Presencia misionera de la Iglesia


Anastasio Gil García
Subdirector Nacional de OMP - España

 

 

Deseo iniciar mi intervención uniéndome a la acción de gracias de la diócesis de Málaga porque en ella Dios ha querido suscitar numerosas vocaciones misioneras que, enviadas por esta Iglesia local, se han esparcido por todo el mundo anunciando el Evangelio. Los cerca 170 misioneros y misioneras malagueños están mostrando por el mundo la respuesta generosa de esta Iglesia que sigue cooperando con la Iglesia universal en la tarea que le ha encomendado el Señor, y a la vez son expresión de la universalidad entrañada en cada una de las comunidades cristianas de las que han partido para la misión. A esta gratitud quiero unir el deseo de que esta jornada sea una nueva oportunidad para que Dios nuestro Señor siga suscitando vocaciones misioneras entre los laicos, religiosos y religiosas y presbíteros de la Iglesia diocesana de Málaga.

 

I.  La misión ad gentes ante una aparente dicotomía

Se me ha pedido compartir con todos los presentes unas ideas sobre “La presencia misionera de la Iglesia” en el contexto de la Iglesia universal. Entiendo que los responsables de esta jornada han querido encargarme la tarea de poner el marco de la situación real de la actividad misionera de la Iglesia en la actualidad. Ojalá pueda aportar con alguna reflexión para que todos nosotros nos demos cuenta de la urgencia y de la necesidad de nuestro compromiso misionero como cristianos bautizados. Para ello me parece muy saludable salir al encuentro de dos aparentes dicotomías.  

1. Desde el aparente fracaso a la esperanza

Juan Pablo II al comienzo de su encíclica misionera Redemptoris Missio, recuerda como una realidad incuestionable que “La Misión de Cristo Redentor, confiada a la Iglesia, está aún lejos de cumplirse. A finales del segundo milenio después de su venida, una mirada global a la humanidad demuestra que esta misión se halla todavía en los comienzos y que debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio” (n. 1). La misión que encomendó Jesús a la Iglesia antes de partir para el Padre está “aún en sus comienzos”, a pesar de los dos mil años que han trascurrido desde entonces y del enorme esfuerzo que han realizado las comunidades cristianas con el envío de tantos misioneros y misioneras a ”todos los lugares del mundo”. Sólo una simple mirada a la humanidad nos desvela que sólo una sexta parte de las personas que actualmente pueblan la tienen conocen la la Buena Nueva del Evangelio.

Por otra parte, al final de la misma encíclica, en la conclusión, se abre un horizonte tan esperanzador como sorprendente:  Veo amanecer una nueva época misionera, que llegará a ser un día radiante y rica en frutos, si todos los cristianos y, en particular, los misioneros y las jóvenes Iglesias responden con generosidad y santidad a las solicitaciones y desafíos de nuestro tiempo” (n. 92).

Esta aparente dicotomía se trueca en una fundada esperanza al anunciar con tono profético un “Kairós”, un tiempo de gracia y un momento privilegiado de la misión.  Ahora bien, para que su profecía pueda realizarse el Santo Padre presenta “condiciones”, cuando dice: “si todos los cristianos y las Iglesias jóvenes responden con generosidad y santidad a los desafíos de nuestro tiempo”.  Él se dirige especialmente a nosotros los cristianos de hoy y también a las Iglesias jóvenes, para “responsabilizarnos” del momento actual de la misión, y de la “hora de la misión” como fue proclamado en España con motivo del reciente Congreso Nacional de Misiones. 

El sí, pero todavía no de la misión... se comprende al mirar la respuesta misionera de la Iglesia a los requerimientos del Espíritu. Dios ha bendecido a la Iglesia en España con abundantes vocaciones misioneras en las diversas comunidades cristianas que han sido fruto de la profundización y difusión de la conciencia misionera. La “salida” de miles de misioneros y misioneras para colaborar con el dinamismo evangelizador de la Iglesia ha sido y continúa siendo expresión de la vitalidad de fe en las comunidades cristianas. Podemos afirmar que uno de los mejores indicadores de la vitalidad eclesial de una comunidad es su cooperación misionera, y sobre todo la cooperación personal. La diócesis de Málaga, con motivo de la conmemoración de los 50 años de su misión diocesana en Venezuela, ha hecho público esta generosa colaboración. La memoria de estos 50 años acertadamente elaborada por Lorenzo Orellana es un motivo de gratitud al dueño de la mies que ha enviado numerosos misioneros a su viña desde esta Iglesia particular. La cooperación entre esta Iglesia particular y la distintas diócesis de Venezuela con las que susbsiste este compromiso de cooperación es una muestra de la cooperación de sacerdotes, religiosos y laicos con otras Iglesias en los cinco continentes. La misión diocesana es un don de Dios, pero no puede ni debe agotar la fuerza de la cooperación misionera que desborda cualquier reducionismo local o sectorial.

