Para decir a todos que Dios existe y es Amor |
||
uando
Dios irrumpe en la vida de una persona, le ensancha los horizontes y le
hace capaz de entrar, con gran maravilla y humildad, en su mundo
inefable; al mismo tiempo y de la misma forma, la conduce por los
caminos del hombre. De hecho descubre el Proyecto que tiene el Padre
sobre la humanidad entera y sobre cada criatura y siente muy fuerte la
necesidad de colaborar para actuar en este plan de salvación. María
Oliva, fundadora de nuestra Familia Religiosa, hizo esta experiencia.
Por eso nos viene al encuentro con una carga potente de “pasión por
el hombre”, que nos la hace cercana, interesante, “apasionada” por
nuestras vicisitudes.
El Misterio de la Iglesia fue, de hecho, el eje de su vida, el punto focal donde tomaba y encontraba las respuestas para su exigencia de contemplación y a la vez el empuje vital para la acción. María
Oliva continúa hablando, por medio de sus hijas, por una “pasión”
que comparte con la Iglesia-Madre... con María, Madre de la Iglesia; la
misma ansia de Jesús: “¡Padre, que todos sean uno!” (Jn 17, 21). Una mujer en el
corazón de la Iglesia
María
Oliva Bonaldo nace en Castelfranco Veneto (Italia) el 26 de marzo de
1893 y muere en Roma el 10 de julio 1976. El
hecho que cambia totalmente su vida es un don gratuito e imprevisible de
Dios, que irrumpe en su existencia, transformándola completamente. El
22 de mayo de 1913, fiesta del Corpus Christi, María decide participar
en la procesión eucarística, que se hacía cada año en la plaza del
Giorgione en Castelfranco, superando sus reparos iniciales, ya que en el
ambiente de colegas y amigos se consideraban “beatas” a las personas
que manifestaban públicamente su fe. Ella
misma cuenta de aquel día memorable, que da la vuelta decisiva a su
vida: “Tenía veinte años cuando, con ocasión de la fiesta del
Corpus Christi, sentí la inspiración de ir… Allí el Señor me
esperaba para pagarme de Señor. Cuando el Sacerdote levantó la Hostia
Santa para bendecir, yo no sé: comprendí a Jesús, tuve una idea muy La
necesidad de dedicarse por completo a Dios se manifiesta en María Oliva
como exigencia de ofrecerle a Él una Obra, un instituto dedicado al
servicio de la Iglesia porque: “La Santa Iglesia no es conocida, la
Santa Iglesia no es amada, porque no es conocido, ni amado el Amor que
la ha engendrado en el dolor...”. En
su corazón nacen las Hijas de la Iglesia, pero las obras de Dios surgen
sólo después de haber germinado durante mucho tiempo en el silencio y
en el sacrificio. Después de muchas contrariedades, el 24 de junio de
1938, comenzó en Roma con algunas jóvenes, la experiencia de vida
según el don recibido. Nuestro nombre,
nuestro carisma
Haciendo
honor a nuestro nombre estamos volcadas en “Conocer, amar y
testimoniar a la Iglesia, hacerla conocer y hacerla amar; orar, trabajar
y sufrir por ella hasta el sacrificio de la salud y de la vida, si Dios
lo quiere, a imitación de Jesús quien amó a la Iglesia y por ella se
sacrificó a sí mismo”. Somos
382 hermanas y tenemos 66 comunidades presentes en el mundo: Italia,
Francia, España, América Latina, India y Turquía. Hemos
nacido en la Iglesia, exclusivamente para esto: “para desempeñar en
el Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia nuestra Madre, la función del
corazón que es el amor (la contemplación), y además la de la sangre,
que recibe su actividad del corazón y llega hasta las últimas fibras
del cuerpo, dando calor y consumándose (el apostolado y el sufrimiento
apostólico).
Estamos llamadas a revelar y comunicar la “única Realidad que debiera interesar a los hombres: que Dios existe y es completo Amor” en los diversos contextos culturales, también por medio de la misión ad gentes, para llevar el anuncio del Evangelio y colaborar en el servicio de la promoción humana. Nos encarnamos en las diferentes culturas, “gozosas por descubrir y dispuestas a respetar los gérmenes del Verbo que ahí se esconden”, atentas para hacer surgir los valores humanos y espirituales de cada persona. Nuestra
misión ad gentes se realiza preferentemente en los ambientes menos
asistidos y en los países más pobres como: Bolivia, Brasil, Colombia,
Ecuador, India, Turquía. En
cada nación en la cual estamos presentes animamos la Adoración
Eucarística porque de la Eucaristía brota, para la Iglesia y para
nosotras, la actividad evangelizadora que se expresa en:
Por
Lucía Alonso Mateo |