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manecía el 16 de julio de 1869. Comenzaba a hacer calor en Roma. Antonio Mª Claret, ya anciano, tomó la pluma y comenzó a escribir al P. José Xifré, general de los misioneros: “Hoy hace 20 años que Jesús y María dieron principio a la Santa Congregación; y se ha seguido hasta aquí, en que el Señor ha permitido esta persecución que estamos sufriendo, no para extinguirla sino para aumentarla y dilatarla. Como le decía el año pasado al principio de la Revolución, que sería para la Congregación como la nieve que cae sobre un campo sembrado, que no mata el trigo, sino que le obliga a retoñar; así será también la Revolución, no matará la Congregación, sino que la hará retoñar y arraigar más y más; los individuos serán más perfectos y darán más fruto...”.

Una sonata inacabada

       La sonata es la forma musical más importante. Es la base de toda la música clásica, tanto de cámara como sinfónica. Está basada en dos principios: reiteración y equilibrio tonal. Quizá podríamos concebir nuestra historia como una sonata que no se ha concluido. Cada periodo de cincuenta años podría constituir un movimiento.
         El primer tiempo lo constituye la fundación y primeros pasos. Todo comenzó el 16 de julio de 1849 en una sencilla celda de seminarista en el caserón del seminario de Vic (Barcelona). Cinco jóvenes sacerdotes, con el P. Claret a la cabeza, se lanzaban a la aventura de fundar una congregación de misioneros. Comenzaba en un lugar prestado, con poca gente y sin medios, pero con un programa claro: arder, abrasar, encender. El P. Claret, años después, fijaría aquellas primeras intuiciones en lo que posteriormente se ha venido en llamar: “La definición del misionero”.
       “Yo me digo a mí mismo: Un Hijo del Inmaculado Corazón de María es un hombre que arde en caridad y que abrasa por donde pasa; que desea eficazmente y procura por todos los medios posibles encender a todo el mundo en el fuego del divino amor. Nada le arredra; se goza en las privaciones; aborda los trabajos; abraza los sacrificios; se complace en las calumnias y se alegra en los tormentos. No piensa sino cómo seguirá e imitará a Jesucristo en trabajar, sufrir y en procurar siempre y únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas”.
        En aquellos años la Congregación se dedicó fundamentalmente a dar misiones populares y ejercicios, iniciándose ya en otras actividades varias como publicaciones, creación de grupos de vida cristiana, obras de promoción social y, finalmente, la educación y las parroquias. En estas actividades fue creciendo y consolidándose, al mismo tiempo que se extendía a zonas misioneras de África y América.
         El segundo tiempo se inicia con la muerte del P. José Xifré y el nacimiento de un nuevo siglo: 1900. Fue una etapa de institucionalización, en la que la Congregación salió de la influencia de los fundadores y de sus orígenes catalanes. La expansión se vio seriamente influenciada por las guerras, particularmente la guerra civil española que trajo consigo el martirio de casi 300 de sus miembros.
         Y los inicios del tercer tiempo coincidieron con el Centenario de la Congregación (1949) y la canonización del Fundador, San Antonio Mª Claret (1950). Con este motivo la Congregación tomo un vigoroso impulso misionero que, posteriormente, se vería ratificado con la renovación del Concilio Vaticano II, en el que participaron, entre otros, un cardenal y siete obispos claretianos.

Un salmo de alabanza

         Hoy, a la entrada del tercer milenio, los Misioneros Claretianos gozan de una rica y serena auto comprensión de su identidad y misión en la Iglesia y en el mundo, expresada en nuevos documentos y proyectos que recogen la pluralidad de culturas y compromisos misioneros. En nuestros días, resulta difícil entender la actividad misionera de la Congregación sin una debida planificación en función de áreas y niveles y sin tener en cuenta las opciones y los sujetos preferenciales de las Iglesias, de la Congregación Claretiana y de los organismos.
         El P. Fundador demostró su interés porque la Congregación se extendiera. Deseó que saliera de Cataluña, que fuera a América Latina, que fuera a Estados Unidos... Se cumplieron sus pronósticos sobre América Latina, a la que llamaba “la viña joven”. Pero hoy la Congregación cuenta con otras viñas más jóvenes aún: Asia, África y el Este de Europa.
La Congregación emergente se presenta con unas características verdaderamente nuevas: no viene de América sino de Asia y de África; no viene de la Europa occidental sino del Este europeo; no es de raza blanca sino de variedad de razas; no se expresa en castellano o portugués sino en inglés, francés... y otras múltiples lenguas desconocidas para nosotros; no proviene de contextos culturales marcados por el cristianismo sino de otras tradiciones culturales y religiosas; no dispone de medios económicos para autofinanciarse y tiene un notable índice de crecimiento sostenido con una media de edad muy baja.

Nuevos retos

      La realidad pluricultural que nos rodea nos compromete, en este tercer milenio, con nuevos retos en los que es obligada una gran dosis de armonía y lucidez.
       En América Latina nos esforzamos por renovar la opción por los pobres, el desafío de la pastoral urbana y suburbana, la lectura popular de la Biblia, el ministerio de la consolación frente al sufrimiento del pueblo.
       En Asia tratamos de testimoniar la experiencia cristiana en un contexto de pluralismo religioso, promoviendo el interés por la Palabra de Dios, la formación para la inculturación, el diálogo interreligioso, la justicia y la paz y la presencia en las grandes bolsas de pobreza.
        En África procuramos, por encima de todo, sensibilizar a través de la Palabra para llevar a cabo un servicio profético contra los abusos de gobernantes y de los poderes influyentes del extranjero, apoyando grupos religosos y sociales que abran caminos de esperanza y acompañando las situaciones inhumanas por medio de la promoción de niños y adultos.

 

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Por Vicente Sanz Tobes
Misionero Claretiano
Revista Misioneros Tercer Milenio