Una misión al servicio de la reconciliación

 


Antonia Sánchez Morocho, mc

 

 

Introducción

Releyendo las Epístolas de San pablo, con la lente de la “reconciliación” me ha impresionado la casi obsesión del Apóstol con este aspecto de su misión. Es evidente que la reconciliación es un concepto central en su teología. Casi se puede palpar la “urgencia” de su súplica: “En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!”  (2Co 5, 20b). Parece como si quisiera decirnos: “no perdáis más tiempo en discordias, en discusiones inútiles, en rivalidades paganas y apresuraos a vivir en paz, reconciliados con Dios y entre vosotros!” Y es que para Pablo la vida es breve y hermosa y merece ser vivida en plenitud, así como el mismo Cristo nos la ofrece.

 

1.         Los Pilares de la Reconciliación en San Pablo

Pasemos ahora a ver cuales son los pilares de la reconciliación en el pensamiento y la praxis de S. Pablo

 

a.      La verdad   

Lo primero que se nota leyendo, diría casi, escuchando a Pablo es su alergia hacia lo falso, la mentira, el disimulo, el enmascarar las cosas. Él quiere la verdad así como es: bella, resplandeciente, sin tapujos ni disfraces. Las palabras de Jesús: “…la verdad os hará libres” (Jn 8, 32), debían estar grabadas en su mente y en su corazón; él sabe que la verdad no puede estar prisionera ni ser rehén de nada ni de nadie, por eso dice en Rom. 1,18: “…la cólera de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que aprisionan la verdad en la injusticia.” La reconciliación o está basada en la verdad o es una farsa que solo puede producir mayores conflictos.

 

b.      La justicia  

Ya hemos visto cuanto la verdad y la justicia estén íntimamente ligadas en el pensamiento de Pablo. Pero podríamos preguntarnos: ¿Qué entiende Pablo por “justicia”? De Abraham nos dice que “creyó” y “…por eso le fue refutado como justicia (Rom 4, 22) y también “Pero ahora ,…la justicia de Dios se ha manifestado,…justicia de Dios por la fe en Jesucristo” (Rom 3, 21-22). Pablo concluye el paralelismo entre Adán y Jesucristo diciendo: “…por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos,…así también reinaría la gracia en virtud de la justicia para vida eterna por Jesucristo nuestro Señor.” (Rom 5, 19-21). Podríamos decir que para Pablo “justicia” significa vivir en las condiciones o en la manera en la que Dios entendía que el ser humano viviera cuando fue creado por Él, o sea, ser “justo”, vivir en “justicia”, quiere decir ser lo que se debe ser y vivir como se debe vivir. No me parece que Pablo hable de una justicia equitativa que retribuye a cada uno lo que le corresponde cuanto de una justicia “ontologica” que hace que la persona recupere la dignidad de su estado original. En otras palabras, que sea lo que está llamada a ser.

 

c.      El perdón  

Sin perdón, no se puede pensar en reconciliación. La necesidad del perdón está bien asentada en el Evangelio. ¿Cuantas veces tengo que perdonar, pregunta Pedro? ¿Siete veces? y Jesús “no te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.” (Mt 18, 22) o sea, siempre. Pero, ¿qué significa la palabra “perdón”? “Significa dejar caer el odio, negarse a incubar el deseo de venganza, ir más allá de lo que pensamos que nos corresponde por derecho.”[1] Esto, claro está, a nivel humano. Pero cabe preguntarse: ¿es este el perdón del que habla San Pablo?,  creo que no. Cuando una persona “peca” no solo hace mal a otra sino que también hiere su mismo corazón, ella misma se degrada. La  persona ofendida, aunque perdone no puede sanar el corazón del otro. Esto solo Dios puede hacerlo, Él y solo Él puede cancelar la culpa que pesa sobre el corazón enfermo del pecador. Un segundo aspecto del perdón en Dios es que, perdonando, Dios “crea un corazón nuevo, puro”, hace desaparecer el mal. Cada vez que Dios perdona hace un milagro y milagros solo los hace Dios por eso el “perdón” total es característico de Dios, nosotros podemos perdonar porque Dios nos hace partícipes de su perdón.

