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La Palabra de Dios siempre ha sido y será luz para la humanidad. Sólo Jesucristo puede iluminar y alumbrar en medio de las tinieblas que ha oscurecido el pecado del ser humano, en medio de la noche. Pero no hemos de temer: la luz vencerá a las tinieblas. En la historia de la humanidad, aquellos que han sabido acoger con ilusión y entrega la Palabra de Dios se han convertido en pequeñas estelas de luz que nunca se apagará.
La Palabra de Dios es comparable al Cuerpo de Jesucristo, y así lo refieren los Padres de la Iglesia: “Mi refugio es el Evangelio, que es para mí como la carne de Cristo” (San Ignacio de Antioquia, Ad Philadelphenses, 5). Escuchándola y asimilándola para vivir, produce frutos abundantes. No es una palabra hueca y sin contenido, como suelen ser las palabras nuestras. Es un auténtico encuentro con Jesucristo que nos habla, comprende, alienta y fortalece. Es tan importante en la experiencia humana que cuando los no creyentes escuchan de nuestra boca los dichos de Dios admiran su belleza y su grandeza; pero si luego se dan cuenta de cómo nuestras obras no corresponden a nuestras palabras, entonces se escandalizan.
Los frutos que produce la Palabra son abundantes. Ante todo nos da una forma de vida especial. Donde se vive la Palabra con autenticidad se encuentran personas con una viveza especial: sensibles a todo lo que se refiere a Dios, resueltas ante los problemas, dispuestas a servir sin poner condiciones, abiertas a la acogida y con rostros que expresan la alegría de quien está enamorado. Son los efectos que deja siempre la Palabra que hace discípulos: “Si os mantenéis fieles a mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; así conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8,31-32).
Quien se fía de la Palabra hace posible que en su vida habite Dios: “El que me ama se mantendrá fiel a mis palabras. Mi Padre lo amará, y mi Padre y yo vendremos a él y viviremos en él” (Jn 14,23). La misión nace de una experiencia y de un encuentro con Jesucristo, y siempre requiere antes que anunciar el Evangelio estar muy seguros de poder entablar una relación de amistad profunda con el que se va a anunciar: Jesucristo. El anuncio tiene como base el encuentro, y si este se da, ni siquiera se requiere hablar, porque el testimonio es ya anuncio. La misión es dejarse guiar por la Luz de la Palabra, y ella hará auténticos milagros.
La celebración el día 17 de octubre del Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza nos debe hacer reconocer todo lo que los misioneros, impulsados por la Palabra de Dios, han hecho para buscar condiciones de vida más humana para las personas y pueblos. En esa inmensa obra de humanización que llevan a cabo junto a muchas personas de buena voluntad se ve claro cómo la Palabra es “luz para los pueblos”. Alentados por la Palabra, los cristianos debemos continuar la misión de Jesús, llevar esa Palabra a todos los pueblos para que ilumine y cambie los corazones. Así podremos realizar el maravilloso plan de Dios: vivir como hijos suyos y hermanos entre nosotros.
Revista Misioneros Tercer Milenio, octubre de 2009
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