Todas las Iglesias para todo el mundo


Vito del Prete
Secretario General de la Pontificia Unión Misional

 

 

El tema de la Jornada Misionera Mundial se centrará en el lema “Todas las Iglesias para todo el mundo”, que constituye el contenido y el título del Congreso Internacional “Fidei Donum”, que ha tenido lugar en Roma al inicio del mes de mayo.

Es un tema que el Papa ha indicado y elegido para conmemorar, relanzar y actualizar la realidad misionera “Fidei Donum”, que es la expresión más comprensible, inmediata y eficaz de la responsabilidad que todas las Iglesias tienen ante el mandato misionero de Cristo. Sé que la Iglesia en España no solamente ha inaugurado, sino que ha inventado la participación en la misión universal según el modelo de Comunión entre las Iglesias, desde 1947 con la institución de la OCSHA, institución que he propuesto a las Iglesias como modelo, publicando a este respecto un artículo del Vicedirector nacional de las OMP, P. Anastasio, en Omnis Terra.

Todas las Iglesias para todo el mundo, se puede traducir así: A la Iglesia, a todas las Iglesias particulares y a todos en la Iglesia les ha sido confiada la tarea de evangelizar las Gentes hasta los extremos confines de la tierra.

Los elementos que definen el contenido de la Jornada Misionera Mundial son dos: TODAS las Iglesias – TODO el Mundo. Se trata de la universalidad de la misión que Cristo ha confiado a su comunidad: universalidad de los sujetos misioneros y universalidad de los destinatarios de la evangelización. En el fondo, se dice que toda la Iglesia y todas las Iglesias tienen como tarea prioritaria, absoluta, justificante de su propia existencia y actividad, sólo uno: ir y anunciar el Reino de Dios, venido en Cristo, Salvador del Mundo, en un modelo de comunión misionera entre todas las comunidades diseminadas entre los pueblos del planeta.

Esta es la conciencia y el impulso que el Vaticano II y la praxis eclesial de este último siglo han impulsado.

La reflexión del Vaticano II ha tenido siempre presente, más aún, ha sido inspirada precisamente por estos dos polos: IGLESIA-MUNDO, para dar una respuesta al interrogante existencial que continúa siendo la inquietud de todos los que se preocupan por el Reino de dios y la plena realización de la humanidad que Dios ha querido e imaginado: Iglesia, ¿cuál es tu misión? Pero para responder a esta pregunta, es necesario antes comprender la naturaleza de la Iglesia y el por qué de la misión. Y esto ha sido posible gracias a una relectura de toda la historia de la salvación, de la que Cristo es la realización.

 

1. Algunos puntos fundamentales

·         Cristo es la luz de las Gentes. La Iglesia no brilla por luz propia, no tiene en sí misma su ser y su consistencia, sino que depende absolutamente de Cristo, que debe ser su constante punto de referencia, apoyándose en la irradiación de su luz. La Iglesia es el organismo vivo a través del cual Cristo continúa su misión salvadora en nombre de su Padre con la fuerza del Espíritu Santo.

·         Esta Iglesia existe para la humanidad. Como comunidad convocada por la Trinidad, la Iglesia es la voz doxológica de la humanidad y del universo; es el signo o sacramento de la humanidad salvada (pueblo santo de Dios, un reino de sacerdotes) que debe testimoniar y proclamar la salvación de Dios (pueblo de profetas). Pero lo debe hacer a la manera de Dios, que ha enviado su Hijo, que ha tomado carne humana de María, ha descendido a las raíces más oscuras y limitadoras de la humanidad, compartiéndolo todo, incluido el abandono de su Padre, el cual lo ha entregado a la muerte de cruz.

·         Toda la Iglesia, en sus presencias culturales e históricas, está consagrada a la misión. Es siempre una Iglesia local, una comunidad concreta, histórica, de discípulos, quien ora, anuncia, interpela y, a la luz de su Señor, ilumina y se integra en el curso de la historia de la humanidad, para estar en medio de todos los pueblos. La Iglesia local es la Iglesia universal que pone su tienda entre la gente.

