Fidei Donum 1957-2007: ¡Relanzar una profecía!
Sacerdotes y laicos para la Misión ‘ad gentes’ en África y en el mundo entero

 


Mons. Robert Sarah
Secretario de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos

 

 

PREAMBULO

1.       Con gran acierto pastoral y misionero, esta Sexagésima Semana Española de Misionología quiere hacer memoria solemne y documentada de los 50 años de la encíclica “Fidei Donum” (el don de la fe), que el Siervo de Dios, el Papa Pío XII, publicó el 21 de abril de 1957, domingo de resurrección. “El don de la fe, y la riqueza incomparable de gracias que le acompañan” son las palabras iniciales de encíclica de Pío XII, que nos convoca hoy en Burgos.

El Papa indica, en el subtítulo, el tema central de su carta encíclica: “Sobre la situación de las misiones católicas, principalmente en África”. El Papa mira a todo el inmenso mundo misionero, pero, con especial atención, mira al continente africano, señalando con claridad las razones de su preocupación, como veremos en seguida. A la vez, en la encíclica “Fidei Donum”, Pío XII abre horizontes nuevos y estratégicos para la eclesiología y la pastoral, convocando también a los sacerdotes diocesanos para el servicio de la Misión ‘ad gentes’ y ‘ad extra’. De ahí el nombre de “Sacerdotes Fidei Donum”, a los que se añadieron pronto también fieles laicos.

Tres son, por lo tanto, los puntos principales de esta conferencia de apertura, que trataré de desarrollar brevemente, teniendo en cuenta el marco histórico de los últimos 50 años: una nueva teología misionera, la experiencia de los ‘sacerdotes y laicos Fidei Donum’, el camino de África.

2.       Os confieso que me es muy grato estar nuevamente en España, para tomar parte en esta cita importante en el camino misionero de vuestra Iglesia. Un camino plurisecular, marcado por grandes y santos evangelizadores en todos los continentes; un camino firme, que se mantiene hasta nuestros días, a pesar de las dificultades. La Iglesia misionera os lo agradece, con aprecio y afecto.

Traigo para todos Vosotros un saludo muy cordial de parte de Su Eminencia el Cardenal Ivan Dias, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, el cual sigue con estima y esperanza los pasos de Vuestra Iglesia misionera. De mi parte, renuevo mi agradecimiento a los organizadores de esta Semana, que me han invitado, y os pido disculpa por mi evidente fragilidad en el manejo de vuestro hermoso idioma. Trataré, por lo menos, de no abusar de vuestra paciencia. 

3.       Unidos todos en el servicio a la Misión de Jesús, saludo...

- a Su Eminencia el Cardenal...
- a ... presidente de la Conferencia Episcopal Española
- al Señor Arzobispo de esta sede de Burgos, anfitriona de la Semana
- al Señor Nuncio Apostólico de Su Santidad en España
- a ... presidente de la Comisión Episcopal de Misiones
- a todos los que trabajan en la organización de la Semana Española de Misionología
- a cada una y a cada uno de Vosotros, hermanas y hermanos congresistas.

Un saludo emocionado quiero dirigir a las familias españolas y a las comunidades parroquiales y diocesanas, de las cuales han salido, a lo largo de los siglos y para todos los continentes, decenas de miles de misioneros y de misioneras, entre los cuales han abundado los signos de santidad y de entrega, a menudo hasta el martirio. Pienso,  -como ya os he dicho en otra ocasión-  en los miembros de Ordenes y Congregaciones religiosas (Sacerdotes, Hermanos, Religiosas); en los Sacerdotes diocesanos de la OCSHA y los Sacerdotes “Fidei Donum”; en los miembros de los Institutos misioneros internacionales de hombres y mujeres; en el Instituto Español de Misiones Extranjeras (IEME) desde su histórica sede en Burgos; en los laicos y laicas misioneros... 

4.       En mis años de trabajo pastoral como obispo en Guinea-Conakry, y ahora en el servicio misionero a la Iglesia universal desde Roma, he encontrado, por los caminos del mundo, a numerosos misioneros y misioneras españoles. Como hijo de la Iglesia misionera en África, os digo: ¡GRACIAS! En comunión con mis hermanos y hermanas de África: ¡GRACIAS! por el “don de la fe”; gracias por el Evangelio que los misioneros han llevado a nuestro continente.  

