Obra Pontificia de San Pedro Apóstol:
una forma de cooperación eclesial


Anastasio Gil García
Subdirector Nacional de OMP - España

 

 

La animación misionera tiene valor por sí misma como una expresión y dimensión de la vida cristiana, pero sería incompleta sin la cooperación misionera. Ya lo advertía con una cierta ironía Pío XII: “El misionero... no pide ser admirado, pero sí espera ser ayudado a fundar la Iglesia” (Fidei Donum, 7). La cooperación presupone la animación y la formación misionera de la comunidad. Subrayemos desde el principio que al hablar de la cooperación no estamos hablando de un simple prestación de ayudas, sino del compromiso personal y comunitario para la misión:

"Hay que reconocer la validez de las diversas formas de actividad misionera; pero, al mismo tiempo, es necesario reafirmar la prioridad de la donación total y perpetua a la obra de las misiones, especialmente en los Institutos y congregaciones misioneras, masculinas y femeninas. La promoción de estas vocaciones es el corazón de la cooperación" (RM 79).

         La cooperación misionera no puede entenderse como una simple acción caritativa de las llamadas “Iglesia ricas” a las “Iglesias pobres”, sino que es una consecuencia inmediata de la comunión eclesial. La expresión «comu­nión de las Iglesias», es una terminología nueva que coloca a todas las Iglesias particulares en un mismo nivel. Todas las Iglesias tienen algo que dar y mucho que recibir. A la vez no puede faltar ese sentido de «comu­nión» con la Iglesia universal, y en concreto con el centro visible de unidad, la Iglesia de Roma.

         Y del concepto teológico de «comunión de las Iglesias», exigen­cia de la misión, se deriva la llamada «cooperación misionera» que no es algo externo, jurídico, sino que exige una ordenación pastoral co­menzando por los obispos (AG 30), los sacerdotes (AG 39), los institutos de vida consagrada (AG 32), etc. No sólo existe una comunión entre las Iglesias que lleva a una participa­ción mutua, sino una «comunión dentro de cada Iglesia», de forma que todos los miembros, cada uno según su carisma, se sientan comprometidos en la misión.”Como la Iglesia es toda ella misione­ra y la obra de la evangelización es deber fundamental del pueblo de Dios, el concilio invita a todos a una profunda renovación inte­rior, a fin de que, teniendo viva conciencia de la propia responsabi­lidad en la difusión del evangelio, acepten su participación en la obra misionera entre los gentiles” (AG 35). Y a nivel diocesano el Concilio anticipaba lo que posteriormente sería indicado con claridad en Cooperatio Missionalis sobre la presencia de los responsables diocesanos en un Consejo de pastoral “Para lograr una coordinación mejor, establezca el Obispo, en cuanto le sea posible, un Consejo pastoral en que tomen parte clérigos, religiosos y seglares por medio de delegados escogidos” (AG 30).

         Entre los medios que tradicionalmente facilitan el intercambio de bienes entre las Iglesias destacan la labor solidaria de las Obra Misionales Pontificias. En concreto vamos a referinos a la llamada Obra Pontificia San Pedro Apóstol cuya finalidad es atender las necesidades de los llamados al sacerdocio y a la vida consagrada. Después de recordar brevemente algunos aspectos generales de esta Obra, me detendré en comunicar la experiencia de sus trabajo de animación y cooperación en España. 

I.         Origen y finalidad de la Obra Pontificia San Pedro Apóstol

Las señoras Stephanie y Jeanne Bigard (madre e hija) pusieron las bases de lo que más tarde llegaría a ser esta Obra Pontificia. Desde Caen (Francia) se fue extendiendo por Europa y América a partir del año 1889 hasta que el Papa Pío IX le diera el título oficial de Obra Pontificia en la misma fecha de la propagación de la Fe (3 de mayo de 1922).

Sus principales objetivos son:

Sensibilizar al Pueblo de Dios con la necesidad de ayudar en la formación de los candidatos al sacerdocio en las Iglesia nacientes territorios de misión;

Contribuir con aportaciones económicas al sostenimiento del clero nativo y a la creación y mantenimiento de los seminarios mayores y menores de estos países;

Ayudar igualmente a los centros de formación de religiosos y religiosas en las Iglesias de misión.

Atender a la formación misionera de los jóvenes con el objetivo de aumentar el número de vocaciones misioneras de sacerdotes, seminaristas, religiosos y religiosas y de laicos.