 

2. Desde la debilidad a la fortaleza

Esta “nueva primavera” del Cristianismo anunciada por Juan Pablo II y ratificada con la respuesta de las Iglesias locales no está exenta de perplejidades e incomprensiones. “La misión específica ad gentes parece que se va parando, no ciertamente en sintonía con las indicaciones del Concilio y del Magisterio posterior. Dificultades internas y externas han debilitado el impulso misionero de la Iglesia hacia los no cristianos, lo cual es un hecho que debe preocupar a todos los creyentes en Cristo” (RM, 2). Se tiene la impresión que las “Misiones” o “Misión ad gentes” tenga el constante riesgo de diluirse en la misión genérica de la Iglesia, o dicho de otro modo, se tiene el miedo de que la misión ad gentes pueda presentarse como la actividad de la Iglesia que facilita la salida de efectivos de la pastoral que tanto se necesitan en estos momentos en la Iglesia particular.  Es por eso que el Santo Padre usa adjetivos de un fuerte sentido negativo: “hay que evitar que esta «responsabilidad más específicamente misionera que Jesús ha confiado y diariamente vuelve a confiar a su Iglesia», se vuelva una flaca realidad dentro de la misión global del Pueblo de Dios y, consiguientemente, descuidada u olvidada” (RM 34). 

Para iluminar mejor esta sorprendente paradoja tal venga bien recordar por primera vez en la historia de los 21 Concilios Ecuménicos la Iglesia publicó un documento conciliar sobre la actividad misionera de la Iglesia.

Este documento inicia su singladura recordando que:

Podemos “conocer” el misterio de Dios en la profundidad misteriosa de la Santísima Trinidad (“su naturaleza”) gracias a su manifestación histórica, es decir, a su “éxodo” o “salida” por medio de las Misiones o Envíos de la Segunda y Tercera personas divinas en el tiempo (Encarnación y Pentecostés);

Es posible descubrir realmente a la Iglesia cuando ésta se proyecta, en fidelidad a su Fundador y al Espíritu que la anima, más allá de sus fronteras, “ad gentes”.  De ahí que la misma Redemptoris Missio considere la Misión ad gentes como “la actividad primaria de la Iglesia, esencial, y nunca concluida... la responsabilidad más específicamente misionera que Jesús ha confiado y diariamente vuelve a confiar a su Iglesia (n. 31)  “Sin ella, la misma dimensión misionera de la Iglesia estaría privada de su significado fundamental, de su actuación fundamental y de su actuación ejemplar” (n. 34).   

Sin embargo nuestra realidad, hoy en día, se nos manifiesta en abierto contraste con estas afirmaciones porque precisamente a partir del Concilio Vaticano II la salida de misioneros y misioneras ha ido disminuyendo en la Iglesia.  Tal vez este dato esté en el corazón de Juan Pablo II cuando advierte “Conscientes de la responsabilidad universal de los pueblos cristianos en contribuir a la obra misional y al desarrollo de los pueblos pobres, debemos preguntarnos por qué en varias naciones, mientras aumentan los donativos, se corre el peligro de que desaparezcan las vocaciones misioneras, las cuales reflejan la verdadera dimensión de la entrega a los hermanos” (RM 79).   

