Parroquia Misionera


 

Anastasio Gil García
Subdirector Nacional de OMP - España

 

 

Comunidad cristiana misionera

La misión de la Iglesia universal es anunciar a Jesucristo, formar comunidades cristianas y encarnar los valores del Evangelio, para el crecimiento del reino de Dios en el mundo (Cfr. RM, 20). Esta responsabilidad misionera de la Iglesia es una de sus característica más esenciales: para ello fue enviada, impulsada y seguida por Jesucristo; ella a través de esta acción misionera anuncia a Cristo; lo predica, lo comunica, lo transmite; y mediante ella Cristo llega a los hombres, trascendiendo los confines de las naciones. La dimensión misionera de la Iglesia está, por tanto, en la entraña de su vocación específica como lo atestigua el Concilio Vaticano II: 'La Iglesia peregrinante es, por su naturaleza, misionera, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el propósito de Dios Padre’ (AG, 2). Su actividad misionera consiste en salir al encuentro de los hombres de nuestro tiempo que todavía no han conocido el amor de Dios, respetando siempre su libertad, para desvelarles el rostro de Dios: “la actitud básica en los mensajeros de la buena nueva del Evangelio a los pueblos consiste en proponer, y no en imponer la Verdad cristiana” (Juan Pablo II, DOMUND 1979).

Este deber de salir afecta a todos los que han tenido la dicha de encontrar al Maestro, es un deber que se transforma en derecho: es deber de todos los fieles y de a todos los bautizados porque “la obra de la evangelización es deber fundamental del Pueblo de Dios (AG, 35) y “la responsabilidad de diseminar la fe incumbe a todo discípulo de Cristo (LG, 17). Los fieles cristianos, por el hecho de su pertenencia a la Iglesia, tienen una vocación a la misión igual que su llamada divina a la santidad. “La vocación universal a la santidad está estrechamente unida a la vocación universal a la misión. Todo fiel está llamado a la santidad y a la misión” (RM, 90). Cada uno de los miembros de la Iglesia debe asumir su responsabilidad para vivir con gozo la evangelización. En la Carta Apostólica Tertio millenio adveniente Juan Pablo II confía en que el Espíritu, que ha animado a la Iglesia durante el siglo que terminaba, sigue estando presente en la conciencia de cada cristiano: “Esta pasión suscitará en la Iglesia una nueva acción misionera, que no podrá ser delegada a unos pocos ‘especialistas’, sino que acabará por implicar la responsabilidad de todos los miembros del Pueblo de Dios. Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo para sí, debe anunciarlo. Es necesario un nuevo impulso apostólico que sea vivido, como compromiso cotidiano de las comunidades y de los grupos cristianos”(n. 40).

Aunque a nadie le esta permitido refugiarse en la comunidad para hacer dejación de su deber de anunciar el Evangelio, sin embargo esta responsabilidad afecta también a la comunidad en cuanto tal. Fue a la comunidad de Antioquia a quien el Espíritu dijo: “Separadme ya a Bernabé y a Paulo para la obra a la que los he llamado” (Hch 13, 2). Después de orar y de ayunar les enviaron. Desde las comunidades cristianas de la Iglesia se realizan ordinariamente la salida a otras fronteras para anunciar el Evangelio. Tal vez este sea uno de los gestos que mejor identifica a estas comunidades como expresión viva de la Iglesia universal y de la Iglesia particular.    

“Entre ellas sobresalen las parroquias, distribuidas localmente bajo un pastor que hace las veces del obispo, ya que, de alguna manera, representa a la iglesia visible establecida por todo el orbe” (SC, 42).  La expresión sobresale nos lleva a considerar la parroquia como la célula viva de la Iglesia particular; en la que viven los cristianos la comunión de fe, de culto y de misión con la Iglesia diocesana y, a través de ésta, con todo el cuerpo de las Iglesias”.  Por estos motivos la parroquia está llamada a asumir la responsabilidad misionera de la Iglesia para hacer presente en el mundo el designio salvífico de Dios. El Señor, que llama a salir de uno mismo, a compartir con los demás los bienes que tenemos, invita a la comunidad cristiana a derribar las fronteras que la encierran en sí misma y la impiden descubrir la belleza de su universalidad.   

