La atracción y el contagio de la fe


Mons. Francisco Pérez González
Director Nacional de OMP - España

 

 

Es muy necesario manifestar que la fe es lo más bello que puede existir en el corazón de la humanidad y su esplendor está sostenido por aquél que vive para siempre en medio de nosotros: Jesucristo nuestro Señor. El Papa Juan Pablo II en unos de sus escritos afirma que los cristianos estamos llamados a “proclamar” a Jesús y la fe en Él en todas las circunstancias; a “atraer” a otros a la fe, poniendo en práctica formas de vida personal, familiar, profesional y comunitaria que reflejen el Evangelio. La atracción de la fe vivida hace posible que otros se sientan involucrados y hasta fascinados. La manifestación de la fe ha de ser amable y sincera. Si nuestros rostros están oscuros y serios no serán capaces de transmitir la fe, pues ésta se “irradia” con alegría, con amor y con esperanza para que muchos “viendo vuestras buenas obras, den gloria al Padre que está en los cielos” (Mt 5, 16).

La fe “contagia” y para ello no es necesario hacer grandes discursos, pues nada hay que convenza más que el testimonio; lo más elocuente no son las palabras sino los gestos que hacen valer la formulación del discurso. La fe “conquista” como le ocurrió a San Agustín que, viendo el modo de proceder de unos buenos cristianos, llegó a afirmar que, si ellos lo hacían, por qué él no lo podía hacer. Muchos nos hemos visto envueltos al constatar el testimonio de personas buenas y con gran experiencia de fe que han calado dentro de nuestro corazón y han hecho posible que nosotros ahora seamos también testigos de esta fe que sigue arrastrando y motivando a aquellos que nos ven.

Por eso la vida cristiana ha de transformar, como el “fermento” dentro de la masa, a la sociedad actual y ha de involucrarse el creyente en todo lo que toca lo humano para mostrar la Luz que Cristo nos ha dado. La fe no puede ocultarse sino que ha de ponerse en lo alto para que los demás vean. Quien pretenda llevar la fe al ámbito de lo privado y encerrarla en lo oculto de los templos priva de un derecho fundamental a la persona que tiene el deber de proponer –no imponer– aquello en lo que cree. La propuesta de la fe ha de hacerse claramente con el testimonio, con los gestos, con el discernimiento, con la palabra, con la denuncia y con la misericordia; cuanto más atractiva la hagamos más resplandecerá y será luz para muchos que viven desamparados y envueltos en tinieblas.

La fe es un don de Dios que nos ilumina en el recorrido de la vida y vislumbra ya lo que sucederá en el futuro después de la muerte; el gozo que ella produce viene garantizado por Jesucristo, que ha afirmado que sus palabras y promesas se cumplirán. No son las fuerzas humanas quienes nos hacen vivir más la fe sino la ayuda de Dios que viene a nuestro encuentro para que, fiándonos de él, podamos realizarnos en esta vida y en la futura. El tiempo es limitado y es un preludio, si está bien gastado por amor, de la felicidad que se vivirá para siempre. La fe es esplendor de la Verdad, foco luminoso de esperanza y luz de ardiente amor.


Revista Misioneros Tercer Milenio, febrero de 2008