El sentido teológico de la Misión

 


Gianni Colzani

Facultad de Misionología, Universidad Urbaniana

 

El 7 de diciembre de 1965 el concilio Vaticano II aprobaba el decreto Ad gentes con 2.394 placet y 5 non placet[1]. Con la aprobación se concluía un debate breve pero intenso que había hecho emerger la necesidad de una nueva teología misionera. El final de la segunda guerra mundial puso en evidencia profundas transformaciones del mundo y de la Iglesia: el logro de la independencia política de los pueblos señalaba el ocaso de una época colonial y daban inicio a la búsqueda de una nueva identidad cultural y de un equilibrio social diverso, mientras la creciente difusión del evangelio en algunas partes del mundo y la progresiva pérdida de fe en otras, vaciaba de significado la habitual distinción entre tierras de misión y tierras cristianas. Se imponía, ya, una misión universal.

Lo reconocía con franqueza el Schema Propositionum de Activitate Missionali Ecclesiae[2] cuando admitía que los cambios efectuados “han dado nuevas dimensiones a la actividad misionera”[3] y que, finalmente, “el Evangelio debe ser proclamado en todas partes”[4]. Esta toma de conciencia motivó a la Comisión de missionibus a repensar la actividad misionera apuntando a su renovamiento. En un breve texto de 13 propositiones, convertidas luego en 14, el «Esquema» corroboraba la necesidad de la actividad misionera, no obstante la posibilidad de una salvación actuada por la gracia incluso más allá de la Iglesia; en términos operativos, proponía un “Consejo Central para la Evangelización”, creado apud[5], es decir, en la Congregación con el cometido de dar unidad orientativa a toda la actividad misionera. Este Consejo se habría servido de un Secretario, de expertos con una función de estímulo y de ahondamiento de las condiciones y de los métodos misioneros y habría obrado por medio de la misma Congregación. Los Padres rechazarán como inadecuado este planteamiento, de tal modo que el Secretario general propondrá posponer el esquema “para que sea de nuevo elaborado por la Comisión competente”. Prácticamente una no aprobación de 1.601 votos contra 311 con 2 nulos[6].

 

1. El debate conciliar del 6-9 de noviembre de 1964 y su fruto

Creo que sea de notable interés presentar sumariamente este debate, porque permite conocer la mentalidad de los Padres y sus expectativas con respecto al documento sobre la misión. Concordando en el denunciar la inadecuación de las propositiones, los Padres piden una verdadera y propia articulación de la temática misionera: sólo reconduciendo la misión a su autenticidad originaria se pueden disipar las perplejidades y las dudas sobre la actualidad y la oportunidad de la misión, latente incluso en las comunidades cristianas. Por eso reclaman que el decreto tenga un sólido fundamento teológico y muestre el vínculo de las misiones con la acción salvífica de Cristo y de la Iglesia. Por una parte rechazan la perspectiva principalmente jurídica del documento, que tenía su meollo en la propuesta del Consejo Central de la Evangelización[7], por otra parte, no consideran suficientes las observaciones teológicas pasadas en el De Ecclesia[8]. Los Padres quieren una verdadera y propia amplia estructuración teológica.

Obviamente, una verdadera y propia articulación tenía que partir de un preciso concepto de misión. Aún advertida tal necesidad y utilidad, la Comisión había decidido aplazarla porque, como cándidamente admitía el relator, mons. S. Lokuang, obispo de Taiwán, “los mismos expertos están en gran desacuerdo”[9]. En su intervención mons. V. Riobé, obispo de Orléans y miembro de la Comisión, explicará que –no obstante tres años de trabajo– la Comisión permanecía incierta “entre un concepto de misión elaborado teológicamente y un concepto únicamente jurídico, como hasta el presente está vigente en el derecho canónico”. Por esto, convencido que eso hace imposible hablar de la actividad misionera en modo serio, pedirá que “sea repensada la entera formulación de la problemática misionera” a la luz de las perspectivas del De Ecclesia[10].

 

1.1. Algunas intervenciones en aula

Ya he referido, en la nota 8, algunas intervenciones de los Padres sobre el documento en su conjunto, sobre su carácter jurídico y sobre la necesidad de una estructuración más teológica y más amplia. Aquí me limitaré a aquellas intervenciones que, según mi parecer, tienen una propuesta de contenido; en la línea de un replanteamiento teológico de la misión, resultan de particular interés las intervenciones del card. A. Bea, las de mons. P. Moros, las de mons. G. Riobé y las de mons. E. Zoghby: no es difícil captar algunas indicaciones que se encontrarán de nuevo en el texto definitivo.

Sobre el ejemplo de Pablo, el card. Bea vinculará la predicación misionera al misterio divino de salvación; la finalidad de la misión se ensancha así de la conversión individual al empeño por hacer de todos “herederos y partícipes de la promesa que, por medio del evangelio, nos ha llegado en Cristo Jesús”. El designio divino de salvación atañe, de hecho, a “la condición histórica y eterna de todo el género humano, al punto de unir, con vínculos muy estrechos, todos los pueblos a Cristo, en su Cuerpo místico, y también entre ellos”[11]. Por consiguiente, el servicio apostólico de la iglesia deberá continuar “hasta el fin del mundo”, cuando el designio divino será finalmente realizado.

El obispo holandés de Roermond, mons. P. Moors, funda la misión sobre la voluntad salvífica de Dios y sobre el señorío universal del Resucitado; de ahí saca la convicción de que el reino de Dios y la redención de Cristo están ya presentes en el mundo “en manera escondida pero operante”[12], antes incluso del trabajo misionero. A la conciencia de esta previa presencia de la gracia relaciona una dinámica misionera atenta y respetuosa del mundo cultural de esos pueblos: “es preciso que venga un verdadero encuentro o concurso («rencontre», «Begegnung» o «meeting») entre la Iglesia y aquellas culturas”[13] porque sólo sobre esta base se puede proceder a implantar la iglesia.

Preocupado por evitar que la misión se reduzca siempre más a la expansión de la iglesia entre los no-cristianos, mons. P. Riobé, obispo de Orleans, pedirá afrontar los problemas de la misión a la luz de cuatro verdades: “es decir, la naturaleza misionera de toda la iglesia, su catolicidad, la colegialidad episcopal y la comunión entre las Iglesias”[14].

En fin, la recordada la intervención del patriarca de Antioquía de los Melquitas, mons. E. Zoghby; después de hacer la observación de que el mundo latino está más preocupado por organizar la misión que en profundizarla, reivindicará la originalidad del patrimonio propio de las iglesias orientales. Presentará la misión “como una Epiphania, es decir, como un irrumpir de la luz divina en la realidad del mundo creado”[15]: compete a la iglesia continuar esta epifanía y, en este modo, preparar la venida del reino en la vida humana. Tal concepción, por una parte mantiene un fuerte nexo entre creación y redención y, por otra, señala a la Eucaristía –comunión de caridad con Cristo en grado de instituir una comunión entre las personas– como “el principio y el fin de toda la misión”[16]. Este vínculo entre creación y redención es desarrollado presentando una humanidad “que está ya fecundada por el germen divino, por los germina Verbi [en griego: spérmata tou Lógou], como dicen Justino, Clemente de Alejandría y Orígenes”[17]; el anuncio del evangelio encuentra, entonces, un terreno preparado por el Verbo y por el Espíritu y es esto a lo que los Padres llaman «divina pedagogía». En ella ya es posible notar una primera realización del deseo divino de salvación.

 

1.2. El camino sucesivo del trabajo en Comisión

Valiéndose de peritos de la talla de Y. Congar y J. Ratzinger, de D. Grasso y S. Seumois, de J. Glazik y P. Neuner y ampliada en sus miembros, la Comisión procedió a la redacción de un texto completamente renovado.

Como primera cosa, la Comisión precisó la noción de misión de la cual pretendía servirse: “cuando usamos la voz «misión», entendemos la esencia misma de la Iglesia, su crecimiento vital; no solamente un aumento numérico, sino la interior dilatación del Cuerpo místico. Como un cuerpo vivo, para no perecer, la Iglesia debe crecer y manifestar su energía vital”[18]. Una semejante visión de misión debe interesar a todo el pueblo de Dios y no sólo a algunos círculos misioneros. La relación entre esta noción amplia de misión y aquella otra particular de misión ad gentes es precisada diciendo que la segunda tiene “la forma de la puesta en acto de esta única misión o mandato”[19] y, como tal, es naturalmente relativa a las circunstancias de los diversos lugares y de las diversas realidades sociales.

Se buscaba desarrollar una auténtica presentación teológica de la misión; en el aula, los Padres habían pedido con unanimidad un texto más amplio y más teológico: se trataba de fundamentar mejor la misión para que supiera responder mejor a los nuevos problemas. Afrontando la cuestión, la Comisión argumentará que, para este fin, no hubiera bastado referirse a la doctrina de la Lumen Gentium 16s. pues, como dirá J. Schütte, relator de la Comisión al concilio, las indicaciones presentadas en aquel contexto “son demasiado generales”[20].

Diversamente, J. Ratzinger –también él miembro de la Comisión– escribirá que toda la enseñanza conciliar sobre la misión debe reconducirse a los nn. 13 y 17 de la costitución Lumen Gentium; en estos números ve “el punto de referimento para todos los otros documentos concernientes a la misión, incluso el mismo decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia”[21]. Para evitar cualquier malentendido, vale la pena comenzar por esta cuestión: ¿la Comisión ha querido limitarse a retomar la enseñanza de Lumen Gentium? A mi parecer la propuesta de Schütte, por su oficialidad nunca desmentida, bastaría como respuesta.

En todo caso, se puede decir que son fundamentalmente dos los pasajes teológicos de Lumen Gentium 13. El primero relaciona la catolicidad con la revelación personal de Dios, es decir, al envío del Hijo “heredero de todas las cosas” y del Espíritu “principio de comunión y de unidad” de este modo el nuevo rostro “católico” del pueblo de Dios es expresión del rostro de Dios revelado en Jesús. El segundo, conecta la creación con la escatología a través de la acción redentora y reconciliadora del Dios de Jesús: el Reino, que con Cristo irrumpe en la historia humana, resulta la potencia que mueve el mundo hacia su acontecer eterno. La teología de la misión retoma así la gran convicción patrística de la «recapitulación» de toda la humanidad bajo la autoridad salvífica de Cristo Señor. El resultado es una dialéctica de unidad y de dispersión en cuyo interior la comunión católica de los creyentes asume un rol particular; los cristianos, de hecho, “esparcidos por el mundo, están en comunión con los otros en el Espíritu, de modo que «quien está en Roma sabe que los indios son sus miembros»” (LG 13)[22].

Este vasto horizonte basta para concluir que no hay diversidades de contenido entre Lumen gentium 13 y el decreto Ad gentes; Ratzinger, mientras pide que Ad gentes mantenga un referimento a Lumen gentium 13, no niega que el decreto se abra y se desarrolle en modo conveniente a las varias cuestiones tratadas y que busque su propia organicidad.

 

2. Los principios doctrinales del decreto: Ad gentes 2-9

Valorando el documento y su marco de ideas, Congar hará la observación que tales perspectivas trinitarias y económicas siempre han generado “grandiosas exposiciones de eclesiología misionera”[23]. Me parece una valoración pertinente incluso para nuestro texto. En términos más escolásticos, J. Schütte sostendrá que una verdadera y propia fundación teológica debe comprender cuatro puntos: el origen trinitario de la misión, su valor eclesial, una clara noción de misión y, por último, la afirmación de su necesidad. Esta última comporta como cosa obvia la necesidad de la cooperación de todos[24].