Ante esta situación de nuevo viene a nuestra la memoria agradecida la experiencia que hace casi 2000 años tocó profundamente el corazón y la vida de Pedro, de Juan, de Santiago, de María, de Pablo y de muchos más. Pocos han expresado esta experiencia fundante tan bien como Pedro, el pescador de Galilea al que conocían desde la infancia como Simón (cfr. Hch 2,36-42). La experiencia de Pedro es la misma que han reflejado, una vez más, los más de 2000 obispos reunidos hace 40 años en Roma, veinte siglos después, en el Concilio Vaticano II: “La Iglesia ha recibido el Evangelio (!la más maravillosa noticia que jamás la humanidad haya escuchado!) como anuncio y fuente de salvación.  Lo ha recibido como un don de Jesús, enviado por el Padre  “para anunciar a los pobres el mensaje de alegría” (Lc 4,18), lo ha recibido por medio de los Apóstoles, mandados por Él a todo el mundo (cfr. Mc 16,15; Mt 28,19-20). Nacida de esta acción evangelizadora, la Iglesia siente dentro de sí misma cada día la palabra del Apóstol: ¡Ay de mi si no evangelizare!(1Co 9,16). Y entonces sigue incesantemente enviando evangelizadores y misioneros a donde el Espíritu Santo abra las puertas al anuncio de la Palabra”  (cfr. LG 16 y 17).

Es en este contexto donde podemos recibir y meditar la preocupación de Juan Pablo II al inicio de su encíclica misionera Redemptoris Missio: “En nombre de toda la Iglesia -escribe- siento imperioso el deber de repetir el grito de San Pablo: ¡Ay de mi si no predicara el Evangelio!”. Desde el comienzo de mi pontificado he tomado la decisión de viajar hasta los últimos confines de la tierra para poner de manifiesto la solicitud misionera” (RMi 1).    

II. Clarificaciones terminológicas

           Después de contemplar estas aparentes paradojas entre dos posturas complementarias se hace necesario aclarar desde el principio qué se entiende por “misión ad gentes” para evitar el riesgo de diluir esta específica acción evangelizadora de la Iglesia”  en la común -y por cierto necesaria- actividad pastoral de cada Iglesia particular. 

          La evangelización del mundo se realiza dentro de un panorama muy diversificado y cambiante, que da lugar a respuestas diferenciadas.  Es verdad que Dios es único, único el Salvador, única la Iglesia, y única es la humanidad a la que ella está destinada como servidora, y por tanto una y única debe ser la Misión. Pero esta única Misión queda diversificada por muchos elementos, entre los que destacan fundamentalmente sus destinatarios.  Redemptoris missio determina con claridad quiénes son los destinatarios de la misión ad gentes: “Los pueblos, grupos humanos, contexto socio-culturales donde Cristo y su Evangelio no son conocidos, o donde faltan comunidades cristianas suficientemente maduras como para poder encarnar la fe en el propio ambiente y anunciarla a otros grupos. Ésta es propiamente la misión ad gentes” (RM 33). No debemos, ni podemos olvidar que el mandato misionero de Cristo a sus Apóstoles, los destinaba precisamente  a tales grupos humanos y por lo tanto –digámoslo otra vez- tal actividad debe ser siempre prioritaria en el conjunto de las tareas que forman parte de la misión global de la Iglesia.  Es su principio unificador, como el amor es su fundamento.  El uno y el otro han quedado cifrados en el doble mandamiento: “Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. (Jn 15,12) e “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del espíritu Santo” (Mt 28,19).  La misión ad gentes se caracteriza esencialmente por realizar el primer anuncio de Cristo y de su Evangelio, por la edificación de la Iglesia local y por la promoción de los valores del Reino.  Apunta además a la escucha y al diálogo con las grandes religiones, con las religiones tradicionales o “cósmicas” y  con los nuevos “areópagos” como los que se encuentras en los nuevos ámbitos sociales y culturales. Ellos desbordan las fronteras de una misión ad gentes circunscrita a unos límites territoriales para hacernos ver que hay otras situaciones igualmente necesitadas del anuncio de la “Buena Noticia”. En concreto, misión ad gentes es integrada por tres elementos constitutivos: 

    El anuncio directo y gratuito de Jesucristo y del Reino de Dios que va más allá de la sola comunicación de los valores evangélicos.
La audacia misionera para ofrecer la Buena Noticia y hacer presentes las exigencias del Reino de Dios.
   La edificación de la Iglesia en los lugares y ámbitos donde se inicia el acceso a Jesucristo, y el nacimiento de una comunidad que celebra su fe cristiana. 