 

ICONO  MISIONERO

5.       El tema de vuestra Semana me lleva a escoger para esta charla inaugural el icono de la comunidad de Antioquía, de la cual nos habla el libro de los Hechos de los Apóstoles, en el comienzo del capítulo 13: “Había en la Iglesia fundada en Antioquía profetas y maestros:  Bernabé, Simeón llamado Niger, Lucio el cirenense, Manahén, hermano de leche del tetrarca Herodes, y Saulo. Mientras estaban celebrando el culto del Señor y ayunando, dijo el Espíritu Santo: «Separadme ya a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado». Entonces, después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y les enviaron. Ellos, pues, enviados por el Espíritu Santo, bajaron…navegaron…” etc. (Hch 13,1-4).

La fuerza de este icono no se ha agotado en la primera Iglesia del libro de los Hechos, sino que sigue siendo fuente de inspiración misionera para toda Iglesia particular a lo largo de los siglos. La comunidad de Antioquía es emblemática para nuestros temas: es una comunidad que vive una intensa experiencia espiritual de oración, austeridad (ayuno), comunión fraterna. Y dentro de este intenso clima espiritual, la comunidad descubre la misión, siente una vocación ‘fontal’ para la misión, ve que su mismo ser la lleva a desbordar, a comunicar a otros la riqueza de la fe en Cristo. De ahí que la comunidad realiza un discernimiento, que la lleva a tomar decisiones de amplísimo alcance misionero: destinar a dos de sus más representativos miembros (Bernabé y Saulo) para la misión ‘ad gentes’ para el anuncio del Evangelio de Jesús y, en Su nombre, para dar vida a nuevas comunidades e Iglesias, como nos narra el libro de los Hechos.

Hoy decimos que la experiencia de Antioquía nos demuestra que la Iglesia de Cristo es “misionera por su misma naturaleza”, como afirma el Concilio Vaticano II (AG 2). Es bastante fácil enunciar esta verdad respecto a la Iglesia universal. Pero lo mismo se debe entender, de manera concreta, para toda Iglesia particular: cada Iglesia particular nace de la misión, asume la misión y crea misión. La verdad bíblica del libro de los Hechos nos lleva a desterrar, definitivamente, si fuera necesario, la idea que la misión es un añadido posterior, un complemento, una consecuencia opcional, un apéndice alternativo, una excepción... La misión, por el contrario, pertenece a la esencia misma de la Iglesia. ¡La Iglesia es misión! La experiencia de Antioquía tiene aplicaciones básicas para el tema de los llamados ‘sacerdotes y laicos Fidei Donum’. Volveremos sobre este punto.

 

- Primer punto - “FIDEI DONUM”: UNA ENCICLICA PROFETICA

6.       El carácter profético de la encíclica “Fidei Donum” lo podemos fácilmente reconocer en tres puntos, como ya se ha dicho: en la doctrina misionera de la encíclica, en la experiencia de los ‘sacerdotes y laicos Fidei Donum’, y en la atención específica puesta sobre África.

Todos los estudiosos de las ciencias misionológicas reconocen que la encíclica “Fidei Donum” contiene un planteamiento doctrinal novedoso respecto al pasado (hasta 1957): la enseñanza misional del documento es ya un preanuncio de la cercana doctrina conciliar (Lumen Gentium, Ad Gentes...). La novedad se nota ya en las palabras iniciales: Pío XII pone el fundamento básico de la misión y del compromiso misionero, en el “don de la fe” (‘Fidei Donum’). “El don de la fe  -dice el Papa-  y la riqueza incomparable de gracias que le acompañan al ser infundida en nuestra almas, nos obligan a una permanente actitud de agradecimiento hacia su Divino Autor... En virtud de este gran don, brota espontáneo de nuestro corazón el grito del agradecimiento... A cambio de tamaño regalo divino, ¿qué cosa más grata podrá ofrecer el hombre a Dios, además de la sumisión intelectual, que el esfuerzo por difundir lo más posible la verdad enseñada por Cristo?” La misión, según Pío XII, nace como agradecimiento, como testimonio, como un compartir una intensa experiencia espiritual. La misión, por tanto, tiene sus raíces  -antes que en cualquier otra motivación-  en la urgencia íntima y gozosa que el cristiano siente de testimoniar y comunicar a otros su experiencia interior de fe. Otras motivaciones para la misión, aunque nobles y muy motivadoras en otros tiempos,  -tales como la salvación de las almas, la implantación de la Iglesia, y otras-  vienen después. La misión es, ante todo, una llamada de amor, para una respuesta de amor. Una respuesta vivida en la gratuidad.

