Por D. Anastasio Gil García
Director Nacional de OMP

 

     

El Secretariado de Infancia Misionera de España se propuso, hace cinco años, recorrer con nuestros niños los cinco continentes. El programa tenía un carácter formativo, inspirado en la iniciación cristiana, y en compañía de los niños del continente visitado. El itinerario se inició en Asia, donde los niños trataron de buscar a Jesús. El lema que se les propuso en el año 2009 era un reto: “Con los niños de Asia... buscamos a Jesús”. Al año siguiente, 2010, fue en compañía de los niños de África cuando vivieron la experiencia del encuentro con el Señor. Una vez lo encontraron, se decidieron a seguirlo, pero no solos, sino en compañía de los niños de Oceanía, allá por 2011. El grupo se iba incrementando, hasta el punto de vivir, entre todos, la alegría de compartir la vida con el Maestro. Llegó el momento, en 2012, de hablar de Jesús en unión con los niños de América. Finalmente, en este 2013, los niños de Infancia Misionera invitan a los niños de Europa para formar una familia con Jesús y, para ello, se les propone como lema “Con los niños de Europa... acogemos a todos como Jesús”.

Todo arrancó del III Encuentro Nacional de Infancia Misionera, en el año 2009, donde miles de niños se proclamaron misioneros y se comprometieron, junto con sus padres y educadores, a vivir la experiencia de la universalidad. Con el aliento recibido en aquel añorado Encuentro, la mayoría de los grupos de niños, apoyados en los recursos pedagógicos que se les han ofrecido, han hecho realidad el carisma fundacional de esta corriente misionera que se inició hace 170 años. Lo que entonces fue una pequeña llama, ahora se ha convertido en un fuego abrasador para contagiar el entusiasmo apostólico a las familias, los centros educativos, las parroquias... Así es la vida de estos “pequeños misioneros”. 

La cosa empezó en Francia

El obispo francés Carlos-Augusto Forbin-Janson se siente profundamente conmovido ante las noticias que le llegan de los misioneros que trabajan en Extremo Oriente. La situación dramática de la población y, especialmente, de los niños le mueve a tomar partido para ayudar a los misioneros que están gastando su vida en favor de los pobres, entre los cuales los niños alcanzan prioridad, por ser los más vulnerables. La certeza de que miles de niños mueren sin el bautismo, y la situación de tantos otros que están hambrientos, enfermos y abandonados le lleva a poner en marcha un movimiento de solidaridad. Para ello no acude a los poderosos, sino a los niños que hay en su diócesis. Les hace partícipes de esta situación y les ofrece la posibilidad de acompañarle para ayudar a otros niños. Como Pablo, escucha la llamada del macedonio: “Ayúdanos”. Obediente a la llamada, Forbin-Janson pasa a la otra orilla, fortalecido con la cercanía de esos niños de su diócesis. De esta manera se ha abierto un nuevo cauce de solidaridad entre los niños de la Tierra. Fue en el año 1843. 

Pío XI la asume como propia

El 3 de mayo de 1922, el papa Pío XI proclama y asume como propia esta iniciativa, a la que en sus primeros tiempos se veía como rama infantil de la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe. De esta forma, lo que en un principio el Espíritu Santo suscitó en el corazón de un obispo pasa de manera definitiva a ser compromiso de toda la Iglesia.

Posteriormente, el 4 de diciembre del año 1950 el papa Pío XII instituye la Jornada Mundial de Infancia Misionera; esta había de celebrarse entre la Navidad y la fiesta de la Purificación (2 de febrero). En nuestro país, desde hace ya muchos años, la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española ha acordado que esta Jornada se celebre el cuarto domingo de enero, una vez que los niños se han incorporado al colegio y a la vida normal, después de haber concluido las fiestas de Navidad.

