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Textos pontificios San Francisco Javier, Patrono de las Misiones Pref. de la S.C. de Ritos (1927)
Breve Pontificio declarando a San Francisco Javier patrono de la Obra de la Propagación de la Fe S.S. Pio X (1904)
Estudios sobre Javier: maestro y modelo de la Misión Alberto Núñez Ortiz, sj
Materiales Pastorales sobre San Francisco Javier Juan Martínez, fmvd Obras Misionales Pontificias
Carta Pastoral sobre el V Centenario San Francisco Javier Mons. Francisco Pérez González
Carta Pastoral: Apertura V Centenario San Francisco Javier Mons. Fernando Sebastián
Homilia: Eucaristía de Apertura del V Centenario San Francisco Javier Cardenal Rouco Varela
Carta Pastoral: Clausura del V Centenario San Francisco Javier Mons. Fernando Sebastián
Homilia: Eucaristía de Clausura V Centenario San Francisco Javier Mons. Fernando Sebastián
Comunicar la fe es la misión de la Iglesia en el tiempo de San Francisco Javier y en el nuestro Cardenal Tarsicio Bertone
Francisco Javier, peregrino apasionado Carlos Collantes, s.x
La acción misionera de San Francisco Javier José Antonio Izco, ieme
San Francisco Javier, testigo y maestro de la misión Javier Quintana
La actualidad de Javier en su V Centenario Anastasio Gil García
Javieradas |
Semblanza de San Francisco Javier
Cinco siglos con San Francisco Xavier La impaciencia misionera
P. Manuel de Unciti
El 7 de abril de 2006 se cumplieron 500 años del nacimiento del que ha pasado a la historia por ser el "divino impaciente", el hombre sin fronteras, al que nadie se atrevería a frenar su paso, que se aventuró por tierras recónditas para anunciar el Evangelio. Él es Francisco de Xavier, el Patrono de las Misiones.
Miguel de Jaso se llamaba el primero; y con tal nombre y apellido ha pasado a la historia. El segundo corrió esta misma suerte con su nombre de Juan y su apellido de Azpilcueta. El tercero, Francisco, adoptó como apellido propio el calificativo “Etxeberrí” o “Casa nueva” con que era conocido, después de su remodelación a fondo, el castillo que le vio nacer. Del “Etxeberri” inicial se pasó con el tiempo a “Etxabierre”, luego a “Xabierre” y, finalmente, a “Xavier” ¡Jaso, Azpilcueta, Xavier, tres apellidos distintos y, sin embargo, Miguel, Juan y Francisco eran hermanos de un mismo padre y de una misma madre. Miguel, en su condición de varón primogénito, se había dado el apellido de su padre, Jaso. Juan, segundo de los varones en la saga familiar, había optado por el de su madre, doña María de Azpilcueta. Francisco, el benjamín, se pegaba como una lapa al hogar familiar, a las paredes de su “Casa nueva” natal. Era como si un extraño presentimiento le estuviere diciendo que si un día se alejaba de esos muros recios, cálidos y protectores, ya nunca más volvería a verlos y a gozar del amor de la lumbre de sus acogedoras chimeneas. Como impulsado por un instinto telúrico se dio por todo apellido el Etxaberrí con que se engalanaba su castillo; y de este modo, tan sencillo e inmediato, se adentraría en la historia como Francisco de Xavier.
Cinco siglos Había amanecido a este mundo de Dios un 7 de abril del año de gracia de 1506, hace ahora, precisamente, cinco siglos. Su hermano mayor estuvo presente en su bautismo a la vera de su progenitor; su hermano Juan actuó como monaguillo. Su madre; la hermana de ésta, doña Violante –que actuó de madrina–; y Ana, la segunda de las hermanas del neófito, presenciaron, conmovidas, el desarrollo del rito sacro. Sólo faltó su hermana mayor, Magdalena. Se encontraba ya de abadesa en el convento de las Clarisas Pobres de Gandía. Se había enclaustrado en él tras oficiar unos años como dama de honor de la reina Isabel la Católica. A él, Francisco, le cupo en suerte vivir en esta casa fuerte –mitad fortaleza frente al Reino de Aragón, mitad palacio para hogar de una familia numerosa– durante no menos de 19 años. Luego, una larga y difícil andadura de tres semanas, le plantó en la Villa de París, populosa urbe de no menos de 300.000 habitantes, corazón de la cultura de su siglo XVI y encrucijada de las más diversas corrientes del pensamiento de la época.
