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Pablo de Tarso constituye no sólo un fenómeno singular del compromiso misionero, sino del devenir del cristianismo e incluso de la historia de la humanidad. No es extraño que haya sido considerado por muchos como el auténtico fundador del cristianismo, y por ello uno de los personajes más influyentes en el escenario de la historia mundial.
La importancia concedida a san Pablo se apoya en su ejercicio apasionado del apostolado, que desarrolló en una perspectiva auténticamente universal y que condujo a la fundación de numerosas iglesias y a la elaboración de una visión teológica que habría de marcar decisivamente el futuro del cristianismo. Nuestro objetivo es identificar las raíces de ese radical compromiso por la misión para comprobar que ahí precisamente se encuentra la raíz de su teología y de su propia experiencia cristiana.
1.- El corazón del enigma
Una afirmación un tanto forzada o extemporánea del mismo Pablo nos permite –y nos obliga- a mirar de frente el enigma de una radicalidad que parece insuperable. Como en tantas otras ocasiones la exclamación del apóstol se alza en un contexto polémico. Había recibido noticias de que en Corinto existían discordias que podían conducir al cisma en aquella iglesia que aún estaba dando sus primeros pasos. En aquel grupo humano tan exuberante de carismas y de experiencias se habían ido abriendo camino diversas tendencias y orientaciones espirituales. Cada una de ellas parecía remitirse al influjo o a la personalidad de figuras sobresalientes del cristianismo primitivo: Apolo, Cefas, Pablo y (sorprendentemente) Cristo: “Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas, yo de Cristo” (1Cor 1,12).
Ante esa tensión Pablo reacciona de modo tajante: yo no he bautizado prácticamente a nadie, por lo que nadie puede apelar a mí frente a los otros, porque “no me envió Cristo a bautizar sino a evangelizar” (v. 17). De cara a nuestro objetivo no es relevante perfilar las raíces o razones del conflicto. Lo decisivo en nuestro contexto es observar la contraposición que Pablo establece entre bautizar y evangelizar: su tarea no tenía como objetivo bautizar sino evangelizar.
Es evidente que no pretende Pablo desvalorizar el bautismo. De ello son buena prueba sus mismas cartas en las que el bautismo (y la novedad que él celebra) estructura la exposición. No obstante lo que él pretende es dejar claro el carácter prioritario de la evangelización. O al menos hacer patente que evangelizar es el rasgo distintivo del encargo recibido por Pablo. Podríamos decir que con ello expresa que en él la conciencia de envío y la conciencia de evangelizar se identifican, hasta el límite de lo humanamente posible, con su propia persona. Pablo podrá ser definido como “el que evangeliza”, y respecto a ello todo es posterior. Por eso exclamará más adelante “¿Ay de mí si no evangelizara”, porque en ello está en juego su mismo ser, una fuerza a la que no se puede resistir: “se me impone como una necesidad” (9,16).
¿Cuál es el factor que ha puesto en marcha esa necesidad que envuelve y penetra la libertad de Pablo (9,1) identificándose prácticamente con su persona? Si conseguimos responder a esa pregunta habremos encontrado la raíz de la teología y de la praxis misionera del apóstol. Ahora bien, dada la centralidad de la respuesta deberemos reconocer que ello constituye la razón de ser de la experiencia cristiana más propia de Pablo: la alegría por el triunfo de Dios es la que le convierte en evangelista (y evangelizador) por antonomasia, ya que le sitúa como protagonista (y responsable) del acontecimiento fundamental de la historia humana (y por ello no puede eludir su aportación al destino de la humanidad). Ahí radica su originalidad y la aportación que debe ser recuperada por la Iglesia de nuestra época.
No podemos dejar de mencionar y de reconocer las dificultades que lleva consigo una afirmación tan precisa y tan neta. Parecería pretencioso señalar de modo tan nítido un solo eje en una personalidad tan compleja, dado que Pablo no fue un autor sistemático, que escribió al ritmo de las circunstancias y de las necesidades pastorales, que de él nos ha llegado un relato autobiográfico y otro más neutral y distante (en el libro de Hechos de los apóstoles), que no está clara la delimitación de los escritos genuinos de Pablo… Como criterio de nuestra exposición y de la tesis que mantenemos conviene precisar que nos limitaremos fundamentalmente a las cartas que son consideradas de modo unánime como paulinas.
Dos dificultades de otra índole merecen ser explicitadas en nuestro tema. Hay que superar, por un lado, el estrechamiento de una lectura en clave agustiniano-luterana que tanto influjo ha tenido en las controversias eclesiales. Por eso, por otro lado –y es lo más importante-, hay que procurar entrar en la viveza del transfondo (cultural y existencial) de Pablo, pues sólo desde esa perspectiva se puede captar la inmensa alegría que producía en Pablo la constatación del triunfo de Dios.
2.- La fuerza del Evangelio
El modo de expresarse, y la experiencia que lo provoca, constituye la más directa vía de acceso para comprender lo que es el Evangelio como evidencia que constituye a Pablo en evangelizador. Es importante observar que Pablo habla del Evangelio quince años antes de que se pusiese por escrito ningún Evangelio y que es el autor que con más frecuencia utiliza esta terminología (48 veces habla de Evangelio y 19 de evangelizar)
Desde la experiencia de Pablo el Evangelio no es ni un escrito ni una doctrina. Es una realidad viva que transforma a las personas y la historia misma del mundo. No se refiere con ello simplemente a un suceso perteneciente al pasado sino a un acontecimiento que aún determina la historia y a las personas. Rm 1,16-17 ofrece la mejor definición de esa realidad que Pablo no puede considerar como un objeto ajeno o distante de él: “No me avergüenzo del Evangelio, que es poder de Dios para la salvación de todo el que cree…porque en él se revela la justicia de Dios”.
