La parroquia y Evangelización


Mons. José da Cruz Policarpo
Cardenal Patriarca de Lisboa

 

 

Introducción 

1. Mi conferencia quiere ser, sobre todo, un testimonio. Como sin duda saben, el Patriarcado de Lisboa realizó, conjuntamente con las Diócesis de Viena, París, Bruselas y Budapest, el Congreso Internacional para la Nueva Evangelización, respondiendo al desafío lanzado por Juan Pablo II. La iniciativa del Congreso nació con dos ideas clave: evangelización de las grandes ciudades, lo que sugería nuevos métodos e iniciativas innovadoras, algunas ya experimentadas y protagonizadas por grandes movimientos.

Inmediatamente tomamos conciencia de que el Congreso exigía una revitalización evangelizadora de toda la comunidad diocesana, en las personas y en las estructuras. Un nuevo impulso se situaba en el campo de la conversión y de la profundidad de la vida cristiana: los evangelizadores, personas y comunidades, deben ser testimonios. Al hablar de nuevos métodos, suscitaba la comparación y, quizás, la confrontación con las estructuras más antiguas de la Iglesia en orden a la realización de su misión. Entre esas estructuras está la parroquia. Tomamos conciencia de que, o las parroquias se introducían en el ritmo del Congreso, o éste sería limitado o incluso imposible. Y fue en este sentido de dinamizar las parroquias, colocándolas en el ritmo del Congreso, como fueron surgiendo interpelaciones, cuestiones, se tomó conciencia de dinamismos latentes y se formularon interrogantes. Éste es un proceso que aún está desarrollándose. Como comunidad y elemento fundamental de la Iglesia diocesana, la renovación de la parroquia atañe a todas las demás realidades diocesanas: Curia, Movimientos y Asociaciones de Fieles, mecanismos de colaboración intereclesial, en la línea de la universalidad de la Iglesia.

 

Parroquia y unidad del Presbiterio

2. La unidad del Presbiterio, presidida por el Obispo, Sucesor de los Apóstoles y Pastor de la Iglesia particular, es un elemento fundamental para la unidad diocesana y para la dinamización de las parroquias. La parroquia existe allí donde una comunidad de cristianos, convocada por el Obispo, se reúne para escuchar la Palabra y celebrar la Eucaristía. Esas comunidades son presididas personalmente por el Obispo, o a través de un presbítero que participa del sacerdocio apostólico y representa al Obispo en el ejercicio de ese ministerio.

Sería interesante recordar aquí el texto de la Lumen gentium sobre los Presbíteros: "Cooperadores diligentes del Orden episcopal, de quien son ayuda e instrumento, llamados a servir al Pueblo de Dios, los sacerdotes, constituyen, con su Obispo, un único Presbiterio en su diversidad de funciones. En cada lugar en el que se encuentra una comunidad de fieles, en cierto modo, ellos hacen presente al Obispo, a quien están asociados con un corazón leal y generoso, asumiendo sus encargos y su solicitud, poniéndolos en práctica, con una solicitud permanente por el bien de los fieles" (LG 28).

Estas comunidades se han ido configurando a lo largo de los tiempos con algunas características:

Son la comunidad habitual de referencia de los cristianos con la Iglesia, en la que concretan su sentido de pertenencia comunitaria eclesial. El sentido de pertenencia a la parroquia está más enraizado que la pertenencia a la Diócesis. La parroquia hace visible a la Iglesia en medio del mundo, en medio de la sociedad. Podemos citar un texto de la Sacrosanctum Concilium: "Como el Obispo en su Iglesia no puede presidir siempre, ni en todos los lugares, personalmente, a todo su rebaño, debe, necesariamente, constituir asambleas de fieles, entre las cuales destacan de manera especial las parroquias, organizadas localmente bajo la orientación de un Pastor que hace las veces del Obispo; porque, en cierto modo, ellas representan a la Iglesia visible establecida en el Universo" (SC 42).

