La Misión, fuente gozosa de generosidad


Mons. Frnacisco Pérez González
Director Nacional de OMP - España

 

 

1.- Los retos de la ‘nueva misión’ hoy en la Iglesia

 

       Ante las circunstancias que hoy nos acompañan hemos de poner el acento en la labor importante y necesaria de la ‘nueva evangelización’. Podemos decir que ante momentos difíciles la misión se hace más urgente. Es no sólo una ‘nueva evangelización’ sino también una ‘nueva misión’. Los carismas que el Espíritu Santo envía hoy tienen unas características especiales para una época que está apresada por la masificación y la influencia de los medios de comunicación. La misión o se hace en comunión y fortaleciendo el ámbito comunitario o nos vemos impotentes ante la corriente tan fuerte que viene programada y estructurada por el materialismo o por el hedonismo. En las primitivas comunidades cristianas se advertía que quien, en su vida diaria, se  sentía acosado por las tentaciones de todo tipo, el mismo ambiente comunitario lo libraba si se amparaba en él. Una de las flojeras que hoy sufre el cristiano es el individualismo y el personalismo. OMP tiene la obligación de ayudar e impulsar, a todas las ‘comunidades eclesiales y cristianas’, a vivir el espíritu de la misión y siempre desde la raíz de la comunión y de la solidaridad.

 

1.1.- Nueva misión y nueva evangelización 

              A nuevos tiempos, nuevo ardor, nueva dinámica y nuevos métodos. El Evangelio no se cierra en tiempos pasados, tan importante fue ayer como lo es hoy. El ser humano necesita la salvación de Cristo ayer, hoy y mañana. Se ha perdido la savia que da fuerza a la sociedad y se buscan remedios bajo la capa de cultura. Se intenta marginar lo religioso e incluso se lo considera un peligro para los sociedad. Nos hallamos ante el diálogo con las demás denominaciones cristianas y las otra religiones. Para dar respuestas muchos piensan que lo mejor es meter a todas en una ‘turmi’ y de lo que salga eso es lo que debe predominar como religioso. La regulación de la sociedad viene marcada por las directrices y normas de los Parlamentos que legislan con un absolutismo tal que no tienen presente ni los principios de la ley natural y menos la moral o ética. Ante esta situación el ardor misionero debe ser mayor y el Evangelio -como la luz encima del celemín- debe brillar. No podemos quedarnos agachados y agazapados en lo culto de nuestras comunidades sino anunciar con valentía el evangelio de Jesucristo. Una nueva misión en la nueva evangelización. 

 

1.2.- Nuestra sociedad está falta de esperanza y de alegría            

              Hace dos años hubo un lema con motivo de la Infancia Misionera que se formulaba: ‘Contigo el mundo sonreirá’. Creo que la labor fundamental de las Obras Misionales Pontificias es la hacer felices a los demás y ésta se manifiesta cuando sonreímos. La sonrisa es el destello de luz de la alegría y felicidad que habita dentro de nosotros. Por una parte, el mundo está llamado a esperar y a sonreír, a gozar de la "gloriosa libertad de los hijos de Dios" (Rom 8,21) o experimentar lo que dice el evangelista San Juan: "Se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar" (Jn 16,22). Sin embargo, nuestro mundo no sonríe, no es feliz porque le faltan una serie de condicionantes esenciales.

            Que el mundo no sonríe y está falto de esperanza es fácil demostrarlo. Basta que escuchemos las noticias de los medios de comunicación para deducir inmediatamente que en el mundo falta la sonrisa, la alegría, la paz, la armonía, la unidad, la amistad... No hay día que no nos despertemos con alguna noticia desagradable de guerras, actos terroristas, violaciones de los derechos humanos, hambre, violencia, secuestros, asesinatos, malos tratos... Nuestro mundo no sonríe, no puede sonreír mientras se halle en esta situación.

            Pero, en el fondo de todo hay otro problema más grave aún, es que nuestro mundo está alejado de Dios, no goza del amor e intimidad de Dios. Unos por desconocimiento, otros por indiferencia, otros por el materialismo, otros por falta de compromiso... lo cierto es que, en muchas personas e instituciones, Dios, la fe, los valores están muy en baja.

