Los nuevos ámbitos de la misión ad gentes (RM 37-38)


José Antonio del Pozo, mccj

 

 

INTRODUCCIÓN:  La Redemptoris Missio

En la Redemptoris Missio Juan Pablo II, que durante sus "viajes apostólicos", estuvo en contacto con tantas gentes de países y religiones diferentes, escribió estas perlas:

"Mi contacto directo con los pueblos que no conocen a Cristo me ha convencido más aún de la urgencia de la actividad misionera" n.1. - "La actividad. misionera dirigida especialmente a 'las naciones' parece estar palideciendo” n.2. – “El número de los que no conocen a Cristo y no pertenecen a la Iglesia aumenta constantemente” n.3. - "El impulso misionero ha sido siempre un signo de vitalidad, al igual que su declive es un signo de crisis de fe" (n. 2). “Dios abre a la Iglesia horizontes de una humanidad más preparada para la siembra evangélica” n. 3.

La RM, delimitando los "ámbitos de la misión ad gentes" (n.37) empieza distinguiendo los "territorios" de la misión. A continuación define las "áreas culturales o areópagos modernos": los medios de comunicación, el compromiso por la paz, el desarrollo y la liberación de los pueblos, los derechos del hombre y de los pueblos, sobre todo los de las minorías, la promoción del niño y de la mujer, la salvaguarda de la creación" y, en fin, la cultura.

 

I.-  LA CULTURA, NUEVO ÁMBITO DE LA MISIÓN AD GENTES 

1. Problemática

Hablar de la cultura como ámbito de la misión ad gentes es una idea que empieza a abrirse camino, pues en ello está en juego el futuro de la misión y el futuro mismo de la Iglesia y del cristianismo.

El tema de la cultura y la fe, por un lado, forma parte de la acción misionera de la Iglesia. Ésta insiste en la inculturación de la fe en las diversas culturas

           Pero por otro lado, el desafío de palpante actualidad es la evangelización de la cultura moderna occidental.  Hemos de reconocer la distancia entre la fe y esta cultura, por lo que no se puede partir del supuesto de que son "otras" las culturas que deben ser evangelizadas.

 

Dos palabras sobre la inculturación del Evangelio en las diversas culturas

Al desarrollar su actividad misionera entre las gentes, la Iglesia se ve comprometida en el proceso de inculturación. Es esta una exigencia que ha marcado todo su camino histórico, pero hoy es aguda y urgente.

El proceso de la inserción de la Iglesia en las culturas de los pueblos requiere largo tiempo: la inculturación "significa una íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante su integración en el cristianismo y la radicación del cristianismo en las diversas culturas". Es, pues, un proceso profundo y global que abarca tanto el mensaje cristiano, como la reflexión y la praxis de la Iglesia. Pero es también un proceso difícil, porque no debe comprometer en ningún modo las características y la integridad de la fe cristiana.

Por medio de la inculturación, la iglesia encarna el Evangelio en las diversas culturas y, al mismo tiempo, introduce a los pueblos con sus culturas en su misma comunidad; transmite a las mismas sus propios valores, asumiendo lo que hay de bueno en ellas y renovándolas desde dentro. Por su parte, con la inculturación, la Iglesia se hace signo más comprensible de lo que es el instrumento más apto para la misión.

Los misioneros/as deben insertarse en el mundo sociocultural de los países a los que  son enviados, superando los condicionamientos del propio ambiente de origen. Así, deben aprender la lengua y descubrir sus valores.   No se trata de renegar de la propia identidad cultural, sino de comprender, apreciar, promover y evangelizar la del ambiente donde se actúa y, por consiguiente, estar en condiciones de comunicar realmente con él, asumiendo un estilo de vida que sea digno de testimonio evangélico y de solidaridad con la gente.

Volviendo a la problemática Nueva cultura y fe nos preguntamos:

              ¿Cuáles son las características de esta nueva cultura?

           a.- Está surgiendo una nueva cultura planetaria con pretensiones de universalidad, que deja en la penumbra a las otras culturas. El carácter universal de la nueva cultura constituye una novedad en la historia de la humanidad fundamentalmente por dos razones: por su fuerza y seducción, por un lado, y, por otro, por su amplitud tanto cuantitativa como cualitativa.

              b.- Esta cultura se afirma laica, al margen de toda inspiración religiosa y cristiana. Por ello no sólo exige la presencia de laicos evangelizadores sino que sitúa a las comunidades cristianas en un estado de misión. Desde una nueva conciencia de "estado de misión" es desde donde se podrá responder a la situación misionera que plantea la cultura actual. Chrislifideles Laici 44 (Gaudium el Spes 53) presenta la cultura como uno de los campos privilegiados de la acción evangelizadora de los laicos. Y a este respecto presenta la cultura como "el bien común de cada pueblo, la expresión de su dignidad, libertad y creatividad, el testimonio de su camino histórico" y recuerda que sólo por medio de la cultura la fe cristiana se hace histórica y creadora de cultura.

c.- La cultura actual no es un sector parcial, es el horizonte y el marco: es la universalidad que impregna y penetra la inteligencia, la sensibilidad y las relaciones de los hombres y mujeres del siglo XXI. Constituye por ello el areópago en el que se ha de desarrollar toda la misión de la Iglesia.