Se presume que ha sido este el esquema ideal que la Comisión ha querido desarrollar en este capítulo; los comentaristas del decreto[25] lo indican como “una breve presentación de la teoría teológica de la misión”[26], cosa que además confirma su título: De principiis doctrinalibus[27]. En su sentido pleno, el trabajo de este capítulo busca la fundación teológica como la fuerza dinámica que precisa el rostro y el significado de la misión y que, por eso, sabe ofrecer indicaciones incluso acerca de sus cuestiones concretas. La problemática histórica y socio-antropológica no se agota entonces en el derecho, sino que se remonta hasta la teología a la que pide luz en su determinarse. El nuevo texto, De activitate Missionali Ecclesiae, discutido en la Congregación General 144 del 7 de octubre de 1965, en la 145 del 8 de octubre y en la 146 del 11 de octubre tuvo una positiva acogida[28] y el 7 de diciembre de 1965 será solemnemente promulgado por el Papa Pablo VI.

 

2.1. La «economía de salvación» raíz de la naturaleza misionera de la iglesia

El texto inicia con un notable pasaje que S. Brechter indicará “como lapidario por su forma de tesis”[29]; suena así: “la iglesia peregrinante por su naturaleza es misionera, en cuanto ella tiene origen en la misión del Hijo y en la misión del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre” (AG 2). El carácter trinitario de este pasaje, desarrollado luego en los nn. 2-4 del decreto, permite retomar la distinción patrística entre «economía» y «teología» para remontarse así de las misiones divinas a la vida íntima de la Trinidad. El nuevo modo de presencia divina, que las misiones inauguran –un modo que pasa de la presencia de inmensidad, donde Dios es causa, a aquel de gracia, donde Dios es amor– vincula la misión eclesial a la vida trinitaria misma: mediante las misiones del Hijo y del Espíritu es la vida divina que se nos comunica.

Este horizonte económico lleva a colocar y entender, como un todo unitario, las procesiones intra-trinitarias y las misiones ad extra de las personas divinas; en la base de este orgánico designio está el amor fontalis del Padre[30]. Esta coincidencia de la raíz de la misión con la vida íntima de Dios lleva a la conclusión de que la misión pertenece a Dios como a su libre y gratuito modo de ser, como la efusión de su íntimo amor; por eso algunos teólogos dirán que Dios es un Dios misionero, es el primer misionero[31]. La misión, entendida como el movimiento de amor que de las personas divinas llega a la humanidad, no se define en base a consideraciones geográficas o jurídicas, sino en razón de aquel mundo humano al cual el amor divino se dirige; no son los territorios lejanos, sino los ámbitos socio-culturales y los corazones de las personas los verdaderos interlocutores de la misión.

Esta raíz trinitaria se desarrolla luego en el plano eclesiológico porque, como enseña el concilio, “quiso Dios llamar a los hombres a participar de su vida no sólo individualmente […] sino constituirlos en un pueblo” (AG 2). La raíz trinitaria de la misión exige que el interlocutor no se exprese según perspectivas individuales, sino que se mueva según la lógica de comunión personal, que es propia de las personas divinas[32]. Se abre aquí el nudo de las relaciones entre las personas divinas, la misión y la iglesia, cuestión fundamental para la formulación misma de la reflexión misionológica. El haber reconducido la misión a las dinámicas trinitarias –la llamada repatriación de las misiones en la misión de la iglesia[33]– exige el reconocimiento de la prioridad de la misión respecto a la iglesia: la eclesiología es formulada correctamente cuando corresponde a los contenidos y a la lógica de la misión. No es la iglesia la que hace la misión, sino que es ésta última la que constituye la intimidad misma de la iglesia.

Desde su antecedente barthiano, será H. Berkhof el primero en ratificar esta prioridad de la misión; lo hará aún durante el concilio, en las lecciones por él impartidas en el seminario teológico de Princeton en 1964[34]. Puesto que el Espíritu es para él la potencia del Resucitado que, sin anular lo divino en lo humano, le dona la existencia histórica y terrena que se realiza en la iglesia, he aquí motivada la prioridad de la misión: será entendida como la expresión de la acción eficaz y creativa del Espíritu del Resucitado. Vinculada al Resucitado, la misión adquiere un fuerte significato teológico para la totalidad del mundo, al cual, se orienta el misterio pascual; en cuanto expresión parcial y provisional del movimiento misionero, la iglesia no es puro instrumento de la misión, sino «realización del reino e instrumento del reino”[35]. En la misma línea C. Geffré pedirá superar la problemática del fin y de los medios: en esta visión, la misión es un simple medio para la salvación de las almas o para la expansión de la iglesia; en realidad, la misión es la obra del Espíritu que hace de la Iglesia un pueblo en camino hacia el reino que debe venir[36]. Muchos emprenderán enotonces este camino; Moltmann pondrá al centro de la iglesia su servicio al reino[37] mientras Duquoc hablará en términos de provisoriedad histórica[38].

Desde este fondo el decreto describe la misión del Hijo y del Espíritu. De frente a la sufrida búsqueda humana, la misión del Hijo asume una objetiva estructura dialógica; retomando el pensamiento de los Padres, el concilio deducirá incluso una “preparación pedagógica hacia el verdadero Dios o preparación evangélica” (AG 3)[39]. La encarnación, es decir la decisión de “entrar en modo nuevo y definitivo en la historia de los hombres”, hace de Jesús “el auténtico mediador entre Dios y los hombres”, “el heredero de todas las cosas”, la persona humana “llena de gracia y de verdad”, “la cabeza de la humanidad renovada” (Ib.). El camino de kénosis y de pobreza elegido por Cristo introduce la misión de la iglesia: de modo que “lo que una vez se obró para todos en orden a la salvación, alcance su efecto en todos a través de los tiempos” (Ib.).

La misión del Espíritu, interior a la obra salvífica, está estrechamente vinculada a la del Hijo; por eso, acompaña y estimula el camino misionero de su Iglesia. No hay motivo para atenuar este vínculo, sólo por el hecho que el Espíritu “operaba en el mundo antes que Cristo fuese santificado”[40]: el ensanchamiento universal de la misión del Espíritu hasta Pentecostés, está conectado con el significado omnicomprensivo del misterio pascual. Ciertamente se dan algunas importantes consecuencias. Mientras Dei Verbum 3 se limita a observar que, después del pecado de Adán, Dios “cuidó constantemente el género humano para dar la vida eterna a todos aquellos que, buscando la salvación, perseveran en las obras buenas”, el Catecismo de la Iglesia Católica desarrollará este aspecto en los nn. 56-58 y hablará de una “alianza con Noé” que “expresa el principio de la Economía divina hacia los pueblos”, una economía que “está en vigor mientras dure el tiempo de las naciones” y que ha dado vida a grandes figuras de justos[41]. La naturaleza misionera de la iglesia tiene su modelo no en la expansión colonial de la cristiandad occidental sino en su capacidad de prefigurar “la unión de los pueblos en la catolicidad de la fe”, dando origen así a la “Iglesia de la nueva alianza que habla todas las lenguas, comprende y abraza en el amor a todas las lenguas” (AG 4).

 

2.2. La actividad misionera de la Iglesia

La importancia de estos pasajes es evidente; fundada en la misma vida de Dios, la misión supera el horizonte jurídico del mandato y se refiere a un plano de ontología sobrenatural en virtud del cual “el Espíritu Santo da a todos la posibilidad de asociarse, en el modo que sólo Dios conoce, con el misterio pascual” (GS 22). Este encuadramiento es el único en grado de fundar teológicamente la misión, pero, vista su generalidad, no ofrece todavía una precisa noción de misión. Ad gentes tiene plena conciencia de ello. Por eso corrobora la visión pascual de Gaudium et spes 22, a la que vincula la universalidad salvífica de Lumen gentium 16, pero dedica los nn. 5-7 a precisar la actividad misionera de la iglesia y a afirmar su necesidad. En resumen, concluye que: “aunque Dios, por caminos conocidos sólo por Él, puede llevar a la fe, sin la que es imposible agradarle, a los hombres que ignoran el Evangelio sin culpa propia, corresponde, sin embargo, a la Iglesia la necesidad y al mismo tiempo el derecho sagrado de evangelizar, y, por ello, la actividad misionera conserva íntegra, hoy como siempre, su fuerza y su necesidad” (AG 7).

La actividad misionera, precisada en Ad gentes 5-7, es colocada en el ámbito más general de la vida de la iglesia. El n. 5 prácticamente coloca la entera misión de la iglesia en el contexto de la apostolicidad; por el hecho que la Palabra de Dios permanece en la iglesia en modo vivo y fecundo, sostenida por el ministerio de los apóstoles y de sus sucesores, toda la misión de la iglesia resulta edificada sobre la experiencia apostólica y custodiada por la fidelidad a ella. La misión apostólica de la iglesia asume así un carácter institucional y jerárquico y es éste carácter el que se refleja a fondo en el mandato misionero. El concilio procede así a dar una descripción de la misión: “la misión de la Iglesia se cumple por la actividad con la que, obedeciendo al mandato de Cristo y movida por la gracia y la caridad del Espíritu Santo, se hace presente en acto pleno a todos los hombres o pueblos para conducirlos con el ejemplo de su vida y su predicación, con los sacramentos y los demás medios de gracia, a la fe, la libertad y la paz de Cristo, de modo que se les manifieste el camino firme y sólido para participar plenamente en el misterio de Cristo” (AG 5).

Congar lee esta descripción como construida orgánicamente en torno a las cuatro causas aristotélicas[42], lo que comportaría algo más que una simple descripción; en realidad el texto rechaza intencionalmente las clásicas definiciones de la misión, que también conoce y utiliza[43], e insiste sobre el dinamismo del Espíritu que, a través del “camino por el que avanzó Cristo: esto es, la pobreza, la obediencia, el servicio y la inmolación de sí mismo”, hace a la iglesia «sacramento de salvación» (AG 5) para todos los pueblos. Esta lectura, menos formal, es más cristológica y deja entrever además el itinerario práctico de la misión.

En cuanto a las misiones ad gentes, el concilio las designa como “las iniciativas particulares con las que los heraldos del Evangelio, enviados por la Iglesia, yendo por todo el mundo, cumplen la tarea de predicar el Evangelio y de implantar la misma Iglesia entre los pueblos o grupos que todavía no creen en Cristo” (AG 6). La lógica de este paso es clara: la tarea misionera “es única e idéntica en todas partes y bajo cualquier condición, aunque no se ejerza del mismo modo según las circunstancias. Por eso, las diferencias que hay que reconocer en esta actividad de la Iglesia no proceden de la naturaleza íntima de su misión, sino de las condiciones en las que ésta se ejerce” (AG 6)[44]. De este modo «las misiones» no son precisadas en base a un criterio jurídico o territorial sino socio-antropológico[45].

En realidad, la falta de una adecuada teología del territorio[46] y de una esmerada reflexión sobre problemas de método, que la inclusión del dato sociológico en teología no ha dejado de plantear, revela una cierta fragilidad en esta recurrencia al dato socio-antropológico para delinear el rostro concreto de la/las misión/es. La fragilidad de estas reflexiones me lleva a auspicar una recuperación más profunda ya sea del contenido de Redemptoris missio 37, como de los problemas de método vinculados al tema del ingreso de la sociología en el ámbito de la particularización de la iglesia y de su vida en un preciso territorio. El debate metodológico, abierto por la teología de la liberación, considerando el modo autoritario con el que fue concluído, necesitaría una re-tratación, cuya urgencia se advierte profundamente[47].