Tal vez la constatación de las dificultades que como pastores nos encontramos en la pastoral ordinaria pueda ofrecernos “razonadas sinrazones” para pensar que una cosa es la teoría, el lenguaje de los documentos y las estrategias de los teóricos y otra cosa, muy distinta, la respuesta responsable de estas “supuestas” comunidades. Ante estos planteamientos “realistas” resuena la voz de Juan Pablo II cuando transmite su gran esperanza de ver multiplicarse en el mundo pequeñas comunidades cristianas, dinámicas y abiertas, que han comprendido la propia responsabilidad en el anuncio del Evangelio. A estas comunidades misioneras las considera como comunidades dinámicas y abiertas porque han integrado en su ser la responsabilidad misionera de cada uno de sus miembros. Una comunidad cristiana cerrada en sí misma, sin apertura misionera, es una comunidad incompleta o una Iglesia enferma.  “Ninguna comunidad cristiana es fiel a su cometido si no es misionera: o es comunidad misionera o no es ni siquiera comunidad, pues se trata de dos dimensiones de la misma realidad, tal como es definida por el bautismo y plenificada en la Eucaristía” (Juan Pablo II, DOMUND 91, 1).    

En qué sentido puede entenderse o cómo se puede trabajar para que una La comunidad cristiana –una parroquia- pueda considerarse misionera? Proponemos dos campos complementarios, de manera que el uno lleva al otro y al revés. Algo así como la relación entre Misión y Eucaristía: la misión lleva  a la Eucaristía, pues de lo contrario no sería misión evangelizadora y la Eucaristía lleva a la misión como indicador de la autenticidad en la participación de la celebración eucarística. Lo decía el domingo pasado el Papa Benedicto XVI a las pocas horas de inaugurar el Sínodo de Obispos sobre la Eucaristía: “Por este motivo, el querido Papa Juan Pablo II quiso dedicar a la Eucaristía todo un año, que se clausurará precisamente con el final de la Asamblea sinodal del 23 de octubre próximo, domingo en el que se celebrará la Jornada Misionera Mundial. Esta coincidencia nos ayuda a contemplar el misterio eucarístico desde la perspectiva misionera. La Eucaristía, de hecho, es el centro propulsor de toda la acción evangelizadora de la Iglesia, como lo es el corazón en el cuerpo humano. Las comunidades cristianas sin la celebración eucarística, en la que se alimentan con la doble mesa de la Palabra y del Cuerpo de Cristo, perderían su auténtica naturaleza: sólo en la medida en que son «eucarísticas» pueden transmitir a los hombres a Cristo, y no sólo ideas o valores por más nobles e importantes que sean. La Eucaristía ha plasmado insignes apóstoles misioneros en todos los estados de vida: obispos, sacerdotes, religiosos, laicos, santos de vida activa y contemplativa. Pensemos, por una parte, en san Francisco Javier, a quien el amor de Cristo le llevó hasta el lejano Oriente para anunciar el Evangelio; y por otra parte, en santa Teresa de Lisieux, joven carmelita, cuya memoria celebramos ayer precisamente. Vivió en la clausura su ardiente espíritu apostólico, mereciendo ser proclamada junto a san Francisco Javier patrona de la actividad misionera de la Iglesia” (Roma, 2-X-2005).   

Una comunidad cristiana puede y deber ser misionera en este doble sentido:  

-         En sentido general cuando realiza con especial dedicación y eficiencia en la comunidad su misión evangelizadora. En estos momentos en las comunidades parroquiales de nuestro país el primer anuncio del Evangelio a los no-cristianos se presenta cada vez como “misión entre nosotros”.  

-         En sentido específico cuando mediante una adecuada pastoral misionera vive y realiza su misión local y su misión universal hacia todas las gentes. 

