Discípulos de Cristo:
misioneros y animadores misioneros


Anastasio Gil García
Subdirector Nacional de OMP - España

 

 

Agradezco al P. Jan Petroski la invitación para participar en este Encuentro misionero con los responsables de la animación misionera en las Iglesias locales e Instituciones misioneras en Polonia. Es para mí un privilegio que asumo con temor y respeto.

Me gustaría hacer una reflexión inicial sobre el título, teniendo en cuenta los participantes en este Encuentro. Soy consciente de que estoy hablando a quienes teóricamente están más comprometidos en la animación y formación misionera de Polonia. Agradezco la delicadeza para conmigo de quienes están entregando su vida a este servicio misionero en las comunidades locales de las diócesis. Estoy seguro que lo que yo voy a decir Vds. lo han expuesto muchas veces, y sin duda con más acierto, en las diversas actividades que han organizado en sus Iglesias locales. Sin embargo, dócil a lo que se me ha pedido desearía aclarar desde el principio la necesidad de tomar conciencia de nuestra condición de discípulos en el seno de la Iglesia. La tarea que se nos ha encomendado no ha sido una opción personal por nuestra simpatía por lo misionero, sino que ha brotado de nuestra condición de discípulos del Señor. Desde la condición de discípulos del Maestro haré una reflexión sobre nuestro compromiso de misioneros, no tanto como gestores de la acción misionera sino como genuinos enviados a la misión, aunque ésta no se esté realizando en los ámbitos tradicionalmente considerados como misioneros. En este contexto me permitiré abrir horizontes para que la animación misionera sea considerada como una dimensión de la pastoral ordinaria de las diócesis y de Instituciones misioneras para dejar de ser una actividad ocasional y puntual  

I. Discípulos de Jesús

Poco antes de partir para el cielo Jesús, mirando de hito en hito a sus “discípulos” les hace un único y esencial encargo:  “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28, 19-20).

Qué significa hacer discípulos? Tal vez pudiera entenderse como una encomienda proselitista para incrementar el número de los seguidores de Jesús, pero no parece que este sea el sentido evangélico de los llamados por Jesús al discipulado.

Se hace necesario descubrir lo específico de los llamados por Jesús al discipulado y la consideración que de ellos se desvela en el Evangelio. Desde el principio sobresale el concepto de seguidor o adepto, más que el de alumno que aprende y lleva a la práctica una doctrina. El discípulo, según el texto bíblico, es aquel que se vincula con una persona no tanto a nivel teórico o ideológico, sino afectiva y vitalmente hasta el punto de estar dispuesto a asumir su propio estilo de vida. El discípulo del Señor trata de identificarse con Él. ¿En qué consiste esta identificación? Tratemos de dibujar alguno de sus rasgos.

 

  1. Dios llama al discípulo para que…

         El primero de los rasgos más característicos del discipulado en el Evangelio es el modo como se produce. Mientras que en el mundo rabínico eran los discípulos quienes escogían a su maestro, Jesús rompe drásticamente con la cultura de su época al establecer como norma que no son los discípulos quienes le escogen a Él sino que es Él quien les escoge a ellos (Jn 15,16). San Mateo deja ver claramente esta iniciativa de Jesús en todos los relatos vocacionales en los que Jesús ve y llama por propia iniciativa: “Llamó a los que quiso” (Mc 3,13).

         A partir de esta llamada se inicia un largo proceso de conversión y transformación, por el que discípulo, que no nace discípulo, se va realizando y configurando según el modelo y las exigencias del maestro. Esto implica que para ser discípulo, hay que renacer (Jn. 3, 16) de nuevo. Este renacer, que es costoso como lo es el nacer, es tarea difícil que implica una conversión. Porque lo único que realmente colma y da sentido a la existencia, y soluciona las insatisfacciones, es asumir el sentido y finalidad de la propia existencia. La conversión a la vida del discipulado entraña descubrir que la vida, que nos ha sido dada, está en función de la donación.

         Salir de uno mismo para entrar en el ámbito del otro es laborioso, porque las personas llegan a acostumbrarse a todo, incluso –y sobre todo- llegan a acostumbrarse a sí mismas, a sus defectos, incluso a sus pecados. Salir de uno mismo para entrar en la órbita del maestro implica mucha renuncia y disponibilidad. Por eso la vocación misionera sólo puede surgir del grupo de los discípulos, de quienes se han ejercitado en el proceso de salir de su entorno para situarse en el ámbito del maestro.