No son diócesis, pero sí que son parte de la diócesis, lo que exige una unidad de criterios y dinamismos pastorales. En ellas debe manifestarse todo el dinamismo pastoral del Obispo y de la Iglesia diocesana. Es lo que en la década de los años setenta se recalcó tanto: la llamada "Pastoral de Conjunto".

Terminarán por organizarse, a partir del territorio en el que habitan las personas, por varios motivos: estar próximas y entroncadas con la vida humana de las personas; como consecuencia de una visión de cristiandad en la que la casi totalidad de las personas son cristianas; influencia de la organización civil del territorio; conciencia de que la parroquia tiene una misión evangelizadora de todos los ciudadanos que habitan en ella.

La unidad de la Iglesia diocesana depende, en gran manera, de la unidad de dinamismos y opciones pastorales de las parroquias; para ello es crucial la unidad del presbiterio: unidad en la amistad y en la caridad, en la visión de la Iglesia y de su misión, en la sintonía de criterios y de opciones pastorales. Esto incluye la formación en los Seminarios, prolongada en la formación permanente del clero y la continua información que debe circular entre todos; lo que exige la obediencia pastoral. El Obispo no debe imponer simplemente, debe estudiar con los sacerdotes sus opciones pastorales, sobre todo en los órganos colegiales, como son el Consejo Presbiteral o en el Consejo de Pastoral.

Esta unidad pastoral del Presbiterio no es cosa fácil y nunca se consigue definitivamente. Esta dificultad se acrecienta a la vista de la escasez de sacerdotes. A los sacerdotes, formados en los seminarios diocesanos, se han unido, en el servicio y atención a las parroquias, otros sacerdotes con otras tradiciones y carismas, ya sean religiosos o extranjeros, a los que acogemos. Mirando para la totalidad de las parroquias de la diócesis, puede darnos la imagen de Iglesias diferentes, distintas. Se une a ello una cierta tendencia a la autonomía de ciertos clérigos, generosos en cuanto al servicio, pero con una manera autónoma de concebir su ministerio.

En la realización del Congreso de Lisboa, hemos dado gran importancia a este aspecto de sintonía en el Presbiterio. Porque se trata de comprender que el interés por la Evangelización no puede consistir simplemente en un programa; es una verdadera pasión de amor, en nombre de la Iglesia, verdadero sujeto de la misión evangelizadora. Conseguir que el Presbiterio sintiese al unísono con el Obispo en este nuevo dinamismo evangelizador fue la preocupación que presidió todas nuestras expresiones del trabajo con el clero: formación permanente, Consejo Presbiteral, equipos de las distintas vicarías. Esta apertura del clero a un nuevo dinamismo evangelizador era decisiva para que las parroquias se abriesen y ganasen ritmo misionero, y se reconociesen lo que en realidad son: células de la Iglesia diocesana. Parroquias con ritmo autónomo en relación a las grandes opciones de la Iglesia particular son siempre el quicio de cualquier dinamismo innovador.

 

La parroquia en trance de mudanza 

3. En los últimos 50 años se ha verificado una profunda evolución de la parroquia, en su comprensión teológica, en su adaptación a las nuevas características, en el modo de expresar su fe y comprometerse en la misión. Durante el Congreso, tratando de dinamizar las parroquias para la misión, fue necesario afrontar esta evolución y la realidad de las parroquias realmente distintas unas de las otras, tanto en su comprensión como en su dinamismo.

La primera fuente de esta evolución de las parroquias es intraeclesial. El Concilio Vaticano II significó un cambio radical en la comprensión teológica de la parroquia, al acentuar la dimensión comunitaria y eclesiológica de comunión. La parroquia era, principalmente, el lugar de búsqueda individual de la salvación, proporcionando los medios sobrenaturales para conseguirla. En la dimensión comunitaria, la comunidad, es un valor en sí mismo, en el contexto del camino personal, subraya la corresponsabilidad de todos en la construcción de la comunidad y en la realización de la misión de la Iglesia, en la evangelización, en el testimonio de la caridad, en el empeño de los cristianos en la humanización de la sociedad.

