Ante los 50 años de la Fidei Donum


José Antonio Izco, IEME

 

 

El Domingo de Pascua,  21 de Abril de 1957, firmaba el Papa Pío XII, un año antes de su muerte, la Encíclica “Fidei Donum”, su segunda Encíclica dedicada a las misiones (La primera había sido la “Evangelii Praecones” de 1951) y que será considerada como el “testamento misionero” de Pío XII. Pronto, pues, se cumplirán 50 años de su publicación. Por la repercusión que entonces tuvo y por las iniciativas que suscitó, bien vale la pena releerla y dejarnos cuestionar por las mismas o parecidas preguntas desde un contexto tan distinto como el nuestro.

 

1.- RECORDANDO LA ENCÍCLICA “FIDEI DONUM”         

  

         El don de la fe nos exige una gratitud incesante (n.1-2). Y ¿qué mejor manera de agradecerla que el empeñarnos en difundirla? Os exhorto a un mayor espíritu misionero a tantos campos que piden con urgencia falanges de misioneros. Pero hoy miremos especialmente a África en esta encrucijada crítica de su historia. 

          Veamos ante todo la situación de la Iglesia en África (n.3-9). Nos llena de orgullo su expansión en los últimos decenios. La hemos favorecido con toda nuestra fuerza, para conseguir el fin propio de la labor misionera: implantar sólida y definitivamente la Iglesia en nuevos pueblos. Enhorabuena a tantos que trabajaron en esa labor. Pero viendo lo que queda por hacer, se nos estremece el corazón y se nos llena de angustia. 

          Es difícil la labor misionera hoy en África, en medio de su fermentación socio-política acelerada. La Iglesia, experta en historia, invita y aconseja a la comprensión y colaboración constructiva. Pero el materialismo ateo aprovecha para difundir su virus y el Islam arrastra seguidores por caminos que no son los del único Salvador. Y quedan casi 85 millones de africanos con creencias paganas. ¡Corramos en ayuda de los misioneros! Cualquier retraso por nuestra parte entrañaría peligrosas consecuencias. 

          Son muy escasos los medios con que cuenta la Iglesia en África. En las misiones recientes, apenas hay clero nativo, abundan los catecúmenos, hay que formar a los fieles y los misioneros no pueden llegar a todo. Y en las misiones más antiguas, faltan sacerdotes para centros de enseñanza, organismos de acción social, prensa, Acción Católica, etc. Labor inmensa que requiere especialistas y muchos más medios. Cuanto más progresan las misiones, más apóstoles van necesitando. Sólo dentro de muchos años podrá el clero nativo tomar plenamente en sus manos la dirección de las Diócesis. 

          Es necesario el concurso de toda la Iglesia (n.10-12). Los problemas de la Iglesia en África ya no son periféricos: repercuten en todo el Cuerpo Místico. Toda la Iglesia tiene, pues, que responder. Y ante todo, los obispos, miembros principales de ese Cuerpo, especialmente vinculados al Papa, representante de Cristo, y, por su calidad de sucesores de los Apóstoles, solidariamente responsables de la misión universal de la Iglesia. Y todos los cristianos deben responder: el espíritu católico y el espíritu misional son lo mismo. Un cristiano no es eclesial si no es católico, misionero, abierto a la universalidad. Nada, pues, de aislamientos ni divisiones ni encerramientos ni egoísmos colectivos. 

          Tres invitaciones hace a sus fieles la Iglesia: oración, recursos materiales y vocaciones misioneras (n.13-18). Oración más insistente y fervorosa, espoleada por una buena información y doctrina y entroncada en la liturgia; muchas más ayudas económicas para obras, Seminarios (¿o habremos de cerrar las puertas?), sacrificando para ello gastos superfluos, dando de lo que sobra y hasta de lo necesario; y vocaciones misioneras: que los obispos las favorezcáis y ese soplo misionero será la medida de la vitalidad de vuestras Diócesis: ¡sed generosos! 