 

  1. … transforme su mente y su corazón…

         La vocación al discipulado implica un nuevo cambio de mentalidad y de corazón. El paso a la otra orilla, al ámbito de Dios, no es sólo un indicador del discipulado sino la causa originante. Jesús, bajo fórmulas y expresiones diversas advierte a sus seguidores el camino de las Bienaventuranzas, la opción por ser los últimos y que la felicidad y la dicha se esconde en la pobreza, incluso en la persecución, con el compromiso de transformar la venganza en el perdón. (cf. Mt. 10, 18 ss).

         Ser discípulo es, entonces, adquirir un modo de razonar que difiere “del mundo”, que no busca la gloria humana, que asume la realidad divina aún a pesar de la cruz. Es entregarse completamente a la locura del amor. Esta opción es un don que concede gratuitamente quien ha llamado, el maestro. Opción que sólo se entiende desde la perspectiva de lo sobrenatural.

         Con este cambio de mente y corazón el discípulo de Cristo va adquiriendo una personalidad con dos rasgos de identidad:

-          Disponibilidad para seguir al maestro. Para ello está dispuesto a renunciar a todo lo que hasta ahora eran sus propias seguridades y proyectos, para cooperar en la misión de propagar la fe, tanto dentro como fuera de las fronteras de la patria, dóciles al Espíritu y obedientes a la misión;

-          Conciencia de universalidad para ir a cualquier parte del mundo, y con espíritu abierto estimar afectiva y efectivamente las costumbres de los pueblos y sus valores culturales y religiosos.

 

  1. … y se incorpore a una nueva comunidad

         El discipulado lleva consigo un abandono de la situación previa. En los relatos vocacionales se nombran las cosas que son dejadas atrás: redes, barcas, padres, todo… Son las cosas que sirven de criterio del éxito o fracaso en la vida, las que le atribuyen a uno su estatus social, las que proporcionan seguridad. Desde una perspectiva humana es como un suicidio, porque los llamados abandonan las herramientas de trabajo, la familia que era uno de los pilares de la estructura social.  

         Es en este abandono donde se descubre la radicalidad del seguimiento, y la autoridad de Jesús que llama a formar parte del grupo familiar del maestro e identificarse como uno de los suyos. El ejemplo más papable se puede apreciar en San Pablo. Esta novedad es anunciada por Jesús cuando “su madre y sus parientes querían verlo, pero no podían acercársele por el gentío que había”. Alguien dio a Jesús este recado: “Tu madre y tus hermanos están afuera y quieren verte.” Pero Jesús respondió: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica”. (Lc. 8, 19).

         Este parentesco es mayor a cualquier otro, porque Dios une más que la sangre (Jn 1, 12). Y la persona que es totalmente de Dios, es también totalmente su hermano, su hermana, su madre. En el ámbito de los llamados a estar con Jesús y ser enviados posteriormente se radica la verdadera concepción de la familia de los hijos de Dios donde nadie es extraño y todos tratan de abrir puertas y ventanas a los que están lejos o vienen de fuera.

 

II.  Discípulos misioneros

         De la condición del discípulo nace la dimensión misionera. No es una tarea o simple misión encomendad al discípulo, es una de sus dimensiones constitutivas. Desde esta perspectiva intentaré dibujar en el horizonte algunos de sus rasgos del discípulo misionero, independientemente de su condición eclesial de sacerdote, religioso o religiosa o laico. Rasgos que, además, pueden mostrar los principales elementos de la dimensión universal de la misión evangelizadora de la Iglesia.

         Elementos que pueden ser considerados como básicos y esenciales en cualquier proceso de formación integral de los discípulos de Jesús. Porque es oportuno anticipar que la dimensión evangelizadora y misionera de la Iglesia no es un elemento más al que se presta atención por su urgencia o necesidad. Pertenece a su propia naturaleza constitutiva.

