l 24 de julio
del 2006 finalizaba el VII Capítulo General de las Misioneras
de María Mediadora, celebrado en Piedralaves, Ávila, bajo el
lema: “Con María, abriendo caminos de fraternidad”. Habían
sido días de oración, de escucha, de compartir... pero, sobre
todo, de apertura a los designios de Dios en este momento
concreto de la historia del mundo y de nuestra propia Congregación.
Una historia que para nosotras se remonta a los años treinta y
que parte de una mujer: Rosario Fernández Pereira, nacida en
Borreiros, Pontevedra, el 1 de mayo de 1908, el instrumento que
Dios eligió para dar vida a la Congregación.
Cuando el 7 de enero de 1939 Madre Rosario dejaba el
convento de clausura de las Dominicas de Belvís, en Santiago de
Compostela, con un permiso de exclaustración por motivos de
enfermedad, en su fuero interno sabía que nunca más volvería
a él, que la puerta del convento –en el que se aloja la
Virgen del Portal de la que era tan devota– no sólo se cerraría
aquel día tras verla partir sino que no se abriría de nuevo
para su regreso. Atrás quedaban los doce años vividos entre
aquellos muros y los sueños albergados en ellos. Por delante
tiene un largo y penoso camino: recuperarse de la enfermedad a
la que parece estar desahuciada y cumplir después el mandato
que el Señor le ha dado un 5 de enero de 1937.
Una especial llamada
Los caminos de Dios son inescrutables y siempre
sorprendentes. Rosario había sentido una especial llamada en su
condición de religiosa de clausura para formar un grupo de
mujeres que vivieran el mandamiento del amor. Mil veces había
resonado en ella el texto de San Juan: “Amaos los unos a los
otros como yo os he amado”. Quiso hacerlo vida junto con las jóvenes
que llegaban al convento. Sentía una y otra vez que tenía que
vivir de una manera sencilla ese amor fraterno, mostrarlo desde
su convento a una sociedad herida por la Guerra Civil; una
sociedad llena de resentimiento y dolor. Quería que María, la
madre de Dios, fuera el modelo, el camino, el apoyo de quienes
desearan vivir ese amor con tal fuerza que contagiaran y
convencieran.
Su enfermedad acabó con el proyecto, pero no con el deseo.
De vuelta a su casa, junto a su familia, todos esperan lo que
parece ya inminente: la muerte de la “monjita”, como se la
conoce en Bayona y Borreiros. Sin embargo, de nuevo el Señor le
muestra a Rosario la fuerza de su inspiración al levantarla de
la cama un 11 de abril de 1940 y lanzarla a cumplir su mandato.
Aquella primera inspiración de Madre Rosario se va
clarificando y haciendo vida. Siente con fuerza la necesidad de
vivir el mandamiento del amor, de imitar el estilo de los
primeros cristianos, teniendo siempre como horizonte a María,
la mujer del sí. Quiere que sus religiosas engendren la Palabra
de Dios en su interior y la entreguen sencillamente como palabra
del Padre, palabra de verdad, de reconciliación y fraternidad
para el mundo entero.
Comienza así el camino de un grupo de mujeres que pasan
primero por ser de clausura en Bayona a ir, poco a poco,
abriendo senderos por el mundo. En 1942 se crea la Pía Unión;
el 24 de mayo de 1962 recibe la aprobación diocesana y el 8 de
mayo de 1975 la pontificia. Desde siempre Madre Rosario contó
con la ayuda, el apoyo y el consejo del Padre Esteban González
Vigil, dominico de la Provincia de España, que supo esperar,
confiar y ver los designios de Dios en cada momento, en cada
obra y en cada acontecimiento vividos por la Congregación.
El eje de nuestro ser
Cuando Madre Rosario fallece en Borreiros, en 1992, las
Misioneras de María Mediadora, estamos presentes en cuatro
continentes. A lo largo de toda su vida retomaba una y otra vez
aquella primera inspiración sentida un 5 de enero de 1937. Para
ella la dimensión fraterna, el vivir unidas y el acoger a
quienes se acercan a nuestras comunidades y misiones consituyen
el eje de nuestro ser. Quiere que seamos mediadoras al estilo de
María, dispuestas a salir corriendo hacia la montaña como ella
hizo para visitar a su prima Isabel o a interceder por las
necesidades de los otros como se mostró en Caná de Galilea. El
Magnificat, la oración de agradecimiento y alabanza que ella
entona al saberse depositaria de la Palabra que se hará vida,
tiene que ser el canto que toda Misionera de María Mediadora
entone para bendecir a Dios.
Siente una especial atracción por las Bienaventuranzas, tomándolas
no sólo como un modo de permanecer ante el Señor sino como el
camino a través del cual Dios se nos muestra en los pobres, los
humildes, los mansos, los perseguidos... Con ellos, a su lado,
vamos haciendo vida nuestro ser de consagradas, de mujeres
llamadas a realizar una misión dentro de la Iglesia.
En 1982 Madre Rosario renuncia a ser superiora general de la
Congregación. Vuelve a su pueblo natal, a la comunidad que allí
está, quiere iniciar un nuevo proyecto, algo que lleva dentro
desde hace tiempo pero al que no ha podido aún dar forma. Ve
con claridad el papel de los laicos, su fuerza, su capacidad de
trabajar por la Iglesia que ella tanto ama. Sueña con crear una
familia en la que, desde su condición de no consagrados, se
unan y sean igual a sus misioneras, que vivan el mismo carisma.
Se empeña en ello, pero la muerte no la deja terminar. La misma
casa que la vio nacer, la deja partir hacia el Padre un 28 de
junio de 1992. Sus restos reposan, junto con los del Padre
Esteban, fallecido en 1977, en Piedralaves.
Su respuesta fiel a los designios de Dios y su deseo de
extender el carisma entre los laicos permanecen vivos en quienes
continuamos la obra por ella iniciada. Con María queremos abrir
caminos de fraternidad que lleven unidad y amor a un mundo
castigado por el sufrimiento, la desesperanza y la
incredulidad.
Mercedes
Arbesú Suárez
Misionera de María Mediadora
Revista Misioneros Tercer Milenio
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