Actualidad de la Encíclica Fidei Donum del Papa Pío XII


Mons. Henryk Hoser
Presidente de las Obras Misionales Pontificias

 

 

En el año 1990, a los veinticinco años de la conclusión del Concilio Vaticano II y de la publicación del decreto sobre la actividad misionera Ad gentes, quince años después de la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi de Pablo VI, su sucesor, Juan Pablo II, ha afirmado: “Quiero invitar a la Iglesia a un renovado compromiso misionero, siguiendo al respecto el Magisterio de mis predecesores. El presente Documento se propone una finalidad interna: la renovación de la fe y de la vida cristiana. En efecto, la misión – continúa el Papa - renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece dándola! La nueva evangelización de los pueblos cristianos hallará inspiración y apoyo en el compromiso por la misión universal”[1].

El día de Pascua de 1957, Pío XII dirigió a todos los obispos del mundo, un llamamiento serio y apremiante a favor de las misiones en África, en un momento histórico en el que se preveía una inminente descolonización. Esta encíclica, que en su momento fue muy conocida, hoy, sin embargo, lo es menos y ha sido casi sustituida por los documentos y las fórmulas posteriores. Será útil presentar brevemente su contenido.

Tras el preámbulo (sobre el don de la fe que irradia), siguen cuatro partes. La primera se concentra sobre la situación de la Iglesia en África, con algunos aspectos particulares: los resultados de la misión en el pasado, las tareas a realizar, el análisis de la situación existencial del continente, los desafíos que afrontar y la escasez de trabajadores en la mies.

La segunda parte trata las apremiantes necesidades, a las que debe concurrir toda la Iglesia, con el fin de encontrar soluciones además de asegurar el desarrollo espiritual y material de los pueblos de África.

La tercera parte se detiene sobre la importancia del triple compromiso hacia las misiones que interpela a todos los católicos: la oración, la generosidad y el don de uno mismo.

La parte final, breve, es una exhortación dirigida a todos los misioneros.

No es mi intención agotar la riqueza temática de la encíclica, sino simplemente presentar algunas observaciones y consideraciones que prueban la actualidad, en ocasiones sorprendente, del texto pontificio.

Cincuenta años después de su publicación, es necesario volver una vez más a la dinámica de la encíclica Fidei Donum del Papa Pío XII. Esta dinámica se desarrolla internamente entre dos polos, dos puntos de referencia y de motivación, quedando siempre como motivo conductor el don de la fe. El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda que: La fe es una adhesión personal del hombre entero a Dios que se revela. Comprende una adhesión de la inteligencia y de la voluntad a la Revelación que Dios ha hecho de sí mismo mediante sus obras y sus palabras. "Creer" entraña, pues, una doble referencia: a la persona y a la verdad; a la verdad por confianza en la persona que la atestigua. No debemos creer en ningún otro que no sea Dios, Padre, Hijo, y Espíritu Santo[2].

Por tanto, la fe es siempre la base del ser misionero, una evidencia que permanece sin comentarios y que, conforme avanzan los debates entre los misionólogos, cada vez se olvida más. El diálogo entre las culturas y las religiones, la inculturación, los ejercicios semánticos, entendidos como método de la actividad misionera, por una parte, y, por otra, la proclamación del Reino de Dios, considerado como fin prefijado de la acción, han hecho perder de vista que el verdadero protagonista de la evangelización es la persona creyente que, inspirada por el Espíritu Santo, da testimonio sobre todo de su propia fe.

El primer polo, por lo tanto, es la fe. En la actividad misionera de la Iglesia, incluso en el compromiso de un misionero en particular y en lo concreto de su vida cotidiana, la motivación es una fuera motriz y causal. Su carencia tiene como origen un decaimiento del sentido de ser y del actuar como misionero, expuesto siempre a una larga serie de contrariedades.