 

d.      La libertad   

Nadie puede ser obligado a reconciliarse con nadie. Podemos llegar a acuerdos basados en intereses comunes que nos “obligan” a dejar a un lado nuestras diferencias para conseguir algún fin, pero eso no es reconciliación. Cuando los intereses desaparecen el conflicto emerge de nuevo. Para que se dé la reconciliación, la persona tiene que buscar y/o aceptar libremente entrar en un proceso que requiere un deseo grande de vivir en armonía consigo mismos y con los demás sin condicionamientos, o sea hacerlo con libertad. 

 

2.        Presupuestos para la Reconciliación 

         La reconciliación presupone ciertas condiciones sin las cuales sería muy difícil sino   imposible su realización. Veamos algunas.

 

a.       Aceptación de la diversidad del otro 

Con frecuencia identificamos diferencia con separación o división. San Pablo insiste una y otra vez en que la diversidad no solo hay que aceptarla, sino que es necesaria y querida por Dios. Cuando usa el símil del cuerpo deja claro que es Dios mismo quien en su sabiduría ha creado la diversidad y demuestra como, a partir de ésta, podemos llegar a la unidad total en Cristo. “…el cuerpo es uno aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros, no obstante su diversidad, no forman mas que un solo cuerpo, así también Cristo…Dios puso cada uno de los miembros en el cuerpo según su voluntad.” (1Co 12, 12; 18). Pero quizá donde hace un canto admirable a la necesaria integración entre diversidad y unidad es en el pasaje anterior al que he citado arriba hablando de la diversidad de los carismas: “Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo…” (1Co 12, 4-11).

 

b.     Una Toma de consciencia de las propias actitudes respecto a lo diferente  

Nuestro mundo actual, donde estamos en contacto casi constante con personas de otras culturas, religiones, ideologías, etc. nos da la oportunidad de descubrir cuales son nuestras actitudes respecto a lo diverso. La diversidad, y aquí hablamos concretamente de diversidad en las personas, puede ser percibida como oportunidad de crecimiento: conocer personas de otra cultura, otra religión, etc. enriquece, ensancha los horizontes, ayuda a relativizar las cosas propias (sobre todo cuando se cree que lo propio es lo mejor). La diversidad puede ser percibida también como amenaza: veo al otro como alguien que invade mi territorio, no necesariamente geográfico sino mas bien personal, de identidad. Frente a la diversidad se puede asumir también una actitud de superioridad: se acepta la diversidad, incluso se aprecia pero “lo mío, lo nuestro, es mejor”. Y hablando de superioridad, Pablo no se anda con rodeos cuando escribe a los Corintios: “¡Mirad, hermanos, quienes habéis sido llamados! …Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo, para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte.”  (1 Co 1, 26ª 27). Cualquiera sea nuestra actitud, reconocerla es ya un paso adelante en el camino de la reconciliación.

 

c.        Creer que la reconciliación es posible y desear vivir reconciliados  

La convicción de que es posible reconciliarse y el deseo de hacerlo son también elementos esenciales para iniciar cualquier proceso de reconciliación. Esta convicción, naturalmente, para nosotros los cristianos está basada en nuestra fe en un Dios Padre de todos que nos quiere unidos como hijos e hijas suyos que somos. Jesús mismo oró fervientemente al Padre por todos nosotros, para que esto fuera una realidad: “Padre, que todos sean uno, como tu en mí y yo en ti, …” (Jn 17, 21a)

 

 d.   Capacidad de dialogo (proceso de comunicación) 

Otro elemento esencial para poder entrar en un proceso de reconciliación es el conocimiento (a nivel teórico y experiencial) de las reglas básicas de la comunicación. Entre ellas destacaría la capacidad de escuchar  con empatía; Tomo una frase del Hermano Roger que su sucesor citó en la homilía del funeral del grande “reconciliador” de nuestro tiempo. “Cuando la Iglesia escucha, cura, reconcilia, entonces se transforma en lo que es en su aspecto más luminoso: reflejo límpido de un amor.” Respeto a la persona en su totalidad (que no significa estar de acuerdo con sus ideas o incluso su comportamiento). 