Cada país tiene institucionalizada, dentro del calendario litúrgico, una Jornada para hacer partícipes a los fieles cristianos de la naturaleza y finalidad de esta Obra Pontificia y promover en las comunidades eclesiales la oración y cooperación económica. En España se celebra el primer domingo de mayo. Sin embargo, la grandeza misionera de la Obra de San Pedro Apóstol está presente en la pastoral ordinaria de todo el año suscitando entre los fieles la responsabilidad misionera ante la magnitud de sus objetivos.

II.        El carisma de Juana Bigard

En Juana de Bigard encontramos el ejemplo prototípico de lo que representa un carisma en la vida eclesial: es un don especial, recibido del Espíritu Santo, que se recibe no como beneficio o privilegio propio, sino como un medio para la edificación de la Iglesia; a su vez la edificación de la Iglesia tampoco es para sí misma sino para el cumplimiento de la misión que ha recibido, es decir, para servir al Dios Trinidad que se revela para salvar ofreciendo la comunión de su vida a toda la familia humana.

Hay ocasiones en las que el carisma penetra tan hondamente en la vida del creyente que le lleva a consagrarse enteramente a él, considerando todo lo demás como secundario. Tal fue el destino y el ejemplo de Juana de Bigard, que dejó en un segundo lugar lo que se refería a su propio éxito o a su misma salud. El carisma recibido, y la responsabilidad experimentada fueron  su razón de vivir. ¿Qué es lo que hizo que sintiera tan alto grado de responsabilidad?

En el núcleo del carisma de Juana de Bigard había una intuición profética, un sentido peculiar para captar lo que mejor puede servir al proyecto salvífico de Dios y que a veces no es captado con la misma intensidad por los teólogos, por los juristas o por las mismas autoridades eclesiales. Juana de Bigard tuvo sensibilidad para captar todo lo que había en juego en aquel momento histórico: el destino de las misiones, y por ello el destino mismo de la Iglesia en muchos lugares del mundo.

III.      Esencialidad de las vocaciones nativas

No se puede minusvalorar la centralidad que para la misión de la Iglesia desempeñan las vocaciones nativas. La paulatina consolidación de los pequeños grupos de cristianos (las “misiones”) gracias a la semilla sembrada por los misioneros, son atendidos pastoralmente por sacerdotes venidos de fuera. Ahora bien, la gran cuestión que la Iglesia se plantea es si ese estado puede mantenerse durante mucho tiempo. Está claro que mientras no sea posible su atención por el clero nativo hay que seguir en el compromiso de fomentar, valorar, apoyar y acompañar a los futuros pastores nativos. Pero siempre ha de ser así? Urge promover una respuesta positiva por parte de las iglesia en formación.

Pero aun siendo esta respuesta importante, lo es aún más este otro argumento. Si las Iglesias jóvenes aspiran a una madurez auténtica se requiere que ellas mismas estén en condiciones de generar las vocaciones y los ministerios que necesitan para desarrollar todas las funciones propias de una Iglesia local. Entre las vocaciones ocupa un lugar fundamental las de los obispos y presbíteros, juntamente con un laicado maduro, con vocaciones de especial consagración y con asociaciones y movimientos.

Por eso las razones que avalan la cooperación con la Obra Pontificia San Pedro Apóstol son ante todo eclesiológicas: el dinamismo misionero que arranca del testimonio y del anuncio debe apuntar a la convocatoria de una comunidad eclesial que se alimente de la savia y de la tradición de la cultura de los nativos. De este modo la catolicidad de la Iglesia se expresa desde la realidad de la experiencia y la capacidad salvífica del evangelio se expande hasta la transfiguración  de la creación entera. 

 

IV.       La Obra Pontificia San Pedro Apóstol en España

 

Las OMP recogen los donativos de los fieles para la misión universal de varias maneras y durante todo el año. Pero de modo especial en las jornadas y campañas que desarrolla cada una de las tres Obras Pontificias. A este respecto la XXI Asamblea Plenaria del Episcopado español (Noviembre de 1974), aplicando la normativa del decreto Ad gentes nº 38, decidió: «Los tiempos propios de las campañas de carácter universal ‑entendiéndose por tiempos no sólo las jornadas, sino también un plazo prudencial antes y después de las mismas (Domund, Santa Infancia, Clero Nativo)‑ deben ser respetados por todos, excluyéndose la posibilidad de cualquier otra campaña de carácter particular. A dichas campañas deberán estar dispuestos a colaborar todos, en la medida de sus posibilidades» (Principios y determinaciones para una ordenación de las actividades de los institutos misioneros en las diócesis españolas, nº 1).

