Cooperación y Animación Misionera en España


Anastasio Gil

Subdirector Nacional de OMP - España

 

Después de felicitar a los organizadores de este Simposio por el acierto y la oportunidad en la elección del tema, deseo agradecer en nombre de la Comisión Episcopal de Misiones a la Facultad de Teología del Norte de España con su sede en Burgos la celebración de este Simposio cuya actividad se inserta en el plan de Acción de dicha Comisión Episcopal previsto para el presente trienio 2006-2009.

 

La ponencia que se me ha encomendado se circunscribe a los contenidos de los capítulos Vº y VIº de Ad gentes, pero referido a España. Trataré de responder a su enunciado desde la experiencia y el trabajo que realizo en la secretaría de la Comisión Episcopal y en las Obras Misionales Pontificias, sin necesidad de recordar que cuanto diga se refiere a la animación y cooperación misionera que percibo en las comunidades cristianas de nuestro país. La ausencia de referencias documentales a la elaboración del texto conciliar, espero sea compensada con el diagnóstico y correspondiente terapia de futuro que me permito hacer sobre este tema en el ámbito de las Iglesia locales de España. 

 

1. SENTIDO Y FINALIDAD DE LA COOPERACION Y ANIMACIÓN MISIONERA 

1.1. Cooperación y animación: conceptos complementarios

Antes de introducirnos en el análisis de los capítulos Vº y VIº del decreto Ad gentes parece necesario precisar qué se entiende por estos dos conceptos –cooperación y animación– tan significativos en el lenguaje de quienes trabajan al servicio de la actividad misionera. El decreto Ad gentes mientras  dedica uno de sus capítulos a la cooperación misionera (el capítulo VIº) no hace referencia al concepto animación, introducido más tarde por Juan Pablo II cuando en Redemptoris missio afirmaba: “se ha de incluir la animación misionera como elemento primordial de su pastoral ordinaria en las parroquias, asociaciones y grupos, especialmente los juveniles” (RMI 83). Sin embargo, el hecho de que Ad gentes no utilice este término, no significa que su contenido no sea uno de sus principales argumentos al desarrollar en el capítulo Vº la ordenación de la actividad misionera.

La primera referencia a la animación misionera aparece en Ad gentes 4 cuando describe la misión del espíritu Santo como el alma que anima la Iglesia; el Espíritu que infunde en las instituciones eclesiales el mismo espíritu de misión que infundió en  Cristo. “El Espíritu Santo «unifica en la comunión y en el servicio y provee de diversos dones jerárquicos y carismáticos», a toda la Iglesia a través de los tiempos, vivificando las instituciones eclesiásticas como alma de ellas e infundiendo en los corazones de los fieles el mismo impulso de misión del que había sido llevado el mismo Cristo” (AG 4). Esta acción del Espíritu, que bien pudiera referirse la animación misionera, es considerada como un servicio a la comunidad que le hace salir de sí misma para, afirma con rotundidad, ir hasta el último confín de la tierra:  “La gracia de la renovación en las comunidades no puede crecer si no expande cada una los campos de la caridad hasta los confines de la tierra, y no tiene, de los que están lejos, una preocupación semejante a la que siente por sus propios miembros” (AG 37).

El concepto de animación está implícitamente considerado al referirse a la acción motivadora de la comunidad para hacerla misionera implicándola responsablemente en este proyecto eclesial y de ella emerge la cooperación considerada como la ayuda que presta la comunidad eclesial a la misión ad gentes. Por tanto ambos conceptos pueden ser considerados complementarias en el decreto conciliar y, en cierto modo, equivalentes en el esencial.  

 

1.2. Perfil específico de la animación misionera

Cuando se habla de animación misionera se está hablando en principio de una acción pastoral que se desarrolla en el seno de la Iglesia para sensibilizar a todos sus miembros sobre su responsabilidad misionera. Juan Pablo II dibujaba la principal finalidad de esta actividad pastoral: “Interesar, educar e implicar en la causa misionera a todos los hijos de la Iglesia, haciéndoles caer en la cuenta de la permanente validez del mandato misionero, mediante una acción coordinada, que comprende ante todo la oración por las misiones, luego el conocimiento y la información de los problemas relativos ellos, así como también la recaudación de las ayudas necesarias” (19-II-1980).

Desde esta perspectiva un primer acercamiento al decreto conciliar nos desvela que la animación misionera, desde la doble perspectiva de acción del Espíritu en el seno de la comunidad y apertura a la universalidad, tiene como objetivos específicos:

-Despertar la conciencia y mentalidad misionera por medio de una adecuada formación doctrinal (AG 36-39; RMi 78).

-Suscitar la cooperación espiritual concretada responsablemente en la oración, el sacrificio, el ofrecimiento sacrificial del propio trabajo (AG 36; RMi 78).

-Promover las vocaciones misioneras, especialmente las de una dedicación de por vida a la misión ad gentes (AG 23; 27; RMi 65-66, 79).

-Preparar e incentivar una justa distribución de los efectivos apostólicos (AG 29.31.33; LG 23; CD 6; RMi 68).

-Contribuir económicamente a las necesidades de las comunidades más necesitadas, especialmente por medio de las OMP (AG 29; LG 38).

Estos objetivos sólo pueden ser alcanzados como «actividad misionera» en el interior y en sintonía con la actividad pastoral ordinaria de la comunidad, nunca de manera paralela o como alternativa. Y lo hace en la medida en que las actividades de la Iglesia estén llenas del espíritu misionero: “la actividad misionera fluye de la misma naturaleza íntima de la Iglesia” (AG 6); por tanto no puede nunca faltar. Por este motivo, a la hora de renovar las comunidades ya cristianas a través de la acción pastoral, no hay que olvidar que esa «gracia de la renovación» sólo se obtiene cuando cada una de las comunidades “expande los campos de la caridad hasta los últimos confines de la tierra y tiene de los que están lejos una preocupación semejante a la que siente por sus propios miembros” (AG 37).

Reiteramos con la mente conciliar: el marco donde se sitúa la animación misionera es la pastoral ordinaria de la diócesis y de sus comunidades eclesiales. Es uno de los componentes básicos de la iniciación de los fieles a la fe y a la vida cristiana, y no una simple acción ocasional con motivo de una campaña para implicar a sus destinatarios. Más tarde esta exigencia es refrendada por Juan Pablo II al afirmar que “esta labor ha de ser entendida no como algo marginal, sino central en la vida cristiana” (RMi 83).

En el subsuelo de este planteamiento puede entenderse que la animación misionera se fundamente en el misterio de la comunión eclesial que implica tanto a los fieles cristianos como a las instituciones, en una comunión de vida con la misión de Cristo: la misión que se despliega del amor de Dios a la humanidad y que fomenta la respuesta agradecida por la recepción del don de fe de modo gratuito (cf.. Pío XII, Rerum Ecclesiae, 18-22). La comunidad cristiana al reconocer la dimensión universal de la fe y la necesidad de que todos los hombres están llamados al reconocimiento del designio divino de salvación sale de sí misma, se abre a la universalidad y se hace disponible para la misión.

