La vocación misionera ad gentes


 

Anastasio Gil García
Subdirector Nacional de OMP - España

 

 

La celebración de estas Jornadas de Reflexión sobre “La pastoral vocacional en nuestra diócesis” coincide con la conmemoración del 50 aniversario de la Encíclica misionera Fidei Donum. Más que una pura coincidencia, es un nuevo signo de la Providencia que nos hace vislumbrar cómo la vocación misionera no es una añadido a la condición eclesial de algunos bautizados sino la expresión de la dimensión universal de cada vocación a la vida consagrada o al sacerdocio, porque todo cristiano es miembro de una Iglesia que es misionera por naturaleza. Aprovecho esta circunstancia para rendir un homenaje agradecido a los mieles de misioneros Fidei Donum que en los últimos años han mostrado con su “salida” a la misión la dimensión universal de la vocación sacerdotal, o de la vocación cristiana en el caso de los laicos. 

La vocación misionera, un don para la Iglesia

No obstante, creo necesario salir al paso de algunos argumentos que pudieran invalidar la urgente necesidad de promover en el seno de nuestras comunidades la promoción, formación y envío de vocaciones misioneras ad gentes que como dice RM “se trata, pues, de una «vocación especial», que tiene como modelo la de los Apóstoles: se manifiesta en el compromiso total al servicio de la evangelización; se trata de una entrega que abarca a toda la persona y toda la vida del misionero, exigiendo de él una donación sin límites de fuerzas y de tiempo”, llegando a esta conclusión: “La vocación especial de los misioneros ad vitam conserva toda su validez: representa el paradigma del compromiso misionero de la Iglesia, que siempre necesita donaciones radicales y totales, impulsos nuevos y valientes”. Sin embargo, hablar de estas vocaciones específicas puede suscitar alguna sospecha.

En el contexto actual de la escasez de vocaciones al ministerios sacerdotal, pudiera parecer que hablar de la vocación misionera es un contrasentido. No es el momento de restar fuerzas a los escasos recursos humanos de nuestras Iglesias locales. Las Iglesias locales se sienten muy orgullosas de los fieles que desde sus comunidades cristianas parten para la misión, pero tal vez la promoción de esta cooperación deba reconducirse a otros aspectos distintos de los personales.

Además,  el concepto de misión ha alcanzado nuevas dimensiones más allá de las estrictamente geográficas o territoriales. Hoy la misión ad gentes hace referencia a los nuevos ámbitos que afectan a nuestro entorno y realidad, como son los culturales y sociales. De ahí que la expresión “la misión está aquí” refleje con precisión la necesidad de atender las necesidades próximas e inmediatas de nuestras comunidades. Esta constatación viene avalada por la paulatina incorporación de presbíteros de otros países y continentes. No sería arriesgado afirmar que el intercambio de vocaciones sacerdotales está experimentando un cambio radical y significativo, por lo que algunos lleguen a pensar que la vocación misionera debe afectar más a las iglesia que en la actualidad están en plena floración de vocaciones.  

Dimensión universal de toda vocación

         Independientemente de la veracidad de estos presupuestos, la presente comunicación no desea hablar de la vocación misionera ad gentes desde el debate sobre la conveniencia de fomentar la salida o entrada de unos “efectivos “ de la pastoral. Quiero subrayar prioritariamente que la vocación misionera no es un elemento añadido a la vocación sacerdotal o una “especialidad” de algunos que de modo heroico arriesgan si vida en el anuncio del Evangelio lejos del presbiterio al que pertenecen por su incardinación. Y me refiero al sacerdocio expresamente en razón de que “la llamada al sacerdocio no es una llamada entre otras tantas, sino que es la vocación que más tarde  ha de orientar las demás llamadas” (Mensaje del cardenal Grocholewski). La dimensión misionera traspasa la entraña misma de la vocación al ministerio sacerdotal, independientemente del lugar, la forma y el tiempo de vivir este servicio ministerial. En el horizonte de esta perspectiva es preciso recordar que la ordenación sacramental no incorpora al presbítero, primero, a un presbiterio local, y por mediación de un obispo, en un momento segundo, vendría a entrar el presbítero en comunión con los demás obispos. Por el contrario, en virtud de la ordenación, los presbíteros entran en el Ordo presbyterorum, que es natura sua universal y en un presbyterium particular como momento segundo. Esta secuencia, que es de orden teológico, no cronológico, resulta del todo evidente. Baste pensar que si la ordenación presbiteral tuviera como efecto primero la incorporación a un presbiterio local, el paso de un presbítero de una Iglesia a otra Iglesia comportaría su «reordenación».