 

  1. Disponibilidad para la acogida y el diálogo

         El responsable de la animación misionera en una comunidad cristiana debe estar capacitado para una cordial disponibilidad a la acogida y el diálogo, que predispone de manera instintiva a descubrir la existencia del otro con el que se inicia una relación. Urge desarrollar en la tarea pastoral de nuestras comunidades una cierta disposición y capacidad para la acogida y el diálogo con los otros, especialmente los más necesitados. Esto implica una disponibilidad radical para salir de uno mismo, superando cualquier encerramiento egoísta, y además una decidida capacidad para ir al encuentro del otro, con el más necesitado, el más pobre, el enfermo, el pecador. Más tarde se descubrirá que en este proceso de salida hacia el otro hay algo más que una pura filantropía. Es encontrarse con el rostro de Cristo al que el llamado está dispuesto a servir. Hay sobrada experiencia de cómo los misioneros han escuchado la voz de Dios en el espacio de este servicio a los más desfavorecidos. Y a la vez se descubre con pena cómo difícilmente puede responder con la vida quien está preocupado con sus propios intereses y preocupaciones, o quien está pastoralmente encerrado con los suyos y atendiendo sólo a los que vienen. En este contexto emerge con fuerza el testimonio de quienes gastan su vida con alegría y sencillez entre los más pobres. Quien no es capaz de salir de sí mismo para ir al encuentro con el necesitado, en la certeza de que entre ellos se va a producir un diálogo de recíproco enriquecimiento difícilmente podrá descubrir la dimensión misionera del discípulo.  

2.     Valoración de la realidad cultural de otros pueblos y grupos sociales

         Tras esta disponibilidad o capacidad se esconde uno de los principales indicadores de la dimensión universal de la vocación misionera: valorar el ser del otro  y la cultura de otros pueblos. Por eso parece necesario suscitar en la pastoral misionera un amor apasionado a la cultura y a la vida de los pueblos, más allá de las propias y reducidas fronteras y promover un sincero reconocimiento por el modo de ser y de vivir de otros pueblos y culturas. Conocer la cultura de los pueblos y el modo de ser o de decir es el presupuesto para que el llamado a la misión entregue su vida al servicio de  la Evangelización de la cultura y de la inculturación de la fe. A veces las estructuras eclesiásticas o institucionales están tan cerradas en sí mismas que se percibe un cierto miedo a abrir las puertas para que entre un aire fresco de otras realidades culturales. La experiencia de esta libertad de vida es tan rica que la primera beneficiada es la comunidad de pertenencia. La comunidad de Antioquía creció cuando el Espíritu les dijo “Separadme a Pablo y Bernabé para la obra a la que los he llamado” (Hch 13,2). Naturalmente esta apertura de ánimo a la vida del otro pueblo entraña una cierta madurez para amar afectiva y efectivamente la vida y el modo de ser de los otros.  

  1. Amar “pacientemente” al otro.

         La vida del misionero es uno de los icono más atractivos de Dios para el hombre hoy, que es rico en piedad, con una paciencia “infinita”. Quienes trabajamos en la animación misionera cada día aprendemos de los misioneros la razón fundamental de su entrega vocacional: “Alegrarse y gozar con la existencia del otro”. Bien le iría a la pastoral de nuestras diócesis mirar con frecuencia al Dios paciente que sabe esperar y está cierto que “la hierba también crece en la noche”. La dimensión universal de la misión implica la certeza de que la vida de fe se va expandiendo en todas partes y cualquier dirección. Vale la pena traer a nuestra consideración el trabajo escondido y “estéril” de tantos misioneros que gastan toda su vida en países y culturas donde no es posible visualizar el rostro de Dios. Años sin aparentes frutos, sin conversiones. Ni siquiera pueden practicar el ejercicio de la caridad porque es mal entendido como una forma indirecta de predicación del Evangelio. Y no por eso se desaniman o retornan a sus lugares de origen. Perseveran en la tarea iniciada. La pastoral ordinaria de una diócesis no debe apoyarse en actividades espectaculares y llamativas sino en perseverar con “infinita paciencia” en la certeza de que nada se pierde. Quienes son llamados a esta tarea de la Iglesia han de aprender a  trabajar para el futuro, para la eternidad, sin esperar gratificaciones, aunque deba agradecerlas cuando lleguen. Esta es sin duda la principal misión de quienes tienen la tarea de la animación misionera en la Iglesia local: suscitar la vocación a la misión y no la persuasión por incrementar la cooperación económica. “La promoción de estas vocaciones es el corazón de la cooperación: el anuncio del Evangelio requiere anunciadores, la mies necesita obreros, la misión se hace, sobre todo, con hombres y mujeres consagrados de por vida a la obra del Evangelio, dispuestos a ir por todo el mundo para llevar la salvación.... Debemos preguntarnos por qué en varias naciones, mientras aumentan los donativos, se corre el peligro de que desaparezcan las vocaciones misioneras, las cuales reflejan la verdadera dimensión de la entrega a los hermanos. Las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada son un signo seguro de la vitalidad de una Iglesia” (RM, 79).  