El texto de la encíclica Fidei Donum ofrece esta doble visión, es decir, la motivación que proviene de la consciencia teológica, y la que deriva del conocimiento contextual del tiempo y el ámbito del compromiso del misionero; en otras palabras, de su lectura de la situación ofrecida, encontrada y encomendada, por la Providencia Divina.

La mención de la Providencia Divina nos recuerda siempre que no existe jamás la evangelización sin fe. “El don de la fe, al cual siguen en las almas por gracia de Dios tan incomparables riquezas, exige que sin cesar mostremos nuestra gratitud al Señor, su divino Autor. (...) ¿Qué ofreceremos, pues, al Señor a cambio de este don divino, además del homenaje de la mente, si no es nuestro celo en difundir cada vez más entre los hombres el esplendor de la verdad divina?[3]

Queda claro, por tanto, que, como primer motivo del actuar del misionero, se presenta la actitud de gratitud, por respeto a Dios y a su prodigalidad, por la efusión del don recibido en abundancia (la gratitud es una actitud en la Escritura: ex. Tb 12,6; S.; Col 3,15 ss.). La fe, el inestimable don, condiciona “en cierto modo la primera respuesta de nuestra gratitud para con Dios, al comunicar a nuestros hermanos la fe que nosotros hemos recibido [4]. La estructura dialógica de la motivación misionera, vista como respuesta, como reacción a los dones recibidos, encuentra un desarrollo posterior en el Decreto Conciliar Ad Gentes: “El hombre debe responder al llamamiento de Dios, de suerte que no asintiendo a la carne ni a la sangre, se entregue totalmente a la obra del Evangelio, pero no puede dar esta respuesta, si no le mueve y fortalece el Espíritu Santo”[5].

Es muy importante insistir hoy en la motivación de fe del misionero, sin la cual los demás elementos constitutivos de la vocación misionera pierden su fundamento. Sin la fe, resulta ilusoria la adhesión vital y comunitaria a las verdades reveladas por el Señor, como pide la Evangelii Nuntiandi, como también la adhesión “al reino, es decir, al ‘mundo nuevo’, al nuevo estado de cosas, a la nueva manera de ser, de vivir juntos, que inaugura el Evangelio[6].

Sin la fe, la docilidad al Espíritu Santo, protagonista principal de la evangelización, se convierte en problemática. De hecho, tras el Concilio Vaticano II, el Magisterio de la Iglesia recuerda periódicamente el papel decisivo de la fe como primer paso hacia la misión. Refiriéndonos a la pregunta de Juan Pablo II, sobre el “¿para qué la misión?”, podemos dar una respuesta que surge de nuestra fe y de nuestra experiencia de la Iglesia, “abrirse al amor de Dios es la verdadera liberación. (...) La misión es un problema de fe, es el índice exacto de nuestra fe en Cristo y en su amor por nosotros[7]. Con esta afirmación el Papa vuelve a lo esencial.

La misión es sobre todo una necesidad del corazón y un deber, en ocasiones pesado, de la caridad.

Otro importante motivo del compromiso misionero es la visión y la consciencia de la Iglesia, como las desarrolla el autor de la encíclica “Mystici Corporis”: “Como en nuestro organismo mortal, cuando un miembro sufre, todos los demás sufren con él, aportando los miembros sanos su ayuda a los que están enfermo, de igual forma en la Iglesia cada miembro no vive únicamente para sí, sino que ayuda a los demás y todos se ayudan recíprocamente para su consolación mutua, como también para un mejor desarrollo de todo el cuerpo[8]

El Papa Pío XII se dirige así a los obispos del mundo y, a través de ellos, a todos los potenciales misioneros, subrayando que la solidaridad en la Iglesia se basa en la caridad estimulante de Cristo. Se pueden encontrar afirmaciones parecidas también en las enseñanzas del actual Papa Benedicto XVI; especialmente en la “Deus Caritas est”.

Una Iglesia solidaria, descrita como “Fratenidad de Cristo” en la primera carta de Pedro (1 Pd 2,17 y 5,9), como “Iglesia-hermana” según la tradición patrística[9], también era vivida en los primeros siglos como “Ecclesia Mater”, una denominación amorosa de la que dan testimonio también los mosaicos del siglo IV en el África Proconsular.

