La vida interna del misionero


Joan Bauza i Bauza

 

 

Mi exposición versará sobre la misionera y el misionero, la vida interna que en su trayectoria han llevado a cabo. Tres son las preguntas a las que, con más osadía que saber y más intuición que argumentos, intentaré dar respuesta: qué tiene la misión que tan profundamente cambia al misionero, cuál es la mística que lo sostiene, cómo percibe el futuro de la misión. Vayamos por partes y empecemos, naturalmente, por la primera.

 

I. LA SACUDIDA DEL MISIONERO

 

Joan Mascaró, alias Joan Calles, de mi pueblo nativo, al cabo de años de insistencia de su esposa, accedió a viajar con ella a Argentina, donde residía su cuñado, que allí había formado familia. Joan había vivido de niño en las afueras del pueblo en una casa en el camino de Bonany, y, hasta que cortejó, bajaba muy poco al pueblo. Salir de la Isla suponía para él una montaña, pero accedió al ruego de su esposa y emprendió el vuelo. Llegó el matrimonio a las Américas de noche y, cansados pidieron acostarse temprano. Joan se despertó antes que su esposa, salió a la calle, el sol estaba ya un poco alto, lo miró, volvió atrás, va a su esposa y le dice: “Magdalena, no vacíes las maletas, que volvemos al pueblo. He salido, y el sol, aquí, no sale por donde toca.” Esta es la experiencia fundamental de todo misionero. Va a un territorio con una idea y se ve forzado a cambiar de idea. Está claro que, al misionero, no es la posición del sol lo que le abruma, pero sí que queda sometido, desde las primeras experiencias, a un proceso de conversión personal. No se tratará de volver físicamente a su país de origen, pero sí de dejar completamente aparcada la cultura, lengua y costumbres del país del que procede.

Si he decidido empezar mi intervención así, es para dejar establecido, de entrada, que la experiencia del misionero es fuerte, tan fuerte que a ella se puede aplicar la expresión “ruptura de nivel” acuñada por los fenomenólogos de la religión. La ley de la verdadera inculturización no es la transmisión de unos contenidos retenidos previamente como universales y válidos con el único cometido de adaptarlos a otros traduciéndolos a su lengua, haciéndolos asequibles a su mentalidad y memorizables a su cerebro. No, inculturizar la fe supone mucho más, supone “el proceso por el cual una comunidad cristiana hace significativa su fe en los términos y conceptos del medio cultural cotidiano en el que vive y convive, es construir unos hechos y unas prácticas que signifiquen dentro de cada cultura lo significado por Jesús en la suya”. “No somos misioneros de una Iglesia global, somos misioneros de una Iglesia católica”. El misionero no va al Tercer Mundo sólo a aportar al Espíritu, va también a descubrirlo. 

Esta es la primera ley de la encarnación del misionero, a semejanza de aquel que tuvo que dejar el rango divino para asumir la condición humana. El bello himno de Filipenses nos enseña que “la inmersión en la historia de cada pueblo es el camino tomado por el Hijo de Dios” para hacernos a nosotros también hijos.

No deja de constituir una paradoja el hecho que estos días estamos viviendo: Baleares rinde homenaje a aquellos que tuvieron el valor de deshacerse por un tiempo de muchos aspectos de Baleares. El misionero deja la sobrasada, y cuesta. Y la ensaimada, y cuesta, y los tomates de ramallet. También otras cosas que no tienen que ver con la dietética, y que son más fundamentales. Como para Joan, la experiencia del misionero es fuerte, y en ella hay muchos soles que no salen por donde toca. Tan fuerte es que nadie que ha estado en misiones vuelve de misiones como se fue. Haber sido misionero es haber recibido un bautismo, como de fuego, que imprime carácter para toda la vida. Tan fuerte es la experiencia que se parece a una carcoma que no se puede

matar y queda dentro el virus para siempre. La experiencia es vivida, por el que la ha tenido, en términos de choque, ruptura, cambio, conversión, sacudida.