Estos temas desembocan en la afirmación de la necesidad de la misión. La tesis rahneriana de los cristianos anónimos[48] y las conclusiones del Seminario sobre religiones no-cristianas, realizado en Bombay a fines de 1964[49], habían difundido al respecto una incerteza que el concilio se toma a pecho: “es necesario, pues, que todos se conviertan a Él [Cristo], una vez conocido por la predicación de la Iglesia, y que por el bautismo sean incorporados a El y a la Iglesia, que es su Cuerpo” (AG 7). Para el concilio se trata de una verdadera y propia necesidad y no solamente de un melius esse, de una mayor facilitación; aunque exista la posibilidad de salvación más allá de los confines visibles de la iglesia[50], permanece el hecho que “corresponde, sin embargo, a la Iglesia la necesidad y al mismo tiempo el derecho sagrado de evangelizar, y, por ello, la actividad misionera conserva íntegra, hoy como siempre, su fuerza y su necesidad” (AG 7). Por una parte esto remite al deseo de un Dios que, según Ad gentes 2, actúa reuniendo sus hijos en un pueblo uno y santo; por otra parte se vincula a la vitalidad de la caridad, que anima, ya sea a amar a Dios, como a “compartir con todos los hombres los bienes espirituales, tanto en esta vida como en la futura” (AG 7).

De este modo, la actividad misionera “es completamente inseparable de la Iglesia del amor”[51] y conduce al fin último de una creación entendida dinámicamente; dado que el Señor resucitado lleva a su nueva situación al mundo y a la historia humana, a los que se había unido profundamente por la kenosis, la actividad misionera encuentra su culmen en la recapitulación de todas las cosas en Él. Al dinamismo escatológico inaugurado por el misterio pascual le corresponde una humanidad plenamente renovada; esta correspondencia entre la acción de Dios y “el íntimo deseo de todos los hombres” (AG 7) remite a un designio que no elimina la creaturalidad humana, pero que, al mismo tiempo, la trasciende.  

 

2.3. El rol de la misión en la historia del mundo y de la salvación

El lugar de la misión en la historia humana es afrontado y clarificado en Ad gentes 8s. El punto de partida es la singularidad del acontecimiento de Jesús. El misterio pascual, descrito por Hb 9,11-28 como efápax; es decir, como realizado una vez para siempre, no es por eso un evento aislado, sino, al contrario, está relacionado a las “muchas veces” con que Dios ha hablado en los tiempos antiguos y a los “diversos modos” con que se ha revelado a los padres en los profetas (Hb 1,1). Para precisar este hecho, la teología nos ha habituado a reconocer el evento-Jesús como un evento escatológico, es decir, definitivo e insuperable, pero al mismo tiempo como un evento histórico. Es el tema de la «singularidad» de Jesús.

Obviamente, eschaton e historia no son dos conceptos surgidos en otra parte y aplicados después a la cristología: deben ser entendidos sin separarlos y cristológicamente[52]. Comprendidos cristológicamente y no desde la perspectiva ontológica griega, la cual había renunciado, al inicio, al devenir y a la historia, no aparecen contrapuestos: la trascendencia del eschaton no está, por fuerza, fuera de la historia, ni ésta es pura contraposición al cumplimiento. A la luz del misterio del Verbo encarnado, se puede decir que el eschaton es el secreto de la historia, es el sentido último del tiempo, es el misterio de la finitud creatural[53], mientras la historia, hecha transparencia del eschaton, ofrece en término humanos y kenóticos el cumplimiento, que como tal permanece. La historia no constituye nunca un fin para sí misma, sino que ofrece en Jesús su verdad: en él, muerto y resucitado, el amor de Dios alcanza a todo hombre, en la forma eclesial o por caminos que sólo Dios conoce. De este modo, es pues, en esta historia que todos tienen la posibilidad de participar personalmente –entiéndase en la forma explícita o implícita del discípulo[54]– al misterio pascual de Cristo.

La diversidad radical entre el eschaton y la historia indica cómo el cumplimiento sea posible sólo en la forma del ofrecimiento, sólo en la forma del don que viene a mi encuentro. Si el tiempo es la estructura formal de la historicidad creatural, la Pascua es el contenido objetivo. Por eso, la escatología pascual, mientras revela la estructura profunda del tiempo[55], pone históricamente a disposición la energía de vida, según una lógica de anticipación[56]; la dimensión pascual del eschaton ve en el don de sí la actitud humana que lleva a plenitud la humanidad de las personas.

El eschaton, identificado con la Pascua de Cristo, posée el contenido y la forma de una libertad que se dona a sí misma para el bien de todos; introducida por el Padre en la historia humana con el envío del Hijo predilecto, es una fuerza activa capaz de restituir al Padre una humanidad renovada por el Espíritu del Resucitado. Esta es la nueva creación. Con este marco de ideas, la actividad misionera “en última instancia, es la manifestación, epifanía y realización del plan de Dios en el mundo y en su historia, en la que Dios, por medio de la misión, realiza abiertamente la historia de la misión” (AG 9). Esta plenitud, que Dios ha querido hacer habitar en Cristo (Col 1,18) es realizada ya sea a través de la predicación y los sacramentos, ya sea mediante la valorización de “cuanto de verdad y gracia se encontraba ya entre las naciones, como por una casi secreta presencia de Dios” (AG 9).

La valorazación de “todo lo bueno que se halla sembrado en los corazones y la mente de los hombres o en los ritos y culturas propias de los pueblos” se descubre como un dinamismo complejo que la continuación del pasaje indica haciendo referencia a tres acciones señaladas con los verbos “sanar”, “elevar” y “consumar”[57]. Estos verbos contienen algún eco de la doctrina escolástica según la cual gratia perficit naturam, pero aquí, el sentido filosófico de la sentencia es abandonado en favor de una concepción patrística que, fiel a la unidad de la obra salvífica, sabe del sanar de la redención, del elevar y perfeccionar de la resurrección. El evangelio, correspondiendo con las aspiraciones humanas, necesita de la gracia para ser acogido y hecho fructificar.

         A mi parecer, podrían ser estas las bases de una verdadera y propia teología de la historia. Considerando que Cristo, en su filiación, acoge todo aquello que viene del Padre, mientras, en su creaturalidad, asume el tiempo y le da la forma que es propia de la misión recibida del Padre, entonces, en el centro de la historia está la relación entre la singular temporalidad cristológica y aquella que es propia de la historia humana. Mientras por una parte impide reducir el ministerio de la Iglesia al progreso del mundo, por otra, motiva a buscar todo aquello que, en la historia humana, es anhelo de Cristo y de su misteriosa presencia. “Nadie se libera del pecado por sí mismo y por sus propias fuerzas ni se eleva sobre sí mismo […] sino todos necesitan a Cristo, modelo, maestro, liberador, salvador, vivificador” (AG 8). “Manifestación, epifanía y realización del plan de Dios en el mundo y en su historia” (AG 9), la actividad misionera se desarrolla entre la primera y la segunda venida de Cristo como diálogo entre la libertad de Dios y la del hombre y, como tal, introduce en el mundo una vitalidad y una energía en grado de conferirle un rostro nuevo. Esta misión, aun siendo propia de la iglesia, no se agota en ella, sino que se extiende a toda la humanidad y al cosmos mismo; por este camino, la finalidad de la misión aparece realmente como la recapitulación de todas las cosas en Cristo para que “Dios sea todo en todos” (1Cor 15,28).

 

3. La recepción del decreto Ad gentes

La recepción remite a la relación que el sensus fidelium establece con la docencia del magisterio: no se trata sólo de una relación pasiva, sino de una fecunda y creativa capacidad de caminar en el surco abierto por el concilio. En otras palabras, la recepción supone mucho más que un simple análisis bibliográfico sobre la acogida que el decreto ha tenido en el mundo teológico[58]. La recepción supone la fidelidad al concilio, pero ésta –distinta de una simple repetición– vive sólo al interno de las dinámicas históricas; por eso la cuestión sobre la recepción del decreto debe abrirse a los debates sobre la interpretación del concilio y al modo en que se vive en la sociedad de hoy. Quien tiene en mente el debate sobre las diversas interpretaciones del concilio y refiere las profundas mutaciones históricas de nuestro mundo, de la caída del muro de Berlín al derrumbamiento del imperio comunista, de la globalización a las mutaciones antropólogicas a los que ésta ha conducido[59], del pluralismo religioso a la explosión del fundamentalismo[60] y del terrorismo[61], sabe que una semejante presentación de la recepción está más allá de nuestro interés. Igualmente, no pretendo hacer referencia al desarrollo del Ad gentes después de las sucesivas intervenciones del magisterio, quisiera simplemente detenerme en algunos problemas presentes en el decreto, que agitan todavía hoy a la teología.

Ante las profundas transformaciones de su tiempo, el concilio debía encontrar un sólido fundamento, ya sea para leer la realidad en evolución como para su discurso sobre la misión; lo encontrará en la enseñanza bíblica del Dios salvador, un Dios que ofrece su misma vida a toda la humanidad. La doctrina sobre Dios es, entonces, el fundamento de la doctrina conciliar sobre la misión. Para precisar mejor este planteamiento, el concilio se remonta a la voluntad de Dios y lo hará desde las palabras iniciales del decreto, que hablan de una iglesia “enviada por Dios a las naciones” para ser “sacramento de salvación”(AG 1).

Esta decisión comprendía una reafirmación de la voluntad salvífica universal de Dios y, coherentemente, una renuncia a un antiguo axioma, a menudo mal entendido, el cual afirmaba que fuera de la iglesia no existe salvación: Extra Ecclesiam nulla salus[62]. El concilio recurrirá a la doctrina patrística sobre las diversas modalidades de pertenecer a la iglesia y en Lumen Gentium 16, después de haber recordado la posibilidad de salvación fuera de la iglesia y las condiciones de su realización, sostendrá que “cuantos no han todavía recibido el evangelio están ordenados en varios modos al pueblo de Dios” (LG 16)[63]. Esta enseñanza fue enriquecida además por el recurso al tema de los «semina Verbi», doctrina a través de la cual los Padres motivaban cristológicamente la presencia de elementos de verdad y de santidad también en las otras religiones[64]. Una perspectiva de este tipo abre una serie de problemas que Redemptoris missio 9 resumirá hablando de la necesidad de relacionar “la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación”. Serán los problemas retomados luego por la Dominus Iesus.

 

3.1. Un solo designio de salvación en Cristo Jesús

El único designio de salvación, expresión de la voluntad salvifica de Dios, se resume en la Pascua de Jesús, pero el contacto con esta fuente universal de salvación se realiza según dos modalidades diversas: la primera pasa por la acción sacramental de salvación de la iglesia, mientras la segunda –propuesta en Gaudium et Spes 22 y en Ad gentes 7, precisada en Redemptoris missio 10 y ratificada en Dominus Iesus 12– es sólo por Dios conocida. Los números 20s. de la Dominus Iesus resumen este camino y vinculan la gracia salvífica de Dios a la única mediación de Jesús y a una “relación singular y única”[65] de la Iglesia con el reino; por tanto, incluso la relación misteriosa que quien está fuera de la Iglesia mantiene con el misterio pascual[66] una cierta relación[67] con la iglesia que es presentada como sacramento universal de salvación.