La Iglesia es inseparable de Cristo. Quien ama a Cristo es sensible a su mandato dirigido a Pedro: “Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas” (Jn 21, 16-18). La misión universal personalizada por el sucesor de Pedro implica a todos aquellos a los que se han transmitido las palabras del Señor: “Como el Padre me envió, así os envío yo” (Jn 20,21)[10]. “Existe, por tanto, un nexo íntimo entre Cristo, la Iglesia y la evangelización. Mientras dure este tiempo de la Iglesia, es ella la que tiene a su cargo la tarea de evangelizar. Una tarea que no se cumple sin ella, ni mucho menos contra ella”[11].

Otra razón de motivación del misionero, que pertenece al polo teológico, es la catolicidad de la Iglesia como afirma uno de los artículos de nuestro Credo. “El espíritu misional y el espíritu católico, decíamos hace ya algún tiempo, son una misma cosa. La catolicidad es una nota esencial de la verdadera Iglesia: hasta tal punto que un cristiano no es verdaderamente afecto y devoto a la Iglesia si no se siente igualmente apegado y devoto de su universalidad, deseando que eche raíces y florezca en todos los lugares de la tierra[12].

Nos llega, por tanto, una advertencia contra el individualismo que domina la cultura contemporánea. “Cuando se habla de la Iglesia, Nada, pues, es más extraño a la Iglesia de Jesucristo que la división; nada es más nocivo para su vida que el aislamiento, que el concentrarse en sí misma”[13]

El Papa Pablo VI, 18 años después, volvía a retomar esta advertencia en la Evangelii Nuntiandi, en la que el Papa advierte que “como demuestra la historia, cada vez que tal o cual Iglesia particular, a veces con las mejores intenciones, con argumentos teológicos, sociológicos, políticos o pastorales, o también con el deseo de una cierta libertad de movimiento o de acción, se ha desgajado de la Iglesia universal y de su centro viviente y visible, muy difícilmente ha escapado —si es que lo ha logrado— a dos peligros igualmente graves: peligro, por una parte, de aislamiento esterilizador y también, a corto plazo, de desmoronamiento (…) y, por otra parte, peligro de perder su libertad… desgajada del centro (…) quedando sola frente a las fuerzas más diversas de servilismo y explotación”. Además “los cristianos más sencillos, más evangélicos, más abiertos al verdadero sentido de la Iglesia, - continúa Pablo VI- tienen una sensibilidad espontánea con respecto a esta dimensión universal (…) y sufren en lo más hondo de sí mismos cuando, en nombre de teorías que ellos no comprenden, se les quiere imponer una iglesia desprovista de esta universalidad, iglesia regionalista, sin horizontes”[14].

La afirmación de Pío XII: “Una comunidad cristiana que dona a sus hijos y a sus hijas a la Iglesia no puede morir”.

El espíritu misionero se basa en las virtudes teologales[15], que abren al cristiano al soplo del Espíritu Santo, en el que se fundamenta la Iglesia. Así, la vocación misionera y el mismo misionero, son el don de la feFidei Donum.

Por analogía, podemos decir, sin riesgo a equivocarnos, que el “triple deber misionero”, desarrollado ampliamente por el autor de la encíclica[16], es el fruto del Espíritu y se presenta como una manifestación, una exteriorización personalizada de la dilatación del corazón humano. Este triple deber está constituido por la oración, la generosidad y el don de uno mismo. Es necesario precisar que la animación misionera ofrecida en la Iglesia a través de las Obras Misionales se suele articular en estos tres dones, orientaciones y líneas de crecimiento comunitario y personal. El término “ad quo” de la acción misionera, a nivel operativo, es precisamente el don de uno mismo, que expresa el deseo ardiente del Señor: “Nadie tiene un amor más grande que este: dar la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Este don es lo más grande, más grande que todo. “Sal de tu país, de tu familia y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré” (Gn 12,1). En pocas palabras, se trata de una vocación muy antigua, que se remonta a Abraham, el Padre de los creyentes.