         El Secretariado de la Obra Pontificia San Pedro Apóstol trabaja intensamente durante el año para que cada una de las finalidades y objetivos de esta Obra se consoliden eficazmente en las comunidades cristianas. No se trata de inventar constantemente nuevos métodos creativos, cayendo en la espiral de la constante renovación publicitaria, sino haciendo cada vez mejor aquello que en el seno de la Iglesia brota del compromiso de la caridad y del amor.

         Por eso al recordar estos medios tradicionales de cooperación, por otra parte de todos conocida, pretendemos penetrar en el sentido y su recta inserción en la animación misionera –información y formación- para tomar parte en las tareas del Reino.

  1. La Oración es el medio prioritario de la cooperación misionera. Es llamativo cómo de manera inalterable los documentos misioneros recuerdan este medio como el prioritario de la cooperación. Los capítulos V y VI del decreto Ad Gentes hace continuas referencias a la necesidad de la oración para suplicar a Dios el envío de obreros a su mies, la apertura de las mentes y el corazón de los nos cristianos a la escucha del Evangelio, y la fecundación de la palabra de Salvación en sus corazones (AG 40). Y exhorta a los Obispos para que “susciten en los fieles oraciones y penitencias con generosidad de corazón por la evangelización de mundo” (AG 38). La prioridad de la oración no es un subterfugio alternativo a la actividad misionera sino un elemento sustancial a la vida del cristiano y de la comunidad. La necesidad de la oración suplicante para que la gracia divina fecunde y haga fructificar la obra misionera: “La Iglesia, finalmente, sirve también al Reino con su intercesión, al ser éste por su naturaleza don y obra de Dios, como recuerdan las parábolas del Evangelio y la misma oración enseñada por Jesús” (RM 20).

No quisiera pasar de largo sin traer en este momento a nuestra consideración una intención recomendada por Juan Pablo II para que se incorpore a la Iglesia orante a favor del quehacer misionero: “Vivimos, frecuentemente, el drama de la primera comunidad cristiana, que veía cómo fuerzas incrédulas y hostiles se aliaban «contra el Señor y contra su Ungido» (Act 4, 26). Como entonces, hoy conviene orar para que Dios nos conceda la libertad de proclamar el Evangelio; conviene escrutar las vías misteriosas del Espíritu y dejarse guiar por Él hasta la verdad completa (cfr Jn 16, 13)” (RM 87).

En referencia a la Obra Pontificia de San pedro Apóstol me es grato informar que hace no pocos años notábamos en España que esta Obra Pontificia cada vez era menos apreciada por el argumento de que la verdadera falta de vocaciones se estaba experimentado en nuestras comunidades. Desde el Secretariado se elaboraron una carpetas con subsidios oraciones para la celebración del “Día mensual misionero en los Monasterios de vida contemplativa”. Los delegados diocesanos entregaron personalmente un ejemplar a cada uno de los Monasterios de sus respectivas diócesis, añadiendo los nombres de algunos de los misioneros de esa Iglesia local. La implantación ha sido paulatina. Aún hay Monasterios que no se han sumado a la iniciativa. Lo cierto es que las aportaciones económicas en favor de esta Obra han crecido notablemente en los dos últimos

b.      El sacrificio y el ofrecimiento del dolor: “Los enfermos se hacen también misioneros" (RM 78). Parece que hacer referencia a este medio en la sociedad actual es contraproducente o incluso vergonzante. ¿Qué puede aportar a la misión la ofrenda del sufrimiento de un enfermo o el sacrificio escondido de quien inmola su vida como donación a Dios por la actividad misionera? Llama poderosamente la atención que en los 27 mensajes que Juan Pablo II ha legado a la Iglesia con motivo del DOMUND el medio al que recurrido con mayor frecuencia ha sido el sacrificio por las misiones. Fue en el Mensaje de 1984 cuando desarrolló con mayor hondura la cuestión del sufrimiento como “preciso instrumento de evangelización”. En aquella ocasión dijo entre otras cosas “Exhorto a todos los fieles que sufren a dar este significado apostólico y misionero  a sus sufrimientos”. El decreto conciliar había recordado que “de la renovación de este espíritu se elevarán espontáneamente hacia Dios plegarias y obras de penitencia para que fecunde con su gracia la obra de los misioneros, surgirán vocaciones misioneras y brotarán los recursos necesarios para las misiones” (AG 36).

La ofrenda del sufrimiento a Dios ha sido ampliamente justificada por Benedicto XVI en su última Encíclica: “Podemos tratar de limitar el sufrimiento, luchar contra él, pero no podemos suprimirlo... Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito” (n. 37). Después de estas afirmaciones pasa a relatar de manera conmovedora el testimonio del mártir vietnamita Le-Bao-Thin, donde se descubre la inmolación hasta el martirio de quienes entregan su vida por Dios.