Si la cultura fuera algo simplemente parcial o sectorial, habría que atender pastoralmente a quienes experimenten sus efectos o habría que preparar especialmente a quienes se comprometen en tareas de evangelización de esa cultura. Pero si la cultura aspira a configurar de modo global un tipo de hombre y de sociedad a nivel planetario, entonces es el modo mismo de la presencia de la Iglesia la que debe ser comprendida desde su raíz como "misión ad gentes". Esta es la perspectiva que deseamos desplegar para captar sus desafíos y sus implicaciones.

Como infraestructura de la globalización son tres ejes en torno a los cuales gira la nueva cultura universal:

la instantaneidad de las comunicaciones y de la información. La información se da a granel y en directo. Falta tiempo para la reflexión. Es una invasión de imágenes de todo tipo, sin llegar a pasar de la imagen al pensamiento. Se da información, pero no se recibe formación.

-  el liberalismo económico. La economía alcanza un predominio inatacable (movilidad de los mercados) ante la cual tienen que doblegarse todos los planteamientos políticos

la constitución de un nuevo tipo de hombre.  No se debe por ello condenar de modo genérico la globalización. Interesa destacar, sin embargo, la lógica de una cultura que está en condiciones de reconfigurar la sicología y la tipología humana.

 Este es el escenario de la misión de la Iglesia, en una época precisamente en la que ha ido experimentando su distancia respecto a la cultura tradicional en la que se apoyaba.

Asistimos hoy a ciertas tentaciones que acechan a la cultura cristiana:

a) la tentación de la secularización, e. d. la reducción de lo espiritual a lo cultural: se admira una obra de arte rechazando el mensaje del que es vehículo (Las Edades del Hombre).

b) la tentación de la privatización de lo espiritual, privado de toda referencia a la Iglesia. El retorno de lo religioso no es necesariamente un retorno a la Iglesia, sino la difusión de nuevas formas de religiosidad centradas en el propio yo. Cultura narcisista (New Age). El cardenal Poupard ha dicho: “cuando no se cree en Dios, se cree en todo lo demás”.

c) la tentación del rechazo de la historia, prescindir del pasado, olvidando sus raíces. La juventud se entusiasma por un futuro que no tiene pasado (Proverbio togolés: cuando la mamá termina de lavar al bebé no tira el bebé junto con el agua sucia).

d) la tentación del ya no existen verdades universales, porque "ya no hay más verdad que la científicamente verificable". Lo que campea es el escepticismo, que dice "a cada uno su verdad". La virtud suprema es la tolerancia, que lo permite todo y lo tolera todo, menos la pretensión de lo absoluto. La misma fe es tolerada como un simple opinión o forma de pensar.

 

2. Toma de conciencia eclesial

Para el encuentro entre evangelio y cultura hoy es tiempo de misión. 

a.- En 1975 Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi, en el cap. II, afirma: "La ruptura entre evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo" (n. 20). En el n. 19 apunta más allá de una comprensión estrictamente geográfica: "Para la Iglesia no se trata solamente de predicar el evangelio en zonas geográficas cada vez más vastas o poblaciones cada vez más numerosas, sino de alcanzar y de transformar con la fuerza del evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación". Ciertamente, la cultura en toda su amplitud debe ser tenida en cuenta de modo prioritario cuando se habla de evangelización universal.

b.- En 1990 publicó Juan Pablo lI la encíclica Redemptoris Missio. En dos lugares repite una afirmación que resulta más que sorprendente tras dos milenios de acción misionera: "Una mirada global a la humanidad demuestra que esta misión se halla todavía en los comienzos" (n.1). Esta constatación es no sólo el pórtico sino la clave de lectura de la RM. Más adelante repite la misma constatación: "Los confines de la tierra a Ios que debe llegar el Evangelio se alejan cada vez más...la misión ad Gentes está todavía en los comienzos" (n. 40).

