesidades descubiertas en África. La   entrega de personas al trabajo misionero es el signo más patente de la vitalidad de las comunidades eclesiales. Ello resulta más urgente en el caso de diócesis  abundantes en vocaciones, pero es aún mas de valorar la generosidad de quienes ponen a disposición  personas aunque se encuentren en situación de necesidad.

d.- Las Obras Misionales Pontificias deben ser reconocidas como los canales privilegiados para que el pueblo cristiano realice su aportación. De modo especial menciona la Obra de san Pedro Apóstol, que necesita recursos económicos para hacer viables las vocaciones nativas. Igualmente es mencionada la Unión Misional del Clero, recientemente elevada a Obra Pontificia, y que ha de servir para que los sacerdotes dinamicen misioneramente su ministerio pastoral.

 

5.-Valoración desde la perspectiva post-conciliar

Contemplada a los cincuenta años de su publicación, a la luz del Vaticano II, la Fidei Donum deja ver el “instinto profético” que reconoció Juan Pablo II. Se debe constatar ante todo el eco y el éxito de la iniciativa papal en los distintos puntos tratados por Pío XII:  en diversas diócesis  surgieron proyectos de sacerdotes y de laicos que respondieron al llamamiento del Papa, se siguió erigiendo la jerarquía en los diversos países africanos y fueron más abundantes los obispos nativos, aumentó el número de representaciones pontificias, apoyó la celebración  de congresos a nivel nacional e internacional en suelo africano, comenzaron a estar más presentes los laicos africanos en acontecimiento universales (como en el Congreso de Apostolado Seglar de 1957), facilitó una presencia eclesial que fue valorada positivamente por representantes políticos del continente…

No se pueden negar algunas limitaciones que proceden del horizonte teológico de la época: se refleja una visión negativa de los africanos desde el punto de vista religioso y cultural; domina una visión más bien institucional de la Iglesia; no se refleja todavía la igual dignidad de todas las iglesias;  no se percibe de modo suficiente el reconocimiento de la acción del Espíritu en el corazón de todos los hombres; una visión eclesiocéntrica no deja ver con claridad la instancia del Reino de Dios que atraviesa la actividad de Jesús y el aliento de justicia que recorre toda la revelación bíblica; la solicitud de todas las iglesias es más bien ayuda al Papa que ejercicio efectivo de colegialidad…

No se puede negar que el Vaticano II despliega un horizonte más amplio: la perspectiva histórico-salvífica; la amplitud de la acción del Dios trinitario; la valoración teológica de las realidades temporales y mundanas; la colegialidad episcopal y la comunión intereclesial; la común dignidad de todos los bautizados; la dimensión universal de la vocación presbiteral y el reconocimiento de los laicos como misioneros en sentido pleno…

Considerado en su conjunto el proceso, y teniendo en cuenta el necesario diálogo entre la vida y la teología, no se puede dejar de reconocer que la Fidei Donum se situó en el camino que conduce hacia el Vaticano II. Baste recordar los aspectos más novedosos y originales que hemos puesto de relieve: la implicación de los presbíteros diocesanos en la misión universal; la importancia del campo social y económico; la responsabilidad de los obispos que no deben centrarse de modo unilateral en sus propias diócesis; la consolidación de las iglesias locales en el contexto real en que se encuentran.

 

60ª Semana de Misionología, Burgos, julio 2007