África entre dos sínodos: apertura a la misión


Roberto Calvo
Facultad de Teología de Burgos

 

 

Durante el primer Sínodo africano de 1994 el cardenal Arinze proclamó: “ha llegado la hora”. De manera especial, expresaba “el momento oportuno” en el que Jesucristo llamaba a África a ser “una provocación para el mundo y para la Iglesia”. Se mostraba la hora para escuchar la llamada del Señor y “lo que el Espíritu dice a las iglesias” (Ap 2). Con estas palabras, el cardenal quería dar mayor fuerza al Sínodo de los Obispos de África.

         Etiopía, Eritrea, Sudán, las regiones de los Grandes Lagos, Burundi, Ruanda, Togo, Guinea Bissau, Costa de Marfil, Camerún, Sierra Leona, Zimbabwe, Congo... silenciados casi sistemáticamente por los medios de comunicación social occidentales, se han convertido casi en sinónimos de violencia, pobreza, enfermedad, odio, conflicto, exclusión radical y, hasta, genocidio. El odio explotado entre hutus y tutsis en Ruanda y Burundi fue tan dramático y crudo que la radio no decía cómo había que defenderse, sino cómo asesinar a los de la etnia opuesta[1].

El grito de una niña tutsi –Josefine Uwamohoro– salvada del genocidio la noche del 6 de abril de 1994 revela el abismo en el que se había precipitado el país. Un grito angelical que nos hace (debería hacer) comprender los infiernos de nuestro mundo actual. Tras haberse salvado de la muerte, fue atendida durante un mes por personas que la habían recogido y, pasando delante de un templo parroquial, sollozó: “no regresaré nunca más a esta iglesia. Es un cementerio. Los ángeles nos han abandonado”.

¿Cómo cantar un cántico de resurrección, de vida y de esperanza ante unas situaciones infernales? ¿Dónde está Dios? Quizá lo más humano fuera guardar silencio. Un silencio lo más compasible humana y cristianamente posible. Pero tal vez fuera un silencio cómplice por nuestra parte, como miembros responsables de la historia de la humanidad y en cuanto templos del Espíritu llamados a reconciliar todo y a todos con Dios.

El Espíritu está gritando en y desde las iglesias en África para mostrar ante el mundo y en la catolicidad de la Iglesia un fuerte profetismo acrisolado con la sangre del propio martirio. Ya Ecclesia in Africa dedicó todo un capítulo a la misión en cuanto edificación del Reino. Pero los problemas sociales, económicos y culturales de sus gentes no han mejorado posteriormente. Las propias iglesias tampoco parece que hayan asumido con valentía esta opción misionera. Por ello, África se sitúa entre dos sínodos para profundizar y explicitar una misión de reconciliación, de justicia y de paz.

Esto es lo que nos proponemos explicitar, realizándolo en dos grandes apartados: en el primero se presenta a la Iglesia-familia de Dios en África, entre los dos sínodos (el celebrado en 1994 y el que se está preparando). En el segundo, se aborda el contenido nuclear de los Lineamenta elaborados como continuación del mencionado capítulo de la primera exhortación potsinodal para el próximo Sínodo. Esperamos aportar algunas de las claves misioneras que este continente está realizando, para bien de la misión allá y en su apertura hasta los confines de la tierra.

i. La Iglesia-familia de Dios en África, entre dos sínodos 

         En esta primera parte queremos destacar algunos núcleos que nos ayuden a recordar las ideas claves del primer proceso sinodal de las Iglesia-familia de Dios en África. Pero leído desde la distancia y desde el desarrollo posterior a la luz de los Lineamenta publicados para el segundo Sínodo.

 

1. El primer sínodo episcopal para África

         El primer Sínodo episcopal para África se ha convertido, al menos teóricamente, en un ideario lleno de posibilidades para llevar adelante el quehacer misionero de estas iglesias. Por ello, es preciso hacer memoria de los datos más sobresalientes de sus antecedentes, de la propia celebración y del documento emanado de la misma.

1.1. Antecedentes inmediatos

         La búsqueda de un foro para poner en común los problemas, las inquietudes y las esperanzas de África comenzó allá por los años ‘60 del siglo pasado. Estaba germinando un contexto de independencia sociopolítica donde los africanos asumían una toma de conciencia. Podemos recordar un doble dato eclesial donde se asume, a nivel diverso, ese protagonismo. Por un lado, la publicación de la encíclica de Pío XII, Fidei donum; y, por otro, el libro colectivo Los sacerdotes negros se interrogan[2], cuyo objetivo era revisar y plantear una línea de reflexión y de acción basada en la realidad de los africanos mismos. Esta última obra tuvo una gran repercusión en lo que se llamaba «la africanización del cristianismo» o «la cristianización de África».

Ya en el concilio Vaticano II, los obispos de África y de Madagascar presentes en el Concilio decidieron crear un Secretariado General propio para coordinar sus intervenciones, de modo que se ofreciera en el aula, en cuanto fuera posible, un punto de vista común. “Esta cooperación inicial entre los Obispos de África se institucionalizó después con la creación en Kampala del Simposio de las Conferencias Episcopales de África y Madagascar (SCEAM). Esto sucedió con ocasión de la visita del Papa Pablo VI a Uganda en julio y agosto de 1969, primera visita a África de un Pontífice de los tiempos modernos” (EA 3). A juicio de muchos autores, existe una relación profunda del Sínodo africano con el Vaticano II[3], como su origen e intento de recepción.

         Durante el séptimo congreso de los estudiantes católicos en Friburgo, del 13 al 17 de abril de 1962, se presentó la moción de una Asamblea de obispos africanos. La idea de un concilio africano surge con el senegalés Alioune Diop quien, en 1972, como secretario General de la Sociedad Africana de la Cultura (SAC), presentó la idea de un concilio para los obispos de la Conferencia Episcopal Regional del áfrica Occidental de lengua francófona (CERAO), para unir las fuerzas espirituales de la Iglesia hacia el desarrollo integral del pueblo negro-africano.

         El año 1980, la Asociación Ecuménica de los teólogos negro-africanos incluye el concilio africano en su proyecto de estudio. Esta idea fue asumida por el episcopado zaireño en el mismo año e invitan a numerosos teólogos nativos a divulgarla por África y por Europa, apoyados expresamente por los cardenales P. Zoungrana Ma y J. Malula. Durante la VIª asamblea del Sínodo (1983)[4] muchos obispos africanos expresaron su deseo de celebrar un concilio deliberativo para tratar los problemas locales en vistas a una Iglesia plenamente africana. Idea que el Papa acoge y alienta “a fin de examinar los problemas religiosos que se presentan al conjunto del continente”[5].

         En 1985 la Curia vaticana, desde la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, realizó un sondeo confidencial entre los obispos africanos sobre el proyecto. Sin embargo, surgieron las dificultades y el miedo a que se produjeran movimientos centrífugos. Algunos teólogos africanos, promotores de la «teología de la liberación» local, insistieron sobre el particular, provocando reservas en Roma. La sorpresa fue grande cuando, desde 1985, los organismos del Vaticano empezaron a hablar de un «Sínodo africano».

 

1.2. La celebración del Sínodo de Obispos sobre África

         Dados estos antecedentes, el Papa Juan Pablo II, el 6 de enero de 1989 –en el contexto de la solemnidad de la Epifanía–, anunció la celebración de la Asamblea sinodal especial, cuyo título era: “La Iglesia en África y su misión evangelizadora, rumbo hacia el año 2000. «Seréis mis testigos” (Hch 1,8)» [6].

         Desde aquí se fue desarrollando todo el proceso. Cabe destacar cómo se crearon cinco subcomisiones en 1989 que serán las que marcarán los derroteros: evangelización, inculturación, dialogo, justicia y paz, y comunicaciones sociales. Éstas se elaboraran los Lineamenta, a los que aportaron sus respuestas 32 conferencias episcopales (el 94% de las 34 posibles). En marzo de 1992, durante la visita papal a Angola, el Consejo del sínodo celebró su quinta reunión, donde se pidió la redacción del Instrumento de trabajo. El 10 de febrero de 1993, durante la visita de Juan Pablo II a Benin, Uganda y Sudán –la décima a África– el Consejo celebró su séptima reunión, antes de publicarse oficialmente el Instrumento de trabajo, en la catedral de Kampala.

         Pocos días más tarde, ya en Roma, Juan Pablo II celebró una reunión especial con todos los cardenales africanos, comunicando al mundo que la Asamblea especial para África tendría su celebración en la misma Roma. Las razones aducidas fueron varias: la situación política difícil de varios países, las dificultades de alojamiento, y que los sinodales “podrían gozar de la presencia y de la competencia de los cardenales de la curia”. Esto último no gustó demasiado a quienes temían la fiscalización curial. El 10 de abril de 1994 se inaugura este acontecimiento tan importante para las iglesias en África y para toda la Iglesia universal. Durará hasta el 8 de junio de 1994. Ya en la homilía de apertura, el Papa pedía que éste fuera “un sínodo plenamente africano, que vaya a vuestras propias raíces, que haga que la Iglesia en África sea simultáneamente africana y universal”[7].

Tras los diversos trabajos sinodales, el mensaje de los obispos, elaborado por una comisión, fue presentado en el aula por P. Verdzekok el viernes 6 de mayo, aprobándose y haciéndose público de inmediato. Se trata de un documento, aunque excesivamente largo para su género, interesante y con un estilo optimista y juvenil. Al final quedarán 64 proposiciones[8] que se presentan a Juan Pablo II, quien manifiesta que “el voto de los obispos en el Sínodo, al ser moralmente unánime, tiene un peso eclesial cualitativo que sobrepasa el aspecto meramente formal del voto consultivo”[9].

 

1.3. La Exhortación potsinodal Ecclesia in Africa

         Durante su undécimo viaje a la tierra africana –del 14 al 20 de septiembre de 1995–, el Papa Juan Pablo II presentó en tres países diferentes (Camerún, Kenia y África del Sur) la exhortación postsinodal Ecclesia in África, como fruto de todo el proceso sinodal culminado por los Padres sinodales en Roma[10].

         En este amplio documento, también de estilo vibrante, el Papa recoge explícitamente casi todas las proposiciones que le habían sido presentadas por la Asamblea. Añade su formulación personal en una línea optimista. Ya desde el principio Juan Pablo II había insistido en convocar una Asamblea sinodal para la promoción de “una solidaridad pastoral orgánica en todo el territorio africano y en las islas adyacentes”. Con esta expresión se pretendía englobar los fines y objetivos principales hacia los que debería orientarse la Asamblea especial. Aunque, desde ahí, se vio oportuno reflexionar sobre todos los aspectos importantes de la vida de la Iglesia en África y, en particular, incluir la evangelización, la inculturación, el diálogo, la solicitud pastoral en lo social y los medios de comunicación social (cf. EA 16).

