Me siento feliz cuando recuerdo la Navidad. Me alivia interiormente saber que Dios nos ha amado tanto que se ha hecho ‘viajero de camino’ con todos los que peregrinamos por este mundo. También me fascina conocer al Niño que nació en Belén y mirarle a los ojos. Su ternura es especial y hace que mi corazón exulte de alegría y se emocione. Nunca he encontrado una mirada tan penetrante como la de Jesucristo y de modo especial en aquel que nació en un cueva pobre y fría donde sus únicos acompañantes eran María, José, los pastores y los animales. Y saber que en la figura de este niño se mostraba toda la divinidad. ¡Es el Hijo de Dios encarnado que, sin hacer alarde de ello, se presenta como cualquier niño!.
Este sentimiento profundo me hace más humano y más creyente. Jamás me ha fallado su amor y su amistad. Lo he visto tan cerca de mí que ya no lo puedo abandonar. ¡Qué gran suerte tenemos los humanos al ser totalmente amados por este Niño-Dios!. Las luces de las calles, las serpentinas de los hogares, los ‘belenes’ en los rincones y en las salones de nuestras casas manifiestan que no sólo es un recuerdo más o menos de añoranzas sino la memoria de alguien que nos ha penetrado hasta lo más intimo de nuestra médula espiritual. Lo que hemos aprendido cuando éramos niños nadie nos lo podrá robar.
Al calor de la estufa o al calor de los radiadores se reúne la familia y todos, sin excepción, albergan una amistad muy especial con alguien que nos atrae como nadie. ¡Es Jesucristo, el Niño-Dios!. En todos crece el deseo de paz y perdón, de ayuda y solidaridad, de cariño y amor verdadero, de mirada más limpia y conversión. Parece que el tiempo se ha parado y que cambia de finalidad; no son los rutinarios días que aburren sino las horas de una ‘nueva vida’ (la Navidad) que hace saborear el presente. Nos ilusiona y nos da esperanza aún en medio de las dificultades que la misma vida depara.
Era niño y en mi familia siempre se ponía el ‘belén’. Nunca olvidaré aquellos días dedicados a prepararlo. Todos estábamos en torno al nacimiento de un Niño y ¡qué Niño!. Los ríos de plata parecían de verdad. Las figuras se incorporaban a la familia como si alguien nuevo venía a visitarnos. Las montañas de papel y cubiertas de musgo mostraban la belleza de una naturaleza gozosa de albergar, allá en la cueva, al Niño y ¡qué Niño!... Nunca lo olvidaré y nunca me cansaré de vivir la Navidad. Por ello bien se puede decir ¡qué bella y alegre es la Navidad!.
Revista Misioneros Tercer Milenio, diciembre de 2005
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