Antes de continuar con el análisis de la cuestión es preciso subrayar, dad la importancia del asunto, que aquella comunidad cristiana que inserte la animación misionera en su proyecto de vida y trate de llevar a la práctica sus implicaciones eclesiales de universalidad y de servicio, estaría dando muestras evidentes de madurez en la fe. Por el contrario, la comunidad eclesial que se repliegue sobre sí misma, cerrándose a sus propios intereses y necesidades por miedo a quedarse sin efectivos o recursos, estaría dando signos claros de su inmadurez eclesial en sí misma y en sus fieles. Cuando en una comunidad no hay frutos misioneros no es arriesgado pensar que esa comunidad está “enferma” y necesita de un diagnóstico pastoral acertado, o acaso suceda algo más grave, que ni siquiera es comunidad cristiana. 

 

1.3. La animación misionera como tarea educativa de la Iglesia

Una de las dimensiones más esenciales de la animación misionera, y tal vez la menos considerada, es su consideración como actividad fundamentalmente educativa en cuanto que tiene por objeto que los fieles sean capaces de insertar la responsabilidad misionera en sus mente y en sus corazones.  Entiéndase la acción educativa como una tarea de la iglesia por la que se trata de enuclear del interior del creyente la llamada a la misión que emerge del bautismo y del don de la fe. No es simple estrategia para despertar el entusiasmo por una causa buena y altruista donde el sentimiento y la solidaridad con los menos “agraciados” suscite una respuesta de donación.  Va más allá del gusto o de la afición para situarse en el campo del servicio que se debe prestar a la comunidad cristiana. Por eso la animación misionera no puede quedar reducida al testimonio de un misionero que aparece ocasionalmente con motivo de una campaña o a la respuesta generosa de solidaridad ante une emergencia. Es un ministerio diario, permanente, de la Iglesia por el que los iniciados en la fe se introducen en el estilo y en la vida de los discípulos del Señor. “Hemos de fomentar en nosotros el afán apostólico por transmitir a los demás la luz y la gloria de la fe, y para este ideal debemos educar a todo el Pueblo de Dios” (RMi 86).

Desde esta perspectiva recordamos con énfasis dos de los campos de atención específicos de la animación misionera: la información y la formación misionera. Obsérvese desde el principio que cada uno de ellos está condicionado por la teología de la misión y las circunstancias cambiantes de la pastoral de la Iglesia, por lo que no sería bueno caer en su absolutización. Necesitan de una constante revisión y creatividad en los ámbitos de su ejecución en función de los destinatarios, y de sus agentes y de sus métodos. Desde la las aportaciones que nos ofrece el decreto conciliar ahora sólo hacemos un referencia a su inserción en esta actividad misionera:

 

a. La información sobre la actividad misionera de la Iglesia. Una de la principales tareas de la animación misionera es dar a conocer la vida de la Iglesia universal, las voces y la experiencia de los misioneros y de las Iglesias locales donde ellos trabajan. Los fieles cristianos necesitan saber que no hay límites en la familia de los hijos de Dios en la Iglesia, que el mensaje de amor se extiende a toda la humanidad y que todo cuanto acontece en cualquier parte del mundo afecta e interesa a la pequeña comunidad cristiana de pertenencia. No estamos hablando de la gran aportación que los medios de comunicación social hacen a la humanidad con la información puntual de cuanto acontece en cualquier parte del mundo. Estamos hablando más bien de la vida real de otras comunidades cristianas, llamadas ordinariamente Iglesias jóvenes, de sus necesidades y problemas, de sus avances y luchas, etc. La información misionera es de gran importancia en cuanto que ayuda a conocer la vida de la Iglesia universal. “Para que todos y cada uno de los fieles cristianos conozcan puntualmente el estado actual de la Iglesia en el mundo y escuchen la voz de los que claman: «ayúdanos» (cf.. Hch 16,9), facilítense noticias misionales, incluso sirviéndose de los medios modernos de comunicación social, que los cristianos, haciéndose cargo de su responsabilidad en la actividad misional, abran los corazones a las inmensas y profundas necesidades de los hombres y puedan socorrerlos” (AG 36). La información pertenece a la entraña misma de la Iglesia y debe servir para que la visión universal de los caminos de la misión se inserten en los procesos de la pastoral ordinaria. Este primer elemento constitutivo de la animación misionera suscita no pocos interrogantes sobre el modo de hacer y sobre los recursos que se emplean para la información de la vida de la Iglesia en nuestras comunidades. A él se refiere el decreto Ad gentes: “Será muy útil, a condición de no olvidar la obra misional universal, mantener comunicación con los misioneros salidos de la misma comunidad, o con alguna parroquia o diócesis de las misiones para que se haga visible la unión entre las comunidades y redunde en edificación mutua” (AG 37). Información que según el concilio y para sorpresa de propios y extraños no se circunscribe a cuestiones estrictamente religiosas, sino se extiende incluso a de la misma investigación científica: “Son signos de elogio especial los seglares que, con sus investigaciones históricas o científicas-religiosas promueven el conocimiento de los pueblos y de las religiones en las universidades o institutos científicos, ayudando así a los heraldos del Evangelio y preparando el diálogo con los no cristianos” (AG 41). 

 

b. La formación de los fieles. La información sobre el hecho misionero exige una seria reflexión de los fieles según su capacidad y condición eclesial. Así la formación misionera de quienes están en el proceso de iniciación a la fe y a la vida cristiana debe ser bien distinta de quienes han sido constituidos en el ministerio de la Palabra y han sido llamados al sacerdocio o a la vida consagrada. Independientemente de los destinatarios de la formación misionera, ésta está llamada a insertarse con entidad propia en los procesos formativos fundantes de los fieles, de manera que quien se reconoce creyente comprenda desde la fe que la acción misionera, que le afecta directamente, no es una cuestión coyuntural a la que se puede responder con una simple aportación económica o con una simple simpatía afectiva. Por apuntar uno de los compromisos tal vez menos atendidos en la actualidad a los que se refiere el decreto Ad gentes, sin necesidad de usar el término animación misionera, es la inserción de la Teología de la misión en la formación de los sacerdotes y de los candidatos al sacerdocio. “Los profesores de los seminarios y de las universidades expondrán a los jóvenes la verdadera situación del mundo y de la Iglesia para que comprendan claramente la necesidad de una más esforzada evangelización de los no cristianos. En las enseñanzas de las disciplinas dogmáticas, bíblicas, morales e históricas hagan notar los motivos misionales, que en ellas se contienen, para ir formando de este modo la conciencia misionera en los futuros sacerdotes” (AG 39). De una correcta formación misionológica de los sacerdotes depende en gran medida la formación misionera del Pueblo de Dios. “Los presbíteros, en el cuidado pastoral, excitarán y mantendrán entre los fieles el celo por la evangelización del mundo, instruyéndolos con la catequesis y la predicación sobre el deber de la Iglesia de anunciar a Cristo a los gentiles; enseñando a las familias cristianas la necesidad y el honor de cultivar las vocaciones misioneras entre los propios hijos; fomentando el fervor misionero en los jóvenes de las escuelas y de las asociaciones católicas de forma que salgan de entre ellos futuros heraldos del Evangelio” (AG 39).