         Organizada en torno a siete capítulos desde 144 números, su pretensión es, como ella misma dice:

“Esta Exhortación (...) arrancará del momento histórico, verdadero kairós, en que se celebró el Sínodo, examinando sus objetivos, preparación y desarrollo. Se detendrá sobre la situación actual de la Iglesia en África, recordando las distintas fases del compromiso misionero. Además, afrontará los diferentes aspectos de la misión evangelizadora con los que la Iglesia debe contar en el momento presente: la evangelización, la inculturación, el diálogo, la justicia y la paz, los medios de comunicación social. La alusión a las urgencias y los desafíos que interpelan a la Iglesia en África a las puertas del año 2000, permitirá delinear las tareas del testigo de Cristo en África, de cara a una aportación más eficaz para la edificación del Reino de Dios. Así será posible individuar, al final, los compromisos de la Iglesia en África como Iglesia misionera: una Iglesia de misión que llega a ser ella misma misionera: «Seréis mis testigos... hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8)” (EA 8).

         De hecho, la celebración sinodal es considerada como un “acontecimiento histórico de gracia”, “un signo de los tiempos”, “un momento propicio”, “un día de salvación”, “una hora favorable” para África (EA 6). Se trata de “un acontecimiento eclesial de suma importancia (...), un kairós, un momento de gracia, en el que Dios manifiesta su salvación”, que ha querido redundar “en beneficio de las Iglesias locales que peregrinan en África, cuya fe y testimonio se refuerzan, haciéndolas cada vez más maduras” (EA 9).

 

2. En camino hacia el segundo sínodo de los obispos desde África

         El Secretariado general del Sínodo de los obispos publicó el 27 de junio de 2007 el documento Lineamenta para la preparación de la segunda Asamblea especial para África[11]. Está previsto que esta fase preparatoria concluya en octubre de 2008, cuando las respuestas a las preguntas y las diferentes opiniones hayan llegado al Secretariado. Entonces, el Documento de trabajo (Instrumentum laboris) será redactado para la Asamblea que se llevará a cabo en Roma en una fecha aún no fijada. El tema es «La Iglesia en África al servicio de la reconciliación, de la justicia y de la paz». Veamos los motivos que justifican la convocatoria de este segundo sínodo africano y presentemos brevemente los Lineamenta[12].

 

2.1. El iter y los motivos para celebrar un segundo sínodo africano

         A los diez años después de haberse celebrado la Iª Asamblea especial para África, el Papa Juan Pablo II, al recibir el 15 de junio de 2004 a los miembros del Consejo Especial para África de la Secretaría General, se pregunta públicamente sobre la oportunidad de una nueva asamblea sinodal para las Iglesias en este continente:

“¿No habría llegado tal vez el momento, tal y como solicitan numerosos pastores de África, de ahondar en esa experiencia sinodal africana? El excepcional desarrollo de la Iglesia en África, el rápido cambio de sus pastores, los nuevos retos que el continente ha de afrontar, exigen respuestas que sólo la continuación del esfuerzo requerido por la puesta en práctica de la exhortación Ecclesia in Africa podría proporcionar, devolviendo así renovado vigor y esperanza reforzada a ese continente en dificultad” (3)[13].

         En este breve texto descubrimos los principales motivos que rodean el itinerario hacia esa IIª Asamblea africana:

         1. Los nuevos retos que reclaman una actuación eclesial profética. Retos surgidos de acontecimientos dolorosos para la sociedad africana, fruto de las guerras fratricidas y del nuevo proceso globalizador desde una economía neoliberal excluyente, manifestada de modo paradigmático en este continente.

         2. El cambio de los obispos, en cuanto responsables de las iglesias locales, también reclama un ahondamiento en líneas comunes en su misión evangelizadora. Para muchos de ellos será una experiencia nueva, dado que alrededor del 70% de los obispos actuales no participaron en la Iª Asamblea especial para el Sínodo de África. Éstos han pasado, de 1994 a 2004, de 513 a 630, con un aumento del 18,57%.

         3. El crecimiento considerable de los católicos que exige una nueva reflexión. Durante el decenio que va de 1994 a 2004 la Iglesia católica creció en un 30,86%. Si entonces era un 14,6% de la población africana, en 2004 representaba casi el 17% de ésta. De acuerdo con las estadísticas de 2004, el total de fieles ahora es 148.817.000, con 630 obispos y 31.259 sacerdotes, de los que 20.358 son diocesanos y 10.901 religiosos. Además, hay 7.791 hermanos laicos, 57.475 mujeres consagradas y 379.656 catequistas. Los misioneros africanos que trabajan en los programas de pastoral de otras iglesias locales en África o en otros continentes van extraordinariamente al alza. Las actividades educacionales y de ayuda caritativa de la Iglesia han sufrido en muchos países los efectos de diferentes situaciones de emergencia[14].

         La idea de una IIª Asamblea especial para África fue calando con simpatía entre un gran número de católicos africanos, uniéndose con la intuición profética del Papa Juan Pablo II. Éste, al recibir el 13 de noviembre de 2004 –con ocasión del 1650º Aniversario del nacimiento del obispo africano san Agustín– a los participantes en el Simposio de obispos de África y Europa, anunció su intención de convocar dicha asamblea: “acogiendo los deseos del Consejo postsinodal, intérprete de los deseos de los pastores africanos, aprovecho la presente ocasión para anunciar mi intención de convocar una segunda Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos. Encomiendo este proyecto a vuestra oración, al tiempo que invito cordialmente a todos a pedirle al Señor, para la amada tierra de África, el don preciado de la comunión y de la paz”[15].

         Considerando vivo y actual este proyecto, Benedicto XVI lo ratificaba, comunicando el 22 de junio de 2005, ante el Consejo Especial para áfrica de la Secretaría General del Sínodo de los obispos, su decisión de convocar en Roma la mencionada asamblea sinodal: “deseo anunciar mi intención de convocar la IIª Asamblea especial para África del Sínodo de los obispos. Confío mucho en que dicha asamblea imprima nuevo impulso en el continente africano a la evangelización, a la consolidación y al crecimiento de la Iglesia, así como a la promoción de la reconciliación y de la paz”.

         Desde esta perspectiva conviene señalar la insistencia que Benedicto XVI ha mostrado sobre África en su reciente pontificado, denominándola en repetidas ocasiones «la gran esperanza de la Iglesia». A este respecto, resultan interesantes las intervenciones que ha tenido en las visitas ad limina de varias conferencias episcopales africanas[16]. Fruto de todo ello es la presentación de los Lineamenta que, como ya hemos indicado, se realizó el 27 de junio de 2006, donde intervinieron el cardenal Francis Arinze –prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos– y monseñor Nikola Eterovic –secretario general del Sínodo de los obispos–[17].

 

2.2. Presentación de los Lineamenta

         La próxima Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos afrontará los grandes temas de la reconciliación, la justicia y la paz en el contexto global de la misión del continente africano. Como se afirma explícitamente en ellos,

“en las circunstancias históricas, sociales, políticas, culturales y religiosas actuales de África, la Iglesia-Familia de Dios saca su energía de Cristo, la Palabra eterna de Dios, de modo que pueda vencer la fatiga y la resignación y liberarse de toda forma de opresión. Cristo la invita a llevar el yugo de su amor y en él encontrará la restauración para una nueva vida, el sabor y la luz para liberar los pueblos africanos de las numerosas tinieblas que oscurecen su marcha en la historia” (Lin 4).

         Desde aquí, y –como veremos– en continuidad y profundización con Ecclesia in Africa, éstas se orientan para el trabajo a múltiples niveles con el objetivo de elaborar sinodalmente el Instrumento de trabajo, se estructura en cinco capítulos y un cuestionario:

I. África en los albores del siglo XXI, donde se describe brevemente la situación social, económica, política, cultural y religiosa tras la promulgación de Ecclesia in Africa.

II. Cristo, Palabra y Pan de Vida, nuestro Reconciliador, nuestra Justicia y nuestra Paz: donde se presenta al Señor, además de Salvador de las personas africanas, como la fuente de la buena nueva que alumbra la compleja realidad africana y que orienta el camino de las iglesias en África.

III. La Iglesia, sacramento de reconciliación, de justicia y de paz en África. Ésta, edificada para proseguir las misiones del Hijo y del Espíritu, ha de ser signo e instrumento de reconciliación, justicia y paz. Para ello, resulta muy importante el testimonio o diaconía que realice desde los criterios y las líneas de acción que la doctrina social inspira.

IV. El testimonio de una Iglesia que refleja la Luz de Cristo sobre el mundo: el anuncio de salvación que libera a la persona en todas sus dimensiones incumbe a todos los miembros de la Iglesia-familia de Dios en África.

V. Los recursos espirituales para la promoción de la reconciliación, la justicia y la paz en África. Para poder realizar esta misión, todos los miembros de la Iglesia están llamados a ser sal y luz del mundo entregándose a esta tarea desde la vivencia de una fuerte filiación que se actualiza en la eucaristía.

El cuestionario (con 32 preguntas, divididas según los cinco capítulos) tiene la función de facilitar la reflexión y la discusión en todos los ámbitos eclesiales con vistas a disponer de informaciones actualizadas y de propuestas concretas que habrán de discutirse y profundizarse en la asamblea sinodal. Los obispos han pedido de tiempo suficiente –unos dos años– para la difusión y las aportaciones específicas a los Lineamenta.

3. La Iglesia-familia de Dios, protagonista de la misión en sinodalidad

         A lo largo de este caminar sinodal, la imagen de «Iglesia-familia de Dios» ha ido adquiriendo una gran relevancia para la misión eclesial en África. Recordemos algunas cuestiones que nos muestran su importancia y sus posibilidades como opción fundamental y, desde ahí, veamos cómo esta familia de Dios está urgida a participar de modo sinodal (corresponsable y participativamente) en la configuración y en el desarrollo de la misión[18]

3.1. La Iglesia-familia de Dios en África

         La razón por la que los obispos africanos eligieron la figura de «Iglesia-familia de Dios» aparece explicitada en el Instrumento de trabajo del primer sínodo africano: “entre las imágenes bíblicas enumeradas en la Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium, la que se puede aplicar mejor a África es la imagen de la Iglesia como Casa de Dios (1Tim 3,15), Casa en la que habita Dios por medio del Espíritu (Ef 2,19-22)” (nº 25). En la respuestas que se dieron a los Lineamenta previos esta idea aparece a menudo.

         Los Padres sinodales consideraron que esta imagen-símbolo era adecuada, sobre todo porque hay una gran convergencia entre la comprensión africana de la familia y de la Iglesia como familia de Dios[19]. Además, según los obispos, la Iglesia familia tiene unas ricas implicaciones trinitarias, cristológicas, sacramentales, eclesiológicas, pastorales y comunitarias, que son importantes para la vida y misión de las iglesias africanas en el siglo XXI[20].

