Javier: maestro y modelo de la Misión


Alberto Núñez Ortiz, sj
Universidad de Deusto

 

 

 

El Maestro Javier

 

Francisco de Javier estudió en la Universidad de París, donde en 1530 obtiene el grado de Maestro en Artes. Durante algún tiempo ejercitaría la docencia, pero incluso en su época de ministerio apostólico, habiéndose unido al grupo fundador de la Compañía de Jesús, congregado por Íñigo de Loyola, seguiría siendo conocido siempre por ese título: Maestro Javier. Existe una íntima conexión entre la espiritualidad ignaciana y el modo de proceder en la educación. El Maestro Javier, imbuido de esa visión de la vida surgida de una experiencia religiosa común, aunque en sus años de apostolado en Asia no se ocupase de tareas explícitamente académicas, sin embargo actuará en la misión siguiendo las mismas líneas que inspiraban la pedagogía de otros jesuitas dedicados a las obras educativas. Constituyen lo que se ha dado en llamar “cultura educativa ignaciana”, que conserva su actualidad y que podríamos resumir en los siguientes puntos:

La comprensión fundamental de la persona humana como imagen de Dios. La plenitud del ser humano viene de algo que le ha sido dado gratuitamente: su condición de hijo o hija de Dios.

Libertad y responsabilidad individual. La persona está llamada a responder libremente a Dios. De ahí el interés por el individuo y su misión en la Iglesia.

Cristo modelo de persona. Jesús se presenta como modelo divino de la persona en el servicio a los hermanos. Javier refleja su ideal al inicio de sus cartas: “La gracia y amor de Cristo nuestro Señor sea siempre en nuestra ayuda y favor”.

Primacía de la acción. La educación es una preparación para la vida, para la acción, cuya orientación esencial es el servicio, especialmente a los más pobres.

En la Iglesia. La educación prepara a responder conscientemente a la llamada interior de Cristo, en la Iglesia y al servicio de toda la humanidad.

El magis. Javier heredó de su Padre Maestro Ignacio una inquietud espiritual que se exterioriza en la predilección por una palabra: “más”. Esa palabra alcanzaba al Japón y a China, retos de evangelización para Javier.

La comunidad. El misionero, Francisco Javier, se sentiría siempre parte de una comunidad de origen, manteniendo con ella lazos de información y afectos.

El discernimiento. Para Javier, educar es enseñar a otros a tomar decisiones a través de un proceso de discernimiento personal y comunitario. Javier debió decidir dónde y en qué trabajar: la misión a Indonesia, a Japón y a China.

 

La primacía de la caridad en la misión

 

Durante mucho tiempo ha sido corriente llamar “misión” (o en plural “misiones”) al envío a evangelizar en una zona geográfica alejada de la cristiandad. Pero desde el Concilio Vaticano II hemos recuperado el sentido originario de la misión, que pertenece de suyo a toda la Iglesia (todos los bautizados y en todos los lugares). El origen de esa misión recibida se halla en Dios mismo, en el envío al mundo del Hijo y del Espíritu por el Padre para mostrar su inmenso amor por nosotros. Así Jesús, cuando comienza su predicación en Nazaret, hace suyas las palabras proféticas de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Noticia, a proclamar la liberación a los cautivos, la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4, 18-19). Todos los cristianos, ungidos por el mismo Espíritu en el Bautismo, participan de esa misión liberadora de Cristo.

 

Si preguntásemos a Javier qué es lo más importante en la misión, nos respondería sin dudar lo más mínimo: la caridad, el amor. En las instrucciones a sus colaboradores no se cansaba de repetirlo:

 

«Ruegoos mucho que con esa gente, digo con los principales, y después con todo el pueblo os hayáis con mucho amor; porque si el pueblo os ama, y está bien con vos, mucho servicio haréis a Dios» (27 de marzo de 1554). «Tratad siempre con mucho amor con esta gente y haced obra en que de ellos seáis amado» (27 de marzo de 1554). «Procuraréis con todas vuestras fuerzas haceros amar de esta gente, porque siendo de ellos amado, haréis mucho más fruto que siendo de ellos aborrecido» (febrero de 1548). Y en la misma carta reitera: «Mucho os torno a recomendar que trabajéis en haceros amar en los lugares donde anduviereis y estuviereis, así haciendo buenas obras como con palabras de amor, para que todos seamos amados antes que aborrecidos: porque de esta manera haréis más fruto, como ya dije».