Tampoco le serviría el euskera más allá de París. Y es que, luego de permanecer en la ciudad del Sena doce años para conseguir el grado universitario de Maestro en Artes o Filosofía, enseñar esta disciplina como catedrático durante siete años y adentrarse otros tantos en la ciencia teológica, su buena y comprometida estrella le llevaría a Italia, a Portugal, a Brasil, a las Indias Orientales, a las islas de Oceanía, a Japón y casi, casi nada menos que al Celeste Imperio de la China… De nada le valió el euskera, es cierto, durante estos once años y medio de misionero apostólico por tierras del Oriente y, sin embargo, al constatar la dificultad para entender las lenguas de los pueblos y para hacerse entender por sus auditorios, al corazón le venía que la suya personal era la “lengua viz- caína”. Así lo ha dejado escrito en una de sus cartas. Y –lo que es más y definitivo– cuando le llegue la hora de la muerte en la playa de Sancián, a un palmo de la añorada costa de China, Francisco de Xavier, consumido por la fiebre, musitará sus últimas plegarias en una lengua extraña que su fiel intérprete, el “chino Antonio”, ha dado testimonio de desconocer y que los primeros comentaristas han entendido que el Padre Francisco se moría hablando en euskera… Pero no es cosa de precipitar la crónica.
La conversión El mocetón navarro, que estudia y enseña en París desde sus 19 años hasta sus 31, parte su biografía en dos partes. Una primera, que persigue a todo trance el brillo y el triunfo. Xavier, al poco de acreditarse como universitario, solicita, valga por caso, de la Corte de Justicia de Pamplona los documentos que le acrediten como “noble”, “hijodalgo”, “gentilhombre de su antiguo origen”. Sabe que por línea materna –la de su madre Azpilcueta y Aznárez– su linaje está emparentado con los antiguos reyes pirenaicos y que incluso –de dar crédito a lo asegurado nada menos que por su primo, el famosísimo catedrático de las Universidades de Tolosa, de Salamanca y de Coimbra, el Doctor Navarro– el abolengo de su familia era más antiguo que el del mismísimo Carlomagno. Como no podía ser de otro modo, Francisco de Xavier obtuvo este reconocimiento oficial. Un pergamino, ricamente miniado, firmado por el Emperador Carlos, primero de España y quinto de Alemania, daba fe de su pureza de sangre y de su antigua nobleza. Se juntó este correo a otro que le remitía por las mismas fechas el Cabildo Catedralicio de Pamplona. Se le comunicaba en éste que había sido designado canónigo de la iglesia catedral. Le esperaba un sitial en el coro catedralicio para cuando regresara de sus estudios en París. Uno y otro documento llegaron, por fortuna, tarde. El Xavier que recibe estas postas, tan ansiadas en otros tiempos, ya no aprecia en ellas sino vanidad y humo. De por medio está su conversión a Cristo; una conversión radical, sin medias tintas, toda ella entrega a la voluntad del Rey celestial que “quiere conquistar toda tierra de infieles”.