¿De qué sacudida exactamente hablamos? En otras palabras: ¿qué le pasa al misionero, qué le pasa por dentro? Veamos la respuesta en estos cinco puntos: 

  1. En primer lugar, la asimetría espectacular de los verbos dar y recibir. Tal vez sea ésta la experiencia, más común entre los misioneros, experiencia que ha quedado cifrada en esta expresión tan rotunda como sincera: “Es más lo que recibo que lo que doy.” Sublime fue la expresión de nuestra Sor Carmen cuando se despidió de aquel poblado del Tercer Mundo: “Tú me has dado tanto, y yo sólo te amé.” Cuando los misioneros, acabado el turno, entonan el salmo de retorno, éste es el ritornello repetido hasta el tópico: “He recibido más de lo que he dado.” Verdad es que él ha querido mucho, ¡ha querido tanto!, y sin embargo el negocio sale redondo, porque las ganancias siempre son superiores a las inversiones. Primera vivencia misionera: lo que se recibe es más que lo que se da.
  1. En segundo lugar, el clamor de la indigencia. En el Tercer Mundo este clamor resuena y retruena. El misionero entra en contacto directo con la pobreza extrema, y por la misma razón entra en contacto directo con la injusticia. Frecuentemente se trata de las necesidades primarias no cubiertas, frente a las que el misionero queda descubierto, se descubre impotente. ¡Es tan fácil sufrir en el Tercer Mundo! Cuando se toca el terreno de la miseria de miles y miles de personas, se toca la propia limitación, tocas fondo. Esta experiencia profunda de encontrarse tan poca cosa delante de tan gran injusticia, siempre le hace llorar y siempre le hace rezar, y es el llanto tanto como la plegaria lo que le lanza a la protesta y a la denuncia. Y es así que debe entenderse que algunos de nuestros misioneros, llevados más por la dura realidad que por caprichos personales, se han visto, sorprendidos también ellos, convertidos en profetas, portavoces de los que no tienen voz, militantes contra el montón de injusticias manifiestas. ¡Qué difícil es en el Tercer Mundo no indignarse delante de la realidad – la santa indignación! ¡Son tantas las esperanzas allí crucificadas! ¡Qué corto resulta allí el trayecto que dista entre ser profeta del anuncio y ser profeta en la denuncia! A veces al misionero, que llega a conseguir ser tan paciente con la gente, le cuesta muchísimo no impacientarse con el Señor, y de entre la lista de las clases de oración, frecuentemente comprueba que ha escogido la de protesta a Dios. Allí los pobres no son como los de aquí, ya que además de serlo de dinero, son pobres de derechos, además de pobres son inferiores, considerados como inferiores. Al final de todo, el clamor de la indigencia opera en el corazón del misionero un bíblico sinónimo: “Derecho del débil, derecho de Dios.” Al que en la vida una vez en el propio corazón se han mezclado ambos derechos, nunca más en la vida se verá capaz de separarlos: ¡Derecho del pobre, derecho de Dios!
  1. La tercera experiencia del misionero: los pobres nos evangelizan. Marchó para evangelizar. ¿Evangelizó, pues? Puede ser que sí, puede ser que no. Lo seguro es que quien al pobre marchó para evangelizar, evangelizado quedó. Es verdad, se confirma, es así: los pobres nos evangelizan. También este sol de la evangelización sale por donde no se tenia previsto: ir para enseñarles a Cristo, y resulta que son ellos su rostro auténtico. Cuenta uno de nuestros misioneros que en la capital se organizó una exposición de arte titulada “Los rostros de Cristo”, en la Catedral había expuestos los mejores Cristos del país. El día de la inauguración, todos, inclusive nuestro paisano, iban recorriendo las naves laterales comentando la bella exposición, dando nombre a su autor y fecha de la obra: toda una apoteosis de arte y cultura. Toda la crème eclesiástica estaban brillantes, eruditos. Una mujer del pueblo, no muy bien vestida ni