A esta urgencia formativa de los responsables de la pastoral ordinaria se añade ya entonces la formación misionera de los laicos: “Para cumplir todos estos cometidos, los laicos necesitan preparación técnica y espiritual, que debe darse en institutos destinados a este fin, para que su vida sea testimonio de Jesucristo entre los no cristianos según la frase del Apóstol: «No seáis objeto de escándalo ni para Judíos, ni para Gentiles, ni para la Iglesia de Dios, lo mismo que yo procuro agradar a todos en todo, no buscando mi conveniencia, sino la de todos para que se salven» (1Cor., 10,32s.)” (AG 41). Sin duda puede ayudar a profundizar en este asunto las recientes palabra de Benedicto XVI en su carta encíclica Deus caritas est don afirma que no es suficiente una preparación profesional de los que participan en la acción caritativa de la Iglesia, sino una profunda formación en humanidad, de manera que entiendan que el ejercicio de la caridad no es simplemente dar, sino fundamentalmente darse (cf. 31). 

 

1.4. Destinatarios de la animación misionera

Al hablar el decreto Ad gentes del deber misional del pueblo de Dios reafirma con fuerza y sin ningún género de dudas que la responsabilidad misionera afecta a todos: “Todos los hijos de la Iglesia han de tener viva conciencia de su responsabilidad para con el mundo, han de fomentar en sí mismos el espíritu verdaderamente católico y consagrar sus fuerzas a la obra de la evangelización. Conozcan todos, sin embargo, que su primera y principal obligación por la difusión de la fe es vivir profundamente la vida cristiana” (AG 36). El texto no hace concesiones a posibles excepciones, habla de que todos están llamado por vocación a consagrar su vida a la acción evangelizadora. Esta responsabilidad comienza en el umbral mismo de la vida cristiana, por eso no es ningún privilegio ni despropósito que la iniciación a la animación misionera de los fieles –información y formación– se inserte en el proceso de iniciación cristiana. Esta debe ser la razón por la que el concilio, poco antes de afirmar lo que acabamos de recordar, hace en la introducción a este capítulo de cooperación misionera una afirmación muy tajante: “el Santo Concilio invita a todos a una profunda renovación interior a fin de que, teniendo viva conciencia de la propia responsabilidad en la difusión del evangelio, acepten su cometido en la obra misional entre los gentiles” (AG 35).

Desde la perspectiva de la iniciación cristiana los primeros destinatarios específicos de la animación misionera serán:

a. Los niños y los jóvenes y aquellos que se encuentran en el proceso inciatorio de la fe. Tal vez si nos acercamos a muchas de nuestras comunidades cristianas y nos interesamos por el grado de atención que se presta en la catequesis a la dimensión misionera la respuesta sea aparentemente muy satisfactoria, pues parece que la implicación de este sectores de la Iglesia es alta y positiva en la actividad misionera que se genera en las comunidades cristianas. Más aún podemos llenar páginas de actividades formativo-misioneras protagonizadas por niños y jóvenes. Pero no nos referimos al grado de participación en actividades, sino a la inserción de la dimensión apostólica y misionera en cualquiera de estos procesos iniciatorios. Una simple mirada a los instrumentos catequéticos de la comunidad, incluso a los Catecismos oficiales de la Comunidad vigentes en España para la iniciación cristiana, nos lleva afirmar con dolor que en modo alguno esta dimensión tiene la misma atención que el restos de las otras tres dimensiones que inician al conocimiento del misterio cristiano, a la celebración y a la oración, y a la vida cristiana. En todo caso la dimensión misionera se “despacha” con algún tema puntual o con algún testimonio misionero, para concluir con una compromiso que tiene más de exigencia moralizante que formativa.

b. Otro de los sectores de la Iglesia a la que la animación misionera esta llamada a prestar especial atención en la pastoral ordinaria es la familia. Denominar a la familia cristiana como Iglesia doméstica es un acierto, pero dudo mucho que en las comunidades cristianas se atienda a fomentar en estos núcleos familiares la dimensión evangelizadora como uno de los exponentes de su eclesialidad. La familia está necesitada igualmente de una formación misionera adecuada para que pueda ser “testigo” y “transmisora” de la fe recibida y vivida en el seno del hogar; formación que lleva a la familia a implicarse, según posibilidades, en el quehacer misionero de animación y cooperación desde la comunidad eclesial de pertenencia; atención misionera para que Dios pueda suscitar vocaciones misioneras en los miembros que la integran. El concilio exhorta a los presbíteros “para que enseñen a las familias cristianas la necesidad y el honor de cultivar las vocaciones misioneras entre los propios hijos” (AG 39).

c. Los centros de formación de quienes trabajan en la pastoral ordinaria. Si la animación misionera es un elemento primordial de la pastoral ordinaria, es natural que aquellos que se preparan para cualquiera de las acciones pastorales al servicio de la comunidad cristiana posea un seria formación sobre la actividad misionera de la Iglesia. No se trata sólo de una información básica y fundante sobre esta dimensión eclesial, cuanto de alcanzar una cierta sistematización de tarea evangelizadora de la Iglesia. Actualmente hay muchas cuestiones que inciden en una acertada concepción de la misión de la Iglesia. Muchos son los interrogantes a los que deben estar suficientemente preparados para responder con acierto quienes de alguna manera ejercen un ministerio laical en el seno de la comunidad cristiana. Se está reclamando con persistencia la necesidad del estudio de la misionología en los Centro de formación teológica para los candidatos al sacerdocio o a la vida consagrada, pero se está obviando que no la necesaria y urgente formación misionera de quienes aspiran a un compromiso con la acción pastoral de la comunidad de pertenencia. Son estas personas a las que se refiere Ad gentes al afirmar que “los laicos cooperan a la obra de evangelización de la Iglesia y participan de su misión salvífica a la vez como testigos y como instrumentos vivos, sobre todo si, llamados por Dios, son destinados por los Obispos a esta obra” (AG 41). 

 

1.5. La cooperación como elemento esencial de la animación misionera

La animación misionera tiene valor por sí misma como una expresión y dimensión de la vida cristiana, pero sería incompleta sin la cooperación misionera. Ya lo advertía con una cierta ironía Pío XII: “El misionero [...] no pide ser admirado, pero sí espera ser ayudado a fundar la Iglesia” (Fidei Donum, 7). La cooperación presupone la animación y la formación misionera de la comunidad. Subrayemos desde el principio que al hablar de la cooperación no estamos hablando de un simple prestación de ayudas, sino del compromiso personal y comunitario para la misión: “Hay que reconocer la validez de las diversas formas de actividad misionera; pero, al mismo tiempo, es necesario reafirmar la prioridad de la donación total y perpetua a la obra de las misiones, especialmente en los Institutos y congregaciones misioneras, masculinas y femeninas. La promoción de estas vocaciones es el corazón de la cooperación” (RMi 79).

La cooperación misionera en la mente del concilio no puede entenderse como una simple acción caritativa de las llamadas “Iglesia ricas” a las “Iglesias pobres”, sino que es una consecuencia inmediata de la comunión eclesial. La expresión «comunión de las Iglesias», es una terminología nueva que coloca a todas las Iglesias particulares en un mismo nivel. Todas las Iglesias tienen algo que dar y mucho que recibir. A la vez no puede faltar ese sentido de «comunión» con la Iglesia universal, y en concreto con el centro visible de unidad, la Iglesia de Roma: “Las nuevas Iglesias particulares, adornadas con sus tradiciones, tendrán su lugar en la comunión eclesiástica, permaneciendo íntegro el primado de la cátedra de Pedro, que preside a toda la asamblea de la caridad” (AG 22). Gracias a la misión, la Iglesia, porque es católica,

           -se puede presentar a cada grupo con su particularidad, o a la Iglesia particular encarnada en la particularidad, realizándose ese encuentro adecuado entre Cristo y la comunidad;

           -todos los bienes ya cristianizados de la nueva Iglesia quedan al servicio de la unidad.