 

3.    Necesidad de Reconciliación

Podríamos preguntarnos, ¿porqué tenemos que reconciliarnos, no podemos vivir  cada uno en nuestro mundo y que cada cual se las apañe como pueda? Mi respuesta, en primer lugar, sería que le ha costado muy caro a Dios abrirnos las puertas de “casa” a todos para que nosotros nos permitamos el lujo o más bien la desfachatez de tomárnoslo a la ligera: “Porque en Cristo estaba Dios reconciliando el mundo consigo, …A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él.” (2 Co 5, 19ª, 21). Mi segunda respuesta es una pregunta: ¿habéis probado alguna vez a “estar a mal” con alguien ya fuera la culpa vuestra o del otro/otra? ¿Estabais bien, os sentíais felices? Creo que este “malestar” que sentimos nos recuerda que Dios al crearnos a su imagen puso en nosotros esa necesidad intrínseca de vivir en una relación armónica con nosotros mismos, con los demás, con el resto de la creación, con Dios. Veamos ahora las distintas áreas relacionales en las que necesitamos reconciliarnos.

 

a.        Con nosotros mismos 

Siempre es mejor empezar por casa. “La primera y al mismo tiempo la más difícil tarea de nuestra “humanización” consiste en reconciliarnos con nosotros mismos. La condición para poder llevar a cabo esta tarea es la confianza cierta de que Dios nos acoge incondicionalmente.”[2] Según Anselm Grün, un conocido escritor y terapeuta, monje benedictino alemán, esta reconciliación con nosotros mismos requiere la aceptación total de nuestra historia personal tal y como es, con sus experiencias felices y también con las dolorosas, sin la falsa pretensión de que estas no han sucedido nunca. Es necesario dejar de acusar a quienes nos han herido y tomar la responsabilidad de la propia vida. Parte importante de la reconciliación con la propia historia es la aceptación del propio cuerpo así como es en este momento de nuestra vida. Grün dice comentando un pensamiento de santa Ildegarda de Bingen que el alma debería alegrarse de habitar en nuestro cuerpo, mas que parece que muchos cristianos se avergüenzan del propio cuerpo. Hace falta un amor humilde hacia nuestro cuerpo para que el alma se sienta a gusto en él. S. Pablo nos recuerda: “¿No sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros, …Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo.” (1 Co 6, 19-20).  Otro aspecto de la reconciliación con nosotros mismos exige la pacificación con nuestra “sombra” como Karl G. Jung define los aspectos oscuros de la psique humana. Reconciliarse con la propia culpa es aún más difícil. Dios nos perdona, y por eso podemos perdonarnos, debemos dejar que el perdón de Dios llegue a lo más profundo de nuestro sentimiento de culpa y lo anule. Pero, a veces dejamos que el despiadado juez que está en nuestro interior, el “superego” nos impida escuchar la voz de Dios. Reconciliación significa también destronar este juez e creer firmemente en la misericordia de Dios.

 