limpia, entró en el templo y delante de la imagen que muy intelectualmente se comentaba se arrodilló y rezó al Cristo. Aún permanece en la mente del misionero la pregunta: quien creía más en Cristo: ¿el que comentaba la escultura o la que rezaba al Crucificado? ¿Quién evangeliza a quién, quién da a quién? Cuenta una de nuestras religiosas que, recién llegada de las Islas con muchos regalos aportados por su familia y sus amistades, decidió montar sobre el caballo y visitar un poblado lejano perdido “donde Jesús perdió su poncho”. Estuvo tres días durmiendo en el porche de la capilla y distribuyendo los donativos. A la hora de despedirse, se le acercó una mujer y le dijo “Hermana, para usted” dándole con la mano un regalo. “No –le dijo la hermana–, quédatelo, que tú sí lo necesitas.” La mujer le respondió: “Hermana, los pobres también sabemos dar.” La religiosa me garantizó que un regalo de rico podría ser que lo rehusara alguna vez en la vida, pero nunca más rehusaría el regalo de un pobre. ¿Quién da a quién? El “Dios siempre mayor” de nuestros estudios se revela en “el hombre siempre menor” de la experiencia misionera. Cuidado con tildar a los misioneros de idealismo barato, dado que ven en los pobres sólo rostros edulcorados. No dispone de oro para dorar píldoras la austeridad del misionero. Quienes ama son pobres harapientos, a veces malcarados, engañándote algunos. No es idealismo barato, es imitación de Cristo su aprecio al necesitado. “Bienaventurados los que se lían con los pobres”, aunque, debido a esta unión, acaben por tener líos ellos también.
  1. Cuarta experiencia nuclear: la conciencia de la pluralidad de rostros de la Iglesia. De modos de escribir el evangelio no hubo uno, sino cuatro. De modos de edificar la comunidad, la Iglesia, no hay sólo uno, y por lo pronto no sólo el de la vieja Europa. El pluralismo expande enormemente el campo de visión del misionero y lo enriquece, la diversidad amplifica su cosmovisión. Conoces el rostro indio de Dios, el rostro negro de Dios. Y junto con la riqueza de los rostros locales de la Iglesia Universal, el aprendizaje constante del cambio. Acostumbra el misionero a ser nómada, nómada lingüístico, nómada cultural. Uno de los beneficios más evidentes es el aprendizaje de la distinción, tan fundamental para ir por el mundo con sensatez, entre lo esencial y anecdótico, entre el meollo del cristianismo y sus celofanes. En ocasiones, también en este punto duda el misionero de si el sol sale al revés, salió para ayudar a las Iglesias pobres y duda si las ahora verdaderamente pobres son las Iglesias de la vieja Cristiandad.
  1. Y en quinto lugar, el chorro de la existencia, el don de la vida que brota. No sólo es que ve más niños que en Europa, es que ve también más empuje, más utopías e ilusiones. No tienen tantos medios de vida como en el Primer Mundo, tienen más motivos. Parece que tantas historias tiene Europa para contar como futuro tiene el Tercer Mundo para seducir. Junto con la fuerza de los niños, se descubre, en muchos lugares, la fuerza emergente de la mujer: ella es la que lucha, saca las castañas del fuego, se organiza, lidera y resuelve. El misionero queda fascinado por la euforia de tanta vida y tantas ganas. Allí el tiempo no es el del reloj, el tiempo es el de la gente. El misionero aprende a no mirar el tiempo como un limón a estrujar para sacarle todo su jugo, aprende que el jugo del tiempo es precisamente compartirlo con los hermanos. Todo allí es más primario, y por eso mismo, más austero. Todo allí es más primario, y por eso mismo, más humano y más vital. También para aquellas tierras, Maragall se convirtió en profeta en su Cant espiritual, “la muerte florece en mayor nacimiento”. Uno tiene la impresión de que más presto morirá de hartazgo la civilización occidental que de hambre de un nuevo orden mundial la tercermundista.