4.     Vocación sin fecha de caducidad

         Quienes han sido llamados a cooperar en la animación misionera han de ejercitarse cada día en la certeza de que las personas son capaces de dar un sí irrevocable que se manifiesta en la fidelidad a la palabra y al compromiso y se alimenta con una formación peculiar: “Capacidad de iniciativas, constancia para continuar lo comenzado hasta el fin, perseverancia en las dificultades, paciencia y fortaleza para soportar la soledad, el cansancio y el trabajo infructuoso” (AG 25). Una de las imágenes más conmovedoras de la vida de los misioneros es su resistencia a volver a la tierra que les vio partir. Al otro lado de la orilla han sido capaces de compartir gozos y sufrimientos, hambre y pobreza de “su pueblo”, arriesgando hasta la vida por él, como la arriesgaron tantos otros, también hoy. Siendo fiel hasta la muerte, con una fidelidad cronológica o con una fidelidad “intensiva” con el martirio.  Soñar con gastarlo todo por la misión, para volver un día al país de origen, si así Dios lo dispone, pobre, con la salud quebrantada, muy ligero de equipaje, después de haberlo dejado todo en la misión. Esta imagen proyecta un elemento esencial e imprescindible en la pastoral de las comunidades cristianas: el entrenamiento a ir despojándose de “cosas”. Este ejercicio ascético y evangélico en el desprendimiento de cuantas necesidades nos ha creado esta sociedad consumista es requisito imprescindible para la consolidación de los barruntos vocacionales a la misión ad gentes. Es en el ámbito de la misión donde el “dar de la propia pobreza” resulta cada día más paradigmático. Las vocaciones misioneras están brotando de las comunidades pobres, de las personas que viven gozosamente el “desgarro” del desprendimiento. 

5.     Vocación misionera que tiene un origen y meta en Dios

         Daniel Comboni decía que quería un misionero de “rodillas robustas”. Persona de oración, pero no porque esta sea la garantía segura de la perseverancia, sino como fruto y expresión de su convicción de pertenencia. La disponibilidad del misionero para “ir de un lado para otro” no es una simple opción obediencial, sino la certeza de saberse instrumento en manos de quien dirige la Historia de la salvación. Por eso se suele decir que el misionero vive hondamente la obediencia rebelde de los santos. Es decir, cristianos que aceptan y obedecen a los ritmos de crecimiento propio y de los demás, que leen la voluntad de Dios en las “mediaciones”, y que no se conforman con la mediocridad de quien se siente instalado en una pastoral conservadora. El dinamismo misionero dinamiza las acciones y proyectos pastorales en la vida de la Iglesia, hasta el punto de transformar a quienes han recibido este encargo en la diócesis mediante una elocuente disponibilidad. Probablemente sea lo menos menos gratificante de cuanto humanamente se realiza en la comunidad eclesial, pero es el mejor de los servicios. Como el misionero, “extraño aquí, olvidado allá”, pero con la certeza de que todo depende del dueño de la mies y de la libertad de las personas. Tal vez los “resultados” sean exiguos, incluso nulos, pero la siembra está siendo realizada en la certeza de que Él dará el incremento y la hará fecundar.

 

III. Animadores de la comunidad cristiana

         Damos paso al tercer de los elementos de esta exposición. El seguidor de Cristo al asumir su condición de discípulo descubre que esta dimensión le transforma en misionero. Si a este carisma se le suma el encargo ministerial de cooperar con la animación y formación misionera de los fieles bautizados nos encontramos con las personas que tienen la responsabilidad de hacer presente el dinamismo misionero en la acción pastoral de la comunidad cristiana que en palabras de Juan Pablo II .podría describirse como: “Interesar, educar e implicar en la causa misionera a todos los hijos de la Iglesia, haciéndoles caer en la cuenta de la permanente validez del mandato misionero, mediante una acción coordinada, que comprende ante todo la oración por las misiones, luego el conocimiento y la información de los problemas relativos ellos, así como también la recaudación de las ayudas necesarias” (19-II-1980). 