El don del misionero no pierde su actualidad y necesidad en el mundo de hoy, incluso ocurre lo contrario: cuando “una libre circulación de personas y de bienes” se ha convertido en la regla de la mundialización, los contactos se muestran como una nueva apertura a la catolicidad de la Iglesia. La capacidad de ser corresponsable de toda la Iglesia, se considera como un signo y una prueba de la madurez de las Iglesias particulares, cuando el Cuerpo Místico, edificado de esta forma, alcanza la plenitud de su madurez en Cristo (cf. Ef 4,13). “Si quieres amar a Cristo, decía San Agustín, difunde la caridad por toda la tierra, porque los miembros de Cristo están en el mundo entero[17].

El segundo polo, antropológico este, fuente también de motivación, es el estado del mundo. Esta mirada siempre compasiva del Señor la encontramos con frecuencia en el Evangelio: “Entonces Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: ‘Siento compasión por esta multitud: me siguen desde hace tres días y no tienen nada que comer. No les quiero despedir en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino’” (Mt 15, 32).

Y decía a las multitudes: ‘Cuando veis una nube aparecer en el horizonte pronto decís: va a llover, y así ocurre. Y cuando sopla el viento del desierto, decís: hará calor, y asi ocurre. ¡Hipócritas! ¿Sabéis juzgar el aspecto del cielo y de la tierra, y no sabéis juzgar este tiempo?”.

De igual forma, la lectura de diversos textos del Magisterio de la Iglesia ofrece un análisis de las situaciones de la humanidad entera, de las gentes de cada continente, país y región.

En ocasiones se habla de las situaciones existenciales de diversas categorías de personas: enfermos, niños, mujeres, profesionales, juventud, etc.

De igual forma la metodología de la Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et Spes, Luctus et Angor, que desarrolla una doble visión: las luces y las sombras de la situación que se vive.

La primera exigencia que el Señor pone a sus discípulos es la de mirar y saber valorar el ambiente de vida, las fuerzas disponibles, la de estar despiertos y vigilantes y saber leer con inteligencia los signos de los tiempos.

Esta inteligencia caracteriza todo el documento magisterial escrito hace 50 años. En el preámbulo encontramos una mirada lúcida al mundo a evangelizar. Hablando del “fervor apostólico de los cristianos”, el Papa indica las direcciones de su aplicación, también hoy, siempre de actualidad “Oriéntese este fervor hacia las regiones descristianizadas de Europa y hacia las vastas regiones de América del Sur, donde sabemos que las necesidades son grandes; póngase al servicio de tantas importantes misiones de Asia y Oceanía, allí sobre todo donde el campo de lucha sea difícil; sostenga fraternalmente a los miles de cristianos, particularmente amados por nuestro corazón, que son honor a la Iglesia porque conocen la bienaventuranza evangélica de los que sufren persecución por la justicia (Mt 5,10)[18].

La atención del documento sobrepasa la noción de misión ligada al territorio o al espacio “canónico”[19] tan conocido de las Iglesias orientales. Pío XII se refiere así a la gente descristianizada, a los que carecen de la justicia y de su dignidad humana, etc., aspecto éste que ha desarrollado después Juan Pablo II[20]. El criterio territorial sigue siendo válido. Afirma el Papa: “el criterio geográfico, aunque no muy preciso y siempre provisional, sigue siendo válido todavía para indicar las fronteras hacia las que debe dirigirse la actividad misionera”. Existen mundos y fenómenos sociales nuevos, existen áreas culturales y areópagos modernos[21]. La Encíclica Fidei Donum alude a este nuevo desarrollo de la conciencia misiológica y a la tendencia al cambio del mundo.