 

II. LA MÍSTICA DEL MISIONERO

 

Pasemos a la segunda parte: ¿cuál es la mística que mantiene al misionero, cuál su espiritualidad?

Tiene una serie de ejes, cuenta con una serie de condicionamientos, se ha de confesar un defecto, una limitación y una paradoja. Hablemos, en primer lugar, de los tres ejes que sustentan la mística misionera; la gente, el Libro, la mochila. 

  1. La gente, la gente es mucha allí y muchas veces te envuelven, te hablan y les encanta tocar. Y acabas tú por acercarte y también tocar, y acabas convenciéndote de que no es posible amar ni desde arriba ni desde lejos. La gente es la fuente privilegiada de la espiritualidad: las masas de gente y la gente concreta de nombre concreto. La que viene para ofrecerse, la que viene para pedirte. La que se queda contigo y la que no vuelves a ver nunca más. El cuadernillo con el listado de tantos nombres se convierte, al lado de la Liturgia de las Horas, en manual de plegaria. Allí, “la oración parte más de la vida y la vida se vuelve más oración”.
  1. El libro, también sobre todo el Libro, la Biblia. Son muchos los misioneros, no que han descubierto la Biblia en el Tercer Mundo, pero sí que la han redescubierto, sí que en el Tercer Mundo la han leído más, sí que allí han oído comentarla de una manera distinta y muy profunda. Tanta más profunda como que los que la comentaban eran los sencillos. Los pobres son los mejores licenciados en Sagrada Escritura, ¡cómo ayudan a meterte de lleno en la palabra de Dios! Los que no tienen nada son los que siempre tienen a punta de lengua la mejor tesis teológica: ¡“Dios, sobre todo”! Porque es Dios y no ningún otro el fundamento del misionero. Con el tiempo, él va purificando criterios y objetivos, y la Biblia en una mano y con la otra cogida a la gente va discerniendo que no ha de ser misionero en sentido cultural –la cristianización–, ni en sentido institucional –la expansión de la Iglesia–, ni sólo en sentido soteriológico –salvar almas. Con la Biblia en una mano y cogida la otra a la gente, el misionero entiende y acepta que a lo que él ha sido finalmente llamado es a entrar de lleno en el misterio trinitario para asumir desde él la missio Dei: la misión de querer tal como Él nos quiere, con la misma infinidad y con la misma gratuidad.
  1. La mochila, después. Son muchos los misioneros que caminan mucho. La mochila, sinónimo aquí de ruta, camino e itinerancia. También de disponibilidad por la ligereza de los bártulos del evangelizador. Ir a pie, o recorrer caminos por horas y horas en el furgón, a veces acompañado sólo por tu propia soledad, es tener tiempo para pensar, para rezar, para ejercer la paciencia como virtud. Misioneros de la selva que saben que en la selva el librito más inútil que uno puede tener es la agenda, porque allí el que dicta lo que se tiene que hacer no es ningún proyecto personal, sino la naturaleza. Partirás o no partirás, llegarás o no llegarás, La agenda siempre te la dicta otro: unas veces se llama gente, otras se llama naturaleza, y el misionero limitándose a dejarse llevar. Será la suya una espiritualidad guiada por el momento oportuno, él cuidará de que la oportunidad lo encuentre a punto con la antorcha prendida y la mochila en la espalda.

Acabo de hablar de los ejes de la espiritualidad del misionero, el cual ejerce su ministerio con una serie de condicionantes con los que necesariamente ha de contar. Destacaré los siguientes: la amplitud de la viña en la que trabaja, el grupo al que pertenece, y la ambigüedad que ha de discernir.  

1.      La amplitud de campo, primero. Una de las primeras impresiones que recibe, justo al llegar, es que la viña de la que tendrá que cuidar es inmensa, y en ella no se divisan los mojones que la circunscriben. Como si el fin de ranchos fuera el mismo horizonte. Si “ancha es Castilla” más “ancha” es la misión. El misionero más que arredrarse, respira libertad, sabe que para él llegó la hora de la faena y de la creatividad total. Siente que el trabajo lo desborda en idéntica medida que le desborda la confianza que el dueño de la viña le ha otorgado. No holgazanea el misionero. ¿Qué hace el misionero? Da pescado, reparte cañas de pescar, inserta comida en el anzuelo, imparte clases de pesca, indica zonas de pesquería, construye pescaderías para la venta. ¿Lleva más cosas a término? Ofrece beneficios más fundamentales, los llamados “bienes mesiánicos”, la salud, la justicia, la alegría, la liberación. ¿Algo más, todavía? Una cosa más, les sirve su sentido y su amor, al autor y señor de la liberación, la alegría, la justicia, la salud, la pescadería, las zonas de pesquería, las clases, el anzuelo, la caña y el pescado: les sirve a Jesucristo, nuestro Señor. 

2.      La fuerza del grupo. El misionero no es un francotirador que salió de las Islas a disparar por su cuenta. Si marcha a misiones con la convicción de que él es un enviado de la Iglesia de origen, allí proyecta en grupo su destino, se alimenta del grupo, por el grupo se deja interpelar, los religiosos por su comunidad, los sacerdotes diocesanos y los laicos por el equipo con el que ha marchado o con el que se encuentra. Si en el trabajo a veces se encuentra solo, en el equipo siempre se siente acompañado. Si en donde se encuentra, resulta que hay otras Congregaciones isleñas, experimenta la riqueza de la intercongregacionalidad y entre monjas y frailes no hay más diferencias que las del carisma y todo lo demás es empatía, celebrar juntos fiestas y aniversarios y fer matances (matanza del cerdo) aunque sea en el otro hemisferio o entonar la Sibil·la, aun coincidiendo Navidad con una estación de calor. El sentido de la fiesta acompaña al misionero siempre que se encuentra en grupo con otros que lo son, y es en el seno de estas celebraciones donde el recuerdo apasionado de la roqueta más acostumbra brillar. Lejos, el grupo es imprescindible, aun admitiendo lo difícil que resulta a veces la convivencia.  