          En este tema de las vocaciones misioneras no bastan esfuerzos aislados: cuidad, pues, las organizaciones nacionales; coordinad los esfuerzos de las Obras Misionales Pontificias; conciliad los intereses de unos y otros con visión de fe; atended también a los estudiantes asiáticos y africanos que viven en vuestras Diócesis; autorizad a algunos sacerdotes diocesanos que quieran ir a misiones aunque sea por un tiempo limitado; y favoreced el envío de misioneros seglares que pueden ofrecer una larga experiencia de acción y de diversas formas de apostolado. 

          Para concluir (n.19), aunque hemos hablado de África, nuestra mirada va a todo el  mundo: toda la Iglesia está con vosotros, Obispos y misioneros de todas las misiones; perseverad unidos a toda la Iglesia y sabed que vuestra lucha es la de todos nosotros.

 

2.- NOVEDADES DE LA ENCÍCLICA MÁS DESTACADAS EN SU TIEMPO 

          Muchos misionólogos saludaron a la “Fidei Donum” como Encíclica de importancia excepcional y la hicieron tema de Congresos y comentarios estudiosos. Y pronto hubo obispos y episcopados que se aprestaron a fomentar vocaciones misioneras y hasta enviaron a misiones no pocos sacerdotes diocesanos. Los puntos de la Encíclica que los comentaristas presentan como más novedosos giran en torno a unos seis o siete temas. 

          A quienes, con visión estrecha, vaticinaban el próximo fin de las misiones católicas una vez que se había llegado a implantar una Iglesia nueva con clero nativo, respondía el Papa que quedaba por hacer una inmensa tarea misionera hasta el establecimiento “sólido y definitivo” de la Iglesia recién plantada.  

          Junto a la oportunidad de la urgente alarma pontificia ante la situación de África, resaltan también los comentaristas el hecho, subrayado por el Papa, de que el mismo éxito de las misiones esté exigiendo más personal venido de fuera, porque crece el rebaño y crecen sus necesidades más que los pastores.

          En cuanto a las formas de ayuda que propone la Encíclica, destaca como novedosa la de animar el envío de sacerdotes diocesanos no sólo a través de organismos nacionales encargados de reclutarlos y prepararlos sino también autorizando a los posibles voluntarios a ir a las misiones, siquiera para un tiempo y, especialmente, para ciertas tareas de suplencia.

          Destaca también como novedad la preocupación del Papa por los emigrantes africanos y asiáticos llegados a Europa para estudios superiores y cuya fe corre serios peligros, mientras que su formación cristiana traería grandes beneficios.

          Destacan también algunos cómo esta Encíclica consagra definitivamente la modalidad de seglares misioneros y ven en ello un despertar del laicado cristiano, aunque necesite todavía formación y coordinación.

          Original aparece también el punto de partida señalado por el Papa como arranque del espíritu misionero: el agradecimiento a la fe recibida. Raramente solía aducirse este motivo.

          Y un punto que (aunque toda la Encíclica va directamente dirigida a los obispos) hará reflexionar desde ahora a los obispos y entrará de lleno en el Concilio: en su calidad de sucesores de los Apóstoles, los obispos son solidariamente responsables con el Papa de la misión universal de la Iglesia.

 

3.- UNA VISIÓN NUEVA DESDE EL CONCILIO VATICANO II 

 

          Dos años y medio después de la “Fidei Donum”, publicó también Juan XXIII una Encíclica misionera, la “Princeps Pastorum” (28 de Nov. de 1959). Sólo un escaso tiempo las separa, pero leídas ambas  50 años después, se observan ya algunas diferencias de lenguaje y de sensibilidad en el acercamiento a los temas. 

