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El Maestro Javier
En el 2006 celebramos el quinto centenario de un santo popular en las iglesias de todo el mundo católico. Se le tiene devoción, se le reza la novena de la Gracia, se da su nombre a muchos niños en la pila bautismal. Como patrono de las misiones, él sigue inspirándolas. Como santo querido por los pobres, no es difícil ver en él un modelo del creyente que se entrega a los demás, por amor a Cristo, sin hacer diferencias de raza, clase o condición. Un cristiano que se preocupa de la salvación (salud anímica y corporal) de su prójimo. Alguien para quien la propagación de la fe va unida a la defensa de la justicia que brota del Evangelio. Un creyente capaz de comunicar efectivamente a otros lo que hace y por qué lo hace, hasta implicarles –aunque sea desde lejos- en su misión. Un hombre capaz de percibir las diferencias culturales y de interpretarlas, incluso a riesgo de equivocarse, sin perder de vista lo común a todos los seres humanos. Ese es San Francisco Javier.
Breve biografía
Las imágenes de Javier, presentes por doquier, nos lo representan unas veces inclinándose sobre los catecúmenos indígenas para verter sobre ellos amorosamente las aguas regeneradoras del Bautismo con la concha del peregrino; otras veces -las más- sosteniendo con fuerte brazo el crucifijo, en postura corporal de avance, dando un paso adelante, puesta siempre la mirada en el horizonte de su apostolado: los confines de la Tierra. La biografía de Javier causa sencillamente admiración. ¡Hizo tanto en tan poco tiempo! Ese dinamismo de las imágenes del santo corresponde, sin duda, a la realidad de su vida terrena, en pleno movimiento.
Nace en 1506, cuando muere el gran navegante Cristóbal Colón, y estará Javier como predestinado a participar activamente en el momento histórico de aquella Europa renacentista que, liderada por España y Portugal, expandía su influencia, gracias a las rutas marítimas recién abiertas, hacia oriente y occidente.
Vive Javier sus años de estudiante y profesor en la Universidad de París (1525-1536) en pleno auge del humanismo renacentista, aunque se incoaban ya tensiones religiosas que iban a dividir dolorosamente a Europa. Es en el ámbito internacional de la Universidad de París donde surge el grupo fundador de la Compañía de Jesús, animado por Iñigo de Loyola. El 15 de agosto de 1534, fiesta de la Asunción de María, los siete compañeros celebraron la Eucaristía en Montmartre, donde hicieron voto de ir a Jerusalén, para trabajar entre infieles, llevando una vida de pobreza a la manera de los apóstoles; y si la peregrinación no fuese posible, se dirigirían a Roma para presentarse al Papa y ofrecerse para cualquier misión. Cosa que harían en noviembre de 1538.
Para entonces, Javier ya se había ordenado sacerdote (Venecia, 24 de junio de 1537) y ejercitado el ministerio en Bolonia, donde según la costumbre que conservará siempre, vivía en el hospital para servir a los enfermos. Allí caería gravemente enfermo. La debilidad de su salud, providencialmente, le retendría como Secretario de la Compañía junto a Ignacio en Roma. El Papa Paulo II quería que algunos jesuitas fuesen a las Indias Orientales. Restablecido totalmente Javier, y enfermo uno de los dos compañeros destinados a partir hacia las Indias, Nicolás Bobadilla (el segundo, Simón Rodrigues acabaría quedándose en Portugal también por motivos de salud), se prestó voluntario el santo navarro. Partió de Roma, investido por el Papa nuncio apostólico en las regiones sometidas al rey de Portugal desde Cabo de Buena Esperanza hacia el Oriente. Acompañaba a la comitiva del embajador Mascarenhas hacia Lisboa.
De Lisboa, el 7 de abril de 1541, partió Javier hacia las Indias orientales, haciendo escala en Mozambique. Tardó trece meses en llegar a Goa. Es una de las cosas que impresionan de este santo: que en doce años, y con rudimentarios medios de transporte (cuando no a pie) recorriese 100.000 kilómetros. Afrontará peligros naturales (tormentas, enfermedades…); se encara con la posibilidad cierta de una muerte violenta varias veces por parte de gentes hostiles (¡incluso de antropófagos!). Predica por vez primera el Evangelio en lugares desconocidos para los europeos de su tiempo, pues aquél extremo oriente era también otro “nuevo mundo”; aprende rudimentos de lenguas nada fáciles, sin gramáticas ni vocabularios disponibles. Dialoga con pequeños y con sabios, con caciques y reyes; sirve con solicitud a los colonos portugueses en sus necesidades espirituales, aunque no ahorre para ellos duras críticas y exhortaciones a la justicia (no se libró ni el rey…). Y escribe con espontaneidad lo que inmediatamente percibe, manteniendo vías de comunicación con los de lejos, aunque esté sumido en tareas urgentes. Pero, curiosamente, el tiempo total que misionará en Asia no supera el tiempo que dedicó a su formación académica y espiritual en París. Los diez años de tarea evangelizadora se reparten entre tres grandes viajes misionales y algunos periodos de residencia estable (nunca sedentaria) empleados más en organizar y asentar las iniciativas pastorales. Las tres misiones propiamente dichas son: en la India (1542-1545), en las Molucas (1545-1547) y en el Japón (1549-1551). Muere Javier el 3 de diciembre de 1552 en la isla de Sancián frente a las costas de Cantón, cuando pensaba iniciar su cuarta misión: a China.