           Y del concepto teológico de «comunión de las Iglesias», exigencia de la misión, el Ad gentes pasa al tema de la «cooperación misionera». La cooperación no es algo externo, jurídico, sino que exige una ordenación pastoral comenzando por los obispos (AG 30), los sacerdotes (AG 39), los institutos de vida consagrada (AG 32), etc. En este contexto se subraya la necesidad de un dicasterio romano que “dirija y coordine la obra misional en sí y la cooperación misionera”. No sólo existe una comunión entre las Iglesias que lleva a una participación mutua, sino una «comunión dentro de cada Iglesia», de forma que todos los miembros, cada uno según su carisma, se sientan comprometidos en la misión. “Como la Iglesia es toda ella misionera y la obra de la evangelización es deber fundamental del pueblo de Dios, el concilio invita a todos a una profunda renovación interior, a fin de que, teniendo viva conciencia de la propia responsabilidad en la difusión del evangelio, acepten su participación en la obra misionera entre los gentiles” (AG 35). Y a nivel diocesano el concilio anticipa lo que posteriormente sería indicado en Cooperatio missionalis sobre la presencia de los responsables diocesanos en un Consejo de pastoral: “Para lograr una coordinación mejor, establezca el Obispo, en cuanto le sea posible, un Consejo pastoral en que tomen parte clérigos, religiosos y seglares por medio de delegados escogidos” (AG 30). 

 

1.6. Recursos espirituales, personales y materiales para la cooperación

No nos basta en este apartado con una simple enumeración, por otra parte de todos conocida, sino que intentaremos descubrir cómo de una recta animación misionera –información y formación– brota el compromiso de tomar parte en las tareas del Reino con:

 

a. La oración como medio prioritario de la cooperación misionera. Es llamativo cómo de manera inalterable los documentos misioneros recuerdan este medio como prioritario de la cooperación. Ciñéndonos a los capítulos Vº y VIº del documento conciliar que nos ocupa descubrimos continuas referencias a la necesidad de la oración para suplicar a Dios el envío de obreros a su mies, la apertura de las mentes y el corazón de los nos cristianos a la escucha del evangelio, y la fecundación de la palabra de Salvación en sus corazones (AG 40). Y exhorta a los Obispos para que “susciten en los fieles oraciones y penitencias con generosidad de corazón por la evangelización de mundo” (AG 38). La prioridad de la oración no es un subterfugio alternativo a la actividad misionera sino un elemento sustancial a la vida del cristiano y de la comunidad. La necesidad de la oración suplicante para que la gracia divina fecunde y haga fructificar la obra misionera: “La Iglesia, finalmente, sirve también al Reino con su intercesión, al ser éste por su naturaleza don y obra de Dios, como recuerdan las parábolas del Evangelio y la misma oración enseñada por Jesús” (RMi 20).

No quisiera pasar de largo sin traer en este momento a nuestra consideración una intención recomendada por Juan Pablo II para que se incorpore a la Iglesia orante a favor del quehacer misionero: “Vivimos, frecuentemente, el drama de la primera comunidad cristiana, que veía cómo fuerzas incrédulas y hostiles se aliaban «contra el Señor y contra su Ungido» (Act 4, 26). Como entonces, hoy conviene orar para que Dios nos conceda la libertad de proclamar el Evangelio; conviene escrutar las vías misteriosas del Espíritu y dejarse guiar por Él hasta la verdad completa (cfr Jn 16, 13)” (RMi 87).

 

b. El sacrificio y el ofrecimiento del dolor: “Los enfermos se hacen también misioneros” (RMi 78). Parece que hacer referencia a este medio en la sociedad actual es contraproducente o incluso vergonzante. ¿Qué puede aportar a la misión la ofrenda del sufrimiento de un enfermo o el sacrificio escondido de quien inmola su vida como donación a Dios por la actividad misionera? Llama poderosamente la atención que en los 27 mensajes que Juan Pablo II ha legado a la Iglesia con motivo del DOMUND el medio al que recurrido con mayor frecuencia ha sido el sacrificio por las misiones. Fue en el Mensaje de 1984 cuando desarrolló con mayor hondura la cuestión del sufrimiento como “preciso instrumento de evangelización”. En aquella ocasión dijo entre otras cosas “Exhorto a todos los fieles que sufren a dar este significado apostólico y misionero  a sus sufrimientos”. El decreto conciliar había recordado que “de la renovación de este espíritu se elevarán espontáneamente hacia Dios plegarias y obras de penitencia para que fecunde con su gracia la obra de los misioneros, surgirán vocaciones misioneras y brotarán los recursos necesarios para las misiones” (AG 36). Su fundamento teológico ha sido enunciado en AG 5 al hablar del camino realizado por Cristo como “misionero” del padre y cómo nuestra cooperación misionera pasa por la inmolación y la unión a Cristo “donado”.

 

c. La cooperación económica. No vale la pena detenerse en esta dimensión suficientemente conocida. De todas formas es preciso traer a nuestra consideración dos aspectos singulares e imprescindibles. Ante las frecuentes resistencias de algunos responsables de las comunidades parroquiales para promover la cooperación económica el decreto conciliar recuerda que los presbíteros no deben avergonzarse de pedir limosna, sino que se han de hacer como mendigos por Cristo y por la salvación de las almas. “Enseñen a los fieles a orar por las misiones y no se avergüencen de pedirles limosna, haciéndose mendigos por Cristo y por la salvación de las almas” (AG 39). Por otra parte se recuerda cómo la actividad misionera y la situación de otras Iglesias jóvenes, de otros pueblos y grupos humanos interpelan a “revisar el propio estilo de vida: las misiones no piden solamente ayuda, sino compartir el anuncio y la caridad para con los pobres” (RMi 85). Esta urgencia a compartir lo que tenemos y recordada en el texto conciliar no es otra cosa que hacer eco a lo que anteriormente habían insistido otros documentos misioneros, como es caso de Pío XI en Rerum Ecclesiae que afirma que los donativos deben ser generosos (RE 10); Juan XXIII en Princeps Pastorum que estos donativos deben ser voluntarios (PP), para concluir el Ad gentes que la cooperación sólo es posible desde “la renovación espiritual” (AG 36). 

Parece prudente recordar en este momento que la cooperación económica grava no sólo las conciencias de los fieles, sino también a las instituciones eclesiales. El decreto Ad gentes anticipa esta obligación que más tarde fue preceptuada por el código de derecho canónico: “Traten los Obispos en sus Conferencias; del clero diocesano que se ha de consagrar a la evangelización de los gentiles; de la tasa determinada que cada diócesis debe entregar todos los años, según sus ingresos para la obra de las misiones” (AG 38).

