Remar mar adentro, por una renovada misionariedad de la Iglesia


Mons. Robert Sarah
Secretario de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos

 

 

Introducción

El tema que me ha sido asignado se reconduce a la carta apostólica “Novo Millennio Ineunte” del Papa Juan Pablo II que indica perspectivas importantes y actuales. El Pontífice comentaba así las palabras de Jesús a Pedro: “Duc in altum! (Lc 5, 4)… nos invitan a hacer memoria grata del pasado, a vivir con pasión el presente, a abrirnos con confianza al futuro: Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (n. 1).

Releamos esta invitación a “remar mar adentro” en perspectiva misionera. La misión forma parte de la naturaleza y del camino mismo de la Iglesia que tiene necesidad de “retomarlo”. De hecho, a 2000 años de Cristo, la misión está “bien lejos de su cumplimiento” (RM 1), más bien “está sólo en los inicios” (RM 30).

Ahora se me pide hablar de la misionariedad “renovada”. Lo hago con gusto, precisando enseguida de la palabra “renovada” no significa necesariamente “cambiada”, más bien “vivificada” y, donde sea necesario, también “adecuada” a la realidad actual; incluye varios aspectos.

En mi intervención me detendré en tres aspectos: primero, Jesús estaba sobre la barca de Pedro cuando ordenó remar mar adentro; segundo, Jesús continúa a imprimir este dinamismo apostólico hoy; tercero, Jesús nos indica las prioridades a las que responder junto con Él.

Estamos invitados por Jesús a mirar al pasado de la misión, a tomar nota de su realidad presente, a no descorazonarnos frente a un futuro que Le pertenece.

 

I. SOBRE LA BARCA DE PEDRO

No está fuera de lugar insistir en que la misión es “obra de la Iglesia”, que debe realizarse bajo la guía de los pastores. La barca de Pedro sigue su curso en el mar de la historia, lentamente pero sin pararse, hacia todas las playas donde vive la humanidad.

1. Pedro permanece al timón de la barca. El “id al mundo entero” (Mc 16, 15) el Resucitado lo ha mandado a los Apóstoles, con Pedro la cabeza y a través de ellos a sus sucesores, los obispos. Esta responsabilidad de la misión, como sabemos, se expresa en diferentes niveles. Sea el concilio, en la constitución “Lumen Gentium” y en el decreto “Ad gentes”, y sea el magisterio pontificio con la encíclica “Redemptoris Missio” y la exhortación apostólica “Evangelii nuntiandi” han puntualizado claramente estos diversos grados de responsabilidad y de involucración en la misión.

El romano Pontífice, sucesor de Pedro, permanece en la primera fila de la misión “ad gentes”; en la responsabilidad, en la guía, en la ejecución de la empresa aunque no actúe solo y ni siquiera siempre en primera persona. La barca desde la cual Jesús anuncia el reino es la barca de Pedro. Jesús ha dicho a Pedro en primer lugar y continúa a repetirlo a sus sucesores: “Duc in altum” (Lc 5, 5).

Como puntualiza la “Lumen Gentium”: “El cuidado de anunciar en cualquier lugar de la tierra el Evangelio corresponde al cuerpo de los pastores… Por tanto todos los obispos… están obligados a colaborar entre ellos y con el Sucesor de Pedro, al cual le ha sido confiado de modo especial el altísimo oficio de propagar el nombre cristiano” (n. 23; cf. EN 66-68).

2. El dicasterio misionero colabora con Pedro. Más allá de la colaboración en el seno del colegio de los obispos, el Papa encuentran una ayuda operativa particular en la Congregación para la Evangelización de los Pueblos. Conocemos lo que se afirma en la constitución apostólica “Pastor bonus”, con la cual Juan Pablo II en 1988 ha renovado la constitución de Pablo VI “Regimini Ecclesiae universale”, sobre la Curia romana: “Corresponde a la Congregación [de “Propaganda Fide”] dirigir y coordinar en todo el mundo la obra misma de la evangelización de los pueblos y la cooperación misionera”.

