La Misión ad Gentes hoy


Cardenal Crescenzio Sepe

 

 

Queridos hermanos en el Episcopado,
Queridos Directores Diocesanos de las Obras Misionales Pontificias
Queridos hermanos y hermanas 

Os saludo a todos con afecto, y agradezco vuestra fraterna acogida. Deseo saludar en modo particular a S.E. Mons. Francisco Pérez González, Director Nacional de las O.M.P., y a S.E. Mons. Ramón del Hoyo, Presidente de la Comisión Episcopal de Misiones, quienes me han invitado cordialmente a participar en estas Jornadas conmemorativas del Quinto Centenario del nacimiento de San Francisco Javier.

El tema que me ha sido asignado, “La Misión Ad gentes hoy”, es un argumento especialmente apropiado para manifestar la extraordinaria y providencial actividad misionera de San Francisco Javier, y, sobre todo, para que tomemos conciencia de la necesidad y de la urgencia de la Misión ad gentes en el mundo de hoy, en continuidad con la obra del Patrón de las misiones y con la de todos los misioneros que, a lo largo de la historia de la Iglesia, han cumplido con gran generosidad el mandato misionero.

A más de cuarenta años de la promulgación del Decreto Ad gentes, es útil que reflexionemos sobre los contenidos de tan importante texto conciliar. Hablaremos, en primer lugar, de varios aspectos de la actual situación mundial que patentizan la urgencia de la misión ad gentes (I); trazaremos un breve perfil teológico de la Misión ad gentes (II); ofreceremos algunas orientaciones teológicas y pastorales (III), para concluir con la presentación de varias opciones que podríamos considerar prioritarias (IV).

I. El contexto actual y la urgencia de la misión ad gentes

La conciencia de la importancia y de la urgencia de la misión ad gentes, come tarea primordial de la Iglesia, se hace sentir cada vez con mayor vigor. Entre los numerosos elementos que nos pueden ayudar a entender dicha urgencia, enunciaremos tres: el cambio cultural provocado por el proceso de secularización y globalización; la ambivalencia que se registra entre dicho proceso y el “retorno de lo sagrado”, o “lo religioso”, fenómeno propio de una sociedad secularizada; la exigencia de una nueva conciencia misionera, que sepa afrontar algunas interpretaciones imprecisas del diálogo interreligioso y de la teología de las religiones . 

 

I.1 La globalización

Las características del actual proceso de secularización y globalización cultural, así como sus consecuencias para la misión, aparecían ya descritas en la Constitución pastoral Gaudium et Spes (4-10; 54-56). Podemos decir que dicho proceso se manifiesta, principalmente, en tres ámbitos: económico, medios de comunicación, movimientos migratorios.

 

a) La globalización económica, es, quizá, su aspecto más evidente. Con la disolución de la ideología marxista se ha impuesto un modelo económico global que ha producido cambios positivos en varios de los países llamados “emergentes”: India, China, Brasil y Sudáfrica, pero que en muchos otros ha ocasionado mayor pobreza. Dicho modelo promueve una sociedad basada en una competición sin piedad, en la innovación tecnológica continua. Quien no es capaz de estar al paso de este ritmo vertiginoso es excluido automáticamente. Esta cultura propone, además, una forma de vida social que tiende a negar la trascendencia y considera los valores religiosos, como instrumentales, o a menudo contrarios, al bien fundamental del ser humano: su bienestar. En este contexto, tanto aquellos que promueven dicho sistema, como quienes lo combaten, estiman el cristianismo en la medida que contribuye a resolver los problemas materiales de la humanidad y favorece su “progreso”. Se trata, como es obvio, de un intento de reducir la fe cristiana y su misión a un puro humanismo, a una filantropía .

Dicha situación pide que entendamos la misión ad gentes también en relación a la Doctrina social de la Iglesia, tal como sugiere la Encíclica de Benedicto XVI, Deus Caritas est. Se trata de asumir el aspecto positivo de la globalización y proponer la novedad de la fe y de la antropología cristiana, para dar un alma y un rostro humano a dichos cambios. 

 

b) Las nuevas tecnologías aplicadas a los medios de comunicación, ofrecen posibilidades casi ilimitadas para establecer un contacto directo e inmediato con todas las partes del mundo. Ellas han entrado también en los países del tercer mundo y están modificando radicalmente sus sociedades tradicionales.