Esta nueva conciencia hizo surgir en la Iglesia nuevas realidades: los fieles se organizan, siguiendo carismas propios, en la búsqueda de la santidad y realización de la misión de la Iglesia. Un incontable número de Movimientos y Asociaciones adquieren su propia autonomía y fisonomía, mostrándose, a veces, como alternativa a la propia parroquia, incluso porque algunos son protagonistas de modelos alternativos de la Iglesia. La convergencia de esas realidades con la parroquia no es fácil y las mutuas relaciones estuvieron marcadas, frecuentemente, por el desconocimiento e incluso por la hostilidad. Su convergencia con la parroquia exige que ésta se abra a la pluralidad, abandonando el monolitismo, tan propio de una visión clerical de la Iglesia. Así como la Iglesia es, necesariamente, comunidad de comunidades, la parroquia, al aceptar el pluralismo, la diversidad, es a su nivel también comunidad de comunidades, procurando la unidad en la diversidad. Unidad que se construye en la Eucaristía y se expresa en la búsqueda común de los diversos caminos de la misión.

En la realización del Congreso ésta fue una de las dimensiones que tuvimos en cuenta. La iniciativa del Congreso surgió bajo la influencia de algunos de estos nuevos Movimientos, lo que podría, de entrada, dificultar la apertura de las parroquias a la iniciativa. Tratar de hacerlos converger para una misión de toda la Iglesia, en la diversidad de sus expresiones, no ha sido tarea fácil. Ya el Concilio lanzaba este reto a la parroquia como comunidad integradora de la variedad de los carismas: "La parroquia ofrece un notable ejemplo de apostolado comunitario, porque ella concentra en la unidad todo lo que en ella representan las diversidades humanas, y las injerta en la unidad de la Iglesia" (Concilio Vaticano II, Apostolicam actuositatem, 10). El Papa Benedicto XVI, en el mensaje que envió a la Iglesia de Lisboa al comienzo del Congreso Internacional para la Nueva Evangelización, nos lanza este desafío: es necesario "reforzar la comunión entre las estructuras parroquiales y las diversas realidades carismáticas altamente presentes en vuestras ciudades, con la finalidad de que la misión pueda llegar a todos los ambientes de la vida" (en J. Policarpo, Obras escolhidas, vol. IX, p. 42).

La realización del Congreso y el dinamismo que se creó con él significaron un paso importante en esta convergencia. Esto exige un cambio de actitud, tanto de los Movimientos como de las parroquias; éstas deben organizarse dando lugar a la variedad y a la diferencia, promover la iniciativa y la justa autonomía de los laicos, definir los caminos de la misión de evangelizar, común a todos, y valorar la Eucaristía como sacramento de la unidad y de la comunión. 

4. Pero la evolución de la parroquia se debe también a las características sociológicas y culturales de la sociedad, y que se hacen sentir, de modo particular, en las grandes ciudades. No es casualidad que sean las parroquias urbanas las que sienten más profundamente este cambio.

¿Cuáles son las características de nuestras ciudades que más repercuten en las parroquias urbanas y en su misión evangelizadora? En primer lugar la movilidad. Se trata de una característica de las grandes urbes, en creciente evolución desde hace dos siglos, pero que dio un salto cualitativo con la civilización del automóvil y la prolongación de los transportes públicos. Todo esto provocó alteraciones sucesivas en la concepción de las ciudades y en la vida de las poblaciones. La ciudad pasó a organizarse a partir de las exigencias de los transportes, y no de las personas. Los llamados "peatones" perdieron espacio en las grandes ciudades, que privilegiaron los desplazamientos de casa para el trabajo, de la periferia para el centro y viceversa, en busca de los innumerables centros de interés de las personas y de las familias, que dan la impresión de ser pasajeros en tránsito.