b.    Con los demás  

Reconocer la existencia de un conflicto y desear resolverlo marca el inicio del proceso de reconciliación con los demás. El hecho de que somos diferentes, y no solo en un aspecto sino en muchos, hace inevitable que surjan conflictos en nuestras relaciones interpersonales. A veces los conflictos pueden llegar a ser ofensivos, agresiones contra la propia integridad física, moral o espiritual y entonces la reconciliación resulta aún más difícil. Cuando esto sucede, lo normal es sentirse victima y con toda la razón. Si he sido víctima de una agresión y como cristiana deseo reconciliarme con quien me ha ofendido necesito “decidir” dejar a un lado mi victimismo. “La decisión de perdonar es una elección deliberada de dejar de definirse como “víctima”. Querer mantenernos en la situación de víctimas suprime la capacidad de perdonar, ... una cierta ego-satisfacción se alimenta del hecho de verse a si mismos como víctima, de tener una cierta sensación de importancia por el hecho de haber sufrido un agravio. Es necesario renunciar a esto de forma radical. Jesús nunca aceptó la identidad de víctima. Su identidad  no dependía de cómo los otros lo trataban sino de cómo el Padre lo trataba.”[3] A veces esto puede suponer una decisión heroica y con las solas fuerzas humanas sería imposible hacerlo, pero tenemos la fuerza de Jesús y de tantos hermanos y hermanas que, tras las huellas de Jesús, son capaces de perdonar y  reconciliarse con quien los ha herido. Pablo sabía bien que vivir al estilo de Jesús no es cosa fácil pero no baja el listón, al contrario nos desafía hoy como lo hizo con los Corintios cuando recurrían a los jueces paganos para solucionar sus pleitos: “Para vergüenza vuestra os lo digo, ... ya es triste cosa para vosotros andar pleiteando unos contra otros. ¿No sería preferible soportar las injusticias y permitir ser despojados?” (1Co 6, 5ª, 7). ¡Tremendas estas palabras del Apóstol! Hoy día suenan casi absurdas, ¿A quien se le va a ocurrir callarse ante una injusticia, o dejar que alguien le quite lo que considera suyo? Jesús “se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo,... se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz.” (Flp 2, 7-8) El amor profundo que Pablo siente hacia sus hijos en la fe le y su propia experiencia como hombre le ayudan a mostrar su comprensión para con los que caen victimas de la ira por una ofensa recibida: “Si os dejáis llevar de la ira, que no sea hasta el punto de pecar y que vuestro enojo no dure más allá de la puesta del sol.” (Ef 4, 26).

Perdonar y reconciliarse con los demás no es solo dificultad y renuncia. La persona que ha sabido perdonar crece en su humanidad. Las heridas sufridas y curadas con el perdón se convierten en “perlas preciosas” primero, “porque allí donde me han herido se han derrumbado mis máscaras y he podido ponerme en contacto con mi verdadero yo y segundo, porque las heridas hacen que me sienta vivo, mantienen viva en mí la nostalgia de Dios y me abren a las personas heridas como yo. Habiendo sido herido puedo comprender mejor a quien se siente herido. Si mis heridas se han transformado en perlas, no siento rencor hacia quien me ha herido. Entonces el perdón no es solamente algo pasivo, sino que me ayuda a descubrir en mí energías que no conocía y me da confianza para imprimir en este mundo la huella inconfundible y personal de mi vida.”[4]

 

b.   Con Dios 

La reconciliación con Dios está a la base y al mismo tiempo es el culmen de todo proceso de reconciliación. Si falta la reconciliación con Dios, los otros aspectos de ésta son frágiles y se desmoronan  apenas surge una nueva dificultad. San Pablo lo sabía bien y por eso suplica a los Corintios “En nombre de Cristo os suplicamos que os dejéis reconciliar con Dios” (2Co 5, 20b)   Notamos que Pablo no dice “reconciliaos con Dios” mas “dejaos reconciliar con Dios” y es que la reconciliación con Dios es iniciativa suya que requiere de nosotros, simplemente, el deseo de recibirla, el resto lo hace Él. Veamos por un momento la parábola del Hijo pródigo de Lucas: el joven recapacita, se mira hacia dentro, se ve en una condición miserable e incapaz de salir de ella y decide “volver”. No quiere hacerse ilusiones por eso decide conformarse con ser tratado como un siervo si es que el padre lo acepta como tal. Podemos imaginarnos su sorpresa cuando ve venir al padre corriendo hacia él, lo abraza, lo besa y ni siquiera lo deja echar el discurso que había preparado, le hace entrar en casa y organiza la fiesta. ¡Este es el Padre, el Padre de Jesús y nuestro!  El mensaje que nos transmite este amor misericordioso de Dios es que podemos presentarnos ante Él así como somos, que podemos revelarle todo lo que hay dentro de nosotros y que quizá nos avergüenza y saber que no nos va rechazar por ello, al contrario, son precisamente nuestras heridas, nuestro pecado reconocido, lo que despierta en Él esa inmensa compasión que a nosotros sorprende pero que es la manera característica de ser de Dios.