I.       Comunidad cristiana misionera en sentido general

           No hace muchos años, cuando se publicó el Directorio General para la catequesis, se hacía una denuncia que expresaba con claridad uno de los problemas más hondos de la pastoral ordinaria: La formación al apostolado y a la misión es una de las tareas fundamentales de la catequesis. Sin embargo, mientras crece en la actividad catequética una nueva sensibilidad para formar a los fieles laicos para el testimonio cristiano, el diálogo interreligioso y el compromiso en el mundo, la educación en el sentido de la “misión ad gentes” es aún débil e inadecuada. A menudo, la catequesis ordinaria concede a las misiones una atención marginal y de carácter ocasional” (DGC, 30).

 La denuncia, de ser cierta, es grave, porque la dimensión misionera está llamada a integrar la pastoral ordinaria de una comunidad cristiana. No como un elemento más sino como una de sus necesarias tareas o funciones. Así como la parroquia debe atender a la iniciación cristiana y sacramental de los fieles, con la misma fuerza y necesidad está llamada a  implicar a los bautizados en la búsqueda y en la acogida de quienes aún no han recibido el don de la fe, para que se produzca en ellos el encuentro con Jesucristo y les capacite para ser fermento renovador capaz de "alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación" (cfr. EN, 19). Esta conversión y transformación del creyente hace posible el nacimiento la "nueva criatura", rica al mismo tiempo en valores humanos y divinos. El "hombre nuevo" que reconoce siente comprometido a sostener la justicia, la caridad y la paz en el contexto socio-político al que pertenece, y se hace artífice o, al menos, colaborador de aquélla "civilización nueva" que tiene su 'Carta Magna' en el Sermón de la Montaña.

 

              La parroquia puede cuidar esta dimensión misionera cuando:

 

a.     Como comunidad se hace casa y escuela de encuentro con Jesús, de conversión, comunión y espacio privilegiado para todos. En este caso la parroquia es, eminentemente, la “iglesia del pueblo”, no en el sentido de oposición al ministerio o a lo institucional, sino como apertura opuesta a cualquier forma de determinación selectiva que no sea estrictamente la fe. Es el gran objetivo de la iniciación cristiana que la diócesis confía a la comunidad parroquial y que consiste en gestar la vida donde se debe plasmar toda la universalidad, toda la eclesialidad, toda la riqueza radical del don divino. Al decir todos estamos señalando que hemos de atender a los que vienen, pero también a los que traemos: “salir a los caminos para invitarles a entrar en el banquete...” 
La parroquia tiene como misión atender a todos, sin acepción de personas. El núcleo esencial de la parroquia no son los grupos selectos de la misma, sino “el común de pueblo cristiano”. Ellos son, fundamentalmente los que deben ser evangelizados desde lo común y radical cristiano y los que deben evangelizar con su vida pobre y humilde. Así es como se puede entender que Juan Pablo II advierta que la misión no es de “especialistas”, sino que implica a todos los bautizados. Así una parroquia comienza a ser misionera cuando procura atender desde la pastoral ordinaria –también desde la extraordinaria- a todos los hombres y mujeres que la Iglesia le ha encomendado.
 

b.     Dimensión misionera se hace realidad cuando se da prioridad a la evangelización de los alejados y de los no-cristianos. La acción misionera llamada ad intra  “se está volviendo cada vez más necesaria, a causa de las situaciones de descristianización frecuentes en nuestros días, para gran número de personas que recibieron el bautismo, pero viven al margen de toda vida cristiana; para las gentes sencillas que tienen una cierta fe, pero conocen poco los fundamentos de la misma; para los intelectuales que sienten necesidad de conocer a Jesucristo bajo una luz distinta de la enseñanza que recibieron en su infancia y para otros muchos” (EN, 52). El fenómeno del secularismo ateo y la ausencia de práctica religiosa en muchos sectores de adultos y jóvenes, en la élite y en la masa, es una continúa interpelación para que la Iglesia emprenda una clara y decidida acción misionera. 