          Donde Pío XII mostraba angustia hasta estremecérsele el corazón ante las masas inmensas de gentes alejadas de la verdadera fe y convocaba a una gran lucha para llevarles la luz del cristianismo y el progreso de la civilización cristiana, Juan XXIII habla a cada paso de “hacer brillar por doquier la verdad y la gracia del evangelio” (N.1), de difundir la verdad y la caridad de Cristo (n.12), de “ser testigo de la verdad en que uno cree y de la gracia que a uno le ha transformado” (n.16), de “colaborar en la propagación, dilatación e incremento del Reino de Dios” (n.19,25), de “extender el reinado de la fe” (n.25). La solicitud universal que tanta ansiedad causaba al Papa Pío XII tenía que ver también seguramente con una visión más bien pesimista del mundo pagano. Juan XXIII, al extender su mirada a las tierras de las misiones, es capaz de ver en ellas “regiones exuberantes de mies, ingentes multitudes que esperan la luz del Evangelio (n.6), regiones fecundadas por el sacrificio de tantos misioneros a las que dirige una palabra de “gran esperanza que no teme ser confundida” (n.3). Y no duda en afirmar que “la Iglesia está dispuesta a reconocer siempre, a acoger e incluso a sumar todo lo que sea honor de la inteligencia y del corazón humano en cualesquiera tierras del mundo”(n.12). (En honor a la verdad, también Pío XII había escrito en la “Evangelii Praecones”,n.58,60 y 61: “Que al abrazar el Evangelio no se destruya ni se extinga nada de cuanto bueno, honesto y hermoso posee cada uno de los pueblos según su propia índole y genio; la Iglesia no quiere cortar sino injertar...”). Y pone en cuarentena el énfasis en los datos estadísticos para dejar en claro que lo importante es que las personas cambien en profundidad (n.15).   

          Estábamos a las puertas del Concilio. Un Concilio que trajo a la Iglesia una conciencia nueva de su misión en el mundo a base de una visión amplia y profunda del origen y naturaleza de esa misión: el amor fontal del Padre, amor hecho comunión en el misterio de la Trinidad Santa, manifestado y realizado en el envío de Jesucristo por el Espíritu, cumpliendo un plan salvífico que abraza a todos los hombres y al que no es ajena la historia de todos los pueblos con sus culturas y religiones. Desde esta visión, y por ceñirnos únicamente al documento misionero del Concilio, el Decreto “Ad Gentes”, publicado el 7 de Diciembre de 1965, saltan a la vista, además de puntos centrales de convergencia, algunos contrastes con la Encíclica “Fidei Donum”

           Si en la “Fidei Donum”, dando por sabido que las misiones tratan de llevar la luz del Evangelio y extender el Reino de Dios, la preocupación constante gira alrededor de la Iglesia, de su implantación y expansión, los obstáculos que encuentra y la penuria de operarios y medios de que dispone, en el Decreto “Ad Gentes” el centro lo ocupa la meditación sobre el designio salvador de Dios desde el principio y, en ese designio, tienen su parte incluso las religiones de los hombres (iniciativas en busca de Dios que a veces pueden considerarse como “preparaciones evangélicas”) (n.3) y tiene también cabida lo que Dios realiza “por caminos conocidos sólo por Él” (n.7) en el secreto del corazón humano. El tono de angustiosa solicitud que contagiaba la Encíclica da paso a un clima de contemplación admirando los maravillosos caminos de Dios y sintiéndonos empujados a colaborar con confianza en sus designios. La Iglesia (nos dice “Ad Gentes” n.4), movida por el Espíritu de Pentecostés, habla en todas las lenguas, comprende y abraza amorosamente todas las lenguas...La misión de la Iglesia  ofrece el Evangelio a todos como fermento de fraternidad, de unidad y de paz (Cfr. n.8) y acoge “cuanto de verdad y gracia encuentra entre las naciones como por una casi secreta presencia de Dios...,para que no perezca nada de todo lo bueno sembrado en los corazones y en los ritos y en las culturas de los pueblos sino que sea sanado, elevado y consumado” (n.9).  

          Junto a esta nueva mirada a “los otros” (mirada que desarrollarán y matizarán otros textos conciliares), hay todo un vocabulario de una época que desaparece: “llevar a los pueblos los verdaderos valores de la civilización cristiana”, “llevarles el progreso de la civilización”, “religiones que arrastran a sus secuaces por un camino que no es el del único Salvador de todos”, “millones de gentes apegadas aún a sus creencias paganas”, “falsos pastores y enemigos del nombre de Dios que difunden virus de división, atizan pasiones o se dedican a seducir espíritus”, etc. 