Por razón de quienes realizan esta actividad misionera de la Iglesia, la misión ad gentes integra otras tres acepciones complementarias:

“Ad extra”, expresión que indica ante todo el movimiento de Cristo mismo “salido del Padre y venido al mundo” (Jn 16), y como consecuencia la disponibilidad a salir del propio país, acentuando así la universalidad de la misión que implica tener presente las palabras de Cristo Resucitado: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia a toda la creación” (Mc 16, 15) y la urgencia de compartir el don de la fe y el servicio entre las Iglesias. Todo esto no excluye que haya situaciones de “primer anuncio” dentro de nuestra Iglesia particular como bien señala la Exhortación apostólica Ecclesia in Europa “Crece el número de las personas no bautizadas, sea por la notable presencia de emigrantes pertenecientes a otras religiones, sea porque también los hijos de familias de tradición cristiana no han recibido el Bautismo, unas veces por la dominación comunista y otras por una indiferencia religiosa generalizada. De hecho, Europa ha pasado a formar parte de aquellos lugares tradicionalmente cristianos en los que, además de una nueva evangelización, se impone en ciertos casos una primera evangelización” (n. 46).

“Ad vitam”, con ella se quiere resaltar la dedicación total a la misión que nace y se nutre de una experiencia de amor con Dios, origen y fuente de la consagración a la misión. Conscientes, por otra parte, de que la misión misma posee una extraordinaria fuerza consacratoria de la persona, como lo manifiestan las biografías de los misioneros de todos los tiempos, de Pablo a Francisco Javier, de San Toribio de Mogrovejo a San Daniel Comboni, de Teresa de Lisieux a Teresa de Calcuta. Sin embargo. Esta consagración vocacional para toda la vida no excluye que en conformidad con la propia vocación y carisma, sea auténticamente misionero el servicio de quien pueda entregarse al anuncio del Evangelio durante unos años.

“Ad pauperes”.  Con esta expresión se quiere subrayar el servicio de la Iglesia y su entrega en favor de los más pobres, a ejemplo de Jesús.  En el ámbito social son pobres los que sufren la injusticia, las víctimas de las guerras, los que padecen la escasez de los medios económicos, los hambrientos, los privados de derechos humanos, los refugiados, etc.  Desde el punto de vista espiritual, pobres son los que no conocen a Jesús, siendo ésta la forma más radical de pobreza.  A esta situación se refiere la Redemptoris Missio cuando afirma: “la aportación de la Iglesia y de su obra evangelizadora al desarrollo de los pueblos abarca no sólo el Sur del mundo, para combatir la miseria y el subdesarrollo, sino también el Norte, que está expuesto a la miseria moral y espiritual causada por el superdesarrollo”(n. 59). 

 

III. La presencia misionera de la Iglesia. Nuevos retos al inicio del tercer milenio

La actividad misionera de la Iglesia tiene en la actualidad una serie de desafíos que de alguna manera deben ser afrontadas por la comunidad cristiana para implicarse con radicalidad en el compromiso salvador de Dios a favor de la humanidad. Me permito enumerar alguno de ellos con la conciencia clara de que no desarrollo todos los que la integran, pero me parece que éstos son esenciales e imprescindibles para entender las claves de la acción misionera de los llamados a la misión como de la comunidad cristiana que envía y acompaña. 

1. La misión ad gentes como derecho de los pueblos y de las personas

 

Si la Iglesia tiene el deber y la obligación de evangelizar, de enviar heraldos del Evangelio a todo el mundo, si ella sólo “existe para evangelizar, y evangelizar constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda” (EN 14), dentro de la normal lógica que a todo deber corresponde un derecho. Se debe afirmar que este deber existe porque hay un derecho de los pueblos y de las personas a recibir el anuncio de Cristo como “Camino, Verdad, y Vida”. “Toda persona- declara enfáticamente Juan Pablo II- tiene el derecho a escuchar la Buena Nueva de Dios que se revela y se da en Cristo, para realizar en plenitud la propia vacación” (RM 46). Esta referencia al derecho de los otros es repetida al menos por tres veces en la Redemptoris Missio, (cfr. nn. 11, 40 y 44). Pero a su vez es tomada de Evangelii Nuntiandi (1975) donde Pablo VI afirma: “Estas multitudes tienen derecho a conocer la riqueza del misterio de Cristo” (cfr. Ef 3,8) (n. 53). “La Iglesia tiene ante sí una inmensa muchedumbre humana que necesita del Evangelio y tiene derecho al mismo” (n. 57). Y al final de este emblemático documento Pablo VI vuelve sobre la misma convicción, pero desde otra perspectiva: “los hombres podrán salvarse -escribe- por otros caminos, gracias a la misericordia de Dios, si nosotros no les anunciamos el Evangelio, pero ¿podremos nosotros salvarnos si por negligencia, miedo, vergüenza –lo que San Pablo llamaba avergonzarse del Evangelio- o por ideas falsas omitimos anunciarlo? porque eso significaría ser infieles a la llamada de Dios” (n. 80).