Componer en profundidad estos datos es el trabajo de la teología y es un trabajo al que Dominus Iesus 21 motiva. El problema se complica cuando la relación salvífica que los alcanza es descrita como una iluminación adecuada “a su situación interior y ambiental” (RMi 10) pues, justamente por esto, se entrelazan profundamente con las dinámicas religiosas de estos pueblos. El tema de la salvación se complica, modulándose de este modo como una cuestión que se refiere a la función salvífica de las religiones no-cristianas, es decir, con la cuestión del pluralismo religioso. Este tema, presente en el concilio[68], se tornará fundamental en el posconcilio: se tratará de saber si las religiones median o no la revelación divina y la gracia salvífica habitualmente reconocidas a Jesús, único Salvador.

Al respecto la cita más precisa es la de Redemptoris missio 5, que, sin excluir “mediaciones participadas de diversos tipos y órdenes”, enseña que estas “adquieren significado y valor únicamente en la de Cristo y no pueden ser entendidas como paralelas y complementarias”. En este sentido, identificando la salvación con el reino, el mismo documento enseña que “la realidad incipiente del reino puede hallarse también fuera de los confines de la Iglesia, en la humanidad entera, siempre que ésta viva los «valores evangélicos» y esté abierta a la acción del Espíritu, que sopla donde y como quiere”, pero recordará que “esta dimensión temporal del reino es incompleta si no está en coordinación con el reino de Cristo, presente en la iglesia y en tensión hacia la plenitud escatológica” (RMi 20)[69].

Gavin D’Costa interpreta estos pasos a la luz del Vaticano I , haciendo eco del segundo capítolo de la Dei Filius sobre la posibilidad de un conocimiento natural de Dios, concluyendo que “ésta es un retomar el principio tomístico: gratia non tollit naturam sed perficit”[70]. De este modo D’Costa enfatiza el concepto de praeparatio evangelica[71], pero, según mi punto de vista, se obstaculiza una plena comprensión del semina Verbi. Rahner concuerda con G. D’Costa sobre el silencio del concilio respecto a las questiones cruciales de la teología de las religiones, pero le da una diversa valoración[72]. Según Rahner, el cambio conciliar consistiría en considerar las religiones en el marco de un horizonte salvífico abierto al mundo entero y no tanto en el sentido de una iglesia consciente de su unicidad y universalidad. Por eso concluirá que la gracia salvífica de Dios, aunque sea en forma oscura e imperfecta, se manifiesta “también en las religiones no cristianas” hasta hacer de ellas “caminos de salvación (Heilswegen) sobre los cuales los hombres van encontrando a Dios y a su Cristo”[73].

Negándose a “considerar las religiones no cristianas como un puro y simple aglomerado de metafísica teísta natural”[74], Rahner mira en el «existencial sobrenatural» el criterio que habilita para leer la historia en términos nuevos; la fuerza salvífica de la redención, que en el existencial se expresa, implica la superación de la posibilidad misma “de un último rechazo de existencialidad sobrenatural de la historia por parte de la libertad humana”[75]. La imposibilidad del fracaso de la historia de la salvación abre otras posibilidades más allá de la iglesia; si una mediación salvífica fue efectivamente posible con la religión hebraica, entonces es posible que lo mismo suceda para las religiones no cristianas: “por más que sean realidades imperfectas, germinales y en parte viciadas, pueden colocarse en una historia positiva de la salvación y de la revelación”[76].

J. Ratzinger, en modo diverso, ya en 1964[77], ve como restrictiva una perspectiva que ponga al centro de una teología de las religiones únicamente la problemática de la salvación; sólo clarificando la posición del cristianismo en la historia de las religiones se puede llegar a conclusiones pertinentes y creíbles. Prácticamente Ratzinger pide una formulación interdisciplinar que reivindique la originalidad del sacro[78] y que lo comprenda como experiencia de algo que remite a otra realidad[79]; la religión, encuentro y experiencia de esta numinosa realidad, comprendería un mensaje de salvación y un itinerario de comunión con lo divino.

Más allá de sus decisiones[80], permanece la dificultad de comprender el cristianismo en el contexto de una pluralidad de religiones: conjugar la verdad y la universalidad del encuentro con Cristo en el contexto concreto de esta historia es la tarea de nuestra teología. Por esta vía, la afirmación del valor salvífico de las religiones no puede prescindir de su relación con Cristo, no puede prescindir de la clarificación de cuánto sea mayor o menor la autonomía de su mediación. En términos más filosóficos, su salvificidad no es separable de su verdad; la separación de estos dos aspectos, restringiendo la fe al interno de la normatividad de la propia religión, es lo que Dominus Iesus 4 denuncia como riesgo del relativismo.

Por eso, no me parece aceptable la hipótesis de C. Geffré que, partiendo de las grandes diversidades presentes en el modo de pensar a Dios, concluye que “la creencia en Dios no es un criterio ecuménico para un diálogo interreligioso tomado en toda su dimensión, en su universalidad”[81]. Su sugerencia a cerca de un criterio en grado de expresar «lo humano auténtico», que entiende como aquello que comprende un valor ético y una dimensión mística “digamos la apertura del ser humano a otro lugar”[82], me parece costruído sobre el abandono del indisoluble nexo entre salvación y verdad, que expresa la singularidad del hombre «Jesús» para reconducirlo a una simple ejemplaridad humana.

         Según mi parecer, la existencia de una única historia de salvación es un dato que puede dar razón del cristianismo y de las otras religiones; ella, entendida en base al amor universal del Padre y al envío del Hijo y del Espíritu, posée un vínculo tan profundo entre el misterio pascual y la humanidad que puede dar razón de las dos dinámicas religiosas. Las indicación conciliar, según la cual, tal vínculo se da “en el modo que sólo Dios conoce” o “a través de caminos conocidos sólo para él [Dios]” (GS 22; AG 7) no se refiere a una incognoscibilidad, sino a la provisoriedad que, por ser histórica y no dodavía escatólogica, no es por ello menos cristológica.

Esta provisoriedad histórica en ambos niveles de actuar la salvación pascual –en la iglesia y en el modo que Dios conoce, es decir, en la forma kerygmática y en la forma kenótica– no tolera fáciles optimismos o catastrofismos dramáticos: reclama, por el contrario, vivir todo el misterio pascual, en su universal modo de proponerse y en los “varios modos” de su proposición, de manera que el evento cristológico no sea empobrecido, sino manifestado y que la búsqueda humana se ponga de frente a la plenitud escatológica, cuyo soplo de esperanza está llamada a esparcir en la historia la iglesia, como sacramento universal de salvación.

 

3.2. El rol de la iglesia al servicio del reino

El servicio histórico de la iglesia no tiene nada de triunfalista y de dominante, sino que se vincula al advenimiento de las personas divinas en un mundo acogido y amado en su alteridad y, precísamente por eso, profundamente renovado. Por su carácter cristológico-pascual, la misión de la iglesia “debe avanzar por el mismo camino por el que avanzó Cristo: esto es, el camino de la pobreza, la obediencia, el servicio y la inmolación de sí mismo hasta la muerte de la que surgió victorioso” (AG 5).

         Así pues, es importante, en términos de contenido y de método, clarificar a fondo la relación que se establece entre Cristo, el reino y la iglesia. Mientras la tradición secular “ha acentuado unilateralmente el aspecto escatológico para el reino y el aspecto histórico para la Iglesia”[83], téngase siempre presente que el reino se concretiza en la persona de Jesús y que, en consecuencia, ha sido confiado al cuido que la iglesea asume en el servicio a su Señor. El carácter liberador y reconciliador del reino pertenece a la misión histórica de la iglesia: es ratio constitutiva del servicio que la iglesia tributa al evangelio[84].

         La comprensión misionera de estos temas debe partir de una comprensión kenótica de la economía salvifica[85]. El Padre se deja proferir a sí mismo por el Verbo y Éste se hace carne para dejar transparentar el amor del Padre por la humanidad: esta mutua kénosis explica el don del Espíritu, Espírito de vida, de verdad y de amor. El misterio de la vida y del amor divino para el mundo pasa así por la kénosis: el Dios que es todo para el mundo, que es Señor de cada cosa, vive su amor no como omnipotencia, sino como libre auto-limitación. De este modo, la acción divina posibilita al hombre, bien una respuesta libre, o bien una participación responsable a su camino de divinización; en el servicio a este camino, que terminará sólo con la escatología, está el cometido y la misión de la iglesia.

         En esta línea, el reino es relacionado con la iglesia en modo que su relación respete la kénosis de la Palabra y la modalidad en que actúa el Espíritu. Al respecto, recurrir al concilio vale relativamente[86]; la Comisión Teológica Internacional reconoce que el concilio no ha afrontado expresamente el problema y sostiene que la solución puede venir solamente de una combinación de diversos textos[87]. Mientras J. Dupuis, preocupado por vincular la iglesia al reino, según la fórmula de una “identidad dinámica”, ve en Redemptoris missio 20 un viraje respecto al dictado conciliar, la CTI establece entre iglesia histórica y reino un vínculo al que define relatio subtilis[88]. La razón es fácilmente individuable. Por una parte “la naturaleza del reino es la comunión de todos los seres humanos entre ellos y con Dios”; ahora bien, si “el reino de Dios es la manifestación y la actualización de su designio de salvación en toda su penitud” (RMi 15), es fácil concluir que el reino va más allá de la iglesia visible e histórica que, por otra parte, mantiene “un rol específico y necesario” (RMi 18) incluso para tales formas de salvación.

Así se explica el esfuerzo por una lectura sacramental de la relación entre iglesia y reino; la iglesia (sacramentum tantum) remite, con su misión, al reino (res tantum) en la medida en que la pertenencia eclesial (sacramentum et res) hace posible la participación al reino. Según Dupuis, semejante recurso a la teoría sacramental no toma en cuenta la libertad de un Dios que non alligatur sacramentis[89]; por ello prefiere hablar de una iglesia sierva del reino. La misma convicción la encontramos en otros autores[90]. En este servicio al reino, la iglesia es guiada por el Espíritu, que la introduce a compartir el amor crucificado de Cristo –hecho prójimo en toda situación humana– y a la fuerza renovante del Espíritu, principio de toda esperanza.

Principio de toda acción salvífica, “porque el Espíritu del Señor llena la tierra y él, que todo lo mantiene unido, tiene conocimiento de toda palabra” (Sab 1,7) al mismo tiempo está estrechamente comunicado con el plan divino de salvación, de modo que Redemptoris missio 29 no duda en dirigir esta acción en el ámbito de la praeparatio evangelica. Las mismas afirmaciones se encuentran en Dominus Iesus 12 que, por una parte, pone “la acción del Espíritu […] junto a la de Cristo” y, por otra, interpreta la economía salvífica como “realizada en el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios, actuada con la cooperación del Espíritu Santo y extendida en su alcance salvífico a la entera humanidad y al universo”. Por tal motivo, no podemos sino atenernos al valor salvífico del nombre de Jesús (Hch 4,12) y, guiados por el Espíritu, caminar hacia el evento escatológico en el que se revelará plenamente la gloria divina de Jesús. Entretanto, el camino de la iglesia sigue siendo el de Cristo, una vía de pobreza y de servicio; sigue siendo el de la escucha a la voz del Espíritu (Ap 2,7.11.17.29; 3,6.13.22). Sólo el tiempo del servicio y del diálogo prepara el tiempo de la plena comunión en el amor.