c.     Realiza el servicio de la iniciación cristiana con anuncio del Kerigma, que tiene como finalidad tiene última suscitar en los destinatarios una conversión inicial que implica: la aceptación de Dios vivo revelado en Jesucristo, la voluntad de seguir a Jesús y el deseo de incorporarse a la comunidad cristiana. Respuesta libre que pasa necesariamente por las disposiciones personales del oyente a la escucha y a la gracia de Dios. “Al no haber tiempo determinado ni programas de contenidos en esta etapa espérese hasta que los candidatos, según su disposición y condición, tengan el tiempo necesario para concebir la fe inicial y para dar los primeros indicios de su conversión. Se trata de una "fe inicial" y de una conversión "inicial", es decir de una acogida cordial a la acción divina en sus vidas, y el deseo moral del cambio de vida” (IC, 120). La esperanza y paciencia de la comunidad parroquial misionera son requisitos necesarios para ir acompañando a los destinatarios de esta acción eclesial. 

d.     La comunidad parroquial es misionera cuando “parte el pan” con el otro, con el más necesitado. La solidaridad con los más necesitados es uno de los elementos integradores de la misión que tienen como resultado el reconocimiento del Resucitado. Cuando Jesús hace la petición a sus discípulos que le den algo de comer, éstos aún no le han reconocido. Están ante el reto de dar de comer a un hambriento desconocido sin tener nada que dar. Lo mismo sucedió con el muchacho que entregó los preciosos víveres que le había dado su madre; luego, cada uno de los comensales tuvo que repartir con los demás el trozo que aparentemente se había partido para él. Y así es como se fue multiplicando el pan. Y así es como sucede siempre. Los discípulos que salen al mar abierto a pescar algo para el desconocido que “tiene hambre” deben, en el fondo, darse a sí mismos. Sólo quien se da a sí mismo descubre que antes le ha sido dado todo. Debemos darnos a nosotros mismos para recibir luego el don de Dios. Sólo cuando Jesús recibe de los apóstoles la vaciedad de que no han pescado nada, les capacita para la pesca milagrosa y el pez asado para que coman. El “pan partido” se hace realidad cuando la compasión y la misericordia penetran en el corazón de la humanidad. Desde la experiencia de la donación es posible introducirse en la celebración de la mesa del Señor. 

La misión se inicia con la donación de uno mismo y de lo que tiene; con la súplica por las necesidades de los demás más que por las propias necesidades: “Cuando el ángel le prometió un hijo, Zacarías lo rechazó como algo absurdo, algo que él no esperaba de Dios, como algo que no consideraba sensato pedir en su oración. De donde podemos concluir que hacía ya mucho tiempo que había dejado de pedir un hijo; pedía algo más, algo mayor, aquello que la Biblia llama la consolación de Israel, la redención del mundo” (J.  Ratzinger, Servidor de vuestra alegría, p. 41). Es la disponibilidad para “partir” el pan de la solidaridad y el pan de la salvación, superando cualquier planteamiento dicotómico. Cristo es a la vez Pan y Palabra, que sacia la sed de agua y el hambre de Dios. La Iglesia misionera desde sus orígenes ha atendido en y desde la misión tanto el desarrollo humano y la promoción económica como la oferta de salvación.  

II. Comunidad cristiana misionera en sentido estricto

Sin embargo la expansión del Evangelio está más allá  de nuestras fronteras. Si volvemos la mirada a Pablo descubrimos que no sólo va a la misión empujado por el Espíritu y enviado por la Iglesia, sino que además porque desde fuera es reclamado: “Por la noche Pablo tuvo una visión: un macedonio estaba de píe suplicándole: ‘Pasa a Macedonia y ayúdanos’. En cuanto tuvo la visión, inmediatamente intentamos pasar a Macedonia, persuadidos de que Dios nos había llamado para evangelizarles” (Hch. 16,9-10).  Ahora también sucede lo mismo. La constatación estadística de la situación de fe en el mundo es también un argumento más para evangelización de las personas y de las culturas. Se puede afirmar que aún no conocen o reconocen a Jesucristo el 70% de la población mundial. Del 30% que se confiesan cristianos, sólo el 18% forma parte de la Iglesia católica. A esta situación habría que añadir el nuevo fenómeno de la indiferencia, del alejamiento o del abandono de los católicos que están demandando una nueva evangelización y que viene a añadirse a la acción irrenunciable de la misión ad gentes. Es muy difícil hacer una estimación cuantitativa de las personas necesitadas de una primera evangelización o misión ad gentes, pero con carácter aproximativo se puede pensar en un 70% de la humanidad. A éstos hay que añadir los que fueron insuficientemente evangelizados o han abandonado la fe y ahora están necesitados de una nueva evangelización[1]. ¿Acaso no está justificada a la luz de estos datos la afirmación de Redemptoris missio en la que Juan Pablo II confirma que “la misión se halla todavía en sus comienzos”? (RM, 1).