 

Esta convicción está en el inicio de la vocación misionera al manifestarse no como un acto propio de generosidad sino como respuesta a las necesidades de los otros. Y aquello que se inició con el entusiasmo del primer momento alcanza tal configuración en el misionero que de alguna manera define la entrega de su vida. Es la definición de su identidad: no es sólo él quien ayuda, sino quien se descubre como el primer beneficiario de esta relación interpersonal. El comentario más común de los misioneros es el reconocimiento de que ellos son los primeros beneficiarios de su trabajo misionero. Cuando uno responde con entrega generosa a las necesidades de sus hermanos, sin otro motivo que el de dar lo que gratuitamente se ha recibido, la paz interior y la alegría del deber cumplido no se deja esperar. Pueden venir bien el recuerdo de dos grandes evangelizadores de la Iglesia: ¡Cuánto debió San Juan Bosco a los niños de la calle de Turín!, les debía la alegría de su entrega, de su paternidad y ¡cuánto debía Daniel Comboni a los africanos!, les debía su heroísmo y su morir en la brecha, ¡ya que Cristo es también negro!.

Sin duda esta dimensión debería tenerse más en cuenta a la hora de plantear la pastoral con inmigrantes o con cualquier otro sector más difícil de la pastoral ordinaria.

 

2. La misión ad gentes y el diálogo con otras religiones

 

La Iglesia cuando se trata de acercarse al misterio de la salvación para los que profesan otras religiones, tiene muy en cuenta dos verdades fundamentales:

 

En primer lugar la afirmación de la Primera Carta de San Pablo a Timoteo: “Dios quiere que todos los hombres se salven” (2,4). Se trata de la voluntad salvífica universal de Dios. Y si ésta es la voluntad de Dios, sin duda que Él da a todos sus hijos los medios necesarios y suficientes para su salvación, y se los da en la situación histórica y cultural en donde cada uno se encuentra.

 

En segundo lugar, a nadie Dios juzga por algo de que no es responsable, y no es “culpable” pues el haber nacido en una religión tradicional de África o Asia, así como no lo es el haber nacido en el Shintoísmo, en el Hinduísmo o en el Budismo, como es ningún “mérito”, el haber nacido en una familia católica. Por eso ya no cabe hablar de infieles, término con que hasta hace pocos decenios se les designaba a todos los no-cristianos.

De la condena y del “anatema” de las tradiciones no cristianas, la Iglesia ha dado el paso a la disponibilidad al diálogo interreligioso como parte integrante de la “misión ad gentes” (cfr, RM 55-57). Este diálogo no nace –por otra parte- de una táctica o de un interés, sino que es una actividad con motivaciones, exigencias y dignidad propias: es exigido por el profundo respeto hacia todo lo que en el hombre ha obrado el Espíritu “que sopla donde quiere” (Jn 3,8). Con ello la Iglesia trata de descubrir las “Semillas de la Palabra” (AG 11 y 15), el “desafío de aquella verdad que ilumina a todos los hombres” (NAe 2), semillas y desafío que se encuentran en las personas y en las tradiciones religiosas de la humanidad. El diálogo no es simple instrumento al servicio de la evangelización, sino que es una forma más de realizar la misión. Según el documento Diálogo y misión[1] el cristiano a través del diálogo comparte con el hermano de otra religión su experiencia religiosa, a la vez que intenta compaginarlo con el amor y el respeto al otro, inseparables de toda actividad misionera que se haga con espíritu eclesial. En este diálogo el cristiano descubre con gozo cómo Dios va siempre por delante de nuestras iniciativas y se alegra de servir al misterioso proyecto de amor que Dios tiene, en su bondad, para cada pueblo (Diálogo y misión, n. 43).

 

Esto comporta que el misionero se acerca hoy en día a los pueblos que pretende evangelizar con un enorme respeto, con actitud de búsqueda humilde y paciente de todos los valores “cristianos” presentes entre los destinatarios de su labor misionera. Pero a la vez debe estar animado de auténtica “parresía” o audacia evangélica para proclamar –allí donde el Espíritu haya hecho madurar los tiempos y los momentos (cfr. Hch 1,7)- sin titubeos, a Jesucristo. “El hecho de que los seguidores de otras religiones puedan recibir la gracia de Dios y ser salvados por Cristo independientemente de los medios ordinarios que Él ha establecido, no quita la llamada a la fe y al bautismo que Dios quiere para todos los pueblos” (RMi 55).