         Otro gran desplazamiento se opera en torno al horizonte último al que apunta la misión de la Iglesia: la “Fidei Donum”, como otros documentos misionales anteriores, habla con naturalidad de “extender, propagar o dilatar el Reino de Dios”. Pero, sin duda, se está refiriendo a la implantación y expansión de la Iglesia, sin entrar en distinciones. El Concilio recoge ese mismo vocabulario (AG 1 y 42, etc), pero hace precisiones: la Iglesia no se identifica sin más con el Reino: es el germen y comienzo de ese Reino, lo espera y anhela (LG 5). 

          Tampoco la “Fidei Donum”, imbuida del deber de llevar a todos al camino de la salvación, entró a valorar la libertad sacrosanta de la conciencia, merecedora del respeto sincero de todo evangelizador que se acerque a ella. AG 13, en cambio, advierte que la conversión al Señor ha de ser siempre libre, sin que a nadie se le atraiga por medios inadecuados. 

          Por lo demás, y aparte las obvias coincidencias doctrinales, se advierten en los  documentos conciliares algunas deudas con respecto, sobre todo, a algunas iniciativas de cara a las misiones. Tal es el caso de la iniciativa relativa a los sacerdotes diocesanos recogida en AG 38 citando a “Fidei Donum”n.17.  También el tema de los misioneros seglares tratado en “Fidei Donum” n.18 quedará incluido y desarrollado en AG 41. Y por supuesto quedará recogida y enriquecida en los textos conciliares (AG 29, etc.) la responsabilidad solidaria que incumbe a todos los obispos en la actividad misionera de la Iglesia (FD n.11). 

 

4.- UNA RELECTURA DE LA “FIDEI DONUM” DESDE UNA COMPRENSIÓN ACTUAL DE LA MISIÓN

 

La acción misionera de la Iglesia y la reflexión sobre ella no se detienen. A los documentos conciliares han seguido dos grandes Encíclicas (“Evangelii Nuntiandi” en 1975 y “Redemptoris Missio” en 1990). Hubo también unos Sínodos Episcopales por Continentes en preparación del Año del Gran Jubileo, sin olvidar la Carta Apostólica “Novo Millennio Ineunte” (del 6 de Enero de 2001), las Asambleas del CELAM y de la FABC, tantos encuentros y viajes misioneros del Papa Juan Pablo II y tantos otros documentos. 

          Una relectura de la “Fidei Donum” desde nuestro contexto misionero de este año 2005  ¿qué puede aportarnos? Y si desde la comprensión que de la misión de la Iglesia tenía el Papa Pío XII fue capaz de suscitar y espolear iniciativas fecundas de animación del espíritu misionero y de cooperación a la obra misionera ¿qué iniciativas somos capaces de imaginar nosotros y poner en marcha en consonancia con nuestra comprensión de la misión de la Iglesia hoy? 

          Releer hoy la “Fidei Donum” se puede hacer desde contextos enormemente diversos. Me van a permitir que yo lo haga desde un punto minúsculo de la misión de Asia, una misión que he vivido sencilla y gozosamente durante los últimos 30 años. Leyendo, pues, desde esa experiencia, estas son las impresiones que me brotan al hilo de las consideraciones del Papa en el año 1957: 

          Nada más comenzar la lectura de la Encíclica, hay algo que a cualquier asiático le hace inclinar la cabeza: Hay que ser misionero por agradecimiento a la fe recibida. “Esa es la primera respuesta de nuestra gratitud para con Dios: comunicar a los hermanos la fe que nosotros hemos recibido” (FD n.1). Y otro sentimiento brota también de un lector asiático: conmueve escuchar a un anciano Papa tan empeñado en transmitirnos su preocupación por la salvación de todos, tan solícito en buscar remedios, tan decidido a pedirnos ayuda y cooperación...¡Algo grande tiene que andar en juego cuando al Papa se le ve tan angustiado en buscar soluciones! 

