Lolo, beato y enfermo misionero


 
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Un poema para Lolo
 

Perfil misionero de Manuel Lozano Garrido


 

Lolo, una alegría muy nuestra

 

 

La beatificación en Linares (Jaén), el día 12 de junio, de Manuel Lozano Garrido, “Lolo” (1920-1971), nos pone delante de una figura llena de paradojas: una persona inmovilizada que ejerce el apostolado con entusiasmo; alguien aquejado de una dura y prolongada enfermedad, que transmite una profunda alegría; un periodista cuyas manos no responden y que publica cientos de artículos y varios libros; un ciego que encuentra en cada día “una respuesta de luz”... Pero, entre todas las sorpresas que nos depara Lolo, hay una que, especialmente, nos toca muy de cerca...

 

 

Rafael Santos Barba

 

 


 

Más sobre Lolo en:

 

Amigos de Lolo

 

Diócesis de Jaén

 


 

     
   
   
Beato Lolo, Enfermo Misionero  

En la Dirección Nacional de Obras Misionales Pontificias, la “pista” la encontró quien desde hace años lleva a buen puerto las cuestiones relativas a la Unión de Enfermos Misioneros, Justo Amado: el nombre de Manuel Lozano Garrido aparecía como firma habitual entre las páginas de Enfermos Misioneros, la revista antecesora (entre 1945 y 1977) del actual tríptico, también así titulado... ¿Qué relación había existido entre el nuevo beato y dicha Unión, que desde OMP animaba a los enfermos a convertir sus sufrimientos en ofrenda por la misión de la Iglesia? “Animaba”... y sigue animando:
pueden informarse en http://www.omp.es/OMP/formacion/enfermos.htm o en el teléfono 91 590 00 43.

A partir de ahí, seguir el rastro de la relación de Lolo con Obras Misionales Pontificias y con la dimensión misionera de su ser cristiano ha supuesto el reencuentro de OMP con un insigne (¡y tan insigne!) colaborador. Reencuentro, porque el paso de los años y el sucederse de las personas había dejado oculta esta relación que, en realidad, sí había sido tenida en cuenta, en sus aspectos principales, en la documentación recogida por el postulador de su causa, Mons. Rafael Higueras Álamo.

Quien quiera conocer a fondo la vida de Manuel Lozano cuenta con las biografías de Juan Rubio Fernández y del propio Rafael Higueras, además de otras obras; asimismo, puede contactar con la Asociación Amigos de Lolo (www.amigosdelolo.com). Como aquí solo se pretende redescubrir lo grande que era el corazón misionero del nuevo beato, baste este mínimo retrato suyo, tomado de un folleto de dicha Asociación: “Joven de Acción Católica, periodista y escritor, en silla de ruedas durante más de 28 años —y ciego durante sus últimos 9 años—, comunicador de alegría a los jóvenes desde su invalidez”.

 

Colaborador constante

Los primeros indicios de la relación de Lolo con Enfermos Misioneros se encuentran en el número de octubre de 1959 de la revista. Aparece allí una página entera (sin firma) sobre la obra “Sinaí”, impulsada por él con el objetivo de “redoblar la eficacia de la prensa católica con la oración y el sacrificio”; “los enfermos son su objetivo principal”, se dice. El año anterior, Lolo (gravemente enfermo desde 1943) había realizado una peregrinación a Lourdes que le había marcado profundamente y, además, había entrado en contacto con miembros de la revista Vida Nueva, también colaboradores de Enfermos Misioneros. El puente de unión estaba trazado.

Vistas las cosas con perspectiva, Manuel Lozano reunía las condiciones idóneas para escribir en Enfermos Misioneros: por un lado, un excepcional modo de afrontar, desde su vivencia cristiana, la dolorosa enfermedad que padecía; por otro, su experiencia y cualidades como periodista. De hecho, da la impresión de que muy pronto, una vez que Lolo entra en contacto con ellas, las Obras Misionales Pontificias, bajo la dirección de don Ángel Sagarmínaga, confían plenamente en el valor de su testimonio humano, cristiano y literario.

Las “pruebas” de esta afirmación las encontramos en los propios artículos de Lozano Garrido. La primera colaboración con su firma aparece en Enfermos Misioneros en mayo de 1960. Al año siguiente, en junio, es él quien “merece los honores” de escribir el artículo de Catolicismo (“Órgano oficial de las Obras Misionales Pontificias”, según su contracubierta) encargado de presentar la celebración del Día de Enfermos Misioneros (Pentecostés). Tras su primer libro, El sillón de ruedas, que lleva como fecha de edición 1961, los artículos de Lolo empiezan a menudear en las revistas de OMP. Y en el número de mayo de 1962 de Enfermos Misioneros, él mismo explica que don Pedro San Martín, director de la revista, le ha encargado, nada menos, “que le ayude a preparar una propaganda viva, moderna, atrayente y eficaz para la Jornada de los Enfermos”, lo que hace con empeño e ilusión, pese a sus dificultades visuales.