 

Por eso “el diálogo, recuerda Juan Pablo I en Novo Millenio Inneunte, no puede basarse en la indiferencia religiosa, y nosotros como cristianos tenemos el deber de desarrollarlo ofreciendo el pleno testimonio de la esperanza que está en nosotros (cf. 1 Pt 3,15). No debemos temer que pueda constituir una ofensa a la identidad del otro lo que, en cambio, es anuncio gozoso de un don para todos, y que se propone a todos con el mayor respeto a la libertad de cada uno: el don de la revelación del Dios Amor, que «tanto amó al mundo que le dio su Hijo unigénito » (Jn 3,16)” (NMI 56).

 

Por otra parte, como ya hacía notar Henri de Lubac en los tiempos del Concilio Vaticano II, el hecho de que Dios intervenga misericordiosamente en las manifestaciones religiosas no cristianas, no nos debe hacer pensar que su origen sea sobrenatural, es decir, debido a una intervención histórica de Dios, como son su Revelación y sus “mirabilia” o milagros. Y esto no implica en absoluto una actitud de menosprecio de todo lo “no-cristiano” sino que es expresión y consecuencia de ver en Jesús al mediador único entre Dios y los hombres, y su único Redentor. En la primer Carta de Pablo a Timoteo se presenta una breve fórmula de fe cristiana afirmando: “hay un sólo Dios y también un sólo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también. El que se entregó a sí mismo como rescate por todos“ (2 Tim 4, 5-6).

 

Ser cristianos y ser misioneros de Cristo no significa entonces situarse en competencia o en contraste con las otras religiones, sino en “convergencia”, ya que hacia Él y a partir de Él, “Verbo que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1,9) convergen todos los esfuerzos humanos, sostenidos por la gracia de Dios que a todos quiere salvos, y orientados a dar un sentido a la vida humana y a buscar plenitud o salvación.

 

3. El testimonio, criterio de credibilidad, en la misión ad gentes

 

Redemptoris Missio ha introducido como parte de la “misión ad gentes” no sólo el diálogo inter-religioso sino también el trabajo por el desarrollo integral de los grupos humanos a los que los misioneros pretenden servir. A este respecto, no sólo tiene el tono de una verdadera inspiración poética, sino el de una auténtica mística franciscana, la siguiente página de la Novo Millennio Ineunte: “El siglo y el milenio que comienzan tendrán que ver todavía, y es deseable que lo vean de modo palpable, a qué grado de entrega puede llegar la caridad hacia los más pobres. Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que Él mismo ha querido identificarse: “he tenido hambre y me habéis dado de comer, he tenido sed y me habéis dado de beber... (Mt 25,35-36). Esta página no es una simple invitación a la caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo. Sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad como esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia.” (NMI 49).

 

La consecuencia es muy clara, si el misionero pretende presentar a Cristo sólo con la Palabra, no sirve. En un contexto de necesario testimonio, en la “misión ad gentes” hay que acentuar el “poder de los hechos”, más que el de las palabras. El misionólogo español J.A. Barreda ha escrito: “en el mundo del diálogo, que se presenta indudablemente como el camino de la “misión ad gentes”, el “testimonio misionero” se coloca en el primer lugar de la actividad evangelizadora y se convierte en el criterio de credibilidad de la proclamación del Evangelio” (Euntes D., 2, 2002, p. 74). El amor de Dios por el mundo como de hecho se ha concretizado en el misterio del Hijo que “amó hasta el extremo”, lleva al misionero de hoy en día a un proceso de identificación amorosa con el pueblo que quiere servir. Como Cristo, el misionero no está llamado a dar una teoría sobre el dolor, el hambre, la enfermedad, sino que sana, da de comer, ayuda... Cristo vino a liberar del pecado, pero se introduce a esta acción profunda, haciendo simplemente el bien a cuantos lo necesitaban (cfr. Jn 2,1-11). Hoy el misionero es la encarnación del Buen Samaritano, siente compasión, se solidariza sinceramente con los pobres . En nuestro mundo, víctima de la lógica del ganar, del provecho propio, la gratuidad suscita la sorpresa y hace surgir la pregunta ¿Quién es este? ¡Cuántos caminos a Cristo ha abierto y sigue abriendo aquella extraordinaria “misionera” de la caridad que ha sido Teresa de Calcuta!.

