Anunciando la verdad

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a Congregación de Santo Domingo formamos parte de la gran familia dominicana, fundada por Sto. Domingo de Guzmán, como un instituto de vida religiosa creado en 1907, en Granada, por la Madre Teresa Titos Garzón. Y nace este instituto religioso imbuido de un carácter universal que exige a todos sus miembros plena disponibilidad para la misión ad gentes.

En la actualidad las 300 hermanas que integramos la congregación estamos presentes en siete países: Venezuela, Colombia, Cuba, R.D. del Congo, Camerún, Ucrania y España. Allí nos volcamos en una serie de actividades encaminadas a garantizar “la educación en la fe” de las gentes con las que convivimos; bien en centros educativos –jardines de infancia, colegios, institutos y universidades–, bien en programas de promoción de la mujer, bien atendiendo a la infancia en situación de riesgo... Nuestra labor en lugares de extrema pobreza o misiones vivas se centra tanto en la atención pastoral de las parroquias como en la ayuda humanitaria, social y sanitaria.  

 

Expansión misionera

La expansión misionera de la Congregación de Santo Domingo se inició en 1922 con la fundación de nuestra primera casa en América. En cada país en que estamos nos organizamos por provincias, correspondiendo a cada una de ellas diversas y variadas misiones.

En 1963 abrimos en Kamarata, Venezuela, nuestra primera misión entre los indios Pemones de la Gran Sabana. Allí nos volcamos en su educación. Aquellos indígenas, que por aquel entonces vivían en bohíos diseminados –cabañas hechas de madera y ramas–, ahora forman un precioso poblado, agrupados en torno a la misión.

Unos años después, en 1972, nos establecimos en la R.D. del Congo, en Medje Mango, con los Mangbetus, tribu ancestral, guerrera, de origen nilótico, que se caracterizan por su cabeza ovalada, que se deforman de la manera más dolorosa que se pueda imaginar. A los bebés les ciñen una liana, como si fuera una diadema atada en la base del cerebro, donde se abre una herida mortal. Los que lograban sobrevivir eran “los verdaderos mangbetu, la raza pura”. Nuestra labor misionera en estas circunstancias abarcaba todos los ámbitos: educación, pastoral, catequesis, oración dominical (4 años sin sacerdote), enfermería –atención a más de 2.000 leprosos–, saneamiento de fuentes, construcción de escuelas, formación de jóvenes religiosas...

El aislamiento y las dificultades nos obligaron, después de ocho años, a cerrar esta misión. Nos establecimos entonces en Isiro, capital de la subregión del Alto Uelé, zona fronteriza con los países que protagonizan la guerra de los Grandes Lagos. Aquí atendíamos a los pacientes de un hospital y nos encargábamos de la educación para la prevención del SIDA, tuberculosis y toda clase de enfermedades tropicales. Se fundó también el Centro San Martín de Porres, donde, además de la formación de catequistas y enfermeros, se daban conferencias y se  realizaban las más variadas actividades parroquiales, apostólicas, pastorales, sociales y sanitarias. Ahora Isiro espera de nuevo nuestra vuelta, pues en 1996 tuvimos que abandonarlo a causa de la guerra. En estos momentos, tenemos una misión en Kinshasa. Otro país africano en el que abrimos dos misiones después de la guerra de los Grandes Lagos es Camerún. Allí se ha puesto en marcha un hospital en el que, como símbolo de familia, trabajan diversas comunidades dominicanas.

 

Educación integral

Cuba es otro de los países que ha llamado la atención de nuestra congregación. Llegamos a la isla caribeña con motivo del V Centenario del Descubrimiento de América. Desde entonces caminamos junto al pueblo en sus angustias, sueños y fracasos. Nuestra actitud es de escucha, de acompañamiento; es la presencia de quien predica más con su “estar” que con su “hacer”. Esta labor callada y valerosa es de gran utilidad.

Nuestra presencia en Ucrania se inicia en 1997. El objetivo de nuestra misión en los países de la antigua Unión Soviética es procurar su evangelización a través de la educación integral. Hasta ahora, sin embargo, ha sido imposible abrir un centro especial de educación católica. Los ortodoxos tienen el monopolio. Hemos encontrado, sin embargo, alternativas camufladas que, en cierto modo, nos permiten llevar a cabo nuestro compromiso. Trabajamos con los niños de familias carentes de recursos y con los niños de la calle, en horas extraescolares. Se les prepara para la acogida en familias en el extranjero durante las vacaciones. Con los jóvenes mantenemos encuentros de formación y estudio. Damos charlas de formación católica a los padres de los niños y nos ocupamos de las madres solteras. Hay un proyecto de acogida para albergar a las jóvenes que a los 18 años tienen que abandonar el orfanato y que, sin rumbo ni hogar, están expuestas a todo tipo de abusos.

Nuestra meta en la década de los 90 fue establecernos en Docordó; un pueblecito colombiano situado a la orilla del río San Juan. Allí, en medio de la selva, se desplazaron las hermanas en busca de nuevos destinatarios de su acción evangelizadora, para acompañar a estas gentes que viven en la incertidumbre y la agonía a la que da lugar la situación conflictiva que vive el país. Las hermanas surcan el río para llevar la palabra de Dios –que es luz, consuelo y esperanza– entre caseríos indígenas y afrocolombianos, diseminados por una amplia extensión de territorio.

Finalmente, como proyecto de futuro, la Congregación de Santo Domingo tiene el propósito de fundar misiones en Asia.

Con toda esta labor la Congregación traduce a la vida las palabras de su fundadora, Teresa Titos: “Con tal de que se salve un alma, que es eterna, todos los sufrimientos son nada en comparación de esto”.

 

DATOS DE CONTACTO

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Por Delegación de Misiones
Congregación de Santo Domingo
Revista Misioneros Tercer Milenio