Tres experiencias fuertes de Javier: salvación, renuncia, pertenencia
Una buena contribución personal como creyentes a la celebración del V Centenario del nacimiento del santo misionero sería intentar revivir tres experiencias fundantes de la espiritualidad de Francisco de Javier. Podríamos llamarlas “fuertes”, con todo lo que ello implica de contracultural, en medio del apogeo de un pensamiento “débil” en nuestro contexto europeo post-moderno (¿también post-cristiano?). Y con lo que la palabra igualmente sugiere en términos de devoción tradicional, emulando a aquellos “amigos fuertes de Dios” que deseaba Santa Teresa. Ciertamente Dios es la fortaleza de los creyentes. Lo que significa que es su gracia la que nos hace fuertes, no nuestros ingenios y producciones.
1. En primer lugar, sería bueno recuperar su concepto "fuerte" de salvación, entendida como salud de alma y cuerpo (el hombre entero), que le lleva a preocuparse de igual modo por el Bautismo de los paganos que por la educación de los niños, la justicia con los pobres, la calidad de la vida familiar y el fomento de la comunicación a todos los niveles. No creo que Javier pensara que las obras “corporales” de caridad son de menor rango que las “espirituales”. Pero sí que aquéllas están orientadas a éstas, de modo que el “provecho de las almas”, finalidad de todo apostolado, era sinónimo para Javier de la salvación integral. ¿Por qué, entonces, ha quedado fijada esa imagen del santo obsesionado por bautizar y bautizar? No ciertamente porque minusvalorase las otras obras de caridad, que, dicho sea de paso, ocupan la mayor parte de su tiempo con el prójimo. Sino porque el apóstol de las Indias era muy consciente de que su misión era llevar la Buena Noticia de la salvación. Así lo expresaba con claridad en 1549 en carta desde Japón:
Nos, en estas partes, lo que pretendemos es traer las gentes en conocimiento de su Criador, Redentor y Salvador Jesucristo nuestro Señor. Vivimos con mucha confianza, esperando en Él que nos ha de dar fuerzas, gracia, ayuda y favor para llevar esto adelante…Nuestras intenciones son declarar y manifestar la verdad, por mucho que ellos nos contradigan, pues Dios nos obliga a que más amemos la salvación de nuestros prójimos que nuestras vidas corporales.
Pero una salvación integral, claro está. Por eso, les recomienda a sus compañeros misioneros “que lo temporal sea ordenado a lo espiritual”. Javier probablemente creyese como Pablo (cf. Rom 1, 18-32) que la gente sería justamente condenada por los pecados de idolatría y vicios. El habría observado mucho esas dos cosas en los lugares que visitó, y no parece ser demasiado optimista sobre la posibilidad de que los paganos, en general, puedan evitar la condenación por sus propias fuerzas, sin un fuerte empuje de la gracia. A veces, sus juicios sobre algunos nativos de la India resultan –para nuestra sensibilidad- demoledores. Por ejemplo:
No tienen inclinación a oír cosas de Dios y de su salvación. Las fuerzas naturales se hayan en ellos muy corrompidas para toda clase de virtudes. Son extraordinariamente inconstantes, por los muchos pecados en que han vivido; hablan poca o ninguna verdad.
La urgencia de Javier por predicar el Evangelio y bautizar se basa en la convicción (y experiencia) de que sólo por medio de la aceptación de la gracia de Cristo en los Sacramentos las personas podrán ser curadas de sus tendencias a la idolatría y al vicio. Francisco, que era tan consciente de que la salvación es obra de la gracia, y que había experimentado en sí mismo con enorme fuerza la gratuidad de la salvación de Dios ofrecida en Cristo, deseaba que los paganos pudieran participar también de esa experiencia gozosa y liberadora. Los paradigmas teológicos vigentes en su época le apoyaban en esta percepción de la necesidad del bautismo para la salvación.