¿Qué significado y qué impacto tienen los nuevos medios de comunicación en relación a la misión ad gentes? No podemos negar las ventajas que ofrecen para coordinar mejor la actividad misional, para transmitir capilarmente el mensaje cristiano y para integrarlo en esta nueva cultura (cf. Redemptoris missio, 37). Sin embargo, es preciso no olvidar que la comunicación moderna, antes que dar contenidos, tiende a crear por si misma la nueva cultura global. Dichos medios se imponen en nuestras sociedades como instrumentos en manos de quien detenta el poder, y sabemos cuánto influjo tienen en la promoción de nuevos comportamientos sociales y psicológicos.

Los nuevos medios de comunicación, en relación al anuncio de la fe, no deben ser considerados por tanto, como un absoluto. Al contrario, sin dejar de estar presentes en dicho areópago moderno, debemos tener presente que el medio más eficaz y privilegiado para el anuncio de la fe es el testimonio de la vida y la evangelización inmediata (sin medios), directa, personal, de tu a tu.

 

c) La pobreza demográfica del occidente ha ocasionado un masivo flujo migratorio de pueblos, atraídos por la riqueza de sus sociedades. Una de las consecuencias de dicho fenómeno es la formación de sociedades multiculturales. Situaciones sociales muy complejas que son afrontadas por los gobiernos occidentales en modo diversificado. En relación a la misión ad gentes, debemos afirmar que la presencia en nuestros países de una pluralidad de pueblos no cristianos, constituye la ocasión privilegiada para ofrecerles, en el pleno respeto de su libertad, el primer y el mejor servicio que podemos darles: el testimonio del Evangelio y el anuncio de Cristo y del Reino de Dios .

 

I.2 La secularización y el “retorno de lo religioso”

El vacío de ideales y valores, y el crecimiento del relativismo moral y religioso en nuestras sociedades postcristianas, no conlleva la desaparición de lo religioso. Al contrario, todos observamos con preocupación como aumenta el interés por las religiones orientales, por lo esotérico, la magia, new age, sectas, etc. El hombre secularizado se muestra reacio a entrar en el “templo” y no desea consumir ritos, que supone son impuestos por “los representantes y manipuladores de lo divino”. Desea, más bien, gestionar en modo personal y exclusivo su sentimiento religioso, y, en definitiva, construir su propia religión.

La Iglesia también está llamada a afrontar dicha situación, que, por ambigua que nos pueda parecer, ofrece una gran oportunidad para un nuevo anuncio de la fe, “nuevo en su ardor, en sus métodos, en su expresión” . Para ello tal vez “deberemos dejar esquemas atrofiados” e “inspirarnos de nuevo en el primer modelo apostólico, modelo que sirve de fundamento y es paradigmático, lo contemplamos en el Cenáculo: los apóstoles están unidos y perseveran con María, en espera de recibir el don del Espíritu” .

I.3 Una nueva conciencia misionera

El Espíritu Santo, que anima y guía a la Iglesia suscitando en cada época impulsos de mayor fidelidad al Evangelio, ha inspirado el Concilio Vaticano II para dar respuestas concretas a la evolución del mundo actual, que reclama de la Iglesia una nueva conciencia misionera. 

El Concilio ha descrito a la Iglesia como “sacramento universal de salvación”, signo transparente y portador de Cristo para toda la humanidad (Lumen gentium, 48; Ad gentes, 1). Esta idea central, la encontramos ampliamente desarrollada en la Lumen gentium, que desde su primer número urge a una evangelización universal. La Iglesia está llamada a presentarse como un “signo levantado antes las naciones” (Sacrosanctum concilium, 2), que “manifiesta y, al mismo tiempo, realiza el misterio del amor de Dios al hombre” (Gaudium et spes, 45).

En el nuevo camino de la humanidad, caracterizado por rápidas y generales transformaciones, por la destructuración de las sociedades tradicionales, por el fenómeno de la secularización y el renacimiento de un vago sentimiento religioso, la Iglesia toma conciencia que se halla también, en un cierto modo, en un “nuevo inicio”. Un mundo que no goza, como en el pasado, de fronteras bien definidas; donde otras culturas y experiencias religiosas conviven codo a codo con el cristianismo. Ante dicha pluralidad, la fe cristiana se encuentra a ser una voz entre otras voces y, en muchos areópagos modernos, constituye un hecho minoritario, a menudo contracorriente del pensar común de la sociedad.

Esta nueva etapa histórica de la humanidad, exige de los cristianos una fe adulta, espiritualmente madura, radicada en el fiel seguimiento de Cristo y de su Iglesia. Es esta una situación que, en definitiva, acentúa y pone de manifiesto la íntrinseca dimensión misionera de la fe. 

