Los jóvenes y la Misión ad Gentes.
Contribución específica de las OMP


Juan Martínez, fmvd
Obras Misionales Pontificias - España

 

 

Una de las funciones principales de las cuatro Obras Misionales Pontificias es la de la animación misionera de todo el pueblo de Dios. En efecto, la colaboración misionera de todos los cristianos es sólo posible si de verdad tienen un espíritu misionero que les motive. Ésta es una misión que tienen en común las cuatro Obras, aunque cada una la cumpla según las finalidades y el estilo que le es propio. En particular “la Obra Misional Pontificia de la Propagación de la Fe tiene como finalidad formar una conciencia católica en los fieles” y se le encomienda “una atención particular a la formación misionera de los jóvenes”[1] y realizar con ellos “una sensibilización misionera que los lleve al ofrecimiento de sí mismos a las misiones”[2]

Ciertamente los jóvenes son destinatarios -se puede decir que privilegiados- de esta actividad pastoral misionera ya que de ellos depende el futuro de la Iglesia en general y de su actividad misionera en particular. Es por ello que cualquier tipo de iniciativa o de esfuerzo en este campo no cae nunca en saco roto sino que es una semilla que en su momento ha de fructificar. Además con frecuencia no cae muy lejano el momento de la cosecha, sino que a veces es más próximo de lo que se puede pensar. Baste echar una mirada al gran interés que suscita entre los jóvenes el mundo misionero, lo que se materializa en la gran cantidad de grupos, asociaciones y todo tipo de iniciativas que existen en España con la finalidad de canalizar la inquietud y la cooperación misionera de los jóvenes.

En este artículo se expondrá en primer lugar los rasgos generales por los cuales se considera que la animación misionera de la pastoral juvenil es tan importante para luego terminar con una panorámica sobre la contribución específica que hacen las OMP a la animación misionera de los jóvenes.

1. Los jóvenes, modelos de referencia para los jóvenes

La juventud es la etapa de la vida en la que el ser humano debe encontrar su propia forma de vivir la vida y por eso se caracteriza por la búsqueda de la autonomía personal. En esta búsqueda intervienen e influyen muchos elementos de tipo familiar, educativo, social, religioso, etc., pero nadie está exento de hacer su propio camino, ciertamente contando con una gran variedad de ayudas, pero, en definitiva, con la responsabilidad de hacer un camino en solitario, un camino único, irrepetible, incomparable con el de otros… La mejor ayuda que un joven puede recibir para este camino proviene ciertamente de otros jóvenes que son para él modelos cercanos de referencia, porque se identifica más espontáneamente con ellos y son más creíbles para él. Esta verdad es especialmente válida en el terreno de la fe y de la vida cristiana dado el contexto socio-cultural en que se vive hoy en día.

a) Libertad de condicionamientos generales

Se puede decir que, sin ningún tipo de dudas, el joven de hoy es más libre que el de hace unas pocas décadas. Esta libertad hay que entenderla sobre todo en el sentido de que tiene más posibilidades y medios con los que contar, más oportunidades con las que afrontar el reto de su paso a la madurez de la edad adulta y que su ámbito de vida y radio de acción tiene una mayor amplitud. El joven de hoy cuenta con una serie de recursos mucho más amplia para hacer frente al reto que se le plantea de construirse un proyecto autónomo de vida que le satisfaga y haga feliz a él y a las personas que le rodean.

Además, el joven de hoy es mucho más libre de los influjos y de los condicionamientos generales de tipo social, cultural e incluso familiar. El peso de las tradiciones, la educación, los hábitos familiares, sociales y culturales en la forma de pensar y de vivir del joven de hoy no es ni mucho menos el que tenía en los jóvenes de antes. Hoy en día el joven se siente y es más libre de todo ello; la educación que recibe y el modelo social en que vivimos tienden a relativizar todo lo que es adquirido por la persona a través del ambiente y no es una realización personal propia. Este fenómeno no necesariamente es todo él negativo, aunque así tendemos a enjuiciarlo muchas veces; tiene muchos aspectos positivos si se considera que, junto con los valores tradicionales, van anexas formas de vivirlos que no están en consonancia con los tiempos e incluso a veces con otros valores. Es especialmente importante en el caso de la institución del matrimonio y la familia, que sí son apreciadas, aunque se contestan determinados modos de vivencia.

b) El grupo social restringido

En contraste, a la vez “la referencia al grupo de amigos de ambos sexos, establece el orden de los tiempos y los lugares. El argumento de la amistad y el entramado de relaciones que se establecen en su entorno, se ha convertido en uno de los ejes articuladores del orden social”[3]; es en el pequeño grupo social de las amistades donde se discuten los problemas, se proyectan los valores, maduran las acciones… en un marco de socialidad restringida que ya no se interesa por grandes ideales o movimientos de masa, sino que lo mide todo con su medida, según su alcance, de por sí limitado. Un reflejo de esta tendencia es que, en consecuencia, la acción social o política, se ha visto restringida a proyectos limitados en su alcance a través de ONG’s, grupos espontáneos, etc. Además hemos de tener en cuenta que han surgido nuevas fuentes de influencia en sus opiniones y gustos que hasta ahora eran desconocidos (paradigmáticamente, Internet) o que no tenían tanta relevancia (las comunicaciones, por la amplia difusión de los móviles; la moda, por el aumento del poder adquisitivo de los jóvenes y su mayor independencia económica, en gustos…), que dan por resultado una socialidad “al gusto del consumidor” donde se elige el tipo, la manera, el tiempo… de los contactos sociales, las opiniones, las amistades, etc. que difícilmente pueden ser muy diferentes a lo que ya es su forma de pensar y vivir y abrir el horizonte de vida del joven.

c) Desconfianza social

En este contexto hay que considerar, además, el hecho que a la vez que aumenta el influjo social e incluso político de los jóvenes (cf. AA 12), el entorno social, en general, desconfía de los jóvenes. A los jóvenes se les admira, se les adula y se les imita, pero a la vez se desconfía de ellos y no se les confían grandes responsabilidades en el conjunto de la sociedad, sino de forma marginal. Se pide siempre jóvenes “con experiencia” y no sólo en el ámbito laboral, sino en todos los ámbitos de la vida. Sin embargo ¿dónde van a adquirir la experiencia que les falta, si nadie da una oportunidad a quien no tiene experiencia? Esto hace que los jóvenes acaben desconfiando no sólo de la sociedad, por su lenguaje ambiguo o ambivalente, sino de sí mismos, de sus capacidades, de su potencial, de sus posibilidades, de lo que son capaces de aportar a los demás y al conjunto social. Y en consecuencia que no sólo se sientan marginados, sino que, además, se auto-marginen y cataloguen muchas problemáticas sociales de interés general como cosas “que no tienen nada que ver conmigo”, retro-alimentando la socialidad restringida en la que viven y de la que parece que no lograrán nunca escapar, sino que están condenados a arrastrar siempre y, así, según ese modelo configuran su relación de pareja, su matrimonio y su familia.