 

1.3.- Todos somos necesarios 

Y aquí proponemos la otra parte de nuestro quehacer. Te necesitamos a ti. Todo esto puede resolverse con tu aportación. Si eres lo que debes ser el mundo cambiará. Tu ayuda es imprescindible. "Contigo el mundo esperará y sonreirá". Si tu dejas de aportar tu "granito de arena", el mundo no sonreirá al menos en su plenitud. No olvides que tú eres parte muy importante del entramado del mundo. Has de aportar lo que tienes.  

Convendría recordar aquí lo que nos dice la Escritura: "Que cada cual ponga al servicio de los demás la gracia que ha recibido, como buenos administradores de las diversas gracias de Dios. Si alguno habla, sean palabras de Dios; si alguno presta un servicio, hágalo en virtud del poder recibido de Dios, para que Dios sea glorificado en todo por Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos" (1 Pe 4,10-11).  

El don que Dios te haya dado (vocación, juventud, experiencia, cualidades, conocimientos, simpatía, fe) has de ponerlo al servicio de los demás para que gocen de tu aportación y tú goces al amar y servir. Porque en la Iglesia hay diferentes servicios y funciones - que brotan del mismo Espíritu Santo como de su fuente- pero todos están al servicio y edificación de los demás. "A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común. Porque a uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe, en el mismo Espíritu; a otro, carisma de curaciones, en el único Espíritu; a otro, poder de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversidad de lenguas; a otro, don de interpretarlas. Pero todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad. Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo" (1 Co 12 ,7-12). 

El mundo es comparado a una viña. Y a todos nos llama el Señor a su viña. Unos más pronto, otros más tarde; unos para unos fines, otros para otros; unos con unos carismas, otros con otros. Pero todos tenemos una misión concreta y personal que efectuar en esta Viña del Señor, que es esta Humanidad tan abatida por el dolor, las divisiones, los odios... La parábola evangélica (de los enviados a la viña) despliega ante nuestra mirada la inmensidad de la viña del Señor y la multitud de personas que son llamadas por Él y enviadas para que tengan trabajo en ella. “La viña es el mundo entero (cf. Mt 13, 38), que debe ser transformado según el designio divino en vista de la venida definitiva del Reino de Dios" ( Juan Pablo II, Christifideles laici, 1). 

 

1.4.- Características de la misión 

           ¿Cómo anunciar a ese Jesús salvador, respuesta perfecta a todo interrogante del hombre de hoy y de siempre, el único que puede dar el gozo y la plenitud que el hombre y la humanidad tanto ansían? ¿Cómo anunciar a Jesús y su mensaje a un mundo frío y desconfiado, enfrascado en el cieno de su orgullo o de sus riquezas-pobrezas?          

            Me permito recordar algunas pautas, por otra parte ya muy conocidas y seguramente puestas muchas veces en práctica, sobre todo por aquellos que están en primera línea evangelizadora. 

 

a) Testimonio de vida, amor y servicio 

Para acercarnos con autenticidad y eficacia a ese mundo que no sonríe y a quien amamos de corazón, hemos de ser testigos de Cristo, de su amor y de su paz. El testimonio de vida, la actitud de servicio y amor, de alegría y disponibilidad son muy necesarios, porque, como escribió el Papa Juan Pablo II, siguiendo el pensamiento de Pontífices anteriores que el hombre contemporáneo cree más a los testigos que a los maestros; cree más en la experiencia que en la doctrina, en la vida y los hechos que en las teorías. El testimonio de vida cristiana es la primera e insustituible forma de la misión: Cristo, de cuya misión somos continuadores, es el «Testigo» por excelencia (Ap 1, 5; 3, 14) y el modelo del testimonio cristiano... 