En el primer documento neotestamentario, obra de Pablo, había expresado la misma convicción desde otra perspectiva: “Que no nos destina Dios a la ira, sino a la adquisición de la salvación por Nuestro Señor Jesucristo, que murió por nosotros para que, ya velemos, ya durmamos, vivamos unidos a él” (1Tes 5,0-10).
El Evangelio designa por tanto la acción que ha realizado Dios en la historia en el acontecimiento de Cristo. Es una acción histórica que brota de la intimidad más propia de Dios (es el misterio en sentido bíblico). Constituye el desvelamiento del corazón mismo de Dios, es decir, de su voluntad salvífica respecto a la humanidad entera. Por eso habla de una salvación que vence o elimina la ira que podía caer sobre los pecadores. Pero a la vez es una fuerza que transforma a quien lo capta y se deja maravillar por él. Por eso el mismo Pablo se puede designar “el que ha sido destinado a evangelizar” y al mismo Dios “el que lo llamó” para el servicio del Evangelio. Por eso no se puede avergonzar del Evangelio (Rom 1,16; cf. Mc 8,38; 2Tim 1,8). Es más bien la alegría lo que le invade y le mueve, como veremos.
Ese Evangelio (cuyo contenido y alcance aún deberemos precisar) no es algo que brota de su interior, ni siquiera algo que le ha sido transmitido, sino la fuerza misma de Dios que ha tomado posesión de él (Gal 2,20) hasta el punto de que Pablo se siente ante todo todo deudor y servidor del Evangelio (Fil 2,2). Pablo, desde este punto de vista, puede ser considerado como evangelista por antonomasia: porque el Evangelio ha tomado posesión de él para que pueda ser proclamado en el mundo. Su vida, como llamado y enviado, deberá ser medida desde la fidelidad a ese Evangelio (1Cor 4,2) que busca testigos y portavoces en el mundo.
Evangelio no puede en rigor ser usado en plural. Los Evangelios (en su cuádruple forma escrita) no pueden ocultar la realidad singular del Evangelio que se convierte en el centro de la persona y de la actividad de Pablo. El Evangelio no es un sermón o una homilía. Es una auténtica proclamación que debe resonar en el espacio público, en el escenario de la historia de los pueblos. El Evangelio no reclama como ámbito la liturgia ni la devoción, es decir, a lo privado o intimista. Porque es una acción que afecta a todos, al mundo, a la creación entera. En aquel contexto encerraba incluso resonancias o implicaciones políticas. Es una actitud semejante a la que sucedía con los grandes profetas: la pasión de Dios por la humanidad, la reivindicación de la justicia de Dios y de la dignidad de los huérfanos y de las viudas, no puede dejar de implicar a la política internacional, a las relaciones mismas entre los pueblos con sus terribles dialécticas de opresión y de violencia.
En el contexto socio-cultural en que Pablo vivía un Evangelio, es decir, una noticia solemne, estaba referida fundamentalmente a las actividades e iniciativas de los emperadores, que solían tener repercusión en la vida colectiva. Lo que ahora Pablo proclama con audacia y coraje es que él habla del Evangelio del único y verdadero Señor de la historia, porque el mundo no tiene más que un Señor, el verdadero Dios, que por ello denuncia a los ídolos en su vaciedad y al poder mundano en su fragilidad. El César no es ya el Señor del mundo, ni tampoco por ello la religión política en que se apoya. Pablo lanza, empujado por el Evangelio, un auténtico desafío al entramado de una civilización que unía religión y política de un modo que parecía evidente, pero que los cristianos empezaban a cuestionar sin miedo y sin vergüenza.
La actitud de Pablo no dejaba de suscitar una enorme sorpresa, que podía desatar tanto la admiración como el rechazo. No ofrecía simplemente un estilo de espiritualidad que pudiera ayudar a reordenar la propia existencia, tampoco pretendía reducirse a dar consejos de carácter devocional. Es el mensajero de algo que ha sucedido, de un acontecimiento que ha tenido lugar y que ha cambiado el curso del mundo y las estructuras ideológicas de aquel Imperio. La resonancia de su proclamación era equivalente a la proclamación del acceso de un nuevo emperador al trono.
El Evangelio del Dios único, tal como había acontecido en Jesucristo, se sigue expresando en el mundo a través de Pablo. Pablo se ve como el portavoz y el mensajero. No es algo que Pablo diga sobre Dios. Es Dios el que se dice a través de las palabras de Pablo. Y este lo capta con total intensidad de modo especial cuando pone de relieve la dimensión universal de aquello que ha sucedido. No puede ser de otro modo, ya que afecta a la historia y a la humanidad en toda su amplitud. Son todos los hombres, sin tipo alguno de distinción o de exclusión, los que se ven afectados por el Evangelio, incluídos en él y por él interpelados. El Evangelio lleva en su entraña la desaparición radical de cualquier particularismo, pues tal aislamiento o clausura equivaldría a una idolatría a la negación del Dios que protagoniza el Evangelio.
Este Evangelio uno y único no era diferente del que se hacía presente en otros protagonistas del cristianismo naciente. La peculiaridad paulina es su radicalidad, la defensa del Evangelio en su pureza y desnudez, sin compromisos ni contaminaciones, sin adiciones ni omisiones que pudieran estrechar la universalidad de su horizonte. Por ello Pablo se encontrará en una polémica constante, caerá bajo sospecha y padecerá amenazas de todo tipo. Pero será consecuente no sólo para defender el carácter genuino del Evangelio sino también para desarrollar con libertad y creatividad las innovaciones que reclamaba.