·         Esta Iglesia local es el pueblo elegido de entre las gentes, convocado en la unidad del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Los Romanos son llamados por Jesucristo de entre las gentes, son hijos queridos de Dios y santos por vocación (Rm 1, 1); los Corintios son santificados en Jesucristo, llamados a ser santos (1Cor 1, 2); los Tesalonicenses han sido elegidos por Dios de entre las gentes (1Tes 1, 4); «Yo un pueblo numeroso en esta ciudad» (Hch 18, 10). El discurso de Santiago a la asamblea de Jerusalén ofrece todavía más luz. Los cristianos son el pueblo consagrado: Dios ya al principio intervino «para procurarse entre los gentiles un pueblo para su Nombre» (Hch 15, 14); los cristianos son consagrados por el bautismo, que les hace un pueblo santo, consagrado. «Los bautizados son consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo por la regeneración y por la unción del Espíritu Santo, para que por medio de todas las obras del hombre cristiano ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien las maravillas de quien los llamó de las tinieblas a la luz admirable» (LG 10). Por eso el Vaticano II afirma que « se da una verdadera igualdad entre todos en lo referente a la dignidad y a la acción común de todos los fieles para la edificación del Cuerpo de Cristo» (LG 32).

 

Todos participan en la misión salvífica de la Iglesia, a la que Cristo mismo les ha destinado. Cada Iglesia y cada uno son, juntos, testigos e instrumentos vivos de la misma misión «a la medida del don de Cristo (Ef 4,7)» (LG 33). Es una llamada directa de Cristo a la corresponsabilidad de la misión, en la multiplicidad de los dones del Espíritu.

El Espíritu se manifiesta en la Iglesia local (1Cor 14) con una riqueza de carismas por medio de los cuales el único Espíritu da a cada fiel la llamada y la responsabilidad de la misión, en el proceso de la nueva creación, a la que tiende toda su actividad. Es el Espíritu quien da la eficacia a los ministerios necesarios para la misión, les une, les ordena y les preserva.

Cada miembro de la comunidad está dotado de carismas y de ministerios, no sólo  cuando está reunido con la comunidad, sino también cuando se encuentra en el mundo. La llamada y la responsabilidad de la misión es para todos, no se encuentra vinculada al sexo, ni al estado de vida, porque esta llamada convierte la situación particular de la persona al servicio del Reino de Dios. Cada uno debe dar a la Iglesia y a la edificación del Reino de Dios todo cuanto tiene y puede hacer. Toda capacidad y potencialidad humanas se pueden poner al servicio del ministerio cuando se usan en Cristo.

Por eso es tremendamente verdad el hecho de que si la Iglesia pierde de vista la misión, se marchita, y sus miembros se convierten en miembros pasivos y apáticos. La Iglesia se tiene de pie o cae en la misión.

 

2. Lectura de la historia

a.       Hoy, el cristianismo se encuentra en Europa en la situación de tener que justificar su existencia. «El proyecto de vida cristiano se ve continuamente desdeñado y amenazado; en muchos ambientes públicos es más fácil declararse agnóstico que creyente; se tiene la impresión de que lo obvio es no creer, mientras que creer requiere una legitimación social que no es indiscutible ni puede darse por descontada. […] En la raíz de la pérdida de la esperanza está el intento de hacer prevalecer una antropología sin Dios y sin Cristo. […] La cultura europea da la impresión de ser una apostasía silenciosa» (Ecclesia in Europa 7. 9).

El hombre ha realizada casi en todas las partes una cesura con su mundo cultural y religioso, y se ha encontrado en un vacío. Ha extraviado su identidad profunda y se ha convertido en un número que no quiere ser descodificado. Quiere construirse su ciudad terrena, con leyes según su conveniencia, reivindicaciones o exigencias individuales, hechas pasar casi siempre por derechos humanos. No acepta un punto de referencia universalmente válido, sea Dios o la naturaleza del ser humano. El hombre se convierte en un ser en construcción sin rostro, sin ninguna agarradera ni meta, zarandeado por diferentes corrientes, sin saber dónde se encuentra su punto de amarre.