 Si se conjugan el aspecto geográfico y el antropológico podemos comprender la interpelación que procede de la RM. La misión se encuentra en sus comienzos desde un doble punto de vista: a) desde el punto de vista cuantitativo porque el número de no-cristianos sigue aumentando incluso en porcentaje, por lo que hay que señalar a Asia y África como destinos prioritarios de la acción misionera; b) desde el punto de vista cualitativo porque señala la existencia de fenómenos culturales y de areópagos modernos que van desarrollándose y creciendo en importancia y en influencia pero que carecen del fermento evangélico.

c.- En Novo Millennio IneunteJuan Pablo II introduce otro elemento que apunta en la dirección que tratamos de señalar: "Ha pasado ya, incluso en los países de antigua evangelización, la situación de una 'sociedad cristiana', la cual, aún con las múltiples debilidades humanas, se basaba explícitamente en los valores evangélicos. Hoy se ha de afrontar con valentía una situación que cada vez es más variada y comprometida, en el contexto de la globalización y de la nueva y cambiante situación de pueblos y culturas que la caracteriza" (n. 40). El modo de afrontar el nuevo contexto evangelizador es denominado en dos ocasiones como "acción misionera" (nn. 40 y 41).

-  ¿ Cuál es y cuál ha sido la relación de la Iglesia con la cultura?

Podríamos señalar como tres fuentes o cauces de la cultura de la Iglesia:

a) Una es la Biblia. Las traducciones de la Biblia han formado el lenguaje de la Iglesia: los Setenta (del hebreo al griego), la Vulgata (al latín), la Biblia de Lutero, la Políglota, etc

b) Una segunda fuente es la Liturgiay todas las artes relacionadas con ella, como la arquitectura, la música, la pintura. Las obras creadas por y para la Iglesia forman parte de su patrimonio, y también del de las naciones y de la humanidad.

c) La tercera fuente de la cultura de la Iglesia es la catequesis y la predicación.

 

3. La historia, fuente de inspiración y de esperanza

Observando el momento presente, puede producirse entre los cristianos una sensación de desbordamiento por la desmesura de los desafíos y por la incertidumbre de la encrucijada. La historia de la Iglesia deja ver, sin embargo, la existencia de encrucijadas análogas que han sido transitadas con éxito. De ahí la confianza y autoestima en la tarea evangelizadora de hoy.

a.- En primer lugar, de la Primitiva Iglesia, se puede señalar la opción evangelizadora de san Pablo, que optó conscientemente por una presencia en las grandes metrópolis, donde se estaba incubando el trasiego de ideas y de experiencias. Por eso supo captar el significado de la lengua común y de las vías de comunicación. 

Es muy significativa la actitud adoptada por los (llamados) Padres Apologistas en el siglo II. Encarnan una experiencia novedosa en la historia de la Iglesia. Ésta empezaba a desplegarse en el seno de una cultura dominante. Era, como la nuestra, una cultura dominadora, pero en crisis de fundamentos que trataba de compensar por medio de un sincretismo que aportara sentido y esperanza. Aquella cultura se mostraba indiferente ante el hecho cristiano, que no pasaba de ser algo irrelevante. y sin embargo algunos cristianos se dirigen a la opinión pública y a los poderosos de la época para defender la fe cristiana de difamaciones y de sospechas y para ofrecer una propuesta alternativa. Lo decisivo sin embargo conservaba todo su valor: la voluntad de hacerse presentes con la conciencia y la responsabilidad de asumir la problemática de la época desde el ardor de una fe hondamente experimentada. Este esfuerzo iba acompañado por el testimonio concreto de las comunidades cristianas y de los mártires. 

b.- Un segundo momento lo constituye el declive del Imperio Romano, acentuado por la irrupción de pueblos (llamados "bárbaros"), portadores de una cultura claramente distinta de la del mundo greco-romano. Este encuentro de dos mundos pudo dar origen a una civilización distinta (el mundo medieval) gracias a la acción de la Iglesia, que facilitó la fusión entre la herencia del pasado y las aportaciones de los recién llegados. El esfuerzo incansable de tantos monjes y obispos itinerantes, que fueron cristianizando las diversas regiones de una Europa es testimonio de un tipo de evangelización que crea cultura desde la cultura de los destinatarios y desde las concretas circunstancias históricas.

c.- En la misma línea puede entenderse la propuesta misionera en los inicios de la edad moderna (s.XVI). Dentro de incertidumbres y de perplejidades ante lo desconocido, con las consiguientes dificultades para dominar las circunstancias o para planificar los procesos, en el seno por tanto de las ambigüedades históricas, la acción misionera se convirtió en generadora de cultura, en protagonista de una nueva civilización, de un mundo nuevo.

Así, la historia es fuente de inspiración y de esperanza para la tarea del presente.