7.       La teología misionera de la “Fidei Donum” presenta también otros temas novedosos, que anticipaban el Concilio y que el Vaticano II retomaría más tarde. Para valorar algunos de estos aportes, nos dejamos guiar por la palabra del Papa Juan Pablo II, al conmemorar los 25 años de la “Fidei Donum”, en 1982. Él decía que esta encíclica subrayó fuertemente el “principio de la corresponsabilidad de los obispos... en la evangelización del mundo... Insisto hoy, una vez más, en este principio basilar, tratado a fondo por el Concilio (cf. LG 23-24; AG 38), para poner en evidencia su actualidad y para exhortar a todos mis venerados hermanos en el Episcopado a que tomen cada vez más conciencia de ésta su altísima responsabilidad, recordando que «han sido consagrados no solo para una diócesis determinada, sino para la salvación de todo el mundo» (AG 38)... Todas las diócesis deben tomar cada vez más plena conciencia de esta dimensión universal, descubrir o renovar su propia naturaleza misionera, «ensanchando los espacios de la caridad hasta los últimos confines de la tierra, demostrando por los que están lejos la misma solicitud que sienten por sus propios miembros» (AG 37)”.

Queridos amigos de España, está, por tanto, a la vista de todos el carácter original de la Iglesia particular  -de cada Iglesia particular-  como sujeto de misión. En las Iglesias particulares, aun las más recientes, se ha fortalecido notablemente la conciencia de ser sujetos activos de misión, no sólo receptivos de la misma. Así lo afirmaba ya Pío XII con una visión de largo alcance: “Si en otros tiempos la vida de la Iglesia, en su aspecto visible, desplegaba su fuerza preferentemente en Europa, desde donde se extendía... hacia lo que podía llamarse la periferia del mundo, hoy se presenta como un intercambio de vida y de energía entre todos los miembros del Cuerpo místico de Cristo” (FD, pág. 235). Gracias al impulso conciliar, afirmaba Juan Pablo II, también las Iglesias jóvenes “se han transformado progresivamente en sujetos primarios de misionariedad (cf. AG 20), responsables por sí mismas de la misión (cf. ib., 36-37)”.

8.       A partir de esta concepción circular y paritaria de las Iglesias locales, queda superada también la concepción  de una cooperación eclesial en “sentido único”, en favor de una cooperación misionera entendida  -afirma Juan Pablo II-  como “intercambio recíproco y fecundo de energías y de bienes, en el ámbito de una comunión fraternal de Iglesias hermanas, superando el dualismo ‘Iglesias ricas’ – ‘Iglesias pobres’, como si hubiera dos categorías distintas: Iglesias que ‘dan’ e Iglesias que ‘reciben’ solamente. Existe en realidad una verdadera reciprocidad, pues la pobreza de una Iglesia que recibe ayuda, hace más rica a la Iglesia que se desprende donando. La misión pasa a ser, pues, no sólo ayuda generosa de Iglesias ‘ricas’ a Iglesias ‘pobres’, sino gracia para cada Iglesia, condición de renovación, ley fundamental de vida (cf. AG 37; Postquam Apostoli 14-15)”.

En la nueva era misionera, preconizada por Pío XII y canonizada por el Concilio, se dio un gran cambio. Hasta ese momento, la misión era obra de algunas instituciones específicas, que la cumplían por encargo de la Sede Apostólica, con el “ius commissionis”. Las diócesis tradicionales, por una serie de razones históricas, se limitaban a una pastoral de mantenimiento de las comunidades cristianas, dejando a las Ordenes y a los Institutos misioneros las tareas de la primera evangelización en los continentes no cristianos. El gran cambio conciliar consistió en despertar y afianzar, incluso jurídicamente (ver decretos conciliares y el nuevo Código), la conciencia de que toda la Iglesia es misionera, y que cada Iglesia particular es sujeto activo de la Misión. En esta nueva visión conciliar tiene su raíz teológica el proyecto de los “sacerdotes y laicos Fidei Donum”.