La situación de la humanidad en esta transformación epocal se presenta confusa, equívoca, contradictoria, indescifrable. Solidariedad e injusticia internacional, aspiración a la paz y producción y ventas de armas, ayudas a los países del tercer mundo y explotación injusta e indiscriminada de sus riquezas naturales, práctica del aborto y aversión radical contra cualquier forma que tienda a negar la vida, diálogo e intolerancia y guerras culturales y religiosas, fundamentalismo religioso y abandono de las religiones, conviven en nombre de los mismos principios de libertad, de igualdad.

El hombre quiete ser creador de sí mismo, sucumbiendo a la reiterada tentación de arrogarse la prerrogativa divina. Tenemos aquí no solamente la fractura entre fe y cultura, sino el rechazo práctico de la fe en hombre de la “omnipotencia” humana.

El hombre ha quedado empobrecido de su realidad fundante: ya no tiene más perspectivas, sino aquellas de su limitada realidad. Está resignado a vivir el presente, más allá del cual no ve o no quiere atisbar el futuro.

Por eso, nuestra generación se caracteriza por la angustiosa búsqueda de sentido, y se inventa su religión. Pero, como Agustín de Hipona, su corazón está inquieto, hasta que no encuentre el agua viva que saciará su sed y le dé la esperanza en su futuro y en el del universo.

b.       Pero la crisis se amplía, llega a ser trágica, ante los males globales que afligen la humanidad, que, como una lastra, desafían la voluntad de esperanza. Lo experimentamos cotidianamente en nuestra misma carne. Lo que más sorprende nuestra sensibilidad humana son los millones y millones de personas, especialmente en el tercer mundo, que se encuentran oprimidas por el hambre, la violencia, la enfermedad, la explotación, las catástrofes naturales que cosechan miles y miles de víctimas. Uno se siente impotente para derrotar las causas de esta continua tragedia humana. Parece que nada puede detener el curso de la economía de mercado, que persigue exclusivamente el provecho, y determina progresivamente la concentración de grandes capitales en manos de pocos, las grandes y las pequeñas guerras, los regímenes opresivos de tantas naciones y el desprecio de la vida humana. Todo esto, nosotros lo llamamos hoy, con una denominación siniestra, “concentración de los poderes fuertes”, contra los cuales es difícil combatir.

La presencia y la actividad de la Iglesia en el mundo, según el modelo y por la misión que ha recibido de Cristo, Cristo, están orientadas a conducir esta humanidad desde la dispersión, la desigualdad y el odio, a la paz, la unidad, hasta el día en que Cristo sea todo en todos, y la presentará al Padre. Esta es la misión histórica de la Iglesia. Esta es la profecía que contiene su peregrinar con la humanidad a través del tiempo. La Iglesia es signo, instrumento de la comunión entre Dios y los hombres, y de los hombres entre sí. La Iglesia debe caminar por los caminos del mundo para llamar adentro, en la única morada de Dios, a los lejanos y dispersos. Sería verdaderamente traicionar su identidad y su propio servicio ministerial si, teniendo la puerta abierta, no se esforzara en todos los modos posibles, para que los otros entren y encuentren refugio. La Iglesia es, y debe llegar a ser efectivamente cada vez más, el edificio, la casa común de Dios (cfr. 1Cor 3, 9), a la que todos los hombres están destinados. Es una misión de amor.

Esta misión se encuentra en crisis y, al mismo tiempo, es más urgente, cuando los pueblos, y especialmente los que temen a Dios, sufren a causa de catástrofes, pérdida de libertad, injusticia, que hacen dudar de la validez misma del mensaje religioso que propone. La situación de crisis determina la misión. Es una constante de la acción de Dios y de los acontecimientos humanos.

La crisis profunda del presente reproduce connotaciones y características análogas a la de los primeros siglos del cristianismo.

c.         Encargados del ministerio profético-misionero. A Juan, el autor del Apocalipsis, le corresponde la tarea de interpretar este momento histórico («las cosas que deben suceder muy pronto»), la misión de la Iglesia (las siete Iglesias) y el fundamento de la esperanza de salvación para la comunidad cristiana y de toda la humanidad: es el Cristo, el Primero y el Último, el que Vive, el que estaba muerto, pero ahora vive para siempre y tiene poder sobre la muerte y sobre los infiernos. «Aquel que es, que era y que va a venir, el Todopoderoso» (Ap 1, 8). Él es el Resucitado que guiará la humanidad hacia cielos nuevos y tierras nuevas, donde ya no habrá ni muerte ni lágrimas, donde Dios será todo en todos, en el Reino de paz y de justicia.