La pertenencia primaria al Ordo presbyterorum, de suyo universal, comporta pertenecer sacramentalmente a todos los presbiterios particulares (análogamente a como el bautismo comporta para un fiel pertenecer a todas las Iglesias particulares). Por ese motivo, el servicio de los presbíteros en otras Iglesias diversas de la de origen no constituye, teológicamente hablando, una excepción tolerada en su dedicación a la diócesis; antes bien, constituye un servicio inmediato también a la Iglesia particular de origen. La diocesaneidad bien entendida comporta la catolicidad. Un presbítero se encuentra en cualquier presbyterium en su hogar natural, en estrecha fraternidad sacramental con sus hermanos y con el obispo de la Iglesia particular. Y lo mismo puede decirse del religioso o laico “misionero ad gentes y de por vida, por vocación específica” (RM 32).

Rasgos específicos de la vocación misionera

Desde esta perspectiva quiero traer a nuestra consideración algunos rasgos que dibujan en el horizonte el perfil del misionero, independientemente de su condición eclesial de sacerdote, religioso o religiosa o laico. Rasgos que, además, muestran los principales elementos de la dimensión universal de la misión evangelizadora de la Iglesia. Por ello la pastoral ordinaria está llamada a desarrollarlos en orden no sólo en la específica pastoral vocacional, sino como dimensiones básicas y esenciales en cualquier procesos de formación integral de los bautizados. La dimensión evangelizadora y misionera de la Iglesia no es un elemento más al que se presta atención por su urgencia o necesidad. Pertenece a su propia naturaleza constitutiva. Los bautizados están llamados a evangelizar y los llamados al sacerdocio o a la vida consagrada son vocacionados al anuncio del Evangelio más allá de las propias fronteras inmediatas de la comunidad de pertenencia.

 

1.               Disponibilidad para la acogida y el diálogo

Acogida y diálogo entendidos desde la actitud para descubrir la existencia del otro con el que entro en relación. Esta tal vez sea uno de los principales requerimientos para el discernimiento, fidelidad y formación vocacional. Urge desarrollar en la tarea pastoral vocacional una cierta disposición y capacidad para la constante acogida y el diálogo con los otros, especialmente los más necesitados. Implica una disponibilidad radical para salir de uno mismo, superando cualquier encerramiento egoísta, para ir al encuentro del otro. Es el encuentro con más necesitado, con el más pobre, el enfermo, el pecador. Más tarde descubrirá que en este proceso de salida hacia el otro hay algo más que una pura filantropía. Es encontrarse con el rostro de Cristo al que el llamado está dispuesto a servir. Hay sobrada experiencia de cómo muchos jóvenes han escuchado la voz de Dios en el espacio de este servicio a los más desfavorecidos. Y a la vez se descubre con pena cómo difícilmente puede responder con la vida quien está preocupado con sus propios intereses y preocupaciones. En este contexto emerge con fuerza el testimonio de tantos misioneros y misioneras que gastan su vida con alegría y sencillez entre los más pobres. Quien no es capaz de salir de sí mismo para ir al encuentro con el necesitado, en la certeza de que entre ellos se va a producir un diálogo de recíproco enriquecimiento difícilmente podrá descubrir que Dios le llama a una entrega total.

 

2.  Valoración de la realidad cultural de otros pueblos y grupos sociales

A primera vista puede parecer coyuntural, pero tras esta disponibilidad o capacidad se esconde un indicador de la dimensión universal de la vocación. Por eso parece necesario suscitar en la pastoral vocacional un amor apasionado a la cultura y a la vida de los pueblos, más allá de las propias y reducidas fronteras. La pastoral vocacional está llamada a promover este interés por el modo de ser y de vivir de otros pueblos y culturas; está llamada a abrir horizontes más allá de los propios intereses que puede encorsetar la vida del grupo o de la comunidad o de la misma diócesis. Conocer la cultura de los pueblos y el modo de ser o de decir es el presupuesto para que el vocacionado entregue su vida al servicio de  la Evangelización de la cultura y de la inculturación de la fe. A veces las estructuras eclesiásticas o institucionales están tan cerradas en sí mismas que se percibe un cierto miedo a abrir las puertas para que entre un aire fresco de otras realidades culturales. La experiencia de esta libertad de vida es tan rica que la primera beneficiada es la comunidad de pertenencia.  Esta faceta enriquece –y de qué manera!- la dimensión universal de la vocación al sacerdocio o a la vida consagrada. La comunidad de Antioquía creció cuando el Espíritu les dijo “Separadme a Pablo y Bernabé para la obra a la que los he llamado” (Hch 13,2). Naturalmente esta apertura de ánimo a la vida del otro pueblo entraña una cierta madurez para amar afectiva y efectivamente la vida y el modo de ser de los otros.