A este respecto es importante recordar lo que el mismo Juan Pablo II afirmada ya en 1982: “Hay que precisar en todo caso que la llamada hecha a las Iglesias particulares para que enviaran sacerdotes y laicos no quería significar la superación de las formas y fuerzas tradicionales de cooperación misionera, que continúan sobrellevando el peso mayor de la evangelización. Era una novedad introducida no a título de sustitución o de alternativa, sino de complementariedad como riqueza nueva, suscitada por el Espíritu, agregada a las fuerzas tradicionales”.

Queda, por tanto, sustentada la afirmación que la encíclica “Fidei Donum” ha sido una llamada profética en favor de la misión universal de la Iglesia, así como de la misionariedad de cada Iglesia particular. Una profecía que es preciso relanzar, sin regateos, sino con creciente ardor apostólico.

 

- Segundo punto - “LOS SACERDOTES Y LAICOS FIDEI DONUM”: DON Y PROFECIA 

9.       Un mérito histórico de la encíclica “Fidei Donum” ha sido  -y sigue siendo en la actualidad-  haber ‘relanzado’ el envío de sacerdotes diocesanos a las misiones ad gentes. Fue una apertura, que suscitó nuevos fermentos y creó un nuevo dinamismo misionero en muchas Iglesias particulares de antigua fundación. Algunas diócesis ya habían empezado a dar los primeros pasos en esa dirección. Pasos tímidos, pero cargados de esperanza, que fueron creciendo y dando frutos abundantes en la viña del Señor. Frutos que se incrementaron aun más, desde que también los laicos, con ritmo creciente, en forma individual o asociada, entraron a trabajar en la misma mies, aportando la riqueza de sus carismas, en las diversas formas de voluntariado misionero. 

En este ámbito, me complace poner en evidencia el grandísimo aporte de la Iglesia española, que, ya  desde 1948, dio inicio a la “Obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana” (OCSHA), organismo eclesial para el envío de sacerdotes españoles a las Iglesias necesitadas de América. Esta importante iniciativa ha sido una feliz anticipación de la llamada que Pío XII lanzó y extendió a toda la Iglesia y para toda la Iglesia. Juan Pablo II, en 1999, a los 50 años de la OCSHA, ha interpretado dicha obra “como la consecuencia natural de una honda conciencia eclesial y como una respuesta vigorosa a uno de los más urgentes desafíos de nuestra época, cual es la necesidad de tejer vínculos de colaboración y fraternidad entre las personas, los pueblos y las comunidades eclesiales, que se hace aún más apremiante en todo aquello que se refiere a la difusión de la Buena Nueva de Jesucristo... La colaboración sacerdotal y apostólica entre las comunidades cristianas puede ser considerada como una de las respuestas más válidas al desafío de «asegurar una globalización en la solidaridad», así como una de las formas que caracterizan la nueva Evangelización”. 

10.     La OCSHA, así como los sacerdotes y laicos “Fidei Donum”, son el feliz resultado de una doctrina misionera, que en el Concilio (PO 10; y varios otros textos) ha tenido su sólida confirmación. Juan Pablo II reconoce la novedad de la “Fidei Donum” en “haber superado la dimensión territorial del servicio sacerdotal para ponerlo a disposición de toda la Iglesia, como lo hace notar el Concilio (PO 10): «El don espiritual que los presbíteros recibieron en la ordenación no los prepara a una misión limitada y restringida, sino a la misión amplísima y universal de salvación hasta los últimos confines de la tierra (Hch 1,8), pues todo ministerio sacerdotal participa de la misma amplitud universal de la misión confiada por Cristo a los Apóstoles»”. 