 

4. La gracia de la conversión, fruto de la misión ad gentes

 

“La Iglesia está efectiva y concretamente al servicio del Reino. Lo está ante todo mediante el anuncio con el que llama a la conversión. Al anunciar el Reino, la Iglesia invita a acogerlo, cooperando al don de Dios, para que acogido crezca entre los hombres” (RM 26). 

 

Esta es la doctrina de la Iglesia, pero hoy en día el “misionero ad gentes” debe estar dispuesto, precisamente por la actual sensibilidad hacia todo lo que podría sonar a imposición y a falta de respeto de las convicciones ajenas, a enfrentarse a duras críticas que vienen de no pocos teóricos de la cultura al considerar la propuesta de conversión como una violación de la conciencia o una imposición a la libertad de los demás.

 

Si la Iglesia, en fidelidad al mandato de Cristo, envía a los Heraldos del Evangelio hasta los últimos confines del mundo, lo hace no sólo por obediencia a Cristo, sino también en la plena aceptación y defensa del derecho a la libertad religiosa. Clarificadoras son estas palabras del misionólogo Rossano: “el derecho a la libertad religiosa, no significa en absoluto indiferencia religiosa en el sentido de que todas las religiones sean iguales, válidas o falsas, no significa relativismo doctrinal que niega la existencia de una verdad objetiva; no significa escepticismo frente a la posibilidad de conocer lo verdadero y lo bueno en el orden religioso o moral; no significa autonomía de la conciencia que quedaría exonerada de toda obligación a la verdad y de adhesión al bien; no significa individualismo religioso por lo cual estaría permitido decir y hacer todo lo que agrada. Significa sólo guardar celosamente la propia fe y reconocer que también todos los demás tienen este mismo derecho” (Rossano, p. 200).

 

Está claro que la actividad misionera “ad gentes” no puede ser identificada con posturas proselitistas de “conquistas de adeptos”. El misionero debe dejarse guiar por un doble respeto: “respeto por el hombre en su búsqueda de respuestas a las preguntas más profundas de la vida y respeto por la acción del Espíritu en el hombre” (RMi 24). Reconocemos que no siempre los misioneros han actuado de este modo: es fácil encontrar en las historias de las misiones, numerosos ejemplos de proselitismos irrespetuosos y de verdadero atropello al derecho ajeno por la imposición del propio “Credo”. Tal vez por ello aún resuenan en nuestros oídos el estruendoso aplauso que los jóvenes dieron en mayo del año 2003 en el encuentro de Cuatro Vientos en Madrid a las palabras de “la fe se propone, no se impone” de Juan Pablo II que recordaban las que nos entregó en su primer mensaje del DOMUND en el año 1979: “la buena nueva del Evangelio a los pueblos consiste e proponer, y no en imponer la verdad cristiana”.

 

Hoy en día el misionero debe asumir una actitud de total y delicado respeto de la persona, profese éste la religión que sea, consciente de que el hombre, todo ser humano es “el camino de la Iglesia”. Esta es su servidora y servir al hombre es su único privilegio. “!Nadie tema a la Iglesia! –afirma Juan Pablo II en Nueva Delhi en 1999- porque su única finalidad es continuar la misión de servicio y de amor de Cristo (...) la libertad religiosa es inviolable hasta el punto de exigir que se reconozca a la persona incluso la libertad de cambiar su religión si así se lo ”pide su conciencia”.

 

El misionero de hoy en día ofrece con “audacia” y respeto lo que él mismo ha recibido, consciente que lo que él ofrece constituye una respetuosa apelación a la libre conciencia de los oyentes. Si la propuesta y la apelación llevan a la “conversión” y hasta el cambio de religión, esto se debe ante todo a la gracia de Dios (Es Dios quien da el incremento, diría San Pablo) y a la respuesta libre de cada persona. Si esto no acontece y no hay conversión, eso no es motivo para que el misionero renuncie a su presencia entre “su pueblo” y a su servicio por amor, esperando la “hora de Dios”. A él no le debe motivar, en última instancia, el éxito, sino la fidelidad al mandato de Cristo.