3.- El apasionamiento de Pablo a la luz de su transfondo vital
Se ha dicho con razón que, como pocos, Pablo ha captado el Evangelio en su núcleo más íntimo y, por eso, desconcertante y asombroso. Su propio transfondo personal, a nivel intelectual y religioso, le situaba en condiciones inmejorables para dejarse maravillar y seducir por la admiración que irradiaba el Evangelio. Por eso vivió con tanta pasión aquella novedad que se abría ante él y lo que de continuidad y de discontinuidad había respecto a su entorno judío y a su entorno helenista. Porque Pablo tenía hondas raíces judías pero a la vez había nacido y se había educado en la diáspora, es decir, en una comunidad judía en contacto con las corrientes espirituales e ideológicas de la ekumene que se había ido configurando a raíz de la acción militar y cultural de Alejandro Magno. En aquel mundo (que por analogía podríamos denominar) globalizado, pero contemplado desde su particularidad judía, debió ir descubriendo que la novedad del Evangelio hacía saltar en pedazos los esquemas conforme a los cuales la humanidad organizaba sus relaciones, sus alianzas y sus odios, sus encuentros y sus desencuentros.
Todos los escritos de Pablo reflejan sus profundas convicciones judías, su vinculación convencida con la alianza que el Dios de Israel había establecido son su pueblo. Había estudiado sus tradiciones en el centro religioso y espiritual del judaísmo, en Jerusalén. A ese núcleo de su fe nunca renunciaría. Pero tendría que conjugarlo y articularlo con una novedad imprevista. A la vez había conocido de modo directo a quienes habitaban un mundo espiritual distinto del judaísmo, respecto al cual mantenía una indudable distancia. Pero la novedad imprevista desbordaría asimismo sus prejuicios y condenas. ¿Qué significaba el Evangelio para la contraposición entre judíos y gentiles?
No hay acuerdo entre los investigadores acerca de la exacta adscripción teológica y espiritual de Pablo. El judaísmo no puede ser entendido como un sistema monolítico y uniforme. Más bien estaba atravesado por interpretaciones muy diversas de la identidad judía, como se muestra en las mismas controversias que aparecen en los Evangelios. Por un lado se sostiene que Pablo pertenecía a la línea más estrictamente legalista –por ello rígida- del judaísmo. Otros ponen más de relieve la mentalidad apocalíptica de Pablo: sensible a la corrupción que dominaba el mundo y al dominio del mal sobre la humanidad, esperaba con ansiedad una intervención última y definitiva de Dios para instaurar la justicia definitiva. Resultaría forzado y artificial contraponer ambas tendencias como si no pudieran darse en un mismo personaje, pues tampoco en el mismo judaísmo existirían sectores perfectamente delimitados e incomunicados. La doble coordenada que hemos señalado permite dar toda su importancia a los tres aspectos que nos parecen fundamentales para comprender que el Evangelio, tal como lo vive Pablo, constituye el triunfo de Dios que le llena de alegría y por ello le empuja a la acción misionera de modo radical y sin ningún tipo de concesiones.
Los tres aspectos que debemos señalar adquieren fuerza y relieve desde un presupuesto sin el cual no se puede entender a Pablo. Frente al Evangelio percibe la fuerza del pecado (amartía). Tanto del Evangelio como del pecado Pablo habla en singular. El pecado no es simplemente un acto incorrecto o inmoral. Es un poder nefasto que “habita” en el hombre (Rom 7,20) y que lo “esclaviza” (Rom 7,23), una fuerza personificada que penetra la humanidad entera y a la misma creación (Rom 1,21-23; 2,1ss; 3,10ss; 7,14). Es el poder hostil a Dios que amenaza y que corroe todo lo que Dios ha hecho y que obstaculiza cualquiera de sus proyectos salvíficos, que puede ser designado “satanás” o incluso “muerte”, respecto a lo cual el Evangelio se afirma, se acrisola y se abre camino en la historia. Al final “el Dios de la paz aplastará a Satanás” (Rom 15,20). ¿Sólo al final tendrá lugar la victoria de Dios? ¿Qué será de la historia hasta entonces?, ¿Puede haber algún motivo para la esperanza? A estos interrogantes ofrece su respuesta el Evangelio.
Ahora bien, esta afirmación no debe comprenderse de modo abstracto o genérico, sino enraizado en la experiencia concreta de las personas y de los pueblos. Es lo que convierte en dramático el discurrir del tiempo y de la experiencia humana. Pero precisamente por eso el Evangelio resonará con toda su fuerza existencial. Son tres, a nuestro juicio, las dimensiones que con mayor claridad e intensidad se manifiestan en la literatura paulina.
La experiencia personal de Pablo le obligó a reconocer la tensión interna que habita a cada ser humano y que le obliga a padecer la situación de irredención: la división interna no consigue conjugar la aspiración al ideal y las tendencias de la realidad, la lucha entre el bien y el mal, entre lo bueno que se desea realizar y lo malo a que le empujan sus apetitos incontrolados. La búsqueda de la integridad y del equilibrio parece una tarea imposible, que se transforma en obsesión o en angustia precisamente a causa de los esfuerzos por conseguirlo. Desde este punto de vista la vida humana aparecería como una pasión inútil, atravesada como está por tendencias contradictorias y contrapuestas.
A nivel de las relaciones entre los grupos y colectividades humanas reina otro tipo de división y de disgregación, que contamina la vida social con la violencia, la exclusión y el desprecio. Los grupos humanos se autoidentifican frente a los demás y contra los demás, recurriendo a argumentaciones y legitimaciones de diverso tipo. Los judíos, desde un punto de vista religioso revestido de carga política, marcaban la distancia respecto a los gentiles, que eran denunciados como inmorales y depravados en su idolatría. Los griegos, acentuando en mayor medida el aspecto cultural pero también con revestimiento político, marcaban su distancia respecto a los bárbaros, considerados inferiores en su civilización y en su capacidad racional. A la luz de estos presupuestos parecía imposible la reconciliación y la convivencia entre los pueblos de la tierra, marcada por la violencia y por la injusticia.
La creación entera, la realidad en su conjunto, está sellada por la caducidad y la inconsistencia. Apesadumbrada por su contingencia y su finitud se ve condenada a la destrucción, a la desaparición, a la muerte. Parece que todo tiene que resignarse a la provisionalidad, pues no posee ninguna garantía que la rescate de la debilidad y de la provisionalidad. Más aún, la apelación a un acto creador en el que reina la bondad o a una edad de oro en la que dominaba la felicidad, parece quedar desmentida por la realidad de los hechos, que impone otras evidencias y otras experiencias, que parecen bloquear las aspiraciones humanas.