La primera forma de testimonio es la vida misma del misionero, la de la familia cristiana y de la comunidad eclesial, que hace visible un nuevo modo de comportarse. El misionero que, aun con todos los límites y defectos humanos, vive con sencillez según el modelo de Cristo, es un signo de Dios y de las realidades trascendentales. Pero todos en la Iglesia, esforzándose por imitar al divino Maestro, pueden y deben dar este testimonio, que en muchos casos es el único modo posible de ser misioneros. 

El testimonio evangélico, al que el mundo es más sensible, es el de la atención a las personas y el de la caridad para con los pobres y los pequeños, con los que sufren. La gratuidad de esta actitud y de estas acciones, que contrastan profundamente con el egoísmo presente en el hombre, hace surgir unas preguntas precisas que orientan hacia Dios y el Evangelio. Incluso el trabajar por la paz, la justicia, los derechos del hombre, la promoción humana, es un testimonio del Evangelio, si es un signo de atención a las personas y está ordenado al desarrollo integral del hombre ( Juan Pablo II, Redemptoris Missio, 43). 

Por tanto se trata de "sembrar" el bien, la "buena nueva" de Cristo, con generosidad, con amor, olvidándonos incluso de nosotros mismos, de nuestros intereses o los de nuestro entorno. "El Señor llama siempre a salir de uno mismo, a compartir con los demás los bienes que tenemos, empezando por el más precioso que es la fe" ( Juan Pablo II, Redemptoris Missio, 49).

 

b) Fidelidad al mensaje de Cristo y a la Iglesia 

Pero el anuncio de la alegría de Cristo muerto y resucitado que ha de hacer cada cristiano no puede contradecir ni a Cristo ni a la Iglesia. El testigo evangelizador o comunicador de la Buena Noticia ha de estar en perfecta sintonía con Cristo y con la Iglesia. Solamente en esta comunión está la garantía de su eficacia. Como Cristo no hacía nada sin estar en unidad con su Padre (cf. Jn 8,28-29), tampoco la Iglesia puede hacer nada positivo sin estar en relación vital con Cristo, ni el fiel será eficaz sin esa conexión con Cristo y con la Iglesia.  

"La Iglesia debe ser fiel a Cristo, del cual es el Cuerpo y continuadora de su misión. Es necesario que ella camine «por el mismo sendero que Cristo; es decir, por el sendero de la pobreza, la obediencia, el servicio y la inmolación propia hasta la muerte, de la que surgió victorioso por su resurrección»... «Una Iglesia particular que se desgajara voluntariamente de la Iglesia universal perdería su referencia al designio de Dios y se empobrecería en su dimensión eclesial» ( Juan Pablo II, Redemptoris Missio 39).

Recientemente ha puesto de manifiesto el Papa Juan Pablo II en una Carta enviada al cardinal Miloslav Vlk, arzobispo de Praga y presidente saliente del Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa (21 de abril 2001): «La unidad por la que rezó el Señor en el Cenáculo es una condición para la credibilidad del testimonio cristiano, hoy más que nunca debemos dirigir nuestra reflexión sobre esta relación profunda que juega un papel decisivo en el impacto que el mensaje cristiano tendrá en el mundo».  

 

c) Comunicar la "nueva noticia" de Cristo con claridad

A un mundo que sufre la ausencia de la alegría, de Dios, de la verdad, no podemos ir con dudas e incertidumbres, máxime teniendo, como tenemos, la verdad plena que es Cristo. No podemos ir con la sonrisa socarrona que dulcifica la cara pero está envilecido el interior.

Cristo y la Iglesia confían a todos la tarea de gritar al mundo la alegría que brota de haber encontrado la verdad y la plenitud."Dejaos seducir por Cristo; acoged su invitación y seguidlo. Id y predicad la buena noticia que redime (cf. Mt 28, 19); hacedlo con la felicidad en el corazón y convertíos en comunicadores de esperanza en un mundo que no raramente está tentado por la desesperación, comunicadores de fe en una sociedad que a veces parece resignarse a la incredulidad; comunicadores de amor entre acontecimientos cotidianos frecuentemente marcados por la lógica del más desenfrenado egoísmo" (Juan Pablo II, Carta a los jóvenes,  21 de Noviembre de 1993, Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, n.  4)          