 

4.- La misión ad gentes en el ámbito de la cultura.

 En la actual encrucijada la idea de la evangelización de la cultura debe ser vivida como ocasión de gracia que debe penetrar la autoconciencia eclesial y la proyección pastoral. Es necesario que la pastoral sea pensada y articulada desde la misión y para la misión. 

Ello lleva consigo poner en primer plano la razón de ser de la Iglesia: Esto resulta necesario para que quede clara la originalidad de la aportación cristiana en los actuales procesos de globalización. Estas perspectivas deben formar parte de la catequesis y de la predicación a fin de que los cristianos se reencuentren con gozo en el actual estado de misión. Esto permitirá valorar de un modo más genuino aquello que los cristianos aportan al mundo.

 Para ello la Iglesia actual cuenta con un recurso también único e incomparable: es, en virtud de la historia misionera, una Iglesia mundial, globalizada, presente en los cinco continentes. La Iglesia cuenta por ello con una experiencia de "globalización" y que por ello está en condiciones de superar las divisiones entre los seres humanos creando auténticos espacios de fraternidad y de comunión. Pentecostés no es simplemente un acontecimiento del pasado, sino una experiencia de vida capaz de inspirar y regenerar una civilización. 

 Apoyándonos en la verdadrevelada y en la verdad que procede de la misma razón, el testimonio cristiano exige defender fundamentalmente estas dos convicciones:

1.- La existencia de un Dios personal capaz de establecer una relación con los hombres. La experiencia del Dios vivo y personal, frente a la increencia y frente al paganismo sincretista, se convertirá cada vez más en el anuncio inicial y primero que la Iglesia levanta frente a una civilización que aspira a encontrar la salvación en las posibilidades mundanas.

2.- Consiguientemente la dignidad de la persona humana, como imagen de Dios y redimida por Cristo. La defensa de la persona se ha de manifestar de modo más profético respecto a los más débiles y necesitados. La globalización de la solidaridad puede ser otro camino para dar origen a instituciones que generen cultura universal.

 Todo ello debe ir acompañado por la vida concreta de las comunidades eclesiales,   sintiéndose responsables del destino del mundo, actuando localmente pero con perspectiva universal. Deben alentar y potenciar las iniciativas de quienes actúan allí donde se toman las decisiones, en los organismos internacionales. A la vez deben sentir la necesidad de generar asociaciones o movimientos especializados de cristianos que posean el carisma de evangelizar los nuevos areópagos.

Conclusión

La cultura cristiana es un cultura del amor y de la vida, una cultura de la paz y del diálogo. Esta cultura cristiana es una cultura para el hombre, mientras que una cultura sin Dios es una cultura contra el hombre. El hombre pueda organizar la tierra sin Dios, pero, a fin de cuentas, no puede organizar más que lo que destruye al hombre. El humanismo excluyente de Dios es un humanismo inhumano. La cultura verdaderamente humana restablece al hombre en su integridad. Dios no es un rival de la felicidad del hombre sino su cómplice.

 

V.- EL ÁMBITO SOCIAL DE LA MISIÓN AD GENTES

A.-  POBREZA Y MARGINACIÓN

Nos acercamos a este tema con ojos de fe y corazón lleno de amor. Los pobres y marginados no lo son por simple capricho, quieren salir de esa situación y por eso emigran a las grandes ciudades o a los países desarrollados. La pobreza y la marginación han existido siempre. La novedad está en que en un mundo tan rico como el nuestro, exista una pobreza tan masiva y una marginación que afecta a casi media humanidad. Sólo unos ejemplos:

- Si África continúa al ritmo de hoy, tendrá que esperar al siglo XXII para acceder a una enseñanza y a una salud para todos, o para reducir a la mitad su pobreza extrema, etc.

- Dos de cada seis personas en el mundo tienen que vivir con menos de 2 dólares al día,( son "Ios sobrantes).

- 500.000 mujeres mueren al año durante el embarazo o el parto.

- 40 millones de enfermos de SIDA, de los que 3 millones mueren al año, etc.

- No hay dinero para el desarrollo, pero sí para el armamento, la droga, etc.

- La Unión Europea da una subvención de 913 dólares por vaca y año. pero sólo ayuda con 8 dólares por persona y año al África subsahariana.  

 

1.  ¿ Cómo anunciar a Cristo en esas situaciones?

Ante esta situación de exclusión masiva, la Iglesia toma conciencia de su deber misionero en una doble experiencia: de su encuentro con Cristo, y de su experiencia de la humanidad. ¿No es también la Iglesia experta en humanidad?