Estas tres dimensiones o perspectivas dejan ven la amplitud y la hondura de la perspectiva de san Pablo. No sólo se mueve dentro de un horizonte universal, sino que incluye todas las dimensiones de la existencia humana y de la experiencia colectiva. Es evidente que esta triple coordenada se manifestará de modo más agudo desde su óptica cristiana, cuando ya haya alcanzado una perspectiva de solución o de interpretación, pero ello sólo se produce porque tales perspectivas e inquietudes ya se hallaban presentes en Pablo.
Desde la perspectiva cristiana Pablo condenará los aspectos negativos de esta triple dimensión como objeto de la ira divina porque son fruto del mal, oscurecimiento de la gloria de Dios. Pero –nos parece fundamental para una adecuada comprensión de la postura de Pablo- ese juicio tan radical se debe sobre todo a que ha descubierto el horizonte de la gracia. Es por la claridad de la luz por lo que parecen más oscuras las tinieblas. Es el contrapunto, que se convierte casi en antítesis, lo que permite a Pablo resaltar la novedad del Evangelio: es triunfo de Dios y alegría humana precisamente porque la ira ha quedado atrás, porque está en condiciones de hablar de un ser humano restaurado, de una reconciliación entre los pueblos, de una esperanza para la caducidad de la creación. Ese cambio de perspectiva personal, que afecta al conjunto de la realidad y de la historia del mundo, es lo que se produjo en el acontecimiento que experimentó en su camino hacia Damasco.
Desde la óptica judía en la que se situaba Pablo hasta su conversión se hacía cada vez más aguda la incertidumbre sobre la credibilidad de las promesas, y por ello la fidelidad del mismo Dios que las había pronunciado. Abraham era la figura que condensaba la esperanza que brotaba de la fe. Con la mirada puesta en Abraham y en la realidad presente se imponía de modo inquietante el interrogante: ¿se iban a realizar las promesas ofrecidas a Abraham, y que de algún modo condensaba también las promesas vinculadas con la alianza a Noé, con la alianza del Sinaí e incluso con la alianza de la creación? De un modo especial para san Pablo –y para nuestro tema- pasa a primer plano la bendición dirigida a los gentiles: ¿es posible la reconciliación entre los pueblos o por el contrario hay que resignarse a la disgregación, dispersión y enfrentamiento de razas y etnias? Cerca de Damasco Pablo descubrirá que el mundo se encuentra en una situación nueva precisamente porque el Señor del mundo instaura unas relaciones muy distintas de la de los poderes e intereses humanos.
4.- El acontecimiento en el camino a Damasco
En el camino hacia Damasco se produjo un cambio fundamental en la biografía personal de Pablo, que a su vez produciría repercusiones profundas en el devenir del cristianismo primitivo. A nivel individual el perseguidor se convertirá en el embajador principal de los perseguidos. A nivel colectivo el grupo de los cristianos se afirmará de modo neto en un dinamismo universalista y misionero que desbordará patentemente el marco judío. El cambio es tan radical y manifiesto que ha suscitado un enorme interés y un inacabable debate acerca de su sentido y su contenido exactos. A ello se añade la escasez de fuentes directas. Hechos presenta tres veces la narración (y en boca de Pablo), como signo de la importancia dada al hecho, pero no son exactamente coincidentes en los detalles, y por otro lado el mismo Pablo es sumamente parco en la descripción del acontecimiento. Por eso, respetando los datos que conservamos, deben ser valorados en el conjunto de aspectos que han de ser tenidos en cuenta.
No existe consenso sobre la adecuada denominación de lo que sucedió a Pablo y de lo que él experimentó. Se puede hablar de conversión, pero este vocablo es susceptible de diversas interpretaciones. Sería excesivo (anacrónico y teológicamente infundado) entenderlo como paso de una religión a otra. No se puede hablar en rigor de que Pablo dejó de ser judío para hacerse cristiano. Otros prefieren hablar de una vocación o llamada en la línea de los profetas, es decir, como el inicio de un cambio de vida y de un servicio de reforma o purificación de la fe yahvista.
La perspectiva adecuada seguramente se encuentra entre ambos extremos. Se trata de una llamada, de una vocación, pero que implica cambios radicales no sólo en la propia existencia sino en la misma comprensión del judaísmo. No se trata sólo de una renovación purificadora de la alianza mosaica: en el judaísmo no había espacio para un mesías crucificado y no había presupuestos para una incorporación tan amplia y libre de los gentiles. En esta perspectiva se podría usar el lenguaje de la conversión porque el Evangelio no es sin más un desarrollo o clarificación de la Ley. Son dos registros diversos para hablar de las relaciones de Dios con la humanidad.
Para Pablo fue sin duda un acontecimiento fundante y constitutivo, pues en buena medida allí está el núcleo de su pensamiento y de su praxis, del Evangelio. Pero es muy sobrio para referirse a ello. Prácticamente sólo encontramos alusiones y referencias en Gal 1,11-17 y Fil 3,2-11 (tal vez también en Rom 7,13-35), pero no para narrarlo o describirlo sino para legitimar su proclamación del Evangelio: su actividad no se debe a una iniciativa humana, a un deseo personal, sino a una llamada directa e inmediata de Dios; por ello puede justificar su actitud de proclamación hacia el mundo gentil y su modo peculiar de vivir el Evangelio frente a los que en el seno de las comunidades cristianas disentían de la radicalidad de Pablo.
Hacia Damasco Pablo se dirigía con actitud de hostilidad contra aquel grupo de judíos que reivindicaban como mesías a un crucificado a causa de la connivencia de las autoridades judías con los invasores romanos. Representaban por ello un ataque frontal contra la identidad del judaísmo y contra quienes lo encarnaban oficialmente. Parecía incluso un ataque directo contra la misma Palabra de Dios que condenaba como maldito a quien hubiera sido colgado de un madero (Dt 21,23; cf. Gal 3,13), Sin embargo en aquel momento Pablo llegó a descubrir que el escándalo de la cruz no era incompatible con el Dios creador, revelador y salvador.