         La familia es para los africanos la célula vital donde se transmite y se protege la vida; en ella sus miembros aprenden a integrar en sus vidas los valores culturales propios y a mostrar la solidaridad. Pero, dado que aparecen nuevas comprensiones limitadores de este ámbito, no es extraño que los obispos insistan en la importancia que tiene la evangelización de la familia (cf. EA 43 y 80-85). En estos valores arraiga la noción teológica de la Iglesia. Por ello, Ecclesia in Africa ha hecho suya esta opción eclesiológica que necesita ser profundizada para evitar reduccionismos y desviaciones, enriqueciéndola con otras como Cuerpo místico, Pueblo de Dios, Templo del Espíritu Santo, Rebaño y Pastor, Casa donde Dios habita con el hombre, etc.:

“El Sínodo no sólo ha hablado de la inculturación, sino que también la ha aplicado concretamente, asumiendo como idea-guía para la evangelización de África la de Iglesia como Familia de Dios. En ella los Padres sinodales han reconocido una expresión de la naturaleza de la Iglesia particularmente apropiada para África. En efecto, la imagen pone el acento en la solicitud por el otro, la solidaridad, el calor de las relaciones, la acogida, el diálogo y la confianza. La nueva evangelización tenderá pues a edificar la Iglesia como Familia, excluyendo todo etnocentrismo y todo particularismo excesivo, tratando de promover por el contrario la reconciliación y la verdadera comunión entre las diversas etnias, favoreciendo la solidaridad y el compartir tanto el personal como los recursos de las Iglesias particulares, sin consideraciones indebidas de orden étnico. «Es de desear que los teólogos elaboren la teología de la Iglesia-Familia con toda la riqueza contenida en este concepto, desarrollando su complementariedad mediante otras imágenes de la Iglesia»” (EA 63).

         Los Lineamenta hacen de esta imagen el pensamiento guía del Sínodo venidero y, en lo que se refiere a la reconciliación, la justicia y la paz en la vida de la Iglesia, resulta un enfoque adecuado y profundo, como iremos comprobando más adelante.

3.2. Una misión ejercida en y desde la sinodalidad

El hecho de orientar la realidad eclesial como familia de Dios ha de llevar a vivir la misión en África como realidad compartida y asumida por todos. Esto es, ha de ser una misión ejercida en y desde la sinodalidad. Ahora sólo nos interesa destacar que este criterio ha de asumirse en el desarrollo de los sínodos de los obispos, dejando aparte otros aspectos importantes del mismo[21].

Este organismo ha contribuido eficazmente a que el concilio haya ido calando en la Iglesia, convirtiéndose en un medio fundamental de recepción creativa y fiel del Vaticano II. Su base teológica es la comunión de los cristianos en cada iglesia local, la comunión de las iglesias entre sí y la comunión jerárquica, en concreto, la colegialidad episcopal. Todas estas realidades, que forman parte de la misma imagen de Iglesia, fueron recuperadas por el concilio y deben ser puestas en acción de cara a la misión. Éstos se convierten en una verdadera oportunidad para recibir una doble sensibilidad que ha de estar presente en toda reflexión: las praxis eclesiales concretas y la recepción magisterial de las mismas desde la sinodalidad / conciliaridad de la Iglesia. Ahora bien, este organismo, aun siendo de índole propiamente episcopal, conlleva y exige un dinamismo sinodal[22].

         Este organismo debe dar pasos en orden a que las iglesias se vean realmente representadas en los obispos que se reúnen en Roma en torno al Papa. Para ello las reflexiones y los documentes están llamados a recoger las voces y los acentos de las diversas iglesias. Un momento privilegiado debe ser el paso que va de los Liniamenta al Instrumentum laboris. Los Liniamenta recogen un texto base preparado por técnicos y que debe servir como punto de partida para los debates posteriores; ese texto base es ofrecido al estudio de las distintas Conferencias episcopales con el fin de que lo enriquezcan y complementen. Con tales aportaciones se redacta el Instrumento de trabajo que utilizarán los obispos en sínodo.

Dicha dinámica abre posibilidades para que las iglesias concretas se hagan presentes y se sientan protagonistas; tendencia que no es ajena a la identidad del sínodo de los obispos, sino que la exige. El cardenal J. Schotte lo indicaba con claridad desde su puesto de secretario general al presentar los Liniamenta (1998) para el Sínodo segundo de Europa: “es de desear que las diócesis y comunidades promuevan iniciativas particulares para difundir ampliamente los Liniamenta para meditarlos y discutirlos a fin de elaborar una respuesta comunitaria completa. Ello podrá lograrse con mayor facilidad si las estructuras de diálogo previstas por el concilio Vaticano II en las iglesias particulares son implicadas. Será el primer paso del camino sinodal”[23].

          La conciencia y la necesidad de desarrollar el método sinodal en y desde la misión aparece recogida en gran parte de las exhortaciones postsinodales[24]. Las iglesias en África insisten en este aspecto de forma reiterada: así, el desarrollo del sínodo aparece como “un instrumento muy propicio para favorecer la comunión” (EA 15), y su razón de ser se sitúa en el fortalecimiento de la misma comunión (EA 17). Aflora una nítida conciencia de que los Padres sinodales han sido asistidos por cualificados representantes de todo el pueblo de Dios (cf. EA 1), participando todo él en la preparación (EA 23), y sus conclusiones son presentadas como un nuevo compromiso y una renovada toma de conciencia de los cristianos africanos, gracias a que todos los bautizados “han participado de manera ejemplar en el itinerario sinodal, «caminando juntos», poniendo cada uno los propios talentos al servicio de la Iglesia y orando juntos con fervor por el éxito del sínodo” (EA 26).

          Los Lineamenta del próximo sínodo africano van en la misma línea. El Secretario general del próximo sínodo –Nikola Eterovic– en su presentación manifestaba que “con la publicación de los mismos se elabora el tema de la asamblea sinodal con el objetivo de favorecer el debate en todos los niveles, con vistas a una preparación lo más amplia posible de tan importante acontecimiento eclesial”[25].

Dicho método permite y reclama que la vida concreta de las iglesias refluya en la asamblea del sínodo y que las orientaciones sinodales potencien la fe, el testimonio y la misión de las mismas católicas iglesias locales. De hecho, las asambleas han ejercido un influjo grande para discernir situaciones eclesiales, sociales y culturales complejas; sus orientaciones han señalado el caminar de la Iglesia a través de incertidumbres y novedades; los temas tratados reflejan la trascendencia para la vida y la misión de la Iglesia. Así pues, son un elemento primordial a tener en cuenta desde la actuación misionera que florece como desarrollo de la sinodalidad católica. Esperemos que realmente este camino sinodal sea eficaz y productivo en vistas a la misión en y desde África.

 

4. Un Único proceso en continuidad y profundización

         Los Lineamenta preparados se unen fuertemente a las dicisiones tomadas por el primer sínodo africano y, especialmente, a la exhortación de él emanada. Esta segunda Asamblea y su desarrollo se orienta a “conservar vivo” el primer sínodo y a profundizarlo.

4.1. Dos sínodos, un proceso

          Los mismos Lineamenta insisten en la continuidad que quiere darse entre ambos sínodos episcopales. Ya en el Prefacio se explicita que “el tema se sitúa en continuidad con la Primera Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos y prevé una evaluación de los logros a todos los niveles con manifiesta preferencia por aquello que ha tenido lugar dentro de la Iglesia”.

Así, aflora expresamente “una intención de continuidad. Hemos recibido Ecclesia in Africa como una herencia” (Lin 1). Por tanto, cada persona es invitada a hacer un inventario y un examen de conciencia; en otras palabras, a preguntarse estas tres cuestiones básicas: “¿Qué ha conseguido Ecclesia in Africa? ¿Qué hemos hecho con Ecclesia in Africa? ¿Qué queda por hacerse, teniendo en cuenta sus directrices, en respuesta a los nuevos contextos africanos?” (Lin 1).

Ahora bien, ante las dos primeras preguntas, la respuesta general no parece muy positiva sino que a juicio de algunos “es descorazonadora. No quiero ser pesimista, pero desde que terminó la primera Asamblea y se publicó la Exhortación apostólica, muy poco se ha hecho que tenga significado pastoral para implementarla. El Sínodo no empezó donde terminó, como se esperaba y tenía que haber sido. Espero equivocarme y, en diálogo fraterno, desearía que alguien me demostrase lo contrario”[26].

Pero, a pesar de todo o por ello mismo, “las dos asambleas están unidas por la urgencia de una evangelización continua y profunda, en este momento histórico. Y en este anuncio del Reino de Dios acontecido en Jesucristo, el compromiso por la reconciliación, la justicia y la paz aparece como el lugar de la actualización de este Reino de Amor: «el Reino de Dios es justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo» (Rom 14,17ss.)” (Lin 4). 

4.2. Un proceso para la profundización y las realizaciones

         Ahora bien, como ya hemos indicado, desde el último encuentro sinodal la situación en África ha cambiado considerablemente. Por ello, Esta nueva realidad requiere un estudio concienzudo en vistas a un esfuerzo renovado de evangelización, que llama a un análisis más profundo de importantes temas específicos para el presente y el futuro de la Iglesia católica en el gran continente africano” (Lin. Prefacio).

         La profundización desde la nueva realidad africana exige para este segundo sínodo una “una intención práctica” que corrija la escasa recepción que se ha dado en estas iglesias de las orientaciones emanadas de Ecclesia in Africa. Por ello, es necesario comenzar un nuevo proceso sinodal “que busque caminos para salir de la crisis en la que se halla África; asistir a la Iglesia en su misión evangelizadora ya que ella se enfrenta a los desafíos creados por situaciones deshumanizantes y opresivas que afligen a los pueblos africanos; y provocar un interés renovado en los objetivos que la Exhortación proponía y propone a los cristianos y a todos hombres de buena voluntad” (Lin 1).

En las circunstancias históricas, sociales, políticas, culturales y religiosas actuales de África, la Iglesia-Familia de Dios asume su perspectiva misionera y para llevarla adelante en continuidad y profundidad “saca su energía de Cristo, la Palabra eterna de Dios, de modo que pueda vencer la fatiga y la resignación y liberarse de toda forma de opresión. Cristo la invita a llevar el yugo de su amor y en él encontrará la restauración para una nueva vida, el sabor y la luz para liberar los pueblos africanos de las numerosas tinieblas que oscurecen su marcha en la historia” (Lin 4). 

ii. Una misión al servicio de la reconciliación, la justicia y la paz

         Durante la preparación del primer sínodo de África el tema de «justicia y paz» fue una opción misionera que, aunque había sido expresada el en Documento de trabajo preparatorio al sínodo, fue adquiriendo fuerza y consistencia, hasta tal punto que adquirió carta de ciudadanía, al ser la cuestión más mencionada, con cuarenta intervenciones en el aula sinodal. A juicio de algunos, fue el tema que consiguió más “conversiones” entre los obispos[27]. Ecclesia in África dedicó todo el capítulo sexto a esta cuestión de Edificar el Reino de Dios. Pero ahora, de cara al Segundo Sínodo, los Lineamenta se centran exclusivamente en el tema de la reconciliación, la justicia y la paz. Acerquémonos a su profundización desde la continuidad. 