 

Tareas específicas de la animación misionera

         Desde esta perspectiva y teniendo en cuenta los principales documentos pontificios se podrían añadir sus objetivos específicos:

Despertar la conciencia y mentalidad misionera por medio de una adecuada formación doctrinal (AG 36-39; RM 78).

Suscitar la cooperación espiritual concretada responsablemente en la oración, el sacrificio, el ofrecimiento sacrificial del propio trabajo (AG 36; RM 78).

Promover las vocaciones misioneras, especialmente las de una dedicación de por vida a la misión ad gentes (AG 23; 27; RM 65-66, 79). 

Preparar e incentivar una justa distribución de los efectivos apostólicos (AG 29.31.33; LG 23; CD 6; RM 68).Conntribuir económicamente a las necesidades de las comunidades más necesitadas, especialmente por medio de las OMP (AG 29; LG 38). 

         Estos objetivos ha de plantearse como retos o metas en sintonía con la pastoral ordinaria de la comunidad, nunca de manera paralela o como alternativa de manera que las actividades de la Iglesia estén impregnadas de este espíritu misionero: “la actividad misionera fluye de la misma naturaleza íntima de la Iglesia” (AG 6). Por este motivo, a la hora de renovar las comunidades ya cristianas a través de la acción pastoral, no hay que olvidar que esa “gracia de la renovación” sólo se obtiene cuando cada una de las comunidades “expande los campos de la caridad hasta los últimos confines de la tierra y tiene de los que están lejos una preocupación semejante a la que siente por sus propios miembros” (AG 37). Esta es la mente conciliar: situar la animación misionera como uno de los componentes básicos de la iniciación de los fieles a la fe y a la vida cristiana, y no una simple acción ocasional con motivo de una campaña para implicar a sus destinatarios. Más tarde esta exigencia es refrendada por Juan Pablo II al afirmar que “esta labor ha de ser entendida no como algo marginal, sino central en la vida cristiana” (RM 83).

         Antes de continuar con el análisis de la cuestión es preciso subrayar, dada la importancia del asunto, que aquella comunidad cristiana que inserte la animación misionera en su proyecto de vida y trate de llevar a la práctica sus implicaciones eclesiales de universalidad y de servicio, estaría dando muestras evidentes de madurez en la fe. Por el contrario, la comunidad eclesial que se repliegue sobre sí misma, cerrándose a sus propios intereses y necesidades por miedo a quedarse sin efectivos o recursos, estaría dando signos claros de su inmadurez eclesial en sí misma y en sus fieles. Cuando en una comunidad no hay frutos misioneros no es arriesgado pensar que esa comunidad está “enferma” y necesita de un diagnóstico pastoral acertado, o acaso suceda algo más grave, que ni siquiera es comunidad cristiana.

 

Destinatarios de la animación misionera         

Al hablar el decreto Ad Gentes del deber misional del Pueblo de Dios reafirma con fuerza y sin ningún género de dudas que la responsabilidad misionera afecta a todos: “Todos los hijos de la Iglesia han de tener viva conciencia de su responsabilidad para con el mundo, han de fomentar en sí mismos el espíritu verdaderamente católico y consagrar sus fuerzas a la obra de la evangelización. Conozcan todos, sin embargo, que su primera y principal obligación por la difusión de la fe es vivir profundamente la vida cristiana” (AG 36).

         Desde la perspectiva de la iniciación cristiana los primeros destinatarios específicos de la animación misionera serán:

a.      Los niños y los jóvenes y aquellos que se encuentran en el proceso iniciatorio de la fe. Tal vez si nos acercamos a muchas de nuestras comunidades cristianas y nos interesamos por el grado de atención que se presta en la catequesis a la dimensión misionera la respuesta sea aparentemente satisfactoria. Pero se ha de estar atentos para que la dimensión misionera que ha de impregnar el proyecto formativo no sea “despachada” con algún tema puntual o con algún testimonio misionero, para concluir con una compromiso que tiene más de exigencia moralizante que formativa.

b.      La familia está necesitada igualmente de una formación misionera adecuada para que pueda ser “testigo” y “transmisora” de la fe recibida y vivida en el seno del hogar. Esta formación favorece su implicación, según posibilidades, en el quehacer misionero de animación y cooperación desde la comunidad eclesial de pertenencia y el acompañamiento de las posibles vocaciones misioneras en los miembros que la integran. El Concilio exhorta a los presbíteros “para que enseñen a las familias cristianas la necesidad y el honor de cultivar las vocaciones misioneras entre los propios hijos” (AG 39).