El análisis de la “situación de la Iglesia en África” que nos ofrece la encíclica, si bien histórica, no es por ello menos perspicaz. El Pontífice observa el progreso del Evangelio en el continente, el rápido aumento del número de católicos, la multiplicación de las circunscripciones eclesiásticas y la africanización de los obispos y sacerdotes. “Legiones de apóstoles, sacerdotes, religiosos y religiosas, catequistas y colaboradores seglares, han conseguido tan consoladores resultados [22]. El Papa no esconde, sin embargo, las difíciles condiciones generales en las que se desarrolla la obra de la Iglesia en África. Sorprende que 50 años después estemos de acuerdo con sus valoraciones: “La mayor parte de esos territorios está pasando por una fase de evolución social, económica y política, que está saturada de consecuencias para su porvenir [23]. Atribuye al materialismo ateo presente en África “su virus de división, atizando las pasiones, enfrentando a pueblos y razas unos contra otros, aprovechando auténticas dificultades para seducir los espíritus con fáciles espejismos o para sembrar la rebelión en los corazones [24]. Los últimos años han confirmado plenamente su diagnóstico. Cómo no condividir su parecer cuando afirma que “varias, por otro lado, son las causas de ello: a menudo se trata de causas históricas recientes, y no siempre le ha sido ajena la actitud de naciones que, sin embargo, se glorían de su pasado cristiano [25].

Hoy los cristianos del mundo entero se enfrentan a la nueva situación global creada, en su mayor parte, en los países materialmente desarrollados del “primer mundo” que impone los paradigmas y los valores de la ética global, el nuevo sistema ético, esencialmente anticristianos y neopaganos[26].

El Papa Pío XII escribe al final: “Invocando, pues, sobre las misiones católicas el doble patrocinio de San Francisco Javier y de Santa Teresita del Niño Jesús, la protección de todos los santos mártires y, sobre todo, la poderosa y maternal intercesión de María, Reina de los Apóstoles, dirigimos nuevamente a la Iglesia la imperiosa y victoriosa invitación de su Divino Fundador: Duc in altum! (Lc 5,4)”.

Su sucesor, el siervo de Dios Juan Pablo II, nos introduce en el Tercer Milenio con el mismo llamamiento.

 

 

Asamblea General de Directores Diocesanos de OMP, Madrid, mayo 2007

 

 


 

[1] Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris Missio 2.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica 176-178.

[3] Pío XII, Fidei Donum, La situación de las misiones católicas especialmente en África. Encíclica del 21 de abril de 1957. Citas según el Enchiridion della Chiesa Missionaria, EDB 1997, n°272.

[4] FD, idem, n°273.

[5] Ad Gentes, 24.

[6] Evangelii Nuntiandi, 23.

[7] Redemptoris Missio, 11.

[8]  Carta Encíclica Mysitici corporis: AAS 35(1943), 200 ; EE 6/165.

[9] Basilio de Cesarea, San Juan Crisóstomo.

[10] Cf: Fidei Donum, n° 287

[11] Pablo VI, Evangelii Nuntiandi 16.

[12] FD, n°288, secondo : Discorsi e radiomessaggi di S.S. Pio XII, VIII, P. 328.

[13] Idem, n°288

[14] Pablo VI, EvangeliiNnuntiand, 64

[15] Son la fe, la esperanza y la caridad.

[16] Idem, n°289

[17] In Ep. Johannis ad Pathos, tr X, n. 8: PL 35, 2060, cit. Fidei Donum, 286;

[18] Fidei Donum, op. cit., 274

[19] Joseph Lévesque, Quelques problèmes de vocabulaire : mission, missions, évangélisation. Vers un apporfondissement, en Séminaires et esprit missionnaire, Bulletin de Saint-Sulpice, n° 17, Paris 1991.

[20] Redemptoris Missio, 37.

[21] Idem

[22] Fidei Donum 276.

[23] Idem 277.

[24] Idem 278.

[25] Idem 279.

[26] Cf. Marguerite A. Peeters, La nuova etica globale: sfide per la Chiesa, Institute for Intercultural Dialogue Dynamics.