Por Juan Ignacio Rodríguez Trillo

 

     

Primera etapa. Los niños de Infancia Misionera han conseguido dar la vuelta al mundo en un tiempo récord, cinco años. Como si fuera un videojuego educativo, nos lanzamos al camino a buscar a Jesús y, con los niños de Asia, buscamos apasionadamente al Señor. Nos fuimos al continente donde había nacido. Fue el primer paso del camino, el que el mismo Señor nos señaló: “¿A quién buscáis?”. La búsqueda de Jesús es, para un niño, el descubrimiento del ideal de su vida.

 

Segunda etapa. Formada ya nuestra comunidad virtual, nos fuimos a África. En el continente de la esperanza, con miles de pequeños que sufren y lloran, los niños descubrieron la presencia de Jesús en la vida, en el dolor y la enfermedad del más necesitado, en el corazón del pobre. Y lo descubrieron con alegría. Encontrar a Jesús supone en la infancia un ideal que da una luz nueva al corazón, la voluntad y las motivaciones.

 

Tercera etapa. Y nos fuimos a Oceanía. Tras buscar y encontrar a Jesús, ahora, ¡le seguimos! De isla en isla, sin miedos a las tormentas, con la ilusión de lo nuevo, descubriendo maravillosos parajes y personas que nos hacían sentirnos hermanos y en familia. Oceanía era un buen lugar para la tercera clave de nuestro juego, de nuestra singular vuelta al mundo. La infancia también es el momento para descubrir y decidir una primera llamada a la misión.

 

Cuarta etapa. La alegría del niño es expansiva, comunicativa, y nos fuimos a América para poder hablar a todos de Jesús. No hay barreras para la fe, ni para la misión. Tampoco hay distancias, pues el lenguaje nos comunica y nos hace uno. Hablar de Jesús a todos es la ilusión del niño misionero.

 

Y así, acompañando a los niños por el mundo en estos cinco años, hemos completado un gran recorrido, el de la iniciación de los niños a la fe. Agradecemos esta propuesta de Infancia Misionera en España, que nos ha ofrecido un precioso itinerario de iniciación cristiana que tiene su origen y fin en Jesucristo, al que hay que conocer, celebrar, vivir y hacerse su amigo para compartir la vida. Nos ha mostrado las etapas del camino, desde el encuentro hasta la misión, recorriendo los momentos de la búsqueda, la conversión, el conocimiento profundo, la amistad y el seguimiento. Nos ha ofrecido la pedagogía auténtica, la de la fe, que hace del Evangelio, entregado a los niños, el mejor de los libros, la mejor guía, él único material posible. Nos ha dado la posibilidad de confiar en la infancia y de crear esa hermosa comunidad de niños ilusionados por el proyecto misionero.

Dos textos de Benedicto XVI a los más pequeños nos ayudan a ver la importancia de este camino que hemos recorrido. A los niños de Infancia Misionera, Benedicto XVI les decía –respondiendo a la pregunta “¿cómo podemos ayudarte a anunciar el Evangelio?”–: “Diría, responde el Papa, que una primera manera es esta: colaborar con la Obra Pontificia de la Infancia Misionera. De este modo, formáis parte de una gran familia que lleva el Evangelio al mundo. De este modo pertenecéis a una gran red. Vemos aquí cómo es representada la familia de los diferentes pueblos. Vosotros estáis en esta gran familia: cada uno pone su parte y juntos sois misioneros, promotores de la obra misionera de la Iglesia. Tenéis un hermoso programa: escuchar, rezar, conocer, compartir, ser solidarios. Estos son los elementos esenciales que constituyen realmente una forma de ser misionero, de hacer crecer a la Iglesia y la presencia del Evangelio en el mundo”.