 

d) Comunicar la alegría supone vivir el misterio pascual  

           Pero esta actitud de amor, de servicio, de disponibilidad, de espíritu acogedor y reconciliador supone estar dispuesto a morir a uno mismo. Supone, en otros términos, una auténtica respuesta evangélica. Es, en definitiva, vivir las exigencias del "misterio pascual", es decir, estar dispuestos a morir a nuestros gustos, criterios y bagaje para que brote la vida, el amor, la paz, la armonía; estar dispuesto a seguir con radicalidad a Jesús muerto y resucitado. La pascua, la resurrección, la floración y la misión en la Iglesia vinieron después que Cristo murió y resucitó, después que se hizo obediente hasta la muerte de cruz. La transformación de las cosas, de la humanidad, viene con la muerte y resurrección de Jesús y de cada uno de los cristianos que nos hacemos uno con él. 

El misionero es el hombre de las bienaventuranzas. Jesús instruye a los Doce, antes de mandarlos a evangelizar, indicándoles los caminos de la misión: pobreza, mansedumbre, aceptación de los sufrimientos y persecuciones, deseo de justicia y de paz, caridad; es decir, les indica precisamente las bienaventuranzas, practicadas en la vida apostólica (cf. Mt 5, 1-12). Viviendo las bienaventuranzas el misionero experimenta y demuestra concretamente que el reino de Dios ya ha venido y que él lo ha acogido. La característica de toda vida misionera auténtica es la alegría interior, que viene de la fe. En un mundo angustiado y oprimido por tantos problemas, que tiende al pesimismo, el anunciador de la «Buena Nueva» ha de ser un hombre que ha encontrado en Cristo la verdadera esperanza (Juan Pablo II, Redemptoris Missio 91).

 

e) Misionar exige previamente la contemplación 

Toda acción apostólica de la Iglesia se fundamenta en la oración. El cristiano y el misionero han de ser "contemplativos". Juan Pablo II afirma que los misioneros reflexionen sobre el deber de ser santos, que el don de la vocación les pide, renovando constantemente su espíritu y actualizando también su formación doctrinal y pastoral. El misionero ha de ser un «contemplativo en acción». Él halla respuesta a los problemas a la luz de la Palabra de Dios y con la oración personal y comunitaria. El contacto con los representantes de las tradiciones espirituales no cristianas, en particular, las de Asia, me ha corroborado que el futuro de la misión depende en gran parte de la contemplación. El misionero, si no es contemplativo, no puede anunciar a Cristo de modo creíble. El misionero es un testigo de la experiencia de Dios y debe poder decir como los Apóstoles: «Lo que contemplamos ... acerca de la Palabra de vida ... os lo anunciamos» (1 Jn 1, 1-3)" (Juan Pablo II, Redemptoris Missio,n. 91). 

Asimismo, es importante que lo que nos propongamos esté fundado en la contemplación y en la oración. El nuestro es un tiempo de continuo movimiento, que a menudo desemboca en el activismo, con el riesgo fácil del «hacer por hacer». Tenemos que resistir a esta tentación, buscando « ser » antes que « hacer ». Recordemos a este respecto el reproche de Jesús a Marta: « Tú te afanas y te preocupas por muchas cosas y sin embargo sólo una es necesaria » (Lc 10,41-42)" (Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, n.15).  

Sólo la experiencia del silencio y de la oración ofrece el horizonte adecuado en el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento más auténtico, fiel y coherente, de aquel misterio, que tiene su expresión culminante en la solemne proclamación del evangelista Juan:

« Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad » (Jn 1,14)" (Ibid., 20).