Los jóvenes en el ambiente social se ven cada vez más, dejados a su suerte, eso sí, con mayor libertad, pero también sufriendo cada vez más la indiferencia de la sociedad, a veces, incluso, la de los propios padres. El joven no es considerado ni el futuro ni la esperanza de la sociedad, se le ve sólo bajo la óptica del consumo, como un grupo social que cada vez tiene mayor relevancia en ese aspecto, pero no se le confían los grandes retos de la sociedad y del mundo, pues no se le considera en general capaz de poder aportar nada. Se genera un círculo que no hace más que alimentar la desconfianza y la marginación, de forma que, cuando el joven llega a la edad en que debería ser un adulto maduro, no es capaz de sentirse que ha adquirido esa madurez y el paso a la edad adulta se pospone indefinidamente hasta que es inevitable por la edad, aunque no le acompañe la madurez personal ni sea una decisión propia asumida libre y responsablemente.

d) Necesidad de modelos de referencia

Llegamos así al resultado que el joven de hoy en día se ha vuelto más libre de condicionamientos de tipo general, pero más fácilmente influenciable por el círculo más restringido en el que se mueve habitualmente. En cualquier caso, sea por la lejanía o falta de influjo, hasta la carencia, o por la cercanía y exceso de presión, hasta la saturación de estímulos orientados siempre en la misma dirección, la realidad que se constata es la falta de modelos de referencia, aceptables por los jóvenes. Y es que a la libertad en sentido negativo (libertad de condicionamientos), que es el concepto imperante de libertad en nuestra sociedad, hace falta que le siga un concepto positivo (libertad para): hace falta orientar la libertad adquirida y hace falta saber conducirla y educarla.

La libertad entendida sólo en sentido negativo tiene muchas consecuencias negativas: la incertidumbre, la inseguridad o el miedo al futuro y, a la larga, se vuelve contra el propio individuo que se hace esclavo de una libertad que no sabe orientar y por eso o se vuelve fácilmente manipulable (paradójico resultado de esta libertad) o se vuelve nihilista y auto-destructivo.

Sin embargo, si se resuelve la crisis de la libertad de forma madura y se orienta y educa, es una llamada a la responsabilidad de cada joven; lo primero, respecto de sí mismo y la necesidad de que delinee claramente su propio proyecto de vida (“saber qué quiere”) y, después, respecto de los demás, pues está llamado a convertirse en modelo de referencia para los demás jóvenes de su entorno social. No un “guía ciego que guía a otros ciegos”, sino convencido y creíble. El joven que se guía no por opiniones ajenas, por intereses, por el influjo de las modas o el hedonismo y el resultado fácil, sino que tiene convicciones (más o menos claras, con claridad medida respecto a su edad y formación) e intenta ponerlo en obra (con más o menos fuerza de voluntad, medida respecto a su edad y formación) se convierte automáticamente en un modelo de referencia obligado para los demás jóvenes de su entorno social, especialmente, el círculo familiar y de amigos. Ello no quiere decir que a veces no revista la forma de ser criticado e incluso perseguido, pero esto no es más que un signo de que su forma de vida no le es indiferente a los demás.

e) Privatización de la fe

Siguiendo la tónica general de la dinámica social hoy en día de privatización de las creencias religiosas y de las convicciones morales por las cuales la fe y el comportamiento moral se quieren ver reducidos a un hecho meramente privado, como una simple preferencia religiosa subjetiva relegada al ámbito íntimo y carente de relevancia social pública, el fenómeno religioso en la edad de la juventud se tiende a ver como algo minoritario, cuando no marginal, ya que además coincide en apariencia con la tendencia de los jóvenes a reducir su ambiente social.

Aunque analizar el fenómeno religioso entre los jóvenes es largo y complicado, hay que apuntar al menos dos rasgos. El primero, de carácter negativo, es la dificultad de los jóvenes a tomar decisiones a largo plazo o de gran responsabilidad a nivel moral, por lo que plasmar las implicaciones de la fe cristiana en su vida es en cierto modo ir contracorriente de lo que vive el joven y lo que es la tendencia de la sociedad. Sin embargo, este rasgo convive con el segundo, de carácter positivo, y es la necesidad que sienten de encontrar en su ambiente, en sus grupos, en su entorno social, etc. personas, a ser posible de su misma edad, que vivan con autenticidad la fe cristiana. Necesitan modelos de referencia que sean cercanos, atractivos y creíbles.

La marcada tendencia de la sociedad a reducir el ámbito de la vivencia de la fe a lo meramente privado, lejos de ser un inconveniente, en el campo de la pastoral juvenil puede ser la gran oportunidad de que los jóvenes se inicien en la dimensión apostólica y misionera de la fe en un ambiente en el que se pueden sentir libres de complejos o de grandes retos para los que se sienten incapaces. Desde éste, si son acompañados de una forma pedagógica y gradual, llegarán a abrirse a ambientes más grandes y complejos, llegando hasta los grandes retos de la animación cristiana en la economía, la política, el sindicalismo, etc., de forma que sea más auténtica. Así los jóvenes pueden y deben ser modelos de referencia para otros jóvenes en la vivencia de la fe y de la vida cristiana.

2. Jóvenes e Iglesia

En medio de este contexto social lleno de contradicciones en que se desenvuelve la vida de los jóvenes la Iglesia está llamada a ser en Cristo una luz, también (y especialmente) para ellos y es que la Iglesia confía en los jóvenes, porque les considera y les trata como el futuro de la sociedad y de la Iglesia.

a) Los jóvenes, futuro y esperanza

La Iglesia mira a los jóvenes desde la perspectiva del futuro; la Iglesia considera, y con razón, que los jóvenes son el futuro de la humanidad ya que de ellos depende lo que será el mundo del mañana. La Iglesia no mira a los jóvenes únicamente desde la perspectiva de lo inmediato, sino con profundidad de miras, sabiendo que, si su papel es muy importante en el presente, es decisivo en el futuro. Por eso hay que invertir hoy el su formación humana, personal, espiritual, cristiana… porque son ellos los que decidirán la suerte y el destino de la sociedad y del mundo en el futuro.