El segundo texto es de Benedicto XVI en su encuentro con los niños en México. Sencillas y hermosas palabras para los pequeños: “Dios quiere que seamos siempre felices. Él nos conoce y nos ama. Si dejamos que el amor de Cristo cambie nuestro corazón, entonces nosotros podremos cambiar el mundo. Ese es el secreto de la auténtica felicidad… El discípulo de Jesús no responde al mal con el mal, sino que es siempre instrumento del bien, heraldo del perdón, portador de la alegría, servidor de la unidad. Él quiere escribir en cada una de sus vidas una historia de amistad. Ténganlo, pues, como el mejor de sus amigos. Él no se cansará de decirles que amen siempre a todos y hagan el bien. Esto lo escucharán, si procuran en todo momento un trato frecuente con Él, que les ayudará aun en las situaciones más difíciles… Cada uno de ustedes es un regalo de Dios. Ustedes, mis pequeños amigos, no están solos. Cuentan con la ayuda de Cristo y de su Iglesia para llevar un estilo de vida cristiano. Participen en la misa del domingo, en la catequesis, en algún grupo de apostolado, buscando lugares de oración, fraternidad y caridad” (Benedicto XVI, encuentro con los niños de México, marzo de 2012).

El texto es una síntesis de todo lo que venimos diciendo al hilo del itinerario que hemos recorrido en estos años:

– La felicidad nace del encuentro con Cristo y de la conciencia de su amor por cada uno de nosotros, y nos lleva a ser discípulos (buscar y encontrar a Jesús).

– Brota de ello un estilo de vida cristiano, que se concreta en: paz, bondad, alegría, unidad, amar siempre a todos y hacer el bien (seguir y hablar de Jesús).

– Y para mantenerlo son necesarias la eucaristía dominical, la catequesis, la oración y la caridad (para poder acoger como Jesús). 

Y ahora... acoger como Jesús:  final de nuestro viaje

Nuestra vuelta al mundo, nuestro juego para ser como Jesús, finaliza ya. Hemos ido recogiendo las cuatro palabras clave: buscar, encontrar, seguir y hablar, y hemos hecho muchos amigos, niños de Asia, de África, de Oceanía y de América, con los que ahora caminamos juntos. Nos falta recoger la última palabra clave para completar nuestra virtual vuelta al mundo y llegar a buen puerto. Esta palabra final es ACOGER. Y no un acoger cualquiera, sino un acoger como Jesús.

La forma de acoger a todos de Jesús es la forma en la que el niño puede encontrar también un sencillo ideal de vida, que es el que Infancia Misionera propone como lema para la Jornada de este año: “acogemos como Jesús”. 

El Evangelio, escuela de acogida

En cada página del Evangelio Jesús muestra su acogida a todos. Al condensarlo en breves líneas, solo es posible ofrecer algunos trazos en los que después cada uno puede profundizar. En el fondo tenemos que partir del hecho de que el misterio de la Encarnación es el abrazo de Dios al hombre, la acogida incondicional a la humanidad del Dios que, siendo rico, se hizo pobre, hombre para vivir entre los hombres y ser nuestro modelo.

A la pregunta “¿cómo acogía Jesús y cómo es así modelo para nuestra forma de acoger?”, responde cada evangelio, cada encuentro, cada signo, cada mirada y cada palabra de Jesús. Un texto clave para saber acoger como Jesús es su encuentro con la mujer samaritana, y lo es porque puede ser autobiográfico de cada uno de nosotros. Aquella mujer fue real, pero también vemos en ella a cada uno de nosotros, vemos en ella a la parte herida de la humanidad. Y también la parte herida de cada uno de nosotros, que ocultamos. Mientras no seamos nosotros los que sintamos la necesidad de ser acogidos por Jesús, no podremos llegar a acoger como Él. La acogida de Jesús es entrar en el misterio de cada uno de nosotros y liberarnos. La acogida a la samaritana es la puerta de entrada en el corazón de Jesús. El encuentro con aquella mujer es un anuncio de comunión, de acogida, de verdad. Es la revelación de la acogida de Dios a cada uno y que nos manifiesta el misterio de amor y comunión para el que fuimos creados. Jesús revela a la samaritana que ella era capaz de amar, pero tenía que entrar en el pozo del agua viva, y nos lo enseña en ella a cada uno de nosotros. Si bebemos de la fuente de Jesús, fuente de acogida honda y entrañable, podremos convertirnos en fuente de acogida, fuente de ternura que dé vida al mundo.

