Institutos y Congregaciones Misioneras

 

 

Adoratrices de la Sangre de Cristo

Edifican el Reino de Dios sintiéndose Iglesia, ciudadanas del mundo

Estas mujeres son como las ramas de un árbol que extienden sus brazos hacia toda la humanidad: hombres y mujeres, jóvenes y mayores. Se encuentran presentes en diversas partes del mundo, pero pertenecen a una única planta, la Congregación de las Adoratrices de la Sangre de Cristo, nacida de la semilla sembrada por el mismo Dios en el corazón de una mujer: María De Mattias.

¿Quién es María De Mattias? Una joven que, a sus 29 años, inspirada por san Gaspar del Bufalo, fundador de los Misioneros de la Preciosa Sangre, y guiada por Juan Merlini, también misionero de la Preciosa Sangre, el 4 de marzo de 1834, en un pueblecito del Lazio, en el centro de Italia, fundó una congregación con un proyecto muy claro: difundir el conocimiento y la devoción al Misterio de la Sangre de Cristo y colaborar con Él en la obra de la salvación. Para realizar esta misión, María De Mattias eligió la evangelización directa por medio de la predicación, la catequesis y la enseñanza.

En un territorio donde no había escuelas, María de Mattias aprendió sola a leer y a escribir, se convirtió en maestra y fundó un instituto de maestras. En un tiempo en el que existía una fuerte preocupación por la carencia de formación religiosa, llegó  a ser catequista y maestra de catequistas. En una época en la que a la mujer le estaba prohibido anunciar la Palabra, se convirtió en una predicadora incansable del amor de Dios.

Inventa ministerios que constituyen “formas nuevas en el mundo” y que transgreden las costumbres y las rígidas normas de las congregaciones femeninas: organiza reuniones para mujeres y hombres, catequesis nocturnas para los hombres del campo, jornadas de retiro y ejercicios espirituales para toda clase de personas; viaja, escribe, predica…

La sana teología, la experiencia mística y la incansable acción apostólica, reflejadas en las miles de cartas escritas de su puño y letra, demuestran cómo lo humano y lo divino se habían fundido en ella: una mujer toda de Dios y toda para el “querido prójimo”.

Contemplativa hasta el éxtasis y amante del prójimo hasta la hiperactividad, María De Mattias muere en Roma el 20 de agosto de 1866, después de haber fundado más de sesenta comunidades y dejando tras de sí más de doscientas seguidoras. El 18 de mayo de 2003, el papa Juan Pablo II confirma la grandeza de su espíritu y la propone como modelo de santidad para toda la Iglesia.

 

Ministerios

Son muchos y diversos los ministerios que las Adoratrices de la Sangre de Cristo han realizado y siguen realizando en y a través de la Iglesia a lo largo de sus 177 años de historia. Siempre fieles al Espíritu, han ido cambiándolos y adaptándolos a los nuevos desafíos y a las nuevas exigencias del territorio donde han estado y están presentes.

Hoy estas mujeres ofrecen  una presencia hecha de pequeñas grandes cosas. Cercanas a los pobres, a aquellos a quienes les falta lo indispensable y necesitan volver a encontrar la dignidad perdida después de años de penurias. Cercanas con la palabra, pero también con la ayuda concreta. Portadoras de reconciliación y de fraternidad en una situación lacerada por los contrastes, por la lucha por la supervivencia y por el recurso a la violencia de las armas. Viven y comparten con la gente pobre y sencilla sus ansias y esperanzas, viven con y para la gente socorriéndola, sosteniéndola, infundiéndole motivos de esperanza (Albania, Bielorrusia, Bosnia, Croacia, Polonia, Serbia, Siberia, Ucrania).

Estas mujeres eligen vivir al lado de los niños y de los jóvenes; se consagran a la educación, a la formación de las jóvenes generaciones, facilitándoles el acceso a la cultura, abriéndoles nuevos horizontes, preparándoles para ser protagonistas de su propia historia y del futuro de su propio país (Argentina, Bolivia, Brasil, Filipinas, Guatemala, Guinea Bissau, India, Mozambique, Perú, Tanzania).

También, como Jesús, estas mujeres prestan una atención especial a los enfermos, a aquellos que, a causa de la pobreza, no son merecedores de asistencia sanitaria. Dirigen centros médicos para prever las situaciones de emergencia y curar la tuberculosis, la malaria, los parásitos, la desnutrición...; hacen visitas a domicilio para limpiar y curar llagas, llevando siempre en su botiquín el don de una palabra amiga, de una sonrisa.

Promueven, preparan y promocionan agentes sanitarios para el propio territorio; educan y responsabilizan a las madres sobre enfermedades infantiles, normas higiénicas y posibles recursos (Brasil, Filipinas, Guinea Bissau, India, Tanzania).

Mención especial merece el   Villaggio della Speranza en Tanzania, clínica-residencia, con 150 plazas, para niños huérfanos o abandonados enfermos de SIDA. El programa de este centro tiene en cuenta y trata de dar solución a todos los aspectos de la vida de un niño: el afecto y clima familiar, la salud física y psicológica, la formación humana, educativa y espiritual, la socialización con niños del entorno del centro.

En cualquier parte del mundo donde hoy están presentes, estas mujeres están llamadas a ser levadura evangélica que fermente en la masa del consumismo y de la globalización, a ser presencia de vida y esperanza en el mundo de la marginación, de la soledad, del “sin sentido”.

Están llamadas a encarnar el Evangelio, con gestos de amor, en la cultura de la solidaridad, de la reconciliación, de la fraternidad humana (Alemania, Australia, Austria, Bélgica, Corea, Estados Unidos, España, Italia, Liechtenstein, Suiza).

Para las Adoratrices, los diversos ministerios que realizan en el servicio al “querido prójimo” (actividades pastorales, educativas, sanitarias, sociales...) son los medios que la Providencia les ofrece para llevar a cabo la única misión que han recibido del Señor: testimoniar el amor de Dios en la propia vida y “hacer que todos conozcan... al Amor Crucificado, Jesús” (MDM).   

 

 

DATOS DE CONTACTO

ADORATRICES SANGRE DE CRISTO

 

 

Por Hna. M.ª Dolores Rodríguez
Adoratrices de la Sangre de Cristo
Artículo publicado en Misioneros Tercer Milenio, nº 119, noviembre 2011