Los jóvenes son la esperanza de la sociedad y de la Iglesia. Aunque a menudo sean críticos con lo que ven y lo que experimentan de las instituciones de todo tipo -a veces con una áspera crítica a la Iglesia- la Iglesia sabe que no se debe desentender de ellos, ni minusvalorar su aportación; su presencia en la sociedad y en la Iglesia debe ser muy viva y muy activa, porque son ellos los que aportan ideas nuevas y formas concretas de plasmar los ideales en el mundo de hoy. Aunque duela la crítica o a veces no sea acertada, no por eso se debe rechazar, sino enjuiciarla con objetividad, discernir y buscar el modo de acercar las instituciones a los jóvenes, adaptándose a ellos, que son el futuro, no neutralizándoles, ni absorbiéndoles o mimetizándose con ellos.

b) La Iglesia confía en los jóvenes

La Iglesia considera que los jóvenes son el futuro y la esperanza del mundo y de la Iglesia y por ello tiene puesta toda su confianza en los jóvenes. Confía en sus capacidades y talentos y por este motivo se multiplican las iniciativas y las actividades que se ponen en marcha para acercarse a los jóvenes; antes que nada, por medio de la labor catequética y de la pastoral ordinaria, pero también buscando a los jóvenes en la realidad y las circunstancias concretas de su existencia para darles una respuesta desde la fe. No es superfluo recordar que una gran parte del esfuerzo pastoral de la Iglesia tiene como destino a los niños y a los jóvenes, lo cual es un claro indicio de la perspectiva desde la que se les mira y de la importancia que se les concede.

         En concreto, la Iglesia en España en las “Orientaciones sobre pastoral de juventud” aprobadas en la LV Asamblea Plenaria de la CEE (18-23 noviembre 1991) enumera las “opciones pastorales” a seguir y afirma que la primera es la “presencia de la Iglesia, en especial de los jóvenes cristianos, en los ambientes juveniles” (n. 18) y la segunda el “protagonismo y corresponsabilidad de los jóvenes en la Iglesia-comunión” (nn. 19-20).

La Iglesia confía en que los jóvenes asumirán la evangelización de los jóvenes (cf. AA 12; EN 72), el futuro de las vocaciones a los distintos estados de vida de la Iglesia y también de la misión ad gentes, dando un “sí” a la vocación misionera los que se sientan llamados por Dios. El mismo Juan Pablo II en su última visita pastoral a España se dirigía a los jóvenes con estas palabras:

Queridos jóvenes, ¡id con confianza al encuentro de Jesús! y, como los nuevos santos, ¡no tengáis miedo de hablar de Él! pues Cristo es la respuesta verdadera a todas las preguntas sobre el hombre y su destino. Es preciso que vosotros jóvenes os convirtáis en apóstoles de vuestros coetáneos. Sé muy bien que esto no es fácil. Muchas veces tendréis la tentación de decir como el profeta Jeremías: “¡Ah, Señor! Mira que no sé expresarme, que soy un muchacho” (Jr 1,6). No os desaniméis, porque no estáis solos: el Señor nunca dejará de acompañaros, con su gracia y el don de su Espíritu.  

Esta presencia fiel del Señor os hace capaces de asumir el compromiso de la nueva evangelización, a la que todos los hijos de la Iglesia están llamados. Es una tarea de todos. En ella los laicos tienen un papel protagonista, especialmente los matrimonios y las familias cristianas; sin embargo, la evangelización requiere hoy con urgencia sacerdotes y personas consagradas. Ésta es la razón por la que deseo decir a cada uno de vosotros, jóvenes: si sientes la llamada de Dios que te dice: “¡Sígueme!” (Mc 2,14; Lc 5,27), no la acalles. Sé generoso, responde como María ofreciendo a Dios el sí gozoso de tu persona y de tu vida[4].

c) La misión de los jóvenes en la Iglesia

Es verdad que la encíclica Redemptoris Missio cuando habla en el número 37 de los ámbitos de la misión incluye a los jóvenes en el ámbito social. Pero no hay que olvidar que los jóvenes no sólo son un objetivo clave de la acción misionera de la Iglesia, en función del cual hay que articular nuevas formas y métodos de evangelización, sino que ellos mismos están llamados a ser misioneros. Así lo recoge el documento de la Comisión Episcopal de Misiones y cooperación entre las Iglesias “La misión ad gentes y la Iglesia en España”:

Los grupos juveniles, con sus potencialidades y situaciones diversas, demandan de la Iglesia una atención especial tanto en los medios ordinarios de la pastoral como en la búsqueda de nuevas propuestas que ayuden a los creyentes a asumir su responsabilidad apostólica, y a los no creyentes a encontrarse con Dios. En la atención pastoral con jóvenes conviene significar las experiencias de grupos juveniles en actividades culturales o de trabajo en países donde no ha sido aún anunciado el Evangelio. Esta realidad reclama una atención especial de estos grupos en el campo de la animación y formación misionera. “En los jóvenes se fundan las esperanzas y las expectativas de un futuro de mayor comunión y solidaridad para la Iglesia y para la sociedad” (p. 32).

Los jóvenes representan un gran potencial con que cuenta la Iglesia y que debe ser reconocido y potenciado, sobre todo, en vistas de la evangelización de los mismos jóvenes en sus ambientes, y sin dejar de lado la misión ad gentes. Su búsqueda sincera de Dios, su dinamismo, su capacidad de iniciativa, su apertura a las realidades nuevas… son elementos muy valiosos que contribuyen de forma muy eficaz a salir de la rutina y de la inercia de tradiciones, educación o religiosidad superficial. Todo ello es un bien para toda la Iglesia, que con la contribución de los jóvenes se ve espoleada a mirar hacia el futuro con optimismo de corazón activo en obras. Y es un bien para los jóvenes, a los cuales llega el mensaje del Evangelio de una forma nueva, más transparente y limpia.

Hace falta por parte de todos en la Iglesia saber transmitir confianza, que la Iglesia sepa hacer llegar su confianza en los jóvenes, no sólo a través de los grandes actos que realiza el Papa, sino que se plasme más concretamente en la actividad pastoral normal de la Iglesia. Hay que “inspirar confianza” y “regalar confianza”: abandonar la carga de los prejuicios y recelos reinantes en el ambiente social y dar pasos decididos y arriesgar confiando en los jóvenes. Hay que invertir en la educación de los jóvenes en la fe, “hemos de encontrarnos con la mente, el corazón y el carácter juvenil, para ofrecerles una sólida formación humana y cristiana” (EEu 61) para que vivan una fe madura (cf. EEu 50-52).

No se ha de tener miedo a ser exigentes con ellos en lo que atañe a su crecimiento espiritual. Se les debe indicar el camino de la santidad, estimulándolos a tomar decisiones comprometidas en el seguimiento de Jesús, fortalecidos por una vida sacramentalmente intensa. De este modo podrán resistir a las seducciones de una cultura que con frecuencia les propone sólo valores efímeros e incluso contrarios al Evangelio, y hacer que ellos mismos sean capaces de manifestar una mentalidad cristiana en todos los ámbitos de la existencia, incluidos el del ocio y la diversión (EEu 62).