Queridos amigos, he dicho antes que uno de los mayores méritos de la encíclica “Fidei Donum” ha sido haber ‘relanzado’ el envío de sacerdotes diocesanos a las misiones ad gentes. Insisto en decir “relanzado”. En realidad el mérito profético de la “Fidei Donum”, así como de la OCSHA, no ha consistido en haber inventado una fórmula para aportar personal nuevo a las misiones, sino en haber recuperado la praxis misionera de la primera Iglesia. Volvemos aquí a la fuerte experiencia de la comunidad de Antioquía (Hch 13,1-4), que hemos escogido como icono inicial. La comunidad que vive un intenso clima de oración y de radicalidad, se descubre misionera: Iglesia enviada, Iglesia que envía. Bernabé y Saulo son la expresión de una Iglesia joven que envía en misión a sus mejores hermanos. En este caso, la profecía no se refiere sólo al futuro (la dirección a seguir), sino al pasado: una praxis misionera inicial que, lamentablemente, a lo largo de los siglos, se fue apagando u olvidando. Y que ahora  -y esperamos para siempre-  es preciso recuperar. La profecía que hay que relanzar, por tanto, es una profecía recuperada del pasado. 

Redescubrir el origen bíblico de la iniciativa de los sacerdote y laicos “Fidei Donum” y de la OCSHA nos fortalece en los momentos de dificultad que experimentamos, como lo recordaba Juan Pablo II al hacer un primer balance: “Después de una trayectoria de 25 años de estas experiencias... se comienzan a advertir algunos signos de fatiga, debido en parte a la disminución de las vocaciones, y en parte también a la urgencia de hacer frente a la crisis en que se debaten muchas comunidades cristianas de antigua tradición. Ante el fenómeno de la descristianización, puede surgir la tentación de replegarse en sí mismos, de cerrarse en los propios problemas, de reducir el impulso misionero a la propia esfera interior. Es necesario un nuevo y vigoroso impulso misionero”. 

Aunque el número de los sacerdotes y laicos “Fidei Donum” y de la OCSHA nunca fue muy elevado y debería ser mayor, el balance es ciertamente positivo, como lo confirma el mismo Juan Pablo II, en la encíclica Redemptoris Missio (68): “Hoy se ven confirmadas la validez y los frutos de esta experiencia; en efecto, los presbíteros llamados Fidei Donum ponen en evidencia de manera singular el vínculo de comunión entre las Iglesias, ofrecen una aportación valiosa al crecimiento de comunidades eclesiales necesitadas, mientras encuentran en ellas frescor y vitalidad de fe. Es necesario, ciertamente, que el servicio misionero del sacerdote diocesano responda a algunos criterios y condiciones. Se deben enviar sacerdotes escogidos entre los mejores, idóneos y debidamente preparados para el trabajo peculiar que les espera... Mi deseo  -concluye Juan Pablo II-  es que el espíritu de servicio aumente en el presbiterio de las Iglesias antiguas y que sea promovido en el presbiterio de las Iglesias más jóvenes”. 

11.     Al cumplirse los 50 años de la “Fidei Donum” se ha celebrado, a primeros de mayo pasado en Roma, un importante congreso mundial, con la participación de misioneros y de estudiosos, ante los cuales el Santo Padre Benedicto XVI ha alabado “el intercambio de dones entre las comunidades eclesiales de antigua y de reciente fundación”, y, asimismo “el compromiso misionero que se está llevando a cabo”; pero simultáneamente constata “las dificultades que se presentan hoy en este campo. Entre ellas,  -dice el Papa Benedicto-  me limito a subrayar la disminución y el envejecimiento del clero en las diócesis que en otros tiempos enviaban misioneros a regiones lejanas. Ciertamente, en el contexto de una crisis vocacional generalizada, esto constituye un desafío que es preciso afrontar” (Benedicto XVI, discurso del 5.5.2007).  

Junto con este discurso del Papa, se ha difundido una carta muy significativa del Card. Tarcisio Bertone, Secretario de Estado, dirigida, con fecha 21 de abril de 2007, al Card. Ivan Dias, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, en la cual lo felicita por la iniciativa del citado Congreso. El Card. Bertone, el más estrecho colaborador del Papa, subraya que el envío de sacerdotes y laicos diocesanos a otras Iglesias “es una modalidad que con el tiempo podría llegar a ser la norma de la corresponsabilidad misionera... En especial, es oportuno volver a reflexionar sobre la comunión y la corresponsabilidad de las Iglesias para la misión, así como las implicaciones metodológicas, tales como la exigencia de una proyectividad común, la inserción de los misioneros ‘fidei donum’ con tareas y roles específicos, la re-inserción en las Iglesias de origen, el intercambio mutuo de personas, medios y metodologías apostólicas, los caminos formativos..., etc.” A la luz de Antioquía, por tanto, los misioneros “Fidei Donum” no se han de considerar como una añadidura opcional o una excepción, sino como una praxis ordinaria, exigencia, norma de una Iglesia viva. 