Anselm Grün en el artículo ya citado profundiza en otro aspecto de la reconciliación con Dios;  manteniendo que la reconciliación con Dios resta siempre iniciativa suya, dice que también nosotros debemos reconciliarnos con Dios. “Con frecuencia existe dentro de mí una rebelión contra Él. No le puedo perdonar que me haya creado así como soy; no le puedo perdonar que me haya destinado el género de vida que estoy viviendo, que no me haya preservado de los errores y las culpas que he cometido. Y así, yo también debo perdonar a Dios que me ha puesto en la difícil situación que me toca enfrentar. En definitiva, la reconciliación con Dios requiere que me libere de las falsas imágenes de Dios y de mi mismo, para entregarme con confianza total al misterio inalcanzable de Dios. Solo así podré experimentar la verdadera paz y la reconciliación con Él.”[5]

La verdadera experiencia de reconciliación con Dios trae siempre consigo una experiencia de paz no solo con Él sino con los demás y con todo lo creado. No obstante, esta experiencia de sentirse reconciliados con Dios, no se consigue de una vez por todas. Dada nuestra condición de pecado, nos alejamos de Él una y otra vez y por eso necesitamos estar a la escucha constante de su Palabra que, a través de Pablo que nos recuerda que el amor de Dios supera todos nuestros conflictos y tiene poder para reconducirnos a Él, “Porque no hay comparación entre el delito y el don. Porque si por el delito de uno todos murieron, mucho más la gracia de Dios, hecha don gratuito en otro hombre, Jesucristo, sobreabundó para todos.” (Rom 5, 15). 

En las epístolas a los Efesios y a los Colosenses es donde mayormente podemos apreciar la profundidad del mensaje de reconciliación en Pablo. En estas dos cartas el Apóstol expone la sublimidad de la obra reconciliadora del Padre en Cristo. “Dios, en efecto, tuvo a bien hacer habitar en él la plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, tanto del cielo como de la tierra, trayendo la paz por medio de su sangre derramada en la cruz.” (Col 1, 19-20). Cristo, asumiendo totalmente nuestra condición humana, nos ha hecho partícipes de su misma vida y aunque nos parezca imposible, si nos paramos a pensarlo, podemos vivir de otra manera, podemos vivir la vida de Cristo porque Él es nuestra paz. Podemos decir con Pablo: “Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí. Ahora, en mi vida mortal, vivo por la fe en el Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí.” (Gal 2, 19). Es esta fe viva, esta confianza total, la que infunde en nosotros la esperanza “una esperanza que no engaña, porque al darnos el Espíritu Santo, Dios ha derramado su amor en nuestros corazones.” (Rom 5, 5) dándonos la garantía de que la reconciliación con nosotros mismos, con los demás, con la creación, con Dios es posible porque Cristo, el único reconciliador, la ha hecho posible y nos la ofrece. “Estábamos nosotros incapacitados para salvarnos, pero Cristo murió por los impíos en el tiempo señalado... Porque si siendo enemigos, Dios nos reconcilió consigo por la muerte de su Hijo, mucho más, reconciliados ya, nos salvará para hacernos partícipes de su vida.” (Rom 5, 6, 10).

 

4.   Como Conclusión

¿Cómo podemos los cristianos y más concretamente los misioneros/as, ser instrumentos de reconciliación en nuestro mundo?

 

a.  Siendo testimonios de reconciliación.

