Anunciar a Jesucristo en el Tercer Milenio

E

n los hielos polares, Héroes del frío, Apóstoles desconocidos, Inuk... son libros que contribuyeron a dar a conocer a los Oblatos como los Misioneros del Polo Norte. Sus heroicas gestas de pioneros entre amerindios y esquimales les merecieron el calificativo de “especialistas de las misiones difíciles” (Pío XI) y atrajeron numerosos candidatos a la Congregación. Pero la labor de los Misioneros Oblatos no se limitó a los inuit (esquimales) y a los pueblos indígenas de Canadá, sino que se ha extendido a más de 70 países por los cinco continentes.

¿Cuál es la misión de los Oblatos?

        Los Oblatos llegaron a Laos en 1935. Misión heroica, regada con sudor y sangre: varios oblatos fueron asesinados por la guerrilla comunista. Iglesia joven, floreciente, prometedora. Pero en 1975 se implanta por la fuerza el régimen comunista. Un centenar de misioneros son expulsados del país. Actualmente sólo a un oblato nativo, ordenado sacerdote ese mismo año, el obispo Jean Khamse, se le tolera en el país. Los neocristianos no soportan la opresión comunista. Huyen y son acogidos en campos de refugiados en Tailandia y otros países. Algunos oblatos los acompañan y piden permiso al ordinario del lugar para asentarse en su diócesis. Éste los acoge gustoso. “Pero, ¿qué obra pretendéis abrir?” “¡Ah, Ud. sabrá cuál es la necesidad más urgente en su Iglesia!”, le responden. El obispo quedó sorprendido. Era la primera vez que un instituto religioso estaba dispuesto a todo y no pedía nada en concreto.
         Para nosotros esto es normal: las urgencias de la Iglesia y los más abandonados son las características de nuestra misión.

¿Dónde y cómo nacieron?

        En Aix de Provenza (Francia), el 25 de enero de 1816. San Eugenio de Mazenod, “figura gigante del movimiento misionero moderno” (Juan XXIII), “apasionado por Cristo e incondicional de la Iglesia” (Pablo VI), fiel a “un ideal que le llevaría a una aventura evangélica cuyo desarrollo no se atrevería ni a soñar él mismo a causa de los mil obstáculos que surgieron en su camino” (Juan Pablo II), fue su fundador.
         Eugenio, nacido en el seno de una familia noble, sufre en sus carnes, desde muy niño, los zarpazos de la Revolución francesa. Con sólo 9 años se ve obligado a huir al destierro con su familia. Cuando regresa, a los 20, muchas cosas habían cambiado sustancialmente en Francia. También en la Iglesia. A los 25, deslumbrado por el amor de Dios, que descubre en un Viernes Santo al adorar la Cruz, lo ve todo con ojos nuevos: el abandono del pueblo de Dios y la escasez de pastores, sacerdotes  decrépitos física y espiritualmente, le empujan a optar por ser “el servidor y sacerdote de los pobres”. Quiere “enseñar a todos quién es Jesucristo”.
Desbordado por la magnitud de la empresa, reúne en torno a sí a algunos sacerdotes animados de su mismo celo ardiente y los impulsa a vivir “unidos por los lazos de la más íntima caridad, teniendo un solo corazón y una sola alma”.  El prototipo de esa “comunidad apostólica” será Jesús con los apóstoles. Formados en esa escuela evangélica, los lanzará a los cuatro vientos para evangelizar a los pobres. “Quisiera enviar misioneros a todo el mundo”. Así nació un nuevo instituto religioso-misionero.

         “Incondicional de la Iglesia”, aceptará más tarde el episcopado. Primero como titular de una diócesis desaparecida en Argelia: globo sonda de Pío IX  que busca liberarse de la intolerable intromisión del Gobierno francés en los nombramientos episcopales. Es la primera estación de su Calvario: el Gobierno le retira la ciudadanía francesa y trama expulsarlo del país. Después se le obliga a regir la populosa y difícil diócesis de Marsella, para salvarla de la supresión por parte del Gobierno. Mons. de Mazenod se entrega con pasión a su nueva diócesis; pero se desvela al mismo tiempo, como S. Pablo, “por todas las Iglesias” a donde ha enviado a sus oblatos, algunos de los cuales son ya obispos misioneros como él. El cardenal Roger Etchegaray,  su biógrafo y  sucesor en el arzobispado de Marsella, lo  califica como la figura más relevante de la Iglesia en Francia desde la Revolución hasta nuestros días.