A nosotros, llamados a operar en este dicasterio misionero, nos gusta subrayar que nuestra labor es un “servicio a la evangelización”: antes que nada a Jesús, primer misionero del Padre; después a su Vicario en la tierra con toda la comunidad de la Iglesia. Y debe tener las características propias de los “siervos” que se dedican con todas las energías, para concluir: “hemos hecho lo que debíamos hacer; somos siervos inútiles” (Lucas 17,10). La fuerza del dicasterio misionero no reside en sus competencias jurídicas, también importantes, sino que está sobre todo en el hecho de estar al servicio del Sucesor de Pedro y de la Iglesia. El mandato de Jesús de “remar mar adentro” Propaganda Fide lo siente como dirigido continuamente también a sí.

En los últimos 20 años nuestro dicasterio, además del trabajo ordinario, ha buscado de examinar de forma especial diversos sectores considerados estratégicos para trazar líneas de pensamiento y acción misionera con la colaboración sobre todo de las jóvenes Iglesias y la profundización en diversas Asambleas Plenarias. Esos son: la preparación de los candidatos al ministerio ordenado y la promoción de las vocaciones; la identidad y la formación permanente de los presbíteros y su connatural apertura a la misión; la vida consagrada en la diversas culturas y su relación con la experiencia probada de las instituciones tradicionales de vida religiosa; la formación y el compromiso de los catequistas laicos, en relación a los diversos ministerios, primeros e indispensables operadores en el campo de la catequesis y del acompañamiento de los catecúmenos; el compromiso de animación y de cooperación misionera a nivel de toda la Iglesia; seminarios de formación para obispos recientemente nombrados... tales temas han sido afrontados a la luz de las actuales problemáticas socio-eclesiales y confiamos de la respectiva documentación sea una contribución para los estudios de misionología.

3. Nuestro “timonel” nos da seguridad. Y nosotros, que somos los operadores de la misión, queremos apoyarnos sólo sobre esta guía tan atenta y puntual en este inicio del tercer milenio.

Nuestro timonel, ciertamente, es Jesús. Él, sin embargo, se expresa a través de su Vicario, el cual, a su vez, pide la colaboración de los obispos y de toda la Iglesia.

Propaganda Fide ofrece su propia colaboración porque ella afronta el mar abierto sin frenarse o acabar en puertos impropios, sin temor por los problemas o por los riesgos nuevos, con serenidad y esperanza. La misión no está acabada, ni superada. Es por eso necesaria. Pero ay si uno quisiera remar mar adentro sobre otra barca que no sea la de Pedro. Las tentaciones a este respecto existen, agravadas por el relativismo filosófico, teológico y moral, por el espíritu contestatario y la presunción de una libertad e independencia sin límites.

 

II. EN EL HOY DE LA HISTORIA

Hoy se insiste en una misionariedad “renovada”. ¿Qué significa? Intento decirlo valorizando la experiencia que el dicasterio misionero está haciendo.

1. Con los ojos abiertos sobre el mundo y el corazón renovado. La misión resulta “renovada”, sobre todo, en el si no nos repetimos. En un mundo que cambia, son interpeladas nuestras opciones operativas, los escenarios y los métodos de acción, las estrategias y los medios a usar. No podemos honestamente operar como antes.

Existe un doble riesgo para los operadores de la misión a cualquier nivel; el primero, sentir el peso de una adecuación o de un abandono de métodos probados, con pérdida de intrepidez; el segundo, lanzarse a la novedad, perdiendo la brújula, tal vez alejándose de la barca de Pedro o actuando como si la misión fuera un hecho personal.

No basta “hacer” cosas nuevas, hay que “ser” nuevos “por dentro”. La misión exige apóstoles con una personalidad enriquecida por la sabiduría del anciano y el dinamismo del joven; exige “contemplativos de la acción”.