Esta conjugación de lo que parecía contradictorio es la gran novedad que se impone a Pablo como una evidencia. La evidencia del Evangelio radica en este cambio, que el mismo Pablo refiere a una iniciativa de Dios, que no es ya el portador de ira contra los pecados sino el portador de la gracia para todos, más allá de cualquier división humana o de cualquier angustia personal o de cualquier caducidad mundana. Y ello a pesar de –o gracias a- la muerte de un crucificado.
Se trataba de una auténtica alteración y subversión de los valores y criterios que movían su vida. El relámpago de un instante provocaba “bajarse del caballo”, es decir, reajustar y rearticular todo el esquema de ideas y de convicciones sobre las que había edificado su vida y su vocación como judío. Por ello no se entregó inmediatamente a la tarea de la evangelización. El Evangelio requería tiempo para ir modulando a la persona y el mensaje que debía proclamar. Por eso se explica el período de tiempo que debió pasar en Arabia y la confirmación de sus propias perspectivas por parte de los que habían venido siendo “pilares” de aquel grupo al que antes perseguía.
Pablo emprendió su propio camino en un sendero que ya había sido desbrozado por los helenistas, es decir, por un sector del cristianismo que se había ido mostrando más abierto y libre en el acceso a los gentiles, que había comprendido que el seguimiento de Jesús implicaba superar las barreras de separación establecidas entre judíos y gentiles. En lo concreto parece que aquí se encontraba la novedad del Evangelio y las exigencias planteadas a los creyentes en la alianza con Abraham y con Israel. El Dios de la gracia debía reflejarse en las actitudes y en el comportamiento de quienes la habían descubierto y experimentado. Pero no estaba clara su modulación concreta y la graduación que había que establecer. Por ello era lógico que surgieran tensiones y debates. Las viejas ideas y los prejuicios heredados, incluso la conciencia de responsabilidad ante la tradición, parecían exigir también sus derechos. Por eso Pablo necesitó tiempo, corje y sufrimientos, hasta que vió reconocida la peculiaridad del Evangelio que él defendía y propugnaba. El, en cuanto embajador del Evangelio, se debía tanto a los griegos como a los bárbaros (Rom 1,14), es decir, su campo propio era el de los incircuncisos (Gal 2,7), de los que no eran judíos (mientras otros se dedicarían más específicamente a los judíos). A las puertas de Damasco se abría por tanto para Pablo un largo camino que debería ser defendido y reivindicado, por ello sufrido y padecido, de modo permanente. Ahí radica la originalidad y la grandeza de Pablo: en haber mantenido la fidelidad a la llamada y al encargo que recibió cuando no era más que un perseguidor de los cristianos pues sólo así creía poder ejercer la defensa del judaísmo.
Ahora bien ¿qué vio exactamente en aquel acontecimiento?, ¿qué es lo que se le reveló?, ¿dónde radicaba la gracia insospechada?, ¿por qué había que cambiar la actitud ante los gentiles?, ¿en qué perspectiva había que reorientar los presupuestos del judaísmo? Como hemos dicho, para él se hizo evidente que no era incompatible con la fe judía la proclamación de un mesías crucificado. Pero esta inflexión encuentra una justificación ulterior, que es la única que permite superar el escándalo y deducir consecuencias tan novedosas como las que acabaría proponiendo: aquél crucificado estaba vivo en la gloria del Padre, había sido resucitado en el poder de Dios, se había manifestado como el Hijo; aquel Jesús a quien él perseguía había muerto por los pecados de todos y había resucitado para justificación de todos (Rom 4,25). Había sido precisamente él mismo, el Resucitado, el que había irrumpido en su camino hacia Damasco. Por eso la muerte dejaba de ser un escándalo y se convertía en fuente de salvación. Porque, en definitiva, en el Resucitado Dios muestra su triunfo y por ello llena de alegría a quien participa de su victoria. Ahora ya el Evangelio alcanza su auténtico contenido: el Evangelio es la gloria del Resucitado que envuelve la creación y cambia el curso de la historia.
5.- El Resucitado, triunfo de Dios en la historia humana
Aquí se encuentra el núcleo de la experiencia de Damasco, el contenido central del Evangelio, el eje y la motivación de la actividad de Pablo, la razón de ser de su apostolado, la base de toda teología de la misión, y en definitiva el aliento de la fe cristiana. Pablo proclama con nitidez que es el quicio de la historia, más aún, que constituye el acontecimiento escatológico definitivo, pues la historia ha llegado a su final; dicho de otro modo, Dios no puede ir más allá en su capacidad (re)creadora, reveladora y salvadora. Por ello el cosmos y la humanidad entera (y pro ello cada persona individual) han quedado colocados en una situación radicalmente nueva. Para que ello sea conocido y para que ello sea una realidad vivida y celebrada es para lo que existe el dinamismo del Evangelio al que se entrega Pablo desde lo más íntimo de su ser.
La presencia del Resucitado juega en Pablo el mismo papel que en quienes habían sido testigos de los tristes sucesos del viernes en que crucificaron a Jesús. Para ellos el reencuentro con Jesús vivo significó un cambio sustancial, el acontecimiento escatológico que imprimía un giro decisivo en la historia del mundo y en su propia actitud existencial. Fue la alegría, como indicaremos después, la cuna en que nació la Iglesia que vive de la Pascua. El “paso” de Jesús de este mundo al Padre constituía la apertura de un camino nuevo. Todas las apariciones, además, incluyen la constitución de los apóstoles como heraldos y testigos de aquel acontecimiento y de lo que ello significaba para el mundo.