De la misma manera, a la Iglesia le corresponde hoy la tarea de interpretar los signos de los tiempos y de anunciar a todos el Evangelio, fuerza de Dios que salva. Por lo que es totalmente cierto que «El mandato misionero nos introduce en el tercer milenio invitándonos a tener el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos. Para ello podemos contar con la fuerza del mismo Espíritu, que fue enviado en Pentecostés y que nos empuja hoy a partir animados por la esperanza “que no defrauda”» (NMI 58). Nosotros creemos que solamente Cristo, que ha inaugurado y realizado el Reino de Dios, es la salvación que Dios ha preparado para la humanidad.

 

3. Creación de Iglesias locales

La actividad evangelizadora tiende a crear Iglesias locales, que constituyen el lugar donde Reino de Dios se hace presente y visible en medio de los hombres y les inflama con el fuego de la misión. Los discípulos, que re reúnen en la celebración de la Eucaristía, hacen presente la compasión de Dios que Jesús mostró en su misión mesiánica. La Iglesia, que “es hecha” por la Eucaristía, y que ha experimentado el Reino de Dios, es la levadura, el fermento, la sal, la luz para todas las naciones.

La suya es una misión de comunión. Ella misma está en comunión con el Padre, y el Hijo y el Espíritu Santo, y, de todos los lugares, se encuentra reunido alrededor del Cuerpo de Cristo.

A los gérmenes de disgregación entre los hombres, que la experiencia cotidiana maestra tan radicados en la humanidad a causa del pecado, la Iglesia local contrapone la fuerza generadora de unidad del cuerpo de Cristo.

Esta es la misión urgente que está llamada a realizar hoy, en un mundo que, aunque sometido a un proceso de globalización económica, se encuentra atravesado por conflictos, violencia, discriminación, en el que no faltan grupos que, en nombre de Dios, sientan el odio y la violencia. Esta misión debe encontrarse en continuidad con la misión de Cristo, el cual ha venido a reunir a los hijos dispersos. Y lo hecho sirviéndose no de los medios de la lógica humana, como el poder, o la riqueza, sino sacrificándose a sí mismo, dando la vida por la humanidad. Y de su camino y de su vida ha hecho la Carta Magna de su Iglesia. El Reino de los cielos, ha dicho, es de los pobres, de los sencillos, de los que sufren persecución y muerte por causa de la justicia y del Reino de Dios. La Iglesia, pues, evangeliza esta humanidad cuando sigue el camino y la vida de Cristo. La Iglesia no quiere imponer, ni busca ningún interés propio, sino que pide solamente servir a la humanidad, testimoniando y anunciando la cultura de Dios, para que esta humanidad llegue a ser una en la fraternidad, en la solidariedad, en vínculo de amor que debe llegar a ser la ley universal de la convivencia entre los pueblos.

La Iglesia está llamada a ser solidaria con la historia humana. Por ésta, la Iglesia dialoga con esta humanidad, porque hace parte de ella y comparte su misma suerte. Debe leer e interpretar, bajo la guía del Espíritu Santo, lo que Dios Padre ha realizado y continúa realizando entre los pueblos, que nunca ha abandonado. La Iglesia, en cuanto promotora de comunión, está llamada a reunir cuanto el Espíritu del Señor, desde el inicio de la creación, ha sembrado en las culturas y en las religiones. Por eso la Iglesia no rechaza nada de cuando verdadero y santo se encuentran en ellas. El ad gentes sitúa a la Iglesia en una situación que nos gusta calificar de frontera, tanto geográfica cuanto de la humanidad. La misión ad gentes nos sitúa de hecho en el centro del drama concreto de la humanidad, a la que se debe anunciar la novedad del Reino de Dios, y en la que se debe realizar la sociedad alternativa, según los imperativos radicales del Evangelio. Es una misión in fieri, no sólo porque la evangelización durará cuanto el tiempo de la Iglesia, sino también porque no soporta ni métodos ni reglas fijas. Está constantemente abierta a las indicaciones del Espíritu y al contexto histórico de los grupos humanos. La misión es creatividad continua, está sujeta, por eso, a revisión de mentalidad y de metodologías, a renovación.