La recuperación de la misionariedad original de la Iglesia particular, al estilo de la comunidad de Antioquía, tiene sus gozos, que consisten, principalmente, en la gracia de la renovación de las personas enviadas y de las comunidades que envían, como lo subraya el decreto Ad Gentes (n. 37). Pero esta gracia tiene también sus exigencias. Aun conscientes de ello, el Card. Bertone asegura que el Papa desea “relanzar el compromiso misionero promovido hace 50 años por el Papa Pío XII”.

 

- Tercer punto - LA PROFECIA  DE  PIO  XII SOBRE AFRICA 

12.     El nombre de la encíclica “Fidei Donum”, en su trayectoria histórica, está vinculado a África, continente hacia el cual el Papa Pío II quiso volcar, en primer lugar, toda la riqueza del nuevo compromiso misionero de la Iglesia universal y de cada Iglesia particular. Una riqueza consistente, ante todo, en aportes de personas, pero también de recursos materiales, y en especial de un nuevo intercambio de valores espirituales y eclesiales.

Bastante conocida es la situación del continente africano hace 50 años, cuando Pío XII publicó su encíclica. Los países africanos independientes no superaban la media docena; hoy son 54 naciones. África estaba entonces a la merced de enormes presiones internas e internacionales: los fermentos nacionales que apuntaban a las nuevas independencias (¡hasta 17 nuevos países independientes hubo tan sólo en el año 1960!); luego las atracciones políticas e ideológicas de los poderosos bloques continentales, típicas de la llamada guerra fría (entre Rusia, América, China...); las guerras internas por reivindicaciones tribales y nacionalistas, programadas y fomentadas, a veces, desde otros continentes; la carrera de las potencias mundiales al acaparamiento de las enormes riquezas minerales y petrolíferas de África; la carga endémica de una deuda externa mortífera e impagable... Todo ello se ha vivido, y se sigue viviendo, en muchas partes de África en un ambiente generalizado de pobreza material, que a menudo raya con la miseria, las graves carencias en la educación, en la salud pública, en las vías de comunicación y medios de transporte, etc.

Además de estos problemas socio-políticos, los pueblos africanos han visto llegar a sus tierras un abanico de nuevas perspectivas humanas, religiosas, espirituales: la difusión creciente del Islam, la propaganda del comunismo, el vendaval del materialismo ateo (tanto de cuño marxista como capitalista), los vientos de la modernización y de la globalización, las facetas del relativismo moderno, que ha provocado la crisis del sistema ético y religioso tradicional de muchos africanos.

13.     Ya en su tiempo, el Papa Pío XII quiso atraer la atención y la solidaridad de la humanidad y de toda la Iglesia  sobre este cúmulo de problemas de África, que “ahora  -decía el Papa en 1957-  emerge para la humanidad más civilizada de nuestro tiempo y para la madurez política” y “se abre a la vida del mundo moderno y atraviesa los años tal vez más graves de su milenario destino”.

Los pueblos africanos y la labor de los misioneros y de las misioneras en África se han visto fuertemente corroborados por la cercanía del Papa y de la Iglesia entera, que han volcado sobre este continente nuevos recursos humanos y materiales, para el mejor bien de los africanos. La cercanía de la Iglesia a la evolución de los nuevos pueblos de África se ha visto, en forma visible y creciente, con la creación de nuevos obispos y cardenales africanos, la erección de nuevas diócesis, la promoción de las vocaciones locales tanto de sacerdotes como de religiosos y de religiosas, los nuevos ministerios confiados a los laicos... Como cristianos, podemos ratificarnos en la convicción de que, verdaderamente, el anuncio del Evangelio es el mejor servicio que la Iglesia puede ofrecer para el desarrollo de los pueblos. Esta última afirmación mía queda ratificada por la palabra de Pío II, del Concilio, de Pablo VI (Evangelii Nuntiandi), de Juan Pablo II (Redemptoris Missio), y del mismo Papa Benedicto: ¡Sí! El anuncio del Evangelio es el mejor servicio que la Iglesia puede ofrecer para el desarrollo de los pueblos! El Evangelio cambia a las personas desde dentro; y las personas renovadas interiormente son capaces de producir estructuras humanas nuevas, más justas y fraternas. Definitivamente, el Evangelio es la mayor riqueza para todos los pueblos de la tierra.