La movilidad introduce alteraciones profundas en la comprensión de la vida. En primer lugar, en la definición de "tiempo humano", es decir, la relación de la vida con la ocupación del tiempo, o el tiempo concebido como espacio para la vida. "Pasajeros en tránsito", no tienen tiempo para la lectura, para la convivencia, para la oración y vida religiosa, para el ocio que pasa a ser apenas, y cuando lo es, un número más de un programa sobrecargado. El cristianismo introduce en la vida una dimensión contemplativa, lo que supone un tiempo humano más reconfortante. Hay dimensiones esenciales de la felicidad humana que, para no perderlas, es necesario luchar contra el bullicio de la ciudad. La Iglesia no se puede dejar arrastrar a esa vorágine del "tiempo-sin-tiempo, y ofrecer a las personas el espacio-tiempo de la tranquilidad y de la paz" (ibídem, vol. VIII, p. 84).

Esta característica hace de las parroquias, de los centros históricos de la ciudad, lugares de paso. Su pastoral debe estar más volcada hacia los que pasan, a los que hemos llamado "pasajeros en tránsito", que hacia los residentes, muchas veces escasos.

Otra característica de las grandes ciudades, con influencia en la comprensión de la parroquia, es la alteración del "sentido de pertenencia", fruto de la movilidad y de las características psicosociales del "homo urbanus".

Ya resaltamos antes que la parroquia, expresión visible de la Iglesia en un lugar, definía la pertenencia a la Iglesia. Este dato se ha alterado. "En la ciudad, marcada por la movilidad, surgen nuevos criterios de pertenencia: a la comunidad que se eligió, al grupo al que se pertenece, al lugar de trabajo, a las prácticas de diversión que se cultivan... El habitante de la ciudad moderna define su vida en un sistema de "multi-pertenencia" que se relativiza e incluso choca con el sentido de pertenencia definido a partir del territorio" (ibídem, p. 85).

En términos eclesiales, los cristianos comparten este territorio de multi-pertenencia: frecuentan la parroquia por ellos elegida, su sentido principal de pertenencia a la Iglesia se concreta en el Movimiento que integran o en otras comunidades de referencia. Se pone en cuestión el territorio como único criterio de definición de la parroquia, que acaba por ser incómodo, porque solamente se da, para él, ante exigencias canónicas, sobre todo con ocasión de los sacramentos del bautismo y del matrimonio. Sin precipitaciones, tenemos que reflexionar sobre la relación entre la parroquia territorial y las otras comunidades de referencia.

 

La parroquia definida a partir de la misión

5. En la reflexión sobre la renovación de la parroquia no podemos caer en una tentación: pensarla únicamente, o sobre todo, a partir de los datos culturales y sociológicos de la sociedad. Éstos sólo tienen interés como medio de conocer a las personas destinatarias de la misión de la Iglesia y de sugerirnos caminos de esa misión. Pero a partir de ésta y de sus exigencias en el tiempo presente es como habremos de ir descubriendo y construyendo el nuevo rostro de la parroquia. El Papa Benedicto XVI, en el ya citado Mensaje a la Iglesia de Lisboa y a los congresistas, afirmó: "Las parroquias deben asumir un comportamiento más misionero en la pastoral diaria y abrirse a una colaboración más intensa con todas las fuerzas vivas de que dispone hoy la Iglesia" (en Vida Católica, 21, 2005, p. 153).

Al hablar de la dimensión misionera de la parroquia, Benedicto XVI afirma que ella se debe manifestar en la pastoral diaria y no sólo en la perspectiva misionera en sentido clásico, es decir, en todo lo que la parroquia realiza. Comparto con vosotros, siempre a modo de testimonio, algunos datos de nuestra reflexión pastoral "post-Congreso", acerca de la renovación de la parroquia.