Hay quien afirma que hoy día el significado de nuestra vida se manifiesta sobre todo, en el estilo y en la calidad de nuestras relaciones interpersonales. Hacemos parte de la misma humanidad y aprendemos los mejores valores los unos de los otros. Y creo que este testimonio que estamos llamados a dar no quiere decir, ni mucho menos, mostrarnos perfectos, sino más bien mostrarnos totalmente humanos, pero de una humanidad redimida, transformada por Cristo a quien queremos seguir y anunciar.  “Para los amantes de Cristo no hay lugar para la malicia, para el círculo vicioso del mal, donde la injusticia genera injusticia, la violencia genera violencia, etc. Solamente el amor puede romper este círculo. Alguien debe absorber la violencia y rechazar las represalias.”[6] Creo que lo que esta autora nos está diciendo no es que no vamos a experimentar esas cosas, la violencia, la injusticia, etc. sino que no podemos dejar que éstas y otros problemas que surgen de la convivencia humana empañen o desfiguren la presencia de Cristo entre nosotros. Pablo también es claro respecto a esto “Y no deis al diablo oportunidad alguna...Que desaparezca de entre vosotros toda agresividad, rencor, ira, indignación, injurias y toda suerte de maldad. Sed más bien bondadosos y compasivos los unos con los otros y perdonaos mutuamente, como Dios os ha perdonado por medio de Cristo.” (Ef 4, 27, 31-32). Nuestro testimonio gira en torno al vínculo que nos une con los otros, si buscamos la disciplina diaria de vivir el amor siendo compasivos, serviciales y responsables no daremos ninguna oportunidad al diablo. Creo que si nos comprometemos a vivir la compasión y el servicio genuino con responsabilidad, dentro de la comunidad apostólica y fuera de ella proclamaremos con nuestras vidas que vivir reconciliados, en un mundo donde impera la competitivad más despiadada, el pensar siempre y solo en los propios intereses, la lucha por el poder y el prestigio, es posible y además vale la pena aunque la factura a pagar a veces, puede ser alta.

Otro aspecto importantísimo de nuestro testimonio es el compromiso de trabajar seriamente por la unidad de los cristianos. El Hermano Alois, sucesor del Hermano Roger de Taize, ha dicho recientemente: “para que el compromiso de los cristianos por la reconciliación en el mundo sea creíble es fundamental que estén unidos entre ellos. ¿Cómo se puede ser testimonio de un Dios de amor y dejar que continúen nuestras divisiones? La reconciliación no es una de las muchas dimensiones del Evangelio, es la sintesis.”[7] El Hermano Alois continúa diciendo que ser testimonios de este Dios de amor no significa hacer grandes proezas que están al alcance de muy pocos, desde nuestra pobreza e incluso allá donde las circunstancias no son favorables, “Cristo nos envía a curar las heridas de las divisiones e de la violencia: a ir hacia los otros, a veces con las manos vacías, a escuchar, a tratar de comprender”, en una palabra a estar cerca.

 

b.  No excluyendo a nadie de nuestro ministerio  

Me parece importante incluir este aspecto en nuestro servicio misionero porque podemos encontrarnos, y de hecho nos encontramos, con situaciones en las que la tentación de excluir a algunas personas de nuestro ministerio es fuerte. Cuando vemos las injusticias, los atropellos perpetrados contra personas o enteros grupos, lo inmediato es condenar, alejar, excluir a quien comete estos actos. Pero me pregunto, ¿es cristiano hacer esto? Jesús murió para salvar a “todos”, Pablo nos dice: “... me he hecho esclavo de todos para ganar a todos... Me he hecho judío con los judíos, para ganar a los judíos,... he tratado de adaptarme lo más posible a todos, para salvar como sea a algunos. Y todo esto lo hago por el evangelio,...” (1Co 9, 19-23). Creo que también nosotros hoy tenemos que encontrar la manera de acercarnos a todos, “opresores” incluidos porque sin ellos no hay reconciliación verdadera.

