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esde
la mirada del Dios Amor, Misericordia, somos enviadas a ser corazón
abierto, mano tendida, palabra de esperanza, compromiso
liberador. Estas palabras nos pueden definir como Misioneras de Jesús,
María y José en cuanto somos y hacemos.
Nos
sentimos identificadas en las palabras de Jesús : “El Espíritu del Señor
sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva,
dar vista, dar libertad...”.
Nos
sentimos urgidas por Jesús de Nazaret, que se compadece de los que hoy en
nuestra tierra pasan hambre; de los que están postrados en sus camillas
sin poder levantarse. Urgidas por el Buen Pastor que va en busca del
atrapado, marginado; por el Buen Samaritano que carga sobre sí...
Hacer
presente el amor-misericordia
No son grandes obras, sino servicios sencillos. Es estar atentas, “con
el corazón abierto a todos”, en cercanía, sin distancias. Es dar la
mano en solidaridad; llevar aliento, una palabra de esperanza, cuando
parece cerrado el horizonte de la vida.
Es
trabajar, con todos los medios que estén a nuestro alcance, con ellos y
por ellos, para abrir caminos y superar situaciones que encierren
autodestrucciones, marginación, falta de desarrollo humano. Es un
compromiso de liberación de niños, jóvenes, familias, enfermos; desde
sus mismas y singulares concreciones, paso a paso, día a día.
Es
ser voz de los que no tienen voz en situaciones extremas de anulación,
injusticia, peligro, etc. Es tender un puente entre el Dios-Amor y el
hombre que sufre...
Así
nacimos y nos extendimos por el mundo
Nuestra fundadora, Madre Dolores Domingo, escuchó la llamada de Dios para
ser esa presencia suya de Misericordia y cercanía, junto al lecho de jóvenes,
heridos en sus cuerpos y en sus almas por una implacable guerra civil,
fraticida: al comprobar las consecuencias de la pobreza, el analfabetismo,
las emigraciones impuestas por conflictivas situaciones sociales y políticas.
Nacimos
injertadas en un mundo de sufrimiento con un reto permanente de respuesta
evangélica. Hechas “uno” con los pobres y para los pobres, en el
suburbio del Madrid de la posguerra española. A mediados de los años
cuarenta del pasado siglo, se fue desvelando y desarrollando nuestro
carisma, contemplando al Dios Amor, reflejado en Jesús, en María, en José
y en la realidad de aquéllos a los que habíamos sido enviadas y que
sobrevivían inmersos en el hambre, la enfermedad, la marginación, el
odio y hasta el alejamiento de Dios, cuyo rostro no les era fácil
descubrir desde su amarga situación.
Carisma
misionero
Como hijas de la Iglesia, como misioneras, nacimos con la ilusión de
llevar a Cristo por todo el mundo, de pasar por él “haciendo el
bien”; de llevar en el testimonio de nuestras vidas pobres, sencillas y
alegres, la esperanza del mensaje evangélico, donde quiera que se
encuentren estos seres humanos que sufren. (Const. n. 96-97)
Muy
pronto traspasamos las fronteras del suburbio de Madrid y España. A los
pocos años de nuestra fundación, en 1951, abrimos la primera misión en
África, en Marruecos. En 1956 embarcamos hacia Texas (EE UU) para estar
junto a las realidades de marginación y pobreza de “los hispanos”. En
1958 fuimos con los emigrantes españoles de las minas de Bélgica. En
1964 partíamos para Latinoamérica, al norte de Chile: un pequeño pueblo
pescador y minero nos esperaba. En 1970 llegamos al corazón de África:
Ruanda. En 1993, a zonas de pobreza rural del norte de México.
¿Qué
hacemos hoy?
Seguimos adelante con nuestro compromiso evangelizador en respuesta a
realidades de este nuevo milenio en el que, a pesar de tantos avances
científicos, económicos, sociales, no se ha conseguido superar las
situaciones de hambre, injusticia, marginación, sufrimiento humano... Son
diversas las zonas, diversos los rostros y las formas de pobreza. Pero ahí
están, y se manifiestan con toda intensidad y a veces hasta con el mayor
de los dramatismos.
Las
obras y actividades apostólicas a las que nos dedicamos son muy diversas;
depende de situaciones y necesidades.
En
el Tercer Mundo estamos en zonas rurales y marginadas. Nos centramos en
una labor de promoción humana, desarrollo integral de jóvenes,
discapacitados...; en la
lucha contra el hambre y la desnutrición; en el servicio sanitario, el
apoyo a familias, a los marginados, encarcelados, etc. Lo llevamos a cabo
en pequeños centros propios o colaborando con Cáritas y diversas ONGs...
Al mismo tiempo nos integramos en la labor pastoral de una nueva
evangelización, desde las diócesis, parroquias...
En
el Primer Mundo, estamos insertas en barrios obreros, de inmigración y
conflictividad diversa. Nuestra actividad apostólica más amplia se
orienta en la ayuda y promoción familiar; centros infantiles de acogida a
primera infancia; acogida y apoyo de jóvenes, ancianos y enfermos; labor
de evangelización pastoral...
Un
reto especial nos supone el acompañamiento y ayuda a inmigrantes,
enfermos terminales, drogadictos; niños y adolescentes con alto riesgo
social, o caídos ya en conflictividad legal,
etc. En estos campos se está trabajando de diferentes formas, en
nuestros propios centros, abiertos a la "misión compartida", o
integrándonos en organizaciones de otras Congregaciones, de la Iglesia,
de diversas entidades.
Objetivos
de futuro
Nuestras miras están puestas principalmente en los problemas de marginación,
soledad, sufrimiento, alejamiento religioso del Primer Mundo y en el
desarrollo promocional del Tercer Mundo.
Objetivo
de futuro en estas dimensiones, por nuestro propio carisma -donde se señala
"el estar atentas a los signos de los tiempos"-, es la llamada a
"la misión compartida". La entendemos como la forma de una
mejor respuesta a las necesidades y características de nuestro mundo de
hoy y como testimonio evangélico de actuar compartiendo, como
"Comunidad Cristiana", "Comunidad Humana".
Como
Instituto, por el momento histórico que vivimos, nos preocupa la formación
e identificación carismática-congregacional de las vocaciones nativas,
que han de tomar el relevo en la evangelización de sus propios países.
Por Mª
Dolores Yagüe
Misionera de Jesús, María y José
Revista
Misioneros Tercer Milenio
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