Cuál es la situación de la Iglesia en el mundo?, se preguntaba Juan Pablo II en el año 1980. “Es evidente que, después de dos mil anos de Cristianismo, el Evangelio del Señor está muy lejos de ser conocido y difundido, en su integridad, entre todos los hombres”, respondía. Para añadir “hay que reconocer entre la causas de esta situación se encuentra el escaso número de aquellos que trabajan en la evangelización. Continúa siendo verdad también hoy, lamentablemente, el dictamen expresado en su tiempo por el "príncipe de los misioneros', San Francisco Javier: "Muchos cristianos se dejan de hacer en estas partes, por no haber personas que en tan pías y santas cosas se ocupen".

Esta responsabilidad misionera ad extraha de afectar a la Iglesia particular de manera especial, y en consecuencia, a la comunidad parroquial. La naturaleza misionera de una comunidad y de una Iglesia particular deriva del hecho de ser concretización de la Iglesia universal, que es misionera por su misma razón de ser. Por eso cada diócesis debe hacer presente y realidad el mandato misionero de Cristo que se extiende a todas las personas, vocaciones, estados de vida, instituciones y servicios de la comunidad eclesial. Cada uno participa “in solidum” (aunque de modo diverso) en esta responsabilidad misionera. Cada Iglesia local debe sentir su responsabilidad acerca de la suerte humana y cristiana de toda la humanidad. De esta manera, la expresión “la misión está aquí” será un estímulo a la responsabilidad misionera y nunca una fina coartada para replegar todas las fuerzas evangelizadoras de una Iglesia particular sobre sí misma, perdiendo de esta manera su carácter de universalidad.  

           La comunidad cristiana es misionera en sentido estricto cuando:

 

a.     Asume adecuadamente la “pastoral misionera”, integrándola como elemento primordial dentro de su pastoral ordinaria (cfr. RM, 83) y de conjunto. Esto es posible al fomentar la participación misionera de cada fiel, de cada familia, de cada pequeña comunidad y de cada grupo en favor de la evangelización local y universal. Un hecho significativo para lograr este objetivo es la participación en las celebraciones de la Jornadas Misioneras previstas en el calendario litúrgico. Merece especial atención la Jornada Mundial de Misiones (DOMUND) para hacer presente en la vida de la comunidad esta dimensión de la universalidad. La Jornada Misionera Mundial puede y debe ser, en la vida de cada una de las Iglesias particulares ocasión para llevar a la práctica la pastoral de catequesis permanente de abierta dimensión misionera, proponiendo a cada uno de los bautizados y de las comunidades cristianas, un programa de vida 'evangelizada y evangelizadora' (Juan Pablo II, Mensaje 1986, 2). OMP proporciona suficiente subsidios pastorales para implicar a las personas, a los grupos apostólicos y caritativos y a la misma comunidad en el sentido universal y misionero de la Jornada. Desgraciadamente parece que estas Jornadas sólo se miden por la cooperación económica que se pide. Sin embargo son la ocasión para hacer una adecuada reflexión sobre:        

La toma de conciencia general del deber misionero y        

El compromiso de que todos los miembros de la Iglesia, cualquiera que sea su función o condición eclesial, están implicados en este deber.  

b.     Organiza y realiza los principales servicios de la pastoral misionera con es:

La información a la comunidad de la acción misionera de la Iglesia y de sus misioneros. Con fuerza lo recomienda el Concilio Vaticano II: “para que todos y cada uno de los fieles cristianos conozcan puntualmente el estado actual de la Iglesia en el mundo y escuchen la voz de los que claman: ‘ayúdanos’, facilítense noticias misionales, incluso sirviéndose de los medios modernos de comunicación social, que los cristianos, haciéndose cargo de su responsabilidad en la actividad misional, abran los corazones a las inmensas y profundas necesidades de los hombres y puedan socorrerlos” (AG, 36). Para ello el responsable de la comunidad parroquial recoge, facilita y comenta esta información como una de las tareas más saludables para el pueblo de Dios: le hace sentirse noblemente orgulloso de ser Iglesia, le interpela en sus propios planteamientos de vida y le implica mental y vitalmente en la empresa misionera.  

