En las relaciones humanas una de las cosas que más cuesta es soportar o sobrellevar los defectos de nuestros prójimos. La sexta obra de misericordia nos invita a tener paciencia y nos corrige cuando tenemos “atravesados” a aquellos que nos “caen mal”, o a quienes vemos con muchos defectos. La paciencia es la virtud que nos lleva a soportar sin tristeza de espíritu ni abatimiento de corazón los padecimientos físicos y morales; nos ayuda a mirar a los demás con corazón amplio y, aun cuando veamos sus defectos, hemos de poner empeño para soportarlos con un corazón misericordioso.
Sufrir con paciencia los defectos de los demás es un camino seguro hacia la paz. Este modo de proceder es la de aquellos que apuestan por la santidad. Tenemos ejemplos de muchos que han sido viva expresión de este estilo de vida. Pensemos en Santa Teresita del Niño Jesús, que tuvo que soportar durante varios años las impertinencias y defectos de una compañera suya. La respuesta siempre era la misma: amar y perdonar. Muchos mártires, incluso modernos, mueren perdonando al verdugo.
El ejemplo por excelencia es Jesucristo, que supo disculpar a todos los que le condenaban: “Perdónales, Padre, porque no saben lo que hacen”. En momentos de grandes justificaciones y de grandes impulsos de tipo “justiciero” no se entiende este modo de proceder. Parece más lógico machacar a los demás y utilizar el mismo método que la ley del talión: “ojo por ojo y diente por diente”. Quien sufre con paciencia los defectos del prójimo no es un masoquista como, a veces, se ha dicho. Se pone cara a la verdad y la defiende con toda su alma. No se asocia a la mentira ni justifica el pecado, la corrupción y la violencia. No se apropia de que él es mejor que los demás, puesto que oye interiormente el mismo desafío que Jesucristo hace a aquellos que condenan y no perdonan: “Quien esté exento de pecado que tire la primera piedra”.
Es más fácil ver la mota en el ojo ajeno que la viga en el propio. Es la reacción del egoísmo elevado al perfeccionismo. Los santos lo han intuido al decir que “es mejor un pecador humilde que un santurrón soberbio” (San Agustín, Serm. 170,7,7). La paciencia que soporta y sufre los defectos de los demás es fruto de la presencia del Espíritu de Dios. La auténtica caridad es sobrellevar y disculpar los defectos de los demás. Si este modo de proceder falla, se cae en la grave depreciación de la dignidad humana, el ser humano que molesta se convierte en un enemigo irrecuperable.
Los discípulos de Jesucristo tenían un gran problema y era que no sabían las veces que debían perdonar, a lo que les respondió el Maestro que siempre se debe disculpar y perdonar. No hay un número cerrado sino que existe un número infinito de veces que uno debe perdonar. También advirtió que no era fácil y, cuando les enseñó la oración del padrenuestro, les dijo que debían rogar mucho al Señor: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Este es el punto fundamental que nos hace ver si somos o no buenos cristianos.
Revista Misioneros Tercer Milenio, junio de 2010
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