Así mismo los jóvenes deben ser los protagonistas ellos mismos lo primero de su vida de fe y ganar confianza en sí mismos y aprovechar el momento histórico tanto social como eclesial propicio que se les ofrece para ser ellos líderes de los jóvenes, formadores y apóstoles de los mismos: Que los jóvenes se consideren misioneros, en las comunidades eclesiales, en sus ambientes y también ad gentes.

3. Jóvenes y misión, algo connatural

Proponer a los jóvenes la participación activa en la misión de la Iglesia no es una cosa descabellada, imposible o ingenua. Hablar de jóvenes y misión no es difícil, porque existe una cierta connaturalidad entre la etapa de la vida del hombre que es la juventud y la necesidad de hacer algo por los demás, de servir y de darse. Buena prueba de ello es la cantidad de grupos juveniles cristianos, misioneros, ONG’s y la ayuda y solidaridad que los jóvenes prestan de mil maneras.

Esta actitud no es una cosa circunstancial o pasajera; ciertamente que hay rasgos de individualismo, egoísmo y consumismo, fallos o carencias personales, falta de perseverancia o un compromiso muy limitado o superficial; no se deben ignorar las deficiencias ni exaltar indebidamente los signos positivos. Sin embargo, todo ello no es obstáculo para decir que existe una obvia connaturalidad entre la etapa de la juventud y la misión. El Concilio Vaticano II, hablando de la tarea apostólica de los jóvenes en el Decreto sobre Apostolado, es el rasgo que pone de relieve para concluir diciendo que ellos deben ser los apóstoles de los demás jóvenes:

Los jóvenes ejercen en la sociedad moderna un influjo de gran interés… Este su influjo acrecentado en la sociedad, exige de ellos una actividad apostólica semejante, pero su misma índole natural los dispone a ella. Madurando la conciencia de la propia personalidad, impulsados por el ardor de su vida y por su energía sobreabundante, asumen la propia responsabilidad y desean tomar parte en la vida social y cultural: celo, que si está lleno del espíritu de Cristo, y se ve animado por la obediencia y el amor hacía los pastores de la Iglesia, permite esperar frutos abundantes. (Ellos deben convertirse en los primeros e inmediatos apóstoles, de los jóvenes, ejerciendo el apostolado entre sí, teniendo en consideración el medio social en que viven). (AA 12)

Podríamos decir que las características de la época de la juventud predisponen para una apertura hacia los demás que conducen a que el joven se abra de forma casi espontánea a la misión. Algún rasgo a modo de ejemplo:

  • La juventud es época de apertura a la vida, a facetas esenciales y desconocidas hasta ese momento de la existencia. Hay una gran receptividad a la novedad. Se vive en horizonte de universalidad.
  • La juventud es época de libertad, se acepta a duras penas lo que es fruto de tradiciones o educación y se busca actuar movido por las propias convicciones.
  • La juventud es la época del descubrimiento del valor del otro como alguien valioso en sí mismo y no de forma utilitarista. La época de la amistad y del enamoramiento.
  • La juventud es la época de la sensibilidad a las necesidades de los demás, o mejor, a los más necesitados.
  • La juventud es la época del crecimiento personal, de configuración de la propia existencia como un proyecto autónomo, así como de la necesidad de hacer algo por los demás, de sentirse valioso y útil, de servir para algo, de servir, sin más añadidos utilitaristas.

Ciertamente es un proceso que no se da sin lucha, a base de éxitos, conquistas y logros, así como de fracasos y retrocesos. Hay que combatir las ambigüedades, las resistencias, la pereza, las dificultades, la instalación y el inmovilismo… todo lo que obstaculiza el proceso de crecimiento y maduración personal. Pero se da aún una cierta “ingenuidad”, aunque ya no infantil, sino entendida como capacidad de creer en los valores auténticos y en las utopías; de tal forma que la decepción que produce constatar la realidad, a veces tan alejada de los ideales, no lleva al derrotismo, sino a ser crítico consigo mismo y con los demás y a querer plasmarlos en la propia existencia y vivirlos auténticamente.

         El joven descubre así lo que realmente vale, aunque cueste esfuerzo; o, mejor, precisamente porque cuesta esfuerzo y ese esfuerzo es el personal, aparece como algo valioso a sus ojos, algo conseguido con las propias fuerzas y algo que, justo porque es valioso para uno mismo, es valioso para los demás, algo que se puede compartir y dar a los demás. El esfuerzo de la búsqueda tiene su recompensa y el fruto conseguido, además de la satisfacción que proporciona en sí mismo, le hace sentir al joven una persona madura, adulta y valiosa, capaz de compartir con los demás su propia vida, su búsqueda, sus ilusiones, sus luchas, sus logros y fracasos…, en resumen, el conjunto de una vida personal que se abre hacia la plenitud.

La época de la juventud es el momento en que la persona despierta, descubre y asimila en su vida la dimensión universal de la existencia humana. Es, pues, el momento propicio y más favorable para sembrar la semilla de la misión y que ésta arraigue y llegue a dar fruto. Si se deja pasar la oportunidad, es muy difícil que luego, cuando ya la persona ha crecido y madurado y, por tanto, afianzado otras actitudes y valores, muchas veces contradictorios con éste, pueda encontrar el terreno adecuado para echar las raíces y madurar. En cambio, si se aprovecha la oportunidad que ofrece la apertura de mente y corazón que constituye y caracteriza la etapa de la juventud, se consigue formar en la persona actitudes, criterios, pautas de comportamiento, gestos… de un talante universal, abierto y misionero que le acompañarán el resto de su vida y que son muy importantes desde el punto de vista pastoral y misionero porque el joven los transmite de forma espontánea en su entorno.

En consecuencia, un joven convencido, convence a los jóvenes, se convierte en un modelo cercano y asequible. Y, si se encuentra con Cristo en una experiencia personal, es capaz de ser un gran apóstol.

4. Jóvenes, apóstoles de los jóvenes y misioneros

El interés de la Iglesia por los jóvenes no es ocasional u oportunista, sino que es un interés real y sostenido como uno de los pilares básicos de su pastoral. Precisamente por esta razón la Iglesia busca que sean los jóvenes mismos quienes despierten a una fe adulta, madura y que sea capaz de proponerse con eficacia en los ambientes y en el medio social en que se desenvuelve la vida de los jóvenes. La Evangelii nuntiandi, la gran exhortación apostólica de Pablo VI sobre la evangelización en el mundo contemporáneo, es muy precisa al reproponer la doctrina que ya hemos visto de AG 12.