5. El servicio al Reino, dimensión integrante de la misión

         Históricamente, el compromiso de diaconía o servicio integral al mundo y a las personas como edificación del Reino apenas si se ha asumido como una dimensión integrante de la acción misionera. Poco a poco el desarrollo misionológico lo ha situado en su justo lugar. Ahora, este tema aparece explícito para la misión en y desde África. 

5.1. Del déficit arrastrado hacia una nueva comprensión

Una mirada a la historia permite mantener a nivel de principio general que en el ámbito católico no se daban relieve suficiente a las dimensiones mundanas de la salvación. Ello no quiere decir que la praxis misionera no tuviera en cuenta las necesidades materiales de los destinatarios no cristianos. Escuelas, hospitales, orfanatos, ayudas al desarrollo... son prueba clara de ello. Pero estas iniciativas no pasaban de ser expresión de un paternalismo comprensivo o, en el mejor de los casos, signos eficaces de la caridad. La visión ingenua de la realidad impedía a los misioneros llegar a pensar en las causas estructurales de la situación o en que tal vez ellos fueran colaboradores inconscientes de un sistema injusto. En general, estas actividades no pasaban a formar parte del contenido de la salvación que anunciaban o comunicaban.

         Las encíclicas misioneras del siglo XX previas al concilio viven todavía de esa mentalidad[28]. Dada la gran extensión dedicada a estos temas por el concilio en Gaudium et spes, no se puede esperar un tratamiento detenido por parte de Ad gentes[29]. Desde la línea de la constitución, es bastante tímido y prudente; desbroza el camino que será recorrido en etapas posteriores. Significa un paso adelante respecto al tema de Los preámbulos de la evangelización; ahora bien, este avance es relativo, pues la complejidad de la evangelización no es percibida aún en su globalidad y en la plenitud de la relación recíproca entre todas sus dimensiones. Se mueve aún en una concepción testimonial simplemente de índole moral y caritativa y, por ello, será preciso que Ad gentes respecto a esta cuestión sea releída desde Gaudium et spes, desde los nuevos desarrollos teológicos y desde las urgencias y preguntas de la praxis misionera.

         Un intento paradigmático en esta dirección fue la Asamblea del CELAM celebrada en Medellín el año 1968, pues introdujo el desarrollo, la paz, la liberación, la justicia... en el seno de la misión de la Iglesia a la luz de lo expuesto por Pablo VI en Populorum progressio, vinculando teológicamente la liberación de los pobres y la salvación de Dios en Jesucristo. Por otro lado, la Segunda Asamblea General del Sínodo de los Obispos –1971– dedicó gran parte de sus trabajos a la justicia en el mundo. La elección del tema refleja la sensibilidad del momento y la evolución teológica. Baste recordar una de sus conclusiones: “la acción en favor de la justicia y la participación en la transformación del mundo se nos presenta claramente como una dimensión constitutiva [“tamquam ratio constitutiva”] de la predicación del evangelio, es decir, como la misión de la Iglesia para la redención del género humano y la liberación de toda situación opresiva” (Introducción)[30].

Durante este periodo cada vez adquieren mayor fuerza las denominadas teologías de la liberación como caminos de respuesta a una sensibilidad socio-eclesial ante el drama de la pobreza y la injusticia en el mundo[31]. Por otro lado, el amplio magisterio social desarrollado por Juan Pablo II ha abierto nuevas perspectivas en este tema; particular relieve, puesto que lanzan una mirada a la situación de la pobreza mundial, adquieren Sollicitudo rei socialis (987) y Centesimus annus (1991). Por todo ello, no es extraño que Redemptoris missio amplíe la perspectiva en esta línea y dedique todo su capítulo IIº al Reino de Dios, concluyendo que “la Iglesia está efectiva y concretamente al servicio del Reino” (RMi 20) y que diga el testimonio sea “la primera forma de evangelización”; un testimonio personal y comunitario que atiende a los pobres y pequeños, a todos los que sufren; que lleva a trabajar por la paz, la justicia, los derechos humanos, asumiendo posiciones valientes y proféticas ante la corrupción del poder político o económico (RMi 42s.). Últimamente, Benedicto XVI ha mostrado la relación que debe darse entre caridad y justicia (Deus caritas est 26-29). 

5.2. La unidad restablecida por la Iglesia en África

         Aunque sea verdad que la evangelización en África ha tenido presentes algunos aspectos es esta línea, sin embargo, en muchas regiones del continente ha tenido un énfasis secundario, cuando no se ha olvidado o se ha visto bajo sospecha. Los Lineamenta para el segundo sínodo africano “restablecen la unidad entre evangelización y los requisitos de la justicia y la paz como nunca se dieron oficialmente en la Iglesia africana. El documento (...) articula de manera clara y comprensible para el continente africano la doctrina del Vaticano II en esta materia”[32].

         El documento expresa con valentía en diversos lugares esta opción misionera por la extensión del Reino. “La Segunda Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos será, esperémoslo, una ocasión providencial para presentar un cuadro general de la situación africana, de las estrategias y de los objetivos que se adopten para que la Iglesia en el continente para continuar promoviendo con eficacia el Reino de Dios, que es reconciliación, justicia, paz y amor” (Lin 29).

El Reino está presente y se debe ver y experimentar ahora. “Por esta razón la Exhortación Apostólica claramente proclama alto y fuerte que «es imposible aceptar que la evangelización puede y debería ignorar los problemas extremadamente graves, tan agitados hoy día, que conciernen a la justicia, a la liberación y al desarrollo y a la paz en la mundo» (EA 68). ¿Cómo, entonces, vamos a entender la llegada del Reino como reconciliación, justicia y paz?” (Lin 52).

Por ello, “La realización de su misión de dar forma concreta al Reino de Dios en la historia exige de la Iglesia esta solidaridad con toda la creación” (Lin 48). Y dado, que “el testimonio cristiano es no sólo coherencia, sino también anticipación y realización, en el tiempo y en el espacio, del don de Dios, transformando el mundo”, “la diaconía que la Iglesia debe ejercer en el mundo es lo primero de todo un servicio de acogida y de escucha a las necesidades de todos, particularmente de aquellos que no tienen voz para hacerse oír o ni importancia política para afirmarse a sí mismos” (Lin 85). Así pues, la misión de la Iglesia en África debe incluir la opción preferencial por los pobres, los excluidos, los abandonados y los oprimidos (cf. Lin 32 y 44); necesita atender las luchas por la liberación del continente en todos sus aspectos. 

6. Una misión africana contextuada e inculturada: quo vadis, africa?

         El análisis o, mejor, el discernimiento del kairós africano, que presentan los Lineamenta se esfuerza por esclarecer su situación en los albores del siglo XXI (Lin 6-23). El documento bosqueja las luces y las sombras que aparecen en la realidad del continente. A continuación, presenta algunas prioridades que se relacionan con el contexto, deseando “formular preguntas e incitar a una búsqueda comunitaria” (Lin 29). Desde aquí, subrayemos algunos aspectos que nos parecen importantes.

6.1. Una situación deshumanizante y opresiva que persiste en África

         Ya Ecclesia in Africa había presagiado un futuro incierto para los pueblos africanos[33]. Sin embargo, se constata que los últimos años lo han empeorado.

¿Cómo no condenar severamente las terribles matanzas que han ocurrido en algunos lugares de África? Ello es indicador y sus cifras nos interpelan constantemente, por ejemplo: el índice de mortalidad infantil sigue creciendo. Después de más de diez años, el deterioro constante de réditos persiste en alguno de los países más pobres de África. El acceso al agua potable es todavía muy difícil para muchos. Hablando en general, la gran mayoría de los pueblos africanos vive en una situación de necesidad de bienes y servicios básicos. La situación de hoy día en África no puede dejar de interpelar las conciencias. En estos tiempos, África más que nunca es dependiente de los países ricos, y es más vulnerable que cualquier otro continente a las maniobras de esos países que procuran dar con una mano y tomar doble con la otra, y que tienden a condicionar fuertemente el desarrollo de la vida política, económica, social e incluso cultural en los países africanos. En la construcción del mundo, África es deliberadamente excluida. Solo es recordada cuando sus miserias necesitan ser mostradas o explotadas. Por tanto, ¿Qué es lo que se debe hacer para abrir una brecha de esperanza en esta especie de muro que amenaza el horizonte socio-económico africano?” (Lin 8)

         Juan Pablo II insistía en que, para conseguir la justicia y la paz en África, era necesario gestionar los asuntos públicos desde dos áreas interrelacionadas: la política y la economía (cf. EA 110). Pero ahora se integra también la importancia de la cultura.

1. Por un lado, desde el aspecto socio-político, es necesario reconocer “el fracaso del estado post-colonial en la mayoría de los países africanos” (Lin 11). De hecho, “los estragos de la guerra constituyen un obstáculo evidente para cualquier proceso de desarrollo; entrañan el drama de los refugiados y el contexto de sufrimiento a causa de guerras y de hambre, sufrimiento de la desnudez y de la enfermedad, sufrimiento por tristeza y el miedo; destruyen la dignidad de la persona humana, creada a la imagen y semejanza de Dios”; y por ello es preciso “establecer una verdadera democracia, que garantice la seguridad de los bienes y de las personas es una condición indispensable para el desarrollo de los países africanos” (Lin 13)[34].

2. Otro aspecto a tener muy en cuenta es el socio-económico. El primer sínodo ya había denunciado a los líderes deshonestos que de gobiernos corruptos (cf. EA 113). Sin embargo, el proceso explotador no ha finalizado con la descolonización sino que “Perdura todavía hoy bajo nuevas formas, incluyendo el peso aplastante de la deuda, las injustas prácticas de comercio, el vertido de materiales tóxicos y las condiciones excesivamente severas impuestas por programas de ajuste estructural” (Lin 14). Hasta cierto punto, “África produce lo que no consume y consume lo que no produce” (Lin 15)[35]. Aspectos que inciden negativamente en la alfabetización –que continúa siendo la más baja del mundo–, los abundantes recursos naturales –que están en contrate directo a la miseria real– y el éxodo rural masivo hacia las grandes urbes, especialmente de los jóvenes. A ello hay que unir el lacerante comercio de armas, un escándalo que “siembra la semilla de la muerte” en África (EA 118) y que conduce a las divisiones y a las tensiones étnicas.