Jesús vino a establecer el Reino de Dios, que comporta una fraternidad sin fronteras. Dios es Padre de todos y no excluye a nadie. La pobreza y la miseria no son queridas por Dios. Dios ha creado la tierra y la ha puesto en manos de los hombres, de todos, para beneficio de todos. Ha creado al hombre libre y responsable de su obra. El fallo está en el uso y abuso de esa libertad. El amor universal de Dios sólo encuentra las barreras y las resistencias que le oponen los hombres: egoísmo, codicia, orgullo, injusticia y violencia. La pobreza y la marginación son obra humana.

El ámbito social de la misión se entronca en la universalidad de la misión de la Iglesia, ya que es una expresión del amor universal de Dios para todos los hombres. Es aquí donde la misión de la Iglesia se realiza de la manera más genuina, derribando las barreras de la exclusión. La paternidad universal de Dios va mucho más allá de la solidaridad humana. La hermandad cristiana se apoya en la conciencia de participar de la misma vida de Dios que Jesús quiere que tengamos en abundancia.

Es misión urgente de la Iglesia, en primer lugar, hacer tomar conciencia a los cristianos, y por su medio a toda la sociedad, de la necesidad de cambiar este orden de exclusión que por intereses creados, por codicia y egoísmo, excluye a millones de personas de su derecho a una vida digna.

La Iglesia debe, en segundo lugar, despertar la conciencia de la comunidad internacional y de cada persona en particular.La Iglesia debe comprometerse en denunciar las causas de estas situaciones de empobrecimiento y marginación. Debe llamar la atención, sensibilizar, ejercer su función profética denunciando las injusticias y los egoísmos escondidos tantas veces bajo capa de "buenas intenciones".

La pobreza y la marginación no son un absoluto inevitable. Asistimos a un genocidio silencioso diario, 100.000 personas mueren de hambre diariamente. Pero el mundo nunca ha sido tan rico como hoy, ni ha tenido tantas posibilidades de producir alimentos.

Cuando el cristiano se compromete en favor del hombre desde su fe, está ya anunciando a Cristo y su Evangelio. El anuncio del Reino, hecho de palabra o con el testimonio de la vida, es un fluir gozoso del amor que viene de Dios y del que es el portador para sus hermanos. "Me amó y se entregó por mí", experimenta San Pablo y esto lo anima a ofrecer dicho amor a los demás, sin imposiciones ni exigencias, dando gratis lo que ha recibido gratis. Con los pobres y marginados, nuestro anuncio se hace más con la cercanía y la solidaridad que con la palabra. Por eso nuestro anuncio es con frecuencia silencioso, respetuoso, pero esperanzado y esperanzador. Y aunque silencioso, siempre es sorprendente, pues va contra corriente, haciendo lo que nadie hace, proclamando con su entrega y su servicio los valores evangélicos a los que muy pocos están acostumbrados. "Que los pobres se sientan en cada comunidad cristiana como en su casa", decía Juan Pablo II.

En esta sociedad occidental, en la que el hecho religioso está tan devaluado, podemos sentir la tentación de ocultar nuestras verdaderas motivaciones de fe, por miedo a parecer fundamentalistas o retrógrados. Este es el peligro que acecha a muchas ONGs de origen cristiano. No tenemos por qué avergonzarnos de nuestra fe. Siendo respetuosos con todos, no podemos caer en la tentación de ocultar que nuestro compromiso brota de la fe en un Dios que se ha hecho hermano de todos. De lo contrario, no seríamos sal de la tierra y luz del mundo.

 

2.  Misión de reconciliación

La misión de la Iglesia en el ámbito social no se agota en el empeño por superar la pobreza y la exclusión. Es también su misión reconciliar a los seres humanos enfrentados por lograr intereses contrapuestos, que conducen a estructuras de injusticia, que humillan y provocan odios, que a su vez provocan rebeldía y violencia. En nuestra sociedad se están dando signos evidentes de rebelión y violencia por parte de los pobres y humillados.

Lo que comienza como movimiento migratorio en búsqueda de mejores condiciones de vida, se convierte en una auténtica rebelión. Los inmigrantes sin papeles seguirán en aumento. Al no poder trabajar tendrán que buscarse los medios de subsistencia a la desesperada, con el riesgo de que aumente la delincuencia, la violencia y la inseguridad. Todo esto va provocando un rechazo creciente -xenofobia-, por parte de la población local. Sabiéndose rechazados, los inmigrantes se mantienen en guetos, haciendo prácticamente imposible la convivencia.

Esta rebelión, aunque de distinto signo, reviste múltiples formas, como son los movimientos antiglobalización, la proliferación de las mafias, el crimen organizado, los fundamentalismos y el terrorismo.