Encontramos en la samaritana tres rasgos de la acogida de Jesús que siempre se dan en el Evangelio y que deben formar parte de nuestra forma de acoger: contacto personal, amor compasivo y gratuidad. Es la “escuela de acogida” de Jesús:

 

Escuela de acogida con la mirada. Mirada a los pecadores a los que restituía en dignidad, a los enfermos a los que sanaba más allá de la enfermedad física y les restituía el alma. Es la mirada de Jesús, que invita a ser como el buen samaritano que no pasa de largo cuando “ve” al hombre caído, aplastado y herido, sino que se entrega por completo para su sanación.

 

Escuela de acogida a través de los gestos. Jesús abrazaba a los niños, se reunía con los pecadores en su casa y en sus comidas, extendía la mano a cualquier enfermo, leproso, ciego, tullido, paralitico, para transmitirle salvación y amor.

 

Escuela de acogida a través de las palabras. ¡Qué palabra de Cristo no refleja acogida! Sed compasivos, sed misericordiosos, perdonad, no maldigáis, no temáis, todo es posible… Todas y cada una son reflejo de aquel Dios que hace salir el sol sobre justos e injustos, buenos y malos, ya que de todos es Padre. 

Con los niños de Europa... acogemos a todos como Jesús

Es en Europa donde nuestro viaje por el mundo llega a su fin. Un continente abierto siempre a la misión, que acogió desde el comienzo el Evangelio y formó una cultura cristiana basada en la acogida, el bien, la paz y la verdad, y que por ello fue faro de civilización, pero que se encuentra hoy ante la honda crisis del rechazo de esta fe que la hizo grande. Nuestro lema de este año es un grito, como el de los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, que han pedido a Europa no abandonar su ser más íntimo, la fe en Jesucristo.

Dijo Benedicto XVI en Santiago de Compostela: “Es necesario que Dios vuelva a resonar gozosamente bajo los cielos de Europa. Europa ha de abrirse a Dios, salir a su encuentro sin miedo, trabajar con su gracia… La Europa de la ciencia y de las tecnologías, la Europa de la civilización y de la cultura, tiene que ser a la vez la Europa abierta a la trascendencia y a la fraternidad con otros continentes, al Dios vivo y verdadero desde el hombre vivo y verdadero. Esto es lo que la Iglesia desea aportar a Europa: velar por Dios y velar por el hombre, desde la comprensión que de ambos se nos ofrece en Jesucristo” (6 de noviembre de 2010).

Por ello, los niños de Europa educados en la fe son hoy la esperanza para que este continente no pierda el amor a Jesucristo. Son ellos los que, tras este hermoso camino de búsqueda, encuentro y seguimiento de Jesús, podrán ser, ya hoy, los pequeños misioneros de sus ambientes, de los otros niños que no han conocido a Jesucristo, y en el mañana, los misioneros que lleven la fe a los no cristianos, allí donde estos se encuentren. Confiamos en que nuestros niños, iniciados a la vida cristiana, puedan ser para las próximas generaciones esas personas de fe que ayudan en la travesía del desierto y que son tan necesarias: “Personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia la Tierra y mantengan viva la esperanza. Hoy más que nunca evangelizar quiere decir dar testimonio de una vida nueva, transformada por Dios, y así indicar el camino” (homilía de inauguración del Año de la Fe, 11 de octubre de 2012).

Es lo que encomendamos a nuestros niños, para el bien y el futuro de la fe en Europa.