3. El aspecto socio-cultural también es generador de una situación deshumanizante y opresiva en África. Son diversos los aspectos que incluye, pero se concentran en torno a la idea de globalización[36]. Por ello, es preciso preguntarse

“en esta era de la globalización, ¿cómo se pueden salvaguardar lo mejor de las culturas africanas, integrando, al mismo tiempo, lo mejor de lo que viene de fuera del continente?[37]. Si Occidente debe interrogarse sobre sus responsabilidades, los africanos deben asumir las suyas. ¿Los africanos conocen siempre cómo elegir lo que viene de fuera, o toman indiscriminadamente todo lo que ofrecen los medios masivos de comunicación, particularmente violencia, consumismo y corrupción moral? ¿Cuáles son las tradiciones básicas de África reconciliadas con proyectos de futuro? El asunto requiere no sólo un arraigo profundo en el patrimonio cultural de África, sino también una capacidad crítica y creativa para integrar las nuevas contribuciones a la cultura, que hagan posible el desarrollo cultural (...). Esta capacidad para la integración y para la creatividad requiere un espíritu abierto y crítico. La cuestión básica, entonces, es ¿cómo conservar el enraizamiento con la comunidad, fomentando la autonomía necesaria para que una persona llegue a estar involucrada en los niveles políticos, económicos y sociales? Esta es la gran cuestión para el desarrollo de la cultura africana” (Lin 20).

Esta realidad conlleva el empobrecimiento socioeconómico excluyente. Además, en África es patente la discriminación sexual contra las mujeres[38], a las que se las priva de los derechos debidos a cada ser humano; al igual que de las personas ancianas, de los enfermos... (Lin 22). También conlleva el hecho de que mucha gente esté dejando su país de origen, dando lugar a que millones de jóvenes –principalmente– (cf. EA 115) tengan que dejarlo e incluso el mismo continente: refugiados, inmigrantes, éxodo rural...

         El discernimiento que los Lineamenta presentan es valiente. Pero quizá peca en exceso de negatividad. No porque los problemas y causas descritas no sean reales, sino porque habrá que resaltar más las potencialidades en vistas al Documento de trabajo desde una clave de liberación integral[39]. Ello no obsta para que aparezcan recogidas algunas cuestiones esperanzadoras.

 6.2. África, esperanza para el mundo y para la Iglesia

         En medio del tormento de los acontecimientos dolorosos que afligen a África, ésta, en palabras de Benedicto XVI, se presenta como “la gran esperanza de la Iglesia” y del mundo. Destaquemos algunas esperanzas.

         -Desde el punto de vista social, han de tenerse en cuenta los nuevos desarrollos acaecidos en los últimos años: la llegada de la paz en algunos países africanos; el ardiente deseo de paz por todo el continente, especialmente en la región de los Grandes Lagos; la oposición creciente a la corrupción; una profunda conciencia de la necesidad de promover a las mujeres africanas y la dignidad de cada persona humana; la participación del laicado en las “sociedades civiles” para la promoción y la defensa de los “derechos humanos”; el número siempre creciente de los políticos africanos que son conscientes y están decididos a encontrar soluciones africanas para los problemas africanos. La Iglesia anima los esfuerzos hechos en traer la unidad para la totalidad de África, desde el Norte al Sur y del Este al Oeste. Con esta mirada se espera que la Unión Africana llegue a ser más eficaz y eficiente en la solución de los conflictos entre las naciones africanas y los grupos étnicos (Lin 7).

         -A nivel eclesial, hace falta discernir los signos esperanzadores del renacimiento de un cristianismo fecundo y dinámico y el advenimiento de sociedades nuevas (Lin 6): el aumento notable en África del número de católicos, sacerdotes y personas consagradas; el número creciente de misioneros africanos y fuera del continente y la creación de una plataforma de consulta continental para ellos; la vitalidad de las liturgias africanas y de comunidades eclesiales vivas; la creación y restructuración de las diócesis y de los territorios eclesiales; el papel creciente de la Iglesia en la promoción del desarrollo del continente, especialmente en la educación, salud, la lucha por la aparición de estados constituidos legalmente en todas partes del continente africano; y, finalmente, a pesar de su debilidad, la gran credibilidad que la Iglesia continúa disfrutando entre las poblaciones africanas.

De hecho, la Iglesia aparece en muchos países de África como la única realidad que funciona bien, permitiendo a la gente vivir y esperar en un futuro mejor. No sólo proporciona la ayuda necesaria, sino que es un garante de vida en armonía y contribuye a encontrar caminos para reconstruir el Estado. Además es también el lugar privilegiado donde el tema de la reconciliación y el perdón se pueden empezar a tratar de nuevo.

         Así pues, “los nuevos acontecimientos (...) ofrecen nuevas oportunidades para la misión de la Iglesia en África. Es necesario actuar de tal manera que las grandes fuerzas espirituales del continente se puedan desarrollar en todas partes y que se creen las condiciones para el renacimiento de África a nivel religioso, social, económico y político” (Lin 7). 

6.3. El diálogo religioso al servicio de la reconciliación

         Ecclesia in África ya había tratado el tema del diálogo en su capítulo tercero (Evangelización e inculturación), asumiendo la Proposición 38 de los padres sinodales: “La actitud de diálogo es el modo de ser del cristiano tanto dentro de su comunidad, como en relación con los demás creyentes y con los hombres y mujeres de buena voluntad”. Desde aquí se plantea a nivel eclesial, ecuménico, con los musulmanes y con la religión tradicional africana (cf. EA 65-67).

         Sin embargo, ahora los Lineamenta presentan y centran esta cuestión crucial desde uno de los aspectos fundamentales del diálogo interreligioso, su servicio a la reconciliación, a la paz y a la justicia. “Al considerar estos temas, no se pueden silenciar las posibilidades y las dificultades que presenta el diálogo con algunas comunidades musulmanas y con los miembros de la religión tradicional africana abiertas a una colaboración en el trabajo de la reconciliación, la justicia y la paz. Indudablemente no puede haber paz sin colaboración entre los miembros de las diferentes religiones” (Lin 24; cf. 25-29).

         De hecho, la religión tradicional africana[40] –como manifestaba el nº 69 de los Lineamenta, del primer sínodo africano–, “constituye el contexto religioso y cultural desde el que llega la mayoría de los cristianos en África y en la que ellos continúan viviendo”. Por ello, dado que la religión abraza la totalidad de la vida, “es muchas veces la fuente de inspiración fundamental para comprender y traducir en acción lo que es la reconciliación, la paz y la justicia” (Lin 25).

         Por otro lado, aunque el Islam “es muchas veces un compañero importante y todavía difícil” (Lin 27), es preciso elaborar planes conjuntos desde una colaboración fructuosa y pacífica en todas las áreas relacionadas con la reconciliación, aunque éstos han de respetar el principio de reciprocidad desde la libertad religiosa. Se manifiesta, de pasada, a la preocupación por “la intolerancia religiosa” y a que “ciertos grupos de musulmanes son conocidos como compañeros difíciles”. Quizá para evitar conflictos políticos con algunos gobiernos no se ha querido aludir directamente al preocupante tema de la ola actual de fundamentalismos, pero será necesario abordarlo si realmente se desea conseguir la paz y la justicia en África y en el mundo[41].

         Del mismo modo habrá que incrementar el diálogo y la colaboración con los otros cristianos, para buscar juntos caminos y medios a fin de hacer el testimonio cristiano siempre más creíble. Por ello, es de desear que la Segunda Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos sea “una ocasión providencial para presentar un cuadro general de la situación africana, de las estrategias y de los objetivos que se adopten para que la Iglesia en el continente para continuar promoviendo con eficacia el Reino de Dios, que es reconciliación, justicia, paz y amor. En este contexto, el fondo cultural religioso africano puede ser un aliado para un diálogo con las otras religiones y los otros cristianos para un esfuerzo de evangelización profunda y de promoción humana” (Lin 29).

6.4. Quo vadis, Africa?

         Tomando el título de una famosa novela y de la popular película, los Lineamenta plantean una serie de interrogantes sobre la perspectiva del África actual:

“¿Quién apoyará los cambios drásticos en la conducta que debe llegar para cambiar el destino de África, de modo que esta reconciliación venga en medio de tanto odio y divisiones, para que reinen definitivamente la paz y la justicia en África? ¿Cuál es el esfuerzo de imaginación en la planificación del camino hacia el futuro? ¿Cómo se debería proclamar el Evangelio en una África marcada por el odio, las guerras y las injusticias? ¿Cómo podemos abordar los aspectos negativos de la globalización? Brevemente, ¿cómo puede la Iglesia permanecer fiel al mandamiento del Señor y contribuir a la promoción de la reconciliación, la paz y la justicia?” (Lin 30).

         No es fácil responder a estas cuestiones, pero el futuro misionero de las iglesias en África pasa por ir dando las respuestas adecuadas y encontrando entre todos –Iglesia, familia de Dios– líneas de acción desde una persona: Jesucristo. Él es quien invita de nuevo a perseverar en la esperanza, el único capaz de devolver la dignidad de África y la verdadera libertad para que los creyentes sean sal de la tierra y luz del mundo. 

7. El ser y el quehacer para una misión reconciliadora

         Ante la situación de África y ante todos sus desafíos, los Lineamenta proclaman que el Salvador es Jesucristo. A continuación sigue un desarrollo acerca de Cristo, la Iglesia, familia de Dios, y acerca de la doctrina social. El documento expone luego, largamente, el papel de la Iglesia en el mundo. Recojamos aquellos subrayados que nos parecen más sobresalientes desde la clave de la misión.

7.1. Jesucristo, nuestro reconciliador

         Desde la opción preferencial por los pobres realizada en África y para liberar a los pueblos africanos del pecado y de las “estructuras de pecado” es necesario volver los ojos hacia aquel que es Vida y Liberación, Jesucristo.

         Dado el intento inculturador, Jesucristo es presentado como “Palabra de Vida en abundancia” (Lin 33s.). La tradición africana mantiene que la palabra y la vida están estrechamente relacionadas; por ello, sobre la base de la Palabra de Dios hecha carne que nos engendra en la vida, se deben entender las tradiciones africanas, corregir y ajustar las ideas de la vida, la persona y la familia. Desde aquí, brota la importancia que ha de concederse al conocimiento existencial de la palabra de Dios, desde una lectura orante en la comunidad.

         Cristo, tras su muerte y resurrección, es confiado como la fuente y la plenitud de la vida; hizo “la paz por su sangre en cruz” (Col 1,20; cf. Col 1,18ss.), y es justificación de todos. Él nos da esta justificación y paz al partir el pan, que hace su Palabra presente en nosotros, haciéndola Carne con nuestra carne, Cuerpo con nuestro cuerpo, de manera que unidos a él, reflejemos su luz y presencia en el mundo, y demos al mundo sabor divino.