Ya Pablo VI en la “Evangelii Nuntiandi” se interrogaba si la Iglesia “está verdaderamente radicada en el corazón del mundo”; si “rinde testimonio de la propia solidaridad hacia los hombres y al mismo tiempo hacia el Absoluto de Dios”; si “es más ardiente en la contemplación y en al adoración, y a la vez más celosa en la acción misionera, caritativa, de liberación…”

Y exhortaba: “Hace falta que nuestro celo por la evangelización mane de una verdadera santidad de vida y que la predicación, alimentada por la oración y sobre todo por el amor a la Eucaristía, a su vez –como recuerda el Concilio vaticano II- haga crecer en santidad a quien predica. El mundo, che no obstante los innumerables signos de rechazo de Dios, paradójicamente lo busca a través de vías insospechadas y siente dolorosamente la necesidad de Él, reclama evangelizadores que le hablen de un Dios que ellos conocen y que les sea familiar, como viendo al Invisible” (n. 76, §3-5).

La historia de la misión no fue nunca estática. Propaganda Fide misma ha sido un ejemplo de una fuerte renovación de la estrategia misionera a partir del siglo XVII. A interrogantes, oposiciones, obstáculos, a impulsos nuevos en la evangelización, nuestros predecesores han encontrado nuevas vías. Frente a las novedades actuales no nos echamos atrás tampoco nosotros. Y los sucesores nos bendecirán.

La misión, además, no viene “renovada” una vez para siempre. Ella pide operadores con la “mentalidad de la renovación” que no coincide con la “mentalidad de lo provisional”; operadores a la altura de lo nuevo, sin pesimismos. ¡Ésta es nuestra esperanza!

2. La sabiduría y profundidad de miras del magisterio pontificio. La necesidad que la misión “ad gentes” se renueve, ya antes que por nosotros, ha sido subrayada por el magisterio pontificio. No hablo del impulso a la renovación de las encíclicas misioneras del siglo pasado o del concilio. Me refiero a la más reciente encíclica “Redemptoris Missio” de Juan Pablo II. Cito algunos de sus enunciados que pienso que han incidido en el desarrollo de la misión y cuya profundización y desarrollo no están en absoluto concluidos.

El primero de estos enunciados lo veo en la confirmación de la perennidad de la misión “ad gentes”. Subrayó sólo que ha sido un acto de suma sabiduría en un momento el que más de uno hablaba, tal vez en voz baja, de la era ya pasada de las misiones cristianas.

Un segundo enunciado, muy interesante, ha sido aquel respecto una cierta mutación de los “ámbitos” de la misión. Confirmada la validez del criterio geográfico para indicar, aunque sea en sentido provisional, las fronteras hacia las cuales dirigirse, presenta por otro lado una larga serie de mundos, de fenómenos, de áreas culturales y de areópagos modernos (cf. n. 37). Nosotros presumimos que el Papa quería abrir el interés hacia los horizontes nuevos sin agotar las nuevas áreas en las cuales intervenir.

Existe aún un tercer enunciado sobre la naturaleza de la vocación misionera: en aquel momento histórico ha sido providencial una declaración como esta: “La vocación especial de los misioneros ‘ad vitam’ conserva toda su validez: ella representa el paradigma del compromiso misionero de la Iglesia, que tiene siempre necesidad de entregas radicales y totales, de impulsos nuevos y arriesgados. Los misioneros y las misioneras, que han consagrado toda la vida para testimoniar entre las gentes al Resucitado, no se dejen, por tanto, atemorizar por las dudas, incompresiones, rechazos, persecuciones. Despierten la gracia de su carisma específico y retomen con valor su camino, prefiriendo –en espíritu de fe, de obediencia y comunión con los propios Pastores- los lugares más humildes y difíciles” (n. 66).

En la “Redemptoris missio” existen otros puntos fuertes para la renovación personal para un desarrollo práctico de la acción misionera; por ejemplo, la implicación de los consagrados precisamente de fuerza de su consagración (cf. n. 69); la misión entendida como un “dar y recibir” (cf. n. 85); la inseparable unidad entre compromiso misionero y santidad, afirmando que “el verdadero misionero es el santo” (cf. n. 90).

No puedo terminar estas referencias sin subrayar la aportación dada a la acción misionera por el Sumo Pontífice Benedicto XVI con la encíclica “Deus caritas est”. Es un aportación que toca una de las problemáticas más debatidas en el campo misionero, es decir, la relación entre evangelización y promoción humana. El actual Sumo Pontífice no entra en este debate, aunque hable, en la segunda parte de la encíclica, del ejercicio de la caridad. Sin embargo ofrece impulsos de verdadera novedad para la misión. Del “perfil específico de la actividad caritativa de la Iglesia” tomo dos.