En estas circunstancias que engendran odio y violencia es misión de la Iglesia promover la reconciliación, denunciando las raíces de la injusticia y de la arrogancia que crean rechazo y rebeldía. La doctrina de la Iglesia establece con claridad que los bienes creados son para todos y que todo ser humano tiene el derecho a una vida digna. Igualmente que todo ser humano tiene derecho a "emigrar a la nación donde espera que podrá atender mejor a sí mismo y a su familia" (Pacem in terris, 106). A este derecho de emigrar corresponde un deber de acogida.

Hoy estos pobres, hambrientos y excluidos, verdaderos iconos del Crucificado, llaman a las puertas de la Iglesia para que reconozca y denuncie el pecado de un sistema injusto que causa tanta exclusión y marginación. La Iglesia es su esperanza.

¿Seremos capaces de dirigir nuestros ojos y nuestro corazón hacia estos pobres? ¿Dejaremos de ayudarles y de mostrarles el amor que Dios les tiene también a ellos, por ser Padre de todos?

 

B.-   LAS MIGRACIONES, RETO A LA MISIÓN DE LA IGLESIA HOY

1. Una problemática compleja: causas y consecuencias

Dice la RM 37: "Entre los grandes cambios del mundo contemporáneo, las migraciones han producido un fenómeno nuevo: los no cristianos llegan en gran número a los países de antigua cristiandad, creando nuevas ocasiones de comunicación e intercambios culturales, lo cual exige a la iglesia la acogida, el diálogo, la ayuda y, en una palabra, la fraternidad. .." 

Ya no se puede seguir ignorando al extranjero, porque está llamando a nuestras puertas, a las puertas de la Iglesia, locual abre nuevos caminos para la evangelización. Es la misión que viene a nosotros.

Las migraciones se han convertido en un fenómeno global en el mundo actual. Se ven alimentadas por graves conflictos bélicos y por la concentración de la riqueza y medios de producción en determinadas áreas, que crea expectativas de mejor empleo, oportunidades de educación y promoción, posibilidades de gozar de mejores servicios. También se deben a las graves crisis demográficas por las que atraviesan las sociedades más ricas. Interpelan a la sociedad, en general, pero especialmente a la comunidad cristiana.

El inmigrante, como persona, no es un mero instrumento a nuestro servicio. Ha venido no sólo porque tiene necesidad, sino también porque nosotros lo necesitamos. Con frecuencia, es visto como un simple «recurso humano» para nuestro beneficio, del que nos aprovechamos sin muchos miramientos, minusvalorando su contribución innegable a nuestro bienestar, y no apreciando suficientemente sus raíces familiares, culturales y religiosas. El también es persona con una vocación y un proyecto de vida que tiene el derecho y el deber de desarrollar.  

Su llegada se ve como mano de obra barata, luego se le identifica con la inseguridad ciudadana. Más tarde vienen las dificultades de la pluralidad cultural y religiosa, de las situaciones de paro y de la precariedad laboral. Dificultades a las que se unen la carestía de la vivienda, el puesto escolar y la saturación de los servicios sanitarios. La emigración irregular, va tomando características de emergencia social. Mano de obra que abarata los costos.

Este éxodo de grandes masas tiene como consecuencia la mezcla de tradiciones, credos y costumbres diferentes. Plantea desafíos culturales, éticos y religiosos que la Iglesia puede y ha de afrontar con esperanza. Fiel a su misión, la Iglesia no deja de dirigirse a los hombres de todos los pueblos y culturas, para anunciarles la buena noticia de la salvación. Nadie queda excluido del Reino. La misión de la Iglesia consiste en hacer posible, a todo ser humano, sin diferencias de raza, credo o cultura, el encuentro con Cristo. Está llamada a prestar la debida atención al emigrante para su integración social y eclesial,  respetando su derecho al ejercicio de la libertad.

La vocación misionera de la Iglesia exige de ésta que, en el Espíritu de Pentecostés, salga al encuentro de todo hombre, para hacer de él un hermano, para que tome conciencia de ser amado del Padre, para que descubra la llamada a ser miembro del Cuerpo de Cristo. 

 Más aún, todos los hombres de buena voluntad están invitados a dar un firme testimonio de fraternidad en este mundo globalizado, a reflexionar, sobre el diálogo entre las diferentes culturas y tradiciones de los pueblos, indicando así el camino para la construcción de un mundo reconciliado. Las diferencias culturales se han de ver desde la perspectiva fundamental de la unidad del género humano, basada en el proyecto de Dios sobre el hombre.