Dentro de ese paradigma, idolatría es un concepto clave para entender la actitud de Javier: ella se interpone entre los hombres y el verdadero Dios que salva; Dios es nuestro bien, pero los ídolos nos apartan de Él para adorar al demonio; la idolatría arrastra a la condenación; está relacionada con el demonio. El universitario Javier no había tenido acceso a otra clave de interpretación de la idolatría. Se manifiesta claramente en la doctrina cristiana (catecismo breve) que el santo compuso en 1542 en Goa, en los tiempos iniciales de su apostolado en India:
Creo firmemente, sin poder dudar, que me tengo de salvar por los méritos infinitos de la muerte y pasión de vuestro Hijo Jesucristo, mi Señor…pues es mayor vuestra misericordia que la maldad de mis pecados. Vos, Señor, me criasteis, y no mi padre ni mi madre, y me disteis alma y cuerpo y cuanto tengo. Y vos, mi Dios, me hicisteis a vuestra semejanza, y no los pagodas, que son dioses de los gentiles en figura de bestias y alimañas del diablo. Yo reniego de todos los pagodas, hechiceros, adivinadores, pues son cautivos y amigos del diablo.
Para el misionero, la salvación significa “salir de sus idolatrías y adorar a Dios y a Jesucristo salvador de todas las gentes”. Su deseo será ante todo “librar las almas”, lo que supone predicar para la conversión y “suspirar por la salvación de tantas imágenes y semejanzas de Dios”, es decir, los seres humanos en su integridad.
2. En segundo lugar, podríamos recuperar también su vivencia fuerte de la renuncia, algo que en Javier se manifiesta en la forma de un triple "éxodo": salir del egoísmo individual (el propio querer e interés); del egoísmo nacional (los patriotismos e intereses coloniales mezquinos); y del egoísmo comunitario (la autocomplacencia institucional).
a. La experiencia de la vida cristiana como éxodo de uno mismo se encuentra en los orígenes de la vocación apostólica de Javier. Está presente en las palabras evangélicas con las que Ignacio le invitó reiteradamente a recapacitar: “¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su vida?” (Mt 16, 26). Este versículo dirigido por Jesús a sus discípulos se halla precedido por el no menos contundente “si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo” (v. 24).
El esquema fundamental del cristianismo, nos recuerda Javier, es una muerte y una transformación, que están implicadas en el acontecimiento de la fe, desde la historia de Abraham. “sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre” (Gen 12, 1). Supone una ruptura personal, nacional, cultural. Es acogida de una presencia que no me pertenece, que irrumpe desde afuera viniendo a mi encuentro y arrastrándome más allá de mí mismo, creando una nueva realidad que antes no estaba. Quizá no sea fácil presentar a nuestros contemporáneos de occidente un ideal cristiano basado en la renuncia. Preferimos sugerir “toma”, a exigir “deja”.
b. El éxodo del egoísmo nacional. Se puede decir que Javier no situaba su ideal en patria terrena alguna, sino en la celeste. Francisco había amado mucho su solar navarro de Xavier, donde transcurrieron los primeros diecinueve años de su vida a lado de sus padres. Mirando a su familia, se le abrían tres caminos: el del derecho y la política, que siguiera su propio padre, el doctor Juan de Jassu; el de las armas, como sus hermanos mayores Miguel y Juan; y el de la docencia, a ejemplo de su tío Martín de Azpilcueta, el famoso “doctor Navarro”, o más probablemente el de la carrera eclesiástica. Pero su intensa transformación espiritual en París –lo que a menudo se ha llamado “conversión”- influyó también en la nueva orientación de esa sensibilidad. Javier va a permanecer unido a un grupo internacional de amigos en el Señor, a la Compañía de Jesús, y va a desarrollar su apostolado en las Indias siendo súbdito (a veces bastante crítico, por cierto) de la Corona portuguesa. Una buena parte de sus escritos estarán redactados en portugués, aunque mezclase a menudo en ellos expresiones castellanas. En el egoísmo nacional ve Javier impedimento enorme no sólo para la misión, sino para la misma vida cristiana, porque:
En otras partes, donde nuestro Criador, Redentor y Señor es conocido, las criaturas suelen ser causa e impedimento para descuidar de Dios, como es amor de padre, madre, parientes, amigos y conocidos, y amor de la propia patria y tener lo necesario, así en salud como en las dolencias, teniendo bienes temporales o amigos espirituales que suplen en las necesidades corporales; y sobre todo lo que más nos fuerza a esperar en Dios es carecer de personas que en espíritu nos ayuden; por manera que acá en tierras extrañas, donde Dios no es conocido, hácenos él tanta merced que las criaturas nos fuerzan y ayudan a no descuidar de poner nuestra fe, esperanza y confianza en su divina bondad, por carecer ellas de todo amor de Dios y piedad cristiana”
c. Sobre el éxodo de la autocomplacencia institucional, y en conexión con lo arriba dicho, llama la atención el hecho recurrente en Javier de realizar la misión mirando más a las personas que a las instituciones. Buscando que las comunidades se mantuvieran por ellas mismas aún en ausencia de misioneros, no intentando perpetuar obras propias o iniciativas paralelas. Es lo que esperaba para la implantación de la fe cristiana en el Japón y en China, por ser, como le habían dicho:
“gente muy curiosa y deseosa de saber cosas nuevas de Dios y otras naturales, me resolví, con mucha satisfacción interior, ir a aquella tierra, pareciéndome que entre aquella gente podrán perpetuar ellos mismos el fruto que haremos en vida los de la Compañía”[10].