En España desde hace años difundimos el llamado “Tríptico de enfermos” que llega a números enfermos cada dos meses. Es un sencillo tríptico, con letra grande, donde en torno aun tema misionero se hacen algunas reflexiones con textos bíblicos, doctrinales, litúrgicos y testimoniales. Son más de 80.000 ejemplares que se difunden en hospitales y a través de los grupos parroquiales que tienen el encargo de visitar enfermos.

  1. La Cooperación económica. Es preciso traer a nuestra consideración algunos aspectos singulares e imprescindibles de la cooperación económica. Ante las frecuentes resistencias de algunos responsables de las comunidades parroquiales para promover la cooperación económica el Decreto conciliar Ad Gentes recuerda que los presbíteros no deben avergonzarse de pedir limosna, sino que se han de hacer como mendigos por Cristo y por la salvación de las almas. “Enseñen a los fieles a orar por las misiones y no se avergüencen de pedirles limosna, haciéndose mendigos por Cristo y por la salvación de las almas” (AG 39). Más aún la actividad misionera y la situación de otras Iglesias jóvenes, de otros pueblos y grupos humanos interpelan a “revisar el propio estilo de vida: las misiones no piden solamente ayuda, sino compartir el anuncio y la caridad para con los pobres” (RM 85). Esta urgencia a compartir lo que tenemos no es otra cosa que hacer eco a lo que habían insistido otros documentos misioneros, como es caso de Pío XI en Rerum Ecclesiae que afirma que los donativos deben ser generosos (RE 10); Juan XXIII en Princeps Pastorum que estos donativos deben ser voluntarios (PP), para concluir el Ad gentes que la cooperación sólo es posible desde “la renovación espiritual” (AG 36). 

Refiriéndonos a nuestro tema recordemos que “La Obra Pontificia de San Pedro Apóstol fue fundada para sensibilizar al pueblo cristiano acerca del problema de la formación del clero local en las Iglesias de misión, y para instarle a colaborar espiritual y materialmente a la formación de los candidatos al sacerdocio... y a la vida religiosa” (Est. II 15 y 16).

Conviene mucho que las campañas económicas de esta Obra se acompañen de una concientización de que los seminaristas de misiones son también nuestros seminaristas, y de una cooperación espiritual, muy necesaria por razón del objetivo perseguido.

Ante la insistencia del Papa Juan Pablo II para que esta Obra vaya alcanzando una mayor presencia en la conciencia de los fieles se España se está institucionalizando un sistema de becas de estudio que están en vigor durante todo el año. Éstas actualmente se cuantifican en 2.000 €, que aproximadamente es lo que la Obra Pontificia de San Pedro Apóstol da a los seminarios de misiones por cada seminarista mayor durante los seis años de sus estudios de Filosofía y Teología. 

Las becas a veces proceden de un solo bienhechor. Otras se recaudan entre varios, ya sea en el seno de una parroquia, o por campañas específicas de las Direcciones Diocesanas poniendo a cada beca una titulación o advocación piadosa diversa. A su vez puede ofrecerse media beca (1.000 €) o sufragar el gasto de un curso (350 €).

d.      La cooperación personal. La donación personal total y perpetua es prioritaria en la obra de las misiones, que se desarrolla con hombres y mujeres consagrados a Dios, dispuestos a ir donde hiciere falta. Por eso Juan Pablo II apostilla: “La promoción de estas vocaciones es el corazón de la cooperación (RM 79). Las vocaciones misioneras son signo de vitalidad de una Iglesia. En cambio las Iglesias locales o Congregaciones religiosas que no dan vocaciones misioneras de buena gana muestran claramente que están en el inicio de su envejecimiento e incluso de su ocaso. El decreto conciliar Ad Gentes brinda una pauta de examen de conciencia para la Congregaciones religiosas sobre este asunto y que puede servir para otras instituciones eclesiales: “Los Institutos de vida activa, por su parte, persigan o no un fin estrictamente misional, pregúntense sinceramente delante de Dios

-          si pueden extender su actividad para la expansión del Reino de Dios entre los gentiles;

-          si pueden dejar a otros algunos ministerios, de suerte que dediquen también sus fuerzas a las misiones;

-          si pueden comenzar su actividad en las misiones, adaptando, si es preciso, sus Constituciones, fieles siempre a la mente del Fundador;

-          si sus miembros participan según sus posibilidades, en la acción misional;

-          si su género de vida es un testimonio acomodado al espíritu del Evangelio y a la condición del pueblo” (AG 40).

