En el camino de la vocación la certeza mayor es el encuentro con la persona de Jesucristo. No hay auténtica vocación si este encuentro no se realiza. El que apuesta por Jesucristo se convierte en peregrino en busca del sentido de la vida y, ante el misterio, descubre el rostro de Cristo. La Iglesia siempre ha dado mucha importancia a las vocaciones de especial consagración, y les ha considerado como aquellos que hacen visible en la Iglesia y en el mundo los rasgos característicos de Jesús, virgen, pobre y obediente.
En el sentimiento más profundo de todos existe el deseo de valorar y respetar la dignidad de la persona humana, favoreciendo la libertad y la justa autonomía. Pero “no podemos olvidar que cuando la libertad se hace arbitraria y la autonomía de la persona se entiende como independencia respecto al Creador y respecto a los demás, entonces nos encontramos ante formas de idolatría que no sólo no aumentan la libertad sino que esclavizan” (El servicio de la autoridad y la obediencia, Instrucción de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica).
Los consejos evangélicos de pobreza, virginidad y obediencia son una respuesta y un reto ante las circunstancias de increencia y de falta de amor que actualmente se dan respecto al sentido de la vida. No provocan frustración en las personas que los viven, sino todo lo contrario: son manifestaciones de auténtica libertad. La libertad es un estado armónico que hace posible que la vida humana se realice sin ataduras y sin esclavitudes. Parece mentira que en la mentalidad actual muchos piensen que la ejercitación de la libertad es dar a los propios deseos y a las propias pasiones más importancia que a las potencialidades virtuosas que anidan en su corazón. La mayor esclavitud es la del que piensa, al estilo de los hedonistas, que su vida no tiene otro fin que el “vivamos y gocemos que mañana moriremos”; si así lo hace, el ser humano realiza en su vida una experiencia ficticia que nunca le llevará a la profunda felicidad.
Los consagrados no son personas extrañas a la experiencia humana, son personas que han descubierto una llamada de especial consagración por amor a Cristo y a la humanidad; no huyen de la sociedad como si lo de acá no les importara. Pisan el suelo de la realidad, pero con la mirada hacia arriba. Son signos vivos de aquello a lo que después de esta vida todos estamos llamados.
Este modo de vivir es un reclamo para la sociedad; de ahí que entienda lo que me decía una joven religiosa: “Cada persona es un don que me reclama para lo que estoy creada: para amar. Su vida es tan importante como la mía y, al menos con mis manos de acogida, he de mostrarle que existe otra forma de vivir y otra forma de hacernos felices. Hice una carrera universitaria y me había convertido en un personaje rifado por todos por las cualidades que eran presentes en mi profesión. Un día comprendí que la llamada de Cristo no era sólo para mí, sino para los demás, y me hice religiosa. Soy feliz porque mi vida no está instrumentalizada para conseguir éxitos en la sociedad, sino que es un reclamo permanente para mostrar el fin al que estamos llamados: la eterna felicidad. No se puede entender si no se tiene presente la llamada de Alguien que se fijó en mí: Jesucristo”.