La formación misionera, dentro de la formación cristiana (Cfr. RM, 90) para ayudar a que los cristianos adquieran criterios, mentalidad y corazón misioneros como su Maestro. La formación misionera es esencial en cualquiera de los proyectos educativos cristianos. La acción misionera es una de las tareas o dimensiones del proceso básico de la iniciación a la fe  y a la vida cristiana de los bautizados, que debe estar en la estructura de cualquier programa de iniciación cristiana, y de los que atienden a la formación permanente de los fieles, como es el caso de los agentes de pastoral. Así se asegura la posibilidad de que los fieles sean ayudados a alcanzar convicciones firmes para tomar decisiones lúcidas y generosas; se logra en ellos una sintonía y un afecto del corazón que favorezca la implicación personal y la participación activa en la tarea misionera; y el cultivo de una espiritualidad misionera.

 

c.  Promueve su cooperación misionera universal por medio de:  

- Cooperación espiritual con el ofrecimiento de la propia vida cristiana, la intensa oración por las misiones y la ofrenda de los propios sacrificios. La cooperación espiritual, que nace del encuentro con la revelación del Dios trinitario y de su proyecto salvífico sobre la humanidad y la creación entera. “La oración debe acompañar el camino de los misioneros, para que el anuncio de la Palabra resulte eficaz por medio de la gracia divina. San Pablo, en sus cartas, pide a menudo a los fieles que recen por él, para que pueda anunciar el Evangelio con confianza y franqueza” (RM, 98).

- Cooperación material promoviendo la ofrenda económica o de otros bienes materiales. La cooperación económica es un signo de la disponibilidad para compartir y para apoyar proyectos necesarios para la realización de la misión. “Las misiones no piden solamente ayuda, sino compartir el anuncio y la caridad para con los pobres. Todo lo que hemos recibido de Dios ¾tanto la vida como los bienes materiales¾ no es nuestro sino que nos ha sido dado para usarlo. La generosidad en el dar debe estar siempre iluminada e inspirada por la fe: entonces sí que hay más alegría en dar que en recibir” (RM, 81). 

- Cooperación con vocaciones misioneras. La comunidad cristiana está comprometida con el envío de misioneros “más allá de sus fronteras”. La cooperación personal, como expresión de una salida efectiva por parte de las comunidades eclesiales. “La promoción de estas vocaciones es el corazón de la cooperación: el anuncio del Evangelio requiere anunciadores, la mies necesita obreros, la misión se hace, sobre todo, con hombres y mujeres consagrados de por vida a la obra del Evangelio, dispuestos a ir por todo el mundo para llevar la salvación […] Debemos preguntarnos por qué en varias naciones, mientras aumentan los donativos, se corre el peligro de que desaparezcan las vocaciones misioneras, las cuales reflejan la verdadera dimensión de la entrega a los hermanos”(RM, 79).

 

d. La comunidad parroquial debe

a) promover vocaciones misioneras porque la misión requiere misioneros (cfr. RM, 61); b) ayudar a escuchar la llamada para sentir la vocación a la misión; y c) acompañar a cultivar y a responder gradualmente. Teniendo como modelo la figura y la vocación de los apóstoles, se pueden señalar algunos rasgos o indicadores de esta vocación cristiana a la misión. Con palabras de Redemptoris missio esta vocación “se manifiesta en el compromiso total al servicio de la evangelización; se trata de una entrega que abarca a toda la persona y toda la vida del misionero, exigiendo de él una donación sin límites de fuerzas y de tiempo. Quienes están dotados de tal vocación, «enviados por la autoridad legítima, se dirigen por la fe y obediencia a los que están alejados de Cristo, segregados para la obra a que han sido llamados, como ministros del Evangelio»”(RM, 65). La mejor manera de mostrar la vocación misionera es la relación permanente con los misioneros que han partido de la comunidad o que pertenecen a la Iglesia local. La presencia de misioneros y misioneras en las comunidades parroquiales, sobre todo los misioneros que han partido de la propia diócesis son ocasiones providenciales para integrar la dimensión misionera en la pastoral ordinaria.