Pablo se coloca en la misma perspectiva, en la serie del mismo dinamismo, por lo que se siente legitimado como apóstol. 1Cor 15, 1ss presenta el contenido central del kerygma cristiano, que incluye la muerte de Jesús por nuestra salvación y su resurrección, tal como fue experimentada por personas concretas. Pablo se coloca él mismo como el último de la serie (“como un aborto”), pero en definitiva como uno de ellos (v. 8). Desde el punto de vista de Pablo el evento pascual se cierra con él. Por eso levanta su pretensión: “yo también he visto al Señor” (1Cor 9,1). Desde este presupuesto no hay motivos para que se cuestione algo que ha sido protagonizado por el mismo Dios en Jesucristo.
Pero junto a ello Pablo precisa la peculiaridad del Evangelio tal como él lo anuncia: el Evangelio lo ha recibido por revelación del mismo Jesucristo (Gal 1,11), y con el objetivo de “anunciarlo a los gentiles” (v. 16). El encuentro con el Resucitado, la recepción del Evangelio y el anuncio a los gentiles forman una unidad, son dimensiones que se exigen necesariamente. Ahí radica, como desarrollará la tradición paulina, el misterio en toda su hondura y amplitud, por lo que en el misterio debe ser incluído el apostolado mismo de Pablo (Ef 3,1-13). Esto era algo que nadie hasta entonces había elevado a tan alto rango teológico como elemento estructurante del designio salvífico de Dios. Esta novedad, que es la que explica la sensación de triunfo y de alegría, es la que debe ser profundizada para comprender en su raíz a Pablo.
La resurrección de Jesús llega a ser imprescindible para comprender quién es el Dios de la revelación. Dios queda definido desde el acto de resucitar a Jesús, pues nos remite a la intimidad más profunda de Dios, a su capacidad creadora y a su relación con el Hijo (en el Espíritu). A la luz de la Pascua no se puede hablar de Dios más que en referencia a la acción de resuitar a Jesús por el Espíritu. Dios es el que ha resucitado a Jesús de entre los muertos (Rom 4,24) con una fuerza equiparable a la que le permitió crear las cosas de la nada (Rom 4,17). En la resurrección de Jesús Dios se ha expresado a sí mismo en todo su poder y gracia.
La gracia y el amor que caracterizan a Dios se han hecho patentes de un modo que sólo tiene parangón con el acontecimiento liberador de Egipto (por eso en el Antiguo Testamento también Yahvé era designado y definido como el liberador de Egipto). El papel que los judíos atribuían a la elección o al éxodo queda ahora concentrado en la resurrección de Jesús, que pasa por ello a configurarse como el fundamento y el contenido de la alianza (nueva o definitiva) con la humanidad recreada y anticipada en el Resucitado. El acontecimiento pascual desvela a Dios como gracia y amor porque realiza la entrega del don supremo que Dios puede hacer al mundo: su Hijo mismo que muere como maldito en solidaridad con quienes viven bajo la maldición del pecado, pero no para su condena sino para su liberación y reconciliación. La gravedad de la ira merecida por el pecado queda clara al ver el “precio” que costó al Hijo, pero fue la generosidad de Dios la que hizo que la gracia sea más abundante que el pecado (Rom 5,20). El misterio pascual debe ser visto por ello como un gesto de reconciliación: Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, y por ello sus testigos y beneficiarios han recibido el ministerio y el servicio de anunciar y celebrar esa reconciliación (2Cor 5,19-20). La reconciliación afecta al hombre individual, a los pueblos divididos, a la creación finita y caduca.
Este acto de resucitar a Jesús, y la dimensión reconciliadora que lo mueve, es un triunfo y una victoria de Dios sobre el Pecado y los poderes que lo encarnan en este mundo. Pablo recurre a las categorías y símbolos de la apocalíptica para expresar esta victoria. No contaba –ni tal vez existen- con otros conceptos más expresivos y más eficaces, aunque resulten ajenos a la mentalidad racional y científica de la actualidad. No obstante el observador atento podría captar que encuentran una fácil traducción en la experiencia actual, dominada también por fuerzas oscuras y por poderes anónimos que degradan la creación, manipulan al ser humano y enfrentan a los pueblos.
Pablo recurre a símbolos y realidades diversas para expresar ese Pecado que condujo a Jesús a la muerte: los ángeles, los principados, las potestades (Rom 8, 38), especialmente la muerte, que será el último de los enemigos en ser vencidos (1Cor 15,26). Frente a todos esos adversarios, diversos rostros del Pecado y de Satanás, Jesús es constituído como Señor que hace presente al Dios del amor (2Cor 13,11). Es por ello por lo que el final de la historia ha penetrado en la realidad imprimiendo un nuevo giro a la marcha de la humanidad. Por ello ya no deben reinar ni el miedo ni la angustia ni el odio ni la injusticia, sino la confianza, el amor, la esperanza, la justicia. Este nuevo horizonte afecta directamente a los tres ámbitos o dimensiones que mencionábamos anteriormente.
1.- La vieja creación, mortal e irredenta, sigue clamando bajo el anhelo de redención, pero la salvación –en esperanza- ya se ha producido (Rom 8,18-24). Si Jesús no hubiera resucitado sería no sólo vana la fe sino absurda la existencia. Gracias al Jesús resucitado la nueva creación recrea y regenera a la realidad condenada a la muerte y que arrastra de modo dolorido su mortalidad. Jesús y el Espíritu del Resucitado penetran la realidad entera orientándolo todo hacia el encuentro y la reconciliación definitiva.La amplia visión de Pablo es sensible para recoger los dolores y clamores de una creación que salió bella y buena de las manos de Dios y que tiene que ser rescatada de todos los factores que la corroen y corrompen desde dentro. Estamos aún en el tiempo de la espera, pero poseemos ya las arras y la garantía, y por ello la esperanza.