Salvo error u omisión, Lolo publica treinta artículos en Enfermos Misioneros (1959-1967/8); diez en Orate, el boletín que la entonces llamada Pontificia Unión Misional del Clero (hoy PUM) dirigía a las religiosas (1961-1963); y sendos artículos en las revistas Catolicismo (1960) y su sucesora Pueblos del Tercer Mundo (1971). Los textos ofrecidos en Enfermos Misioneros fueron luego incorporados a sus libros Dios habla todos los días. Diario de un inválido (1962), Las golondrinas nunca saben la hora (1967), Bien venido, amor (1969) y el póstumo Las estrellas se ven de noche (1973); los de Orate fueron recogidos en 2002 con el título Al pie de la tapia (cartas a religiosas). Las páginas de Enfermos Misioneros también fueron anunciando, con una sencilla publicidad y con elogiosas reseñas, varios de estos libros de Manuel Lozano.

El peso específico de la participación de Lolo en Enfermos Misioneros, como muy destacado colaborador —y casi como inspirador—, tiene un calado que va más allá de lo periodístico y literario. Y es que todo apunta a que Manuel Lozano Garrido constituyó una excepcional encarnación del espíritu de la Unión de Enfermos Misioneros y de su revista.

 

 

Un legado de cooperación espiritual

 

Hay un detalle que permite dar una especial clave misionera al conjunto de artículos de Lolo. El primero que firmó en Enfermos Misioneros (mayo de 1960) se presenta como una toma de contacto, dura pero esperanzada, con los sufrimientos de otros enfermos (“amigos de dolor”, les llama). A partir de entonces, como queriendo aclarar el sentido de ese misterio de dolor ajeno y propio, todas sus colaboraciones se enmarcan entre sus dos artículos más explícitamente misioneros: los publicados en Catolicismo en junio de 1960 y en Pueblos del Tercer Mundo en mayo de 1971, también este con ocasión de la celebración, en Pentecostés, de la Jornada de los Enfermos por las Misiones (y a escasos meses de su muerte, en noviembre de 1971).

En el de Catolicismo escribe: “Cada lecho de dolor de un sanatorio o de un hogar, cada sillón de ruedas tienen sobre la cabecera el espaldarazo de un crucifijo misionero”. Y en el de Pueblos del Tercer Mundo: “En esto consiste el tesoro del dolor santificado. Cada cruz sobrellevada con espíritu sobrenatural, un filón. [...] Esta es la colosal potencia de la oración y del sufrimiento, la escalofriante realidad del Cuerpo Uno, que se nutre y se vitaliza entre sí”. Son palabras en las que parece resonar la contestación de Santa Teresa del Niño Jesús a una de sus hermanas de comunidad que la veía caminar dolorida y cansada: “¿Sabe lo que me da fuerzas? Pues ando por un misionero. Pienso que allí, muy lejos, puede haber alguno casi al cabo de sus fuerzas en sus excursiones apostólicas, y para disminuir sus fatigas, ofrezco las mías a Dios”.

¿Hablaba de ella o de Lolo Mons. Ramón del Hoyo, obispo de Jaén y presidente de la Comisión Episcopal de Misiones, cuando escribió en una reciente carta pastoral: “Supo caminar en su inmovilidad con el brío de sus ansias apostólicas y, cuando más se iba deshaciendo su cuerpo, más se fortalecía su espíritu y su cercanía a Dios por la oración contemplativa, sencilla y continua”? Debía de ser de Lolo, porque añade este deseo suyo, tomado de uno de sus libros: “¡Que mi vía crucis sea también redentor!”. Pero las palabras del nuevo beato y las de la santa de Lisieux vuelven casi a confundirse cuando el primero afirma en Catolicismo que el sufrimiento ayuda al hombre a “entrar de nuevo en la esencial vocación de amor”, como haciéndose eco de aquel gran hallazgo de la Patrona de las Misiones: “¡Mi vocación es el amor!”.

Este Manuel Lozano Garrido, este Lolo (que, en la familiaridad del apodo cariñoso con el que en lo sucesivo podremos rezarle, nos recordará ese hogar que es el cielo) es quien ahora es proclamado beato, es decir, ‘feliz’. Feliz él, a quien el Señor ha abrazado en su gloria, como antes le había abrazado en su cruz. Feliz él, que animó a los enfermos a unir su dolor a los padecimientos de Cristo por nuestra salvación. Feliz él, que llenó sus escritos y su vida de una desconcertante alegría, que hoy —en la Unión de Enfermos Misioneros, en OMP, en toda la Iglesia misionera— sentimos tan nuestra.

 

Misioneros Tercer Milenio, nº 106, junio 2010