 

3.    Amar “pacientemente” al otro.

El testimonio vital del misionero es un verdadero icono de Dios, que es rico en piedad, con una paciencia “infinita”. Quienes trabajamos en la animación misionera cada día aprendemos de los misioneros la razón fundamental de su entrega vocacional: “Alegrarse y gozar con la existencia del otro”. Bien le iría a la pastoral vocacional mirar con frecuencia al Dios paciente que sabe esperar y está cierto que “la hierba también crece en la noche”. La dimensión universal de la misión implica la certeza de que la vida de fe se va expandiendo en todas partes y cualquier dirección. Vale la pena traer a nuestra consideración el trabajo escondido y “estéril” de tantos misioneros que gastan toda su vida en países y culturas donde no es posible visualizar el rostro de Dios. Años sin aparentes frutos, sin conversiones. Ni siquiera pueden practicar el ejercicio de las caridad porque es mal entendido como una forma indirecta de predicación del Evangelio. Y no por eso se desaniman o retornan a sus lugares de origen. Perseveran en la tarea iniciada. La pastoral vocacional a la vida sacerdotal o a la vida de entrega a Dios es perseverar con “infinita paciencia” en la certeza de que nada se pierde. Quienes hemos sido llamados a esta tarea de la Iglesia hemos de aprender a  trabajar para el futuro, para la eternidad, sin esperar gratificaciones, aunque deba agradecerlas cuando lleguen. Esta es sin duda la principal misión de quienes tienen la tarea de la animación misionera en la Iglesia local: suscitar la vocación a la misión y no la persuasión por incrementar la cooperación económica. “La promoción de estas vocaciones es el corazón de la cooperación: el anuncio del Evangelio requiere anunciadores, la mies necesita obreros, la misión se hace, sobre todo, con hombres y mujeres consagrados de por vida a la obra del Evangelio, dispuestos a ir por todo el mundo para llevar la salvación.... Debemos preguntarnos por qué en varias naciones, mientras aumentan los donativos, se corre el peligro de que desaparezcan las vocaciones misioneras, las cuales reflejan la verdadera dimensión de la entrega a los hermanos. Las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada son un signo seguro de la vitalidad de una Iglesia” (RM, 79).

 

4.    Confianza en el dueño de la mies

Los ámbitos donde se inicia la pastoral vocacional deben ser espacios donde  rezuma la certeza de sentirse seguro en las manos de Dios, Padre, que está empeñado en seguir llamando a los “quiere”. Esta certeza es el origen de la convicción que habitualmente tenemos del misionero como hombre “bueno”, simplemente bueno, porque tiene puesta su confianza en Dios que le ama. El misionero es fundamentalmente una persona con un corazón tan generoso que es “escándalo” y “locura” para su entorno social y familiar. La gente, especialmente en África, acostumbra a dar un apodo a nuestros misioneros, como los cristianos lo hicieron con Juan XXIII, llamándole el “Papa bueno”. La experiencia de fe del misionero es fruto de esta cercanía de Dios que su principal meta es lograr un profundo, sincero, ilimitado espíritu de perdón y de amor. No es el hombre perfecto, sino que se hace perfecto en la misión. La perspectiva universal que ofrece la miisón ad gentes saca al creyente de sí mismo para emprender el arriesgado camino de la entrega y del amor, fundamentalmente hacia quien sufre y necesita de su presencia para liberarle de sus miedos y sus errores, y ayudarle a mirar al cielo con esperanza. La pastoral vocacional ha de huir del deseo, siempre bien intencionado, de buscar a los mejores, sino a aquellos que dan muestras de una exquisita bondad. Bondad que se manifiesta fundamentalmente en la capacidad para el perdón. Perdonar es “re-crear”, es hacer nuevos a los demás, a las relaciones, a la comunidad, consciente de que el perdón es la principal invención que Cristo trajo al mundo: no se conocía como la que él nos predicó y vivió. 

