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Grandes y magníficas son únicamente las obras de Dios, mientras las nuestras son siempre pequeñas e insignificantes. Suyas son las obras por las que gozamos de la vida, de la libertad y de la salvación. Nuestras, a penas, las dudosas respuestas a estos dones, cuando, y bien sabemos que no siempre es así, secundan el camino de vida nueva que Él nos regala.
Grande y magnífica es siempre, entre tantas otras, la obra de la vocación, que con amor inmenso de Padre, Dios teje día a día con la vida de algunos hijos suyos, a quienes elige para un seguimiento y para una misión especiales e irrepetibles, y que crece poco a poco, a veces desde la más pronta infancia, en un diálogo singularmente exquisito y fecundo. Un diálogo en el que el susurro trascendente de la llamada toma vida en el corazón humano cuando éste, en el silencio de su ser más auténtico y fidedigno, escucha, acoge y secunda al Amor y a la generosidad infinitas, con un amor y una generosidad que aún siendo finitos, son sobreabundantes y desbordantes.
Pequeño e insignificante es siempre, sin embargo, el modo y la manera con la que los hijos bendecidos por la gracia infinita de Dios, a través de nuestras obras humanas, tratamos de secundar la iniciativa de Dios. No para hacer nada por nosotros mismos -ni para adelantar ni un solo paso para nuestra salvación, cosa que no está a nuestro alcance-, sino para dejarle a Él hacer su obra de salvación y de belleza total. Ocupados y preocupados como estamos siempre por las cosas que carecen de valor, que son las que hacemos nosotros, ante cuya inconsistencia y caducidad nos cegamos normalmente, olvidamos ocuparnos y preocuparnos por las cosas importantes, que son, en cambio, las obras de Dios, para cuya realización ha querido contar con nuestra ayuda, una ayuda tan pequeña e insignificante como es siempre todo lo que podamos hacer. De ese modo el Dios de la misericordia busca el sí de nuestra libertad y la magnanimidad de nuestro corazón.
Entrega generosa: “envía obreros a tu mies”
Así, si muchas son las vocaciones que el Hijo de Dios hecho hombre suscita generación tras generación, obra suya, sin embargo escasos son, alarmantes y significativamente escasos, los recursos que el común de los fieles -nosotros a través de nuestras obras- ponemos en juego para ayudar a quienes responden a la vocación en el seguimiento radical a Cristo y así sostener su formación y con ello promover los frutos de una misión que sólo Dios sueña poder realizar.
Porque si en este tiempo de apatía y de indiferencia, cuando no de apostasía y de sutil persecución, la gracia redentora de Cristo mostrada a través de la obra de evangelización de su Iglesia hace posible ese milagro siempre nuevo y siempre impredecible de la vocación, triste es que tantos jóvenes, sobre todo los provenientes de los pueblos más pobres, predilectos de su misericordia, que quieren dar un sí al Señor cuya mirada y cuya llamada los ha cautivado como les ocurrió a aquellos pescadores de Galilea y como les ha ocurrido a millares de testigos suyos de todos los tiempos, no puedan, como ellos, formar parte de esa peculiar escuela, la de los apóstoles de Cristo.
Escuela evangélica en la que –no lo olvidemos– no sólo el Maestro y los discípulos, sino todos los que se acercaban a escuchar al Señor, fueron alimentados cuando el día se echaba encima por una cantidad sin medida de peces y de panes, obra de Dios, pero a partir de los cinco panes y los cinco peces de sus seguidores, que es lo único que el Señor nos pide a nosotros, para realizar el milagro de sus Seminarios, Casas de Formación, y obras de sostenimiento vocacionales, repartidos por doquier, y que nosotros no siempre hemos sido suficientemente generosos para dárselos.
Grandes y magníficas son únicamente las obras de Dios, mientras las nuestras son siempre pequeñas e insignificantes. Grandes y magníficas son cada una de las historias entre Jesús y los jóvenes en las que, a diferencia de la del joven rico del Evangelio, éstos no fruncen el ceño y se alejan, sino que lo poco o mucho que tienen y que son, y sobre todo, el gran tesoro de sus ilusiones y proyectos, le son entregados al Señor, con una generosidad de corazón y una luminosidad en sus ojos, que poco o nada en este mundo le es comparable en valor. Que ningún sí a Cristo se pierda en el clamor más urgente que podamos oír como hijos de la Iglesia. Es Él quien nos lo pide a través de la mirada de esos jóvenes, porque antes que esperar de nosotros que aliviemos y sanemos, a nuestro modo, las pobrezas de este mundo, espera poder ser Él mismo, repartido por doquier en la persona de sus apóstoles y enviados, el que alivie y sane, acoja y sacie, despierte y alegre el corazón de los hombres, necesitados en todas partes del pan de la Palabra, del alimento y fortalecimiento de los Sacramentos, y del amor liberador que sólo Él y su Evangelio pueden sembrar y hacer fructificar.
Ayuda generosa: que no se pierda ninguna vocación por falta de medios
Y si obra grande es la de la vocación, la de cada vocación, porque es obra de Dios, obra pequeña pero que mira y sirve a la de Dios es la Obra Pontificia de San Pedro Apóstol, fundada en 1922 por Pío XI para sensibilizar al pueblo cristiano en la formación de las vocaciones locales de las Iglesias de misión y para invitarlo a colaborar espiritual y materialmente en la formación de los candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa. Al celebrase este año, una vez más su Jornada Anual, como jornada de las ‘Vocaciones Nativas’, con el fin de promover en el pueblo cristiano el espíritu de sacrificios y oración por las nuevas vocaciones en los territorios de misión, así como su sostenimiento, somos urgidos a no dejar que ninguna de estas vocaciones se pierda, que sean generosos y desbordantes, los bienes que compartamos para fomentarlas y alentarlas con la fundación y el mantenimiento de los noviciados y seminarios diocesanos mayores y menores en estos países, y con becas de formación para sus alumnos que con tanta ilusión desean seguir a Jesucristo por el camino de la entrega total. Porque la generosidad inmensa e infinita de Dios, que sigue suscitando vocaciones, y la disponibilidad valiente y maravillosa de tantos jóvenes, que responden a su llamada, reclaman la generosidad de todos nosotros, copartícipes, ni más ni menos, de la entera misión de la Iglesia, es decir, de la obra de Dios que opera la salvación entre los hombres.
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