3.      También, tercero, el imprescindible discernimiento de la ambigüedad humana. Aun siendo verdad que el mundo de la misión enriquece, potencia y gratifica, el misionero no puede prescindir de aplicar también al mundo que encuentra el inevitable y obligatorio discernimiento. El Tercer Mundo se quiere y se sirve, pero no se adora. Han tenido que luchar contra un sistema de creencias que sostenían que su Dios era tan exclusivo de su pueblo que no querían compartirlo con el pueblo vecino, teniendo que insistir en que el Dios de Jesucristo era Padre de todos. En otro lugar, tuvieron que luchar en contra de la cultura que afirmaba que la salvación, también la económica, se encontraba en un barco que estaba por llegar, que la responsabilidad de las soluciones siempre era extranjera y bien estaba que así continuara. El servició misionero también comporta el servicio de la verdad y de la interpelación al pueblo que se sirve. Cosa que nunca se puede hacer antes de quererlo, y en cambio se hace fructuosamente cuando el pueblo se siente querido. 

Llegado a este momento de mi intervención, tengo la necesidad de mostrar otra vertiente de la moneda. La moneda misionera es valiosa, pero, como toda moneda, cuenta con cara y, además, con una cruz. La vida del misionero confiesa un defecto, muestra una limitación y se da cuenta de su propia paradoja. 

 El defecto es el siguiente: no hemos sabido provocar otras vocaciones misioneras. No hay una renovación generacional. Alguna cosa grave habremos hecho mal. ¿Cómo es posible que afirmando tan claramente –y por lo pronto, tan sinceramente– que la vida del misionero es lo más grande, y que bien vale la pena serlo, tan pocos se han dejado convencer? ¿No sirve el testimonio ofrecido? ¿Se quedó obsoleto? ¿Será por una inflación de palabra, que hemos hablado demasiado y se nos ha escapado un tufillo de proselitismo? ¿Será tal vez que, regresados a las Iglesias de origen, no hemos sabido adaptarnos a la nueva situación y por tanto a la pastoral llevada a cabo por los compañeros? ¿Será, más frívolamente, por la cantidad de souvenirs que hemos traído y que hemos infectado nuestras casas de indiecitos, negritos, ponchos y tapices? ¿Será por las estolas amplias y vistosas de colores fuertes de las que nos hemos revestido los ex en las concelebraciones y que no combinaban demasiado con las más estrechas y monocolores de todos los demás? Deben ser razones más profundas, el hecho es que ahora mismo, más estéril que fecunda se halla la familia.

Junto al defecto, la limitación. Debido a su gran esfuerzo de encarnación, el misionero deja de ser quien era, y a pesar de su gran esfuerzo es siempre extranjero. Él puede decir lo que el Inca Garcilaso de la Vega, hijo de padre español y madre india, dijo cuando, arribado de América, fijó domicilio en España: “Tengo prendas en ambas orillas.” El misionero tiene olores y sabores, valores y amores “en ambas orillas”. Nunca ha dejado de tener el corazón en la tierra de donde ha salido y nunca dejará de tener el corazón en la tierra en la que se ha encarnado. Y si eso es su riqueza, eso mismo es su limitación. Asumir el propio límite es asumir la realidad. Siempre será “el otro” en el país de la misión. Y hasta puede pasar, y alguna vez ha pasado, que si se está por muchos años fuera, también lo tengan por otro, cuando regrese al país de su origen. (Espero que país, en este caso, no sea traducible a Iglesia). 