"Una oración intensa, pues, que sin embargo no aparta del compromiso en la historia: abriendo el corazón al amor de Dios, lo abre también al amor de los hermanos, y nos hace capaces de construir la historia según el designio de Dios"  (Ibid., 33)

 

f.- Servir a los demás en la perspectiva del ‘examen final’ 

Al final de nuestra vida, ya sabemos cuál va a ser el examen final: ‘Tuve hambre y me diste de comer, estaba desnudo y me vestiste, en la cárcel y fuiste a visitarme...’. No podemos mirar al futuro sin esta perspectiva. Son momentos de honda reflexión a la que nos lleva este momento histórico por el que pasamos. Hay muchos países totalmente hundidos en la miseria; las enfermedades, como el Sida, provocarán males incalculables; la violencia organizada y desarrollada en el terrorismo; los crímenes despenalizados por los Parlamentos como son el aborto y la eutanasia... Estos momentos de la historia han de discernirse con la mirada puesta en el Evangelio y en la ‘nueva evangelización’ sabiendo que al final del camino Cristo nos echará en cara las veces que lo maltratamos o lo ayudamos puesto que él nos dirá: ‘Conmigo lo hicisteis’, siempre que se hizo a uno del género humano. 

 

2.- La labor apostólica de la animación misionera

 

2.1.- Una animación misionera no ‘traumatizada’ sino ‘esperanzada’ 

Los traumas nunca 'llegan a buen puerto' más bien entorpecen cualquier acción. Hoy, sin darnos cuenta, podemos dejarnos arrastrar por un pesimismo generalizado que provoca desilusión y falta de esperanza. No es justo que quien admite en su vida la voz del evangelio, se deje llevar por la desesperanza y no es justo porque amordaza, dicha voz, y admite las voces oscuras del pesimismo reinante. La esperanza es la única razón del misionero. Muchos hubieran sido unos mediocres evangelizadores y misioneros sino hubieran rasgado su alma y expuesto la misma con valentía al calor y afecto generoso de Cristo que es la única esperanza para el hombre de ayer, de hoy y de mañana. La santidad es la razón de ser del misionero, sin ella todo se mece en el pesimismo y la desesperación; ellos son testigos de esperanza. La animación misionera no ha de caer en el trauma de lo negativo que hoy se muestra en nuestra sociedad sino adherirse al mensaje de Pablo 'mi fuerza se muestra en la debilidad...donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia'.

 

 

2.2.- Una animación misionera humilde y abrazando las 'cruces de la sociedad'

 Ante los grandes dramas por los que pasa la sociedad contemporánea, el misionero se adhiere abrazando todo dolor, sufrimiento y miseria poniendo el bálsamo de la caridad. Ninguna cruz ha de pasar inadvertida para el misionero. Sólo la humildad del corazón y la confianza en Cristo que ha entregado su vida para salvar al género humano puede ser resonancia constante en la vida y acción del misionero. La única misión es anunciar, con el testimonio y con la vida, el amor de Dios. "Seguir a Cristo, es penetrar con él en el misterio de la cruz gloriosa y el Reino de las Bienaventuranzas. Sólo con esta condición podremos llegar a ser sus discípulos. Es preciso llevar a cabo una renuncia para entrar en la pobreza de Jesús aceptando el envite de su amor" (Jean Lafrance, Ora a tu Padre, Narcea, pg.10).

 

2.3.- Una animación misionera abierta a todos y no acomplejada 

La misión no ha de cerrarse en unos sino ha de abrirse a todos. Ni ha de acomplejarse ante las adversidades y ataques que nos puedan hacer. En una sociedad que parece dar 'la espalda' a Dios más hemos de amarla; ante las instancias secularistas que amortigüan cualquier injerencia externa y más si esta es religiosa, el misionero ha de ponerse, al estilo de Cristo, a anunciar con alegría el evangelio. Al final del camino el proyecto de Dios será el más fiable puesto que es el más genuino. El proyecto del hombre desenganchado del de Dios será un fracaso y una ruina. Por ello la misión hoy es muy necesaria y urgente. La Iglesia ha de anunciar con valentía, por el bien del género humano, la única verdad que es Jesucristo. Existe la tentación del complejo cristiano y de hecho muchos sienten superiores las propuestas de la sociedad materialista, hedonista y pansexualista a las grandes afirmaciones del evangelio. Para ser cristiano hoy se necesita una gran dosis de vida misionera y ésta es la labor de los bautizados. Jesucristo y su proyecto evangélico es lo único que salva al género humano. Este es el gran regalo que hace el misionero y evangelizador a la humanidad. 