Esta misión es de todas las Iglesias, de todas las comunidades, y les corresponde a todos los miembros del Pueblo de Dios. Pero les corresponde antes de todo a las Iglesias locales, en las que y por las que subsiste la Iglesia universal. Es una misión que tiene como modelo, metodología y camino la comunión entre las Iglesias, en la unidad del Cuerpo místico de Cristo. Quien se encuentra en las lejanas selvas de África o del Amazonas, sabe que está en comunión profunda con quien vive en Roma.

La misión es, pues, un asunto de todas las comunidades, que, como vasos comunicantes, comparten personas y recursos para la única Iglesia universal. Todas las Iglesias, juntas, en misión.

 

4. El Padre Manna

El Beato P. Paolo Manna, en su folleto “Le nostre Chiese e la Propagazione della fede” editado en los años 50, exclamaba: «Quizás a alguien le parezca una novedad oír decir que a nuestras diócesis, bajo la guía de sus Pastores, les corresponda, junto con el Santo Padre, el deber de promover con los mejores medios posibles, la difusión del Reino de Cristo en el mundo. Pero, si los Pastores se desinteresan, ¿a quién le compete este deber? Para un obispo, favorecer directamente las misiones no es un asunto de libre elección, como podría serlo para un simple misionero, sino que es parte integrante de su misión de pastor de la Iglesia». Aunque «la jurisdicción de un obispo se restringe a los límites de la respectiva diócesis, la misión primordial que Jesucristo les ha conferido está lejos de ser cumplida, y no ha perdido, pues, nada de su obligatoriedad» (pp. 4-5).

Las misiones extranjeras no podían ser asunto o tarea de pocos hombres o institutos. La Iglesia entera debe expresar su naturaleza en la obra de evangelización a los no cristianos. El problema no era sólo dar a conocer cuanto se hacía en los países de misión, sino, sobre todo, impulsar a las Iglesias locales, con sus obispos y sacerdotes al frente, a asumir esta tarea importante y prioritaria. Manna siente la abulia por todas partes. Los obispos lamentan la escasez de clero, problemas insolubles a nivel de diócesis. Hace que el problema explote. «Todas las Iglesias para todo el mundo». Esto no es un lema interesante, sino la íntima y profunda convicción que toca la naturaleza misma de la Iglesia, que en términos conciliares se expresa con la célebre frase: la Iglesia es misionera por su misma naturaleza. El Vaticano II sistematizó y dio autoridad a estas indicaciones.

Es tiempo de dar vida y concreción a esta Iglesia, que el Vaticano II y el sucesivo magisterio oficial ha descrito en su naturaleza y en su misión.

Los documentos conciliares en los que más se nota esta fuerza universal son Lumen Gentium, Gaudium et Spes, y Ad Gentes. En éstos, la evangelización emerge como la categoría fundamental de la naturaleza de la Iglesia. Está presente y orienta todos los sectores de su actividad, de las personas y de las tareas que están llamados a desarrollar. No existe una única categoría de personas a la que se le haya dejado de lado: Papa, obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, contemplativos; no hay sectores de la pastoral que no hayan sido caracterizados por la dimensión misionera, como la pastoral sacramental, la catequesis, la caridad, en una palabra, toda la vida y las actividades de la comunidad cristiana. Por lo que el aforisma “la Iglesia es misión” caracteriza la Iglesia surgida del Vaticano II, y sintetiza su razón de ser.

Ahora ya es común la convicción de que una persona, una diócesis, una orden o una congregación religiosa no son verdaderamente auténticas si no se ubican en la estela de la missio ad gentes.