          ¡Cuánto misterio encierra el designio salvador de Dios! Cuando no conocemos con “simpatía” el corazón de los otros ni las creencias que les dan fuerza y vigor para ser compasivos, justos y serviciales, tendemos a minimizar la acción del Espíritu en ellos o ni siquiera la atisbamos. 

          Desde nuestros ojos asiáticos, hubiéramos deseado ver más explícito,  también en esta Encíclica, lo que para Pío XII y para todos nosotros constituye el gozo de nuestra fe y el regalo que los cristianos de Asia quieren hacer a todos sus compañeros de viaje: Cristo, su rostro cautivador, sus bienaventuranzas, su cruz llena de esperanza... 

          Como todos saben, la misión en Asia, tal como desde hace 30 años la vienen orientando sus obispos a través de la FABC, se articula en un triple diálogo con los pobres, con las culturas y con las religiones de sus hermanos asiáticos y va esbozando un estilo humilde, respetuoso, lleno de esperanza y apertura al Espíritu. Les mueve y les alienta en este camino algo que ya Pío XII atisbó en la “Evangelii Praecones” y que el Concilio lo puso en plena luz: la presencia y acción del Espíritu de Dios, desde siempre, en el corazón de cada persona y en su religión. Descubrir, acoger y hacer que se encuentren esas luces y gracias del Espíritu con las que el mismo Espíritu hace brillar en el rostro de Cristo es una misión a la que la Iglesia de Asia se dedica sin angustia, pero no sin el temblor de quien se siente instrumento débil de un misterio y un tesoro que le desbordan. 

          A esta “nueva” comprensión de la misión ¿qué iniciativas de cooperación corresponderían? Pío XII en la “Fidei Donum” apeló a la responsabilidad de todos los cristianos (por agradecimiento) y pidió oración, ayuda económica y vocaciones misioneras. Y en este campo de las vocaciones alentó iniciativas nuevas de sacerdotes y de seglares. Mandó también coordinar esfuerzos alrededor de las OO.MM.PP. y prestar especial atención a los emigrantes que venían a estudiar a Occidente. 

          El escenario, el contexto, la visión...han cambiado mucho en 50 años. ¿Qué iniciativas imaginar hoy para hacer más efectiva la siempre urgente y gozosa misión de la Iglesia? La respuesta me sobrepasa, pero recién transplantado de Asia a esta compleja Europa que parece alejarse de la Iglesia y del Evangelio, uno siente deseos de: ver cristianos que vivan su seguimiento de Cristo con agradecimiento y alegría, en paz, sin pesimismos ni condenas; formar a los cristianos en los auténticos motivos, objetivos, caminos y estilos de la misión cristiana, en la confianza de que esta misión es capaz de cautivar y apasionar hoy más que nunca; fomentar un estilo “cristiano” de misión, es decir, al estilo de Cristo, desde la humildad, el testimonio y el diálogo, sin rehuir la cruz; vivir un talante gozoso y esperanzado, deseando acoger y fortalecer todo lo que de bueno, justo y humano ha inspirado y sembrado el Espíritu en unos compañeros de viaje que no son enemigos sino hermanos y “cómplices”; no perderse en controversias accidentales sino presentar, de forma que se entienda, lo más nuclear cristiano y lo que más anhelan los que buscan: la buena noticia de Cristo y de su seguimiento. 

          ¿Dónde encontrar estos cristianos? ¿Cómo suscitarlos y acompañar su formación y su testimonio? En muchas programaciones y planes de las Delegaciones de Misiones, de Consejos diocesanos y parroquiales, etc. se están dando respuestas y en no pocos lugares se están implementando. Acertar con las mejores y poner en su realización todo nuestro empeño y entusiasmo es lo mejor que nos podría pasar como discípulos del Señor enviados a su misión.  

 

Encuentro Directores Nacionales de las OMP de Europa, madrid, marzo 2005