 

d. La cooperación personal. La donación personal total y perpetua es prioritaria en la obra de las misiones, que se desarrolla con hombres y mujeres consagrados a Dios, dispuestos a ir donde hiciere falta. Por eso Juan Pablo II apostilla: “La promoción de estas vocaciones es el corazón de la cooperación” (RMi 79). Las vocaciones misioneras son signo de vitalidad de una Iglesia. En cambio las Iglesias locales o congregaciones religiosas que no dan vocaciones misioneras de buena gana muestran claramente que están en el inicio de su envejecimiento e incluso de su ocaso. El decreto conciliar brinda una pauta de examen de conciencia para la congregaciones religiosas sobre este asunto y que puede servir para otras instituciones eclesiales: “Los Institutos de vida activa, por su parte, persigan o no un fin estrictamente misional, pregúntense sinceramente delante de Dios

· si pueden extender su actividad para la expansión del Reino de Dios entre los gentiles;

· si pueden dejar a otros algunos ministerios, de suerte que dediquen también sus fuerzas a las misiones;

· si pueden comenzar su actividad en las misiones, adaptando, si es preciso, sus Constituciones, fieles siempre a la mente del Fundador;

· si sus miembros participan según sus posibilidades, en la acción misional;

· si su género de vida es un testimonio acomodado al espíritu del Evangelio y a la condición del pueblo” (AG 40).

Más tarde Redemptoris missio ahonda en esta cuestión invitando a la reflexión con esta palabras: “Debemos preguntarnos por qué en varias naciones, mientras aumentan los donativos, se corre el peligro de que desaparezcan las vocaciones misioneras, las cuales reflejan la verdadera dimensión de la entrega a los hermanos. Las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada son un signo seguro de la vitalidad de una Iglesia” (RMi 79).

En la promoción de la animación misionera en las Iglesias locales han tenido y tiene un lugar destacado los misioneros y misioneras que de por vida se han entregado a la misión. A ellos hemos de agradecer el esfuerzo por suscitar la cooperación personal en el seno de la comunidad, pero lo hacen teniendo en cuenta estos criterios fundamentales que garantizan la eclesialidad de su labor y la comunión entre las Iglesias:

- respeto del propio carisma;

- respeto del campo específico de los demás;

- orientación hacia la evangelización universal;

- insertarse en la pastoral de conjunto;

- docilidad a las indicaciones del propio obispo.

 

e. Otras formas de cooperación. Las actuales circunstancias de la humanidad y de la vida de los cristianos nos ayudan a vislumbrar que hay en el mundo nuevas formas de cooperar más allá de la económica y más acá de la entrega a la misión de por vida. Las diversas situaciones que depara la movilidad humana ofrece a los cristianos nuevas oportunidades para la implicación misionera. A ellas se refiere sutilmente Juan Pablo II cuando habla de los  nuevos ámbitos sociales y culturales de la misión. Destaquemos a modo de ejemplo alguno de estos nuevos espacios de cooperación como son el ámbito de la investigación científica, el mundo de la inmigración y el fenómeno del turismo.

-Sobre la implicación en el vasto campo de la investigación científica se afirma en el decreto conciliar que “se desea que colaboren entre sí fraternal y generosamente en favor de las misiones todos los Institutos científicos que cultivan la misionología y otras ciencias o artes útiles a las misiones, como la etnología y la lingüística, la historia y la ciencia de las religiones, la sociología, el arte pastoral y otras semejantes” (AG 34; cf. 41).

-La apertura a la nueva situación de la inmigración. Se abre un nuevo horizonte a la cooperación misionera desde las comunidades cristianas como es la llegada de grupos humanos procedentes de en su mayoría de los territorios de misión: “establecer y promover obras en que sean recibidos fraternalmente y ayudados con cuidado pastoral conveniente los que inmigran de tierras de misiones para trabajar y estudiar. Porque por ellos se acercan de alguna manera los pueblos lejanos y se ofrece a las comunidades ya cristianas desde tiempos remotos una ocasión magnífica de dialogar con los que no oyeron todavía el Evangelio y de manifestarles con servicio de amor y de asistencia la imagen auténtica de Cristo” (AG 38).

-El turismo como una realidad cada día más viva fruto entre otras cosas de la globalización. Aunque sobre esta realidad no se hace referencia en el decreto conciliar no viene mal recordar lo que dice al respecto Redemptoris missio: “El turismo a escala internacional es ya un fenómeno de masas positivo, si se practica con actitud respetuosa en orden a un mutuo enriquecimiento cultural, evitando ostentaciones y derroches, y buscando la comunicación humana. Pero a los cristianos se les exige sobre todo la conciencia de deber ser siempre testigos de la fe y de la caridad en Cristo” (RMi 82).

 

1.6. Servicios de animación y cooperación misionera:

Los servicios eclesiales de animación y cooperación misionera a los que hace referencia el decreto Ad gentes y actualmente están a disposición de la misión han surgido en el seno de la Iglesia bien como fruto de la entrega generosa de sus protagonistas bien como respuesta a unas necesidades que llegaban desde el exterior. Más tarde estos servicios han sido reconocidos por la Jerarquía, incluso asumidos por ella, hasta llegar en algún caso a ser dirigidos por la santa Sede.

La inserción de estos servicios en la vida eclesial de los fieles debe ser fruto de la acertada coordinación teniendo en cuenta su carisma fundacional y su conjunción en el conjunto de toda la actividad pastoral. Detengámonos en algunos de estos aspectos.

 

a. Nacidos por iniciativa privada. El carácter laical o de iniciativa privada está en el origen de estos servicios. No nacen como  estructuras superpuestas por los eclesiásticos, ni siquiera por la jerarquía. Todos ellos han partido de la iniciativa privada como respuesta al carisma del Espíritu Santo, siempre y en armonía con la autoridad eclesiástica. Hay que significar el carácter vocacional de estas iniciativa: “Aunque el Espíritu Santo suscita de muchas maneras el espíritu misional en la Iglesia de Dios, y no pocas veces se anticipa a la acción de quienes gobiernan la vida de la Iglesia, con todo, este dicasterio, en cuanto le corresponde, promueva también la vocación y la espiritualidad misionera, el celo y la oración por las misiones y difunda las noticias auténticas y convenientes sobre las misiones” (AG 29). Su implantación en cada comunidad tiene muy en cuenta las necesidades y circunstancias de la comunidad, de la parroquia, de la diócesis... y la capacitación de los agentes a quienes se les encomienda esta tarea para que sirvan a toda la comunidad. Es el momento de rendir un reconocimiento a las innumerables iniciativas al servicio de la misión. Sería un grave error , por otra parte frecuente en la Iglesia, ahogar lo que el Espíritu suscita en  las personas, “por que no son de los nuestros”.

 

b. Asumidos y reconocidos por la jerarquía. La jerarquía no puede limitarse en muchos casos a garantizar y aprobar estos servicios, sino que debe asumir la primera responsabilidad. La actividad pastoral de la jerarquía respeta y hace respetar los carismas y las gracias de cada servicio pastoral y en esta comunión está el fundamento de la fecundidad de la misión (cf. RMi 75). Como muestra de cómo la jerarquía ha asumido esta responsabilidad de coordinación entre las distintas posibilidades que se dan en la Iglesia traemos a nuestra consideración lo que acaba de ser publicado en el Estatuto de las OMP, recientemente aprobado y publicado: “Nacidas espontáneamente en el Pueblo de Dios como iniciativas apostólicas privadas de laicos, han sabido transformar la adhesión a Cristo de los fieles en viva corresponsabilidad misionera. Surgidas y aceptadas en las diversas Iglesias, las Obras Misionales Pontificias han ido adquiriendo carácter supra-nacional y finalmente han sido reconocidas como Pontificias y puestas en relación directa con la Santa Sede. Las Obras Misionales Pontificias están en condiciones de responder a la necesidad, advertida por todo el mundo misionero, de volver a proponer formas creíbles de animación y cooperación misionera en los nuevos escenarios madurados con la caída de las viejas ideologías y la aparición del fenómeno de la globalización (RMi 82)” (Estatutos mayo 05, 10s.). Por eso el decreto Ad gentes decía:  “Estas obras deben ocupar el primer lugar, ya que son los medios de infundir en los católicos, desde la infancia, el sentido verdaderamente universal y misionero, y de recoger eficazmente los subsidios para bien de todas las misiones, según las necesidades de cada una” (AG 38).