 

II. Fidelidad al mandato de Jesucristo, Cabeza y Señor de su Cuerpo, que es la Iglesia

Inicio esta segunda parte con la frase del Evangelio, que, podríamos decir, constituye el lema de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19). El contexto exegético de esta frase es postpascual. En él la mirada de Cristo se dirige hacia el futuro de la Iglesia; a ese futuro pertenecen: la edificación de la Iglesia, la administración de los sacramentos, especialmente del bautismo y la eucaristía, y, sobre todo, el anuncio del Evangelio al mundo entero.

Dicho texto contiene los elementos esenciales del Testamento que el Resucitado ha dejado a los suyos. En esta sección, Mateo insiste en el “todo”: “Todo el poder”, “todos los pueblos”, “observar todo”, “todos los días”. Al inicio de la Iglesia, y en toda su vida, la potencia salvadora de Dios, Creador y Salvador, estará presente y se extenderá a todo el universo. En estos versículos, el evangelista presenta el mandato misionero en torno a tres elementos fundamentales:

- La misión de los discípulos se dirige a “todos los pueblos”, “a todos los hombres” y no se limita a Israel, aunque no lo excluye.

- La acogida de la misión se realiza mediante el bautismo y la adhesión a la doctrina. En dicha acogida y adhesión se concretiza el verdadero discipulado. La fórmula trinitaria del Bautismo se desarrolla en el contexto litúrgico, como confirma San Pablo (2 Cor 13, 13; 1 Cor 12, 4; 1 Cor 6, 11; Gal 4, 6; 1 P 1, 2).

-“Enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado”. Mateo recuerda que nada de aquello que ha sido enseñado puede ser silenciado o alterado.

Desde el comienzo de la Iglesia, su misión consiste en ir hacia los que no son cristianos. La adhesión que estos darán al anuncio de la fe no será desencarnada ni abstracta, no se realizará en una pura interioridad. La dimensión exterior y pública del discipulado se concretizará en la formación de una Iglesia donde serán visibles los signos de la fe: el Amor y la Unidad. Ciertamente, ello será el fruto de la presencia del Resucitado: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el final del mundo”. Ahí donde los discípulos vayan, El estará con ellos, todos los días. Es este el motivo de nuestra esperanza y el fundamento de nuestro deber y de nuestra convicción misional.

Todo ello nos dice, en modo elocuente, que el diálogo interreligioso de ningún modo nos debe hacer perder de vista la necesidad de la misión ad gentes. Nuestro ser cristiano, no se limita a creer, rezar y esperar, sino que exige comunicar, difundir y compartir con los demás, los bienes experimentados en el encuentro con Dios. Por ello, el diálogo no puede consistir en invitar a los budistas, hinduistas, musulmanes, etc., a que sean buenos budistas, musulmanes, etc. El cristiano que excluya la propuesta de la “pretensión cristiana” y conciba el diálogo interreligioso en estos términos, - permitidme el juego de palabras -, está presentando su di-misión, su renuncia a ser evangelizador. La misión es una dimensión fundamental y constitutiva de la fe cristiana, “un compromiso irrenunciable y permanente”, que ninguna situación actual o futura puede alterar o detener, al contrario, los desafíos modernos exigen su renovada actuación.

Promover la misión ad gentes, requiere también individuar sus coordenadas fundamentales: su fundamento teológico, sus destinatarios, sus agentes, su proceso espiritual y formativo.

 

III. Orientaciones teológicas y pastorales

 

III.1 Fundamento teológico de la misión ad gentes

Para promover en modo adecuado la “nueva primavera de la misión ad gentes”, (cf. RM, 2) es necesario que seamos fieles a sus fundamentos teológicos. Dicha renovación podrá realizarse si nos mantenemos fieles a los orígenes de la fe católica, y requerirá de todos nosotros que nos pongamos nuevamente a la escucha de la Palabra y del mandato del Señor.

a) Misión significa ir más allá de las barreras y las fronteras que nos separan de quien no cree en Jesucristo, y, en el respeto de su libertad, anunciarle el Evangelio en modo creíble y convincente, decirle que él también es amado por el Señor y que está invitado a seguirle. Dicho anuncio es un servicio a la libertad del hombre, pues solo en Cristo el hombre, liberado de la esclavitud del pecado, alcanza y realiza su verdadera libertad. La misión ad gentes se propone precisamente como respuesta al anhelo de libertad y de verdad de todo hombre: “La verdad os hará libres” (Jn 8, 32).