Junto al defecto y a la limitación, la paradoja que lo acompaña. La paradoja que supone contribuir al desarrollo del Tercer Mundo empleando jeeps y furgonetas del Primero, con instrumental y aparatos de los que los indígenas no disponen, la paradoja que supone la decidida voluntad de hacerse uno de ellos sin tener su capacidad real. La paradoja que supone llegar con las manos llenas de garrafas de agua mineral, esterilizada, sellada con código occidental de barras, compradas con euros de ONG y tener que soltar de las manos las garrafas, porque lo que te sale de buena gana de la boca es el versículo de la samaritana “Dame tú de beber”. La paradoja de convertirte en intermediario entre los regalos que de la familia de sangre, amigos e instituciones recibes y ellos, a la vez que sientes deseos de desenmascarar lo que suponen vocablos como ayuda, descubrimiento, deuda externa. “Que Dios nos perdone nuestras limosnas.” No se puede todo. Después de asesinar dentro de ti al “Demóstenes” de la superioridad verbal agumentativa, al “Pizarro” de la superioridad económica administrativa, y al “fariseo” de la superioridad religiosa, finalmente reconoces que no eres tú la palabra, tan solo la voz afónica que la anuncia.  

 

III. EL FUTURO MISIONERO

¿Cómo ve el futuro de la misión el que es misionero? Es consciente de que hay nuevos signos del tiempo y, por tanto, nuevos retos. Quisiera hacerme eco de dos de ellos. 

 Reto número uno: ya no es posible mantener la distinción clásica entre “tierra de misiones y tierra de misioneros”. El gran flujo migratorio recientemente iniciado a gran escala en el mundo nos provoca un cambio de mentalidad: La misión ad gentes se encuentra aquí, los que aún no han oído hablar de Cristo o los que de Él han perdido la memoria se encuentran entre nosotros. Puede ser que continuemos siendo tierra de misioneros, seguro que somos ya tierra de misión. No es novedad absoluta. El prototipo antiguo es el norte de África, que de las esplendorosas Iglesias cristianas del siglo IV pasó a tierras con ausencia total de iglesias. El prototipo reciente es la famosa obra Francia, país de misión. Si la misión está aquí, ¿por qué ir a hacerla fuera? La objeción es objetiva y aún quiero añadir un argumento subjetivo: hoy es más fácil ser evangelizador en muchos lugares lejanos del mundo que serlo en nuestra casa, en las Islas. Confesarse católico allí es mucho más fácil, y sobre todo mucho más gratificante, que confesarse católico aquí. En muchas misiones ves los frutos inmediatos y sientes tu utilidad, aquí experimentas la aridez del nihilismo Queda obsoleta la simbólica que nos sirviera durante cinco siglos de historia: la que “distinguía tierra de misioneros y tierra de misiones, la simbólica fundamentada en el territorio y sus satélites: conquista, expansión, número. El misionero tradicional tenía que moverse, desplazarse de lugar y ser físicamente el vocero de la buena nueva a tierras lejanas”. Misioneros ahora, también, los que evangelizan, sin moverse de sitio, su propio territorio. 

 Además de este reto, digamos, horizontal o espacial de los nuevos territorios, hay otro rasgo vertical, el de no ir sólo a los que están lejos, sino a los que, estando lejos o cerca, se encuentran rotos y lacerados. Reto número dos: Otra simbólica va despertándose, la misión no sólo se ha de medir en términos de lejanía, sino en términos de hondura y espesura. Ahora, las misiones no sólo cuentan con lugares, sino con situaciones, son las situaciones de las nuevas fronteras y de las nuevas orillas, son los sitios de las “nuevas fracturas”, profundas fracturas de la actualidad: situaciones de conflictos donde proponer la reconciliación, situaciones de desencuentros de religiones donde poner ecumenismo, los campos de refugiados donde luchar por los derechos humanos y acelerar retornos. Ir a los lugares de los sin Dios ni Iglesia, así como a los lugares de los sin papeles ni contratos. También forman parte del reto los llamados nuevos aréopagos: los medios de comunicación, la promoción de la mujer y del niño, la salvaguarda de la creación.  

Verdad que son dos nuevos retos, y tenemos que asumirlos con lucidez. Pero la misma lucidez nos tiene que poner en alerta para no convertirlos en excusas. La misión dentro de casa no puede inmunizar a ninguna Iglesia de su vocación universal ni de la comunicación de bienes. Es verdad que son dos retos nuevos, pero ninguno de los dos anula el reto aún hoy más grande: la existencia del Sur, el Sur existe, una mastodóntica pobreza tiene territorio propio donde el hambre es el areópago más evidente. Decir que en nuestra casa hace falta toda la gente sería volvernos sordos a los gritos actualmente más angustiosos. No puede haber en nuestras Diócesis “paro apostólico”, “huelga evangelizadora”. Nuestras Iglesias no pueden detener el anuncio, el anuncio al Sur del mundo.