Las circunstancias nos invitan a prestar una atención especialísima a los jóvenes. Su importancia numérica y su presencia creciente en la sociedad, los problemas que se les plantean deben despertar en nosotros el deseo de ofrecerles con celo e inteligencia el ideal que deben conocer y vivir. Pero, además, es necesario que los jóvenes, bien formados en la fe y arraigados en la oración, se conviertan cada vez más en los apóstoles de la juventud. La Iglesia espera mucho de ellos. Por nuestra parte, hemos manifestado con frecuencia la confianza que depositamos en la juventud. (EN 72)

a) La animación misionera de los jóvenes

Apoyada en la base de la oración y de la vivencia eclesial de la fe cristiana, la animación misionera en general tiene tres funciones prioritarias: la información misionera, la formación misionera y la promoción de vocaciones misioneras[5].

Aplicado a los jóvenes significa que, si ellos deben ser los apóstoles y misioneros de los jóvenes, hace falta una pastoral juvenil que sepa leer los signos de los tiempos: descubrir las necesidades y aprovechar las oportunidades que se ofrecen. La pastoral juvenil debe apuntar decididamente a que los jóvenes puedan llegar a comunicar de una manera convincente, atractiva y creíble el mensaje del Evangelio y la experiencia de Jesús a otros jóvenes alejados de Cristo y de la Iglesia, sean éstos de sus mismos ambientes o en situaciones o países de misión. Para ello la base imprescindible es que la dimensión universal (“católica”) de la fe, base de la misionariedad de la Iglesia, debe estar mucho más nítidamente presente en los contenidos, métodos, actividades, etc. de las acciones de la pastoral juvenil. Para conseguir este objetivo la animación misionera de la pastoral juvenil debe conseguir que ésta se revista de una serie de características:

  • Potenciar el encuentro con Cristo: aprovechar las oportunidades que ofrecen la participación de los jóvenes en la Misa dominical, la celebración de los sacramentos, grupos de catequesis, de jóvenes, encuentros… para presentar un nuevo modo de creer. Una fe que se comunica: que no permanece en la clausura de la propia vida, que no busca el autocomplacerse espiritualmente, que se atreve a abrirse a lo nuevo, a los desafíos del propio creer y los que presentan los demás, que se caracteriza por la gratuidad (“gratis lo habéis recibido, dadlo gratis”)…
  • Informar: hacer ver las situaciones de los jóvenes a su alrededor, reflexionar sobre los problemas que comparten, sensibilizar por la situación de los demás, conocer la realidad de las personas en otras partes del mundo… para que se capaciten para dialogar. Los jóvenes en el mundo de hoy necesitan aprender a no sentir miedo ante las grandes preguntas de la vida, a no dar sólo respuestas estereotipadas, tradicionales, doctrinales, etc., a dejarse interpelar por los demás, aun cuando ello hace tambalearse las propias convicciones… No necesitan respuestas a preguntas que no se hacen, sino interrogarse sobre la realidad y buscar las respuestas.
  • Fomentar la formación: ayudar a plasmar en la propia vida el Evangelio, a conocerlo y vivirlo, experimentar la realidad pluriforme de la Iglesia, enseñar a afrontar la realidad de un mundo plural y la diversidad, conocer las otras religiones y a valorarlas… para madurar como cristianos y como laicos. A los jóvenes hay que ofrecerles una formación que sepa aunar la experiencia espiritual, los contenidos doctrinales y la pedagogía cristiana en una experiencia de comunión eclesial íntegra donde no falte ni la participación ni el contraste comunitario, la revisión de vida o la necesaria disciplina. Un objetivo importante a lograr es que tienen que sentirse enviados por la Iglesia y saber que no van por cuenta propia; ello implica también aprender a colaborar con los distintos grupos misioneros que hay en la Iglesia. Dedicar la vida a la misión evangelizadora de la Iglesia significa poner todo sin reservarse nada, pues todo lo que recibimos es un don de Dios no sólo para sí mismo, sino también para los demás.
  • Promover las vocaciones misioneras: tomar conciencia que, desde el bautismo, todos tenemos el derecho y el deber de evangelizar, presentar las diversas vocaciones en la Iglesia: su necesidad y especificidad, ver la necesidad de que la Iglesia se haga presente a través de los cristianos en los diversos ambientes… para que puedan discernir la vocación a la que Dios les llama para vivir plenamente su fe en Cristo. Ya sabemos que la pastoral juvenil debe ser decididamente vocacional. En este contexto de la animación misionera el acento que quiero resaltar no es que hay que suscitar vocaciones específicamente misioneras, sino que creo que el acento se debe poner en la necesidad de discernir la vocación a la que Dios llama a cada joven, porque en la llamada que Dios hace a un joven puede estar escondida una nueva forma de vivir la misión, especialmente entre los jóvenes. Hay que estar abiertos a las iniciativas de los jóvenes y a las llamadas que sienten de parte de Dios, porque muchas veces de este modo Dios se ha servido de su intrepidez, creatividad y valentía para suscitar muchos carismas, también misioneros; desviándolas hacia los carismas ya conocidos, podemos “apagar el Espíritu” y una iniciativa misionera. La animación misionera en esta perspectiva tiene que ganar en apertura para no tener miedo a las iniciativas de los jóvenes, sino, convenientemente discernidas y encauzadas, potenciarlas.

b) El empeño misionero de los jóvenes

Si, como dice el Papa en la Redemptoris Missio a propósito de los jóvenes: “evidentemente ya no bastan los medios ordinarios de la pastoral; hacen falta asociaciones e instituciones, grupos y centros apropiados, iniciativas culturales y sociales para los jóvenes” (n. 37), habrá además que tener en cuenta que siempre serán más eficaces las iniciativas que sean ideadas y realizadas por los propios jóvenes que las que se hagan para ellos sin contar con su participación en la iniciativa.

Una Iglesia misionera es una Iglesia adulta, una comunidad de creyentes que forma personas maduras en la fe, capaces de afrontar su propia responsabilidad. Los jóvenes son una gran fuente de dinamismo en este sentido de la madurez eclesial en la fe. Ellos que empiezan a afrontar la vida con libertad y autonomía piden que la Iglesia renuncie a todo papel paternalista o maternalista y les permita ser adultos. Una Iglesia misionera es una Iglesia que se abre toda ella a la dimensión misionera ad gentes y en la que todos los servicios respetan el principio de subsidiariedad de personas y pequeñas comunidades y grupos, indicando las pistas del universalismo, de la primera evangelización y de la ayuda a las Iglesias hermanas más necesitadas[6]. Esto vale especialmente para los grupos de jóvenes con sus iniciativas a veces un tanto alocadas o fuera de lugar, pero que no se deben acallar sistemáticamente, sino reconducido y educado con pedagogía cristiana.