 

También en nuestros días, la primera encíclica del Papa Benedicto XVI identifica en esos términos la esencia de la comunidad cristiana: “La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los Sacramentos (leiturgia) y servicio de la caridad (diakonia). Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia”  (Deus caritas est, n. 25). Por eso, el Papa afirma en el Mensaje del DOMUND 2006 que “La caridad, alma de la misión”. “La misión, si no es orientada por la caridad, es decir, si no nace de un profundo acto de amor divino, corre el riesgo de reducirse a una mera actividad filantrópica y social” (n. 1).

 

A través del testimonio de la caridad, la Iglesia sirve al Reinado de Dios, presente ya en el mundo. No es extraño, pues, que el diálogo con otras religiones y culturas sea parte integrante de su misión. Sin embargo, la misión no puede reducirse ni al servicio asistencial de la caridad, ni al diálogo, ni al simple mantenimiento de las comunidades cristianas ya existentes. Como en la época de Javier, siguen siendo necesarias las “misiones” propiamente dichas: las iniciativas eclesiales para propagar el Evangelio por el mundo entero y fundar la Iglesia entre los pueblos que todavía no conocen a Cristo. De esa manera se van extendiendo visiblemente, sacramentalmente, los límites de la Iglesia. Como, escribía Javier, desde Malaca, a los jesuitas de Europa, el 22 de junio de 1549:

 

«Grande es la consolación que llevamos en ver que Dios nuestro Señor ve las intenciones, voluntades y fines por que vamos a Japón. Y pues nuestra ida es solamente para que las imágenes de Dios conozcan a su Criador, y el Criador sea glorificado por las criaturas que a su imagen y semejanza crió, y para que los límites de la santa madre Iglesia, esposa de Jesucristo, sean acrecentados, vamos muy confiados que tendrá buen suceso nuestro viaje».

 

Las razones cristianas de la misión

 

En el Evangelio, Jesús resucitado les da a sus discípulos en Galilea una misión universal: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes… enseñándolos a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28, 19-20). Quizá el mandato misionero sea vivido hoy con cierta vacilación por parte de muchos cristianos en España. Se ve bien la cooperación al desarrollo con los pueblos más desfavorecidos, pero ¿para qué predicar nuestra religión a los que ya tienen la suya? Esa pregunta se traduce en otra: ¿por qué la misión? Intentando responderla podríamos evocar cuatro razones importantes que no han perdido vigencia desde Javier: 

Porque Dios quiere que todos los hombres se salven, y de esa voluntad procede el envío de su Hijo Jesús y el ser mismo de la Iglesia. “El amor fraterno que el Señor pide a sus ‘amigos’ encuentra su manantial en el amor paterno de Dios” (Mensaje DOMUND 2006, n. 3). 

Porque ésta, impulsada por el amor recibido, tiene la obligación de compartir con todos los hombres los bienes espirituales de la salvación. “La misión constituye para todos los creyentes un compromiso irrenunciable y permanente” (Mensaje DOMUND 2006, n. 1). 

Porque la gloria de Dios es el bien del hombre, y no hay mayor bien para él que el conocer a su Creador y Redentor, su bienaventuranza. “Precisamente, de la conciencia de esta misión común toma fuerza la generosa disponibilidad de los discípulos de Cristo para realizar obras de promoción humana y espiritual” (Mensaje DOMUND 2006, n. 3).  

Porque Cristo es el contenido de la nueva humanidad (fraternidad, reconciliación, unidad…) que los hombres esperan como liberación del error y del pecado. La Iglesia al anunciar a Cristo sirve a la humanidad. “Toda comunidad cristiana está llamada, pues, a dar a conocer a Dios que es Amor... Dios impregna con su amor la entera creación y la historia humana” (Mensaje DOMUND 2006, n. 2). 