 

NOTAS 

[1] Sobre la historia del decreto Ad gentes véase S. Paventi, Iter dello schema “De activitate Missionali Ecclesiae”, en J. Schütte (ed.), Il destino delle missioni. Il successo o il fallimento delle missioni dipende dal loro radicale ripensamento, Herder - Morcelliana, Roma - Brescia 1969, 56-90 [el texto también en S. Paventi, Iter dello schema “De activitate missionali ecclesiae”, «Euntes Docete» 49 (1966) 98-126]; G. Caprile, Notiziario n. 62. II: Lavori del Concilio, en Il Concilio Vaticano II. Cronache del Concilio Vaticano II edite da La Civiltà Cattolica. IV: Il terzo periodo. 1964-1965, La Civiltà Cattolica, Roma 1965, 376-398; Notiziario n. 74. La 144° Congregazione generale, en Il Concilio Vaticano II. Cronache del Concilio Vaticano II edite da La Civiltà Cattolica. V: Il quarto periodo. 1965, La Civiltà Cattolica, Roma 1969, 185-195; 376-398; Notiziario n. 78, Ib., 367-374; Notiziario n. 80, Ib., 431-436; S. Brechter, Decretum de activitate missionali ecclesiae. Die Entstehungsgeschichte des Missionsdekrets, en Lexikon für Theologie und Kirche. Das Zweite Vatikanische Konzil. Konstitutionen, Dekrete und Erklärungen. Lateinisch und Deutsch. Kommentare, Teil III, Herder, Freiburg - Basel - Wien 1968, 10-21; J. Masson, Genesi storico-dottrinale del decreto “Ad Gentes”», en Id., L’attività missionaria della chiesa, Elle Di Ci, Torino 1966, 9-56; A. Boland, Evolution du schema sur l’activité missionnaire, «Église vivante» 18 (1966) 91-102.

[2] La Comisión de missionibus, costituida en noviembre de 1962, había logrado un primer acuerdo en marzo de 1963. El resultado fue un esquema intitulado De Missionibus, compuesto de un Proemio y dos partes: Proemium; Pars I: De ipsis Missionibus: Caput 1: De principiis generalibus Missionum; Caput 2: De sacro ministerio in Missionibus; Art. 1: De apostolatu cleri; Art. 2: De apostolatu laicorum; Caput 3: De regimine Missionum. Pars II: De cooperatione missionali: Caput 1: De debito missionali; Caput 2: De cooperatione episcopatus et cleri; Caput 3: De cooperatione laicorum exortatio. Con base en las observaciones de la Comisión de cordinamiento y por el hecho que algunos puntos estaban presentes en otros esquemas, la Comisión de missionibus logró elaborar un segundo texto aprobado en dicembre de 1963 y enviado a los Padres en enero de 1964, el cual constaba de un proemio y cuatro capítulos. Proemium. Caput 1: De principiis doctrinalibus; Caput 2: Rationes generales apostolatus missionalis; Caput 3: De formatione missionali; Art. A: De missionariis exteris; Art. B: De missionariis localibus; Caput 4: De cooperatione missionaria. Las observaciones de los Padres y la certeza de que buena parte del primer capítulo del esquema había pasado al De Ecclesia, a los nn. 13.16.17, llevaron a una drástica reducción del texto a unos pocos puntos fundamentales: 13 Propositiones. De nuevo enviado a los Padres en julio de 1964, el esquema fue retocado en base a sus observaciones llevando así las Propositiones de 13 a 14. Estas modificaciones fueron llevadas a conocimiento de los Padres al inicio de las sesiones públicas –las Congregaciones Generales 116 del 6 de noviembre de 1964, la 117 del 7 de noviembre de 1964 y la 118 del 9 de noviembre de 1964– dedicadas a la primera discusión del tema misionero. El Schema Propositionum de activitate missionali Ecclesiae comprendía los siguientes puntos: Proemium; 1: Necessitas Missionis; 2: De evangelii praeconibus; 3: Labor missionalis; 4: Consilium centrale Evangelizationis; 5: Debitum missionale episcoporum; 6: Debitum missionale sacerdotum; 7: Debitum missionale Institutorum perfectionis; 8: Debitum missionale laicorum; 9: De ecumenismo et collaboratione cum non-christianis; 10: Formatio culturarum christianarum; 11: Formatio scientifica et tecnica; 12: Formatio catechistarum; 13: Instituta superiora. La 14° propositio sería introducida después de la cuarta del presente elenco y tendría como título: Debitum missionale Ecclesiae.

[3] Disceptatio. 1 – Schema Propositionum de Activitate Missionari Ecclesiae, AS III/6 [Congregaciones Generales 112-118] 327. Se trata del primer documento sobre la misión llevado a conocimiento de los Padres conciliares y por ellos debatido: presentado en aula durante la Congregación General 116 del 6 de noviembre de 1964, será retirado sin alguna votación por las críticas referidas a la estructura y al contenido.

[4] Ib.

[5] Sobre la correcta interpretación del apud se abrió un pequeño debate, entre los que querían que tal Consejo fuera integrado en la Congregación, y aquellos que, atribuyéndole una función de estímulo y de propuesta, que fuera expresión del episcopado, lo querían independiente y separado de ella. Con cierto toque irónico mons. Grotti preguntará: “¿está entonces encima o debajo y fuera o al interno de este Dicasterio?”: III/6 408.

[6] No se puede sino sonreir a la ocurrencia del Secretario general del concilio mons. Felici que, realizada la votación, comentará los agradecimientos de la Comisión, al aplauso de estímulo de los Padres, observando que “los aplausos no tienen ningún valor jurídico”.

[7] A esta propuesta, presentada por la Comisión, se agregará la de una “Pontificia Obra de los Catequistas” presentada durante el debate por mons. D. Yougbare, obispo de Koupéla en el Alto Volta.

[8] Las interveciones de los Padres, distribuidas en las tres Congregaciones Generales donde tuvieron lugar, se encuentran en Patrum orationes, en AS III/6 357-369; 374-421; 428-445. Las intervenciones presentadas por escrito a propósito de este esquema se hallan en el mismo volumen, Ib. 471-655. Aquí me limitaré a recordar algunas intervenciones como confirmación de lo indicado en el texto; las páginas a que se alude se refieren al volumen de las Acta citado arriba. El cardenal A. Bea dirá, con una concisa valoración, que el documento es “demasiado sobrio y casi exclusivamente jurídico” (Ib., 367); según su parecer, precisa un documento que ofrezca “un nuevo impulso … y un nuevo fervor ... y no solamente un nuevo ordenamiento jurídico” (Ib., 364). Después de hecha la observación de que la actividad misionera pertenece a las tareas esenciales de la Iglesia, el cardenal J. Frings desautorizará el esquema de las propositiones y pedirá que “sea elaborado un esquema específico y completo, teológico y práctico”; en todo caso pedirá que la nueva teología “deba ser mucho más profunda que la presente” (Ib., 374). El cardenal B. Alfrink se preguntará si una cuestión de la seriedad del cometido misionero, que se refiere a la esencia misma de la Iglesia, “pueda ser tratada en algunas proposiciones y no en un tratado que esté a la altura de la importancia de estos temas” (Ib., 378). El card. L. Suenens, más benignamente, se limitará a observar que el texto “no insiste con suficiente claridad, ni con suficiente fuerza sobre la importancia originaria de la actividad misionera” (Ib., 379). Lo mismo pedirá el africano mons. D. Yougbare según el cual se necesita que el texto muestre que “Cristo, piedra angular de toda construcción, tiene una función central”. Entre serio y jovial, mons. D. Lamont comparará el esquema a la visión de los huesos secos de Ezequiel, que sólo Dios sabe si vivirán y concluía con amargura: “¡Estamos frustrados! ... hemos pedido pan y nos han dado (no digo piedras), sino algunas proposiciones del tratado de misionología”. Su propuesta es clara: “que el esquema sea hecho de nuevo con profundidad. Conviene presentar algo más amplio; queremos algo vivo, que sea digno de este segundo Pentecostés” (Ib., 392-393). En modo similar se expresará el holandés mons. Moors, que pedirá no fundar la necesidad de las misiones sólo sobre el mandato misionero; según su parecer “en el actual esquema falta una visión teológica de la actividad misionera” (Ib., 400). De aquí parte la solicitud de un profundo reajuste: pedirá una trasformación de las propositiones por lo menos en un decreto y, si es posible, en una solemne costitución dogmática. Las mismas observaciones se encuentran en mons. P. Grotti, mons. G. Riobé, mons. J. Moynagh y en mons. X. Geeraerts.

[9] Relatio super Schema Propositionum, AS III/6, 342. Esto provocará la dura réplica de mons. P. Grotti de la prelatura nullius de Acre y Purús en Brasil: “para que estos peritos puedan llegar más fácilmente a una unidad, que sean mandados en misión” (Ib., 409).

[10] AS III/6, 416.

[11] AS III/6, 364. Reconociendo la difusión y la vitalidad de las iglesias jóvenes y la descristianización de las tierras de antigua cristiandad, el cardenal abandona la distinción entre territorios de misión y tierras cristianas y remite en cambio al colegio episcopal, al que atribuye “la solicitud por toda la Iglesia y el grave deber de anunciar el Evangelio en todo el génere humano”. El resultado es una misión universal, que anticipa incluso los temas de la nueva evangelización: habla, de hecho, de “evangelizar de nuevo ... evangelizar todavía” al tiempo que reclama la necesidad de donar “nuevo impulso ... nuevo fervor” a la actividad misionera.

[12] AS III/6, 400.

[13] Ib.

[14] AS III/6, 416.

[15] AS III/6, 438.

[16] AS III/6, 440. Mons. Zoghby insistirá sobre el hecho de que, para los orientales, “la misión es presentada como una Pascua, es decir, como la efusión pascual mantenida perennemente viva en la Iglesia por medio de la Eucaristía”: Ib., 439.

[17] AS III/6, 438.

[18] La citación está tomada de la Relatio con que J. Schütte, el superior de la Sociedad del Verbo Divino, introducirá la discusión sobre el nuevo texto el 7 de octubre de 1965: AS IV/3, 700 [Congregaciones Generales 138-145].

[19] AS IV/3, 702.

[20] AS IV/3, 701.

[21] J. Ratzinger, Le Dichiarazioni sulla missione negli altri testi conciliari, en J. Schütte (ed.), Il destino delle missioni, Op. Cit., 25; presentado de nuevo en J. Ratzinger, Il nuovo popolo di Dios. Questioni ecclesiologiche, Queriniana, Brescia 1971, 405-434. Sobre el balance misionero del concilio, además del texto de J. Ratzinger, vease A. M. Henry, Bilan missionnaire du Concile, «Parole et Mission» 9 (1966) 5-62; M. Zago, La missione “ad gentes” nella missione integrale della Chiesa, Studium, Roma 1991. Sobre la relación de las temáticas misioneras con Lumen Gentium véase además J. Glazik, Die missionarische Aussage der Konzilskonstitution «über die Kirche», «Zeitschrift für Missionswissenschaft» 49 (1965) 65-84; G. Schelbert, Das Missionsdekret des II Vat. Im gesamtwerk des Konzils, «Neue Zeitschrift für Missionswissenschaft» 22 (1966) 241-259; 23 (1967) 104-114 y 194-205; J. Bruls, Un peuple messianique, «Église Vivante» 18 (1966) 91-102.