Me van a permitir que sobre este tema cite a mi fundador, Daniel Comboni, porque creo que puede decirnos algo muy concreto sobre esto. En su primera homilía en Jartum (Sudan) después de haber sido consagrado obispo y Vicario Apostólico de África Central, dice: “Tened la seguridad de que mi alma os corresponde con un amor ilimitado para todos los tiempos y para todas las personas... El día y la noche, el sol y la lluvia me encontrarán igualmente y siempre dispuesto a atender vuestras necesidades espirituales; el rico y el pobre, el sano y el enfermo, el joven y el viejo, el amo y el siervo tendrán siempre igual acceso a mi corazón... No ignoro la gravedad del peso que me echo encima, ya que como pastor, maestro y médico de vuestras almas tendré que velar por vosotros, instruiros y corregiros; defender a los oprimidos sin dañar a los opresores, reprobar el error sin censurar al que yerra, condenar el escándalo y el pecado sin dejar de compadecer a los pecadores, buscar a los descarriados sin alentar el vicio: en una palabra, ser a la vez padre y juez...” [8] Defender a los oprimidos sin dañar a los opresores, condenar el escándalo y el pecado sin dejar de compadecer a los pecadores, decía Comboni. Cómo es difícil y qué nivel de asceticismo exige, pero creo que no es más difícil para nosotros hoy que lo era para Comboni en una época en que la esclavitud era rampante en África. Otro aspecto importante en la inclusión de todos es la disponibilidad de hacernos “puentes”. En un mundo, donde los muros y las barreras abundan, los misioneros tenemos que tender puentes o más bien “ser” puentes. Las Misioneras Combonianas, en nuestro último Cap. General, 2004, haciéndonos eco de la RM, n 34, tomamos como prioridad en nuestra misión precisamente esto, “ser puentes entre las gentes, entre los pueblos, culturas y religiones, entre los excluidos y aquellos que excluyen.”   

 

c.   Sabiendo reconocer y promover los signos de reconciliación presentes en la historia (religiones, culturas, etc.)

 El Concilio Vat. II nos exhorta a reconocer las “semillas del Verbo presentes en la historia”, hoy se dice que tenemos que reconocer los frutos, y los hay. Habiendo vivido durante bastantes años entre diversos pueblos en África, he podido apreciar la riqueza de sus tradiciones y, naturalmente descubrir también los límites. En Mozambique, tras tantos años de guerra y de destrucción, he visto como mujeres y hombres cansados de luchas y de enemistad se han dado la mano, no sin dificultad y a veces incluso con retrocesos, para reconstruir el país, levantando escuelas, construyendo centros de salud, enseñando a los jóvenes, muchos de los cuales solo habían conocido guerras, a trabajar juntos por el bien de todos. En Uganda, donde décadas de guerrilla han destruido el territorio y el pueblo Acholi, la gente, cansada de “conversaciones de paz”, de acuerdos que no duran ni el tiempo de firmarlos, ha decidido buscar en los archivos no escritos de su antigua cultura para encontrar caminos de reconciliación que lleven a una paz duradera y han encontrado un antiguo rito de reconciliación. Es sorprendente ver como en este rito se pueden encontrar muchos de los pasos que la psicología moderna  sugiere para la resolución de conflictos. Menciono solo algunos aspectos de este rito que incluyo completo a continuación.

 

Rito de Reconciliación en la cultura Acholi, norte de Uganda.

El pueblo Acholi está viviendo una experiencia de violencia como quizá pocos pueblos hayan vivido, al menos en la historia reciente de la Humanidad. Un grupo de exaltados guiados, primero por una mujer (Alice Lakuena), que se decía enviada por Dios para liberar al pueblo de quien estaba en el poder entonces (años 80) y después por un familiar suyo (Joseph Kony) han sembrado el horror en medio de este pueblo que ha sufrido las mayores atrocidades que se puedan imaginar: raptos de personas, sobre todo niños y jóvenes, torturas, amputaciones, violaciones de todo tipo, asesinatos.  Se han hecho varios tentativos (de tipo militar y negociaciones con la mediación de varias personas y grupos) para acabar con esta tragedia, pero hasta ahora ninguna a producido un cese duradero de la violencia. En estas ultimas semanas parecía que se había logrado un acuerdo de paz definitivo, pero a la hora de la firma de dicho acuerdo entre el gobierno y los rebeldes, el jefe de estos, Kony, no se ha presentado.

Los Obispos, Anglicano y Católico, de la Diócesis de Gulu, capital del distrito Acholi, han trabajado incesantemente para acabar con la violencia y están promoviendo un proceso de reconciliación con todo el pueblo Acholi. Uno de sus últimos tentativos es buscar en las raíces de la cultura algo que pueda tocar las motivaciones  mas profundas de la convivencia en paz de este pueblo. En su intento han encontrado un rito de reconciliación antiguo que usaban para la resolución de conflictos al interno de la tribu.