b) El servicio a la verdad. La pluralidad de las religiones constituye un desafío a la misión ad gentes. En este contexto, la cuestión de la verdad es fundamental. El documento de la Comisión Teológica Internacional, El cristianismo y las religiones, y la declaración Dominus Iesus, han centrado la atención sobre este aspecto y sobre la necesidad que la Iglesia muestre, con mayor claridad, la singularidad y la unicidad de Jesucristo, Camino, Verdad y Vida (Jn 14, 6). No podremos afrontar en modo adecuado los problemas del pluralismo religioso, y los riesgos de la “dictadura del relativismo” que este puede comportar, si no reflexionamos seriamente sobre la identificación de Jesucristo con la Verdad.

La encíclica Fides et Ratio puso bien en evidencia como dicha cuestión es decisiva para nuestro tiempo, e hizo notar como la actual reflexión filosófica elude la cuestión de verdad. Cuestionando la capacidad del hombre, declara que la verdad es inaferrable, inefable o relativa. 

Para el cristiano, la verdad es la persona de Cristo. En esta identificación se juega toda la unicidad y la singularidad de Jesucristo, y, en consecuencia, de la misma fe cristiana. En nombre de la tolerancia no podemos relativizar la identificación de Jesús con la verdad, pues siempre estamos llamados a dar razón de nuestra esperanza a quien nos la pida (1P 3, 15). Será necesario, por tanto, que la teología de la misión reflexione con mayor profundidad sobre el nexo indivisible entre Cristología y verdad.

 

III. 2 Los destinatarios de la misión

La condición espiritual y religiosa del hombre moderno es muy diversificada. Respecto a la misión ad gentes podemos distinguir algunas categorías.

Los no creyentes: personas que por diferentes razones están cerrados a la trascendencia. Algunos consideran a Dios y las religiones como una “hipótesis inútil”, o “nociva”; otros creen que la religión y la revelación son inconciliables con el conocimiento científico; no falta quienes rechazan a Dios en nombre del mal; no pocos se declaran agnósticos, mientras son siempre más numerosos aquellos que bajo el influjo del secularismo se declaran indiferentes a la religión.

Los creyentes no cristianos: Las religiones monoteístas no cristianas, los creyentes de las religiones asiáticas y los creyentes de las religiones tradicionales.

Los bautizados que no creen o creen poco. Hacen parte de esta categoría, los jóvenes y los adultos religiosamente indiferentes, poco practicantes, que tal vez se declaran ateos. Son bautizados que no han recibido una adecuada formación cristiana, y que por diferentes razones se han alejado de la Iglesia.

 

III. 3 Agentes de la misión ad gentes

El Concilio Vaticano II nos dice que “toda la Iglesia es misionera” y que “la obra evangelizadora es deber fundamental del Pueblo de Dios” (AG, 35). Recordemos a este respecto la eficaz imagen de los Padres de la Iglesia que hablaban de la Iglesia como una madre. Como madre ella debe concebir en su seno a los nuevos creyentes para engendrarlos después a la nueva vida por medio del bautismo .

a) Las Iglesias particulares

- El Obispo y la diócesis. El principal sujeto de la Misión es la diócesis, bajo la responsabilidad del Obispo. Él, junto con sus colaboradores, tiene la tarea de responsabilizar a las comunidades cristianas en la obra misionera ad gentes; tiene además el deber de formar y coordinar los diferentes agentes de la actividad misionera (sacerdotes, religiosos, laicos).

Es imprescindible que insistamos sobre la responsabilidad misionera de cada iglesia particular, sobre todo en las jóvenes Iglesias y en los países donde el cristianismo es todavía una minoría. Es necesario promover el sentido misionero en todo el Pueblo de Dios proponiendo algunas opciones fundamentales: potenciar pequeñas comunidades cristianas, vivas y evangelizadoras, en las que se pueda ofrecer una adecuada iniciación cristiana y se formen agentes de evangelización. 