[22] A esta unidad católica, que promueve la shalom, están llamados tanto los miembros del pueblo de Dios como los no creyentes; a la shalom, en efecto, “en diversos modos pertenecen, o bien a ella están ordenados sea los fieles católicos, sea los otros creyentes en Cristo y sea en fin todos los hombres que la gracia de Dios llama a la salvación” (Ib.).

[23] Y. Congar, Principi doctrinali, en J. Schütte (ed.), Il destino delle missioni, cit., 152. Congar remite a Bérulle, Journet y, en particular, a A. Rétif, Trinité et Mission, «Evangéliser» 6 (1954) 179-189; véase también L .F. Ladaria, La Trinidad y la misión ad gentes, «Studia Missionalia» 51 (2002) 63-83. Quisiera además recordar aquí un volumen que aprecio en modo particular, el de D. Catarzi, que consagra al tema de una eclesiología trinitaria casi todo el primero de los dos volúmenes de su teología misionera, aunque si –después de haber recordado la patrística oriental y la disposición de la escolástica– resume la figura del Padre en su querer, o sea, en la voluntad salvífica universal: D. Catarzi, Lineamenti di dommatica missionaria. I: Parte generale, Istituto Saveriano Missioni Estere, Parma 1958, 1-234.

[24] AS IV/3, 701s.

[25] Para una orientación bibliográfica acerca del decreto, además del obvio estudios de la Bibliographia Missionaria, véase W. Henkel, Bibliografia sul decreto De activitate missionari Ecclesiae «Ad Gentes» (1965-1975), en T. Scalzotto (ed.), La Sacra Congregazione per l’evangelizzazione dei popoli nel decennio del decreto «Ad Gentes», Urbaniana University Press, Roma 1975, 214-232; Id., Bibliografia sul decreto De activitate missionari ecclesiae «Ad Gentes» (1975-1985), «Euntes Docete» 39 (1986) 263-274.

Para un primer encuadre de los comentarios, cf. W. Henkel, I principali commentari sul decreto conciliare «Ad Gentes», en T. Scalzotto (ed.), La Sacra Congregazione, cit., 203-211. En particular véanse estas referencias organizadas cronológicamente. A. García, Las misiones: decreto del Concilio ecuménico Vaticano II. Ed. bilingüe latino-castellana, Propaganda Popular Católica, Madrid 1965; Concilium Vaticanum II. Las misiones en la Iglesia, Seminario Nacional de Misiones, Burgos 1966; D. Grasso (ed.), Decreto sull’attività missionaria della chiesa, Paoline, Alba 1966; A Santos Hernández (ed.), Decreto “Ad Gentes” sobre la Actividad Misional de la Iglesia. Evolución conciliar del decreto. Texto y comentario, Editorial Apostolado de la Prensa, Madrid 1966; J. Masson, L’attività missionaria della chiesa. Genesi storico dottrinale del Decreto. Testo latino e traduzione italiana. Esposizione e commento del decreto “Ad gentes divinitus”, del Motu Proprio “Ecclesiae Sanctae”, della Costitutzione Apostolica “Regimini Ecclesiae Universae”, Elle Di Ci, Torino 1967; J. Glazik (ed.), Dekret über die Missionstätigkeit der Kirche, Aschendorff, Münster 1967; Aa.Vv., Le missioni alla luce del concilio. Atti della settima Settimana di Studi Missionari. Milano 5-9 settembre 1966, Vita e Pensiero, Milano 1967; Semana misionológica, Perspectivas del decreto “Ad gentes”. Sobre la actividad misionera de la Iglesia. Decimocuarta semana misionológica. Bérriz, 12-20 agosto 1966, Mensajero, Bilbao 1967; Perspectivas del Decreto «Ad Gentes» sobre la actividad misionera de la Iglesia. Centro de Estudios Misionológicos de Berriz. Decimaquarta semana misionológica de Berriz. 23-30 agosto 1966, Bilbao 1967; Aa.Vv., L’activité missionnaire de l’Eglise. Décret “Ad gentes”. Texte latin et traduction française par M.-L. Dewailly. Commentaires par G.M. Grotti, S. Paventi, Y. Congar, Cerf, Paris 1967; G. Schelbert, Das Missionsdekret des II Vatikanums im Gesamtwerk des Konzils, Administration der Neuen Zeitschrift für Missionswissenschaft, Schöneck-Beckenried 1968; S. Brechter, Decretum de activitate missionali ecclesiae – Dekret über die Missionstätigkeit der Kirche, en Lexikon für Theologie und Kirche. Das Zweite Vatikanische Konzil. Konstitutionen, Dekrete und Erklärungen. Lateinisch und Deutsch. Kommentare. Teil III, Herder, Freiburg - Basel - Wien 1968, 9-125; A. Flannery (ed.), Missions and Religions. A commentary on the Second Vatican Council’s on the Church’s missionary activity and Declaration on the relation of the Church to non-christians religions, Scepter Books, Dublin 1968; J. Schütte (ed.), Il destino delle missioni. Il successo o il fallimento delle missioni dipende dal loro radicale ripensamento [1966], Herder - Morcelliana, Roma - Brescia 1969; MetoDios da Nembro, L’attività missionaria nel decreto “Ad Gentes”, Università Urbaniana, Roma 1971.

Los números monográficos de las revistas son muchísimos. Me limito a recordar: Le missioni nel Decreto “Ad Gentes” del Concilio Vaticano II, «Euntes Docete» 19 (1966) 3-292; Decreto del Concilio Vaticano II sull’Attività missionaria della Chiesa, «Fede e Civiltà» 44/2-3 (1966) 1-122; Vaticano II - Igreja em missao, «Igreja e Missao» 18 (1966), 7-334; Propos sur le Décret “Ad Gentes”, «Rytmes du monde» 15/1-2 (1967) 2-117; Mission and Vatican II, «International Review of Missions» 56 (1967) 265-337.

[26] S. Brechter, Decretum de activitate missionali ecclesiae. Erstes Kapitel. Kommentar, en Lexikon für Theologie und Kirche. Das Zweite Vatikanische Konzil. Konstitutionen, Dekrete und Erklärungen. Lateinisch und Deutsch. Kommentare. Teil III, Herder, Freiburg - Basel - Wien 1968, 24.

[27] Para los comentarios al primer capítulo, cf. Y. Congar, Principi dottrinali (nn. 2-9), en J. Schütte (ed.), Il destino delle missioni. Il successo o il fallimento delle missioni dipende dal loro radicale ripensamento, Herder - Morcelliana, Roma - Brescia 1969, 151-192; S. Brechter, Decretum de activitate missionali ecclesiae. Erstes Kapitel. Kommentar, cit., 24-45; J. Masson, Fonction missionnaire de l’Église. Réflexions sur le décret «Ad Gentes» du Vatican II, «Nouvelle Revue Théologique» 98 (1966) 249-272 y 358-375; J. B. Anderson, A Vatican II pneumatology of the Paschal mystery. The historical-doctrinal genesis of “Ad Gentes” I, 2-5, Pontificia Universidad Gregoriana, Roma 1988; L. Rugolotto, dell’elaborazione del testo “Ad gentes” n. 7 e implicazioni teologiche, Pontificia Universidad Gregoriana, Roma 1994; E. Borda Leniz, La apostolicidad de la misión de la Iglesia. Estudios histórico-teológico del capítulo doctrinal del decreto “Ad Gentes”, Athenaeum Romanum Sanctae Crucis, Romae 1990.

[28] Basta confrontar las observaciones de este segundo debate conciliar con las hechas en precedencia, en noviembre de 1964: éstas últimas no asumen prácticamente nunca cuestiones de fondo sino que tratan sobre proposiciones singulares. Se vea el texto en Patrum Orationes: AS IV/3, 708-715 y 739-752; los textos presentados por escrito se encuentran en el mismo volumen: 865-923.

[29] S. Brechter, Decretum de activitate missionali, cit., 24.

[30] La afirmación es bastante difusa en la patrística; Congar cita, al respecto a Agustín, al Pseudo Dionisio y a Buenaventura. Después de haber analizado la generación del Hijo y la procesión del Espíritu, Agustín concluye: “el Padre es el principio de toda la Divinidad o, con expresión más exacta, de toda la deidad” (De Trinitate IV,20,29). En modo aun más preciso, el Areopagita desarrolla el paso del Uno al múltiple por medio de un proceso de unión y de distinción: mientras permanece idéntica en sí misma, la divinidad está en el origen de la creación, es decir, en el origen de lo múltiple: “la única fuente entonces de la superesencial divinidad es el Padre; lo es desde el momento que el Hijo no es padre ni el Padre e hijo sino cada uno custodia rectamente sus propiedades” (De divinis nominibus 2). También Buenaventura usa esta terminología. Esclareciendo las propiedades de las personas divinas, presenta la innascibilitas como típica del Padre y, tratando de explicarla en términos positivos, sostiene que ésta “pone en el Padre una plenitud fontal” (Breviloquium I, 3).

[31] A. M. Aagard, Missio Dei in katholischer Sicht, «Evangelische Theologie» 34 (1974) 421.

[32] Véase al respecto K. Hemmerle, Tesi di ontologia trinitaria: per un rinnovamento della filosofia cristiana, Città nuova, Roma 1986; Id., Partire dall’unità: la Trinità stile di vita e forma di pensiero, Città nuova, Roma 1998.

[33] “El así llamado retorno o «repatriación» de las misiones en la misión de la Iglesia, el confluir de la misionología en la eclesiología y la inserción de ambas en el designio trinitario de salvación, han dado un respiro nuevo a la actividad misionera misma, concebida ya no como una tarea al margen de la iglesia, sino inserta en el corazón de su vida” ( RMi 32).

[34] Editado en 1964, su trabajo es la publicación de las «Annie Kinkead Warfield Lectures» impartidas por él en el mismo año en el seminario presbiteriano: H. Berkhof, The doctrine of the Holy Spirit, John Knox Press, Richmond 1964 [H. Berkhof, Lo Spirito Santo e la Chiesa. La dottrina dello Spirito Santo (1964), Jaca Book, Milano 1971].

[35] Ib., 46. En el mismo contexto Berkhof afirma: “la misión es más que un instrumento práctico y necesario de la difusión de la iglesia. La misión no está a disposición de la iglesia: ambas están a disposición del Espíritu”: Ib., 45. Más allá de la incertezza de Berkhof sobre el carácter personal del Espíritu, a menudo resuelto en la potencia, en la energía del Resucitado, esta afirmación me parece correcta.

[36] “No es la Iglesia quien define la misión. Es más bien la misión la que determina el rostro de la Iglesia, para que ella sea el signo escatológico del Reino de Dios”: C. Geffré, L’evoluzione della teologia della missione dalla Evangelii nuntiandi alla Redemptoris missio, en Le sfide missionarie del nostro tempo, E.M.I., Bologna 1996, 68.

[37] “No es la iglesia la que tiene la misión de salvación para el mundo, sino que es la misión del Hijo y del Espíritu la que posée, mediante el Padre, la iglesia y se la crea en su camino. No es la iglesia la que administra el Espíritu […]. Es, en cambio, el Espíritu el que «administra» la iglesia con los acontecimientos de la palabra y de la fe, sacramentos y gracia, ministerios y tradiciones”: J. Moltmann, La Chiesa nella forza dello Spirito. Contributo per una ecclesiologia messianica, Queriniana, Brescia 1976, 93.

[38] Ch. Duquoc, Chiese provvisorie; saggio di ecclesiologia ecumenica, Queriniana, Brescia 1985; Id., «Credo la Chiesa»: precarietà istituzionale e regno di Dios [1999], Queriniana, Brescia 2001.