         Por ello, Él es «Pan de Vida»; pan partido que viene a nuestro encuentro y nos invita al banquete eucarístico para anticipar, de algún modo, el cielo en la tierra. Dado el contexto africano, dramático y sangriento, las guerras étnicas o regionales, las masacres y los genocidios, “si es verdad que en Jesucristo pertenecemos a una misma familia, partícipes de la misma Palabra de vida y del mismo Pan de vida, si el compartir la Sangre de Cristo nos hace partícipes en su misma vida, porque la misma Sangre de Cristo circula en nuestras venas y nos hace hijos de Dios, miembros de la Familia de Dios, entonces el odio, la injusticia y las guerras fratricidas deberían cesar” (Lin 36).

7.2. La Iglesia, sacramento de reconciliación

La Iglesia-familia de Dios en África ha de comunicar a todos que son hermanos y hermanas (cf. Mt 23,8), y que todos ellos tienen el deber de buscar en todas las cosas lo que contribuye a la construcción de la fraternidad, de la paz (cf. Rom 14,19) y de la justicia. En el misterio de la comunicación del amor de Dios a la humanidad, ésta ha de ser el signo e instrumento (cf LG 1) de la comunión de la familia humana con Dios mismo, comunión entre los hombres y comunión con toda la creación (cf. Lin 37). La Iglesia aparece como la fraternidad que va más allá de los límites de la familia, de la tribu o del grupo étnico. Desde los valores africanos, ésta debe potenciar la sacralidad de la vida, la fraternidad y el sentido de la palabra en esta perspectiva reconciliadora.

Dado que “la actividad misionera está estrechamente unida con la misma naturaleza humana y sus aspiraciones” (AG 8) y que “el Evangelio ha sido verdaderamente levadura de fraternidad, unidad y paz”(Ibid.), podemos decir, entonces, que si entramos dentro de este misterio de la Iglesia-familia de Dios, y si África está afligida por la pobreza, corrupción, injusticia y violencia, la Iglesia debe ser una comunidad que cura, reconcilia, perdona y anima. En una palabra, debe ser una Iglesia evangelizadora y preocupada en la promoción humana, como nos recuerda Benedicto XVI: “La Iglesia es la familia de Dios en el mundo. En esta familia nadie debería continuar sin las cosas necesarias de la vida”[42] (cf. Lin 40).

Por ello, la Segunda Asamblea especial deberá aumentar la conciencia de íntima conexión entre la misión de la Iglesia y la promoción humana, para traducir en lo cotidiano la doctrina social de la Iglesia, ya que “la unidad existente entre su misión evangelizadora y la promoción humana es un lazo inseparable entre su vocación y su misión, una vez que la salvación en Jesucristo que ella proclama preocupa al hombre en su totalidad” (Lin 41). Desde aquí se presentan algunos principios fundamentales de la doctrina social en vistas a la misión y las tentaciones que la propia Iglesia en África ha de superar para llevar adelante la misión de reconciliación, justicia y paz (cf. Lin 42-52).

7.3. El testimonio eclesial para ser luz del mundo

La misión de la Iglesia es anunciar la buena nueva de la salvación, una salvación que libera al hombre, a todo el hombre, en todas sus dimensiones: espiritual, moral, cultural, económica y social. Ésta es la misión que incumbe a la Iglesia-familia de Dios en África. Misión a la que la Iglesia llama a todos sus miembros, cada uno a su nivel y en su medio de vida.

A cada obispo le incumbe primariamente esta actitud: debe mostrar una gran solidaridad hacia el pueblo y una gran sensibilidad a los problemas que afectan a la vida del pueblo de Dios a él confiado. Ha de manifestar una determinación genuina en la búsqueda de soluciones a los problemas descubriendo sus verdaderas causas. Debe estar preparado siempre a adoptar una postura cuando se violan los derechos fundamentales e, inspirado por la Doctrina social de la Iglesia, exigir el respeto para los principios del buen gobierno por parte de éstos en la vida política (cf. Lin 54). Desde la colegialidad y la solidaridad con sus hermanos en el episcopado su acción será más eficaz. Esta unidad dará a la acción de la Iglesia más credibilidad y prometerá a su mensaje un futuro mejor. Esta clase de unidad no se limita a un país solo; debería también caracterizar las relaciones con las conferencias episcopales en los niveles regionales y continentales.

Las Comisiones episcopales de «Justicia y Paz» son un instrumento indispensable para la ejecución de una misión específica para la reconciliación, la justicia y la paz. “Han de ser el ojo vigilante de la iglesia local dentro de la sociedad para todas las cuestiones candentes que le afectan, particularmente aquellas relacionadas con la justicia social, la igualdad, los derechos humanos, la promoción del bien común, la coexistencia democrática, la reconciliación y el desarrollo” (Lin 57). Deben ser un órgano de estudio y de reflexión entre la pastoral de conjunto dada por la Conferencia episcopal, y estar en relación con el Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz. Como tal, éstas deberán verse como un órgano eclesial que piensa en y para la Iglesia, para la promoción de la justicia y la paz de acuerdo con el espíritu del evangelio y la enseñanza de la Iglesia en estos valores.

         Los sacerdotes, de acuerdo con su ministerio, pueden y deben procurar establecer un orden secular más justo, contribuyendo a liberar a la persona de sus egoísmos personales y sociales, y a promover las condiciones de justicia entre los hombres que son signos de la caridad de Cristo presente entre nosotros. El compromiso por la reconciliación, la justicia y la paz es intrínseco a la vocación de las personas consagradas. En realidad, deberían ser de alguna manera la memoria viva de la convicción de que cada cristiano no tiene “una ciudad estable y definitiva” en la tierra (cf. Heb 13,14); o mejor aún, que él no pertenece a ninguna tribu, raza o pueblo en la tierra y consecuentemente, que las personas consagradas son simplemente ciudadanos que buscan la definitiva realización del Reino de Dios, por el que ruegan constantemente su venida. De aquí la importancia que adquieren las instituciones eclesiales de formación, tanto para formar a todos los laicos en esta línea como para preparar a algunos a ejercer el poder político (cf. Lin 58-60).

         Desde la identidad y la misión de los laicos, el servicio que éstos realizan en el mundo no es pura y simplemente un servicio terreno: es un servicio de salvación que es al mismo tiempo un servicio eclesial. Ya que la Iglesia está en y para el mundo, el servicio terreno de los laicos es, al mismo tiempo, un servicio eclesial (cf. Lin 61-66). A través de ellos, el evangelio y la realidad salvífica del cristianismo no sólo llegan a estar presentes en el mundo sino que también los problemas del mundo se hacen presentes en la Iglesia. A través de ellos se alcanza la integración del cristianismo y de la cultura y tiene lugar la encarnación del cristianismo en el mundo de nuestro tiempo. Sobre la base de esta concepción los laicos en la Iglesia se ha de concebir la relación de la Iglesia-mundo en dos niveles: el lugar de los laicos en la Iglesia, y los laicos como mensajeros de la buena nueva en el mundo[43].

Así pues, es comprensible la importancia que adquiere su formación desde esta perspectiva. Esta clave de formación no puede olvidar algunos elementos fundamentales: el respeto y la aceptación mutuos, la necesidad de encarnar las realidades de fe en las culturas de los pueblos africanos –reconciliación y perdón, reconciliación y curación–, la conexión que existe entre la pobreza y la violencia, la necesidad de poner fin al comercio de las armas y a la salvaje explotación de los recursos de África, el reconocimiento de las minorías y las raíces subjetivas y psicológicas de las guerras (cf. Lin 67-81).

7.4. Una espiritualidad eucarística de compromiso en el mundo

         “«Vosotros sois la sal de la tierra, vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,13.14). El Señor llama a sus discípulos a ser la sal de la tierra y la luz del mundo. Él precisa la misión de sus discípulos en el mundo: son la sal de la tierra y la luz del mundo y para hacer esto se requiere la impregnación de la presencia verdadera del Dios viviente, que se da en el Cuerpo y la Sangre del único que es la Palabra de vida. Porque la Palabra de Dios es fiel y eficaz, el discípulo encuentra ahí no sólo sabor y luz, sino también una promesa de salvación” (Lin 82).

         La auténtica espiritualidad desde la misión contextuada en África está llamada a hacer que la luz de Cristo ilumine al mundo. Pero se trata de una luz acogida en el encuentro personal y comunitario con Él, particularmente en el hogar de la vida litúrgica, que se transforma en vida transformadora para compartir su alegría en la vida cotidiana. Destacamos cuatro rasgos que los Lineamenta subrayan.

         1. Un testimonio-martirio que no sólo es coherencia con lo que se cree, sino también anticipación y realización, en el tiempo y en el espacio, del don de Dios, transformando el mundo[44]. Por tanto, la diaconía que la Iglesia debe ejercer en el mundo es lo primero de todo un servicio de acogida y de escucha a las necesidades de todos, particularmente de aquellos que no tienen voz para hacerse oír o ni importancia política para afirmarse a sí mismos (Lin 38).

         2. Una espiritualidad eucarística que hace visible la verdadera presencia de la acción salvífica y liberadora de Dios en el tiempo y en el espacio[45]. Por la eucaristía, Dios se nos muestra don, vida y relación. Desde aquí, la misión ha de realizar el doble movimiento fundamental de la eucaristía: elevación de la humanidad y de su mundo a Dios, en, con y por Cristo, y el don de Dios al mundo, en, con y por Cristo:

“La Eucaristía, por un lado, da al creyente la convicción de que es sumergido como en el universo de la gratuidad: todo es gracia, porque todo es un don del Padre de todo bien; por otro lado, es consciente de que es llamado por el Padre a llevar los valores positivos contenidos en todo lo que ha recibido, para dar testimonio y hacer perceptible la bondad y la gratuidad de los dones divinos. Para poner esto en acción, un cristiano debe usar los dones que ha recibido de acuerdo con la misma lógica de la gratuidad de Dios. Un hombre que usa las cosas con una actitud de egoísmo no da gracias a Dios. La espiritualidad eucarística hace que nazca una humanidad donde todos se consideren como hermanos y hermanas” (Lin 86).

         3. Una espiritualidad desde el culto de la vida cristiana como compromiso en el mundo: hacer de la vida un servicio generoso a Dios y al prójimo que puede reclamar la ofrenda suprema de la propia vida, el martirio. Esto precisa, entre otras cosas, una espiritualidad del trabajo bien hecho como cuidado personal de la creación y un vivir la libertad cristiana con un profundo sentido comunitario (cf. Lin 89s.).

         4. Una espiritualidad de reconciliación y de perdón (cf. Lin 68-70): aceptar el seguimiento del camino de la reconciliación no significa renunciar a la honra de la memoria colectiva de las víctimas inocentes. Pero tal recuerdo no necesariamente nos obliga a remover constantemente el rencor. De hecho, esto sería un uso perjudicial de la memoria. En cambio, es necesario liberarse a sí mismo del daño y olvidar, siguiendo el ejemplo del Maestro de la vida, que libremente perdonó a sus ejecutores desde la Cruz” (Lin 69)[46].