El primero está en el recurso a la parábola del Buen Samaritano para subrayar que la ayuda al prójimo en necesidad debe ser ofrecida concretamente a cualquier necesitado sin distinción, enseguida y de todo corazón. Merecen ser insertadas en los programas misioneros ideas como ésta “la competencia profesional es necesaria pero no basta. Se trata, de hecho, de seres humanos que tienen necesidad de la atención del corazón además de cuidados sólo técnicamente correctos” (n. 31a). Por esta razón cuantos obran la caridad tienen necesidad de la “formación del corazón”.

El segundo impulso a la promoción humana en la caridad lo entreveo cuando el Papa afirma: “la caridad, además, no debe ser un medio en función de lo que hoy se llama proselitismo. El amor es gratuito; no se ejercita para alcanzar otros fines. Pero esto no significa que la acción caritativa deba, por decirlo así, dejar a Dios y a Cristo aparte. Está en juego siempre todo el hombre” (n. 31c).

¿Quién no ve en estas afirmaciones una clara indicación para estos tiempos modernos?

Sobre la base de la “Redemptoris missio” y nuestra experiencia de casi 20 años, como también por las indicaciones de la “Deus caritas est”, es posible individuar algunas prioridades para la misión de hoy y de mañana.

 

III. CON ALGUNAS PRIORIDADES

Es el tercer punto de esta conversación. En este periodo la misión debe afrontar aquellas prioridades que hacen entrever las premisas de un desarrollo posterior. Lo hago con gusto en esta prestigiosa Universidad porque tales prioridades requieren estudios, profundización, confrontación que acompañen y abran horizontes siempre más amplios a aquellos que operan en el campo de operaciones. La Congregación para la Evangelización de los Pueblos confía mucho en las aportaciones culturales, que retiene indispensables, de la Facultad de misionología sea de la propia Universidad Urbaniana o también de vuestra Universidad Gregoriana. Tanto más si se hacen conjuntamente.

Aquí apunto sólo a las prioridades más urgentes y más incidentes en la acción misionera en el próximo porvenir en relación a la fe católica y a la tradición apostólica de la Iglesia; hasta qué punto ciertas iniciativas se pueden desarrollar en un sentido o en otro. Esto preocupa, pero también apasiona a cuantos están comprometidos en la misión “ad gentes”. 

a. “Donde” se realiza la misión hoy. Una prioridad concreta operativa me parece que consiste en él “donde” se desarrolle la acción misionera. Mi interrogante no corresponde sólo al lugar material, sino a un nivel mucho más profundo. Ya el decreto conciliar “Ad Gentes” había ampliado el horizonte acerca de los confines territoriales, afirmando que la actividad propiamente misionera se desarrolla “mayormente”, y por tanto no sólo, en determinados territorios, aclarando que los destinatarios de la misión son los “pueblos” o los “grupos humanos” en los cuales la Iglesia no ha echado aún raíces (cf. n. 6). La “Redemptoris missio” ha continuado proponiendo indicaciones más circunstanciadas en conexión con la realidad de su tiempo. Ahora, éstas no nos parecen ya más suficientes porque nos encontramos frente realidades totalmente diferentes.

Me refiero, por ejemplo, a la movilidad de los pueblos, a las actuales migraciones, comprensibles, pero gravosas hacia el mundo occidental tradicionalmente cristiano. Preocupan desde muchos puntos de vista y la Iglesia colabora con los Estados civiles para intentar soluciones sociales. Probablemente los emigrantes no cristianos son los más numerosos y muchos de esos no tienen un punto de apoyo religioso en el país de acogida.

Probablemente ellos esperan de la Iglesia, especialmente donde es mayoritaria, sólo una acogida y asistencia para las necesidades concretas de su existencia cotidiana. Pero desde un punto de vista misionero ¿podemos contentarnos?