[39] Oportunamente el concilio remite al texto de Hch 17,22-31.

[40] Este pasaje parece contradecir a Jn 7,39. En realidad el pasaje joánico corresponde con los textos de Jn 19,30.34s.; 20,22s. e indica el carácter pascual y cristológico de la acción del Espíritu; justamente la dilatación universal de la acción salvífica de Cristo implica el ensanchamiento universal de la acción del Espíritu que en su misión, antes que a la misión de los apóstoles, se relaciona a la de Cristo: Y. Congar, Le Saint-Esprit et le corps apostolique, réalisateurs de l’oeuvre du Christ, en Esquisses du mystère de l’Église, Cerf, Paris 1966, 105-111.

[41] Sobre este tema y sobre el sentido de personajes como Abel, Melquisedec, Noé, Daniel y Job véanse: G. Philips, La grâce des justes de l’Ancien Testament, Beyaert, Bruges 1948; J. Daniélou, Les saints paiens de l’Ancien Testament, Seuil, Paris 1956; Id., Il mistero della salvezza delle Nazioni, Morcelliana, Brescia 1958; Y. Congar, Ecclesia ab Adam, en M. Reding (ed.), Abhandlungen über Theologie und Kirche. Festschrift für Karl Adam, Patmos, Düsseldorf 1952, 79-108.

[42] Y. Congar, Principi dottrinali (nn. 2-9), cit., 163-165. Las cuatro causas se articularían de este modo; la causa eficiente sería una «actividad»: “la misión de la Iglesia se cumple por la actividad con la que, obedeciendo al mandato de Cristo y movida por la gracia y la caridad del Espíritu Santo”; la causa material consistiría, en cambio, en una presencia: “[la Iglesia] se hace presente en acto pleno a todos los hombres o pueblos”; la causa formal precisaría las modalidades de la acción misionera que hacen presente la iglesia sin distinguir entre actos jerárquicos y actos comunes: “para conducirlos con el ejemplo de su vida y su predicación, con los sacramentos y los demás medios de gracia”; la causa final, en fin, estaría en la plena participación de los bienes de la alianza: “la fe, la libertad y la paz de Cristo, de modo que se les manifieste el camino firme y sólido para participar plenamente en el misterio de Cristo”.

[43] Por ejemplo en AG 6 donde, hablando de la “tarea de predicar el vangelio y de implantar la iglesia misma”, recuerda las tesis de la escuela de Münster y de Lovaina sin escoger una de ellas.

[44] Se repite en RMi 31 y el texto es precisado en RMi 33, que distingue entre pastoral, nueva evangelización y misión ad gentes.

[45] “El Concilio tiene presente la realidad territorial, pero no define las misiones en relación a los territorios: ellas son dirigidas a los hombres”: Y. Congar, Principi dottrinali (nn. 2-9), cit., 175. Sobre este problema véase también E. Nunnenmacher, «Le missioni». Un concetto vacillante riabilitato? Riflessioni sulla dimensione geografica di un termine classico, «Euntes Docete» 44 (1991) 241-264. Aun reconociendo que el criterio geográfico no es “muy preciso y siempre provisional”, Nunnenmacher hará una importante “distinción entre la actividad misionera propia y el marco de sus fronteras” y, por ello verá el cambio de vocabulario que la Redemptoris missio replantea, respecto al concilio, como una valorización de un intento sustancialmente eclesiológico, que busca evitar el abandono de una teología de la plantatio por favorecer exclusivamente una teología del Reino. Como sea, queda como algo pacífico que lo que está en juego “no son regiones o continentes ni viajes de larga distancia, sino el anuncio de la Palabra y la respuesta de la fe en Cristo […]. El criterio territorial será practicamente presente siempre en el término «misiones», pero el interés misionero no se dirige ciertamente a la geografía, sino al hombre y a la humanidad”: Ib., 254.

[46] El territorio es visto como habitus humano, como ambiente que comprende y determina la vida humana; se vea M. D’Erme, Tesi per una teologia del territorio, Dehoniane, Napoli-Roma 1984. Existe únicamente algún trabajo inicial referido a la ciudad; al respecto, para una dimensión socio-antropológica véase L- Castells, La questione urbana, Marsilio, Padova 1974; L. Benevolo, Della città, Laterza, Bari 1975; P. Wheatley, La città simbolo, Morcelliana, Brescia 1981, mientras para la teología véanse trabajos de teología junto a tesis y cartas pastorales: H. Cox, La città secolare. La morte di Dios nella tecnopoli: la Bibbia nella civiltà industriale, Vallecchi, Firenze 1968; J. Comblin, Teologia della città, Cittadella, Assisi 1971; F. Franceschi, Teologia della città: condizioni e modalità della presenza dei cristiani nella città, Elle Di Ci, Torino 1977; F. Cattaneo, Teologie della città, RES, Milano 1990; G. Frosini, Babele o Gerusalemme? Per una teologia della città, Ed. Paoline, Cinisello Balsamo (MI) 1992; M. Buvinic Martinic, Iglesia y Ciudad en América Latina: análisis de una práxis evangelizadora y evaluación de sus alcances eclesiológicos, U.P.S., Roma 1993; F. A. Niño Súa, La Iglesia en la ciudad: el fenómeno de las grandes ciudades en América Latina como problema teológico y como desafío pastoral, P.U.G., Roma 1996.

[47] Es fácil oír actualmente afirmaciones sobre la crísis o sobre la desaparición de la teología de la liberación; quizá sea mejor decir que estamos de frente a una reformulación del tema de la liberación a un plan más concreto, pero con la misma conciencia de la diversidad de la teología occidental. En tal dirección la herencia y la vitalidad de la teología de la liberación sería recuperable en la teología indígena, en la “black theology” y en la “theology of woman”; es lo que sostiene el trabajo de I. Petrella (ed.), Latin American Liberation Theology. The next Generation, Orbis Books, New York-Maryknoll 2005.

[48] Sobre el tema de los cristianos anónimos, cf. K. Rahner, I cristiani anonimi, en Id., Nuovi Saggi, I, Paoline, Roma 1968, 759-772; véase tambiénCristianesimo anonimo e compito missionario della Chiesa, en Id., Nuovi Saggi. IV, Paoline, Roma 1973, 619-642. La cuestión será retomada por una teóloga de la escuela de Rahner, A. Röper, I cristiani anonimi, Morcelliana, Brescia 1967. Partiendo de esta base, se llegará a una peculiar presentación de la misión: la del diálogo con las religiones; al respecto, el texto fundamental sigue siendo su relación presentada en el Congreso Internacional de Misionología de Roma en 1975 y publicada en las actas: K. Rahner, über die Heilsbedeutung der nichtchristlichen Religionen, en Evangelizzazione e Culture. Atti del Congresso internazionale scientifico di Missiologia. Roma 5-12 ottobre 1975, Pontificia Universidad Urbaniana, Roma 1976, I, 295-303. Para la traducción italiana véase Id., Sul significato salvifico delle religioni non cristiane, en Id., Nuovi Saggi. VII: Dios e rivelazione, Paoline, Roma 1981, 423-434. Sobre el mismo argumento, y del mismo autor, también Id., Cristianesimo e religioni non cristiane [1961], en Id., Saggi di antropologia soprannaturale, Paoline, Roma 1965, 533-571.

[49] El Seminario sobre religiones no-cristianas había sido convocado por el episcopado de la India en ocasión del Congreso Eucarístico Internacional en el que intervino también Pablo VI. El Seminario asumió como base del debate el texto de la declaración conciliar Nostra aetate, que había sido aprobada recientemente por el concilio, pero en sus conclusiones, asumirá la visión de las religiones como «Heilswege», como «vias de salvación», cosa que el concilio no había hecho. Véanse los textos en Christian Revelation and Non-Christian Religions. Theological Seminar held on the occasion of Bombay Eucharistic Congress in India, «Indian Ecclesiastical Studies» 4 (1965) 161-348. El número comprende las cuatro relaciones básicas del Seminario: H. Küng, The World Religions and God’s Plan of Salvation (182-222); P. Fransen, How Non-Christians Fint Salvation in their Religions? (223-282); J. Masson, Salvation out of the visibile Church and necessity of the Mission (283-302); R. Panikkar, Relation of Christians to their Non-Christian Surrouding (303-348). El texto comprende también la recensión de J. Daniélou, La mission a-t-elle pour but le salut? A propos du Colloque théologique de Bombay, «Le Christ au monde» 10 (1965) 235-246.

[50] LG 16; GS 22; AG 7; RMi 10 y 20; Diálogo y anuncio 35; Dominus Iesus 20.

[51] Y. Congar, Principi dottrinali (nn. 2-9), cit., 186.

[52] Comprendido cristológicamente, el eschaton debe saber dar razón de la encarnación de Cristo y no puede ser pensado únicamente como trascendente, como únicamente al margen del mundo; la historia, comprendida cristológicamente, debe saber dar razón de la Parusía y del Juicio, en el que encuentra su sentido y su culminación. Se torna así decisivo pensar el eschaton y la historia en el marco de una profunda reciprocidad: el eschaton es el secreto, es el sentido último de la historia y, por esto, no se limita a decretar su final en el sentido completo de su proceder, sino que la vigoriza en todo momento.

[53] Este contenido cristológico permite entender por qué el misterio pascual motiva “la estructura de esperanza propia del tiempo”: Ch. Schütz, Fondazione generale dell’escatologia, en Mysterium salutis, XI, Queriniana, Brescia 1978, 179. En la misma dirección Balthasar, que presenta la encarnación como “el vivo y personal, libre intercambio entre dos esferas hasta entonces separadas. En este movimento del intercambio, él muestra que las dos esferas no son originalmente extrañas, una contra la otra, porque fue ornenado por Aquel, al que llama Padre, en un mundo que pertenece al Padre”: H. U. von Balthasar, Lineamenti di escatologia, en Id., Saggi teologici. IV: Lo Spirito e l’istituzione, Morcelliana, Brescia 1979, 357.

[54] Bastaría reflexionar sobre el pasaje de Jn 2,24s.: “Jesús no se confiaba a ellos porque los conocía a todos y no tenía necesidad de que se le diera testimonio acerca de los hombres, pues él conocía lo que hay en el hombre”; aunque esté ambientado en la misión de Jesús, tiene un valor más vasto. Sobre la fe implícita, cf. Y. Congar, La mia parrocchia vasto mondo. Verità e dimensioni della salvezza [1959], Paoline, Roma 1965, donde, comentando algunos pasos bíblicos –Mt 8,10; Mc 7,28s.– habla de una “fe antes de la fe”, de una “gracia antes de la gracia”: Ib., 160.

[55] Es lo que contiene la gran visión de Ap 5,1-14: el libro sellado de los designios de Dios es abierto por el “cordero inmolado”, símbolo del misterio pascual de Cristo.

[56] No nos referimos a la cristología de Panneberg y al valor que ejerce su concepto de «anticipación», sino a los textos bíblicos que presentan a los cristianos como aquellos que viven las primicias de los dones del Espíritu: Rm 8,23; 16,5; Stgo 1,18; Ap 14,4.

[57] Refiero el pasaje completo: “todo lo bueno que se halla sembrado en los corazones y la mente de los hombres o en los ritos y culturas propias de los pueblos, no perece, sino que es sanado, elevado y consumado para gloria de Dios, confusión del diablo y felicidad del hombre” (AG 9).