En nuestro tiempo ha nacido un fuerte movimento misionero: han recibido un gran impulso los sacerdotes “Fidei Donum”; las órdenes contemplativas han establecido comunidades en territorios de misión, miles de laicos y de laicas, y de núcleos familiares han partido hacia otras Iglesias, y han surgido movimientos eclesiales con un fuerte impulso misionero. «se han multiplicado las Iglesias locales provistas de Obispo, clero y personal apostólico propios; se va logrando una inserción más profunda de las comunidades cristianas en la vida de los pueblos; la comunión entre las Iglesias lleva a un intercambio eficaz de bienes y dones espirituales; la labor evangelizadora de los laicos está cambiando la vida eclesial; las Iglesias particulares se muestran abiertas al encuentro, al diálogo y a la colaboración con los miembros de otras Iglesias cristianas y de otras religiones. Sobre todo, se está afianzando una conciencia nueva: la misión atañe a todos los cristianos, a todas las diócesis y parroquias, a las instituciones y asociaciones eclesiales» (RMi 2).

A los que dicen que la missio ad gentes ha cumplido ya su tiempo, pedimos que amplíen su mirada a toda la Iglesia, y se darán cruenta de que la missio ad gentes se ha convertido en tarea de cada fiel, de cada comunidad cristiana, de cada Iglesia local.

 

5. Una mirada a la situación

En verdad, después del entusiasmo y de las aperturas de la primera hora que suscitó el Vaticano II, parece que atravesamos un periodo de estancamiento, del que Redemptoris Missio es intérprete cualificado, enfocando los obstáculos externos e internos de la misma Iglesia, «han debilitado el impulso misionero de la Iglesia hacia los no cristianos, lo cual es un hecho que debe preocupar a todos los creyentes en Cristo» (RMi 2).

Subsiste una tendencia, más bien grave, que atenaza a las Iglesias particulares a encerrarse en sí mismas, preocupadas por sus necesidades y confrontadas con los desafíos nada fáciles que la humanidad presenta al cristianismo. Las diócesis, especialmente las de antigua fe, se sientes como castillos asediados, cierran las propias filas, se cuentan, se dan una mejor organización para blocar el desangre de las propias comunidades cristianas. La misión está aquí, se siente repetir a muchos obispos preocupados.

Pedro la experiencia nos dice que, así, no van demasiado lejos, porque el único remedio para volver a dar vida a las comunidades cristianas es la missio ad gentes. La fe se fortalece dándola. Si una diócesis, una comunidad cristiana no se meten en la estela de la evangelización, se encuentran en una crisis de fe.

El Vaticano II ha respondido, no haciendo un tratado de eclesiología y de misionología, sino llamando en causa, redefiniendo y recalificando los ministerios en la Iglesia.

 

6. Iglesia local y obispo

El obispo está llamado a ejercer su mandato misionero en fuerza de la apostolicidad de la Iglesia. El Concilio Vaticano II ha realizado un importante cambio de acento en favor de la importancia de la Iglesia local, pero, la mismo tiempo, ha atribuido una dimensión universal a la responsabilidad pastoral de los obispos, en cuanto componentes del colegio episcopal que sucede al colegio apostólico en la misión que Cristo le ha confiado. El Obispo debe ver en su Iglesia particular “la imagen de la Iglesia universal”, porque la una y única Iglesia católica se constituye en y desde las Iglesias locales. De esto se deduce, pues, que el ministerio episcopal, si está vinculado a la génesis, al desarrollo y a los dinamismos de crecimiento de la comunidad concreta, por la naturaleza misma de la comunidad, que es esencialmente católica, está llamado a un servicio que no puede quedarse encerrado entre las paredes de una única comunidad cristiana. Ha sido puesto al servicio de la comunión entre las Iglesias, y esto determina esencialmente incluso su servicio pastoral. Debe haber, por decirlo así, dos almas del ministerio episcopal: pastor local y pastor itinerante, y dos perspectivas: la de la Iglesia constituida y la de la Iglesia que hay que fundar.

Se debe sentir la tradición apostólica como el lugar del que nacen los sacramentos y a cuyo alrededor la comunidad se reúne para la meditación de la Palabra de Dios, su oración y el anuncio de su comunión, o también para ser sentida más aún como el fermento del mundo y la animación de su historia, en la indicación del camino que conduce hacia el.