Espíritu enérgico Lo que no quedó partida fue la decisión, ni energía, ni la pasión, ni la impaciencia que caracterizaban el espíritu de Francisco de Xavier. Estas cualidades de antes de la conversión permanecieron intactas –y aun acrecentadas– después de ésta. Sólo cambiaron los horizontes a los que Xavier las lanzaba. Cuando Iñigo de Loyola, apremiado por graves circunstancias en las que entran el Papa Paulo y el Rey de Portugal –terceros los dos–, le propone de repente si estaría dispuesto a emprender al día siguiente el camino hacia las Indias, Xavier echa mano de su decisión y responde: “Pues heme aquí, Padre, aparejado estoy” y, sin más, compuso un pequeño atillo con un par de calzones, recosió su pobre sotanilla, se hizo con el breviario y con algunos escritos espirituales, firmó la aprobación de las Constituciones que la Compañía de Jesús tendría que darse en breve, puso su nombre y apellido debajo de la fórmula pública de los votos de pobreza, castidad y obediencia y dio su parecer favorable a la designación de Iñigo de Loyola como superior general y, en su defecto, a favor de Fabro. Arrodillado ante el Papa Paulo III, tuvo que aceptar su designación como Nuncio Apostólico para todo el Oriente; y, luego, ya sin más, se apresuró a unirse a la expedición del embajador portugués Mascareñas. Antes, con todo, tuvo que someterse al control casi maternal de Iñigo. Éste le desabrochó la sotana a la altura del pecho: una simple camisilla. ¡Y tenía que atravesar los Álpes cubiertos –mes de abril– de nieves! “¿Así vas, Francisco, así?” Y pidió para Xavier algo de ropa de mayor abrigo…
Energía –y mucha– de un Xavier que asegura estar dispuesto a lanzarse al agua y nadar unos 50 kilómetros desde Ternate hasta la Isla del Moro, si los mercaderes portugueses se niegan a darle pasaje en sus barcos. Energía, igualmente, cuando contrata un junco a un pirata chino para que le deje en una playa de Japón. Y energía, sobre todo, cuando desafiando la pena de muerte a que se expone, toma la decisión de entrar clandestinamente en China. Lo dirá muy claro: “O en la Corte de Pekín o en la cárcel de Cantón”.
Divino impaciente La pasión del Padre Francisco por la mayor gloria de Dios y bien de los hombres, le ha granjeado con toda justicia el título de “divino impaciente”. Su apostolado misionero –a contar desde el 7 de abril de 1541, día en que Xavier cumplía 35 años– se prologó sólo por once años y medio. De éstos, casi cinco los empleó en las más varias navegaciones. En este corto tiempo se hizo presente en los cinco continentes y recorrió no menos de 70.000 kilómetros, casi dos vueltas a la tierra. Aprovechaba el tiempo de los trayectos y el de su obligada espera en el puerto de Cochín para escribir cartas y documentos. Se sabe que redactó 190 cartas, aunque sólo han llegado hasta nosotros 108. También nos han llegado 29 documentos de avisos espirituales y pastorales para los futuros misioneros, si bien es conocido que redactó al menos 36. De su pluma salieron igualmente pequeños compendios de la fe cristiana o catecismos en las más varias lenguas de la India, de las Molucas, de Japón y de China. El Padre Francisco dictaba el texto catequético en portugués o en español, y su fieles traductores lo vertían a las lenguas de los naturales a los que Xavier quería evangelizar. Nada había que pudiera detener su paso. En la oración y en los tiempos de reflexión trataba de buscar la voluntad de Dios. Una vez que se convencía de que el bien de las almas le pedía un nuevo horizonte, allí estaba él, Xavier, decidido, enérgico, impaciente. “Espántanse mucho todos mis devotos y amigos de hacer un viaje tan largo y peligroso. Las tempestades de la China son las mayores que se han visto…”. El Padre Francisco escribe estos renglones cuando se va a embarcar para Japón. Todos sus “devotos y amigos” intentan disuadirle. Le hablan de “los ladrones del mar”; hay tantos, le dicen, “que es de espanto” y le subrayan que “son estos piratas muy crueles en dar muchos géneros de tormentos y martirios a los que prenden”… Y Xavier anota por todo comentario: “Todos los otros miedos, peligros y trabajos que me dicen mis amigos, los tengo por nada”. ¿Por qué? Por una sencilla razón: “¡Ay de mí si no evangelizara!”, se dice Xavier una y otra vez. Como en su día se lo decía a sí mismo Pablo, el Apóstol de las gentes. Y por otra razón: Francisco de Xavier tiene puesta toda su confianza en Dios. Sabe que el Señor no le defraudará ni por un instante. Escribirá: “Determino de me ir al Moro, ofrecido a todo peligro de muerte, deseando de me conformar con el dicho de Cristo Nuestro Redentor y Señor, que dice; quien quiera salvar su vida, la perderá; mas quien perdiere su vida por amor de mí, la encontrará. (Misioneros Tercer Milenio, nº 64, abril 2006)
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