[58] Para eso sería suficiente recurrir –sin duda útiles– a los trabajos de W. Henkel, Bibliografia sul decreto De activitate missionali Ecclesiae «Ad Gentes» (1965-1975), en T. Scalzotto (ed.), La Sacra Congregazione per l’evangelizzazione dei popoli nel decennio del decreto «Ad Gentes», Urbaniana University Press, Roma 1975, 214-232 completado luego también por W. Henkel, Bibliografia sul decreto De activitate missionali ecclesiae «Ad Gentes» (1975-1985), «Euntes Docete» 39 (1986) 263-274.

[59] Pienso sobre todo en los trabajos de dos autores: Z. Bauman, La solitudine del cittadino globale, Feltrinelli, Milano 2000; Id., Dentro la globalizzazione. Le conseguenze sulle persone, Laterza, Roma-Bari 2001; Id., La libertà, Città aperta, Troina (EN) 2002; A. Giddens, Conseguenze della modernità. Fiducia e rischio, sicurezza e pericolo, Il Mulino, Bologna 1993; Id., Modernità ed identità di sé, Il Mulino, Bologna 1995; Id., Il mondo che cambia. la globalizzazione ridisegna la nostra vita, Il Mulino, Bologna 2000.

[60] Los sociólogos ven en el fundamentalismo religioso una contraposición entre fundamentalismo y modernidad, en alguna manera paralela a la que se da entre fundamentalismo y Occidente. Cf. B. Lawrence, Defenders of God, Taurus, London 1990; G. Kepel, La rivincita di Dios. Cristiani, ebrei, musulmani alla riconquista del mondo, Rizzoli, Milano 1991; M. Jürgensmeyer, The New cold war? Religious nationalism confronts the secular State, University of Calífornia Press, Berkeley - Los Angeles 1993; S. N. Eisenstadt, Fondamentalismo e modernità. Eterodossie, utopismo, giacobinismo nella costruzione dei movimenti fondamentalisti, Laterza, Roma-Bari 1994; F. Bugart, Il fondamentalismo islamico, Società Editrice Internazionale, Torino 1995; B. Tibi, Il fondamentalismo religioso alle soglie del Duemila, Bollati Boringhieri, Torino 1997.

[61] Sobre todo la literatura de actualidad, periodística y política, ha mantenido una insistencia sobre aspectos problemáticos o negativos como la Jihad, la fatwa, la rígida aplicación de la shari’a sacando la base para contraposiciones globales. Basta pensar en los trabajos de O. Fallaci, La Trilogia: La rabbia e l’orgoglio - La forza della ragione - Oriana Fallaci intervista se stessa - L’Apocalisse, Rizzoli International, Milano 2004.

[62] J.P. Theisen, The Ultimate Church and the Promise of Salvation, St. John’s University Press, Collegeville (MN) 1976; W. Kern, Ausserhalb der Kirche kein Heil, Herder, Freiburg 1979; F A. Sullivan, Salvation outside the Church? Tracing the History of the Catholic Response, Paulist Press, New York 1992. En modo más simple, las mismas conclusiones son presentadas por Y. Congar, Hors de l’Église pas du salut, en Id., Sainte Église. Études et approches ecclésiologiques, Cerf, Paris 1964, 417-432; J. Ratzinger, Nessuna salvezza fuori della Chiesa, en Id., Il nuovo popolo di Dio, Queriniana, Brescia 1971, 99-114.

[63] La doctrina ahí enunciada había sido ya indicada al final de LG 13 y será precisada mejor en RMi 10.

[64] AG 15 y 18; así se explica el empeño por reconducir estos «elementos» a la iglesia: 18; 19. En modo análogo LG 16 los leerá desde el perfil de la «praeparatio evangelica».

[65] Citado por Dominus Iesus 21, la cita está tomada de RMi 18.

[66] Además de GS 22; AG 7, ya citados, véanse los textos posteriores de RMi 20 y de Diálogo y anuncio 35.

[67] LG 16 la descride como una orientatio y RMi 10 precisa la acción.

[68] Basta pensar a Nostra aetate y al ya citado Seminario de Bombay del 1964.

[69] La instrucción Diálogo y anuncio, emanada del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso y de la Congregación para la Evangelización de los pueblos en 1991 completará este discurso con un pequeño y significativo inciso: “la realidad incipiente de este reino puede encontrarse también fuera de los confines de la Iglesia, por ejemplo en el corazón de los adeptos de otras tradiciones religiosas, siempre que vivan los valores evangélicos y permanezcan abiertos a la acción del Espíritu. Es preciso no perder de vista, sin embargo, que esta realidad se halla verdaderamente en estado incipiente; y necesita completarse mediante su orientación al reino de Cristo ya presente en la Iglesia, pero que se realizará plenamente en el mundo futuro” (35). También Dominus Iesus 21, a propósito del modo con el que la salvación actúa más allá de la iglesia visible, reconoce que ciertamente, las diversas tradiciones religiosas contienen y ofrecen elementos de religiosidad que proceden de Dios y que forman parte de “cuanto realiza el Espíritu en el corazón de los hombres y en la historia de los pueblos, en las culturas y en las religiones”, pero sugiere entender estos elementos en la línea de la «praeparatio evangelica».

[70] G. d’ Costa, The Meeting of Religions and the Trinity, Orbis Books, New York - Maryknoll 2000, 104.

[71] Aun reconociendo en las religiones la obra de Dios, “el concepto de praeparatio relativiza las religiones del mundo, aunque si en esta relatividad descubre los elementos positivos implicados”: J. Ratzinger, Dichiarazioni del concilio sulla missione fuori del decreto sull’attività missionaria della Chiesa, en Id., Il nuovo popolo di Dio. Questioni ecclesiologiche, Queriniana, Brescia 1971, 414s. Es obvio que la integración de la praeparatio se concluye en la llamada teología del cumplimiento, inspirada en Mt 5,17.

[72] De hecho sostiene, que “la declaración [Nostra aetate] deja indeterminada la cualidad propiamente teológica de las religiones no cristianas”: K. Rahner, Sul significato salvifico delle religioni non cristiane, en Id., Nuovi Saggi. VII: Dio e Rivelazione, Paoline, Roma 1981, 426). El mismo concepto se repite más adelante (Ib., 427); el artículo es una relación presentada en el Congreso Internacional de Misionología en Roma el 1975 y publicada en las actas: Id., über die Heilsbedeutung der nichtchristlichen Religionen, en Evangelizzazione e Culture. Atti del Congresso internazionale scientifico di Missiologia. Roma 5-12 ottobre 1975, Pontificia Universidad Urbaniana, Roma 1976, I, 295-303.

[73] K. Rahner, Sul significato salvifico, 434.

[74] Id., Cristianesimo e religioni non cristiane [1961], en Id., Saggi di antropologia soprannaturale, Paoline, Roma 1965, 533-571 (citación: 562s.).

[75] Id., Sul significato salvifico, 429.

[76] Ib., 433.

[77] La referencia es a un artículo de 1964 publicado de nuevo recientemente sin particulares variaciones; cf. J. Ratzinger, La fede cristiana e le religioni del mondo, en Orizzonti attuali della teologia, II, Paoline, Roma 1967, 319-347. Se trata de una miscelánea en honor de los sesenta años de Rahner; la reciente publicación agrega una introducción en la que el autor motiva su distancia con Rahner: J. Ratzinger, Unità e molteplicità delle religioni. Il posto della fede cristiana nella storia delle religioni, en Id., Fede Verità Tolleranza. Il cristianesimo e le religioni del mondo, Cantagalli, Siena 2003, 13-43.

[78] Esto comporta el abandono de una sustancial equivalencia de las religiones como expresión –detrás de las diversidades– de una realidad común e idéntica; además comporta el abandono de una filosofía que, por una parte ha objetivado a Dios reduciéndolo a un concepto y, por otra, por reacción, ha salvado a Dios reduciéndolo, con Kant, a funciones éticas y, con Schleiermacher, al sentimiento.

[79] Nos referimos a R. Otto, Il sacro. L’irrazionale nella idea del divino e la sua relazione al razionale [1917], Feltrinelli, Milano 1966. En su trabajo, Otto, no parte de la conciencia religiosa de las personas, sino del objetivo imponerse de su manifestación: el sacro se reconoce como aquello sin el cual la misma religión no existiría, es como su esencia. Junto a elementos racionales, indispensables para que el sacro no esté privado de sentido, eso comprende también datos inefables resumidos en el numinosum.

[80] Ratzinger introduce dos distinciones. Contraponiendo “místico” y “profético”, distingue entre dos monismos, el primero considera la realidad como apariencia y velo, desarrollando así, en términos místicos, un pensamiento “adanítico”, en cambio el segundo reconoce la alteridad de Dios sobre la base de la creación. La diversidad de los dos monismos es diversidad de soteriología: la profondidad del mal y la efectiva liberación no tienen en ambos el mismo peso y esta diversidad permite captar la unicidad singular de la Pascua de Cristo. La segunda distinción se da entre hebraísmo y cristianismo, entre religión nacional y religón universal: esta distinción le sirve para afirmar el primado de la conciencia contra la centralidad de las costumbres sociales y religiosas de un pueblo.

[81] C. Geffré, Credere e interpretare. La svolta ermeneutica della teologia, Queriniana, Brescia 2002, 122.

[82] Ib.

[83] CTI, Temi scelti di ecclesiologia [1985] 10.2; 10.3, en Enchiridion Vaticanum, IX, Dehoniane, Bologna 1987, 1719.

[84] Esta es la formulación más sintética y más precisa; la encontramos en el Sínodo de los Obispos, La justicia en el mundo [1971], en Enchiridion Vaticanum, IV, Dehoniane, Bologna 1978, 803.

[85] Sobre la kénosis véase el interesante ensayo de P. Henry, Kénose, en Dictionnaire de la Bible - Supplement, V, Letouzey et Ané, Paris 1957, 7-161 ; en particular Théologie de la kénose, Ib., 136-156.

[86] Se puede ver LG 3 que presenta la iglesia como “regnum Christi iam praesens in misterio” y LG 5 que habla de la iglesia como “in terris germen et initium”.

[87] CTI, Temi scelti, cit., 1719.

[88] CTI, Temi scelti, cit., p. 1721. J. Dupuis discute el objetivo, según él se podría reorientar, no sólo a la afirmación de la eclesialidad de la salvación, sino a un retomar el axioma tradicional extra ecclesiam nulla salus, en J. Dupuis, Il regno di Dio e la missione evangelizzatrice della Chiesa, «Ad Gentes. Teologia e antropologia della missione» 3/2 (1999) 142-143; el tema lo retoma en Id., Verso una teologia del pluralismo religioso, Queriniana, Brescia 1997, 452-459; Id., Il cristianesimo e le religioni. Dallo scontro all’incontro, Queriniana, Brescia 2001, 366-372.

[89] Hablando del votum baptismi, Tomás habla de una acción divina “cuya potencia no está sujeta a los sacramentos visibles”: Summa Theologica. III, q. 68, a. 2, in corpus.

[90] J. Rigal, L’Église en chantier, Cerf, Paris 1995, 58: decir que la Iglesia es «sacramento de salvación» significa decir que ella testimonia una realidad que la atraviesa, pero se extiende más allá de sus fronteras; que ella mantiene, al mismo tiempo, una relación ineluctable con esa realidad. Si ella es el sacramento (signo e instrumento) de la salvación, no puede ser el origen y menos el único lugar en el que la salvación se está realizando; ella es, más bien, la humilde sierva.

 

 

XXIII Simposio de Misionología, Burgos, marzo 2006