 8. Una misión universal desde la Iglesia en África

En el discurso dirigido a la primera Asamblea del SCEAM en Kampala, el 31 de julio de 1969, el Papa Pablo VI hizo una llamada profética: “Vosotros, los africanos, sois ya los misioneros de vosotros mismos. La Iglesia de Cristo está, en verdad, plantada en esta tierra bendita”[47].

         Años más tarde, Juan Pablo II dio un paso más en la apertura a la universalidad de la misión: “la obligación que tiene la Iglesia de África de ser misionera en su propio seno y de evangelizar el continente exige la cooperación entre las Iglesias particulares en el ámbito de cada país africano, entre las diferentes naciones del continente y también de otros continentes. De este modo África se integrará plenamente en la actividad misionera”[48].

Precisamente, en función de este sentido de la catolicidad de la Iglesia, los Lineamenta de la –primera– Asamblea especial para África declaraban: “Ninguna Iglesia particular, ni siquiera la más pobre, puede ser dispensada de la obligación de compartir sus recursos espirituales, temporales y humanos con las demás Iglesias particulares y con la Iglesia universal (cf. Hch 2, 44-45)” (n. 42). Por su parte, la Asamblea especial señaló la responsabilidad de África para la misión «hasta los confines de la tierra» con los siguientes términos: “La frase profética de Pablo VI –«Africanos, estáis llamados a ser misioneros de vosotros mismos»– debe entenderse así: «sois misioneros para el mundo entero» (...). Se ha lanzado una llamada a las Iglesias particulares de África para la misión más allá de los límites de sus propias diócesis”[49].

         Y, por todo ello, la exhortación Ecclesia in Africa introduce el capítulo VIIº donde se presenta la universalidad de la misión como una valiente determinación de comprometer a las iglesias jóvenes de África en la misión «hasta los confines de la tierra» (cf. EA 127-139).

         Sin embargo, los actuales Lineamenta no explicitan esta universalidad. Es de esperar que este criterio indispensable se vaya incorporando en los trabajos próximos. Sin embargo, su planteamiento es una invitación ha hacer de la animación misionera en nuestras iglesias de vieja cristiandad un elemento primordial que sensibilice y comprometa a la misión de reconciliación, de justicia y de paz, asumiendo las responsabilidades pecaminosas que nuestras sociedades (y también las iglesias) occidentales tienen sobre la triste y desoladora realidad africana.

* Caminando hacia la resurrección y la vida...

         Mientras los Padres sinodales inauguraban en Roma el primer Sínodo de las iglesias en África, estaban teniendo lugar los dramáticos acontecimientos de odio fratricida en la región de los Grandes Lagos. Sin embargo, la liturgia de ese domingo segundo de Pascua hacia presente al Resucitado que les decía: ¡Paz a vosotros!, mientras les exhalaba el Espíritu para la tarea de reconciliación pentecostal (Jn 20).

         Los participantes hallaron el aliento y desearon superar el desánimo. Anhelaban que fuera un «Sínodo de resurrección y de esperanza»: “queremos pronunciar una palabra de esperanza y de consuelo con respecto a ti, Familia de Dios que estás en África; con respecto a ti, Familia de Dios esparcida por el mundo: ¡Cristo, nuestra esperanza, vive y nosotros también viviremos!” (EA 12).

         Los Lineamenta actuales son una provocación esperanzada:

“Vosotros sois la sal de la tierra… Vosotros sois la luz del mundo” en África y en el mundo. Las palabras del Señor son una invitación que incumbe a todos sus discípulos en la rica diversidad de sus vocaciones, a ser los artesanos de la reconciliación y la paz y promotores de justicia –desde los obispos hasta los laicos–, con la asistencia de las estructuras complementarias que componen la Iglesia. Esto significa trabajar por la llegada del Reino de Dios y contribuir a la llegada de la nueva África de manera que, con la ayuda de la Gracia, pueda siempre prevalecer la justicia, la paz y el bien común de las personas y de las naciones” (Lin 92).

La Iglesia en África sigue caminando en una situación difícil en sus sociedades para mostrar al mundo al Resucitado; para comunicar entre los suyos y a todo el mundo la esperanza. Desde la fe deseamos que el próximo Sínodo también sea de resurrección y de esperanza y que vaya poniendo las bases para que la vida florezca con dignidad a todos los niveles africanos.

¿Acaso no hemos de pensar que la Iglesia africana, inspirada por el Espíritu en este proceso del Segundo Sínodo Africano ya en marcha, tomará el timón para mostrar al mundo el camino de la reconciliación, de la justicia y de la paz? Ojalá que ésta sea nuestra oración, nuestro compromiso misionero y nuestra esperanza.

 

60ª Semana de Misionología, Burgos, julio 2007

 


 

[1] Cf. O. Iriagaray - J. Ciervide, Inestabilidad en los Grandes Lagos, «Misiones Extranjeras» 45 (2001) 573-586.

[2] Aa. Vv., Les prêtes noirs s’interrogent, Cerf, París 1956.

[3] Cf. M. Cheza, Le Synode africain el Vatican II, «Revue Africaine de Théologie» 14 (1990).

[4] Ya, anteriormente, en el Sínodo sobre la evangelización (1974) los obispos africanos elaboraron una declaración conjunta titulada Promoción de la evangelización en la corresponsabilidad, «Documentation Catholique» (1974) 995s.

[5] Discurso a un grupo de obispos del Zaire en la visita ad limina Apostolorum (21 de abril de 1983): «AAS» 75 (1983) 634s.

[6] Cf. «Misiones Extranjeras» 38/144 (1994) [África, Sínodo y perspectivas]; E. Binga, Deus e as esperanças dos africanos na Ecclesia in Africa, Facultad de Teología, Burgos 1999 [inédita], donde, además del estudio, se aporta amplia bibliografía sobre este tema, cf. 14-23.

[7] «AAS» 87 (1995) 183s.

[8] Éstas se habían mantenido en relativo secreto hasta entonces; pero pronto filtraron: «Il Regno» 11 (1994) 334-342, de donde diversas revistas las tomarán.

[9] «AAS» 75 (1995) 651.

[10] Cf. G. Marchesi, Il Sinodo africano e il viaggio missionario del Papa, «La Civiltà Cattolica» 146/4 (1995) 277-286.

[11] Cf. «Documentation Catholique» 2365 (1 de octubre de 2006) 830-861.

[12] Cf. P. Lefebvre, Preparar el Sínodo de los obispos para África, «Spiritus» 48/186 (2007) 127-131; L. Magesa, Hacia el Segundo Sínodo Africano, «Mundo Negro» 517 (2007/abril) 34-41; G. Marchesi, Verso il Secondo Sinodo Speciale per l’Africa, «La Civiltà Cattolica» 3766 (2007/mayo) 376-385.

[13] «Ecclesia» 3212 (2004) 1000.

[14] Desde 1978 a 2004, el número de los Católicos Africanos ha ido desde 55.000.000 a casi 149.000.000. Así mismo, las vocaciones al presbiterado y religiosos han experimentado un espectacular incremento en el mismo período: cf. Secretaria Status Rationarium Generale Ecclesiae, Anuario estadístico de la Iglesia 2004,Ciudad del Vaticano 2006, 18.

[15] «Ecclesia» 3212 (2004) 1769.

[16] Así, a los obispos de Etiopía y Eritrea, a la Conferencia Episcopal de la República Democrática del Congo, a las de Mauritania, Cabo Verde y Guinea Bissau, a la de Camerún y a la de Costa de Marfil, recogidas en el dossier sobre África, publicadas en «Ecclesia» 3332-3323 (2006) 1205-1219.

[17] Sus intervenciones, cf. «Ecclesia» 3332-3323 (2006) 1220-1226.

[18] Cf. Kabalase Lumbala, La «Iglesia-familia» en África, «Concilium» 260 (1995) 131-137; D. Nothomb, L’Église-familie: concept-clé du Synode des Évêques pour l’Afrique, «Nouvelle Revue Théologique» 117 (1995) 44-64; J. M. Pérez Charlín, La Iglesia como Familia de Dios «Misiones Extranjeras» 43 (1999) 147-158.

[19] Se ha dicho con frecuencia que, en vez de la frase cartesiana “pienso, luego existo” (cogito ergo sum), los africanos acostumbrarían a decir “estoy emparentado, luego existo” (cognatus ergo sum).

[20] Para esta cuestión y otras, hay dos cartas pastorales importante del Simposio de las Conferencias Episcopales de África y Madagascar (SCEAM), La Iglesia en África: una Iglesia-Familia de Dios, Accra 1998 y Iglesia-Familia de Dios, lugar y sacramento de perdón, de reconciliación y de paz en África, «Documentation Catholique» 2262 (2002) 64-86.

[21] Cf. R. Calvo Pérez, Iglesia es nombre de sínodo. Reflexiones desde el pensamiento de Juan Pablo II, «Surge» 63 (2005) 299-332.

[22] “Los obispos reunidos en el Sínodo representan, ante todo, a sus propias Iglesias, pero tienen presente la aportación de las Conferencias episcopales que los han designado y son portadores de su parecer sobre las cuestiones a tratar. Expresan así el voto del Cuerpo jerárquico de la Iglesia y, en cierto modo, el del pueblo cristiano, del cual son sus pastores” (PGr 58).

[23] «La Documentation Catholique» 2189 (17 de mayo de 1998) 809.

[24] A la asamblea especial para América, “la experiencia sinodal ha enseñado también las riquezas de una comunión que se extiende más allá de los límites” de cada una de ellas (EAm 37). La asamblea para Asia recorre un camino sinodal previo a su celebración desde las precedentes asambleas plenarias y desde los seminarios organizados por la Federación de las Conferencias Episcopales de Asia y por sus oficinas (EAs 3). Parecida experiencia fue vivida por las iglesias de Oceanía donde –dado que el número de obispos allí es relativamente pequeño– fue posible al sínodo “reunir a todos los obispos en activo, quienes representaban a todas las Iglesias particulares” (EO 9). Las iglesias europeas son conscientes de que en su celebración, “al vivir la experiencia sinodal con discernimiento evangélico, ha madurado cada vez más la conciencia de la unidad” (EE 4). Igualmente Vita consecrata asume esta idea cuando propone “los frutos del itinerario sinodal” (VC 4 y 34).

[25] «Ecclesia» 3332-3323 (2006) 1222.

[26] L. Magesa, Hacia el Segundo Sínodo Africano, «Mundo Negro» 517 (2007/abril) 41.

[27] B. Iñarra, Crónica del Sínodo: una Iglesia que hace camino, «Misiones Extranjeras» 38 (1994) 555.