- Las comunidades cristianas: La misión ad gentes se realiza mediante la acción de la comunidad cristiana: la parroquia, los institutos religiosos, los movimientos eclesiales, etc. Es tarea de los responsables de las comunidades parroquiales sensibilizar a cada bautizado mediante la predicación, la catequesis y la acción litúrgica para que adquiera conciencia de su responsabilidad misionera ad gentes; es necesario articular formas concretas de evangelización: desde el primer anuncio de la fe hasta el acompañamiento espiritual de quienes desean adherir a Cristo.

b) Agentes cualificados

- Una eficaz actividad misionera ad gentes requiere cristianos bien preparados. Se deberá escoger y preparar aquellos catequistas que se dirigirán directamente a los no creyentes, para presentar el primer anuncio del Evangelio. En este ámbito será necesario valorar adecuadamente la familia cristiana como sujeto evangelizador.

- La misionariedad de los Movimientos eclesiales. Se podría decir que con el Concilio ha ido creciendo la conciencia que la misión no es sólo un deber de las congregaciones y de los institutos misioneros: “Esta tarea debe ser realizada, … , con la oración y cooperación de toda la Iglesia” (Ad gentes 6), y también “Todos los fieles, como miembros de Cristo vivo, … , tiene el deber de cooperar a la expansión y dilatación del Cuerpo de Cristo para llevarlo cuanto antes a su plenitud” (n. 36). Cada cristiano es y debe ser misionero. La participación de los laicos en esta misión es una de las novedades más sorprendentes y consoladoras de nuestro tiempo. Hoy, los movimientos eclesiales, las familias misioneras, voluntarios, etc., constituyen un instrumento evangelizador providencial, sobre todo en los territorios de misión.

La mayoría de estas nuevas realidades, en las que prevalece la presencia laical, se presentan como itinerarios de fe y fundamentan su propio método pedagógico en el carisma que el Señor ha concedido a sus fundadores y que la Iglesia ha reconocido oficialmente. Dichos movimientos, manifiestan la frescura de la experiencia cristiana, la belleza del encuentro personal con Cristo, y la urgencia de comunicar el Evangelio a los demás. Muchas de estas nuevas realidades representan una verdadera primavera de la Misión ad gentes y un modo concreto para realizarla. Son expresión de nuevos carismas, nuevos métodos educativos y modalidades apostólicas que constituyen, de hecho, una respuesta concreta del Espíritu a los desafíos actuales de la misión ad gentes. La conciencia de la “novedad” que supone la gracia bautismal y su sólida fidelidad al patrimonio de la fe, transmitido por la Tradición viva de la Iglesia, constituyen válidos presupuestos sobre los cuales desarrollar una eficaz acción misional.

- Congregaciones misioneras. Dichos institutos han sido fundados para la misión ad gentes y su vocación sigue conservando toda su validez. Debemos dar gracias a Dios por el hecho que existan y nazcan también en los países de misión. Se trata de una vocación especial, que tiene como modelo a los apóstoles y se manifiesta en el compromiso total al servicio de la evangelización. Dicha vocación “representa el paradigma del compromiso misionero de la Iglesia, que siempre necesita donaciones radicales y totales” (RM, 66).

En la historia de la Iglesia dichos institutos han realizado la actividad misionera con un vigor extraordinario. Han sabido conjugar con ejemplar fidelidad, el deber del anuncio del Evangelio y el respeto y la promoción de la dignidad de toda persona humana. Pensemos, solamente, a Francisco de Vitoria y a la Escuela de Salamanca que elaboraron conceptualmente un derecho de gentes basado en la igualdad y dignidad de todos los seres humanos, poniendo así las bases del derecho moderno de los pueblos. 

La Iglesia necesita de la generosa entrega de tantos religiosos y religiosas, no sólo para la actividad misionera ad gentes, como es su tradición, sino también para la animación misionera en las Iglesias de antigua cristiandad, como en las más jóvenes.

No podemos comprender la acción del Espíritu Santo con análisis estadísticos, pues esta se sitúa a otro nivel, el de la gracia, que es a menudo velado y misterioso. El Espíritu Santo es el protagonista de la misión de la Iglesia. Saber que Él actúa en el corazón de los creyentes y que interviene en los eventos de la historia, nos invita al optimismo y a la esperanza. También hoy la acción del Espíritu Santo se hace sentir con fuerza. Lo sentimos, por ejemplo, en el crecimiento de la Iglesia en el continente africano, donde a pesar de las enormes dificultades se experimenta un crecimiento que no es solo proporcional al aumento de la población. Lo vemos también, con gran esperanza, en Asia, continente que merece una atención especial. En él viven más de cuatro mil millones de personas (el sesenta por ciento de la población mundial), donde los católicos son apenas doscientos millones (un escaso cinco por ciento de la población asiática), la mitad de los cuales concentrados en Filipinas.