La Jornada de Infancia Misionera es la culminación de un programa de formación y de compromiso misionero –que los niños han vivido en la familia, en la escuela, en la comunidad cristiana…–, iniciado el primer domingo de Adviento. Durante ese tiempo se les ofrecen recursos pedagógicos e informáticos para ser niños misioneros. Tal vez uno de los acontecimientos más simpáticos es contemplar a estos grupos de chavales por las calles y plazas de pueblos y ciudades, siendo “sembradores de estrellas”, sin pedir otra cosa que una sonrisa. Más tarde depositarán sus ahorros en la “hucha del compartir”, junto con las aportaciones familiares, para entregarlos después en la colecta de Infancia Misionera, como hicieron los amigos del obispo Forbin-Janson. 

Las necesidades no han cambiado

Las circunstancias en las que viven más de la mitad de los niños en el mundo desgraciadamente no son distintas de las que movieron a Mons. Forbin-Janson a salir de los límites de su diócesis para ir al encuentro de los “hijos de la miseria”. Las agencias de noticias son persistentes en la denuncia de situaciones de la infancia en muchos países. Sirvan como muestra los siguientes datos sobre la “no existencia” de los niños en África, aportados en un foro organizado por Unicef, del que informa la agencia “Fides”: “Nacen, viven y mueren, pero no consta que hayan existido nunca: todavía más de la mitad de los niños africanos no resultan inscritos en el registro civil en su nacimiento, por lo que carecen de cualquier derecho, resultando ciudadanos que ‘no existen’. Según los cálculos realizados, en una zona rural pobre, donde la gente vive con menos de 1 dólar al día, un residente debería pagar 25 dólares para registrar el nacimiento del propio hijo en un centro urbano y obtener el certificado. Todavía en el siglo XXI permanece este resto de colonialismo que no prevé la inscripción de los nuevos nacimientos en el registro civil. Entre otros riesgos de esta grave falta, en el caso de que los menores sean detenidos, son tratados según las leyes que se aplican a los adultos, ya que no hay documentos que certifiquen su edad”.

Estos hechos no son un fenómeno aislado o exclusivo del continente africano. Desgraciadamente se dan en el mundo entero, bajo fórmulas distintas. A modo de ejemplo, miremos a América Latina, donde nos sorprenden noticias preocupantes. En Ecuador 15.000 niños trabajan como vendedores ambulantes en las calles de la ciudad. De ellos, el 63% emplean más de 40 horas a la semana hasta recaudar entre 100 y 1800 dólares al mes, que han de entregar a los explotadores. En países supuestamente más desarrollados del continente americano, como es el caso de Brasil, un millón de niños de entre 10 y 14 años son trabajadores-mendicantes, mientras que en Chile la violencia doméstica aumentó en el año 2011 un 8%, y el asesinato de los menores, un 33%. 

Es la hora de los niños

La Obra Pontificia de la Infancia Misionera sigue alentando el compromiso misionero de los niños que desean colaborar con sus objetivos. Desde esta perspectiva, la actual secretaria general de esta Obra Pontificia, la doctora Baptistine Ralamboarison, animaba a los niños congregados ante el Santo Padre el pasado 6 de enero: “Muchachos, sois de la Infancia Misionera, capaces de creer en el papel que se os ha confiado, el de dar testimonio de vuestra fe todos los días con el espíritu de compartir y de solidaridad con vuestros compañeros dondequiera que estén… Con el entusiasmo, la creatividad y la energía de vuestra propia juventud, juntos formáis una fuerza capaz de transformar la oscuridad en luz… No tengáis vergüenza ni incertidumbre, confiando siempre en Dios. Él, en su grandeza, se ha hecho pequeño para revelarse al mundo y ser entendido por los hombres. Sigámosle”.

Hoy más que nunca los niños del mundo necesitan unos de otros. Ellos pueden sentir la necesidad de apoyarse y ayudarse. Es cierto que no pueden eliminar el sufrimiento de quienes padecen la marginación y el hambre, pero pueden vivir la experiencia de abrir los brazos y el corazón para acoger a los demás como lo hizo Jesús. El corazón de un niño no tiene fronteras; por eso, el mensaje del obispo Carlos-Augusto Forbin-Janson caló y se expandió con rapidez. Hoy podemos contemplar, después de 170 años, que el carisma fundacional cuenta cada día con más vitalidad, especialmente en los países donde los niños tienen la oportunidad de seguir un mínimo proceso formativo y de descubrir que la caridad evangélica es la fuente de su felicidad.