 

c. La necesaria coordinación. Desde la iniciativa privada a la responsabilidad de la Jerarquía hay un gran muestrario de posibilidades efectivas al servicio de la cooperación misionera. Para mostrar en todo ello la comunión eclesial que subyace en este quehacer se precisa una coordinación general que no ahogue el carisma institucional pero que garantice que todas estas iniciativas se inserten cordialmente en una misma animación misionera. “Traten las Conferencias Episcopales de común acuerdo los puntos y los problemas más urgentes, sin descuidar las diferencias locales. Para que no se malogren los escasos recursos de personas y de medios materiales, ni se multipliquen los trabajos sin necesidad, se recomiendo que, uniendo las fuerzas, establezcan obras que sirvan para el bien de todos, como, por ejemplo, seminarios, escuelas superiores y técnicas, centros pastorales, catequísticos, litúrgicos y de medios de comunicación social” (AG 31). El mismo concilio recomienda poner al servicio de la coordinación equipos técnicos de información a modo de “Consejo de consultores”: “Tenga a su disposición este dicasterio un Cuerpo permanente de consultores peritos, de ciencia o experiencia comprobada, a los que competirá, entre otras cosas, el recoger la necesaria información, tanto sobre la situación local de los diversos países y de la mentalidad, modo de pensar de los diferentes grupos humanos, como sobre los métodos de evangelizar que hay que emplear, y proponer conclusiones científicamente documentadas para la obra y la cooperación misional” (AG 29).

 

2. PERSPECTIVAS DE FUTURO PARA LA ANIMACIÓN Y COOPERACIÓN MISIONERAS

Después del acercamiento que hemos hecho al decreto conciliar en sus capítulos Vº y VIº para descubrir cómo se presenta la animación misionera en el interior de la pastoral ordinaria de la Iglesia, y desde allí valorar en su justa medida la cooperación que de ella emana, tratemos de otear el horizonte para contemplar el futuro. Han pasado 40 años desde que por primera vez un concilio ecuménico publica un documento misionero. Desde entonces acá han sucedido muchas cosas en el campo de la misión ad gentes. No es el momento de hacer un balance, sino de apuntar algunos retos a los que sin duda hemos de dar respuesta no sólo con urgencia sino, y sobre todo, con acierto. Pero antes quiero hacer una aproximación a tres fenómenos que de manera sutil podrían estar ralentizando el lanzamiento de la animación misionera en el seno de la comunidad cristiana. 

2.1. La animación misionera en la pobreza y debilidad de las comunidades cristianas  

a. Desde el aparente fracaso a la esperanza

Juan Pablo II al comienzo de su encíclica misionera Redemptoris missio, recuerda como una realidad incuestionable que “La Misión de Cristo Redentor, confiada a la Iglesia, está aún lejos de cumplirse. A finales del segundo milenio después de su venida, una mirada global a la humanidad demuestra que esta misión se halla todavía en los comienzos y que debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio” (1). La misión que encomendó Jesús a la Iglesia antes de partir para el Padre está “aún en sus comienzos”, a pesar de los dos mil años que han trascurrido desde entonces y del enorme esfuerzo que han realizado las comunidades cristianas con el envío de tantos misioneros y misioneras a ”todos los lugares del mundo”.

Pero al tiempo y con la misma fuerza anuncia en la conclusión que se vislumbra un horizonte tan esperanzador como sorprendente:  “Veo amanecer una nueva época misionera, que llegará a ser un día radiante y rica en frutos, si todos los cristianos y, en particular, los misioneros y las jóvenes Iglesias responden con generosidad y santidad a las solicitaciones y desafíos de nuestro tiempo” (92).

Esta aparente dicotomía se trueca en una fundada esperanza al anunciar con tono profético un “kairós”, un tiempo de gracia y un momento privilegiado de la misión.  Ahora bien, para que su profecía pueda realizarse el Santo Padre presenta “condiciones”, cuando dice: “si todos los cristianos y las Iglesias jóvenes responden con generosidad y santidad a los desafíos de nuestro tiempo”. Él se dirige especialmente a nosotros los cristianos de hoy y también a las Iglesias jóvenes, para “responsabilizarnos” del momento actual de la misión, y de la “hora de la misión” como fue proclamado en España con motivo del reciente Congreso Nacional de Misiones.  

Él sí, pero todavía no de la misión... se comprende al mirar la respuesta misionera de la Iglesia a los requerimientos del Espíritu. Dios ha bendecido a la Iglesia en España con abundantes vocaciones misioneras en las diversas comunidades cristianas que han sido fruto de la profundización y difusión de la conciencia misionera. La “salida” de miles de misioneros y misioneras para colaborar con el dinamismo evangelizador de la Iglesia ha sido y continúa siendo expresión de la vitalidad de fe en las comunidades cristianas.  

 

b. Desde la debilidad a la fortaleza

Esta “nueva primavera” del cristianismo anunciada por Juan Pablo II y ratificada con la respuesta de las Iglesias locales no está exenta de perplejidades e incomprensiones. “La misión específica ad gentes parece que se va parando, no ciertamente en sintonía con las indicaciones del concilio y del magisterio posterior. Dificultades internas y externas han debilitado el impulso misionero de la Iglesia hacia los no cristianos, lo cual es un hecho que debe preocupar a todos los creyentes en Cristo” (RMi 2). Se tiene la impresión que las “misiones” o “misión ad gentes” tenga el constante riesgo de diluirse en la misión genérica de la Iglesia, o dicho de otro modo, se tiene el miedo de que la misión ad gentes pueda presentarse como la actividad de la Iglesia que facilita la salida de efectivos de la pastoral que tanto se necesitan en estos momentos en la Iglesia particular.  Es por eso que el Santo Padre usa adjetivos de un fuerte sentido negativo: “hay que evitar que esta «responsabilidad más específicamente misionera que Jesús ha confiado y diariamente vuelve a confiar a su Iglesia», se vuelva una flaca realidad dentro de la misión global del Pueblo de Dios y, consiguientemente, descuidada u olvidada” (RMi 34). 