En numerosos Países asiáticos la Iglesia está dando los primeros pasos. Pongo, por ejemplo, el caso de Mongolia, una República ex-comunista, de dos millones y medio de habitantes situada entre Rusia y China. Su comunidad católica no llega todavía a mil personas. Digo bien, mil; ¡no cien mil, ni diez mil! Son Iglesias que nacen en modo muy humilde pero con gran dinamismo, y necesitan la ayuda espiritual y material de toda la Iglesia.

 

IV. Algunas prioridades pastorales

El primer anuncio de Jesucristo se realiza “mediante una actividad compleja y diversificada, con una gama casi infinita de medios” . El anuncio explícito de la salvación en Cristo es la tarea primaria de la misión ad gentes y supone que, de alguna manera, el hombre haya sido preparado a la predicación del Evangelio.

 

IV. 1 El diálogo de la vida

Quien ha sido enviado a anunciar el evangelio a los países de misión, se encuentra normalmente en contextos religiosos plurales. El encuentro con los fieles de otras religiones se realiza en la vida común. Esta convivencia ofrece una base natural para un diálogo inicial y constituye también el lugar a partir del cual el cristiano puede iniciar a dar testimonio de su propia fe. Es este un primer campo de acción misional que debería ser mayormente sostenido y promovido - también en nuestras sociedades occidentales secularizadas - y que atañe principalmente la actuación de los fieles laicos. 

 

IV. 2 Confirmar la fe de la comunidad

Una segunda prioridad consiste en dar solidez y confirmar la fe de aquellos que han adherido a Cristo y forman parte de su Iglesia. Para ello, la Iglesia debe exponer con claridad el anuncio de la fe y manifestar visiblemente su unidad y catolicidad, como bien recuerda la Encíclica Deus caritas est. En esta perspectiva, la misión ad gentes exige, hoy y como siempre, la comunión eclesial y la unidad en torno a los propios Pastores y al sucesor de Pedro. Él tiene la misión de confirmar la fe de los fieles, en particular de aquellos que son perseguidos. Jesús mismo ora al Padre para que todos sean uno y así el mundo crea. Confía a Pedro la misión de apacentar a su rebaño, confirmarlo en la fe, y hacerse cargo de las debilidades de sus hermanos (Jn 21, 17).

 

IV. 3 La exigencia de una nueva y sólida espiritualidad misionera

Encontrándonos en una época de grandes cambios culturales, y en un nuevo contexto espiritual, nos podemos preguntar ¿logrará nuestra Iglesia apagar la sed de Dios que tiene el hombre de hoy?

A esta pregunta ha dado ya respuesta el Señor declarando que si no permanecemos en Él, en su Amor, no obtendremos fruto por nosotros mismos y, en realidad, no podremos hacer nada (Jn 15, 4-6). Nuestras comunidades, por tanto, están llamadas, ante todo, a vivir y manifestar su participación al Cuerpo del Señor, o, en otras palabras, a ser eucarísticas. Como decía San Agustín, al recibir el Cuerpo del Señor la Iglesia se convierte en su mismo Cuerpo. En este sentido, podemos decir que la misión es, sobre todo, una experiencia espiritual y no una estrategia, un método o una técnica, pues quien no ha vivido y no vive una profunda experiencia de fe no podrá ser nunca misionero.

Dejarse guiar por el Espíritu significa caminar por la vía de la santidad. Un renovado impulso hacia la misión ad gentes exige misioneros santos. “No basta renovar los métodos pastorales, ni organizar y coordinar mejor las fuerzas eclesiales, … , es necesario suscitar un nuevo anhelo de santidad entre los misioneros y en toda la comunidad cristiana” (RM, 90). Pensemos, queridos hermanos, en el empuje misionero de San Francisco Javier y de sus compañeros jesuitas. A pesar de la escasez de medios de transporte y de comunicación, llevó el anuncio del Evangelio a África y a Asia, y llegó hasta las puertas de la China. En la base de este dinamismo misionero estaba, sin duda, su santidad. 

Que la urgencia que acució a San Francisco Javier a llevar el anuncio de la Buena Nueva a todo el mundo, no nos deje tranquilos y nos incite a la misión ad gentes, que su santidad nos sea de ejemplo y nos sostenga en la evangelización de una humanidad angustiada y oprimida por tantos problemas, que espera a Cristo, su Camino, Verdad y Vida.

 

Asamblea General de Directores Diocesanos de OMP, Javier, junio 2006