 

Comunidad creyente que profundiza y comunica la fe

6. Es un aspecto decisivo de la renovación de la parroquia: hacer todo al ritmo de la fe, de sus dinamismos, de sus exigencias. La fe es la principal actitud que Dios nos pide y espera de nosotros, un abandono confiado, un deseo de descubrirlo, de conocerlo, de alabarlo, de anunciarlo. Como acto de alabanza a Dios, la fe es la primera expresión de la caridad y, en la vida de Dios experimentada, es la simiente de la esperanza. Constatamos dolorosamente tantas cosas hechas en nuestras parroquias con poca fe: la Palabra de Dios mal proclamada y acogida; sacramentos celebrados por tradición y hábitos sociales; una catequesis que enseña cosas pero no siempre comunica la fe; la vivencia de la caridad muy poco sobrenatural, en manifestaciones de simple solidaridad; floja experiencia de oración personal en la mayor parte de los cristianos; falta de osadía para asumir a Jesucristo en la ciudad.

Establecemos algunas prioridades: retomar la exigencia de una auténtica iniciación cristiana, a través de la catequesis, de los niños, jóvenes y adultos y de la preparación para los sacramentos. Formar a los catequistas al ritmo de la iniciación cristiana. Valorizar la palabra de Dios en la liturgia, en la "lectio Divina" y en otras formas. La preparación del Sínodo es además un incentivo para eso. Acentuar la dimensión cultural de la fe, llevando a los cristianos a una unidad de vida y de criterios, asumiendo la fe en una auténtica racionalidad creyente. La evangelización de la cultura y la expresión de la fe a través de la cultura es un elemento que lleva a la parroquia a abrirse a la comunidad humana más amplia. Dar una relevancia especial a la calidad de la liturgia, porque una comunidad se revela y se define en la forma de celebrar.

 

Una comunidad de acogida

7. La acogida es hoy, en nuestras parroquias, en sociedades de tradición cristiana, un momento importante de la acción evangelizadora de la parroquia. Hay mucha gente que se apartó de la práctica religiosa habitual, pero que aún llama a la puerta de la Iglesia en ciertas circunstancias de la vida: el bautismo de los niños, la catequesis de los hijos, el matrimonio, la muerte. La manera como son acogidos puede aproximarlos o apartarlos más de la Iglesia. Pero en la misma acogida puede ser anunciado el amor de Dios por ellos. Una cierta burocracia, la rigidez de las normas, unas canónicas y otras impuestas localmente por el párroco, pueden comprometer esa acogida, que debe ser expresión del amor de la Iglesia y debe ser hecha por personas preparadas. Los sacerdotes no pueden dispensarse completamente de esa acogida, delegando simplemente en los laicos.

La acogida debe ser particularmente cuidada en relación a las personas que sufren; a los enfermos, a los pobres, a los afligidos. Deben poder sentir, en la forma como son acogidos, el amor de la Iglesia por ellos.

 

La "casa de comunión"

8. En este sentido, cada parroquia debe ser el espejo de toda la Iglesia, sin olvidar que, como nos enseña San Juan, "nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo" (1Jn 1,3).

La base de la comunión eclesial es la caridad. Todo en la parroquia debería ser expresión de la caridad: la oración y la alabanza a Dios, el anuncio del Evangelio y el testimonio de la fe, el amor de los hermanos, sobre todo de los más necesitados, los pobres, los enfermos, las personas ancianas, los discapacitados, los afligidos. Sólo la caridad consigue que todos los miembros de la comunidad converjan en un mismo objetivo: ser la Iglesia de Jesucristo. Nunca se puede olvidar que el sacerdote es aquel que preside en la caridad.