El rito consta de diversos pasos:

1.       Se inicia admitiendo responsabilidad por las propias acciones, el mal que se ha hecho y la petición de perdón. Es el momento de la verdad. Todos aquellos que sepan algo referente al conflicto deben hablar. La verdad es presentada por ambas partes. Todos los que están implicados en el conflicto tienen que expresar el sufrimiento, la amargura, etc. que han sufrido o causado. Todo se hace en presencia de los Ancianos, cuya presencia crea un clima de respeto.

2.       A continuación se toma una bebida amarga que simboliza que el odio, la falta de perdón, el rencor hieren por dentro, el dolor visceral nos devasta e no queremos saborearlo nunca más.

3.       La persona o el grupo responsable de la ofensa paga los daños, según el veredicto de los Ancianos: es el momento de la justicia.

4.       Después viene la petición de perdón ritual que incluye la ofrenda de sacrificios para invitar a las divinidades a tomar parte en el proceso. Las dos partes implicadas beben juntas la sangre de los animales sacrificados que lava las culpas y sanciona un compromiso nuevo que no puede ser transgredido.

5.       Sigue el comer y trabajar juntos por un periodo de tiempo como concretización del compromiso adquirido de una convivencia renovada en la concordia.

6.       Al final del proceso el problema está cerrado y nadie puede retomar el argumento par añadir o cambiar alguna cosa. Esto implicaría una maldición.

7.       Como conclusión de la ceremonia, todos los presentes caminan sobre un bastón que simboliza el puente que se ha construido: es el pasaje de la vida vieja a una nueva. Se aplasta un huevo como símbolo de la reconciliación que libera una vida nueva.

8.       Se vuelve a la vida cotidiana renovados y sin ninguna actitud de victimismo puesto que la verdad y la justicia se han aplicado a las dos partes.

Podemos ver algunos elementos fundamentales en este rito como: la verdad, la justicia, la libertad, la implicación de la comunidad presidida por los ancianos juegan un papel importante en el proceso de reconciliación.

 

d.     Siendo humildes “anunciadores” de la Palabra de Dios que, sola, transforma los corazones.

Creo que la convicción profunda de que la reconciliación y la paz que anunciamos no vienen de nosotros sino que son don de Dios sea la actitud esencial para nuestro ministerio. Pablo se declara “embajador” de Cristo, el mensaje no es suyo, le ha sido encomendado. Así también a nosotros que continuamos en el tiempo la única “misión” de Cristo nos es confiado el mismo mensaje de reconciliación que se fundamenta en la iniciativa de Dios pero que nos exige, en virtud de nuestro Bautismo, anunciarlo con gozo y sobre todo testimoniarlo con nuestras vidas. ¿Y porqué nos sentimos llamados, impelidos como Pablo, a seguir en la brecha no obstante las dificultades, los sufrimientos, la oposición con que nos encontramos muchas veces? Es por la seguridad que nos da la fe en ese Dios, “que es rico en misericordia y nos tiene un inmenso amor, aunque estábamos muertos por nuestros pecados, nos volvió a la vida junto con Cristo -¡por pura gracia habéis sido salvados!-, nos resucitó y nos sentó con él en el cielo. De este modo quiso mostrar a los siglos venideros la excelsa riqueza de su gracia, hecha bondad para con nosotros en Cristo Jesús.” (Ef. 2, 4-7).

 

61ª Semana de Misionología, Burgos, julio 2008

 

[1]Sr. Margaret Malone SGS en “Busca la paz y Siguela” 21. 9. 2003, C.I.B. Sydney/Australia

[2] Anselm Grün  “La Curación como Reconciliación”  Stuttgart 2004.

[3] Stephen Yavorsky, SJ “You Look at Them, I’ll Look at You” en  HUMAN DEVELOPMENT Summer 2008

[4] Anselm Grün  (artículo citado)

[5] Ansel Grün  (artículo citado)

[6]  Sr. Margaret Malone SGS  (artículo citado)

[7]  Frère Alois, prior de Taizé  L’Osservatore Romano, 27 Nov. 2007

[8]  Jartum, 11 de mayo de 1873 “Escritos” nn. 3158-9