Las iniciativas de los jóvenes para evangelizar a los jóvenes y para la misión ad gentes son una riqueza preciosa para toda la Iglesia. Estas iniciativas deben ser estimuladas y potenciadas siempre y el papel que representen las personas encargadas de la formación, acompañamiento espiritual, animación, etc. de los jóvenes debería ir dejando de lado paulatinamente el carácter directivo para permitir que lo asuman los propios jóvenes y que sean ellos los que se responsabilicen de llevar a cabo las iniciativas.

No hay que tener miedo a experimentar nuevas formas de misión, sólo prudencia y cautela, y mucho menos recelo o envidia, sino alegrarse de que los jóvenes despierten a la fe con dinamismo y con ganas de hacer algo por los demás. Esto vale especialmente en el caso de la misión ad gentes en territorio de misión: ONG’s, ayudas al desarrollo, “misioneros por un tiempo”, etc. son experiencias que, aunque algunas a veces parecen muy alejadas de planteamientos de fe, pueden ayudar mucho a formar la conciencia misionera de los jóvenes; también son muy útiles y eficaces para la misión, tanto lo que se puede aportar desde la misión de dimensión ética, espiritual y religiosa a lo que es estrictamente cooperación al desarrollo, como, viceversa, lo que se puede aportar desde estas experiencias a la misión como riqueza y nuevos cauces y modos de evangelización.

5. LAS OMP Y LA ANIMACIÓN MISIONERA DE LA PASTORAL JUVENIL

         Ante este panorama de la sociedad y de la Iglesia cabe preguntarse cómo se materializan los criterios expuestos anteriormente y cuál es la aportación concreta que hacen las OMP a la animación misionera de la pastoral juvenil. La intención de este apartado es exponer junto a los criterios la manera práctica en que éstos se han ido plasmando en iniciativas y proyectos pastorales.

a) Especificidad de las OMP: Ser fermento misionero

Ante el gran abanico de posibilidades que se abre a los jóvenes para vivir el espíritu misionero, cabe preguntarse en primer lugar cuál es la especificidad de las OMP y del trabajo de animación misionera que realizan. La respuesta es muy sencilla si se tiene en cuenta el carácter pontificio y episcopal de las OMP. Ellas, por vocación fundacional y por la misión encomendada por el Papa, sirven para canalizar a nivel universal la colaboración que los fieles de todo el mundo brindan a los misioneros y a la labor de evangelización y de promoción humana y social que llevan a cabo entre los más necesitados. Su labor no está restringida de ninguna manera a un sector del inmenso campo de la misión, sino que ayuda por igual a cualquier misionero o cualquier situación de urgencia o necesidad de ellos.

Siendo esto así, se comprende que la labor de animación misionera en el campo de la juventud que realizan las OMP tampoco está limitada a un sector de la pastoral y, en consecuencia, no consiste en la creación de más grupos de jóvenes de carácter misionero. Las OMP brindan su colaboración para hacer presente la dimensión misionera de la Iglesia en toda la pastoral juvenil y potenciar el espíritu misionero en todas las actividades de cualquier nivel (diocesano, nacional o internacional) que se lleven a cabo. Para la misión de las OMP es esencial que se tenga en cuenta en todo momento en cualquier clase de plan o de actividad pastoral la dimensión misionera, pero esto es de especial importancia en todo aquello que se refiere al ámbito de la juventud; en función de este objetivo tiene sus propias iniciativas que ofrece a todos y brinda su ayuda a cualquier iniciativa que quiera tener presente la misión.

No por casualidad el Papa Juan Pablo II en la encíclica misionera Redemptoris Missio, exponiendo los diversos ámbitos de la misión, indica el de la juventud como uno de los más importantes en el ámbito social. Esto es importante tenerlo en cuenta tanto en los países donde la presencia de la Iglesia es más reciente como en los nuestros, de presencia más antigua, pero cuya influencia queda muy mermada en muchos sectores de la sociedad y de forma alarmante en el juvenil, que se ha ido convirtiendo de forma paulatina pero imparable en un ámbito de acción misionera.

Por este motivo se hace urgente la sensibilización misionera de los jóvenes cristianos, integrando la animación misionera como una parte esencial e irrenunciable dentro de las actividades pastorales que se hagan destinadas a ellos. Las OMP son muy conscientes de esta realidad y por eso se han comprometido fuertemente para pensar y llevar a la práctica proyectos de animación misionera de jóvenes en todos los ámbitos de la pastoral juvenil. Aquí se debe poner de manifiesto que las OMP han trabajado siempre en total coordinación con el Secretariado de la Comisión Episcopal de Misiones y también hay que expresar claramente la sintonía que se ha encontrado con el Sub-Departamento de Pastoral Juvenil de la Conferencia Episcopal Española para trabajar en estrecha colaboración.

Con este espíritu de comunión las OMP han colaborado en la Peregrinación Europea Juvenil a Santiago de Compostela en el año 2004 con motivo del Año Santo Compostelano y en la Jornada Mundial de la Juventud de Colonia en el año 2005 en la realización de sendos talleres misioneros. Con ellos se pretendía una presencia significativa de la animación misionera en estas importantes actividades de la pastoral juvenil a nivel nacional e internacional. La importancia de estos talleres se vio confirmada por la buena acogida y la participación numerosa y activa de los jóvenes en ellos, como una prueba más del interés de los jóvenes por el tema misionero y un estímulo para seguir proponiendo este tipo de actividades en el futuro.

Otro importante servicio que las OMP en colaboración con la CEM prestan a la animación misionera de la pastoral juvenil es la publicación cada curso del Itinerario misionero para jóvenes. El primero se publicó en el curso 2004-05 y tenía como punto central la figura de los Reyes Magos, como preparación para la Jornada Mundial de la Juventud de Colonia. El segundo (curso 2005-06) tenía como objetivo presentar y actualizar la figura de San Francisco Javier con motivo del V Centenario de su nacimiento, mientras que el tercero, el del presente curso, profundiza en los contenidos esenciales de la encíclica “Dios es amor” desde el punto de vista de la misión: “La caridad, alma de la misión”. Con el Itinerario misionero para jóvenes se hace una propuesta de actividades, dinámica y atractiva, para los jóvenes, que sirva de guía para que en los grupos juveniles se pueda reflexionar y ahondar en la dimensión misionera de la fe. Está, pues, dirigido a todo tipo de grupos juveniles, no necesariamente misioneros, para ayudarles a conocer y suscitar su interés por la misión de la Iglesia. El Itinerario es abierto y dinámico y el resultado depende de cómo cada grupo, con su propia creatividad y originalidad, se sirva de él.

b) Ser protagonistas de la misión

El interés por la animación misionera de jóvenes tiene como punto central el hacer que ellos mismos sean y se sientan protagonistas de la misión así como de la labor pastoral de la animación misionera. Por este motivo sería contradictorio que las iniciativas de animación y colaboración misionera de jóvenes se hicieran sin contar con sus valiosas aportaciones. Es por eso que uno de los frutos de este interés y compromiso por la animación misionera de jóvenes por parte de las OMP fue la creación en la Dirección Nacional de las OMP de un órgano de asesoramiento y apoyo en este campo: el Consejo de Jóvenes.