14.     Como africano que soy, permitidme que os comparta algunas reflexiones sobre los flujos migratorios desde el vecino continente africano, a escasos kilómetros de España. Los medios de comunicación social os sorprenden de tanto en tanto con imágenes de africanos llegando extenuados en pateras y en cayucos. Se habla mucho de “inmigrantes irregulares” y de “inmigrantes sin papeles”. Pero pocas veces se analiza por qué tantos jóvenes arriesgan incluso su propia vida para llegar a este país, antesala de Europa. ¿Qué se les ha perdido aquí que no encuentren allí? Vosotros sabéis muy bien lo que es la emigración, porque, hace varias décadas, decenas de miles de españoles emigraron al centro de Europa y a América. Actualmente, no hay emigrantes españoles, porque España ha conseguido, por fortuna, un alto nivel de crecimiento económico.

Como es sabido, la inmensa mayoría de esos africanos son “emigrantes económicos”. Los africanos vienen hoy a Europa no con afán de conquista, sino de supervivencia. ¿Y quién puede negar a un ser humano que busque la manera más digna para sobrevivir en esta tierra? Tampoco podemos ignorar que estos inmigrantes están contribuyendo de manera considerable al desarrollo económico del Norte del mundo. Aunque sólo fuera por esto, merecen ser tratados con dignidad y respeto. Y se podría añadir algo más: los africanos podrían incluso ayudar a Europa a recuperar los valores espirituales sofocados por el relativismo moral, el hedonismo y el consumismo desaforado. Glosando las palabras de Jesús, podemos decir que no sólo de bienestar material vive el hombre.

Creo que asistimos a una etapa decisiva para el futuro de África. Se han realizado cambios profundos desde un punto de vista político; cambios que eran impensables hace dos décadas. Hoy en casi todos los países africanos se ha adoptado la democracia. Pero la democracia por sí misma no va a resolver los problemas que aquejan al continente. Más aún, es difícil que la democracia pueda perdurar, si no va acompañada de una auténtica participación ciudadana; de gobiernos libres de la plaga de la corrupción; de un desarrollo económico que permita satisfacer las necesidades básicas de los ciudadanos. Si no es así, crecerá el número de desocupados, lo que generará inestabilidad y nuevos éxodos masivos de africanos hacia Europa. Y no sólo de emigrantes no cualificados, sino también  –como ya está sucediendo–  de técnicos, médicos, enfermeros, profesores universitarios... Incluidos algunos sacerdotes, que más falta hacen en su país de origen.

15.     Ante este panorama, nos podemos preguntar: ¿Hay esperanza para África? Mi respuesta es categórica: por supuesto que sí. Pero esto no depende sólo de los africanos. A los actuales gobiernos les corresponde, como muy bien señala la Unión Africana, el buen gobierno, el impulso de la democracia y el respeto de los derechos humanos, estrechar los lazos interregionales, dar más peso al protagonismo de la mujer  –que es la gran artífice de la economía informal–  y potenciar la participación de la sociedad civil. Justamente se afirma que a Europa (y demás países del Norte) le corresponde, muy en particular, establecer unas nuevas relaciones comerciales más justas y equitativas. Es un hecho que el actual sistema comercial internacional perjudica a los países en vías de desarrollo y beneficia a los países más desarrollados.