2.4.- Una animación misionera sostenida por la 'espiritualidad de comunión'

No puede haber auténtica misión sino se sostiene en la comunión sincera con la Iglesia. La autoridad del misionero tiene como base y sustento la unidad con el Papa y los Obispos. Salir de aquí es augurio de esterilidad y de personalismos infructuosos. Los mismos métodos y estructuras serian una máscara horrible y no manifestarian el verdadero ser eclesial que sólo pervive en la comunión. El Papa Juan Pablo II nos invita e impulsa a vivir la espiritualidad de comunión que supone sacrificar el propio parecer por el bien de la unidad. Es mejor el menos perfecto en unidad que el más perfecto en desunión. La Iglesia experta en humanidad y en espiritualidad nos lleva de la mano, mejor que nadie, a ser mensajeros felices y gozosos de la misión de Cristo. En ella el misionero tiene a su Madre y vive en su casa que es familia y que tiene como imagen a la Santísima Trinidad.

 

3.- Conclusión 

 

3.1.- La vida merece entregarse por la misión y la evangelización

Bien merece que, como creyentes y discípulos de Jesucristo, sigamos mostrando al género humano toda la grandeza de la misión. El cristiano ha de reconocer en todo ser humano la presencia amorosa de Dios y ha de ponerse al lado de él para que un día salga a la luz todo lo que hay en lo más íntimo de su persona. En lo profundo del hombre hay una semilla que Dios ha sembrado y esa semilla germinará en el momento oportuno porque en el corazón, todo ser humano, desea al todo de Cristo. La evangelización, en el nuevo milenio, fortalecerá la luz que está encima del celemín para que todos vean. Este siglo que hemos comenzado será un tiempo donde muchos se plantearán con seriedad y buena disposición el ir por el camino de la santidad. La misión será el desprendimiento de vida que los 'nuevos misioneros' basarán en la propuesta clara del evangelio que lleva por los caminos de la santidad. Santidad y misión cada vez irán más parejas

 

3.2.- Apoyemos todas las iniciativas que surjan para la misión

Unos a otros hemos de alentarnos y animarnos para que la misión no cese. De ahí que se ha de apoyar a todas las iniciativas que surjan sobre la misión. No olvidemos que los carismas son la expresión más cercana del Espíritu en medio de nosotros. Los institutos religiosos y de vida consagrada, las asociaciones, los movimientos apostólicos, las nuevas comunidades y las iniciativas cristianas que surgen por todas partes han de aceptarse como 'estelas de luz' que irán señalando el nuevo estilo de la misión hoy en la vida de la Iglesia en favor de la sociedad que está sedienta de evangelio. Las Obras Misionales Pontificias tienen el gran deber de promocionar, potenciar y animar todo germen de misión que surja en las distintas y diversas expresiones eclesiales. Que nadie se sienta marginado o devaluado en su entrega generosa por la causa del evangelio. 

 

3.3.- Agradecer la labor de los misioneros 

Para finalizar quiero públicamente agradecer la labor tan excelente que nuestros misioneros están realizando y el servicio silencioso pero potente que la misma sociedad ha de reconocer. Los misioneros no quieren reconocimientos espectaculares ni adhesiones como si de personas míticas se tratara, ellos quieren colaboración y plegaria para que su entrega sea lo más fiel a Cristo y a la causa del Reino de Dios.  

Estoy convencido que poniendo en práctica estas ideas podemos ser cada uno de nosotros testigos fidedignos de Cristo y de su mensaje de salvación, liberación y gozo auténtico. En otros términos, podremos contribuir a que nuestro mundo sonría con la alegría plena de los hijos de Dios y llegue a constituir una familia unida en el Amor del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que es la finalidad de la misión del Verbo encarnado y de su Iglesia.   

Homenaje del Gobierno Balear a los misioneros de las Islas Baleares, noviembre 2005