 

5. El carisma y el ministerio misionero en situación de conflicto

 

La historia de las misiones casi siempre ha sido historia de cristianos que se han mantenido “tercamente” firmes en el conflicto. Han sido “casa construida sobre roca”. Hoy en día, se les exige no pocas veces, auténtico heroísmo: no conozco ningún lugar en el que ser misionero sea fácil; la posibilidad de morir víctima de la violencia, se da en África como en Asia y hasta hace poco en no pocos países de América. No pasan meses sin que los medios de comunicación nos informen del asesinato de algún misionero o misionera. Jesús ya desde la primera misión cuando envió a los 72, les dijo que los enviaba como “corderos en medio de lobos”, y al final de su vida, antes de entrar en el Cenáculo les dice a los Apóstoles que “vendan su manto -si fuera necesario- para comprar una espada“ (cfr. Lc 22,35). Quiere decirles que la fidelidad a la misión implica estar preparados para el combate: así ha sido para Jesús y sus discípulos; a los misioneros no necesariamente les irá mejor. El misionero de Cristo, que debe llevar y ofrecer paz, se sabe discípulo de Quien afirmó: “No piensen que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz sino espada” (cfr. Lc 2,35-38). La misión hoy (al menos como ayer, si no más) pasa por la fatiga, el contraste, el dolor, la cruz y no sólo por las dificultades del lugar, sino porque la propuesta del Reino siempre es profética, y el profeta no tiene patria, es siempre un expatriado o exhiliado. Contempla, como Moisés, una patria en que todavía no habita: lo sostiene la esperanza.

 

Esta entrega generosa y total emerge de la convicción de la llamada a la misión y del acompañamiento de la gracia divina de la comunidad cristiana que envía y acoge. El misionero no es alguien que se apunte a hacer una labor de simple altruismo antropomórfico, sino fruto de una vocación. “Aunque a todo discípulo de Cristo incumbe el deber de propagar la fe según su condición, Cristo Señor, de entre los discípulos, llama siempre a los que quiere para que lo acompañen y los envía a predicar a las gentes. Por lo cual, por medio del Espíritu Santo, que distribuye los carismas según quiere para común utilidad, inspira la vocación misionera en el corazón de cada uno y suscita al mismo tiempo en la Iglesia Institutos... esta vocación “se manifiesta en el compromiso total al servicio de la evangelización; se trata de una entrega que abarca a toda la persona y toda la vida del misionero, exigiendo de él una donación sin límites de fuerzas y de tiempo. Quienes están dotados de tal vocación, «enviados por la autoridad legítima, se dirigen por la fe y obediencia a los que están alejados de Cristo, segregados para la obra a que han sido llamados, como ministros del Evangelio»”(RM, 65).

 

Muchos son los caminos que Espíritu ha suscitado en el seno de la Iglesia para que los fieles pudieran descubrir su propia vocación misionera en el ámbito laical, en la vida consagrada o participando del sacerdocio ministerial de Jesucristo. Cabe destacar con agradecimiento las Sociedades misioneras de vida apostólica y los Institutos misioneros, así como la contribución a la misión por parte de los movimientos eclesiales y nuevas comunidades.

 

 

CONCLUSIÓN

           Nos hemos atrevido a trazar un camino para la “misión ad gentes” al inicio del tercer milenio, una misión que la “Iglesia vive” en situación de paradoja, entre la “nueva primavera” que Juan Pablo II vislumbra y el hecho doloroso de la escasez de misioneros; una misión que exige enraizarse en una profunda motivación místico-espiritual, para no “diluir” su realidad en “justificadas coartadas” como la que se encierra en la expresión “la misión está aquí”, y que debe hacerse presente en el compromiso misionero, estimulado a veces, pero también criticado por los que se quedan en la orilla de acá. 

           En cualquier caso nos sostiene la voz de Aquel que caminando sobre las aguas, nos grita, como a Pedro y a sus compañeros: “No tengan miedo, soy yo”, y nos invita a caminar, aunque tengamos la impresión de hacerlo sobre “las aguas”.  Nos sostiene la fe en quien nos invita, y con Él “cruzamos nuestro umbral” que siempre es de esperanza, precedidos y acompañados por aquella que es la estrella de la “primera” y de la “nueva” evangelización.

 
Simposio Misionero, Málaga, noviembre2005

[1] Del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso y de la CEP (19-V-1991).