¿Qué es un Oblato?

       El  P. Fernando Jetté, 12 años Superior General y recién fallecido en Ottawa, intentaba definirlo así: “El oblato es, ante todo, el hombre de Jesucristo. Un día fue alcanzado por Cristo. Escuchó su invitación a dejarlo todo y a seguirlo. Dejó sus bienes, su familia, las posibilidades de situarse en el mundo, y se puso a seguir a Jesús viviendo su vida y participando en su misión. Se siente impulsado a decir a los hombres, sobre todo a los pobres, quién es Jesucristo.
         El oblato es también el hombre de los pobres. Tiene los ojos muy abiertos al dolor del mundo y se siente muy afectado por el grito de los pobres, pobres en sus múltiples aspectos: adolescentes sin cariño, jóvenes sin ideal, parados, enfermos, prisioneros, emigrantes, toda persona que sufre injusticia, el que nunca conoció a Cristo o se ha olvidado de Él... En ellos, el oblato oye la voz de Jesús. Ama a esos pobres de un modo especial y arde en deseos de revelarles cuál es su propia grandeza y dignidad en Cristo Jesús.
         El oblato es también el  hombre de la Iglesia. Para él Jesucristo y la Iglesia se identifican. Amar a la Iglesia es amar a Jesucristo. Esto le hace ser el hombre del Papa y el hombre de los Obispos. En la Iglesia, Pueblo de Dios, descubre la salvación de los pobres.
       El oblato es, por fin, el hombre de la Virgen María. Siguiendo a Cristo, ha encontrado a su Madre, la Inmaculada. Ella ha significado una ayuda y una presencia atenta y constante en su vida. Con ella vive sus penas y sus alegrías de misionero. ¡Con razón pone todo su empeño en darla a conocer y hacerla amar!
        El oblato es (debe ser) todo esto a la vez. A primera vista, puede que se descubra sólo un aspecto. Si se observa mejor, pronto aparecerán los otros y se caerá en la cuenta de otra dimensión muy importante: su vida y su misión se realizan en comunidad apostólica, compartiendo con otros el ideal que los cautiva”. 

¿Cuántos somos y dónde estamos?

En total somos 4.634 Misioneros Oblatos de los cuales:
Obispos: (1 cardenal, 11 arzobispos, y 35 obispos)
Sacerdotes: 3.475 incluidos los obispos
Religiosos: 561
Escolásticos: 598 y a ellos puede añadirse algunos centenares de Novicios.

 

Estamos repartidos por:

ÁFRICA: Angola, Botswana, Camerún, Chad, Congo, Kenia, Lesotho, Emiratos Árabes, Madagascar, Mauritania, Namibia, Nigeria, Sahara, Senegal, Sudáfrica, Zambia, Zimbawe.

AMÉRICA LATINA:  Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Cuba, Guatemala, Guayana Francesa, Haití, México, Paraguay, Perú, Puerto Rico, Surinam, Uruguay, Venezuela.

AMÉRICA DEL NORTE:  Alaska, Canadá, Groenlandia, Estados Unidos, Nunavut (Polo Norte).

ASIA: Bangladesh, Corea, China, Filipinas, India, Indonesia, Japón, Laos, Líbano,  Pakistán, Singapur, Sri Lanka, Tailandia, Turkmenistán.

EUROPA: Alemania, Austria, Bélgica, Bielorrusia,  Dinamarca, España, Francia, Holanda, Irlanda, Italia, Luxemburgo, Noruega, Polonia, República Checa, Reino Unido,  Rumanía, Suecia, Suiza, Ucrania, Vaticano.

OCEANÍA: Australia, Nueva Zelanda, Tahití.

 

DATOS DE CONTACTO

MISIONEROS OBLATOS DE MARÍA INMACULADA
C/ Diego de León, 36
28006 Madrid
Teléfono: 91 411 12 12  

Web:http://www.omiworld.org

Por Joaquín Martínez Vega
Oblato Misionero de María
Revista Misioneros Tercer Milenio