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Para el Apostólico Cargo elegidos y colocados por gracia de la clemencia divina en la misma cúspide del sacerdocio cristiano, aceptamos el sostener un cuidado mucho mayor por cierto que el que implica el velar por la grey romana. Pues estando Cristo para partir de la Tierra mandó a los apóstoles, y entre estos principalmente a Pedro, quien por voluntad divina habría de brillar más que los demás, no sólo por su dignidad, sino también por el celo de la gloria divina, que enseñasen a todas las gentes y llevasen la salvadora predicación de la nueva doctrina aun a los más remotos y peligrosos confines del orbe.
Así pues, acatando los divinos mandatos y siguiendo los brillantes ejemplos de nuestros predecesores, juzgamos no haber nada más propio de nuestro cargo que el poner toda la voluntad y generosidad para proporcionar todo aquello que pueda conducir a poner de manifiesto la luz del Evangelio y a extender los límites de la Iglesia. Entre estos medios sobresale por su utilidad y acción la obra digna de toda alabanza que ha sido bautizada con el noble título de la Propagación de la Fe. El origen de esta Obra parece haber surgido de en medio de los hombres por instinto completamente divino. Porque parece por consejo de la Providencia de Dios que el pueblo fiel de la Iglesia, al no tener asignada para sí una provincia en que predicar la doctrina de Cristo, ayudase a los predicadores del Evangelio con sus limosnas y subsidios. Por esta causa la caridad, que urgía los corazones de los mejores hacia Cristo Redentor, persuadió a los fieles de todas las razas y naciones a unirse en un bloque, a dar algo de sus bienes para subvencionar las sagradas expediciones, a socorrer, uniendo también sus plegarias, a los administradores de las cosas sagradas, y a conseguir de este modo lo que constituía la suma de los deseos, el acrecentamiento del Reino de Dios en la Tierra. En la conciencia de todos está que tal cooperación exigía abiertamente el asociarse en la propagación de la fe cristiana. Pues el aportar lo necesario para que los nuncios de la doctrina cristiana alcanzasen los lugares más remotos y salvajes, a los que habían de llevar los beneficios de nuestra religión y cultura humana, se debe atribuir a la largueza de tan noble solidaridad.
Por esto brillaron auroras de salvación en innumerables pueblos; por esto se recogieron cosechas de almas tan grandes como nadie podía lógicamente suponer, sino el que conociera muy bien el poder de la sangre derramada por Cristo; por esto, contra lo que podía esperarse de las energías disgregadas de los hombres, se respondió maravillosamente al mandato de expandir el Evangelio. Ponderando Nos estos merecimientos de la Asociación, siempre hemos abrigado los mejores sentimientos hacia esta insigne unión y jamás dejamos de ayudarla en lo más mínimo, esperando sin embargo mayores bienes si, con ayuda de Dios, se les proporcionasen recursos. Ahora bien, ya que la bondad de Dios todopoderoso nos ha dado el que desde esta cátedra de Pedro podamos distribuir a los fieles dones espirituales, no queremos dejar de honrar a esta Asociación, que anteriormente hemos alabado, con un rasgo especial de benevolencia. Siendo esto así, en atención tan sólo a este fin, absolviendo a todos y cada uno de aquellos a los que favorecen estas Letras nuestras de cualquier clase de censuras y penas de excomunión, entredicho y otras sentencias eclesiásticas, si acaso hubieran incurrido en ellas, y juzgándolos absueltos, con nuestra autoridad apostólica, en virtud de las presentes, para que esté más de acuerdo con las exteriores ayudas de la Asociación y también con la tutela y favor de lo alto, elegimos y legamos a la misma, como celestial Patrono, a San Francisco Javier, y queremos que se le tributen todos los honores que les corresponden a los celestiales patronos; y el día de su fiesta, para que no falte el aditamento del esplendor de la liturgia y asimismo del concurso humano en aumentar su gloria, con nuestra autoridad apostólica, igualmente por las presentes, la elevamos, observando las rúbricas, al rito doble mayor para la Iglesia universal.
Hay entre este santo y la Obra de la Propagación de la Fe una relación propia y singular. Pues cuando vivía Francisco ardió su alma en un celo tan grande y con tan excelente resultado en atraer las gentes a la verdad cristiana que parecía haber resurgido en él el instrumento escogido de la divinidad igual que en los mismos apóstoles.
Por lo cual, nos halaga una confiada esperanza de que esta nobilísima Asociación, por la intercesión de Francisco, habrá de experimentar mayores aumentos cada día, y además por la abundancia de frutos, por el número de asociados, y de todos cuantos ofrezcan su limosna con diligencia y largueza, en breve habrá de llegar a ser tal que nos ofrezca el espectáculo de su evidencia exterior como es la Iglesia fundada por Cristo, pues así como en esta se ofrece la salvación a todos los creyentes, así por medio de la Obra de la Propagación de la Fe, surgida por divino consejo, brille la luz del Evangelio entre los no creyentes. A este fin mucho aprovechará sin duda la voluntad de los católicos, aun cuando por separado y privadamente se muestren generosos en sus dádivas; empero nada será más provechosamente eficaz como el que los católicos unidos contribuyan según lo establecido con suma prudencia. Pues las fuerzas cuanto menos están unidas menos pueden para su objeto; en cambio pueden muchísimo los esfuerzos unidos y ordenadamente conectados. Diremos que aquellas obran rectamente, estas además convenientemente. Cristo, el guardador e instaurador del género humano, en la propagación de cuyo santísimo nombre está empeñada la Asociación, cobije la Obra con su gracia y con su ayuda, y los que vivimos rescatados no con oro o plata, sino con la preciosa sangre del Hijo de Dios, debemos conseguir primeramente la ayuda divina con grandes plegarias. Esto mandamos y ordenamos decretando que las presentes Letras son y serán firmes, válidas y eficaces, y que surtan y tengan sus efectos plenos e íntegros y que favorezcan plenamente a todos aquellos a que se refieren o pudieran referirse en todo y por todo y así según lo expuesto deben ser juzgadas y definidas por cualesquiera jueces ordinarios y delegados, y será nulo y vano lo que en contra de esto pudiere atentar cualquiera con cualquier autoridad a sabiendas o por ignorancia. Sin que obsten las Constituciones y Ordenaciones Apostólicas y cualesquiera otras contrarias. Y queremos que a las copias o ejemplares de las presentes Letras, aun las impresas, suscritas por mano de algún notario público y refrendadas por el sello de persona constituida en dignidad eclesiástica se les preste la misma fe que se les prestaría si estuviesen los mismos presentes, cuando fuesen exhibidas o mostradas.
Dado en San Pedro de Roma, bajo el anillo del Pescador, el día 25 de marzo de 1904
Año 1.° de nuestro pontificado
† Luis Card. Macchi
(Acta Pontificia et Decreta Romanorum Congregationum, año II, vol. II, p. 14)
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