3. Finalmente, creo que necesitamos recuperar su experiencia "fuerte" de la pertenencia cristiana: las fidelidades y las lealtades de Javier, hombre que pertenece a Cristo, a la Iglesia y a la Humanidad a la que se siente enviado a servir.
Vive, pues, Javier su vocación cristiana como un ser elegido personalmente por Cristo, en la Iglesia, para ser enviado en misión a la Humanidad. El santo se identifica plenamente con esa misión, que no es una tarea más, añadida a los otros aspectos de su vida, sino que constituye un modo de existencia configurada en Cristo, una vida que pertenece a Dios y a los hermanos en todo y para siempre. Eso es lo que llamaríamos un sentido “fuerte” de pertenencia. Todo ello ha brotado no de un duro voluntarismo, ni de la forja personal del propio carácter, ni de una ascesis basada en la necesidad de expiar pecados o superar debilidades, sino del simple convencimiento interior. Esta íntima convicción no proviene, a su vez, de una formación dogmática sólidamente trabada, sino de la espontánea compasión que prende en el contemplativo. Estamos ante la experiencia de la gratuidad de un Dios que salva, la que ha cautivado la mirada de Javier, fundiéndola con el mirar compasivo de Cristo. La fe como entrega personal al Dios que se nos da, presente en todo, suscitando esa respuesta que se conoce como “buscar y hallar a Dios en todas las cosas”. En pocas palabras, esa pertenencia cada vez más amplia, más universal de Javier: a su familia, a Navarra, a la Compañía de Jesús, y a la Iglesia Católica, con el Obispo de Roma a su cabeza.
Pero este amor lo vivía Javier con una extraordinaria libertad, siempre en referencia última a la Iglesia jerárquica, a cuya disposición se ponía y con quien quería tuviesen siempre los misioneros una relación afectuosa y colaborativa.
“Mirad que os encomiendo y mando –le deja por escrito al P. Barceo, en 1552- que al señor Obispo seáis muy obediente, así vos como los otros Padres, y por ninguna cosa le deis disgusto, mas antes todos los descansos y contentamientos que pudiereis, pues tanto nos ama y quiere, y tanta razón hay para servirlo y amarlo”.
Así es como la experiencia del Misterio de Dios en la caridad de Cristo y en la comunidad de vida al estilo de los apóstoles alienta la biografía de Javier y da sentido a sus empresas. Otra mirada que no llegase ahí, se quedaría corta. Un diálogo con Javier que nos lo haga actual en su quinto centenario, e inspirador de nuestras misiones presentes tendrá, por consiguiente, que alcanzar la experiencia mística, como nos recordaba un conocido teólogo francés que lleva su nombre:
Se inicia un diálogo entre el santo y yo mismo en el momento en que comprendo que el misterio de su existencia no se agota en la banalidad exterior de los trabajos y los viajes; más aún, si tengo el cuidado no sólo de reconocer los elementos espirituales de su existencia, sino también de adivinar siempre su presencia secreta bajo los acontecimientos visibles. Toda vida es un itinerario; sólo el itinerario místico da sentido verdadero al externo y material que se ve. [11]
Encuentro de Directores Nacionales OMP de Europa,
Palermo, Italia, 14 de marzo de 2006
NOTAS
[1] Doc. 90, 48
[2] Doc. 81, 5
[3] Doc. 71, 1
[4] Cf. Francis SULLIVAN, Salvation Outside the Church? Tracing the History of the Catholic Response, New York 1992, 86
[5] Doc. 14, 26
[6] Doc. 97, 19
[7] Doc. 90, 52
[8] Doc. 90, 49
[9] Doc. 90, 42
[10] Doc. 71, 7
[11] Xavier LEÓN-DUFOUR, San Francisco Javier. Itinerario místico del apóstol, Mensajero-Sal Terrae, Bilbao-Santander 1998, 23
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