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Hace ahora un año inauguramos aquí el Año Jubilar del Vº Centenario del nacimiento de nuestro santo Patrón san Francisco de Javier. No se puede decir que lo iniciáramos llorando, pero sí podemos decir que al concluirlo estamos alegres y cantamos himnos de acción de gracias. Ha sido verdaderamente un año de gracia y de alegría.
Preparamos este Año Jubilar con gran ilusión. Hicimos muchos preparativos en el orden material, nos preparamos sobre todo espiritualmente. Queríamos que no fuera una celebración hueca, con más apariencias que realidades. Creo sinceramente que gracias al esfuerzo y a la colaboración de muchas personas y de varias instituciones, del Gobierno de Navarra, Ayuntamiento de Javier, Compañía de Jesús y Arzobispado, gracias sobre todo a la ayuda de Dios y a la fuerza espiritual del santo de Javier, ha sido un año espléndido, con celebraciones hermosas en el campo de la cultura y con frutos espirituales abundantes.
No es posible cuantificar los frutos espirituales. Cada uno sabe lo que ha ocurrido en su corazón en las diferentes visitas a los lugares javerianos. Han pasado por aquí casi millón y medio de personas. Ciertamente, muchos visitantes habrán venido movidos más por sentimientos de curiosidad que de piedad. Pero otros muchos han venido buscando claridad y fortaleza en sus convicciones y en sus compromisos cristianos. Podemos decir que en estos doce meses Javier ha sido un centro de peregrinación y de oración. Sin triunfalismos de ninguna clase, no para halagar nuestra vanidad, sino para dar seriamente gracias a Dios, podemos y debemos reconocer con alegría que este año ha sido un año de gracia y de bendición.
San Francisco tiene una fuerte presencia en el corazón de los navarros, y aun en el corazón de los católicos españoles y en muchos lugares de la Iglesia universal. Han pasado por aquí casi todas nuestras parroquias, casi la mitad de los navarros, grupos, asociaciones, instituciones de toda España, representaciones de los católicos de muchas partes del mundo. Para todos la peregrinación a Javier ha sido un momento de gracia, de renovación espiritual, de aliento apostólico.
En este año hemos podido comprobar que San Francisco sigue siendo el misionero de vanguardia. Acercarse a él, conocerle mejor, rezar bajo su protección es sentir el deseo de ser mejor, de amar más a N.S. Jesucristo, de liberarnos de preocupaciones insustanciales y vivir más intensamente el amor de Dios y del prójimo en el camino que Dios quiera poner ante nosotros.
En este momento, en el que bajo la presión del laicismo dominante, muchos cristianos sienten la tentación de la indiferencia, del retraimiento o incluso de la deserción y del abandono, San Francisco nos invita a renovar nuestro amor sincero y entusiasta hacia N.S. Jesucristo, a caminar por la vida con la seguridad y la fuerza que nos da el amor de Dios, este amor que está en Cristo crucificado, que lo podemos palpar en la Eucaristía, que lo sentimos cada día en los muchos dones que recibimos de Dios y que lo tenemos que multiplicar por todas partes con nuestras obras de amor, de justicia y de misericordia.
Nuestro compromiso tiene que ser hacer que este torrente de gracia no interrumpa. Hemos de procurar, hermanos, que este acercamiento a la persona de san Francisco de Javier mueva en nosotros el deseo y el compromiso de ser fermento de renovación en nuestra Iglesia, renovación de fe viva y de piedad, renovación de comunión y de unidad eclesial, renovación de testimonio valiente y de apostolado incansable. Hoy que se han acortado las distancias materiales entre los cinco continentes, se han aumentado las distancias espirituales entre los que vivimos cerca, cerca materialmente pero quizás demasiado lejos por el debilitamiento de la fe, por la seducción del relativismo moral, por el predominio de las ideologías y los intereses de este mundo.
San Francisco de Javier, con su ejemplo y su intercesión, nos empuja a ser a ser en nuestro mundo discípulos fieles y entusiastas de Jesús, misioneros de la fe y del amor, constructores de un mundo nuevo, un mundo de justicia y de misericordia, un mundo de amor y de esperanza, tal como Dios lo quiere para sus hijos. Que Dios nos sostenga y San Francisco nos ayude en este empeño.
Javier, Navarra, 3 de diciembre de 2006
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