c.      Los centros de formación para quienes trabajan en la pastoral ordinaria. No se trata sólo de una información básica y fundante sobre esta dimensión eclesial, cuanto de alcanzar una cierta sistematización de la tarea evangelizadora de la Iglesia. Por eso se está reclamando con persistencia la necesidad del estudio de la Misionología en los Centro de formación teológica para los candidatos al sacerdocio o a la vida consagrada o de quienes aspiran a un compromiso con la acción pastoral de la comunidad de pertenencia. Son estas personas a las que se refiere Ad Gentes al afirmar que “los laicos cooperan a la obra de evangelización de la Iglesia y participan de su misión salvífica a la vez como testigos y como instrumentos vivos, sobre todo si, llamados por Dios, son destinados por los Obispos a esta obra” (AG 41) 

 

Tareas esenciales de la animación misionera

         La animación misionera es como un ministerio diario, permanente, de la Iglesia por el que los iniciados en la fe se introducen en el estilo y en la vida de los discípulos del Señor. “Hemos de fomentar en nosotros el afán apostólico por transmitir a los demás la luz y la gloria de la fe, y para este ideal debemos educar a todo el Pueblo de Dios” (RM 86). Desde esta perspectiva recordamos con énfasis dos de los campos de atención específicos de la animación misionera: la información y la formación misionera:

a.      La información sobre la actividad misionera de la Iglesia. Una de las principales tareas de la animación misionera es dar a conocer la vida de la Iglesia universal, las voces y la experiencia de los misioneros y de las Iglesias locales donde ellos trabajan. Los fieles cristianos necesitan saber que no hay límites en la familia de los hijos de Dios en la Iglesia, que el mensaje de amor se extiende a toda la humanidad y que todo cuanto acontece en cualquier parte del mundo afecta e interesa a la pequeña comunidad cristiana de pertenencia. La información misionera es de gran importancia en cuanto que ayuda a conocer la vida de la Iglesia universal. “Para que todos y cada uno de los fieles cristianos conozcan puntualmente el estado actual de la Iglesia en el mundo y escuchen la voz de los que claman: «ayúdanos» (Cfr. Hch 16,9), facilítense noticias misionales, incluso sirviéndose de los medios modernos de comunicación social, que los cristianos, haciéndose cargo de su responsabilidad en la actividad misional, abran los corazones a las inmensas y profundas necesidades de los hombres y puedan socorrerlos” (AG 36). Información que según el Concilio y para sorpresa de propios y extraños no se circunscribe a cuestiones estrictamente religiosas, sino se extiende incluso a de la misma investigación científica: “Son signos de elogio especial los seglares que, con sus investigaciones históricas o científicas-religiosas promueven el conocimiento de los pueblos y de las religiones en las universidades o institutos científicos, ayudando así a los heraldos del Evangelio y preparando el diálogo con los no cristianos” (AG 41)

b.      La formación de los fieles. Independientemente de los destinatarios de la formación misionera, ésta está llamada a insertarse con entidad propia en los procesos formativos de los fieles, de manera que quien se reconoce creyente comprenda desde la fe que la acción misionera, que le afecta directamente, no es una cuestión coyuntural a la que se puede responder con una simple aportación económica o con una simple simpatía afectiva. Formación sistemática de sacerdotes y de laicos. Así lo desea el Decreto Ad Gentes: “Los presbíteros, en el cuidado pastoral, excitarán y mantendrán entre los fieles el celo por la evangelización del mundo, instruyéndolos con la catequesis y la predicación sobre el deber de la Iglesia de anunciar a Cristo a los gentiles; enseñando a las familias cristianas la necesidad y el honor de cultivar las vocaciones misioneras entre los propios hijos; fomentando el fervor misionero en los jóvenes de las escuelas y de las asociaciones católicas de forma que salgan de entre ellos futuros heraldos del Evangelio” (AG 39). Y en referencia a los laicos recuerda: “Para cumplir todos estos cometidos, los laicos necesitan preparación técnica y espiritual, que debe darse en institutos destinados a este fin, para que su vida sea testimonio de Jesucristo entre los no cristianos según la frase del Apóstol: «No seáis objeto de escándalo ni para Judíos, ni para Gentiles, ni para la Iglesia de Dios, lo mismo que yo procuro agradar a todos en todo, no buscando mi conveniencia, sino la de todos para que se salven» (1Cor. , 10,32-33)” (AG 41).