¿Será el definitivo argumento para justificar el actual déficit misionero decir, decirnos, que tenemos problemas de vocaciones y que no podemos ofrecer más personal? El que habla, años ha, con un grupo de compañeros sacerdotes, visitó a los hermanos misioneros de Burundi, entró en una iglesia de la que no recuerda ni el nombre ni la ubicación exacta, recuerda solamente la lección: los ojos se centraron en un cepillo para limosnas, el rótulo ponía “para las misiones del Chad”. ¿Cómo es posible, preguntaba, que el Burundi por el que he entregado dinero, sea el que, a la vez, dé dinero a otro. Pasaba que el Chad aun era más pobre que el Burundi, y la mayor pobreza de otro no sólo justificaba, sino que exigía desprenderse de lo poco que se poseía. 

Mallorca, Menorca e Ibiza, Iglesias tan empobrecidas de personal evangelizador: ¡dad misioneros a los Chads del ancho mundo! Nunca ha sido la pobreza excusa para no tender la mano a la miseria. Asumimos que no son brillantes nuestros momentos en las Islas, pero con fe releemos Hebreos y Apocalipsis y nos damos cuenta de que las mejores esperanzas han procedido de grandes tribulaciones. El cristiano da siempre, y poco le importa si lo dado sale de lo que le sobra o de lo que necesita. 

Evidente que nuestras Iglesias continuarán siendo cristianas y es esta evidencia la que afirma que continuarán siendo misioneras, también en el Tercer Mundo. Tendrá lugar el relevo misionero, y nuevos miembros, consagrados o laicos, marcharán. ¿Tienen una palabra que decir los viejos misioneros a aquellos futuros nuevos? La experiencia de los primeros ha acumulado todo un listado de lecciones aprendidas que fácilmente resultan transferibles a los que se presentarán candidatos a la sucesión. Del listado destacamos las siguientes: 