Aspecto particularmente exigente de la comunión es la aceptación de la diferencia y del pluralismo de dones y carismas. Muchos Movimientos se definen como "supra-parroquiales", pero encuentran en la parroquia su base de reclutamiento y de implantación. Algunos de ellos aparecen como modelos alternativos de la Iglesia con tendencia a identificar a la Iglesia con el propio Movimiento. Esto genera, a veces, conflictos y expresiones de "no comunión". Un esfuerzo continuo de conocimiento mutuo y de colaboración en la misión común de la iglesia, es esencial. También ahí el ministerio del sacerdote de la Iglesia puede ser decisivo. Surgen problemas cuando el sacerdote se identifica con un Movimiento o lo privilegia. Él es el primero que debe reconocer la variedad de los dones de Dios y hacerlos converger para la unidad.

La comunión con la Diócesis, de la que son una parte y una expresión, es dimensión esencial de esta comunión. Parroquias autónomas como si fuesen diócesis no comprenderán la belleza y la exigencia de la comunión eclesial. Es importante que esta dimensión esté continuamente presente en la formación y en la acción pastoral y que acciones concretas manifiesten esta dimensión de comunión de la Iglesia diocesana, que se expande a la comunión universal. Sólo la comunión de fe, de caridad y de solicitud por la misión manifiesta verdaderamente la universalidad de la Iglesia.

 

Una comunidad donde todos son corresponsales

9. Todos los fieles son iguales en dignidad en la comunidad eclesial y ésta es el verdadero sujeto de la misión. La visión de comunión de la Iglesia, acentuada sobremanera a partir del Concilio Vaticano II, puso fin a una visión de parroquia centrada en la persona del párroco, que dicta y marca las reglas y presta servicios. Pero, si a nivel de la eclesiología eso está prácticamente adquirido, en la práctica no es tan fácil: un cierto "clericalismo" continúa prevaleciendo en muchas parroquias. Una formación específica para los sacerdotes que ejercen las funciones de Párroco es cada día más necesaria. El ministerio sacerdotal es central, debido a su importancia sacramental, pero eso no exige que todo se centralice en el párroco, anulando el campo de iniciativa y legitima expresión de los otros fieles, ya sean religiosos o laicos.

Son importantes, en este sentido, los órganos de corresponsabilidad, como los Consejos de Pastoral y los Consejos Económicos. Ellos son, en sí mismos, escuelas de formación para la corresponsabilidad eclesial de todos los fieles. Tengo comprobado que algunos párrocos pueden caer en uno de los dos extremos: o delegan todo en los laicos, no asumiendo su misión de presidir la comunión, o concentran todo en sí mismos en un autoritarismo que ya no tiene sentido, ni teológico ni canónico, desmoralizando la participación de los laicos.

Los laicos deben ser estimulados a entrar en este dinamismo de la comunión que preside el sacerdote, no por ser autoridad, sino por participar en el sacerdocio ministerial, servicio específico de un pueblo sacerdotal. Ya el Concilio Vaticano II recomendó: "Los laicos habitúense a trabajar en la parroquia en estrecha unión con sus sacerdotes, trayendo a la comunidad de la Iglesia sus propios problemas y los problemas del mundo y todas las cuestiones que se refieren a la salvación de los hombres para examinarlas y resolver, teniendo en cuenta el parecer de todos. En la medida de sus posibilidades darán su contribución al esfuerzo apostólico y misionero de su familia eclesial" (Apostolicam actuositatem, 10).

La conducción de una parroquia, en ambiente de corresponsabilidad, exige que el sacerdote sea verdaderamente pastor.

 

Una comunidad con dinamismo misionero

10. En la línea de la afirmación de que la Iglesia, comunidad de los fieles, es el verdadero sujeto de la misión que Cristo le confió, la parroquia debe tener, en sus expresiones fundamentales, la evangelización. En lo referente a los miembros de la comunidad parroquial practicante, esa misión está claramente asumida, aunque en la práctica pueda ser desigual de una parroquia a otra. La catequesis, la preparación para los sacramentos, la liturgia son sus expresiones habituales. Esta evangelización interna es primordial, pues, como dice Pablo VI en la Evangelii nuntiandi, sólo una comunidad evangelizada puede ser evangelizadora. Pero, en lo referente a la reevangelización de los que andan fuera del redil de la iglesia, también se acepta teóricamente esa misión, pero son mayores las dificultades para concretarla. Entre nosotros hay una particular sensibilidad para la "misión ad gentes", debido, ciertamente, al glorioso pasado misionero de nuestras Iglesias. Hay parroquias que se hermanan con otras de países considerados tradicionalmente de misión, existen experiencias de laicos, sobre todo jóvenes, que marchan, por un tiempo, poniéndose al servicio de esas Iglesias; y la colecta anual para las misiones es la más generosa de todas.