La missio ad gentes es parte constitutiva de la Iglesia local, porque es fundamental para toda la existencia cristiana. Por eso debe vivificar, orientar y determinar toda otra actividad. Aún siendo específica, debe ser como la levadura que hace crecer y confiere autenticidad a los diferentes ámbitos de la pastoral. De hecho «no es fácil definir los confines entre atención pastoral a los fieles, nueva evangelización y actividad misionera específica, y no es pensable crear entre ellos barreras o recintos estancados» (RMi 34). La misión es el paradigma de toda la actividad pastoral, lo que quiere decir que catequesis, caridad, sacramentos, no son plenamente auténticos si no se encuentran animados, vivificados, actualizados o celebrados con la intencionalidad y en vistas de la missio ad gentes, la categoría que unifica todas las expresiones de la misión de la Iglesia. Sólo así la comunidad diocesana será formada y animada a realizar en su propio terreno y fuera de los propios confines eclesiales y culturales las multiformes y multíplices actividades de evangelización, como el anuncio, la promoción humana, el diálogo, la ayuda a las jóvenes Iglesias, tal como se enumeran en la Evangelii Nuntiandi y en la Redemptoris Missio.

Es en esta visión global y unificadora donde el ministerio episcopal puede encontrar una definitiva dimensión y realización misionera, superando el obispo la aparente contradicción de ser pastor de una determinada comunidad y el deber de predicar el Evangelio hasta los extremos confines de la tierra.

«No es una gloria para mí predicar el Evangelio», decía San Pablo. Para un obispo, ser misionero no debería constituir un título de mérito, casi un valor añadido a su personalidad, sino una humilde e imprescindible deuda que ha adquirido con la imposición de las manos.

La crisis que atenaza las Iglesias occidentales y la fase de estancamiento que algunos registran en las Iglesias jóvenes, se deben precisamente al hecho de que la evangelización aparece como opción prioritaria en los planes pastorales, pero no vivifica ni determina toda la realidad.

Efectivamente, en las Iglesias de antigua tradición, permanece un estilo pastoral de conservación, aunque actualizado y sofisticado, y tiende a atajar el abandono de la comunidad cristiana por parte de tantos fieles. Es verdad, se procura dar un aspecto nuevo a la liturgia, a la catequesis, a las actividades caritativas, a crear comisiones y subcomisiones, grupos, con el intento de que hagan suya la identidad cristiana. Pero se olvida que la sustancia de la identidad de la Iglesia la constituyen dos elementos fundamentales: la fe en el misterio de Dios, que Cristo ha revelado y realizado, y la misión de testimoniarlo y anunciarlo al mundo, hasta que Él venga.

 

7. El deber de cada Iglesia de “estar en misión”

Minoría, en una época de transformaciones mundiales, de descristianización y de confrontación con otras culturas y religiones, la Iglesia local se encuentra, de hecho, en un ambiente y en un mundo que hay que evangelizar. Las Gentes se encuentran en el territorio de cada diócesis.

La Iglesia está puesta como centinela, que anuncia el Dios que viene, como profeta, que interpreta la historia de la humanidad a la luz de Dios, como sacramento de Cristo, Supremo Pastor, en el acto supremo de donación para la salvación de todos los hombres.

Como Pablo apóstol, tiende esencialmente hacia los lejanos, aquellos que todavía no conocen a Crsito, y todavía no han experimentado la paternidad de Dios. Serán las amplias clases de no-creencia, serán los emigrados o los fieles de otras religiones presentes en el propio territorio, la cultura de violencia y atropello, que se opone al Evangelio y a la dignidad del hombre, la explotación de las personas, las nuevas capas de pobreza, y también ciertas formas de esclavitud religiosa y cultural: la existencia y la actividad de la Iglesia, que el Obispo preside, son para esto. «La cooperación misionera se abre hoy a nuevas formas, incluyendo no sólo la ayuda económica, sino también la participación directa» (RMi 82).

Al Obispo se le pide «promover, dirigir y coordinar la actividad misionera. […] La actividad apostólica no se limite tan sólo a los convertidos, sino que ha de destinar una parte conveniente de operarios y de recursos a la evangelización de los no cristianos» (cfr. AG 30). Cada diócesis debería ser un laboratorio misionero siempre abierto.