Para iluminar mejor esta sorprendente paradoja tal venga bien recordar que por primera vez en la historia de los concilios ecuménicos la Iglesia publicó un documento conciliar sobre su actividad misionera. Este documento inicia su singladura recordando que

-Podemos “conocer” el misterio de Dios en la profundidad misteriosa de la Santísima Trinidad (“su naturaleza”) gracias a su manifestación histórica, es decir, a su “éxodo” o “salida” por medio de las misiones o envíos de la segunda y tercera personas divinas en el tiempo (encarnación y Pentecostés);

-Es posible descubrir realmente a la Iglesia cuando ésta se proyecta, en fidelidad a su Fundador y al Espíritu que la anima, más allá de sus fronteras, ad gentes.  De ahí que la misma Redemptoris missio considere la misión ad gentes como “la actividad primaria de la Iglesia, esencial, y nunca concluida [...] la responsabilidad más específicamente misionera que Jesús ha confiado y diariamente vuelve a confiar a su Iglesia (31)  “Sin ella, la misma dimensión misionera de la Iglesia estaría privada de su significado fundamental, de su actuación fundamental y de su actuación ejemplar” (34). 

Sin embargo nuestra realidad, hoy en día, se nos manifiesta en abierto contraste con estas afirmaciones porque precisamente a partir del concilio Vaticano II la salida de misioneros y misioneras ha ido disminuyendo en la Iglesia y la fuerza misionera que animaba nuestras comunidades parecen que son realidades del pasado.   

 

c. Desde una misión particular a la misión universal

La enseñanza conciliar sobre la comunión eclesial entre las Iglesias locales; la conciencia de universalidad que subyace en una eclesiología posconciliar; la incorporación a la tarea misionera de tantas vocaciones nativas tanto al ministerio sacerdotal como a la vida consagrada que han enriquecido los presbiterios  y las comunidades no solo de modo cuantitativo sino universal; el resurgimiento de una corriente de solidaridad en favor de los más necesitados a través de instituciones solidarias en favor de los más pobres... Todo esto y mucho más podría llevarnos a pensar que la animación misionera y la misma cooperación estaban experimentado una desarrollo cualitativo muy importante. No sería justo si dijera que estos fenómenos no están influyendo positivamente en la misión universal.

Pero al mismo tiempo se está produciendo una atomización tanto en la animación como en la cooperación. La singularidad de los destinos de nuestras aportaciones como la legítima “visualización” del empleo de nuestra cooperación están haciendo que en la misión también aparezca la separación entre la Iglesia “rica” o afortunada y la Iglesia “pobre” que por no tener no tiene con quien “hermanarse”. En esta situación es urgente advertir del riesgo que supone para la acción misionera la hipoteca de una pertenencia restringida a “nuestro” proyecto en perjuicio de la disponibilidad al servicio de la Iglesia. Ya el decreto Ad gentes decía refiriéndose a la cooperación y distribución de los sacerdotes: “Traten los Obispos en sus Conferencias; del clero diocesano que se ha de consagrar a la evangelización de los gentiles; de la tasa determinada que cada diócesis debe entregar todos los años, según sus ingresos para la obra de las misiones; de dirigir y ordenar las formas y medios con que se ayude directamente a las mismas; de ayudar y, si es necesario, fundar Institutos misioneros y seminarios del clero diocesano para las misiones; de la manera de fomentar estrechas relaciones entre estos Institutos y las diócesis” (AG 38).

Estas y otras serias advertencias deben disponer a los responsables de la animación misionera en las comunidades cristianas a comprometerse en un programa de futuro que garantice la consecución de aquello que el decreto Ad gentes afirma con rotundidad: “Suscitando, promoviendo y dirigiendo el Obispo la obra misional en su diócesis, con la que forma una sola cosa, hace presente y como visible el espíritu y el celo misional del Pueblo de Dios, de suerte que toda la diócesis se hace misionera” (AG 38). 

 

2. Hacia un programa de futuro desde las enseñanzas de Ad gentes

Trataremos finalmente de apuntar algunos retos que la Iglesia en España debe afrontar para dinamizar la animación y cooperación misionera. 

 

a. Animación inserta en la iniciación cristiana

La acción misionera que a veces está segregada de la acción pastoral que las diócesis llevan a cabo mediante un proyecto evangelizador unitario. Parece bastante pobre la presencia de la dimensión misionera en los procesos de iniciación y de formación cristiana que se realizan en la comunidades cristianas. El Directorio General para la catequesis señala: “La formación al apostolado y a la misión es una de las tareas fundamentales de la catequesis. Sin embargo, mientras crece en la actividad catequética una sensibilidad para formar a laicos para el testimonio cristiano, el diálogo interreligioso y el compromiso en el mundo, la educación en el sentido de la missio ad gentes es débil e inadecuada. A menudo, la catequesis ordinaria concede a las misiones una atención marginal y de carácter ocasional” (DGC 30).

Es frecuente descubrir cómo la animación misionera queda reducida  a constatar y subrayar las grandes aportaciones que hacen los misioneros y las misioneras a la promoción humana, hasta el punto de reducir la entrega de su vida y su actividad misionera a una colaboración con el desarrollo y la solidaridad humanitaria, dejando en la penumbra la nobleza y el servicio del anuncio del evangelio.

Ante esta situación viene bien recordar lo que es propuesto con fuerza en el documento misionero de Cooperatio missionalis en estos términos: “Sugerir, fomentar e incentivar iniciativas que favorezcan la educación misionera del pueblo de Dios y el desarrollo de la conciencia misionera en la Iglesias particulares, de manera que los fieles se impliquen personalmente en la actividad ad gentes y se comprometan en la cooperación” (cf. CM 11). De manera particular situar la animación misionera en la entraña de la iniciación cristiana, y en concreto de la catequesis de infancia, adolescencia y juventud. Esta debe llevarse a cabo en los procesos de formación que se realizan en las comunidades parroquiales, en los centros escolares y en las familias por ser los ámbitos ordinarios de educación y maduración en la fe (cf. AG 14). A ello ha de contribuir el trabajo conjunto entre la Comisión Episcopal de Misiones y el resto de las otras Comisiones Episcopales, o a nivel diocesano entre la Delegación de misiones y las demás delegaciones diocesanas (cf. CEE, Plan de acción pastoral 2006-2010). 

 

b. Formación misionera de los agentes de pastoral

La conciencia misionera que se percibe en estos “agentes” de la pastoral parece notoriamente inferior a la que se vivía en épocas anteriores. Quizá esta carencia se deba a una deficiente profundización y fundamentación teológica sobre la urgencia del anuncio del  evangelio a otros pueblos y culturas. Sin duda una de las causas de esta situación es la insatisfactoria atención que se da a la formación misionera en los Centros de formación a los candidatos al sacerdocio o a la vida consagrada.

La presencia del pensamiento y de la dimensión misionera de la Iglesia en ocasiones se echa en falta en la celebración de encuentros, congresos, jornadas y publicaciones. Incluso cuando se celebran no parece hay un gran interés por participar. Frente al esfuerzo por ofrecer medios de reflexión y formación relacionados con la misión, aparece el desánimo y el cansancio. Las comunidades cristianas y sus responsables optan por una formación, que en muchos casos se reduce a una simple información, puntual u ocasional huyendo de la oferta formativa a los diversos sectores de una comunidad eclesial. En los últimos años ha decrecido ostensiblemente la participación de los miembros del SCAM por carecer de demandas. Parece que este asunto de los misionero no interesa a la comunidad.