Más tarde Redemptoris missio ahonda en esta cuestión invitando a la reflexión con esta palabras: “Debemos preguntarnos por qué en varias naciones, mientras aumentan los donativos, se corre el peligro de que desaparezcan las vocaciones misioneras, las cuales reflejan la verdadera dimensión de la entrega a los hermanos. Las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada son un signo seguro de la vitalidad de una Iglesia (RM 79).

En la promoción de la animación misionera en las Iglesias locales han tenido y tiene un lugar destacado los misioneros y misioneras que de por vida se han entregado a la misión. A ellos hemos de agradecer el esfuerzo por suscitar la cooperación personal en el seno de la comunidad, pero lo hacen teniendo en cuenta estos criterios fundamentales que garantizan la eclesialidad de su labor y la comunión entre las Iglesias:

-          respeto del propio carisma;

-          respeto del campo específico de los demás;

-          orientación hacia la evangelización universal;

-          insertarse en la pastoral de conjunto;

-          docilidad a las indicaciones del propio obispo.

e.      Otras formas de cooperación. Las actuales circunstancias de la humanidad y de la vida de los cristianos nos ayudan a vislumbrar que hay en el mundo nuevas formas de cooperar más allá de la económica y más acá de la entrega a la misión de por vida. Las diversas situaciones que depara la movilidad humana ofrece a los cristianos nuevas oportunidades para la implicación misionera. A ellas se refiere sutilmente Juan Pablo II cuando habla de los  nuevos ámbitos sociales y culturales de la misión. Destaquemos a modo de ejemplo alguno de estos nuevos espacios de cooperación como son la formación de sacerdotes en los distintos ámbitos de las ciencias teológicas y de la Misionología, la acogida e inserción dentro de la comunidad cristiana de quienes proceden de la inmigración y el fenómeno de las experiencias misoneras de los jóvenes.

-          Sobre la implicación en el vasto campo de la investigación científica se afirma en el decreto conciliar que se desea que colaboren entre sí fraternal y generosamente en favor de las misiones todos los Institutos científicos que cultivan la misionología y otras ciencias o artes útiles a las misiones, como la etnología y la lingüística, la historia y la ciencia de las religiones, la sociología, el arte pastoral y otras semejantes” (AG 34; cfr. AG 41). España ofrece ayudas económicas a sacerdotes de los territorios de misión que desean profundizar en algunas de las ramas de la Teología. 

-          La apertura a la nueva situación de la inmigración. Se abre un nuevo horizonte a la cooperación misionera desde las comunidades cristianas como es la llegada de grupos humanos procedentes de en su mayoría de los territorios de misión: “establecer y promover obras en que sean recibidos fraternalmente y ayudados con cuidado pastoral conveniente los que inmigran de tierras de misiones para trabajar y estudiar. Porque por ellos se acercan de alguna manera los pueblos lejanos y se ofrece a las comunidades ya cristianas desde tiempos remotos una ocasión magnífica de dialogar con los que no oyeron todavía el Evangelio y de manifestarles con servicio de amor y de asistencia la imagen auténtica de Cristo” (AG 38). Las comunidades cristianas procuran estar abiertas a tantos jóvenes inmigrantes que descubren su vocación a la vida consagrada.

-          El turismo como una realidad cada día más viva fruto entre otras cosas de la globalización como recuerda al respecto Redemptoris Missio: “El turismo a escala internacional es ya un fenómeno de masas positivo, si se practica con actitud respetuosa en orden a un mutuo enriquecimiento cultural, evitando ostentaciones y derroches, y buscando la comunicación humana. Pero a los cristianos se les exige sobre todo la conciencia de deber ser siempre testigos de la fe y de la caridad en Cristo (RM 82). El continuo trasiego de jóvenes que viven la experiencia misionera en los territorios de misión es una ocasión para plantearse su posible vocación a la vida consagrada o al sacerdocio.

V.        Conclusión 

         Me gustaría concluir con las palabras que Benedicto XVI dirigió a un grupo de obispos de este país en diciembre de 2005: “Doy gracias a Dios porque sigue dando a Polonia la gracia de numerosas vocaciones. De manera particular, la región que vosotros representáis, queridos hermanos, desde este punto de vista es rica. Teniendo presentes las enormes necesidades de la Iglesia, os pido que alentéis a vuestros sacerdotes a emprender el servicio misionero o el compromiso pastoral en los países en los que hay escasez de clero. Parece que hoy es una tarea particular y en cierto sentido incluso un deber de la Iglesia en Polonia. Al enviar sacerdotes al extranjero, especialmente a las misiones, aseguradles el apoyo espiritual y la suficiente ayuda material”.

 

Encuentro Misionero Responsables de la Animación Misionera, Polonia, septiembre 2008