2.- La reconciliación afecta también a las relaciones sociales e intersubjetivas, tanto a nivel personal como colectivo. En el Resucitado ha quedado ya destruída toda división y disgregación: tanto entre hombre y mujer como entre judío y gentil (Gal 3,28). Por eso no tiene ninguna razón de ser la separación entre los pueblos que habían quedado enfrentados por la ley, por la religión o por el culto. No hay que esperar al final de los tiempos para que se muestre ese amor que congrega a todos los seres humanos en el hogar del mismo Padre. La humanidad nueva, filial y fraterna, ha quedado ya establecida por el Jesús que murió por los de cerca y por los de lejos, haciendo por ello de los dos pueblos uno sólo. La tradición paulina, sobre todo en Col y Ef, desarrollará de modo grandioso esta dimensión universal y cósmica del misterio y de la resurrección de Jesús, del Evangelio. Con ello no harán más que recoger la instancia más íntima de la pasión misionera de Pablo.
Pablo se sabe llamado para mostrar en medio del mundo y de la humanidad dividida que la bendición prometida a Abraham es ya una realidad, pues no puede haber poder humano que separe y enfrente lo que el Señor Jesús ha reconciliado. Más aún: no podrá el cristiano hablar realmente de un señorío que supera los dominios mundanos más que reconciliando a los pueblos. Pablo es consciente de que tiene que hacerse todo con todos para no excluir a nadie, en coherencia y fidelidad al Evangelio que se le ha revelado. Por ello Pablo rompe el esquema del proselitismo judío: también los profetas habían anunciado un banquete de reconciliación de todos los pueblos en el banquete que se realizaría en Sión. Pero Pablo invierte la perspectiva: no son ellos simplemente los que tienen que venir, ni siquiera venir a Sión. Son los apóstoles del Evangelio los que tienen que acudir para anunciar el triunfo de Dios y para que en cada lugar se pueda dirigir la misma alabanza al Dios triunfador. Pablo, desde esta óptica, se encuentra más allá del judaísmo y del paganismo, más allá incluso del “cristianismo”, lo que a él le mueve y le empuja es el Evangelio del “Dios de la paz” (Rom 5,1; 15, 30; 16,20; 1Cor 14,33). Hasta tal punto se ha logrado la paz que también los no judíos pueden formar parte de la descendencia de Abrahám (Gal 3,16). Pablo pretende recrear el mundo por su empeño en acceder a nuevas regiones, a nuevos pueblos, a nuevas tribus, que no hayan conocido aún un Evangelio que reconcilia a todos los pueblos en el mismo señorío del Padre común.
En su incansable actividad Pablo se siente urgido por el amor que merece ese Cristo reconciliador. El apóstol del Evangelio no puede más que imitar a ese Dios que en Cristo se ha acercado para atraerlos a todos hacia sí. Esta tarea se realiza siempre en las dificultades de la historia y en las debilidades de lo humano. Pero Pablo experimenta que esa debilidad –a los ojos humanos- es la verdadera fuerza de la novedad de Dios. Al igual que la cruz –signo de maldición a los ojos humanos- es el verdadero triunfo de Dios (lo débil de Dios es más fuerte que la fuerza de los hombres -1Cor 1,25- pues quien fue crucificado en debilidad vive ahora en el poder de Dios -2Cor 13,14-). Por eso Pablo experimenta sus pequeños y escasos logros como una victoria, como un triunfo, como una gloria, como una participación en el triunfo de Dios: “Doy gracias a Dios, que nos hace triunfar en Cristo y por nosotros manifiesta en todo lugar el aroma de su conocimiento” (2Cor 2, 14).
3.-También cada ser humano descubre que la reconciliación abraza también su angustiosa escisión interior. Es este otro de los campos en los que Pablo despliega su creatividad para mostrar que el triunfo del Evangelio afecta a las experiencias humanas más íntimas. La justificación del pecador se produce ante todo por la gracia de la fe, no por el esfuerzo humano que trata de acomodarse a las exigencias de la ley y del rito. En virtud del triunfo de la Pascua el creyente –y a su modo todo hombre- ha recibido el don del Espíritu que le hace hijo adoptivo, que restaura en él el esplendor de la imagen de la creación, que le dota de los dones de la vida nueva (paz, esperanza, gozo, magnanimidad, sabiduría, generosidad, amor…). Por ello está liberado de la esclavitud de los poderes diabólicos y está dotado de las armas que le garantizan la victoria ante sus ataques.
La figura del Jesús como nuevo Adán sintetiza la antropología propia de Dios tal como es modelada por la acción del Espíritu. El Señor, por la acción del Espíritu, actúa como espíritu vivificador que libera de la muerte, de la angustia, del agobio, de la impaciencia, de la inmoderación, del desenfreno, del egoísmo… La justificación por la fe, la salvación por la gracia, no puede por ello ser unilateralizada en la concepción de Pablo. Debe ser vista en un horizonte más amplio que aquél en el que lo situaron los judaizantes y en el que más tarde lo situarán tantas controversias doctrinales y confesionales. En Pablo aparece como una expresión del triunfo de Dios, del Dios de la Pascua, que forma parte del Evangelio, y que trata simplemente de presentar al creyente viviendo “en Cristo” y “en el Espíritu”.
Esta triple coordenada nos hace ver la amplitud y la universalidad de la misión paulina. Su universalidad es no sólo geográfica, es también soteriológica y antropológica, con dimensiones políticas y ecológicas. No podía ser de otro modo: lo que eran sus preocupaciones iniciales han encontrado una respuesta y una luz desde el Evangelio de la Pascua tal como se le hizo presente en su camino hacia Damasco. Y por ello podemos comprender la pasión y el apasionamiento con el que Pablo se consagró a su ministerio apostólico. No podía ser de otro modo dada la fuerza del Evangelio. Esta fuerza, que era para él una necesidad, es vivida con toda la libertad que brota de una radical experiencia de alegría, de alabanza, de acción de gracias.