 

Uno de los rasgos específicos de la vocación misionera es la universalidad, motivada por el deseo de

- extender el Reino a todos los pueblos haciendo que lleguen a la plenitud las semillas del Evangelio;

- difundir la fe, haciendo posible la apertura de los hombres a los planes de Dios;

- incorporar a la Iglesia a quienes han sido llamados, a través de la acción salvadora y sacramental de Cristo resucitado.

 

Muchos son los caminos que Espíritu ha suscitado en el seno de la Iglesia para que los fieles pudieran descubrir su propia vocación en el ámbito laical, de la vida consagrada o participando del sacerdocio ministerial de Jesucristo. Hagamos una breve reflexión sobra cada una de esos ámbitos:  

- Los laicos: esta responsabilidad misionera de la comunidad cristiana sería incompleta si a ella no se incorporan los laicos con su propia identidad y razón de ser. La peculiaridad de los laicos garantiza la inserción de los valores evangélicos en la sociedad: justicia, paz, libertad, caridad... Para llegar a estos campos de acción misionera, los laicos pueden aprovechar los “movimientos eclesiales, dotados de dinamismo misionero”, los cuales “representan un verdadero don de Dios para la nueva Evangelización y para la actividad misionera propiamente dicha”(RM, 127).

- Los consagrados han de expresar su radicalismo evangélico y su peculiar seguimiento de Jesús en la disponibilidad para la misión; en virtud de su carisma propio están especialmente llamados a consagrar su vida a las nuevas fronteras de la misión. “Por su misma consagración se dedican al servicio de la Iglesia... están obligados a contribuir de modo especial a la tarea misional”(RM, 69). Los religiosos “en virtud de su más íntima consagración a Dios, y permaneciendo dinámicamente fieles a su carisma, no pueden dejar de sentirse implicadas en una singular colaboración con la actividad misionera de la Iglesia”(VC, 77). De ahí la necesidad de “promover con medios adecuados una distribución equitativa de la vida consagrada en sus varias formas, para suscitar un nuevo impulso evangelizador, bien con el envío de misioneros y misioneras, bien con la debida ayuda de los Institutos de vida consagrada a las diócesis más pobres” (VC, 78).

- Los presbíteros deben ser conscientes de que su ordenación sacerdotal tiene como horizonte la misión universal, y que por ello es corresponsable de la animación, formación y cooperación misioneras que se realizan en las diversas Iglesias. Los presbíteros están llamados a la misión porque “cualquier ministerio sacerdotal participa de la misma amplitud universal que la misión confiada por Cristo a los apóstoles” (PO, 10; cf. RM, 67).

Generosa ha sido y sigue siendo la respuesta de los sacerdotes españoles con las necesidades misioneras de la Iglesia universal, en particular durante el siglo XX. Sin embargo, las actuales circunstancias de los presbiterios diocesanos están haciendo que disminuya preocupantemente esta cooperación con las Iglesias más necesitadas. Y ceder ante esta tentación significaría un lamentable empobrecimiento del clero español. Ya Pío XII alentaba a los sacerdotes Fidei donum para que prestaran sus servicios temporales a las Iglesias más necesitadas. “Hoy, comenta Redemptoris missio, se ven confirmadas la validez y los frutos de esta experiencia; en efecto, los presbíteros llamados Fidei donum ponen en evidencia de manera singular el vínculo de comunión entre las Iglesias, ofrecen una aportación valiosa al crecimiento de comunidades eclesiales necesitadas, mientras encuentran en ellas frescor y vitalidad de fe. Es necesario, ciertamente, que el servicio misionero del sacerdote diocesano responda a algunos criterios y condiciones. Se deben enviar sacerdotes escogidos entre los mejores, idóneos y debidamente preparados para el trabajo peculiar que les espera. Deberán insertarse en el nuevo ambiente de la Iglesia que los recibe con ánimo abierto y fraterno, y constituirán un único presbiterio con los sacerdotes del lugar, bajo la autoridad del obispo” (RM, 68; cfr. 17ª).  