Pero, ¿cómo evangelizar a los que conviven con nosotros en la misma ciudad? Este fue, y es necesario confesarlo, uno de los objetivos del Congreso Internacional para la Nueva Evangelización. Del Congreso formó parte una "misión en la ciudad", con participación internacional. Ha tenido lugar un conjunto muy variado de iniciativas de evangelización en los espacios públicos, con la participación de Movimientos y de las parroquias. Este dinamismo permanece. Se generó una nueva sensibilidad para actividades de propuesta del Evangelio fuera de los espacios estrictamente eclesiales y un cierto número de parroquias han mantenido este dinamismo. El gran desafío de estas acciones, además del testimonio, es la calidad.

Pero el campo principal de esta evangelización pasa por la presencia consciente y coherente de los cristianos en la ciudad, en el trabajo, en la familia, en las organizaciones de la sociedad civil. Conducir a los laicos cristianos a considerar eso como una misión específica. Es función de la dinamización pastoral mostrar medios de apoyo y de formación para esos cristianos cuya misión principal es la presencia en el mundo. Esta es, actualmente, una prioridad de nuestro Programa Diocesano de Pastoral.

 

Una comunidad eucarística

11. La Eucaristía hace y define la parroquia como comunidad eclesial con todas las características que acabamos de indicar: es momento de formación y de escucha de la Palabra, es expresión máxima de comunión y de unidad en la variedad, es experiencia de oración y de alabanza, exigencia de conversión y envío en misión. El dinamismo de una parroquia se evalúa por el modo como celebra la Eucaristía y por el lugar que ésta ocupa en la vida de la comunidad. Es por eso por lo que la pastoral litúrgica influye totalmente, inspirando todos los demás sectores de la acción pastoral.

La parroquia, como comunidad eucarística, descubre y ahonda la experiencia de adoración. Éste es uno de los frutos, ya constatables, de la experiencia del Congreso: no sólo aumentó la frecuencia de la Eucaristía durante la semana, sino que también se están llevando a cabo diversas experiencias de adoración eucarística, incluyendo una adoración continua.

 

La parroquia atenta a la evolución de la sociedad

12. Si la parroquia se define a partir de la misión, ella evoluciona espontáneamente al ritmo de las nuevas exigencias y condicionantes de la misión. Datos como la relación entre territorialidad y movilidad, el nuevo sentido de pertenencia, la aparente laicización de la ciudad, interpelan a la misión antes de cuestionarse las estructuras. Éstas necesitan de ser repensadas continuamente, porque están al servicio de la misión, sin precipitaciones, pero también sin miedo. La sintonía entre el ritmo de las parroquias y el de la Diócesis es previa a cualquier reestructuración de las parroquias. Por eso comenzamos por una profunda reestructuración de la Curia Diocesana, articulándola con la vida real de la Diócesis que se basa, en gran medida, en las parroquias que tenemos. Queremos que ellas continúen siendo la presencia visible de la Iglesia en la ciudad, con capacidad de atraer y congregar, de formar en la fe, de celebrar bien y de enviar en misión en medio del mundo; que ellas ofrezcan a las personas de nuestro tiempo el sentido y la alegría de sentirse llamados y enviados a pertenecer a la Iglesia de Jesucristo.

 

Congreso Internacional de Teología Pastoral "La parroquia, comunidad misionera"
Facultad de Teología de Catalñuna, enero 2008