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“Mi paz os dejo, mi paz os doy” (Jn. 14, 27). Las palabras del Maestro resuenan todavía hoy en nuestros corazones con la misma fuerza con que fueron pronunciadas y escuchadas por los discípulos. Y las acogemos con idéntico asombro y admiración, pues sabemos que Quien habla lo hace con autoridad y verdad.
Con esta breve frase el Señor nos llama y nos urge a ser constructores de paz. Tarea ímproba, pero no imposible, tal y como nos recordaba hace escasas fechas el Papa Juan Pablo II en su Mensaje para la Celebración de la Jornada Mundial de la Paz. “Escuchad todos el humilde llamamiento del sucesor de Pedro que grita: ¡Aún hoy, al inicio del nuevo año 2004, la paz es posible! Y, si es posible, la paz es también una necesidad apremiante”, indicaba el Santo Padre.
El mundo, ciertamente, no vive momentos de tranquilidad. En demasiados lugares del mundo los gritos de los inocentes nos revelan que existen guerras y violencias, injusticias o explotaciones de unos hombres sobre otros que tratan de ser justificadas, muchas veces, con egoísmos vacíos de humanidad. Tampoco en nuestro país faltan motivos para cierta incertidumbre.
“Mi paz os dejo, mi paz os doy”. La enseñanza de Cristo es conocida, pero cada uno de nosotros debería preguntarse si su comportamiento, tanto personal como social, contribuye a hacer presente el ejemplo –y la misma vida– del Maestro o, si por el contrario, estamos lejos de constituirnos en los constructores de la paz que Dios desea que seamos.
Convertir el propio corazón
La paz, a la que legítimamente aspiran cuantos conviven en situaciones de violencia o de injusticia, de conflicto o de marginación, es el fruto granado de un corazón limpio, entregado y generoso. No es posible la paz si no existe un respeto esencial a la dignidad de cada persona, de toda persona. Sólo donde el corazón del hombre experimenta el bálsamo salvífico de la palabra del Maestro, sólo allí ese corazón será capaz de vivir pacíficamente y de pacificar.
La primera tarea para construir una sociedad pacificada es convertir el propio corazón y acoger en él los dones gratuitos que el Espíritu de Dios derrama cuando encuentra disponibilidad.
“Señor, a dónde iremos. Sólo Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn. 6, 68), proclamaban los discípulos, conscientes de que Cristo, la Palabra encarnada era el único camino, verdad y vida. La raíz de cualquier intento de paz para esta humanidad, “estremecida por egoísmos y odios, por afán de poder y deseos de venganza” (Mensaje papal para la Jornada Mundial de la Paz 2004, nº. 1), es Cristo, Señor de Vida y Príncipe de la Paz.
“Mi paz os dejo, mi paz os doy”. La responsabilidad para construir una sociedad en la que imperen aquellos cuatro pilares que el beato Juan XXIII estableció en la encíclica Pacem in Terris –verdad, justicia, amor y libertad–, implica a todas las personas e instituciones, sean éstas de carácter nacional o internacional, porque en este universo globalizado ninguna realidad es ajena al mandato de generar las condiciones necesarias para que haya paz.
Revista Misioneros Tercer Milenio, febrero de 2004
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