 

El Consejo está presidido por el Director Nacional y compuesto, además de las personas responsables en la Dirección Nacional en este campo, por jóvenes provenientes de diversas Delegaciones Diocesanas de Misiones y asociaciones misioneras. Su primera reunión tuvo lugar el 5 de noviembre de 2005 y en ella el Consejo se fijó los siguientes objetivos generales: 1) ayudar a las OMP en la animación misionera de jóvenes en parroquias, asociaciones y grupos, especialmente juveniles y 2) hacer presente el espíritu universal y el servicio a la misión, propio de las OMP en la actividad pastoral ordinaria.

 

Para cumplir con estos objetivos el Consejo se propone prestar su colaboración a las OMP para reflexionar sobre las necesidades de la animación misionera de los jóvenes; puede proponer actividades de animación y formación misionera de jóvenes y colabora para la realización de las mismas. Entre sus funciones está además formar parte de la representación de las OMP en España en actividades internacionales. En la medida de sus posibilidades, el Consejo también presta su ayuda para hacer presente la animación misionera en la pastoral juvenil ordinaria; socorrer a las necesidades de animación y formativas de los grupos misioneros de jóvenes y conocer y coordinar las actividades de los grupos misioneros de jóvenes. Por último también colabora en la preparación y redacción del Itinerario Misionero para jóvenes de cada curso.

c) Promover la colaboración misionera

En el mismo sentido de promoción del protagonismo en la misión las OMP buscan promover la colaboración de los jóvenes en la actividad misionera de la Iglesia universal. Como ya se ha dicho, no es objetivo de las OMP promover grupos misioneros propios, no obstante, sí es deber de las Obras promover la colaboración misionera de todo el pueblo de Dios en todos los aspectos (espiritual, económica y personal). Aquí es muy importante la aportación que los jóvenes pueden hacer, y de hecho hacen, a la misión universal de la Iglesia.

En España existen un gran número de asociaciones, grupos misioneros u ONG’s de inspiración cristiana que llevan a cabo multitud de actividades de colaboración misionera de todo tipo. Los jóvenes cristianos despliegan una amplísima labor de apoyo a los misioneros de múltiples maneras: desde recoger medicinas, ropa o dinero para los misioneros hasta las experiencias de colaboración personal con los misioneros en vacaciones o incluso por periodos mucho más prolongados. Es muy difícil valorar el número de estas asociaciones o grupos y mucho más difícil el de jóvenes que participan en estas experiencias, por la gran difusión; esto es ya un signo clarísimo del interés que suscita entre los jóvenes y el atractivo tan grande que es para ellos el poder con su entusiasmo y su esfuerzo ayudar a los misioneros.

Aquí además se debe constatar el efecto tan beneficioso que ejerce la mutua interrelación entre la pastoral juvenil y la misionera, como se ha visto en el apartado anterior y se verá también más adelante. Dada la apertura de joven hacia todo lo nuevo y hacia el mundo la pastoral juvenil se enriquece extraordinariamente cuando incluye entre sus objetivos la promoción de la misión universal: los jóvenes encuentran una perfecta sintonía entre su modo de concebir el mundo y la propuesta de una experiencia de fe que rebasa las pequeñas fronteras de lo cotidiano. La impronta misionera en la pastoral juvenil proporciona un gran estímulo a los jóvenes a salir de sí mismos y a emprender la aventura de abrirse a los horizontes universales de la fe. Recíprocamente la pastoral misionera tiene puesta su esperanza en la juventud: de entre ellos surgirán los futuros misioneros y misioneras que tomarán el relevo de la misión en las diversas partes del mundo.

Por esta gran difusión de grupos, que comparten ideales comunes y tienen dificultades parecidas, pero que no se conocen entre ellos, las OMP, conscientes de la universalidad de su misión, tomaron la iniciativa de convocar con carácter anual un Encuentro Misionero de Jóvenes, que este año llegará a su cuarta edición. Los objetivos del Encuentro son muy claros: reflexionar sobre la vocación misionera; vivir con otros grupos juveniles misioneros la experiencia de la animación y cooperación misionera en la comunidad eclesial de pertenencia; intercambiar experiencias entre los grupos misioneros juveniles y conocer las actividades misioneras para jóvenes que se realizan en y desde las OMP y las Delegaciones Diocesanas de Misiones.

Las OMP, con el asesoramiento del Consejo de Jóvenes, están también en búsqueda de los cauces para promover aún más la colaboración económica y personal de los jóvenes con la misión universal de la Iglesia. Para fomentar la cooperación personal se ha fijado como uno de los objetivos del Encuentro intercambiar las experiencias misioneras que hacen los jóvenes y los distintos grupos. Esto es esencial para conocer las necesidades de formación y los modos que más ayudan a los jóvenes a tener esta experiencia de forma que resulte positiva para su crecimiento personal y en la fe. De esta manera se piensa ir creando una estructura de conocimiento mutuo y de compartir que sirva para canalizar de forma eficaz el deseo de los jóvenes de colaborar ellos mismos personalmente en algún lugar de misión.

En el campo de la cooperación económica en el Consejo de Jóvenes surgió la iniciativa de proponer pequeños proyectos para que, con ocasión, por ejemplo, de la recepción del sacramento de la confirmación o cualquier otro motivo, los jóvenes puedan ser interpelados para tener presente la dimensión universal de la fe y cooperar económicamente con algún proyecto. Para ello, y a través del Secretariado de la Comisión Episcopal de Misiones, se pidió al Fondo Nueva Evangelización de la Conferencia Episcopal Española que hicieran una selección de proyectos de ayuda que puedan ser interesantes y atractivos para los jóvenes. Ésta es una iniciativa que se ha tomado también con los niños de primera comunión ya que es una forma simbólica de que los niños y los jóvenes comprendan que ellos también están llamados a colaborar con los misioneros y a ser ellos mismos apóstoles de Cristo y misioneros.