 

Servicios de animación misionera

         La animación misionera en el seno de las comunidades eclesiales necesitan de una necesaria coordinación y un reconocimiento valorativo de los responsables de la pastoral, sin que ello ahogue la creatividad e iniciativa de sus responsables.

a.      Nacidos por iniciativa privada. Los principales servicios de la animación misionera, más tarde asumidos por la Santa Sede como Obras Misionales Pontificias fueron inicialmente de iniciativa laical o privada. No nacen como  estructuras superpuestas por los eclesiásticos, ni siquiera por la jerarquía. Todos ellos han partido de la iniciativa privada como respuesta al carisma del Espíritu Santo, siempre y en armonía con la autoridad eclesiástica. Hay que significar el carácter vocacional de estas iniciativa: “Aunque el Espíritu Santo suscita de muchas maneras el espíritu misional en la Iglesia de Dios, y no pocas veces se anticipa a la acción de quienes gobiernan la vida de la Iglesia, con todo, este dicasterio, en cuanto le corresponde, promueva también la vocación y la espiritualidad misionera, el celo y la oración por las misiones y difunda las noticias auténticas y convenientes sobre las misiones” (AG 29). Su implantación en cada comunidad tiene muy en cuenta las necesidades y circunstancias de la comunidad, de la parroquia, de la diócesis... y la capacitación de los agentes a quienes se les encomienda esta tarea para que sirvan a toda la comunidad.

3.      Asumidos y reconocidos por la Jerarquía. La actividad pastoral de la jerarquía respeta y hace respetar los carismas y las gracias de cada servicio pastoral y en esta comunión está el fundamento de la fecundidad de la misión (Cfr. RM 75). Como muestra de cómo la Jerarquía ha asumido esta responsabilidad de coordinación entre las distintas posibilidades que se dan en la Iglesia traemos a nuestra consideración el Estatuto de las OMP, recientemente aprobado y publicado: “Nacidas espontáneamente en el Pueblo de Dios como iniciativas apostólicas privadas de laicos, han sabido transformar la adhesión a Cristo de los fieles en viva corresponsabilidad misionera. Surgidas y aceptadas en las diversas Iglesias, las Obras Misionales Pontificias han ido adquiriendo carácter supra-nacional y finalmente han sido reconocidas como Pontificias y puestas en relación directa con la Santa Sede. Las Obras Misionales Pontificias están en condiciones de responder a la necesidad, advertida por todo el mundo misionero, de volver a proponer formas creíbles de animación y cooperación misionera en los nuevos escenarios madurados con la caída de las viejas ideologías y la aparición del fenómeno de la globalización (RM 82)” (Estatutos mayo 05, n. 10.11)

4.      La necesaria coordinación. Para mostrar en todo ello la comunión eclesial que subyace en este quehacer, se precisa una coordinación general para que estas iniciativas se inserten cordialmente en una misma animación misionera. “Traten las Conferencias Episcopales de común acuerdo los puntos y los problemas más urgentes, sin descuidar las diferencias locales. Para que no se malogren los escasos recursos de personas y de medios materiales, ni se multipliquen los trabajos sin necesidad, se recomiendo que, uniendo las fuerzas, establezcan obras que sirvan para el bien de todos, como, por ejemplo, seminarios, escuelas superiores y técnicas, centros pastorales, catequísticos, litúrgicos y de medios de comunicación social” (AG 31).

 

IV. Conclusión

         Quisiera traer a nuestra consideración con una mirada al Apóstol de las gentes, cuyo año Jubilar con motivo del II milenario de su nacimiento estamos celebrando. Y lo hago con palabras de Benedicto XVI que en el Mensaje de la próxima Jornada Misionera Mundial dice a la Iglesia: “Queridos hermanos y hermanas, “duc in altum”! Naveguemos por las aguas profundas del vasto mar del mundo y, siguiendo la invitación de Jesús, echemos sin miedo las redes, confiando en su constante ayuda. Nos recuerda san Pablo que no es motivo de gloria predicar el Evangelio (cfr. 1 Cor 9, 16), sino deber y gozo” (n. 5).

 

Encuentro Misionero Responsables de la Animación Misionera, Polonia, septiembre 2008