 Los emigrantes necesitan a Dios, al que muchos lo buscan con sincero corazón.  También a ellos se ha de ofrecer una presencia que, acompañándolos y escuchándolos, haga resonar la palabra de Dios, haga vibrar de esperanza su corazón y los guíe al encuentro con Cristo. El camino misionero de la Iglesia consiste en salir al encuentro de los hombres de toda raza, lengua y nación con simpatía y amor, compartiendo su situación con espíritu evangélico, para que se alimenten del pan de la verdad y de la caridad.

Sin embargo, una mirada global sobre el mundo inmigrante en su conjunto nos revela que la misión de Cristo Redentor, confiada a la Iglesia, está aún lejos de cumplirse. Se halla todavía en ciernes y en ella debemos comprometernos con todas nuestras energías. Esta situación pastoral nos recuerda, a la vez, que la renovación de nuestra propia fe y  vida cristiana pasa también por la evangelización del hombre y la mujer inmigrantes; que el anuncio de Jesucristo constituye el primer acto de caridad, más allá de cualquier gesto de generosa solidaridad; que la Redención llevada a cabo por medio de la cruz ha vuelto a dar definitivamente al hombre la dignidad y el sentido de su existencia en el mundo. 

2.  Una sola misión ante un marco religioso, complejo y cambiante

Aunque la Iglesia reconoce con gusto cuanto hay de verdadero y de santo en las otras tradiciones religiosas -reflejos de aquella verdad que ilumina a todos los hombres-, sigue en pie su deber y su determinación de proclamar sin titubeos a Jesucristo, que es «el camino, la verdad y la vida».

  A la Iglesia se le exige acogida, diálogo, ayuda, en una palabra, fraternidad. Migraciones y fenómeno urbano, por otra parte, están creando constantemente un marco religioso, complejo y cambiante. Nos encontramos con áreas de antigua cristiandad, que es necesario reevangelizar. Tanto es así que algunos se preguntan si aún se puede hablar de actividad misionera especifica o de ámbitos precisos de la misma, o más bien se debe admitir que existe una situación misionera única, no habiendo en consecuencia más que una sola misión, igual por todas partes.

Hay que precaverse, sin embargo, contra el riesgo de igualar situaciones muy distintas y de reducir, si no hacer desaparecer, la misión y los misioneros ad gentes. Afirmar que toda la Iglesia es misionera no excluye que haya una específica misión ad gentes; al igual que decir que todos los católicos deben ser misioneros, no excluye que haya misionero ad gentes y de por vida, por vocación específica.

En efecto, los flujos migratorios han introducido o aumentado en nuestra sociedad la presencia de cristianos católicos, con manifestaciones culturales diferentes, cristianos católicos con ritos distintos al nuestro, hermanos separados ortodoxos, protestantes, musulmanes y otras confesiones religiosas, y no creyentes.

Hombres y mujeres, que se encuentran en una encrucijada de credos y culturas. Su convivencia sólo será posible si, entre los miembros de las diferentes regiones, caen las barreras de la desconfianza, de los prejuicios y de los miedos que por desgracia, aún existen.

  En ese nuevo marco, los cristianos católicos venidos de lejos reclaman de nosotros la atención necesaria para poder vivir y celebrar su fe, profundizarla, personalizarla y dar testimonio de ella. Se precisa una pastoral estable, personalizada y comunitaria, capaz de ayudarles hasta su inserción en la Iglesia local, pero valorando siempre sus manifestaciones culturales.

La presencia de cristianos que no viven unidos a nosotros en la plenitud de la comunión es una ocasión providencial para un mejor conocimiento mutuo y para un diálogo fecundo que allane el camino hacia la comunión plena. (Gaudium et Spes 92).

Por último, la presencia de inmigrantes no cristianos en los países de antigua tradición cristiana representa un desafío para las comunidades eclesiales. «Es un fenómeno que fomenta en la Iglesia la caridad. En cada país son necesarios el diálogo y la tolerancia recíproca entre cuantos profesan la religión de la mayoría y que pertenecen a las minorías, constituidas frecuentemente por inmigrantes que siguen religiones diversas» (J. P. II, 2001).

«El diálogo es el camino real que hay que recorrer, y por esta senda la Iglesia invita a caminar para pasar de la desconfianza al respeto, del rechazo a la acogida. Forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia. Entendido como método y medio para un conocimiento y enriquecimiento recíproco, no está en contraposición con la misión ad gentes, es más, tiene vínculos especiales con ella y es una de sus expresiones» (Ib.).

El diálogo no nace de una táctica o de un interés, sino que es una actividad exigida por el profundo respeto hacia todo lo que en el hombre ha obrado el Espíritu, que «sopla donde quiere». Con ello la Iglesia trata de descubrir las «semillas de la Palabra» el destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres, semillas y destellos que se encuentran en las personas y en las tradiciones religiosas de la humanidad. 