También en el seno del Consejo se va madurando la idea de conseguir la realización de ejercicios espirituales de temática misionera para la formación en la espiritualidad misionera de los jóvenes, especialmente si van a ir en misión, y como cooperación espiritual con la misión.

d) Fomentar la participación en las Jornadas misioneras

Dentro de esta dinámica de promoción de la cooperación activa de los jóvenes con la misión universal de la Iglesia, en las OMP se ha hecho muy presente en diversas instancias y órganos la inquietud de cómo hacer para que las Jornadas misioneras que se celebran en España lleguen a los jóvenes cristianos, sean interesantes para ellos y les interpelen a su colaboración. Es deber de las OMP hacer que todos los cristianos tengan la oportunidad de colaborar en la medida de sus posibilidades con la misión universal de la Iglesia, por eso, también a los jóvenes debe llegar la convocatoria que las OMP hacen a todo el pueblo de Dios a través de las diversas Jornadas misioneras para que puedan ejercer este deber/derecho de ayudar a los misioneros y de solidaridad humana.

Una de las primeras sugerencias fue lógicamente buscar las formas por medio de las cuales se puede dar mayor difusión entre los jóvenes, en las parroquias y los grupos, a las revistas de carácter misionero editadas por las OMP, especialmente Supergesto, que es una revista pensada para ellos. En ellas se hace difusión de la realidad que en la actualidad viven los misioneros, pero también de las Jornadas misioneras, son por ello un buen instrumento para dar a conocer a los jóvenes la situación y las necesidades de las personas y los pueblos a los que los misioneros atienden, así se va creando conciencia misionera y pueden ser interpelados a la hora de la celebración de las diversas Jornadas a fin de que también ellos brinden su colaboración.

Además el Consejo de Jóvenes se planteó reflexionar sobre este asunto y sugerir otras iniciativas que contribuyeran a ello. El Consejo propuso algunas iniciativas que a través de las Delegaciones Diocesanas de Misiones se harán llegar a las parroquias y a los grupos juveniles para una mayor participación de los jóvenes en las Jornadas. Para ello se pensó en fomentar la celebración de la vigilia de oración de la Jornada de Vocaciones Nativas; otra iniciativa consiste en sugerir la organización de una semana misionera en las parroquias; también y con motivo de la misma Jornada se puede hacer que los jóvenes conecten con los seminaristas para explicarles el sentido de la Jornada y proponerles que asuman alguna beca de estudio para sus colegas de Iglesias más jóvenes.

e) Participar en actividades internacionales

Ya que las OMP tienen entre los rasgos de su identidad específica la internacionalidad y la universalidad, una de las dimensiones más importantes del trabajo de animación misionera con los jóvenes es, además de conseguir imbuir este mismo espíritu en las actividades que se realizan, participar representando a España en actividades de carácter internacional que organizan los Secretariados Internacionales de las diversas OMP u otros organismos misioneros de ámbito internacional.

Esta faceta de la labor de las OMP se inauguró con la participación de tres representantes (un responsable y dos jóvenes) en la Jornada Mundial de la Juventud de Colonia formando parte del grupo de jóvenes representantes de las OMP de todo el mundo que había sido convocado por el Secretariado Internacional de la POPF. Éste resultó ser el grupo más internacional de toda la JMJ ya que integraba la única representación en el evento de jóvenes de algunos países (como Papúa-Nueva Guinea o República Centroafricana).

En este capítulo de los objetivos y actividades de las OMP para la animación misionera de jóvenes se cuenta la participación en el Ágora de los Jóvenes del Mediterráneo que se celebra cada año en los primeros días de septiembre cerca del Santuario de Loreto (Italia). Ésta es una iniciativa de la Conferencia Episcopal Italiana que a través del Servizio Nazionale per la Pastorale Giovanile dirige una invitación a los organismos encargados de la pastoral juvenil y misionera de todos los países del Mediterráneo para que envíen una representación de ambas pastorales a este Encuentro. Este proyecto pretende estrechar los lazos de fe y caridad entre las Iglesias de todo el Mediterráneo y fomentar una cultura común de solidaridad y de paz.

6. Conclusión

La actividad pastoral de la animación misionera tiene unos objetivos y un modo de proceder que es común a todos en la Iglesia. En este sentido las OMP no hacen una contribución que pueda ser considerada original ya que se sirve de los medios pastorales similares a los de cualquier otra institución en la Iglesia. Sí es original considerando la especificidad de su misión en la Iglesia. Las OMP continúan respondiendo el espíritu fundacional que les es común a las cuatro Obras de ser instrumentos al servicio del Papa y de los obispos para la evangelización de todo el mundo; “son los medios de infundir en los católicos, desde la infancia, el sentido verdaderamente universal y misionero” (AG 38).

En cualquier caso las iniciativas que se han reseñado tienen el carácter siempre de propuestas abiertas a todos; no pretenden suplantar a las numerosas actividades que ya realizan las diócesis, parroquias, instituciones misioneras, grupos juveniles, etc., sino todo lo contrario, promover la animación misionera de los jóvenes a todos los niveles y fomentar el espíritu de comunión de todos en una Iglesia que sea verdaderamente misionera. Porque en el campo de la pastoral juvenil las OMP han hecho siempre un esfuerzo considerable para que a través de múltiples iniciativas los jóvenes vayan incorporando a su formación humana y en la fe cristiana la dimensión de la misión universal de la Iglesia. Las OMP han procurado mantener siempre vivo su interés por esta importante labor de sensibilización misionera, en diálogo también con las necesidades pastorales de la Iglesia en cada momento, fomentando una actividad de animación misionera de los jóvenes acorde con las necesidades de cada momento, como se puede constatar a lo largo de su historia en España.

 

Misiones Extranjeras, nº 217, marzo-abril 2007

 


[1] Estatuto de las Obras Misionales Pontificias, I, n. 13.

[2] Ibid., II, art. 6e.

[3] FAD, Jóvenes y estilos de vida. Valores y riesgos en los jóvenes urbanos, 2003.

[4] JUAN PABLO II, Discurso a los jóvenes en la Base Aérea de Cuatro Vientos, Madrid, Sábado 3 de mayo de 2003, nn. 4-5.

[5] COMISIÓN EPISCOPAL DE MISIONES Y COOPERACIÓN ENTRE LAS IGLESIAS, La misión ad gentes y la Iglesia en España, Madrid 2001, pp. 44ss.

[6] Cf. J. ESQUERDA BIFET, “La misión ad gentes¸ acción prioritaria de las iglesias particulares”, en: COMISIÓN EPISCOPAL DE MISIONES Y COLABORACIÓN ENTRE LAS IGLESIAS,  Es la hora de la misión. Actas del Congreso Nacional de Misiones, Madrid 2003, p. 166.