5.         Vocación sin fecha de caducidad

La persona que es llamada a la entrega total y para siempre en la vida sacerdotal o consagrada ha de “entrenarse” en la certeza de que las personas creen en su capacidad de dar un sí irrevocable. La fidelidad a la palabra y al compromiso es garantía de la entrega total. La existencia de una vocación misionera específica reclama una formación peculiar: “Capacidad de iniciativas, constancia para continuar lo comenzado hasta el fin, perseverancia en las dificultades, paciencia y fortaleza para soportar la soledad, el cansancio y el trabajo infructuoso” (AG 25). La “provisionalidad” de misionero es consecuencia de esta certeza de la entrega ad vitam. Una de las imágenes más conmovedoras de la vida de los misioneros es su resistencia a volver a la tierra que les vio partir. Al otro lado de la orilla han sido capaces de compartir gozos y sufrimientos, hambre y pobreza de “su pueblo”, arriesgando hasta la vida por él, como la arriesgaron tantos otros, también hoy. Siendo fiel hasta la muerte, con una fidelidad cronológica o con una fidelidad “intensiva” con el martirio.  Soñar con gastarlo todo por la misión, para volver un día al país de origen, si así Dios lo dispone, pobre, con la salud quebrantada, muy ligero de equipaje, después de haberlo dejado todo en la misión. Esta imagen proyecta una luz en la pastoral vocacional: el entrenamiento de ir despojándose de “cosas”. Sin duda es uno de los retos más vidriosos en este empeño de promover vocaciones que pasan por la entrega total. El entrenamiento en el desprendimiento de cuantas necesidades nos ha creado esta sociedad cosumista es requisito imprescindible para la consolidación de las vocaciones incipientes. Es en el ámbito de la misión donde el “dar de la propia pobreza” resulta cada día más paradigmático. Las vocaciones misioneras están brotando de las comunidades pobres, de la personas que viven gozosamente el “desgarro” del desprendimiento. 

6.    Vocación misionera que tiene un origen y meta en Dios

Daniel Comboni decía que quería un misionero de “rodillas robustas”. Persona de oración, pero no porque esta sea la garantía segura de la perseverancia, sino como fruto y expresión de su convicción de pertenencia. La disponibilidad del misionero para “ir de un lado para otro” no es una simple opción obdediencial, sino la certeza de saberse instrumento en manos de quien dirige la Historia de la salvación. Por eso se suele decir que el misionero vive hondamente vive la obediencia rebelde de los santos. Es decir, cristianos que aceptan y obedecen a los ritmos de crecimiento propio y de los demás, que leen la voluntad de Dios en las “mediaciones”, y que no se conforman con la mediocridad de quien se siente instalado en una pastoral conservadora. El dinamismo misionero puede dinamizar la pastoral vocacional en la vida de la Iglesia, transformando a quienes han recibido este encargo en la diócesis mediante una elocuente disponibilidad. Probablemente sea el menos gratificante de cuanto humanamente se realiza en la comunidad eclesial, pero es el mejor de los servicios. Como el misionero, “extraño aquí, olvidado allá”, pero con la certeza de que todo depende del dueño de la mies y de la libertad de las personas. Tal vez los “resultados” sean exiguos, incluso nulos, pero la siembra está siendo realizada en la certeza de que Él dará el incremento y la hará fecundar.

 

Conclusión

Aunque suscitar, discernir y cultivar las vocaciones misioneras supone un servicio de la pastoral vocacional específica, sin embargo ésta debe enmarcarse en el contexto de la pastoral general, puesto que “la dimensión vocacional es connatural y esencial a la pastoral de la Iglesia” (PdV 34). Suscitando la vocación cristiana en toda su dimensión de santidad y de misión, se consigue un terreno preparado para recibir y alimentar la vocación misionera específica. Uno de los medios para coordinar esta labor vocacional en las diócesis sea incorporar al equipo de pastoral vocacional alguna persona que haya vivido la experiencia misionera. Su aportación será sin duda de un valor extraordinario para incorporar cordialmente a la dinámica vocacional algunos de los aspectos esenciales de la misión ad gentes de la Iglesia. 

 

Jornadas Nacionales de Pastoral Vocacional,
Seminario Conciliar de la Inmaculada y San Dámaso, Madrid, noviembre 2007