Para dar respuesta a esta situación entendemos que se debe atender la formación misionera de los presbíteros, principales destinatarios y sujetos de la animación misionera, mediante un trabajo conjunto con otras Comisiones Episcopales e Instituciones pastorales (cf. AG 16). Desde la Comisión Episcopal de Misiones se puede y se debe llevar a cabo un trabajo conjunto con quienes tienen el encargo de atender a los sacerdotes, tanto a nivel de Conferencia Episcopal como de las diócesis. A efectos de concretar se sugiere la posibilidad de que lo misionero esté en la entraña de la formación permanente del clero, evitando de esta manera que los sacerdotes tengan la sensación de que atiendan a esta dimensión de la Iglesia sólo desde la perspectiva económica con motivo de las campañas.

Así mismo recordamos de nuevo la necesidad de que en los Planes de estudio de los candidatos al sacerdocio la misionología adquiera un lugar relevante. No es suficiente con las periódicas visitas de misioneros a los Seminarios o de quienes tienen la misión de la animación misionera en las diócesis. Al  hecho misionero conviene darle una fundamentación teológica.

Pero hay más y no menos urgente e importante. En los últimos tiempos se ha despertado el espíritu misionero en los laicos, al asumir responsablemente no sólo la animación misionera sino también la cooperación para participar ellos mismos en las tareas del anuncio del evangelio. Sin duda este florecimiento de vocaciones misioneras entre los laicos es prueba evidente de la madurez del pueblo de Dios que hay que seguir alentando, favoreciendo y acompañando en los ámbitos de formación permanente de los laicos. De una recta formación misionera seguirán brotando vocaciones de laicos misioneros. El despertar del voluntariado de carácter humanitario y solidario no puede impedir el reconocimiento de que también hay otras personas, cristianos vocacionados y comprometidos, que se entregan a anuncio del evangelio. Importa mucho situar en este contexto la celebración periódica de encuentros de responsables y voluntarios que trabajan en la acción misionera especialmente a través de las Jornadas Regionales de animación misionera y de la celebración a nivel diocesano del “Día del misionero diocesano” u otras iniciativas análogas. 

 

c. Cooperación como expresión de la animación

En algunos sectores se tiene la impresión de que sólo importa en la acción misionera de modo prioritario la colaboración económica. Incluso la cooperación misionera está quedando residuada a las cooperación económica de los fieles, desentendiéndose de sus aportaciones las instituciones eclesiales, haciendo caso omiso de lo que el CIC señala que “en todas las diócesis para promover la cooperación misional páguese cada año una cuota proporcionada para las misiones que se remitirá a la Santa Sede” (c. 791, 4). No parece que esta indicación sea cumplida de modo general. Por otra parte mientras en algunos sectores se reivindica a las instituciones civiles la contribución del 0,7 se deja de cooperar con la Iglesia misionera universal. Claramente es signo de que  está decreciendo la preocupación por el espíritu misionero en las comunidades cristianas y en los centros escolares y los responsables de la pastoral están más apremiados por las necesidades particulares, incluso misioneras que por la promoción de este espíritu misionero. A veces parece que no se entiende aquello de que la fe se fortalece dándola.

Ante esta realidad nos atrevemos a recordar que la bondad de los hermanamientos entre las distintas comunidades cristianas puede ser muy eclesial pero están necesitados de algunas cautelas para no empequeñecer el espíritu misionero. “Los hermanamientos no deben limitar el propio radio de acción a un sólo objetivo y de no aislarse respecto a otras iniciativas generales de cooperación misionera… para salvaguardar el principio de la equidad universal en el reparto de ayudas. Pero además estos hermanamientos no deben descuidar la atención al contexto eclesial, al estilo de vida y al diálogo entre las autoridades diocesanas” (CM 18). Además los responsables de la pastoral ordinaria pueden tener razones prácticas que justifiquen la supresión de una colecta a favor de una intención misionera, pero nunca les acompañará la razón para eliminar la celebración de una Jornada informativa y formativa de sus fieles. 

 

d. Coordinación al servicio de la animación  

La coordinación entre las distintas instituciones eclesiales que atienden la acción misionera en España no está satisfactoriamente lograda. Parece que se actúa independientemente o por simples sintonías entre su responsables. Un dato que pudiera justificar este diagnóstico podemos encontrarlo en la reducida incidencia de la Doctrina Social de la Iglesia en la predicación ordinaria. Tiene que llamarnos la atención la referencia a esta cuestión por parte de Benedicto XVI en su reciente encíclica “Dios es amor”. Este es un hecho sumamente importante porque desde su conocimiento se puede llegar con objetividad al conocimiento de las causas de la pobreza y de la injusticia que están lacerando a la humanidad, especialmente a los hombre y mujeres y a los pueblos que habitan los llamados territorios de misión.

Para llevar a la práctica cuanto subyace en este reto creo necesario intentar situar de forma clara y decidida la animación y la cooperación misionera en los proyectos y planes de pastoral que se están llevando a cabo en las diócesis. Son clarividentes estas palabras del reciente documento pontificio Cooperatio missionalis: “La cooperación misionera requiere una coordinación adecuada, de forma que se realice con espíritu de comunión eclesial y ordenadamente, para alcanzar eficazmente su objetivo” (CM 2). Desde esta plataforma será fácil atender y coordinar las distintas iniciativas de animación y cooperación misionera que se llevan a cabo en la comunidad cristiana y evitar la gran dispersión que muchas veces se percibe por falta de programación, ausencia de prioridades y ordinariamente originadas por la coyuntura de las campañas. El Secretariado de la Comisión Episcopal y las Delegaciones diocesanas deberán favorecer la colaboración de los Institutos de vida consagrada, de las sociedades de vida apostólica y de los movimientos y grupos apostólicos junto con la colaboración en proyectos y acciones de las OMP.

 

Conclusión

   Por la actualidad de las palabras que en su momento escribieron los obispos españoles de la Comisión Episcopal de Misiones en el documento sobre La misión ad gentes y la Iglesia en España (2001) quiero concluir mi intervención dejando que ellos ponga la nota conclusiva: “Por la importancia de la misión ad gentes en la identidad de la Iglesia, y dadas las transformaciones que se están experimentando actualmente en el mundo en el que se lleva a cabo la misión de la Iglesia, se hace más urgente la animación misionera, como un servicio cualificado para conseguir que las comunidades eclesiales incorporen a su ser y actividad pastoral lo que realmente está en la entraña de su naturaleza: la misión universal. “Las Iglesias locales han de incluir la animación misionera como elemento de su pastoral ordinaria en las parroquias, asociaciones y grupos, especialmente juveniles” (RMi 83). Aunque la actividad misionera constituye un capítulo central en la acción pastoral de las diócesis de España, parece que no se le da la importancia y valor que merece. No suele aparecer en el núcleo de los programas y tareas pastorales. Los apremios de la pastoral diaria hacen que, una vez más, “lo que realmente es importante y vital quede sensiblemente recortado por lo urgente”. En efecto, la preocupación misionera es, a menudo, intermitente. Se concentra en las grandes campañas, para languidecer el resto del año. Esta percepción nos lleva a pensar que ni en nuestras diócesis, ni en las parroquias haya la debida proporción entre la atención pastoral a esta actividad y el puesto central postulado para ella por el mandato evangelizador del Señor” (pags. 44s.).

Ojalá el reconocimiento de estas limitaciones sea la plataforma para introducir la terapia oportuna en las iglesia locales de nuestro país.

 

XXIII Simposio de Misionología, Burgos, marzo 2006