6.- La misión expresión de alegría y acto de alabanza
La experiencia del triunfo de Dios, manifestada en la propia vida y en el modo de valorar la realidad, inunda a Pablo de alegría. La alegría no debe ser considerada tan sólo como una sensación sicológica o como un sentimiento placentero. La alegría pasa a ser una dimensión constitutiva del hombre redimido, alcanza prácticamente un nivel ontológico, pues es la reverberación de la gracia de Dios en el conjunto de la realidad. Es por ello expresión y manifestación de una vida lograda, de sintonía con el dinamismo de la realidad que apunta hacia su consumación, anticipada ya como fe, como esperanza, como amor.
Una lectura atenta de las cartas de san Pablo muestra con claridad la omnipresencia de la alegría. No puede ser de otro modo, como se comprueba en otros textos neotestamentarios impregnados de la dimensión pascual. La nueva creación es obra de la fuerza del Espíritu, y el mismo Espíritu irradia su presencia en el don de la alegría (Gal 5,22). El mismo Reino de Dios, el objetivo de la acción de Jesús que ha encontrado su consumación en el Resucitado, no es comida ni bebida –es decir, satisfacción de apetencias placenteras mundanas- sino justicia y paz y gozo en el Espíritu (Rom 14,17). El mismo Espíritu es la alegría de Dios experimentada por los creyentes. La fe en último término no es más que alegría: la “alegría de la fe” debe ser entendida como genitivo epexegético, es decir, explicativo o manifestativo (el gozo o la alegría que es la fe).
Por eso Pablo exclama con facilidad y con normalidad: “Estad siempre alegres” (Fil 4,1), “vivid alegres en la esperanza” (Rom 12,12), “que el Dios de la esperanza os llene de cumplida alegría” (Rom 15,13). La “necesidad” con la que se impone el Evangelio no es más que la irradiación de la propia vida transformada a la luz de la plenitud pascual y de la reconciliación que se desborda en el conjunto de las criaturas y de la realidad humana. La alegría es fuente de libertad y de generosidad (2Cor 9,4), por lo que predispone a la entrega y al servicio misionero. La capacidad de alegría, podríamos decir, es el criterio de la vocación a la misión.
La alegría, porque no es una experiencia meramente sicológica y porque no se reduce a la fruición momentánea del placer, supera todo tipo de dificultades. Por eso Pablo podrá decir: “desbordo de gozo en todas nuestras tribulaciones” (2Cor 7,4; 7,5-15). No se trata de masoquismo o de simple tendencia martirial sino de libertad y generosidad para cargar con el peso de la historia y con la debilidad de los demás. La fragilidad de la experiencia no puede ocultar el triunfo de Dios, la seducción del Evangelio.
La realidad de las comunidades fundadas y establecidas, aún con sus tensiones y pequeñeces, es para Pablo un motivo de alegría. Ellas son su gozo, su gloria, su corona (1Tes 2,20) porque le da un enorme gozo poder confiar en ellas o constatar cómo su testimonio irradia en su entorno (2Cor 7,16).
La pasión misionera de Pablo es vivida como un acto de gratitud y de alabanza a Dios. Es la acción de gracias realizada desde el entramado de la historia humana. Porque Pablo se siente deudor del Evangelio: no como obligación legal sino como expansión vital. Esta actitud de Pablo engarza con el sentido mismo de la Pascua, que se hace alabanza desde su origen. La designación de Dios como “el que resucitó a Jesús de entre los muertos” se basó en la fórmula judía de alabanza al Dios vivificador de los muertos. La oración cristiana más antigua fue: “Bendito sea el Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos”. En el dinamismo de esta alabanza se engarza una oración que se hace vida concreta: esa alabanza se carga de carne y de sangre en el anuncio concreto a los gentiles y en la fundación de nuevas comunidades, proceso que es valorado como un ejercicio de culto, el más digo del Dios de la Pascua.
7.- Las iglesias como testimonio del Evangelio
Pablo fue fundando iglesias como exigencia de su visión universalista y de la reconciliación entre todos los pueblos. Pablo funda comunidades como islas en el inmenso Imperio. Esa red de pequeñas iglesias eran vistas por Pablo como colaboradoras de su propio itinerario misionero y como portadoras de la misma misión. Aún en su pequeñez quedaban comprometidas en el mismo dinamismo. Le apoyaban con sus oraciones y a veces con el envío de cooperadores, e incluso con su propia irradiación misionera. La iglesia de Corinto apadrinó a la comunidad de Cencreas, su puerto en el Oriente (1Cor 16,1-2), la de Efeso las de Colosas y Laodicea (Col 1,17; 4,16).
No se puede exagerar su influjo en la región, ya que eran muy pocos y de escasa relevancia social (por ejemplo podemos contar en Corinto cien cristianos en una población de más de medio millón de habitantes). Lo que importa es descubrir la perspectiva de Pablo (sembrar el Imperio de pequeñas células estratégicamente situadas y viviendo en comunión) y la responsabilidad que atribuye a cada una de sus iglesias como sujetos de un proyecto histórico. No pueden ser un guetto, no deben cerrar los canales de comunicación con el entorno, han de insertarse en el entramado de las relaciones sociales. Ciertamente acentúa la cohesión y la identidad respecto a los de fuera (1Tes 1,9; Fil 3,18; Gal 4,11), pero evitando toda segregación sectaria: el matrimonio con un cónyuge no cristiano (1Cor 7,10-11) o la abstención de carne sacrificada a los ídolos (1Cor 10, 14-35) deben regirse solamente por el criterio del escándalo de los más débiles; pide apartarse de los fornicarios, pero en el seno de la comunidad a fin de no contaminar el testimonio de la novedad cristiana, pero no debe aplicarse la misma distancia respecto a los de fuera, porque en tal caso deberían abandonar el mundo; a los de fuera en último término es Dios el que los juzga, no los cristianos (1Cor 5,9-13). El Evangelio debe ser vivido por los cristianos como ofrecimiento y como testimonio, no como condena y exclusión.
61ª Semana de Misionología, Burgos, julio 2008
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