El temor es falta de confianza


Mons. Francisco Pérez González
Director Nacional de OMP - España

 

Ante las circunstancias adversas por las que se pasa en la vida o las persecuciones que se ven venir, nunca es de recibo para un cristiano indagar en la causa sino ponerse a actuar de forma positiva y haciendo que la vida se sostenga en la única razón de la misma, que es Dios. “Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rom 8,31).

Sabemos que la coherencia cristiana no es admitida en una sociedad apoyada en criterios materialistas o hedonistas y provoca incluso desprecio y hostilidad, puesto que lo que prima es el beneficio personal, el éxito a toda ultranza, la riqueza o el goce desenfrenado. No me preocupa que nos puedan aislar o, es más, que nos consideren “herejes sociales”, como así sucede muchas veces; lo que me da pavor y horroriza es constatar la poca valentía de los creyentes. No somos fieles a nuestro compromiso cristiano, si nos dejamos llevar por lo fácil y no afrontamos, con espíritu de fortaleza, los momentos que nos tocan vivir.

El temor es falta de confianza y, si éste lleva a la tristeza, es falta de fe. De ahí que resuenan como brisa suave las palabras del salmista: “El Señor es mi luz y mí salvación...; es la defensa de mí vida. ¿A quién temeré? ¿Quién me hará temblar? Mi corazón no tiembla, me siento tranquilo” (Sal 26,1-3). Los cimientos que están bien asentados nunca harán que la construcción se derrumbe pero, si los cimientos son débiles, la casa caerá.

La Iglesia, y en ella somos todos los cristianos, no ha de amedrentarse en decir la Verdad por lealtad y por ayudar y acompañar al hombre en el camino de la dignificación humana. Las ideologías sustentadas en razones vacías van a la deriva, las acomodaciones fáciles en los comportamientos sociales se desvían por los caminos de la corrupción moral, y las demagogias baratas deprecian y devalúan la fidelidad al auténtico humanismo.

El Señor, afirma el Papa Juan Pablo II, crea en torno a sus fieles un horizonte de paz, que deja fuera el estrépito del mal. La comunión con Dios es manantial de serenidad, de alegría, de tranquilidad; es como entrar en un oasis de luz y amor. Y este modo de proceder no es causa para desentendernos de las realidades que nos toca vivir sino el modo en cómo las hemos de afrontar. Siempre se han dado situaciones que han hecho reaccionar a los cristianos y que, como pruebas de resistencia, han colaborado para sacar mayores beneficios puesto que, como dice el apóstol Pablo, donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. 

Los lamentos y los pesimismos provocan más males que bienes porque nos conducen por caminos de desesperación o de desilusión. Un cristiano desilusionado y acomplejado es un creyente poco atractivo. Se requiere un cristianismo que haga de levadura, como sucedía en los primeros tiempos. De ahí que, como nos recuerda el Papa a los europeos, hoy se nos demanda a los cristianos que hemos de tener una fe que nos “permita enfrentarnos críticamente con la cultura actual, resistiendo a sus seducciones; incidir eficazmente en los ámbitos culturales, económicos, sociales y políticos; manifestar que la comunión entre los miembros de la Iglesia católica y con los otros cristianos es más fuerte que cualquier vinculación étnica; transmitir con alegría la fe a las nuevas generaciones; construir una cultura cristiana capaz de evangelizar la cultura más amplia en que vivimos” (Ecclesia in Europa, nº 50).

 

Revista Misioneros Tercer Milenio, Noviembre de 2004