«De aquí deriva el espíritu que debe animar este diálogo en el ámbito de la misión. El interlocutor debe ser coherente con las propias tradiciones y convicciones religiosas y abierto para comprender las del otro, sin disimular o cerrarse, sino con una actitud de verdad, humildad y lealtad, sabiendo que el diálogo puede enriquecer a cada uno. No debe darse ningún tipo de abdicación, sino el testimonio recíproco para un progreso común en el camino de búsqueda y experiencia religiosa y, al mismo tiempo, para superar prejuicios, intolerancias y malentendidos. El diálogo tiende a la purificación y conversión interior que, si se alcanza con docilidad al Espíritu, será espiritualmente fructífero».

 

3. Compartir el don de la fe en el Dios del amor

«Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado, lo que hemos tocado con nuestras manos, acerca de la palabra de la vida, pues la vida se ha manifestado, la hemos visto, damos testimonio de ella y os anunciamos la vida eterna, que estaba junto al Padre y se nos ha manifestado, eso que hemos visto y oído, os lo anunciamos para que estéis unidos con nosotros, como lo estamos nosotros con el Padre y con su Hijo Jesucristo, os escribimos tofo esto para que nuestra alegría sea completa»

Habrá que buscar ocasiones oportunas para compartir con quienes son acogidos el don de la revelación del Dios Amor, «que tanto amó al mundo, que dio a su Hijo». A pesar de las difíciles condiciones de vida, no debe faltarles a los inmigrantes y a sus familias el cuidado pastoral ordinario, el anuncio de Jesucristo, la luz y el apoyo del Evangelio.

Los inmigrantes han sufrido un profundo cambio cultural con el desplazamiento geográfico y con la transferencia de un mundo rural a un mundo urbano y del sector agrícola y ganadero al sector industrial y de servicios. Las migraciones conforman una situación de encrucijada de credos y culturas. 

Es nuestro deber misionero ayudar a que la fe no se quede en un simple recuerdo para el inmigrante. Necesita imperiosamente cultivarla para que con su luz esté en condiciones de leer su nueva vida. El compromiso de la comunidad cristiana con los inmigrantes no puede reducirse a meros servicios sociales, por muy generosos y necesarios que sean, sino que ha de incluir la respuesta desde el Evangelio a todas las cuestiones que encierra la condición del inmigrante, y del modo como se plantean en la hora actual. Es más, a la Iglesia en su relación con el inmigrante ha de importarle el ofrecerle el servicio eminentemente evangelizador del encuentro con Cristo, como a todo ser humano, sin diferencias de cultura o de raza. 

Más necesaria aún, si cabe, es la atención pastoral a la familia inmigrante. Su situación es a menudo paradójica: las parejas se ven forzadas a una separación que hace aún más traumática la experiencia migratoria; los hijos se ven separados de sus padres y  educados a la vera de personas ancianas, no siempre capaces de ayudarles a proyectarse hacia el futuro. De este modo, la familia, cuya misión consiste en transmitir los valores de la vida y del amor, encuentra difícil, en la emigración, vivir esta vocación.

La fe aporta una luz y una fuerza que exalta y desarrolla los valores inherentes a la institución familiar, definida por el Vaticano II "Iglesia doméstica", y que hace ver cómo las exigencias de vida, que de ellos se desprenden, responden a las profundas exigencias que el Creador ha puesto en el corazón del hombre y de la mujer.

Por otra parte, los jóvenes emigrantes, reagrupados por su padres o nacidos aquí, atraviesan por una difícil situación intercultural. Frecuentemente no se reconocen a sí mismos ni en nuestra sociedad, ni en nuestras escuelas. El resultado es un sufrimiento más doloroso que el que padecen los adultos, y que se hace especialmente hiriente en el ámbito escolar.

«Hay que dirigir, pues, la atención misionera hacia aquellas áreas geográficas y aquellos ambientes culturales que han quedado fuera del influjo evangélico. Todos los creyentes en Cristo deben sentir como parte integrante de su fe la solicitud apostólica de transmitir a otros su alegría y su luz. Esta solicitud debe convertirse, por así decirlo, en hambre y sed de dar a conocer al Señor, cuando se mira abiertamente hacia los inmensos horizontes del mundo no cristiano» (RM 40).

 

Conclusión

La missio ad gentes se realizará más fácilmente, si la pastoral de los inmigrantes sabe valorar la aportación de las diversas comunidades, evitando el peligro de llevar a cabo una pastoral marginada para marginados.

IV Jornadas de Formación para empleados y voluntarios, madrid, enero 2007