He citado de pasada el papel preponderante de la mujer africana. Hay que subrayar que son las mujeres africanas las que más contribuyen a la producción alimentaria, las que buscan el agua y la leña, las que trabajan en la llamada economía informal en las ciudades para asegurar una renta mínima a la familia, las que protegen a los niños, las que cuidan a los enfermos... La mujer africana debe desempeñar un papel más activo en la toma de decisiones políticas y económicas, al menos proporcional al peso que la mujer tiene en la economía, formal o informal, en la mayoría de los países africanos. Su mayor protagonismo en la política y en la economía nos hace albergar grandes esperanzas para un futuro mejor en África.

En estas últimas décadas, hemos visto a África involucrada en enormes problemas, e incluso en tragedias, guerras intestinas, masacres, crisis humanitarias... Ante tales situaciones, las mejores mentes y las instituciones benéficas han tratado de dar respuestas acordes a la gravedad. Sin embargo, los mayores recursos contra tantos males deben venir desde dentro, de los mismos africanos, pudiendo contar, eventualmente, con las colaboración externa. África debe crecer con y por medio de los africanos. “Salvar a África por medio de África” es no sólo el plan de San Daniel Comboni (1831-1881), sino un principio irrenunciable de estrategia y de metodología misionera. Sean bienvenidos, por tanto, los aportes y recursos que no se sustituyan a nosotros, sino que nos ayuden a valernos por nosotros mismos. Es fácil imaginar que, como africano, siento fuertemente todos los problemas del presente y del futuro de mi tierra. Pero como cristiano y como hombre de Iglesia, no puedo sino tener una mirada de esperanza para el futuro de África.

Su población alcanza casi los mil millones de personas, es decir, el 15% de la población mundial. Es legítimo aspirar a que una gestión más justa de los enormes recursos naturales de África repercuta positivamente en un mayor bienestar de sus mismos pobladores, sobre todo para una generalizada y buena calidad de la educación escolar, la salud pública, la agricultura, las infraestructuras, la lucha a las enfermedades endémicas... Es indudable que la mayor esperanza de África radica en los valores de sus hijos e hijas, en el gran patrimonio de fe cristiana, en el número creciente de bautizados, en el florecimiento de las vocaciones sacerdotales y religiosas, en la riqueza de los ministerios laicales, en la deseada incidencia de los valores cristianos en la vida social. Pero, sobre todo, en la santidad de vida de muchos de sus hijos e hijas, algunos de los cuales ya han sido glorificados por la Iglesia o por el martirio.

 

COMO  CONCLUSION

16.     La visión realista y esperanzada  de Pío XII sobre el futuro de África no se ha frustrado, a pesar de los problemas que aún persisten. La atención de la Sede Apostólica sobre este continente es constante, como se ve por las intervenciones de los Pontífices Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II. Por su parte, el Papa Benedicto XVI ha anunciado ya la II Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos, que tendrá lugar en octubre de 2009, con un tema de extrema urgencia: “La Iglesia en África al servicio de la reconciliación, de la justicia y de la paz”. Dentro de este marco, van a entrar otros temas de vital importancia, como el diálogo interreligioso, sobre todo con el Islam, el tema de la inculturación, la promoción humana, la solidaridad, la defensa de los derechos humanos... El Sínodo será, pues, otro aldabonazo, un fuerte momento eclesial, con la finalidad de relanzar la profecía de Pío XII sobre el futuro de África, a partir de las nuevas situaciones que viven los pueblos de este Continente.

Queridos amigos de España, África es un continente cercano a Vuestra península: somos vuestros vecinos del sur, nos separan unos escasos quince kilómetros; por eso quiero deciros: ¡GRACIAS! Gracias por los aportes de vuestras Iglesias particulares a la obra misionera de la Iglesia en el mundo entero. Y permitidme que os diga ¡Gracias! por lo que hacéis por África, en especial, ofreciendo el vivo testimonio de vuestra fe y la entrega de vuestras mejores energías personales.

En los tiempos actuales, la actividad de las misiones en el mundo y la colaboración misionera enfrentan nuevos y graves desafíos, pero el Espíritu de Pentecostés sigue animando a nuestra Iglesia, aun en medio de los desiertos y tempestades. Él es, y seguirá siendo, el protagonista de la misión (cfr. RMi 21ss). Como ya os he dicho en otra oportunidad, ¡la Iglesia misionera y, en particular, la tan cercana África, siguen esperando mucho de España!

 

60ª Semana de Misionología, Burgos, julio 2007