 

Es importante no perder de vista estas razones cristianas. En ellas radica la diferencia con un concepto secularizado de misión, como si su modelo fuera una especie de buen samaritano, que hace el bien sin mirar a quién, y que se ocupa de su hermano, mientras otros más explícitamente religiosos van a lo suyo… Pero a menudo se olvida que con la parábola del buen samaritano (Lc 10, 29-37), Jesús respondía a la pregunta: “¿Quién es mi prójimo?”. El “hacer el bien sin mirar a quién” se convierte así en un “hacer el bien mirando bien a quién”, como diciéndose a uno mismo: esa mujer o ese hombre que sufre es mi prójimo, está unido a mí, en Dios, desde el origen de la creación y tenemos un destino común en la gloria. Se revela así la fuente trascendente de la compasión del samaritano y de la Iglesia: Dios mismo, origen, medio y fin de toda la creación. No nos sorprende, por tanto, que Javier, maestro y modelo de la misión, recomendase vivamente a sus compañeros que incluso cuando distribuyan limosna recuerden a la gente la necesidad de acoger la vida eterna y la salvación que sólo Cristo puede dar. Para Javier, la misión –como todo lo demás– debe estar fundada sólo en Dios. En una larga carta escrita a los jesuitas de Goa (5 de noviembre de 1549), Francisco lo reitera sin ambages:

 

«Os ruego que totalmente os fundéis en Dios en todas vuestras cosas, sin confiar en vuestro poder o saber u opinión humana; y de esta manera hago cuenta que estáis aparejados para todas las grandes adversidades, así espirituales como corporales, que os pueden venir, pues Dios levanta y esfuerza a los humildes, principalmente aquellos que en las cosas pequeñas y bajas vieron sus flaquezas como en un claro espejo y se vencieron en ellas».

 

El ardor misionero de San Francisco Javier puede animar a la Iglesia en la Europa de hoy. La actual crisis de vocaciones al sacerdocio o a la vida religiosa no debería erigirse como un impedimento absoluto para la misión. Un día las palabras de Javier tuvieron eco entre los universitarios de París, pues iban dirigidas explícitamente a las conciencias, como se lee en una carta de 1544 del misionero de Asia a su amigo Ignacio, en Europa:

 

«Muchos cristianos se dejan de hacer en estas partes por no haber personas que en tan pías y santas cosas se ocupen. Muchas veces me mueven pensamientos de ir a los estudios de esas partes, dando voces, como hombre que tiene perdido el juicio, y principalmente a la Universidad de París, diciendo en Sorbona a los que tienen más letras que voluntad para disponerse a fructificar con ellas: cuántas ánimas dejan de ir a la gloria y van al infierno por la negligencia de ellos»…

 

Al comienzo de este milenio, la exhortación apostólica Ecclesia in Europa de Juan Pablo II se hacía eco de aquellas palabras de Javier desde la India a los estudiantes universitarios europeos:

«Un anuncio de Jesucristo y de su Evangelio que se limitara sólo al contexto europeo mostraría síntomas de una preocupante falta de esperanza. La obra de evangelización está animada por verdadera esperanza cristiana cuando se abre a horizontes universales, que llevan a ofrecer gratis a todos lo que se ha recibido también como don. (...) En otros continentes, particularmente Asia y África, las Comunidades eclesiales observan todavía a las Iglesias en Europa y esperan que sigan llevando a cabo su vocación misionera. Los cristianos en Europa no pueden renunciar a su historia».

 

Es verdad, no podemos renunciar a nuestra historia. Y tampoco podemos olvidar el testimonio de San Francisco Javier, maestro y modelo de la misión cristiana. Por eso Benedicto XVI expresa en su Mensaje para el DOMUND 2006 “que la Jornada Misionera Mundial sea ocasión propicia para comprender cada vez mejor que el testimonio del amor, alma de la misión, concierne a todos. Servir al Evangelio no puede considerarse como una aventura solitaria, sino el empeño que cada comunidad comparte” (n. 4).

 

(Illuminare, nº 368, octubre 2006)