Urge un contacto también sobre el plano de lo religioso para la dimensión trascendente de la vida. A propósito de esto merece recordar lo que el Papa Benedicto XVI resalta en una conferencia en Subíaco, poco antes de ser elegido Papa: “Europa ha desarrollado una cultura que, de un modo desconocido antes de ahora a la humanidad, excluye a Dios de la conciencia pública, sea que venga negado del todo, sea que su existencia venga juzgada no demostrable, incierta, y por tanto perteneciente al ámbito de las opciones subjetivas, algo en cualquier caso irrelevante para vida pública”. Esta exclusión de Dios de la conciencia pública es un daño para los inmigrantes de otras religiones.

El fenómeno de la movilidad humana está en aumento; es previsible que en un tiempo relativamente breve todas las naciones se vuelvan no sólo multiculturales, sino también multireligiosas.

¿Estos grupos humanos no cristianos extendidos por todo el mundo son un nuevo “donde” actualísimo de aquel “id por todo el mundo”? ¿Y quién se asume el cuidado “religioso” de ellos?

La Congregación para la Evangelización de los Pueblos en 1998, renovando el Estatuto de la cooperación misionera, la había individuado en las Iglesias de antigua cristiandad, afirmando que la respectiva “responsabilidad misionera es propia, de modo diferenciado, de los obispos, de los párrocos, junto a sus colaboradores y a la comunidad cristiana”.

Hoy aquella declaración no es ya más suficiente. Lo decimos con las razones a la vista. Ciertamente la responsabilidad de la misión corresponde a las Iglesias particulares, pero el fenómeno está tan difuso que resulta necesario y urgente la intervención del Pontífice, a través del servicio del Dicasterio para las Misiones. Sea nosotros que los institutos misioneros, que tanto han hecho por las misiones, no podemos no interrogarnos sobre este aspecto.

b. La movilidad y el origen de los evangelizadores. Esta es una prioridad menos imperiosa pero de gran importancia estratégica y operativa. Tomó el punto de partida de cuanto el Concilio ha dispuesto respecto a distribución de los presbíteros en el mundo. Aquella invitación, de gran apertura para aquel tiempo, hoy nos parece un poco blando: “Los presbíteros de aquellas diócesis que tienen mayor abundancia de vocaciones, se muestren dispuestos a ejercitar con gusto el ministerio propio, previo consentimiento o invitación del ordinario propio, en aquellas regiones, misiones u obras que sufren de escasez de clero” (PO 10). Juan Pablo II en un discurso la Plenaria de Propaganda Fide, ha estado más explícito, afirmando: “en ningún otro sector del apostolado eclesial más que en éste los presbíteros podrán demostrar la intensidad de su amor por Cristo, por la Iglesia y por el hombre, hasta poder asegurar con san Pablo: me he hecho todo a todos por salvar alguno a cualquier precio (1 Cor 9, 22)”.

Hablando de operadores de la misión no podemos limitarnos a los presbíteros porque también los diáconos, los consagrados y los laicos tienen un papel, hasta incluso numéricamente más consistente. Ahora bien, tampoco estas aperturas consoladoras parecen suficientes.

Hay que repensar el “origen” y la “movilidad” de los apóstoles para la misión. Si a la Europa cristiana le reconocemos el mérito de haber evangelizado buena parte del mundo en los siglos pasados, hoy debemos convencernos de que la estrategia no puede ser la misma. Lo afirmo no sólo pensando al descenso de las vocaciones en el mundo occidental, sino por motivos teológicos irrenunciables. Es la Iglesia, como “comunión de Iglesias particulares”, la que debe hacerse cargo de la misión. Es laudable la buena voluntad de pastores esporádicos, pero la movilidad y el intercambio de evangelizadores deben buscarse en un radio más amplio y garantizado. Cristo continúa a llamar y a enviar. A nosotros nos corresponde la responsabilidad, diversificada, de reordenar el movimiento los apóstoles de frontera.