[28] Aparte de una alusión a Bartolomé de las Casas (cf. Maximum illud 6) y de referencias a instituciones benéficas y caritativas (Ibid. 27 y 75; Rerum Ecclesiae 125), la concepción de salvación no se ha ampliado. Además, las iniciativas enumeradas se explican como expresión de la caridad y no directamente como valores del Reino o componentes de la experiencia salvífica. El gesto máximo de la caridad sigue siendo, sin parangón, la comunicación de la fe que permitirá obtener la salvación del alma. Pío XII amplia notablemente la mirada y profundiza en el valor y alcance de estas instituciones eclesiales en su encíclica sobre los Heraldos del evangelio (Evangelii praecones –1951–). No sólo menciona con especial énfasis leproserías y asilos (6 y 43), colegios y universidades, sino que subraya que así se ha contribuido a formar élites, a facilitar la independencia (6 y 39) y a alcanzar un mayor bienestar social y económico (35). Por eso, aun reconociendo los grandes servicios de la caridad, recuerda que hay que poner en práctica ante todo la justicia (49), siguiendo los grandes principios de la doctrina social de la Iglesia, fundamentalmente la dignidad de la persona y el destino universal de los bienes (51). Igualmente alaba la aportación del trabajo misionero a favor de la solidaridad entre los hombres y entre todos los pueblos del mundo.

[29] Cf. Aa. Vv., El decreto ad gentes: desarrollo conciliar y recepción postconciliar, Facultad de Teología, Burgos 2006.

[30] La expresión «dimensión constitutiva» no planteó ningún problema durante los debates sinodales; sin embargo, en los años siguientes, fue objeto de fuertes polémicas a la hora de perfilar qué sentido había que dar a esta expresión: cf. Ch. M. Murphy, Action for Justice as Constitutive of the Preaching of the Golspel: Whart Dit the 1971 Synod Mean?, «Theological Studies» 44 (1983) 298-311. Para comprobar la relación fontal entre evangelización y compromiso desde la conciencia procesual que se ha ido incorporando a la reflexión magisterial de los últimos años, cf. J. Y. Calvez, Fe y justicia. La dimensión social de la evangelización, Sal Terrae, Santander 1985, 21-94.

[31] Como expresión de este proceso de recepción crítica y valorativa simplemente reseñamos los documentos de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe: Libertatis nuntius sobre algunos aspectos de la teología de la liberación (1984) y la Instrucción sobre Libertad cristiana y liberación (1986).

[32] L. Magesa, Hacia el Segundo Sínodo Africano, «Mundo Negro» 517 (2007/abril) 37.

[33] “El deterioro generalizado en el nivel de vida, los medios insuficientes para la educación de los jóvenes, la carencia de servicios sanitarios y sociales con el resultado persistente de enfermedades endémicas, la extensión del terrible látigo del sida, la pesada y a veces insoportable carga de la deuda, el horror de guerras fraticidas alimentadas por el tráfico sin escrúpulos de armas, el espectáculo vergonzoso y lastimoso de los refugiados y personas desplazadas” (EA 114).

[34] Cf. L. Ngoy Kalumba, Iglesia y paz en África, «Misiones Extranjeras» 41 (1997) 313-329; B. Undurraga, El magisterio de la Iglesia y su posicionamiento frente a la cuestión social en África «Misiones Extranjeras» 42 (1998) 391-402.

[35] Este continente salió de la esclavitud para pasar al colonialismo y al neocolonialismo, y actualmente a la globalización. Cf. P. J. Henriot, África en la edad de la globalización; ¿cuál es nuestro futuro?, «Misiones Extranjeras» 186 (2001) 509-524, quien comienza el artículo con la siguiente y provocativa cita del economista político ugandés Y. Tandon: “cualquiera que tenga una pizca de integridad intelectual podrá ver que la globalización de África, o la integración de África en la economía global, desde los días de la esclavitud hasta el periodo contemporáneo de integración regida por el capital, a la hora de un balance de costos y ganancias, ha sido desastrosa para África, tanto en términos humanos como en términos del daño causado al medio ambiente natural de África. Raro será poder encontrar a alguien que hable en términos lisonjeros de los últimos 300 años, incluidos los 40 desde que el primer país africano alcanzó la independencia, tanto si se habla del colonialismo como si se habla de los gobiernos que han asumido el poder desde la independencia política. Los oficiales del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, que sólo ven lo malo de los políticos africanos, prefieren olvidarse de que son precisamente ellos quienes han redactado los diversos documentos en que tales políticas se basan, desde una sustitución de las importaciones hacia una orientación actual hacia la exportación. También es un baremo de su honestidad intelectual, o del lavado ideológico del cerebro, el que no puedan ver la conexión entre globalización y pobreza en África”.

[36] Cf. E. Bueno de la Fuente, Una nueva universalidad: interpelación a la pastoral, en Aa. Vv., Por una pastoral para la nueva misión universal, Facultad de Teología, Burgos 2002, 13-36; «Spiritus» 43/166 (2002), todo él dedicado al tema de la globalización.

[37] “Benedicto XVI, llamó no solo a los africanos sino también al mundo occidental a asumir su responsabilidad hacia África: “debemos confesar que Europa no sólo exportó la fe en Cristo, sino también todos los vicios del Viejo Continente. Exportó el sentido de corrupción, exportó la violencia que actualmente está devastando África. Y debemos reconocer nuestra responsabilidad de modo que la exportación de la fe… es más fuerte que la exportación de los vicios de Europa… Nosotros debemos hacer mucho más en estas consideraciones de modo que la fe se haga presente, y con la fe, la fuerza para resistir a estos vicios y reconstruir una África cristiana, destinada a ser una África feliz, un gran continente del nuevo humanismo”: Benedicto xvi, Discurso a los sacerdotes de Roma (13.05.2005), recogido en Lin 20.

[38] Cf. M. A. Oduyoye - M. R. A. Kanyoro (eds.), Mujeres, tradición e Iglesia en África, Verbo Divino-SCAM, Estella 2003.

[39] “Habiendo percibido la violencia del sistema en el cual se vive, se pueden poner de relieve las cuestiones que más interpelan. Una acción liberadora no tendrá resultado en una multitud de detalles pero tendrá en la mira los puntos neurálgicos que son como las columnas sobre las que reposa el sistema de opresión. También será importante resaltar las potencialidades que servirán como base en la que podrá edificarse un proyecto de cambio social. El análisis romano, muy negativo, es deficiente en estos puntos de vista. Por consiguiente, es deseable que las comunidades cristianas de África afirmen sus métodos de un trabajo en el sentido de un análisis en una perspectiva de liberación”: P. Lefebvre, Preparar el Sínodo de los obispos para África, «Spiritus» 48/186 (2007) 128.

[40] Algunas de las líneas de fondo comunes que configuran la religiosidad tradicional africana, cf. . A. Kalilombe, La espiritualidad desde una perspectiva africana, en R. Gibellini (ed.), Itinerarios de la teología africana, Verbo Divino-Scam, Estella 2001, 167-187. Cf. F. Anekwe Oborji, Religione tradizionale africana tra pluralismo e relata ultima, «Euntes Docete» 58 (2005) 93-124.

[41] Cf. J. M. Pérez Charlín, El fundamentalismo religioso en África. La religión como futuro de paz, «Misiones Extranjeras» 41 (1997) 289-303. Cf. El Islam en África, «Misiones Extranjeras» 45/186 (2001).

[42] Benedicto xvi, Deus Caritas Est, 25b. Sobre esta encíclica, desde la clave misionera, cf. «Euntes Docete» 60/1 (2007).

[43] Cf. R. Calvo Pérez, Laicos evangelizadores en una Iglesia-comunión (desde las exhortaciones postsinodales continentales de Juan Pablo II), «Lumen» 54 (2005) 71-108.

[44] Id., La sangre de los mártires, semilla cristiana: la misión como martirio, «Misiones Extranjeras» 212-213 (2006) 351-374.

[45] “La eucaristía sigue siendo, en el corazón de la liturgia, la fuente y la cima de la vida de la Iglesia y de su actividad (SC 10) destinada a la santificación de las personas, de las familias, de las instituciones y de todas las realidades temporales. ¿Qué precio será preciso pagar para que este corazón se abra a las dimensiones de la aldea planetaria? El siglo pasado insistía en la gracia y la alegría de comulgar. El siglo que empieza situará a la comunidad que comulga ante una grave responsabilidad: no comulgar en la cena del Señor sin comulgar en la ofrenda de todos los pueblos y comprometerse a fondo a fin de apresurar el día de una civilización del amor y de la vida, del compartir, de la fraternidad, de la solidaridad”: A. Sanon, El futuro de la eucaristía visto desde África. La eucaristía del Señor, ofrenda de los pueblos en el siglo XXI, en M. Brouard (dir.), Enciclopedia de la eucaristía, DDB, Bilbao 2004, 976. Desde una dimensión crítica, respecto a la paradoja de la eucaristía tal y como se celebra en las comunidades cristianas de África –¿signo de salvación o de dependencia en las Iglesias africanas?–, cf. J.-M. Ela, El grito del hombre africano, Verbo Divino-SSAM, Estella 1998, 13-22. Cf. Misión y eucaristía, «Misiones Extranjeras» 206-207 (2005). Desde nuestro contexto, R. Calvo Pérez, El gozo de celebrar la vida: la plegaria eucarística, Monte Carmelo, Burgos 2007.

[46] “Quizá no se haya dado suficiente importancia al perdón en el proceso de la reconciliación. Ello se debe a las falsas ideas que existen en torno a él. Una es la de que el perdón significa automáticamente olvidar. «Perdona y olvida», dice el eslogan. Sin embargo, el perdón no conlleva necesariamente el olvido. A veces se intentar suprimir el recuerdo para poder suprimir el dolor de una injusticia padecida. Pero eso no es sano, pues el odio suprimido y no resuelto positivamente saldrá disfrazado por otra parte y producirá sus propias víctimas en una cadena sin fin. Es necesario recordar lo sucedido y llamarlo por su nombre. Pedir a alguien que olvide es decirle que no queremos oír su historia. El perdón se distingue de la reconciliación. Las víctimas pueden ser capaces de perdonar, pero eso no quiere decir que nos encontremos ante una situación reconciliada. La reconciliación presupone el perdón, pero ello no es suficiente si no hay reconocimiento de la ofensa por parte del opresor. Sólo cuando esto sucede, la situación queda saneada y un futuro de nuevas relaciones se abre para ambas partes”: J. González Núñez, África: de los conflictos al compromiso por la justicia y la paz, «Misiones Extranjeras» 45 (2001) 540. Cf. D. Mabaso, El drama de los Grandes Lagos (1993-1997). Hacia una teología bantú del sufrimiento, Universidad Pontificia, Salamanca 2002.

[47] «AAS» 61 (1969) 575.

[48] Discurso a la Conferencia Episcopal de Senegal, Mauritania, Cabo Verde y Guinea Bissa (21.2.1992) 3, «AAS» 85 (1993) 150.

[49] Relatio post disceptationem (22.4.1994) 11, «L’Osservatore Romano» (24.04.1994) 8.