  1. La lección del desprendimiento del síndrome europeo. La primera operación que debe hacer el que llega es la de despojarse del síndrome europeo, aquel que describe con agudeza Mattew Patchilchirayil originario de la India: “Cuando llegué a África, no sólo no tenia ni idea de lo que África era, sino que tenía muchas ideas equivocadas. Pero los europeos, muchos meses antes de su primer viaje a África […], ya saben de antemano el remedio exacto para todos los males del continente.” Al lado de esta denuncia proveniente de Asia, este anuncio de Pascal Hakizimana proveniente de África realizado el día en que nuestros misioneros se despedían: “Nos dejáis una parroquia kirundi, la gente de Gitongo se siente en la misión como en su casa, los colaboradores se sienten responsables de las obras, los sacerdotes nativos encontrarán un estilo pastoral enraizado en la manera de ser del pueblo.” Es un ejemplo entre otros en sitios distintos. Escuchando en América, desde la cocina, los comentarios, en el patio, de unos jóvenes voluntarios en una organización, que apenas terminaban de pasar tres semanas allí, tan generosos como ingenuos, verifiqué la exactitud de la descripción comentada del síndrome europeo: con veintiún días tenían la solución de América, de las tres. Encarnarse no tiene nada que ver con el despotismo ilustrado de “para el pueblo, pero sin el pueblo”, encarnarse, supone hacerlo desde aquella clase de humildad que es hija del respeto y nieta de la desnudez. Sólo cuando se comparte se profiere la palabra justa.
  1. Como lección segunda, ésta: nadie debe ir al Tercer Mundo para resolver problemas personales. Entre otras muchas razones, porque no solamente volverá pronto con los mismos problemas, sino porque habrá dejado otros más grandes allí. El evangelizador no huye, va. No se fuga de ningún sitio y menos de sí mismo. Va al encuentro y al abrazo de otros hermanos.
  1. Tercera lección, la de la justa estima al pueblo del que has nacido. El pez conoce cuán preciosa es el agua cuando sale de ella. Ni la fractura cultural que supone entrar en un ambiente a veces tan distante del tuyo de origen, ni la posterior identificación que llegas a tener con la cultura nueva, tienen poder de borrar la estima de la patria primera. El misionero oscila intermitentemente entre el recuerdo amoroso, fruto de la nostalgia, y la evocación crítica, fruto del contraste económico y cultural. Pasas, como si nada, de pensar en unas Islas Baleares vírgenes y edénicas a pensar en unas Islas prostitutas y prostituidas por el dinero y el consumo. El espíritu crítico no sólo se posa sobre nuestra sociedad civil, sino también sobre sus Iglesias, considerándolas un tanto adormecidas, tumbadas sobre laureles no merecidos. No podría ahora dejar de referirme a un punto muy concreto: será porque somos islas, será porque hablamos de niños una lengua minorizada, el hecho elocuente es que han sido significativos los misioneros isleños que se han convertido en grandes estudiosos y potenciadores de las lenguas indígenas, estoy pensando en muchas como el miskito y más específicamente en aquella en que uno de nuestros misioneros actuales es tal vez el mejor experto del mundo, el guaraní. Y esto teniendo en cuenta la gran dificultad: una lengua no se aprehende totalmente cuando has acabado de traducirla, dado que una lengua no sólo es instrumento, sino mensaje. El comportamiento misionero desmiente que una isla produce indefectiblemente hijos aislados, reclusos en sí mismos. Son numerosos los misioneros que han escrito gramáticas y han escrito historias de pueblos ajenos. Son los mismos misioneros de los que recibimos cartas escritas en la lengua de aquel antiguo misionero que tuvo por nombre Ramon Llull. Ellos confirman la bella teoría: el amor no disminuye cuando se da, más bien se multiplica. Como no disminuye el amor de esposa cuando se quiere al hijo engendrado, no disminuye el amor a la isla cuando se quieren continentes.
  1. Y para no extenderme, la experiencia largamente acumulada da para transferir una cuarta y definitiva lección: vale la pena ser misionero. Perdido dentro de la inmensidad puntiaguda de la sierra o perdido dentro de la inmensidad llana de la sabana o perdido en la inmensidad de las casas de adobe en las periferias de las grandes metrópolis, el misionero se siente perseguido por preguntas inquietantes: por qué precisamente yo me encuentro precisamente aquí, quién me trajo a estos andurriales, pierdo el tiempo al mismo tiempo que dejo aquí la vida? No es preciso negar los interrogantes terribles que persiguen al discípulo de Jesús en el seguimiento. Pero, en el Tercer Mundo se experimenta una sensación más profunda que ésta, uno percibe que se encuentra en el sitio justo trabajando en el tajo preciso, en el lugar evangélicamente adecuado, y como si tuviera la presunción de cumplir debidamente el mandamiento ultimo que Cristo dictó: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio.” Encontrarse en el sitio adecuado y sentirse miembro afortunado de la iglesia de la que se forma parte te deja feliz. No es una desgracia ser misionero, tampoco es una dignidad, simplemente es un don descomunal, una fruición, una gozada. Puede suceder que en la vida dejes de serlo, pero ya nunca más en la vida dejarás de agradecerlo.

 

Llega la hora del punto final. En nombre de los misioneros que lo son y de los que lo fuimos me dirijo ahora a los cinco Obispos presentes. Necesitamos agradecer “a ambas orillas” nuestra experiencia misional.       

 Obispos Jesús de Mallorca, Juan de Menorca, Vicente de Ibiza, vosotros que sois los pastores de las Iglesias que nos mandasteis, recibid nuestras infinitas gracias: gracias por el envío.

Arzobispo Francisco de las Obras Misionales Pontificias, queráis vos representar hoy a las Iglesias que a nosotros nos recibieron, no es menor la gratitud a ellas. Gracias por la acogida.

Obispo Sebastián Ramis de Huamachuco, recibid dobladas las gracias, vos que en esta historia sois bisagra: bautizado en el país de origen y ordenado obispo en el país de destino.

No es menor el agradecimiento a todos los familiares y amigos que esta noche decidisteis acompañarnos.

Quiero hacer memoria de la misionera que, en camino hacia estos actos, ha tenido que quedarse en Madrid, sorprendida por la presencia de un cáncer.

Un último recuerdo para todos los que han dado años de su vida a las misiones y fallecieron. En representación de todos ellos, aceptad que cite a los más recientes, que nos acaban de dejar hace tan sólo unos días, mosén José Antonio Fuster y mosén Bernardo Martorell, uno de los pioneros de nuestra presencia en Perú.

 A todos –Obispos, delegada y delegados diocesanos de Misiones, misioneros actuales, misioneros que lo habéis sido, familiares, amigos–, a todos vosotros, gracias. Que Dios nos bendiga.

 

Homenaje del Gobierno Balear a los misioneros de las Islas Baleares, noviembre 2005