Partiendo de la realidad vocacional, se abre un horizonte del cual entrevemos los contornos, sin estar en grado de prever exactamente sus desarrollos; tampoco me parece que se puede afirmar que las Iglesias jóvenes deben tomar en lugar de las antiguas en el campo de la misión. Sería una solución demasiado simplista. Hay que ir más al fondo.

c. Diálogo iluminado con todos. Ha sido Juan Pablo II quien afirmó que “el diálogo interreligioso forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia... más aún es una expresión suya” (RM 55). No se puede evitar. Conocemos los adjetivos que lo califican: iluminado, sincero, abierto y respetuoso con todos; no ingenuo, ni improvisado. Tiene un fin de facilitar el conocimiento mutuo, el acuerdo sobre los grandes temas de la vida, sobre la convivencia pacífica y sobre la culturización.

No repito cuanto el Magisterio ha expresado ya sobre este argumento, sobre todo en la encíclica “Redemptoris Missio” y en la carta apostólica “Novo Millennio Ineunte”. Evidencio sólo aquellos aspectos del diálogo interreligioso que constituyen una prioridad por las dificultades conexas, sobre todo en ciertas situaciones y con ciertos grupos. Sin diálogo la misión se para o se impide.

No puedo de todos modos ocultar un aspecto, subrayado por la “Novo Millennio Ineunte”, cuando habla de diálogo y misión: “No debemos tener miedo que constituya una ofensa a la identidad de los demás lo que es en cambio anuncio alegre de un don que es para todos y que se propone a todos con el más grande respeto de la libertad de cada uno: el don de la revelación del Dios-Amor, que ‘ha amado tanto al mundo que le ha dado a su Hijo único’ (Jn 3, 16)” (n. 56). Por eso existen iniciativas de conocimiento mutuo, pero también cursos para hacer conocer mejor el cristianismo y el pensamiento de Cristo a aquellos que pertenecen a otras religiones.

d. El fatigoso camino de la inculturización. No repito la rica doctrina que tenemos sobre este tema, sobre todo por parte del Magisterio pontificio. He colocado esta prioridad la última porque, si por una parte es profundamente sentida por todos los apasionados de la misión, por otra presenta las mayores incógnitas. Existe la conciencia difusa que éste sea un tema muy delicado. La exigencia es sentida como inderogable, pero la puesta en práctica infunde inseguridad, si no hasta temores, aparte de algunas iniciativas sobre todo en el plano litúrgico y más bien marginales.

Nuestro Dicasterio misionero está más que convencido de que la inculturización debe realizarse espoleando iniciativas, sobre todo por aquellos que están en condiciones, como vosotros, de ofrecer una aportación eficaz y positiva. Hay que ir en profundidad sobre todo desde el punto de vista de la coherencia con la fe y la tradición viva de la Iglesia de nuestras ideas y de nuestros proyectos de inculturización, sin infravalorar, las sanas expresiones culturales, de las cuales la humanidad es rica. Ciertamente bajo la guía del Magisterio pontificio, los Pastores de las Iglesias particulares, de los operadores a ellos unidos. La inculturización permanece una prioridad que pide reflexión y sabiduría.

 

CONCLUSIÓN

Termino con algunos auspicios.

El primer auspicio es que sean superados las dudas y los temores frente a las perspectivas de novedad unidas con la misión en el tercer milenio. La misión ha puesto siempre interrogantes desde cuando Pablo se confrontó con Pedro.

El segundo auspicio es que se camine concretamente y no solos, bajo la guía de los Pastores. Mejor más lentamente juntos, que llegar antes solos. Las polémicas y las contraposiciones, en estos sectores, son negativas.

El tercer auspicio es que los responsables y los operadores de la misión se empeñen por estas prioridades y no se paren de lanzar proyectos, sino que acompañen su realización que, en cuanto novedad, comporta atención y esfuerzo.

Nuestra confianza en el caminar sobre la vía de una “misionariedad renovada” se funda sobre la certeza que nosotros sólo somos colaboradores de Cristo, “el primer misionero”, y ayudados por el cuidado amoroso de la Reina de la evangelización.

 

Acto Académico de la Pontificia Universidad Gregoriana
"La misión evangelizadora de la Iglesia al inicio del Tercer Milenio", Roma, marzo 2007