El entrar en los caminos de la evangelización sobre el propio territorio, será un estímulo y un instrumento idóneo para dar nueva vitalidad a la misma comunidad cristiana, que se sentirá comprometida en dar un testimonio más coherente de la propia fe, y en hacer surgir la pasión de comunicarla en todas partes donde Cristo todavía no ha sido anunciado.

8. …en comunión con y para las otras Iglesias en la missio ad extra
Efectivamente, el mandato de predicar el Evangelio a todas las naciones no ha terminado. «Los hombres que esperan a Cristo son todavía un número inmenso. […] No podemos permanecer tranquilos si pensamos en los millones de hermanos y hermanas nuestros, redimidos también por la sangre de Cristo, que viven sin conocer el amor de Dios» (RMi 86). Al Obispo, como jefe y centro de la actividad apostólica, se le pide que promueva las vocaciones misioneras para los institutos, congregaciones y para las otras Iglesias. Pero, con más propiedad, está llamado a favorecer una forma de participación en la misión universal, con el envío de sacerdotes y laicos diocesanos según el modelo de comunión y cooperación misionera entre las Iglesias. Son los sacerdotes, y ahora también los laicos “Fidei Donum”, lanzados por la encíclica del mismo nombre, de los que la Redemptoris Missio afirma que la intuición profética de Pío XII «ha hecho superar la dimensión territorial del servicio sacerdotal para ponerlo a disposición de toda la Iglesia. Hoy se ven confirmadas la validez y los frutos de esta experiencia» (RMi 67)..

Desgraciadamente, es necesario constatar que el entusiasmo de los comienzos ha disminuido, con la excusa de que la misión ha venido a nosotros, y así, no pocos Obispos frenan el impulso hacia el mundo no cristiano, concediendo no de buena gana el personal para las otras Iglesias (cfr. RMi 85). A las Iglesias antiguas, como a las jóvenes, se les ha dicho que no se aíslen, que acojan y envíen misioneros y medios a las otras Iglesias. Este es el medio para volver a dar frescura y vitalidad a las Iglesias locales, para resolver los numerosos problemas que les afligen.

Mediante esta específica praxis de cooperación misionera directa, el Obispo asume verdaderamente como propia la solicitud por todas las Iglesias, que se convierte en una efectiva realidad, y no en una cuestión de principio. En el 50° aniversario de aquella encíclica y ante la urgencia y la necesidad de la evangelización que requiere la humanidad contemporánea, se pide a todos los Obispos que hagan propia aquella expresión de la que se sirvió la III Conferencia General del Episcopado latinoamericano en Puebla en 1979: «Es verdad que nosotros mismos necesitamos misioneros. Pero, debemos dar desde nuestra pobreza».

Las Iglesias locales esparcidas por el mundo, son portadoras de un mensaje nuevo de salvación, que introducen como una semilla en las raíces de aquella que el Apocalipsis de Juan llama Babilonia. Estas Iglesias son los discípulos de Cristo, viven y cantal el canto nuevo de la liberación. No se contaminan con la idolatría, son la primicia para Dios. Según la hermosa carta a Diogneto, son el alma del mundo. La vida de los discípulos es la de todos los hombres, pero con contenidos e intencionalidades diferentes.

«Habitan en sus propias patrias, pero como extranjeros; participan en todo como los ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña les es patria, y toda patria les es extraña. Viven en la carne, pero no viven según la carne. Están sobre la tierra, pero su ciudadanía es la del cielo. Se someten a las leyes establecidas, pero con su propia vida superan las leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los desconoce, y con todo se los condena. Son llevados a la muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos. Les falta todo, pero les sobra todo» (Cap. IV).

Estas Iglesias locales deben ser el jardín experimental, el núcleo, el germen, la anticipación de lo que deberá ser la humanidad redimida: viven en comunión (koinonia), cuya expresión y culmen es la fracción de pan (liturgia), para el servicio (diakonia) y la proclamación del Evangelio (parresia) especialmente con el testimonio de la vida hasta el martirio (marturya). De esta manera evangelizan, y otros hombres y mujeres continuamente se suman al número de los creyentes.

 

Asamblea General de Directores Diocesanos de OMP, Madrid, mayo 2007