- Movimientos eclesiales y nuevas comunidades, que el Espíritu viene suscitando en la vida de la Iglesia, han de asumir de modo plenamente consciente su responsabilidad misionera, e igualmente deben cultivar su “especialización” para insertar el testimonio misionero en los nuevos ámbitos y sectores mencionados. “Los movimientos pueden dar, de este modo, una valiosa contribución a la dinámica vital de la única Iglesia, fundada sobre Pedro, en las diversas situaciones locales, sobre todo en las regiones donde la implantatio Ecclesiae está aún en ciernes o afronta muchas dificultades” (Juan Pablo II, 27-V-98). A este respecto recuerda Redemptoris missio el nacimiento de estos “movimientos eclesiales”, dotados de un dinamismo misionero. De su inserción en la vida de la Iglesia local advierte el Papa: “Cuando se integran con humildad en la vida de las Iglesias locales y son acogidos cordialmente por obispos y sacerdotes en las estructuras diocesanas y parroquiales, los movimientos representan un verdadero don de Dios para la nueva evangelización y para la actividad misionera propiamente dicha. Por tanto, recomiendo difundirlos y valerse de ellos para dar nuevo vigor, sobre todo entre los jóvenes, a la vida cristiana y a la evangelización, con una visión pluralista de los modos de asociarse y de expresarse” (RM, 72). 

 

f. Fomenta la dimensión misionera en la familia.

 

La evangelización de la familia constituye uno de los objetivos principales de la acción pastoral, y ésta, a su vez, no alcanza plenamente su finalidad si las familias cristianas no se convierten ellas mismas en evangelizadoras y misioneras: la profundización de la conciencia espiritual personal hace que cada uno, padres e hijos, tenga la propia función y la propia importancia para la vida cristiana de todos los demás miembros de la familia. En este sentido, la oración de los padres, al igual que la de la comunidad cristiana, será para los hijos una iniciación en la búsqueda de Dios y en la escucha de sus invitaciones. El testimonio de vida encuentra entonces todo su valor. Supone que los hijos aprendan en familia, como consecuencia normal de la oración a mirar cristianamente al mundo según el Evangelio. Esto supone también que los hijos, en la familia, aprendan concretamente que en la vida hay preocupaciones más fundamentales que el dinero, las vacaciones o las diversiones. Con su ejemplo, más aún que con sus palabras, enseñarán a sus propios hijos a ser generosos con los más débiles, a compartir su fe y sus bienes materiales con los niños y jóvenes que todavía no conocen a Cristo o que son las primeras víctimas de la pobreza e ignorancia. Así, los padres cristianos serán capaces de captar el brote de una vocación sacerdotal o religiosa misionera, como una de las más bellas pruebas de la autenticidad de la educación cristiana por ellos impartida, y pedirán que el Señor llame uno de sus hijos.

 

 

Ciclo de Conferencias Misioneras, Toledo, octubre 2005

 


[1] Según la Enciclopedia mundial del cristianismo, publicada por Oxford University Press: “Desde 1998 a 1999 los católicos en el mundo pasaron de 1.022 a 1.038 millones, lo cual supone un aumento de 1,6%. El incremento de la población mundial en ese mismo período fue de 1,4%: es uno de los datos hechos públicos en la presentación en Roma de la edición del Anuario Pontificio 2001. El continente americano reúne prácticamente a la mitad de los católicos del mundo, mientras Europa el 27,3%, África el 12%, Asia el 10,4%, y Oceanía el 0,8%. La Iglesia cuenta con 3.862.269 personas dedicadas a la evangelización directamente: 4.482 obispos, 405.009 sacerdotes (de los cuales, 265.012 diocesanos), 55.428 religiosos no sacerdotes, 809.351 religiosas profesas, 31.049 miembros de institutos seculares, 80.662 misioneros laicos, 2.449.659 catequistas, y 26.629 diáconos permanentes.”